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Full text of "El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la civilización Europea"

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EL PROTESTANTISMO 

COMPARADO CON 

EL CATOLICISMO 






Obras del Dr. D. Jaime Balmes, Pbro. 



EL PROTESTANTISMO 



COMPARADO CON 



EL CATOLICISMO 



EN SUS RELACIONES CON 



LA CIVILIZACIÓN EUROPEA 



DÉCIMA EDICIÓN ¿.^ / 

V 

TOMO TERCERO 



BARCELONA 
MÍRINTA MI «WIRIO DE BARCELONA» 

CALLE DE LA LIBRETERÍA, N.» 23 

1932 



ES PROPIEDAD 



EL PROTESTANTISMO 



COMPARADO CON 



EL CATOLICISMO 



CAPITULO XXXVIII 



Los institutos religiosos son otro de los puntos ei 
que el Protestantismo y el Catolicismo se hallan en 
completa oposición: aquél los aborrece, éste los ama; 
aquél los destruye, éste los plantea y fomenta; uno de 
los primeros actos de aquél, dondequiera que se intro- 
duce, es atacarlos con las doctrinas y con los hechos, 
procurar que desaparezcan inmediatamente; diríase 
que la pretendida Reforma no puede contemplar sin 
desazonarse aquellas santas mansiones, que le recuer- 
dan de continuo la ignominiosa apostasía del hombre 
que la fundó. Los votos religiosos, particularmente el 
de castidad, han sido el objeto de las más crueles in- 
vectivas de parte de los protestantes; pero es menester 
reflexionar que lo que dicen ahora y se ha repetido 
durante tres siglos, no es más que un eco de la prime- 
ra voz que se levantó en Alemania. ¿Y sabéis lo que 
era esa voz? Era el grito de un fraile sin pudor, que 
penetraba en el santuario y arrebataba una víctima. 
Todo el aparato de la ciencia para combatir un dogma 
sacrosanto, no será bastante á encubrir un origen tan 



— 6 - 

impuro. Al través de la exaltación del falso profeta, 
se trasluce el fuego impúdico que devoraba su co- 
razón. 

Obsérvese, de paso, que lo propio sucedió con res- 
pecto al celibato del clero: los protestantes no pudie- 
ran sufrirle ya desde un principio, le condenaron sin 
rebozo, procuraron combatirle con cierta ostentación 
de doctrina; pero en el fondo de todas las declamacio- 
nes, ¿qué se encuentra? El grito de un sacerdote que 
se ha olvidado de sus deberes, que se agita contra los 
remordimientos de su conciencia, que se esfuerza en 
cubrir su vergüenza, disminuyendo la fealdad del es- 
cándalo con las ínfulas de una ciencia mentida. 

Si una conducta semejante la hubiesen tenido los 
católicos, todas las armas del ridículo se hubieran 
empleado para cubrirla de baldón, para sellarla con la 
ignominia que merece; ha sido necesario que fuese el 
hombre que declaró guerra á muerte al Catolicismo, 
para que á ciertos filósofos no les inspirasen el más 
profundo desprecio las peroratas de un fraile, que, por 
primer argumento contra el celibato, profana sus vo- 
tos y consuma un sacrilegio. Los demás perturbadores 
de aquel siglo imitaron el ejemplo de su digno maes- 
tro, y todos pidieron y exigieron á la Escritura y á la 
filosofía, un velo para cubrir su miseria. Merecido 
castigo, que la obcecación del entendimiento resultase 
de los extravíos del corazón ; que la impudencia soli- 
citase el acompañamiento del error. Nunca se muestra 
más villano el pensamiento que cuando, por excusar 
una falta, se hace su cómplice: entonces no yerra, se 
prostituye. 

Ese odio contra los institutos religiosos lo ha here- 
dado del Protestantismo la filosofía; y así es que todas 
las revoluciones promovidas y dirigidas por los protes- 
tantes ó filósofos se han señalado por su intolerancia 
contra la institución, y por la crueldad con los miem- 
bros de ella. Lo que la ley no hizo, lo consumaron el 
puñal ó la tea incendiaria; y los restos que pudieron 
salvarse de la catástrofe, viéronse abandonados al len- 
io suplicio de la miseria y del hambre. 



En este punto, como en muchos otros, se manifiesta 
«on la mayor claridad que la filosofía incrédula es hija 
-de la Reforma. No cabe prueba más convincente que 
el paralelo de las historias de ambas, en lo tocante á 
la destrucción de los institutos religiosos: la misma 
adulación á los reyes, la misma exageración de los de-t 
rechos del poder civil, las mismas declamaciones con- 
tra los pretendidos males acarreados á la sociedad, las 
mismas calumnias; no hay más que cambiar los nom- 
bres y las fechas; con la notable particularidad de que 
en esta materia apenas se ha dejado sentir la diferen- 
cia que consigo debían traer la mayor tolerancia y la 
suavidad de costumbres de la época. 

¿Y es verdad que los institutos religiosos sean cosa 
tan despreciable, como se ha querido suponer? ¿Es ver- 
dad que no merezcan siquiera llamar la atención, y 
que todas las cuestiones á ellos tocantes, quedan com- 
pletamente resueltas con sólo pronunciar enfática-"^ 
mente la palabra fanatismo? El hombre observador, el 
verdadero filósofo, ¿nada podrá encontrar en ellos que 
sea digno objeto de investigación? Difícil se hace el 
creer que á tanta nulidad puedan reducirse institu- 
ciones que tienen una grande historia, y que conser- 
van todavía una existencia, pronóstico de ancho por- 
venir; difícil se hace el creer que instituciones seme- 
jantes no sean altamente dignas de llamar la atención, 
y que su estudio haya de carecer de vivo interés y de 
sólido provecho. Al encontrarse con ellas en todas las 
épocas de la historia eclesiástica; al tropezar en todas 
parles con sus recuerdos y monumentos; al verlas to- 
davía en las regiones del Asia, en los arenales del Áfri- 
ca, y en las ciudades y soledades de América; al notar 
cómo después de tan recios contratiempos se conser- 
van con más ó menos prosperidad en muchos países 
de Europa, retoñando aun en aquellos terrenos donde 
al parecer se había cortado más hondamente la raíz, 
despiértase naturalmente en el ánimo una viva curio- 
sidad de examinar este fenómeno, de investigar cuál 
38 el origen, el espíritu y el carácter de instituciones 



- 8 ~ 

tan singulares; pues que, aun antes de internarse e» 
la cuestión, colúmbrase desde luego que aquí debe- 
haber algún rico minero de preciosos conocimientos- 
para la ciencia de la religión, de la sociedad y del 
hombre. 

Quien haya leído las vidas de los antiguos padres 
del desierto, sin conmoverse, sin sentirse poseído de 
una admiración profunda, sin que brotasen en su es- 
píritu pensamientos graves y sublimes; quien haya 
pisado con indiferencia las ruinas de una antigua aba- 
día, sin evocar de la tumba las sombras de los cenobi- 
tas que vivieron y murieron allí; quien recorra fría- 
mente los corredores y estancias de los conventos 
medio demolidos, sin que se agolpen á su mente inte- 
resantes recuerdos; quien sea capaz de fijar su vista 
sobre esos cuadros, sin alterarse, sin que se excite en. 
su alma el placer de meditar, ni siquiera la curiosidad 
de examinar; bien puede cerrar los anales de la histo- 
ria, bien puede abandonar sus estudios sobre lo bello 
y lo sublime: para él no existen ni fenómenos históri- 
cos, ni belleza, ni sublimidad; su entendimiento está 
en tinieblas, su corazón en el polvo. 

Con la mira de ocultar el íntimo enlace que existe 
entre los institutos religiosos y la religión, se ha dichO' 
que ésta puede subsite;tir sin ellos. Verdad indisputa- 
ble, pero abstracta, inútil del todo, pues que, colocada 
en lugar aislado y muy distante del terreno de los he- 
chos, no puede comunicar luz alguna á la ciencia, ni 
servir de guía en los senderos de la práctica; verdad 
insidiosa, pues que tiende nada menos que á cambiar 
enteramente el estado de la cuestión, y á persuadir 
de que, cuando se trata de los institutos religiosos, la^ 
religión no entra para nada. 

Hay aquí un sofisma grosero, y que, no obstante, set 
emplea demasiado, no sólo en el caso que nos ocupa,. 
sino también en muchos otros. Consiste este sofisma 
en responder á todas las dificultades con una proposi- 
ción muy verdadera, pero que nada tiene que ver con» 
aquello de que se trata. Así se llama la atención de lo» 



— 9 — 

espíritus hacia otro punto, y con lo palpable de la ver- 
dad que se les presenta, se desvían del objeto princi- 
pal, tomando por solución lo que no es más que dis- 
tracción. Se trata, por ejemplo, de la manutención del 
culto y clero, y se dice: <do temporal no es lo espiri- 
tual». Se quiere calumniar sistemáticamente á los mi- 
nistros de la religión, y se dice: «una cosa es la reli-- 
gión, otra cosa sus ministros». Se pretende pintar la 
conducta de Roma durante muchos siglos como una- 
serie no interrumpida de injusticias, de corrupción y 
de atentados; á todas las observaciones que podrían 
hacerse, se contesta de antemano, advirtiendo «que el 
primado del Sumo Pontífice nada tiene que ver con 
los vicios de los Papas y la ambición de su qorte». 
Verdades palmarias, por cierto, y que sirven de mu- 
cho en algunos casos, pero que los escritores de mala 
fe emplean astutamente, para que el lector no advier- 
ta cuál es el blanco de los tiros: imitando á los presti- 
giadores, que procuran atraer las miradas de la candi- 
da muchedumbre á una parte, mientras verifican sus. 
maniobras en lado diferente. 

El no ser una cosa necesaria para la existencia de 
otra, no le quita el que tenga en ella su origen, que 
esté vivificada por su espíritu, y que exista entre am- 
bas un sistema de íntimas y delicadas relaciones: el 
árbol puede existir sin sus flores y fruto; de cierto' 
que, aun cuando éstos caigan, el robusto tronco no 
perderá su vida; pero, mientras el frutal exista, ¿de- 
jará nunca de presentar, las muestras de su vigor y 
lozanía, ofreciendo á la vista un encanto, y al paladar 
un regalo? El arroyo puede seguir en su cristalina co- 
rriente sin los verdes tapices que engalanan su orilla; 
pero mientras mane la fuente que presta al arroyo sus. 
ondas, mientras pueda filtrarse por debajo la tierra el 
benéfico y fecundante licor, ¿quedaránse las favoreci- 
das márgenes, secas, estériles, sin matices ni alfom- 
bras? 

Apliquemos estas ideas al objeto que nos ocupa. Es. 
cierto que la religión puede subsistir sin las comuni- 



— 10 — 

■dades religiosas, que la ruina de éstas no lleva consi- 
go la destrucción de aquélla, y se ha visto repetidas 
veces que un país donde ellas han sido extirpadas, ha 
conservado largo tiempo la religión católica; pero no 
deja de ser cierto también que hay una dependencia 
necesaria entre las comunidades religiosas y la reli- 
gión; es decir, que ella les ha dado el ser, las vivifica 
con su espíritu, las nutre con su jugo; y así es que, 
dondequiera que ella se arraiga, se las ve brotar inme- 
diatamente; y cuando se las ha echado de un país, si 
la religión permanece en él, no tardan tampoco á re- 
nacer. Dejando aparte los ejemplos de otros países, se 
está verificando en Francia este fenómeno de un modo 
admirable: es muy crecido el número de los conven- 
tos, así de hombres como de piujeres, que se hallan de 
nuevo establecidos en el territorio francés. ¡Quién se 
lo dijera á los hombres de la Asamblea Constituyente, 
de la Legislativa, de la Convención, que no había de 
pasar medio siglo antes que renaciesen y prosperasen 
en Francia los institutos religiosos, á pesar de lo mu- 
cho que trabajaron para que se perdiese hasta su me- 
moria! «No es posible, dirían ellos; si esto llega á suce- 
der, será porque la revolución que nosotros estamos 
haciendo, no habrá llegado á triunfar; será que la Eu- 
ropa nos habrá sojuzgado, imponiéndonos de nuevo 
las cadenas del despotismo; entonces y sólo entonces, 
será dable que se vean en Francia, en París, en esa ca- 
pital del mundo civilizado, nuevos establecimientos de 
institutos religiosos, de esos legados de superstición y 
fanatismo, transmitidos hasta nosotros por ideas y cos- 
tumbres de tiempos que pasaron para no volver ja- 
más.» ¡Insensatos! Vuestra revolución triunfó; la Eu- 
ropa fué vencida por vosotros; los antiguos principios 
de la monarquía francesa se borraron de la legislación, 
de las instituciones. Je las costumbres; el genio de la 
guerra paseó triunfantes poi toda la Europa Tuestras 
doctrinas, disminuyéndoles la negrura con el brillo de 
la gloria. Vuestros principios, todos vuestros recuér- 
daos triunfaron de nuevo en una época reciente, y se 



conservan todavía pujanteS; orgullosos, personificados 
en algunos hombres, que se envanecen de ser los he- 
nderos de lo que ellos apellidan la gloriosa revolución 
ii^ 1789. Sin embargo, á pesar de tantos triunfos, á pe- 
-ar de que vuestra revolución no ha retrocedido más 
i o lo necesario para asegurar mejor sus conquistas, los 
nstitutos religiosos han vuelto á renacer, se extien- 
ien, se propagan por todas partes, y ocupan un puesto 
-eñalado en los anales de la época presente. Para im- 
pedir este renacimiento era necesario extirpar la reli- 
ión, no bastaba perseguirla; la fe había quedado como 
m germen precioso cubierto de piedras y espinas; la 
'rovidencia le hizo llegar un rayo de aquel astro divi- 
.10, que ablanda y fecunda la nada; y el árbol volvió á 
levantarse lozano, á pesar de las malezas que embara- 
zaban su crecimiento y desarrollo; y en sus ramas se 
lian visto retoñar, desde luego, como hermosas flores, 
'SOS institutos que vosotros creíais anonadados para 
-lempre. 

El ejemplo que se acaba de recordar indica muy cla- 
ramente la verdad que estamos demostrando sobre el 
íntimo enlace que existe entre la religión y los insti- 
tutos religiosos, pero además los anales de la Iglesia 
vienen en apoyo de esta verdad; y el simple conocí-' 
miento de la religión, y de la naturaleza de dichos 
institutos, sería bastante á probárnosla, aun cuando 
10 tuviéramos en nuestro favor la historia y la expe- 
riencia. 

La fuerza de las preocupaciones difundidas sobre la 
niateria hace necesarias algunas observaciones que, 
llegando á la raíz de las cosas, muestran la sinrazón 
de nuestros adversarios. ¿Qué son los institutos reli- 
giosos? Considerados en toda su generalidad, prescin- 
diendo de las diferencias, mudanzas y alteraciones que 
^-onsigo trae la diversidad de tiempos, países, y demás 
ñrcunstancias, podremos decir que «instituto religioso 
•'suna sociedad de cristianos, que viven reunidos bajo 
•iertas reglas, con el objeto de poner en planta los con- 
sejos del Evangelio». Compréndese en esta definición 



— 12 — 

aun aquellos que no se ligan por ningún voto; porque 
ya se echa de ver que tratamos aquí del instituto reli- 
gioso en su mayor generalidad, dando de mano á cuan^ 
to dicen los teólogos y los canonistas sobre las condi- 
ciones indispensables para constituir, ó completar la 
esencia de la institución. Además, es necesario adver- 
tir que no convenía dejar excluidas de la honrosa ca- 
tegoría de institutos religiosos aquellas asociaciones^ 
que reunían todos los requisitos, excepto el voto. La 
religión católica es tan fecunda, que produce el bien 
por medios muy distintos, y bajo formas muy diver- 
sas: en la generalidad de los institutos religiosos, nos- 
ha mostrado lo que puede hacer el hombre, ligándole 
con un voto por toda la vida, á una santa abdicación 
de la propia voluntad; pero ha querido también hacer- 
nos palpar que, dejándole libre, tiene recursos bastan- 
te poderosos para retenerle con sus suavísimos lazos,, 
y hacerle perseverar hasta la muerte, del propio modo 
que si se hubiese obligado por voto perpetuo. La con— 
gregación del Oratorio de San Felipe Neri, que se halla 
en esta clase, es digna, por cierto, de figurar en este' 
número, como uno de los ornamentos de la Iglesia ca- 
tólica. 

No ignoro que en la esencia del instituto religioso, 
tal como se entiende comunmente, se encierra el voto; 
pero recuérdese que lo que me propongo en la actua- 
lidad es vindicar contra los protestantes esa especie de 
asociaciones; y bien sabido es que, ora los asociados se 
liguen con voto, ora se abstengan de emitirle, no me- 
recen por esto la gracia de que los exceptúen del ana- 
tema general los que miran con sobreceño todo cuanta 
lleva la forma de comunidad religiosa. Cuando se ha 
tratado de proscribirlas, se han visto igualmente en- 
vueltas en la proscripción las que tenían voto y las 
que carecían de él; por consiguiente, tratándose de su 
defensa, menester es hablar de unas y de otras. Por la 
demás, no dejaré de considerar el voto en sí mismo, y 
de presentar las observaciones que le juslilican, hasta 
en el tribunal de la filosofía. 



— 13 - 

Que el objeto de semejantes sociedades, es decir, el 
poner en planta los concejos del Evangelio, sea muy 
oonforme.al espíritu del mismo Evangelio, no creo que 
hayBi necesidad de insistir en demostrarlo. Y nótese 
bien que, con este ó aquel nombre, bajo esta ó aquella 
forma, el objeto de los institutos religiosos es algo más 
qu-e la mera observancia de los preceptos; entraña 
siempre la idea de la perfección, ora sea en la vida 
activa, ora en la contemplativa. La guarda de los san- 
tos mandamientos es indispensable á todos los cristia- 
nos que quieren entrar en la vida eterna; los institu- 
tos religiosos se proponen caminar por un sendero más 
difícil, se enderezan á la perfección: á ellos se recogen, 
los hombres que, después de haber oído de la boca del 
Divino Maestro aquellas palabras : «si quieres ser per- 
fecto, vete, vende todo lo que tienes, y dalo á los po- 
bres», no se van tristes como el mancebo del Evange- 
lio, sino que acometen animosos la empresa de dejarlo 
todo y seguir á Jesucristo. 

Fáltanos ahora manifestar si para el logro de tan 
santo objeto es el medio más á propósito la asociación. 
Fácil me fuera, para demostrarlo, traer aquí varios 
textos de la Sagrada Escritura, que manifestarían o%iál 
es el verdadero espíritu de la religión cristiana sobre 
este particular, y la voluntad expresa del Divino Maes- 
tro; pero, como quiera que el gusto de nuestro siglo y 
hasta lo vidrioso de la materia está amonestando que 
se evite, en cuanto cabe, todo lo que tenga sabor de 
discusión teológica, sacaré la cuestión de este terreno, 
y me ceñiré á considerarla desde puntos de vista me- 
ramente históricos y filosóficos. Quiero decir que, sin 
amontonar citas ni textos, probaré que los institutos 
religiosos son muy conformes al espíritu de la religión 
cristiana, y que, por tanto, los protestantes la desco- 
nocieron lastimosamente cuando los condenaron y 
destruyeron; probaré, además, que los filósofos que 
sin admitir la verdad de la religión confiesan, sin em- 
bargo, su utilidad y belleza, no pueden reprobar unos 
institutos que son los necesarios resultados de la 
misma. 



— 14 — 

En la cuna del cristianismo, cuando conservaban los 
corazones en todo su vigor y en toda su pureza la& 
centellas de fuego desprendidas de las lenguas del Ce- 
náculo, cuando eran tan recientes las palabras y los 
ejemplos del Divino Fundador, cuando era tan crecida 
el número de los fieles que habían tenido la inefable 
dicha de verle y de oirle durante su paso sobre la tie- 
rra, hallamos que bajo la misma dirección de los após- 
toles los íieles se reúnen, y confunden sus bienes, for- 
mando una misma familia, que tenía su padre en los 
cielos, y cuyo corazón era uno y el alma una. 

No entraré en controversias sobre la extensión que 
tendría este hecho, sobre las circunstancias que le 
acompañaban y sobre la mayor ó menor semejanza que 
se descubre entre él y los institutos religiosos; me 
basta que exista, y que pueda consignarle aquí, para 
indicar cuál es el verdadero espíritu de la religión so- 
bre los medios más conducentes para alcanzar la per- 
fección evangélica. Recordaré, sin embargo, que Gas- 
siano, al describir la manera con que principiaron los 
institutos religiosos, encuentra su cuna en el mismo 
hecho á que hemos aludido, y que nos refieren las ac- 
tas de los apóstoles. Según el mismo autor, no se in- 
terrumpió nunca totalmente ese género de vida, de 
suerte que existieron siempre algunos cristianos fer- 
Torosos que la continuaron, enlazándose de este modo 
la existencia de los monjes con las asociaciones primi- 
tivas. Después de haber trazado la historia del tenor 
de vida de los primeros cristianos, y de las alteracio- 
nes que sobrevinieron, continúa; «Aquellos que con- 
»servaban el fervor apostólico recordando la primitiva 
»perfección, se apartaron de las ciudades y del trato de 
»los que pensaban serles lícito un género de vida me- 
»nos severo, y empezaron á escoger lugares retirados y 
»secretos donde pudiesen practicar particularmente lo 
»que recordaban que los apóstoles habían establecido 
»en general, por todo el cuerpo de la Iglesia: y así co- 
»menzó á formarse la disciplina de los que se habían 
^separado de aquel contagio. Andando el tiempo, como 



— 15 — 

»vivían apartados de los fieles, y se abstenían del ma— 
»trimonio, y además se privaban dé la comunicación 
»del mundo y aun de sus propias familias, se los llamó 
»monjes, á causa de su vida singular y solitaria.» (Gol- 
iat. 18, cap. 5.) 

Entró inmediatamente la época de la persecución, 
que con algunas interrupciones, como momentos de 
descanso, se prolongó hasta la conversión de Constan- 
tino. En este período no faltaban algunos que conti- 
nuaban el sistema de vida de los primitivos tiempos, 
como lo indica claramente Gassiano en el pasaje que 
se acaba de leer; bien que con las modificaciones 
traídas necesariamente por las calamidades que afli- 
gían ala Iglesia. Glaro es que á la sazón no se ha de 
buscar á los cristianos viviendo en comunidad: quien 
desee encontrarlos, los hallará confesando á Jesucristo 
con imperturbable serenidad en los potros y demás 
tormentos, en los circos dejándose despedazar por las 
fieras, en los cadalsos entregando tranquilamente sus 
cuellos á la cuchilla del verdugo. Pero, aun durante la 
persecución, observad lo que sucede: los cristianos, de 
quienes no era digno el mundo, acosados como bestias 
feroces en las ciudades, andan errantes en la soledad, 
buscan un refugio en los desiertos. Los yermos del 
Oriente, los arenales y riscos de la Arabia, los lugares 
más inaccesibles de la Tebaida, reciben aquellas tro- 
pas de fugitivos que se acogen á las mansiones de las 
fieras, á los sepulcros abandonados, á las cisternas se- 
cas, á las hoyas más profundas, no demandando sino 
un asilo para meditar y orar. ¿Y sabéis lo que resulta 
de ahí? Los desiertos donde anduvieron errantes poco 
ha los cristianos, cual granos de arena arrebatados por 
la tempestad, se pueblan como por encanto de un sin- 
número de comunidades religiosas. ¿Cuál es la causa? 
Allí se meditaba, allí se oraba, allí se leía el Evange- 
lio, y la preciosa planta brota por doquiera en el ins- 
tante de llegar al suelo la semilla fecunda. ¡Admira- 
bles designios de la Providencia! El cristianismo, per- 
seguido en las ciudades, fertiliza y hermosea los de-^ 



— 16 — 

■siertos: el precioso grano no ha menester para su 
desarrollo ni el jugo de la tierra, ni el delicado ana- 
biente de una atmósfera templada; cuando la tempes- 
tad le lleva por los aires en las alas del huracán, nada 
pierde de su vida; arrojado sobre la roca, no perece: la 
furia de los elementos nada puede contra la obra del 
Dios que cabalga los aquilones; y no es estéril la roca, 
cuando quiere fecundarla el que hizo surgir de un pe- 
ñasco manantiales de agua pura, al contacto misteriosa 
de la vara de su profeta. 

Dada la paz á la Iglesia por el vencedor de Maxen- 
cio, pudiéronse desarrollar en todas partes los gérme- 
nes preciosos contenidos en el seno del cristianismo; y 
desde entonces no se ha visto jamás, ni por breve es- 
pacio, la Iglesia sin comunidades religiosas. Con la his- 
toria en la mano se puede desafiar á los enemigos de 
ellas, á que señalen esa época, ese breve espacio, en 
que hayan desaparecido del todo: bajo una ú otra for- 
ma, en este ó aquel país, han continuado siempre en 
la existencia que recibieron desde los primeros siglos 
del cristianismo. 

El hecho es cierto, constante, hállase á cada paso en 
todas las páginas de la historia eclesiástica, ocupa un 
lugar distinguido en todos los grandes acontecimientos 
de los fastos de la Iglesia. Él se ha reproducido en Oc- 
cidente como en Oriente, en los tiempos modernos 
ijomo en los antiguos, en las épocas prósperas como en 
las desgraciadas, cuando esos institutos han sido objeto 
de grande estima, igualmente que cuando lo fueron 
de persecución, de burlas y calumnias. ¿Qué prueba 
más evidente de la existencia de relaciones íntimas en- 
tre esos institutos y la religión? ¿Qué indicio más claro 
de que son, con respecto á ella, un fruto espontáneo? 
En el orden físico, como en el moral, se estima como 
una prueba de la dependencia de dos fenómenos, la 
<íonstante aparición del uno en pos del otro; si los fe- 
nómenos son tales que consientan la relación de causa 
y efecto, y en la esencia del uno se encuentran los 
principios que han debido producir el otro, se apellida 



— 17 — 

ai primero causa, y al segundo, efecto. Dondequiera 
que se establece la religión de Jesucristo, se presenta» 
bajo una ú otra forma las comunidades religiosas; lue^ 
^^0 éstas son un espontáneo efecto de aquélla. Ignoro 
lo que puedan responder nuestros adversarios á una 
prueba tan concluyente. 

Mirada la cuestión bajo este aspecto, explícanse muy 
naturalmente la protección y el favor, que los institu- 
tos religiosos han obtenido siempre del Sumo Pontífi- 
ce. Éste ha de obrar conforme al espíritu que anima á 
la Iglesia, de la que es el jefe supremo sobre la tierra; 
y no es ciertamente el Papa quien ha dispuesto que 
uno de los medios más á propósito para llevar á los 
hombres á la perfección, fuese el reunirse- en asocia- 
ciones bajo ciertas reglas, conforme á la enseñanza del 
Divino Maestro. El Eterno lo había ordenado así en los 
arcanos de su infinita sabiduría, y la conducta de los 
Papas no podía ser contraria á los designios del Altísi- 
mo, Se ha dicho que mediaron fines interesados, que 
la política de los Papas encontró aquí un poderoso re- 
curso para sostenerse y engrandecerse; pero /.también 
eran sórdidos instrumentos de una política astuta las 
sociedades de los fieles de los primeros tiempos, los 
m' >aslerios de las soledades de Oriente, tantos insti- 
tutos que no han tenido otro objeto que la santifica- 
ciÓTi de les mismos que los profesaban, ó el socorro y 
consucí de alguno de los grandes infortunios que afli- 
gen á la humanidad? Un hecho tan general, tan gran- 
de, tan benéfico, no se explica por miras interesadas, 
por desifrnios mezquinos; su origen es más alto, más 
noble, y quien no lo halle en el cielo, deberá buscarlo 
cuando menos en algo más grande que los proyectos 
de un hombre, que la política de una corte: deberá 
buscarlo en ideas elevadas, en sentimientos sublimes, 
que, ya que no lleguen al cielo, abarquen por lo me- 
nos un vasto ámbito de la tierra; en algunos de aque- 
llos pensamientos que presiden á los destinos de la 
humanidad. 

Quizás algunos se inclinarían á suponer paiticularea 
T. iii t 



- 18 - 

designios á los Papas, viendo intervenir su autoridad 
en todas las fundaciones de los últimos siglos, y pen- 
dientes de su aprobación las reglas á que habían de 
sujetarse los diferentes institutos; pero el curso segui- 
do por la disciplina eclesiástica en este negocio nos 
indica que, lejos de haber dimanado de miras particu- 
lares la mayor intervención de los Papas, procedió de 
la necesidad de impedir que un celo indiscreto multi- 
plicase en demasía las órdenes religiosas, y que se in- 
trodujeran abusos. En los siglos xii y xiii se desplegó 
de tal manera la inclinación á nuevas fundaciones, 
que sin la vigilancia de la autoridad eclesiástica hu- 
bieran resultado inconvenientes de cuantía; y por esta 
causa vemos que el Sumo Pontífice Inocencio III acu- 
de muy oportunamente al remedio, ordenando en el 
concilio de Letrán que, si alguien quiere fundar de 
nuevo una casa religiosa, tome una de las reglas ó 
instituciones aprobadas. Pero, prosigamos nuestro in- 
tento. 

Si se niega la verdad de la religión cristiana, si se 
ridiculizan los consejos del Evangelio, cofíipréndese 
muy bien cómo puede reducirse á nada el espíritu de 
las comunidades religiosas en lo que tiene de celestial 
y divino; pero, asentada la verdad de la religión, no es 
posible concebir cómo hombres que se glorían de pro- 
fesarla, pueden mostrarse enemigos de los institutos 
religiosos, considerados en sí mismoc. Quien admite el 
principio, ¿cómo puede desechar la consecuencia? 
Quien ama la causa, ¿por qué rechaza el efecto? Esos 
hombres, ó afectan hipócritamente una religión que 
no tienen, ó profesan una religión que no compren- 
den. 

Guando no tuviéramos otra señal del espíritu anti- 
evangélico que guió á los corifeos de la pretendida Re- 
forma, debería bastarnos su odio á una institución tan 
evidentemente fundada en el mismo Evangelio. Pues 
¿qué? Ellos, los entusicstíis de la lectura de la Biblia 
sin notas ni comentarios; ellos, que tan clara la que- 
rían encontrar en todos los pasajes, ¿no vieron, no 



— 19 — 

comprendieron el sentido tan obvio, tan fácil de aque- 
llos lugares, donde se recomienda la abnegación de sí 
mismo, la renuncia de todos los bienes, la privación 
de todos los placeres? Claros están los textos, no pue- 
den torcerse á otra significación, no piden para su in- 
teligencia el estudio profundo de las ciencias sagradas 
Bi de las lenguas; y, sin embargo, no fueron entendi- 
dos; ¡oh! ¡cuánto mejor diremos que no fueron escu- 
chados! La inteligencia bien los comprendía, pero la . 
pasión los rechazaba. 

Por lo que toca á esos filósofos que han mirado los 
institutos religiosos como cosa inútil y despreciable, 
cuando no dañosa, harto se conoce que han meditado 
muy poco sobre el espíritu humano, sobre los senti- 
mientos más profundos y delicados de nuestro miste- 
rioso corazón. Guando nada han dicho al suyo tantas 
reuniones de hombres y de mujeres con la mira de 
santificarse 'á sí mismos, ó de santificar á los demás, ó 
de consagrarse al socorro de la necesidad y al consue- 
lo del infortunio, disecada debía de estar su alma por i^ 
el aliento del escepticismo. El renunciar para siempre 
á todos los placeres de la vida, el sepultarse en una 
mansión solitaria para ofrecerse, en la austeridad y en 
la penitencia, como un holocausto en las aras del Altí- 
simo, horroriza sin duda á esos filósofos que jamás 
han contemplado el mundo sino al través de sus pre- 
ocupaciones groseras; pero la humanidad piensa de» 
otro modo; la humanidad siente un atractivo por los 
mismos objetos que los filósofos escépticos encontra-- 
ron tan vacíos, tan desnudos de interés, tan aborreci- 
bles. 

¡Admirables arcanos de nuestro corazón! Sedientos 
de placeres y disecados con su loco cortejo de danzas y 
de risas, apodérase de nosotros una emoción profunda 
á la vista de la austeridad de costumbres, y de la abs- 
tracción del alma. La soledad, la tristeza misma, tie-* 
nen para nosotros un indecible hechizo. ¿De qué nace 
ese entusiasmo que remueve un pueblo entero, que le - 
levanta y le arrastra como por encanto tras la huella 



— 2Ü — 

del hombre que lleva pintada en su frente la abstrac- 
ción de su alma, cuyas facciones indican la austeridad 
de la vida, cuyo traje y modales revelan el desasi- 
miento de todo lo terreno, el olvido del mundo? Con- 
signado se halla este hecho en la historia de la religión 
verdadera, y también de las falsas: medio tan poderoso 

» para granjearse estimación y respeto, no fué descono- 
cido de la impostura; la licencia y la corrupción, de- 
seosas de medrar en el mundo, han sentido más de 
una vez la necesidad imperiosa de disfrazarse con el 
traje de la austeridad y de la pureza. 

Cabalmente lo mismo que á primera vista pudiera 
parecer más contrario, más repugnante á nuestro co- 
razón; es decir, esa sombra de tristeza derramada so- 
bre el retiro y la soledad de la vida religiosa, es lo que 
más nos encanta y atrae. La vida religiosa es solitaria 
y triste; será, pues, bella; y su belleza será sublime, y 
esta sublimidad será muy á propósito para conmover 
profundamente nuestro corazón, para grabar en él im- 
presiones indelebles. Nuestra alma tiene, en verdad, el 

' carácter de desterrada: sólo la afectan vivamente ob- 
jetos tristes: y hasta los que andan acompañados de la 
bulliciosa alegría necesitan de hábiles contrastes que 
les comuniquen un baño de tristeza. Si le hermosura 
no ha de carecer de su más hechicero realce, menester 
será que fluya de sus ojos una lágrima de angustia, 
que oscile en su frente un pensamiento de amargura, 
que palidezcan sus mejillas con un recuerdo de dolor 
¿Las aventuras de un héroe han de excitar vivo inte- 

» res? La desdicha ha de ser su compañera; el llanto, su 
consuelo; la recompensa de sus méritos, la ingratitud 
y el infortunio. ¿Un cuadro de la naturaleza ó del arte 
ha de llamar fuertemente nuestra atención, embargar 
nuestras potencias, absorber nuestra alma? Necesario 
es que vague entonces por nuestra mente un recuerdo 
de la nada del hombre, una sombría imagen de la 
muerte; sentimientos de apacible tristeza han de bro- 
tar en nuestro corazón; necesitamos ver el color rojizo 
que distingue algún monumento en ruina, la cruz so- 



— 21 — 

litaría que nos señala la mansión de los muertos, los 
paredones musgosos que nos indican los restos de la 
antigua morada de un grande, que pasó algunos ins- 
tantes sobre la tierra, y desapareció. 

La alegría no nos satisface, no cumple nuestro cora- 
zón; lo embriaga, lo disipa por algunos momentos; pero 
el hombre no encuentra en ella su dicha: porque la ale- 
gría de la tierra es frivola, y la frivolidad no puede agra- 
dar al viajero que, lejos de su patria, camina penosa- 
mente por un valle de lágrimas. Ésta es la razón de que, 
mientras la tristeza y el llanto son admitidos, mejor 
diremos, cuidadosamente buscados, siempre que se • 
trate de producir en el almajmpresiones profundas, la * 
alegría, y hasta la más ligera sonrisa son evitadas, des- 
terradas inexorablemente. La oratoria, la poesía, la 
escultura, la pintura, la música, se han dirigido cons- ' 
tantemente por la misma regla, ó, más bien, se han 
hallado dominadas por un mismo instinto. Mente ele- 
vada y corazón de fuego tenía seguramente quien dijo . 
que el alma era naturalmente cristiana; pues que acer- 
tó á encerrar en tan breves palabras las inefables re- 
laciones que enlazan el dogma, la moral y los conse- 
jos de esta religión divina, con todo lo más íntimo, 
más delicado y más noble que se alberga en nuestro 
corazón. 

Ahora bien: ¿conocéis la tristeza cristiana, ese senti- 
miento austero y elevado, que se retrata en la frente 
del fiel como un recuerdo del dolor en la sien de un 
ilustre proscripto, que templa los gozos de la vida con 
la imagen del sepulcro, que ilumina la lobreguez de la 
tumba con los rayos de la esperanza, esa tristeza tan 
sencilla y consoladora, tan grande y severa, que hace 
despreciar el esplendor y las grandezas del mundo 
como ilusión pasajera? Esa tristeza llevada á su per- 
fección, vivificada y fecundada por la gracia y sujetada 
á una santa regla, es la que preside á la fundación de ♦ 
los institutos religiosos, la que los acompaña siempre, 
mientras conservan el fervor primitivo que recibie- 
ron de hombres guiados por la luz celestial, y anima- 



22 

dos por el espíritu de Dios. Esta santa tristeza, que 
consigo lleva la abstracción de todas las cosas terrenas, 
es la que procura infundirles y conservarles la Iglesia, 
cuando rodea de inspiradoras sombras sus calladas 
mansiones. 

Que en medio del furor y convulsión de los partidos 
la sacrilega mano de un frenético, secretamente atiza- 
da por la perversidad, clave en un pecho inocente el pu- 
ñal fratricida, ó arroje sobre una pacífica vivienda la tea 
incendiaria, bien se concibe; porque desgraciadamen- 
te la historia del hombre ofrece abundantes ejemplos 
de crimen y frenesí; pero que se ataque la misma esen- 
cia de la institución, que se la quiera encerrar en los 
estrechos límites del apocamiento y pequenez de espí- 
ritu, despojándola de los nobles títulos que honran su 
origen, y de las bellezas que decoran su historia, esto 
no pueden consentirlo ni el entendimiento ni el cora- 
zón. Esta filosofía mentida, que marchita y seca cuan- 
to toca, ha podido empeñarse en tan insensata tarea; 
pero, cuando la religión y la razón no le salieran al 
paso para confundirla, protestarían, sin duda, contra 
ella las bellas letras y las bellas artes; ellas, que se ali- 
mentan de antiguos recuerdos, que hallan el manan- 
tial de sus maravillas en elevados pensamientos, en 
cuadros grandes y sombríos, en sentimientos profun- 
dos y melancólicos; ellas, que se complacen en alzar 
la mente del hombre á las regiones de la luz, en con- 
ducir la fantasía por nuevos y extraviados senderos, 
en dominar sobre el corazón con inexplicables he- 
chizos. 

No, mil veces no: mientras exista sobre la tierra la 
religión del Hombre-Dios que no tenía donde reclinar 
su cabeza, y que, fatigado del camino, se sentaba cual 
obscuro viajero á descansar junto á un pozo; del Hom- 
bre-Dios cuya aparición fué anunciada á los pueblos 
por una voz misteriosa salida del desierto, por la voz 
de un hombre cuyo vestido era de pelos de camello, 
que ceñía sus lomos con una zona de pieles, y se ali- 
mentaba de langostas y miel silvestre; mientras exis- 



~ 23 — 

ta, repetimos, esa religión divina, serán santos, alta- 
mente respetables, unos institutos cuyo objeto primor- 
dial y genuino es realizar lo que el cielo se proponía 
enseñar á los hombres con tan elocuentes y sublimes 
lecciones. Unos tiempos sucederán á otros tiempos, 
unas vicisitudes á otras vicisitudes, unos trastornos á 
otros trastornos: la institución cambiará de formas, su- 
frirá alteraciones y mudanzas, se resentirá más ó me- 
ónos de la flaqueza de los hombres, de la acción roedora 
4e los siglos, del desmoronador embate de los aconte- 
cimienios; pero la institución continuará viviendo, no 
perecerá. Si una sociedad la rechaza, buscará en otra 
su asilo; echada de las ciudades, fijará su morada en 
los bos({ues; y si allí se la persigue, irá á refugiarse en 
el horror de los desiertos. Jamás dejará de encontrar 
eco en algunos corazones privilegiados la voz de la re- 
ligión sublime que, teniendo en la mano una enseña 
de amor y de dolor, la augusta enseña de los tormen- 
tos y de la muerte del Hijo de Dios, la Cruz, se dirige 
á los hombres y les dice: «Velad y orad, para que no 
entréis en la tentación; reunios para orar, que el Señor 
estará en medio de vosotros; toda carne es heno, la 
vida es un sueño; sobre vuestra cabeza hay un piélago 
de luz y de dicha, á vuestras plantas un abismo; vues- 
tra vida sobre la tierra es una peregrinación, un des- 
tierro»; y que, inclinándose sobre la cabeza del mortal, 
pone sobre su frente la misteriosa ceniza, diciendo: 
«eres polvo y á polvo volverás.» 

Se nos preguntará, tal vez, por qué no pueden los 
fieles practicar la perfección evangélica, viviendo cada 
cual en su familia, sin reunirse en comunidad; pero 
iiosjolros responderemos que no es nuestro ánimo ne- 
gar la posibilidad de esta práctica aun en medio del 
mundo y reconocemos gustosos que un gran número 
de cristianos lo han verificado en todos tiempos, y lo 
estác verificando todavía en los nuestros; pero eso no 
impiae que el medio más seguro y expedito sea el de 
Ja viaa coman con otros dedicados al mismo objeto j 
■con separación de todas las cosas de la tierra. Prescin-. ^ 



- 24 - 

damos por un momento de toda consideración religio- 
sa; ¿no sabéis el ascendiente que ejercen sobre el áni- 
^ mo los repetidos ejemplos de aquellos con quienes 
vivimos? ¿no sabéis cuan fácilmente desfallece nuestro 
espíritu cuando se encuentra solo en alguna empresa 
muy penosa? ¿no sabéis que hasta en los mayores in- 
fortunios es un consuelo el ver que otros los compar- 
ten? En este punto, como en los demás, la religión se 
halla de acuerdo con la sana filosofía: ambas nos en- 
señan el profundo sentido que encierran aquellas pa- 
labras de la Sagraaa Escritura : Yae solí! ;Ay del que 
está solo! 

Antes de concluir este capítulo, quiero decir dos pa- 
labras sobre el voto, que . por lo común acompaña á 
todo instituto religioso. Quizás sea esta circunstancia 
una de las principales causas que producen la fuerte 
antipatía del Protestantismo contra dichos institutos. 
El voto fija, y el principio fundamental del Protestan- 
tismo no consiente fijeza ni estabilidad. Esencialmente 
múltiplo y anárquico, rechaza la unidad, destruye bi 
jerarquía; disolvente por naturaleza, no permite al es- 
píritu ni permanecer en una fe, ni sujetarse á una re- 
gla. La virtud misma es para él un ser vago, que no 
tiene determinado asiento, que se alimenta de ilusio- 
nes, que no sufre la aplicación de ^^•^'^ norma invaria- 
ble y constante. Esa santa necesidad ^^ obrar bien, de 
andar por el camino de la perfección, debía serL 
comprensible, repugnante en sumo grado; debía pare- 
cerle contraria á la libertad; como si el hombre que se 
obliga por un voto perdiese su libre albedrío, como si 
la sanción que adquiere un propósito, cuando le acom- 
paña la promesa hecha á Dios, rebajase en nada el mé- 
rito de aquel que muestra la necesaria firmeza para 
cumplir lo que tuvo la resolución de prometer. 

Los que han condenado esa necesidad que el hombre 
se impone á sí mismo, é invocado en contra los dere- 
chos de la libertad, olvidan, al parecer, que ese es- 
fuerzo en hacerse esclavo del bien, en encadenar su 
propio porvenir, á más del sublime desprendimienta 



— 25 — 

que supone, es el ejercicio más lato que puede hacerse^ 
de Id libertad. En un solo acto el hombre dispone de 
toda su vida; y, cuando va cumpliendo los deberes que 
de este acto resultan, cumple también su voluntad 
propia. «Pero, se nos dirá, el hombre es tan inconstan- 
te...»; pues para prevenir los efectos de esa inconstan- 
cia se liga con voto; y, midiendo de una ojeada las 
eventualidades del porvenir, se hace superior á ellas 
y de antemano las domina. «Pero, se replicará, enton- 
ces el bien se hace por obligación, es decir, poruña 
especie de necesidad»; es cierto; mas, ¿no sabéis que 
la necesidad de hacer bien es una necesidad feliz, y - 
que asemeja en algún modo al hombre á Dios? ¿Igno- 
ráis que la bondad infinita es incapaz de obrar mal, y 
que la santidad infinita no puede hacer nada que na 
sea santo? ¿Nc recordáis aquella admirable doctrina de 
ios teólogos que explicando por qué el ser criado es 
capaz de pecar señalan la profunda razón, diciendo 
que este procede de que la criatura ha salido de la ' 
nada*? Guando el hombre se fuerza, en cuanto le es po- 
sible á obrar bien cuando esclaviza de esta suerte su 
volurt'^d entonces la ennoblece, se asemeja más á 
Dios, y S3 acerca al estado de los bienaventurados, que 
no dis^^ruian de la triste libertad de obrar mal, que tie- 
neL ]a dichosa necesidad de amar al Sumo Bien. 

El nombre de libertad parece condenado á ser mal 
comprendido en todas sus aplicaciones, desde que se 
apoderaron de él los protestantes y los falsos filósofos. 
En el orden religioso, en el moral, en el social, en el 
político, anda envuelto en tales tinieblas, que bien se 
descubre cuánto se ha trabajado para obscurecerle y 
falsearle. Cicerón dio una admirable definición de la 
libertad, cuando dijo que consistía en ser esclavo de la- 
ley; de la propia suerte puede decirse que la libertad 
del entendimiento consiste en ser esclavo de la ver- * 
dad, la libertad de la voluntad en ser esclavo de la 
virtud; trastornad ese orden, y matáis la libertad. 
Quitad la ley, entronizáis la fuerza; quitad la ver- 
dad, entronizáis el error; quitad la virtud, entroni- 



- 26 — 

^áis el vicio. Substraed el mundo á la ley eterna, á esa 
ley que abarca al hombre y á la sociedad, que se ex- 
tiende á todos los órdenes, que es la razón divina apli- 
cada á las criaturas racionales; buscad fuera de ese in- 
menso círculo una libertad imaginaria, nada queda en 
la sociedad sino el dominio de la fuerza bruta, y en el 
hombre el imperio de las pasiones: en una y otro, la 
tiranía; por consiguiente, la esclavitud. 



CAPITULO XXXIX 



Acabo de examinar los institutos religiosos en gene- 
ral, considerándolos en sus relaciones con la religión 
y con el espíritu humano; voy ahora á dar una ojeada 
á los principales puntos de su historia, de donde resul- 
ta, en mi concepto, una importante verdad, á saber: 
que la aparición de esos institutos, bajo diferentes for- 
mas, ha sido la expresión y la satisfacción de grandes 
necesidades sociales; un medio poderoso de que se ha 
servido la Providencia para procurar, no sólo el bien 
espiritual de la Iglesia, sino también la salvación y re- 
generación de la sociedad. Claro es que no me será po- 
sible descender á pormenores, pasando en revista los 
numerosos institutos que han existido, y, además, esto 
sería inútil para el objeto que me propongo. Me limi- 
taré, pues, á recorrer las principales fases de la insti- 
tución, presentando sobre cada una algunas observa- 
ciones; como el viajero que, no pudiendo permanecer 
largo tiempo en un país, se contenta contemplándole 
algunos momentos desde los puntos más culminantes. 
Empiezo por los solitarios de Oriente. 

Amenazaba próxima y estrepitosa ruina el coloso 
del imperio romano. Su espíritu de vida se iba por 
instantes extinguiendo, no había esperanza de un so- 
plo que pudiera reanimarle. La sangre circulaba en 
5U8 venas lentamente, pero el mal era incurable; sín- 
tomas de corrupción se manifestaban ya por todas par- 



-- 27 — 

tes; y esto acontecía cabalmente en el momento crític» 
y terrible en que debía apercibirse para luchar, para 
resistir al recio golpe que iba á precipitar su muerte. 
Presentábanse en la frontera del imperio los bárbaros, 
como las manadas de carnívoros atraídos por las exha- 
laciones de un cadáver; y en tan formidable crisis, es- 
taba la sociedad en vigilias de una catástrofe espanto- 
sa. Todo el mundo conocido iba á sufrir un cambio 
profundo: lo de mañana no había de parecerse á lo de 
ayer. El árbol debía ser arrancado, pero su raíz era 
muy honda, y no podía desgajarse del suelo sin cam- 
biar la faz de la anchurosa base donde tuviera su asien- 
to. Encarada la más refinada cultura con la ferocidad 
de la barbarie, la energía de los robustos hijos de las 
selvas con la muelle afeminación de los pueblos del 
Mediodía, el resultado de la lucha no podía ser dudo- 
so. Leyes, hábitos, costumbres, monumentos, artes, 
ciencias, toda la civilización y cultura recogidas en el 
transcurso de muchos siglos, todo estaba zozobrando, 
todo estaba presintiendo su próxima ruina, todo augu- 
raba que Dios había señalado el momento supremo al 
poder y á la existencia misma de los dominadores del 
orbe. Los bárbaros no eran más que un instrumento 
de la Providencia; la mano que había herido de muer- 
te á la señora del mundo, á la reina de las naciones, 
era aquella mano formidable que toca á las montañas, 
y las hace humear y las reduce á pavesas; que toca los 
peñascos, y los liquida como metal derretido; que en- 
vía su aliento abrasador sobre las naciones, y las de- 
vora como una paja. 

El mundo debía ser por algunos momentos la presa 
del caos; ¿pero de este caos había de surgir la luz? ¿La 
humanidad había de fundirse como el oro en el crisol, 
para salir luego más brillante y más pura? ¿Debían rec- 
tificarse las ideas sobre Dios y el hombre? ¿Debían di- 
fundirse nociones de moral más santa y más elevada? 
¿El corazón humano había de recibir inspiraciones se- 
veras y sublimes, para levantarse del fango de la co- 
rrupción en que yacía, para vivir en una atmósfera 



— 28 — 

más alta, más digna de un ser inmortal? Sí; la Provi- 
dencia lo había destinado de esta suerte, y su infinita 
sabiduría andaba conduciendo los sucesos por cami- 
nos incomprensibles al hombre. 

El Cristianismo se hallaba ya propagado por toda la 
faz de la tierra; sus santas doctrinas, fecundadas por 
la gracia celestial, iban llevando el mundo á una re- 
generación admirable; pero la humanidad debía reci- 
bir de sus manos un nuevo impulso, el espíritu del 
hombre un nuevo sacudimiento, para que, tomando 
brío, se levantase de un golpe á la altura conveniente, 
y no descendiese de ella jamás. La historia nos atesti- 
gua los obstáculos que se opusieron al establecimiento 
y desarrollo del Cristianismo: fué necesario que Dios 
tomase sus armas y embrazase su escudo, según la 
valiente expresión del Profeta, y que á fuerza de estu- 
pendos prodigios quebrantase la resistencia de las pa- 
siones, destruyese toda ciencia que se levantase con- 
tra la ciencia de Dios, arrollase todos los poderes que 
le hacían frente, y sofocase el orgullo y la obstinación 
del infierno. Pasados los tres siglos de tormenta, cuan- 
do la victoria se iba declarando en favor de la religión 
verdadera por los cuatro ángulos del mundo, cuando 
los templos de las falsas divinidades se iban quedando 
desiertos y los ídolos que no habían venido al suelo 
temblaban ya sobre sus pedestales, cuando la enseña 
del Calvario flotaba en el lábaro de los Césares, y las 
legiones del imperio se inclinaban religiosamente ante 
la cruz, entonces debía el Cristianismo realizar en ins- 
tituciones permanentes, en aquellas instituciones su- 
blimes que sólo él plantea y sólo él concibe, los altos 
consejos que tres siglos antes oyó asombrada la Pales- 
tina salir de la boca de un hombre, que, sin haber 
aprendido las letras, decía y enseñaba verdades que 
jamás se ofreci»Man al espíritu 'ifi rii:'<< privilegiado 
mortal. 

Las virtudes de los cristianos iiaijian saiido ya de la 
obscuridad de las catacumbas; debían brillar á la luz. 
del cielo y en medio de la paz, como antes resplande- 



— 29 — 

cieran en la lobreguez de los calabozos y en el horror 
de los cadalsos. Señoreado el Cristianismo del cetro 
del imperio, como del hogar doméstico, siendo muy 
crecido el número de sus discípulos, no vivían ya 
éstos en comunidad de bienes; y es claro que una 
continencia absoluta y un completo abandono de las 
cosas terrenas no podía ser la forma de vida de la ge- 
neralidad de las familias cristianas. El mundo debía 
continuar en su existencia, el linaje humano no debía 
acabar su duración; y así es que no todos los cristia- 
nos habían de observar aquel alto consejo, que hace 
llevar á los hombres sobre la tierra la vida de un án- 
gel. Muchos se contentaron con la guarda de los man- 
damientos para alcanzar la vida eterna, sin aspirar á 
la perfección sublime que lleva consigo la renuncia 
de todo lo terreno, la completa abnegación de sí mis- 
mo. Sin embargo, no quería el Fundador de la religión 
cristiana que los consejos dados por él á los hombres 
dejasen de tener incesantemente algunos discípulos en 
medio de la frialdad y disipación del mundo. 

Él no los había dado en vano; y, además, la misma 
práctica de estos consejos, por más que estuviera ceñi- 
da á un número reducido, extendía por todas partes 
una influencia benéfica, que facilitaba y aseguraba la 
observancia de los preceptos. La fuerza del ejemplo 
ejerce tanto ascendiente sobre el corazón del hombre, 
que él solo basta muchas veces á triunfar de las resis- 
tencias más tenaces y obstinadas. Hay algo en nuestr© 
corazón que le induce á simpatizar con todo lo que 
tiene á la vista, sea bien, sea mal; y parece que un se- 
creto estímulo aguijonea al hombre cuando ve que los 
demás en un sentido ó en otro le aventajan. Por esta 
causa era altamente saludable el establecimiento de 
institutos religiosos, que con sus virtudes y la auste- 
ridad de su vida sirviesen de ejemplo á la generalidad 
de los fieles, y fuesen, además, una elocuente repren- 
sión contra el extravío üe las pasiones. 

Este alto objeto quería alcanzarlo la Providencia por 
medios singulares y extraordinarios; el espíritu de 



- 30 — 

Dios sopló sobre la tierra, y aparecieron de repente los^ 
hombres que debían dar principio á la grande obra. En 
los espantosos desiertos de la Tebaida, en las abrasadas 
soledades de la Arabia, de la Palestina y de la Siria^ 
preséntanse unos hombres cubiertos de tosco y áspero 
vestido; un manto de pelo de cabra sobre sus espal- 
das, y un grosero capucho sobre sus cabezas, es todo 
el lujo con que responden á la vanidad y al orgullo de 
los mundanos. Sus cuerpos, expuestos á los rayos del 
sol más ardiente, como á los rigores del frío más inten- 
so, extenuados, además, por dilatados ayunos, parecen 
espectros ambulantes salidos del polvo de las tumbas. 
La hierba de los campos forma su único alimento, el 
agua es su única bebida, con el sencillo trabajo de sus- 
manos cuidan de procurarse los escasos recursos que 
han menester para acudir á sus reducidas necesidades. 
Sujetos á la dirección de un anciano venerable, cuyo& 
títulos para el gobierno han sido una prolongada vida 
en el desierto, y el haber encanecido en medio dp pri- 
vaciones y austeridades inauditas, guardan constan- 
temente el más profundo silencio; sus labios no se 
despliegan sino cuando articulan palabras de oración;, 
su voz no resuena sino cuando entonan ai Señor algún 
himno de alabanza. Para ellos el mundo ha dejado de 
existir; las relaciones de amistad, los dulces lazos de 
familia y de parentesco, todo está quebrantado por el 
anhelo de perfección llevado á una altura superior á 
todas las consideraciones terrenas. El cuidado de sus 
patrimonios no los inquieta en la soledad; antes de re- 
tirarse al desierto, los abandonaron sin reserva al su- 
cesor inmediato, ó vendieron cuanto tenían y lo dis- 
tribuyeron á los pobres. Las escrituras santas son el 
alimento de su espíritu, aprenden de memoria las pa- 
labras de aquel libro divino, meditan de continuo so- 
bre ellas, suplicando humildemente al Señor que les 
conceda la gracia de alcanzar la verdadera inteligen- 
cia. En sus reuniones silenciosas, sólo se oye la voz de 
algún solitario venerable que explica con la más can- 
dida sencillez y afectuosa unción el sentido del sagra- 



— 31 — 

do texto; pero siempre de manera que los oyentes 
puedan sacar algún jugo para mayor purificación de 
sus almas. 

El número de estos solitarios era inmenso, increíble, 
si testigos oculares y dignos de gran respecto no lo re- 
firieran. Y, por lo que toca á la santidad, al espíritu de 
penitencia, al sistema de vida de perfección que aca- 
bamos de pintar, lo dejan á cubierto de toda sospecha 
Rufino, Paladio, San Jerónimo, San Juan Grisóstomo, 
San Agustín, y cuantos hombres ilustres se distin- 
guieron en aquellos tiempos. El hecho es singular, ex- 
traordinario, prodigioso, pero su verdad histórica na- 
die ha podido contestarla: su testigo fué el mundo en- * 
tero, que de todas partes acudía al desierto á buscar la 
luz en sus dudas, el remedio en sus males, y el perdón 
en sus pecados. 

Mil y mil autoridades me sería fácil aducir en con- 
firmación de lo que acabo de asentar; pero me conten- 
taré con una que basta por todas: San Agustín. He 
aquí cómo describe la vida de aquellos hombres ex- 
traordinarios el santo doctor: «Esos padres, no sólo 
santísimos en costumbres, sino muy aventajados en la 
divina doctrina, y excelentes en todos sentidos, no go- 
biernan con soberbia á aquellos á quienes con razón 
llaman sus hijos, por ia mucha autoridad de los que 
mandan y por la pronta voluntad de los que obedecen. 
Al caer del día, estando todavía en ayunas, acuden to- 
dos, saliendo cada cual de su habitación, para oir á su 
respectivo superior. Cada uno de estos padres tiene 
bajo su dirección tres mil á lo menos, porque á veces es .,, 
todavía mucho mayor el número. Escuchan con increíble 
atención, en profundo silencio, y, según los senti- 
mientos que excita en el ánimo el discurso del que ha- 
bla, los manifiestan, ó con gemidos, ó con llanto, ó con 
gozo modesto y reposado.» (S. Aug., L. 1, De r/ioribm 
Ecclesiae, cap. 31.) 

Pero «¿de qué servían aquellos hombres, se nos dirá, 
sino para santificarse á sí mismos? ¿Qué provecho 
traían á la sociedad? ¿qué influencia ejercieron en las 



— 32 — 

ideas? ¿qué cambio produjeron en las costumbres? De- 
mos que la planta fuese muy bella y olorosa; ¿qué va- 
lía, siendo estéril?» 

Grave error fuera, por cierto, el pensar que tantos 
millares de solitarios no hubiesen tenido una grande 
influencia. En primer lugar, y por lo que toca á las 
ideas, conviene advertir que los monasterios de Orien- 
te se erigieron á la vista de las escuelas de los filósofos; 
el Egipto fué el país donde más florecieron los cenobi- 
tas; y sabido es el alto renombre que poco antes alcan- 
zaban las escuelas de Alejandría. En toda la costa del 
Mediterráneo, y en toda la zona del terreno que co- 
menzando en la Libia iba á terminar en el Mar Negro, 
estaban á la sazón los espíritus en extraordinario movi- 
miento. El cristianismo y el judaismo, las doctrinas 
del Oriente y del Occidente, todo se había reunido y 
amontonado allí; los restos de las antiguas escuelas de 
Grecia se encontraban con los caudales reunidos por 
el curso de los tiempos, y por el tránsito que hicieron 
en aquellos países los pueblos más famosos de la tie- 
rra. Nuevos y colosales acontecimientos habían venido 
á echar raudales de luz sobre el carácter y valor de las 
ideas; los espíritus habían recibido un sacudimiento 
que no les permitía contentarse con los sosegados diá- 
logos de los antiguos maestros. Los hombres más emi- 
nentes de los primeros tiempos del cristianismo salen 
de aquellos países; en sus obras se descubre la ampli- 
tud y el alcance á que había llegado entonces el espí- 
ritu humano. Y ¿es posible que un fenómeno tan ex- 
traordinario como el que acabamos de recordar, que 
una línea de grutas y monasterios ocupando la zona en 
cuya vista se hallaban las escuelas filosóficas, no ejer- 
ciese sobre los espíritus poderosa influencia? Las ideas 
de los solitarios pasaban incesantemente del desierto á 
las ciudades; pues que, á pesar de todo el cuidado que 
ellos ponían en evitar el contacto del mundo, el mun- 
do los buscaba, se les acercaba, y recibía de continuo 
BUS inspiraciones. 

Al ver cómo los pueblos acuden á los solitarios más 



— 33 — 

-eminentes en santidad, para obtener de ellos el reme- 
dio en sus dolencias y el consuelo en los infortunios; 
^1 ver cómo aquellos hombres venerables derraman 
'con unción evangélica las sublimes lecciones aprendi- 
das en largos años de meditación y oración en el silen- 
•€io de la soledad, es imposible no concebir cuánto con- 
tribuiría semejante comunicación á rectificar y elevar 
las ideas sobre la religión y la moral, y á corregir y 
purificar las costumbres. 

Necesario es no perder de vista que el entendimiento 
del hombre se hallaba, por decirlo así, materializado, á? 
causa de la corrupción y grosería entrañadas por la re- 
ligión pagana. El culto de la naturaleza, de las formas 
sensibles, había echado raíces tan profundas, que para 
«levar los espíritus á la concepción de cosas superiores 
á la materia, era necesaria una reacción fuerte, ex- 
traordinaria; era indispensable anonadar en cierto 
modo la materia, y presentar al hombre nada más que 
el espíritu. La vida de los solitarios era lo más á pro- 
pósito para producir este efecto: al leer la interesante 
historia de aquellos hombres, parece que uno se halla 
fuera de este mundo: la carne ha desaparecido, no que- 
da más que el espíritu; y tanta es la fuerza con que se 
ha procurado sujetarla, tanto se ha insistido sobre la 
vanidad de las cosas terrenas, que, en efecto, diríase 
que la misma realidad va trocándose en ilusión, el 
mundo físico se disipa para ceder su puesto al intelec- 
tual y moral; y, rotos todos los lazos de la tierra, pó- 
nese el hombre en íntima comunicación con el cielo. 
Los milagros se multiplican asombrosamente en aque- 
llas vidas, las apariciones son incesantes, las moradas 
de los solitarios son una arena donde no entran para 
nada los medios terrenos; allí luchan los ángeles bue- 
nos con los ángeles malos, el cielo con el infierno. 
Dios con Satanás; la tierra no está allí sino para servir 
de campo al combate; el cuerpo no existe sino para ser 
un holocausto en las aras de la virtud, en presencia 
del demonio, que lucha furioso para hacerle esclavo 
del vicio. 

T. III 



— 34 — 

¿Dónde está ese culto idólatra que dispensara la 'Ire 
cia á las formas sensibles, esa adoración que tributara 
á la naturaleza cuando divinizaba todo lo voluptuoso^ 
todo lo bello, todo cuanto pudiera interesar los senti- 
dos, la fantasía, el corazón? ¡Qué cambio más pr'>tun~ 
do! Esos mismos sentidos están sujetos á las privacio- 
nes más terribles; una circuncisión la más dura se está 
aplicando al corazón; y el hombre, que poco antes no 
levantara su mente de la tierra, la tiene sin cesar fija 
en el cielo. 

Es imposible formarse una idea de lo que estamos 
describiendo, sin leer las vidas de aquellos solitarios^ 
no es dable concebir todo el efecto que de ello debía re- 
sultar, sin haber pasado largas horas recorriendo pá- 
ginas donde apenas se encuentra nada que vaya por el 
curso ordinario. No basta imaginar vida pura, austeri- 
dades, visiones, milagros; es preciso amontonarlo todo 
y realzarlo, y llevarlo al más alto punto de singulari- 
dad en el camino de la perfección. 

Guando no quiera verse en hechos tan extraordina- 
rios la acción de la gracia, ni reconocerse en este mo- 
vimiento religioso ningún efecto sobrenatural, todavía 
más, aun cuando se quiera suponer temerariamente 
que la mortificación de la carne y la elevación del es- 
píritu se llevaban hasta una exageración reprensible, 
siempre será necesario convenir en que una reacción 
semejante era muy á propósito para espiritualizar las 
ideas, para despertar en el hombre las fuerzas intelec- 
tuales y morales, para concentrarle dentro de sí mis- 
mo, dándole el sentimiento de esa vida interior, ínti- 
ma, moral, que hasta entonces nunca le había ocupa- 
do. La frente antes hundida en el polvo debía levan- 
tarse hacia la Divinidad; campo más noble que el de 
los goces materiales se ofrecía al espíritu; y el brutal 
abandono autorizado por el escandaloso ejemplo de las 
mentidas deidades del paganismo, se presentaba como 
ofensivo de la alta dignidad de la naturaleza humana. 

Bajo el aspecto moral, el efecto debía ser inmenso. 
Hasta entonces el hombre no había imaginado siquie* 



— ab- 
ra que le fuese posible resistir al ímpetu de sus pasio- 
nes; en la fría moralidad de algunos filósofos, se en- 
contraban algunas máximas de conducta para oponer- 
se al desbordamiento de las inclinaciones peligrosas; 
pero esta moral se hallaba sólo en los libros, el mundo 
no la miraba como posible; y, si algunos se propusie- 
ron realizarla, lo hicieron de tal manera, que, lejos de 
darle crédito, lograron hacerla despreciable. ¿Qué im- 
porta el abandonar las riquezas, y el manifestarse des- 
prendido de todas las cosas del mundo, como quisieron 
aparentar algunos filósofos, si al propio tiempo se 
muestra el hombre tan vano, tan lleno de sí mismo, 
que todos sus sacrificios no se ofrezcan á otra divinidad \ 
que al orgullo? Esto es derribar todos los ídolos para ^ 
colocarse á sí mismo sobre el altar, reinando allí sin 
dioses rivales; esto no es dirigir las pasiones, no es su- 
jetarlas á la razón; es criar una pasión monstruo, que 
se alza sobre todas las demás y las devora. La humil- 
dad, piedra fundamental sobre la que levantaban los 
solitarios el edificio de su virtud, los colocaba de golpe 
en una posición infinitamente superior á la de los filó- 
sofos antiguos que se entregaron á una vida más ó me- 
nos severa; así se enseñaba al hombre á huir el vicio y 
ejercer la virtud, no por el liviano placer de ser vista 
y admirado, sino por motivos superiores, fundados en 
sus relaciones con Dios, y en los destinos de un eterno 
porvenir. 

En adelante, sabía el hombre que no le era imposi- 
ble triunfar del mal en la obstinada lucha que siente 
de continuo dentro de sí mismo; cuando se veía el 
ejemplo de tantos millares de personas de ambos sexos 
siguiendo una regla de vida tan pura y tan austera, la 
humanidad debía cobrar aliento, y adquirir la convic- 
ción de que no eran impracticables para ella los cami- 
nos de la virtud. 

Esta general confianza, inspirada al hombre por la 
vista de tan sublimes ejemplos, nada perdía de su vi- 
gor por razón del dogma cristiano que no le permite 
atriJDuir á las propias fuerzas las acciones meritoria» 



- 36 — 

de la vida eterna, y le ensena la necesidad de un auxi- 
lio divino, si es que no ha de extraviarse por senderos 
de perdición. Este dogma, que, por otra parte, se halla 
muy de acuerdo con las lecciones de la experiencia de 
cada día sobre la fragilidad humana, tan lejos está de 
abatir las fuerzas del espíritu, ni de enervar su brío, 
que, antes bien, le alienta más y más para continuar 
impávido al través de todos los obstáculos. Guando el 
hombre se cree solo, cuando no se siente apoyado por 
la poderosa mano de la Providencia, marcha vacilante 
como un niño que da los primeros pasos, fáltale la 
confianza en sí mismo, en sus propias fuerzas, y, en 
viendo demasiado lejos el objeto á que se encamina, 
parécele la empresa sobrado ardua, y desfallece. El 
dogma de la gracia, tal como lo explica el Catolicismo, 
no es aquella doctrina fatalista, que llena de desespe- 
ración, y que, como se lamentaba Grocio, ha helado 
los corazones entre los protestantes; sino una doctrina" 
que, dejando al hombre la entera libertad de su albe- 
drío, le enseña la necesidad de un auxilio superior; 
auxilio que derramará sobre él en abundancia la infi- 
nita bondad de Dios, que vino al mundo para redimir- 
le, que vertió por él su sangre entre tormentos y afren- 
tas, exhalando el último suspiro en la cima del Calva- 
rio. 

Hasta parece que la Providencia quiso escoger un 
clima particular donde la humanidad pudiese hacer 
un ensayo de sus fuerzas, vivificadas y sostenidas por 
la gracia. En el clima más pestilente para la corrupción 
del alma, allí donde la relajación de los cuerpos condu- 
ce, naturalmente, á la relajación de los espíritus, allí 
donde el aire mismo que se respira está incitando á la 
voluptuosidad, allí fué donde se desplegó la mayor 
energía del espíritu, donde se practicaron las mayores 
austeridades, donde los placeres de los sentidos fueron 
arrancados y extirpados con más rigor y dureza. Los 
solitarios fijaron su morada en desiertos adonde llegar 
podían los embalsamados aromas que se respiraban en 
las comarcas vecinas; y desde sus montañas y arenales 



— 37 — 

alcanzaban sus ojos á mirar las amenas y apacibles 
campiñas, que .convidaban al goce y al placer: seme- 
jantes á aquella virgen cristiana, que dejó su obscura 
gruta para irse á colocar en la quiebra de una roca, 
desde donde contemplaba el palacio de sus padres re- 
bosante de riquezas, de comodidades y de regalos,, 
mientras que ella gemía cual solitaria paloma en las 
hendiduras de una piedra. Desde entonces todos los « 
climas eran buenos para la virtud; la austeridad de la 
moral no dependía de la mayor ó menor aproximación 
á la línea del Ecuador; la moral del hombre era coma • 
el hombre mismo: podía vivir en todos los climas. Pues 
que la continencia más absoluta se practicaba de un 
modo tan admirable en tan voluptuosos países, bien 
podía establecerse y conservarse en ellos la monogamia^ 
del cristianismo; y, cuando en los arcanos del Eterna 
sonase la hora de llamar un pueblo á la luz de la ver- 
dad, nada importaba que este pueblo viviese entre las 
escarchas de la Escandinavia, ó en las ardorosas llanu- 
ras de la India. El espíritu de las leyes de Dios no de-^ 
bía encerrarse en el estrecho círculo que intentara se- 
ñalarle el Espíritu de las leyes de Montesquieu. 



CAPITULO XL 



La influencia de los solitarios de Oriente, bajo el as- 
pecto religioso y moral, es un hecho fuera de duda. 
Verdad es que no es fácil apreciarla á punto fijo, en 
toda su extensión y en todos sus efectos; pero, no deja 
por eso de ser muy real y verdadera. No obró sóbrelos 
destinos de la humanidad como aquellos aconteci- 
mientos ruidosos, cuyos resultados se hallan á menu- 
do en mucha desproporción con lo que habían prome- 
tido; fué semejante á aquella lluvia benéfica que se 
desata suavemente sobre una tierra agostada, fecun- 
dando las praderas y las campiñas. Pero, si fuera posi- 



- 38 - 

ble al hombre abarcar y deslindar el vasto conjunto de 
causas que han contribuido á levantar su espíritu, á 
darle una viva conciencia de su inmortalidad, hacien- 

^ do poco menos que imposible su vuelta á la degrada- 
ción antigua, quizás se encontraría que el prodigioso 
fenómeno de los solitarios de Oriente tuvo una parte 
considerable en este cambio inmenso. No olvidemos 
que los grandes hombres de Occidente recibieron de 
allí sus inspiraciones, que San Jerónimo vivió en la 
gruta de Belén, y que la conversión de San Agustín va 

, acompañada del sentimiento de una santa emulación, 
excitada por la lectura de la vida de San Antonio abad. 
Los monasterios que se anduvieron fundando en 
Oriente y en Occidente, á imitación de ios primitivos 
establecimientos de los solitarios, fueron una conti- 
nuación de éstos, por más que la diferencia de tiempos 
y circunstancias los modificasen en varios sentidos. 
De allí salieron los Basilios, los Gregorios, los Grisós- 
tomos y otros hombres insignes que ilustraron la Igle- 
sia; y quizás, si el mezquino espíritu de disputas, si la 
ambición y el orgullo no hubiesen sembrado el germen 
de discordia, preparando una ruptura que había de 
privar á las Iglesias orientales de la vivificadora in- 
fluencia de la Silla Romana, los antiguos monasterios 

* de Oriente hubieran podido servir, como los de Occi- 
dente, para preparar una regeneración social, que fun- 
diera en un solo pueblo á los vencidos y á los vence- 
dores. 

Es evidente que la falta de unidad ha sido una de las 
causas de flaqueza de los orientales. No negaré que la 
situación en que se encontraron fuese muy diferente 
de la nuestra; el enemigo que tuvieron al frente, en 
nada se parecía á los bárbaros del Norte; pero yo dudo 

, que fuera más fácil habérselas con éstos que con los 
pueblos conquistadores de Oriente. Allí quedó la vic- 
toria por los que atacaban, como qu*dó también aquí; 
pero un pueblo vencido no es muerto, no carece toda- 
vía de grandes ventajas, que pueden darle un ascen- 
diente moral sobre el vencedor, preparando en silen- 



— 39 — 

<;io una transformación, cuando no la expulsión. Los 
bárbaros del Norte conquistaron el mediodía de Euro- 
pa, pero el mediodía triunfó de ellos á su vez, con la 
ayuda de la religión cristiana: no fueron arrojados, 
pero sí transformados. La España fué conquistada por 
los árabes: los árabes no pudieron ser transformados, 
pero al fin fueron arrojados. Si el Oriente hubiese con» 
servado la unidad, si Gonstantinopla y las demás sillas 
episcopales hubiesen continuado sumisas á Roma como 
las de Occidente; en una palabra, si el Oriente todo se 
hubiese contentado con ser miembro del gran cuerpo, 
en vez de la ambiciosa pretensión de ser por sí solo un 
gran cuerpo, tengo por indudable que, aun suponien- 
do las conquistas de los sarracenos, se habría trabado 
una lucha á la vez intelectual, moral y física, que al ■ 
fin hubiera acabado, ó por producir un cambio pro- 
fundo en el pueblo conquistador, ó por rechazarle á 
sus antiguos desiertos. 

Se dirá que la transformación de los árabes era obra 
de siglos; pero, ¿no le fué acaso la de los bárbaros del 
Norte? ¿estuvo quizás consumado este trabajo por su 
conversión al cristianismo? Una parte considerable de 
ellob eran arríanos; y, además, comprendían tan mal 
las ideas cristianas, y se les hacía tan recio el practi- 
car la moral evangélica, que, durante largo tiempo, 
fué poco menos difícil tratar con ellos que con pueblos 
de una religión diferente. Por otra parte, conviene no 
perder de vista que la irrupción de los bárbaros no fué 
una sola, sino que, por espacio de largos siglos, hubo 
una continuación de irrupciones; pero, tal era la fuer- 
za del principio religioso que obraba en Occidente, 
que todos los pueblos invasores, ó se vieron forzados á 
retroceder, ó precisados á plegarse á las ideas y á las 
■costumbres de los países nuevamente ocupados. La 
derrota de las huestes de Atila, las victorias de Garlo- 
magno contra los sajones y demás pueblos de la otra 
parte del Rhin, las sucesivas conversiones de las na- 
ciones idólatras del Norte por los misioneros enviados 
de Roma; en fin, las vicisitudes y el resultado de lasfr- 



— 40 — 

invasiones de los normandos y el definitivo triunfo de^ 
los cristianos de España sobre los moros después de 
una guerra de ocho siglos, son una prueba decisiva de 
lo que acabo de establecer, esto es, que el Occidente, 
vivificado y robustecido por la unidad católica, ha te- 
nido el secreto de asimilarse y apropiarse lo qud no ha 
podido rechazar, y la fuerza bastante para rechazar 
todo aquello que no se ha podido asimilar. 

Esto es lo que ha faltado al Oriente; la empresa no 
era más difícil allí que aquí. Si el Occidente por sí solo 
rescató el santo sepulcro, el Occidente y Oriente uni- 
dos, ó no' le hubieran perdido nunca, ó, después d©^ 
rescatado, le habrían conservado para siempre. La mis- 
ma causa produjo que los monasterios de Oriente no 
alcanzaran la vida y la robustez que distinguió los de 
Occidente; y por esto anduvieron debilitándose con el 
tiempo, sin hacer nada grande, que sirviese á prevenir 
la disolución social, que preparase en silencio y elabo- 
rase lentamente una regeneración de que pudiera 
aprovecharse la posteridad, ya que la Providencia ha- 
bía querido que las generaciones presentes viviesen 
abrumadas de calamidades y catástrofes. Guando se ha 
visto en la historia el brillante principio de los monas- 
terios de Oriente, estréchase el corazón al notar cómo^ 
van perdiendo de su fuerza y lustre con el transcurso 
de los siglos, al observar cómo después de los estragos 
sufridos por aquel desgraciado país á causa de las in- 
vasiones, de las guerras, y, finalmente, por la acción 
mortífera del cisma de Gonstantinopla, las antiguas 
moradas de tantos varones eminentes en sabiduría y 
santidad van desapareciendo de las páginas de la his- 
toria, cual antorchas que se extinguen, cual fuegos 
dispersos y amortiguados, que se descubren acá y acu-^ 
llá en un campamento abandonado. 

Inmenso fué el daño que recibieron todos los ramos 
de los conocimientos humanos, de esa debilidad que 
comenzó por esterilizar el Oriente, y terminó por ha- 
cerle morir. Si bien se observa, en vista de los grandes, 
BQcudimientos y, trastornos que estaban sufriendo 1», 



— 41 — 

Europa, el África y el Asia, el depósito natural de los^ 
restos del antiguo saber no era el Occidente, sino el 
Oriente. No eran nuestros monasterios donde debían 
archivarse los libros y demás preciosidades que gene- 
raciones más felices y tranquilas habían de explotar 
un día, sino los establecidos en aquellos mismos lu- 
gares que, siendo las fronteras donde se habían tocado 
y mezclado civilizaciones muy diferentes, y en que el 
espíritu humano había desplegado más actividad y le- 
vantado más alto su vuelo, reunían un preciosísimo 
caudal de tradiciones, de ciencias, de bellezas artísti- 
cas, que eran, en una palabra, el grande emporio don- 
de se hallaban amontonadas las riquezas de la civi- 
lización y cultura de todos los pueblos del mundo co- 
nocido. 

No se crea, sin embargo, que yo pretenda significar 
que los monasterios de Oriente de nada sirvieron para 
prestar este beneficio al entendimiento humano; la 
ciencia y las bellas letras de Europa recuerdan todavía 
con placer el impulso recibido con la venida de los 
preciosos materiales arrojados á las costas de Italia por 
la toma de Gonstantinopla. Pero las mismas riquezag: 
llevadas á Europa por aquellos hombres lanzados á 
nuestras playas como por el soplo de una tempestad, y 
que, habiendo apenas alcanzado á salvar sus vidas, lie' 
gabán entre nosotros como el náufrago desfallecido 
que al través de las ondas conserva todavía en sus ate- 
ridas manos una cantidad de oro y piedras preciosas, 
esto mismo hace que nos quejemos más vivamente, 
porque comprendemos mejor la inmensa riqueza que 
debía encerrarse en la nave que zozobró; esto mismo 
nos hace lamentar que los primeros tiempos de los 
monjes ilustres de Oriente no hayan podido eslabonar- 
se con los nuestros. Guando vemos sus obras atestadas 
de erudición sagrada y profana, cuando sus trabajos 
nos ofrecen las muestras de una actividad infatigable, 
pensamos con dolor en el precioso depósito que debían 
de contener sus ricas bibliotecas. 
= Sin embargo, y á pesar de la triste verdad de las re- 



— 42 — 

üexiones que preceden, menester es confesar que la 
influencia de aquellos monasterios no dejó de ser be- 
neficiosa á la conservación de los conocimientos. Los 
árabes, en el tiempo de su pujanza, se mostraron inte- 
ligentes y cultos, y, bajo muchos aspectos, les debe la 
Europa considerables adelantos. Bagdad y Granada re- 
cuerdan dos hermosos centros de movimiento intelec- 
tual y de bellezas artísticas, que sirven á disminuir el 
desagradable efecto del conjunto histórico que presen- 
tan los sectarios de Mahoma, como dos figuras apaci- 
bles y risueñas, que hacen más soportable la vista de 
un cuadro repugnante y horroroso. Si fuera posible 
seguir la historia del progreso de la inteligencia entre 
los árabes, en medio de las transformaciones y catás- 
trofes de Oriente, quizás se encontraría el origen de 
muchos de sus adelantos en los conocimientos de aque- 
llos mismos pueblos que ellos conquistaban ó des- 
truían. Lo cierto es que en su civilización no se entra- 
ñan principios vitales que favorezcan el desarrollo de 
la inteligencia; así lo dice su misma organización reli- 
giosa, social y política; así lo enseñan los resultados 
recogidos por este pueblo después de tantos siglos de 
pacífico establecimiento en el país conquistado. Todo 
su sistema, por lo tocante á las letras y al cultivo de la 
inteligencia, ha venido á formularse en aquellas estú- 
pidas palabras de uno desús caudillos, en el momento 
de condenar á las llamas una inmensa biblioteca: «si 
esos libros son contrarios al Alcorán, deben quemarse 
por dañosos; si le son favorables, deben quemarse por 
inútiles.» 

Leemos en Paladio que los monjes de Egipto, no con- 
tentos con la elaboración de objetos sencillos y toscos, 
ejercían, además, todo género de oficios. Los muchos 
millares de hombres de todas clases y de muy diferen- 
tes países que abrazaron la vida solitaria, debieron de 
llevar al desierto un caudal considerable de conoci- 
mientos. Sabido es á lo que puede llegar el espíritu 
del hombre, entregado á sí mismo en la soledad, y 
consagrado á una ocupación determinada: así, es una 



— 43 — 

conjetura no destituida de fundamento el pensar que 
muchas de las noticias raras sobre los secretos de la 
naturaleza, sobre la utilidad y propiedades de ciertos 
ingredientes, sobre los principios de algunas ciencias y 
artes de que se mostraron muy ricos los árabes cuando 
su aparición en Europa, no serían más que restos de la 
ciencia antigua recogidos por ellos en aquellos países, 
que antes habían sido poblados por hombres venidos 
de todas las regiones. 

Necesario es recordar que en las primeras invasiones 
de los bárbaros, cuando la España, el mediodía de la 
Francia, la Italia, el norte del África, y las islas adya- 
centes á todos esos países eran devastadas de un modo 
horroroso, corrían á buscar un asilo en Oriente todos 
cuantos estaban en disposición de emprender el viaje. 
De esta suerte se amontonaría más y más en aquellas 
regiones todo el caudal de la ciencia de Occidente; pu- ' 
diendo esto haber contribuido sobremanera á deposi- 
tar allí los restos del antiguo saber, que luego nos lle- 
garon transformados y desfigurados por medio de los 
árabes. 

El profundo desengaño de la nada del mundo, avi- 
vado por tan dilatada serie de grandes infortunios, for- 
tificó en los desgraciados el sentimiento religioso; y 
los fugitivos acogidos en Oriente escuchaban con pro- 
funda emoción la voz enérgica del solitario de la gruta 
de Belén. Así es que gran parte de los refugiados se 
acogían á los monasterios, donde encontraban á un 
tiempo un socorro en sus necesidades y un consuelo 
para sus almas; resultando de aquí la acumulación en 
los monasterios de Oriente de una mayor cantidad de 
noticias preciosas y conocimientos de todas clases. 

Si un día llega la civilización europea á señorearse 
'del todo de aquellas comarcas, que gimen ahora bajo 
la opresión musulmana, quizás pueda la historia de la 
ciencia añadir una hermosa página á sus trabajos, bus- 
cando entre la obscuridad de los tiempos, y por medio 
de los manuscritos descubiertos por la diligencia y la 
casualidad, el hilo que manifestaría más y más el en- 



— 44 — 

lace de la ciencia árabe con la antigua, y explicar asi 
las transformaciones que anduvo sufriendo y que la 
hicieron parecer de objeto diferente. Las riquezas con- 
servadas en los archivos de España relativas al tiempo- 
de la dominación sarracena, archivos cuya explotación 
puede decirse que no se ha comenzado todavía, pudie- 
ran quizás arrojar algunas luces sobre este punto, que 
sin duda ofrecería ocasión de entregarse á investiga- 
ciones exquisitas, las que conducirían á una aprecia- 
ción sumamente curiosa de dos civilizaciones tan dife- 
rentes como la mahometana y la cristiana. 



CAPITULO XLI 



e 

Pasemos á examinar los institutos religiosos, tales 
como se presentaron en Occidente; omitiendo el hablar 
de aquellos que, aunque establecidos en puntos de este 
último país, no eran más que una especie de ramifica- 
ción de los monasterios orientales. Entre nosotros, á 
más del espíritu evangélico que presidió á su funda- 
ción, tomaron el carácter de asociaciones conserva- 
doras, reparadoras y regeneradoras. Los monjes no se 
contentan con santificarse á sí mismos, sino que influ- 
yen desde luego sobre la sociedad. La luz y la vida que 
se encierran en sus santas moradas, procuran abrirse 
paso para alumbrar y fecundar el caos en que yace el 
mundo. 

No sé que haya en la historia un punto de vista más 
hermoso y consolador que el ofrecido á nuestros ojos 
por la fundación, extensión y progreso de los institu- 
tos religiosos en Europa. La sociedad necesitaba de 
grandes esfuerzos para resistir sin anonadarse las te- 
rribles crisis que debía atravesar: el secreto de la fuer- 
za social está en la reunión de las fuerzas individua-^ 
les, en la asociación; y es, por cierto, admirable que 



— 45 — 

•este secreto fuese conocido de la sociedad europea,', 
•como por una revelación del cielo. Todo se desmorona 
en ella, todo se cae á pedazos, todo perece. La religión, 
la moral, el poder público, las leyes, las costumbres, 
las ciencias, las artes, todo ha sufrido pérdidas enor- 
mes, todo está zozobrando; y, si el porvenir del mundo 
se calcula por probabilidades humanas, los males son 
tantos y tan graves, que el remedio se halla impo- 
sible. 

Al hombre observador, que fija aterrado su mirada 
en aquellos tiempos, cuando se le ofrece San Benito 
dando impulso á los institutos monásticos, prescri- 
biéndoles su sabia regla, procurando de esta suerte 
constituirlos en forma estable, parécele que un ángel 
de luz surge de en medio de las tinieblas. La inspira- 
ción sublime que guió á este hombre extraordinario, 
era lo más conveniente que podía imaginarse para de- 
positar en el seno de la sociedad disuelta un principio 
de vida y reorganización. ¿Quién ignora cuál era á la 
sazón el estado de Italia, mejor diré, de la Europa en- 
tera? ¡Cuánta ignorancia, cuánta corrupción, cuántos 
-elementos de disolución social, cuánta devastación en 
todas partes! En situación tan lamentable, aparece el 
santo solitario, hijo de una ilustre familia de Nursia, 
resuelto á combatir el mal que amenaza señorearse del 
mundo. Sus armas son sus virtudes; con la elocuencia . 
de su ejemplo ejerce sobre los demás un ascendiente 
irresistible; elevado á una altura superior á su siglo, 
ardiendo de celo, y lleno al mismo tiempo de discre- 
ción y prudencia, funda el instituto que ha de perma- 
necer al través de los trastornos de los tiempos, como 
una pirámide inmóvil en medio de los huracanes del * 
desierto. 

íQué idea más grande, más benéfica, más llena de 
previsión y sabiduría? Guando el saber y las virtudes . 
no hallaban dónde refugiarse; cuando la ignorancia, 
la corrupción y la barbarie iban extendiendo rápida- 
mente sus conquistas, levantar un asilo al infortunio, 
formar como un depósito donde pudieran conservarse 



— 46 — 

los preciosos monumentos de la antigüedad, y abrir 
escuelas de ciencia y virtud donde recibieran sus lec- 
ciones los jóvenes destinados á figurar un día en el 
torbellino de los negocios de la tierra. Guando el hom- 
bre pensador contempla la silenciosa mansión de Gasi- 
no, cuando ve que se dirigen allí, de todas partes, hijos 
de las familias más ilustres del imperio, unos con la 
idea de permanecer para siempre, otros para recibir 
esmerada educación y llevarse luego en medio del 
mundo un recuerdo de las graves inspiraciones reci- 
bidas por el santo lundador en el desierto de Sublac; 
cuando observa que los monasterios de la orden van 
multiplicándose por doquiera, estableciéndose coma 
grandes centros de actividad en las campiñas, en los 
bosques, y en los lugares más inhabitados, no puede 
menos de sentir una profunda veneración hacia el va- 
rón extraordinario que concibiera tan altos pensamien- 
tos. Si no quisiéramos mirar á San Benito como inspi- 
rado del cielo, á lo menos deberíamos considerarle 
como uno de aquellos hombres que de vez en cuanda 
aparecen sobre la tierra, cual ángeles tutelares del 
humano linaje. 

Menguada inteligencia manifestaría quien se negase 
á reconocer el ventajosísimo efecto que debían de pro- 
ducir semejantes instituciones. Guando la sociedad s© 
disuelve, lo que se necesita no son palabras, no son 
proyectos, no son leyes tampoco: son instituciones 
fuertes que resistan al ímpetu de las pasiones, á la 
inconstancia del espíritu humano, á los embates del 
curso de los acontecimientos; instituciones que levan- 
ten el entendimiento, que purifiquen y ennoblezcan 
el corazón, produciendo así en el fondo de la sociedad 
un movimiento de reacción y de resistencia contra los 
malos elementos que la llevan á la muerte. Entonces, 
si existe un entendimiento claro, un corazón genero- 
so, una alma poseída de sentimientos de virtud, se 
apresura á refugiarse en el sagrado asilo. No siempre 
les es dado cambiar la corriente del mundo; pero á lo 
menos trabajan en silencio para instruirse, para puri- 



— 47 — 

ficarse; derraman una lágrima de compasión sobre las 
generaciones insensatas que se agitan estrepitosamen- 
te en derredor: de vez en cuando alcanzan todavía á 
que se oiga su voz en medio del tumulto, y que sus 
acentos hieran el corazón del perverso, como terrible 
amonestación descendida de lo alto de los cielos. Así 
disminuyen la fuerza del mal, ya que no les sea dable 
remediarle del todo; protestando sin cesar contra éU 
le impiden que prescriba; y transmitiendo á las gene- 
raciones futuras un testimonio solemne de que en me- 
dio de las tinieblas y de la corrupción existían hom- 
bres que se esforzaban en ilustrar el mundo, y en 
oponer una barrera al desbordamiento del vicio y del 
crimen, conservan la fe en la verdad y en la virtud, < 
sostienen y animan la esperanza de los presentes y 
venideros que puedan encontrarse en circunstancias 
parecidas. 

Ésta fué la obra de los monjes en los calamitosos 
tiempos á que nos referimos; así cumplieron la misión 
más bella y sublime en pro de los grandes intereses de 
la humanidad. 

Diráse quizás que los inmensos bienes adquiridos 
por los monasterios fueron una recompensa abundan- 
te de sus trabajos, y tal vez una seña del pocodesinte- 
-és que presidía á los grandes esfuerzos; por cierto que, 
si se miran las cosas desde el punto de vista en que las 
han presentado algunos escritores, las riquezas de los 
monjes se ofrecerán á nuestra consideración como el. 
fruto de una codicia desmedida y de una conducta 
astuta é insidiosa; pero la historia entera viene á des- 
mentir las calumnias de los enemigos de la religión; 
y el filósofo imparcial, haciéndose cargo de que debie- 
ron de introducirse abusos, como se introducen en 
todo lo humano, procura considerar las cosas en glo- 
bo, en el vasto cuadro donde figuran durante largos 
siglos; y, despreciando el mal, que no fué más que la 
excepción, contempla y admira el bien, que fué la 
regla. 

A más de los muchos motivos religiosos que lleva- 



— 48 — 

l)an los bienes á las manos de los monjes, había uno 
muy legítimo, que se ha considerado siempre como 
uno de los títulos más justos de adquisición. Los mon- 
jes desmontaban terrenos incultos, secaban pantanos, 
construían calzadas, encerraban en su cauce los ríos, 
levantaban puentes; es decir, que en una sociedad y 
en unas regiones que habían pasado por una nueva 
especie de diluvio universal, hacían lo mismo en cier- 
to modo que ejecutaban los primeros pobladores, cuan- 
do procuraban devolver al globo desfigurado su faz 
primitiva. Una parte considerable de Europa no había 
recibido nunca la cultura de la mano del hombre; los 
bosques, los ríos, los lagos, las malezas de todas cla- 
ses, se hallaban en bruto, tales como las dejara la na- 
turaleza; los monasterios plantados allá y acullá pue- 
den considerarse como aquellos centros de acción, que 
establecen las naciones civilizadas en los países nue- 
Tos, cuya faz se proponen cambiar por medio de gran- 
des colonias. ¿Qué títulos más legítimos -existieron 
aunca para la adquisición de cuantiosos bienes? Quien 
desmonta ^j.n país inculto, quien lo cultiva y lo pue- 
b"'.a. ?,.oo es digno de conservar en él grandes propieda- 
des? ¿No es éste el curso natural de las cosas? /Quién 
ignora las villas y ciudades que nacieron y se engran- 
decieron á la sombra de las abadías? 

Las propiedades de los monjes, á más de su utilidad 
material, produjeron otra, que quizás no ha llamado, 
cual debe, la atención. La situación de buena parte de 
los pueblos de Europa, en el tiempo de que vamos ha- 
blando, estaba muy cercana de la fluctuación y movi- 
lidad en que se hallan las naciones que no han dado 
todavía ningún paso en la carrera de la civilización y 
cultura. Por esta causa, la idea de la propiedad, que 
es una de las más fundamentales en toda organización 
social, se hallaba muy poco arraigada. En aquellas 
épocas eran muy frecuentes los ataques contra la pro- 
piedad, así como contra las personas; y del mismo 
modo que el hombre se encontraba á menudo obliga- 
do á defender lo que poseía, así también se dejaba lie- 



- 49 - 

var fácilmente á invadir la propiedad de los otros. El 
primer paso para remediar un mal tan grave, era dar 
asiento á los pueblos por medio de la vida agrícola, j 
luego acostumbrarlos al respeto de la propiedad, no 
tan sólo por razones de moral y de interés privado, 
-sino también por el hábito: lo que se lograba ponién- 
doles á la vista propiedades extensas, pertenecientes á 
lestablecimientos que se miraban como inviolables, j 
que no podían atacarse sin cometer un sacrilegio. Así 
las ideas religiosas se ligaban con las sociales, y pre- 
paraban lentamente una organización que debía lle- 
varse á término en días más bonancibles. 

Añádase á esto una nueva necesidad acarreada por 
el cambio que se estaba verificando en aquella época. 
Entre los antiguos, apenas se ve otra vida que la de las 
ciudades; la habitación en los campos, ese desparra- 
mamiento de una población inmensa que ha formado 
en los tiempos modernos una nueva nación en las cam- 
piñas, no se conocía entre ellos; yes bien notable que 
ese cambio en la manera de vivir se realizó cabalmen- 
te, cuando circunstancias calamitosas y turbulentas 
parecían hacerle más difícil. Debido es á la existencia 
de los monasterios en los campos y lugares retirados, 
el que pudiese arraigarse este nuevo género de vida, 
que sin duda se habría hecho imposible sin el ascen- 
diente benéfico y protector ejercido por las grandes 
abadías. Ellas tenían al propio tiempo todas las rique- 
zas y el poderío de los señores feudales, con la influen- 
cia benéfica y suave de la autoridad religiosa. 

¿Cuánto no debió la Alemania á los monjes? ¿No fue- 
ron ellos los que desmontaron sus tierras incultas, ha- 
ciendo florecer la agricultura, y creando poblaciones 
considerables? ¿Cuánto no les debe la Francia? ¿Cuánto 
la España y la Inglaterra? Esta última, á buen seguro 
que no llegara jamás al elevado punto de civilización 
de que se muestra tan ufana, silos trabajos apostólicos 
de los misioneros que penetraron en ella en el siglo vi, 
no la hubieran sacado de las tinieblas de una grosera 
idolatría. ¿Y quiénes son esos misioneros? ¿No fué, el 

T. 111 4 



— 50 — 

principal un celloso monje llamado Agustín, enviado 
por un Papa que también había sido monje,, San Gre- 
gorio el Grande? Al atravesar la confusión de los siglos 
medios, ¿dónde encuentra el lector los grandes centros 
de saber y de virtud, sino en aquellas mansiones soli- 
tarias, de las que salen San Isidoro, arzobispo de Sevi- 
lla, el santo Abad Golumbano, el obispo de Arles San 
Aureliano, el apóstol de la Inglaterra San Agustín, el. 
de Alemania San Bonifacio, Beda, Gutheberto, Auper- 
tho, Paulo monje de Gasino, Hincmaro de Reims, edu- 
cado en el monasterio de San Dionisio, San Pedro 
Damián, San Bruno, San Ivon, Lanfranco, y otros, que 
forman una clase privilegiada de hombres que en nada 
se parecen á los de sus tiempos? 

Á más del servicio que hicieron los monjes á la so- 
ciedad bajo el aspecto religioso y moral, es inaprecia- 
ble el que dispensaron á las ciencias y á las letras. Ya 
se ha observado repetidas veces que éstas se refugiaron 
en los claustros, y que los monjes, conservando y co- 
piando los antiguos manuscritos, preparaban los ma- 
teriales para la época de la restauración de los cono- 
cimientos humanos. Pero, es menester no limitar el 
mérito de los monjes considerándolos como meros co- 
piantes; muchos de ellos se elevaron á un alto punto- 
de sabiduría, adelantándose algunos siglos á la época 
en que vivían. Además, no contentos con la penosa 
tarea de conservar y ordenarlos manuscritos antiguos, 
dispensaban á la historia un beneficio importante por 
medio de las crónicas: con éstas, al paso que cultiva- 
ban un ramo tan importante de estudios, recogían la 
historia contemporánea, que quizás sin sus trabajos 
se hubiera perdido. 

Adón, arzobispo de Viena, educado en la abadía de 
Fercieres, escribe una historia universal desde la crea- 
ción del mundo hasta su tiempo; Abbón, monje de 
San Germán Després, compone un poema en latín en 
que narra el sitio de París por los normandos; Aimón 
de la Aquitania escribe en cuatro libros la historia de 
los francos; San Ivon publica una crónica de los reyee^ 



— 51 — 

de los mismos francos; el monje alemán Dithmar nos 
deja la crónica de Enrique I, de los Otones I y II y de 
Enrique II: crónica estimada, como escrita con since- 
ridad, que se ha publicado repetidas veces, y de la 
í^nal se valió Leibnitz para ilustrar la historia de Bruns- 
ich. Ademaro es autor de una crónica que abraza 
(lesde 829 hasta 1029; Glabero, monje de Gluny, lo es 
de otra historia muy estimada de los sucesos ocurridos 
en Francia de.sde 980 hasla su tiempo; Hermán, de una 
crónica que abarca las seis edades del mundo hasta 
1054. En fin, sería nunca acabar, si quisiésemos recor- 
dar los trabajos históricos de Sigeberto, de Guiberto, 
de Hu<ío, prior de San Víctor, y otros hombres insig- 
nes, que, elevándose sobre su tiempo, se dedicaban á 
esa clase de tareas. La dificultad y alto mérito de ellas 
difícilmente podemos apreciarlo nosotros, viviendo en 
época en que son tan fáciles los medios de instruirse, 
y en que, heredadas las riquezas de tantos siglos, el 
espíritu encuentra por todas partes caminos anchuro- 
sos y trillados. 

Sin la existencia de los institutos religiosos, sin el 
asilo de los claustros, hubiera sido imposible que se 
formasen hombres tan esclarecidos. No sólo se habían 
perdido las ciencias y las letras, sino que habían lle- 
gado á ser muy raros los seglares que sabían leer y es- 
cribir; y por cierto que semejantes circunstancias no 
«rau á propósito para formar hombres tan eminentes, 
que podrían muy bien honrarse con ellos siglos mucho 
más adelantados. ¿Quién no se ha parado repetidas ve- 
s á contemplar el insigne triunvirato de Pedro el 
euerable, San Bernardo y el abad Sager? ¿no puede 
ecirse que el siglo xii se salió de su lugar, producien- 
un escritor como Podro el Venerable, un orador 
omo San Bernardo, un hombre de Estado como Su- 
ger? 

Otro monje célebre se nos presenta también en aque- 
llos tiempos, y cuya influencia en el adelanto de los 
conocimientos no ha sido eslimada cual merece, por 
aquellos críticos que sólo se complacen en señalar los 



— 52 — 

defectos; hablo de Graciano. Los que han declamado 
contra él, recogiendo afanosos los yerros en que pudo 
incurrir, se hubieran conducido harto mejor, colocán- 
dose en el lugar del compilador del siglo xir, con la 
misma falta de medios, sin las luces de la crítica, y ver 
entonces si la atrevida empresa no fué llevada á cabo 
mucho más felizmente de lo que era de esperar. El 
provecho que resultó de la colección de Graciano, es 
incalculable. Presentando en breve volumen mucho 
de lo más selecto de la antigüedad con respecto á la 
legislación civil y canónica, recogiendo en abundancia 
textos de Santos Padres aplicados á toda clase de ma- 
terias, á más de excitar el estudio y el gusto de ese gé- 
nero de investigaciones, daba un paso inmenso para 
que las sociedades modernas satisficiesen una de las 
primeras necesidades, así en lo eclesiástico como en lo 
civil, cual era la formación de los códigos. Se dirá que 
los errores de Graciano fueron contagiosos, y que más 
hubiera valido recurrir directamente á los originales; 
pero para leer los originales es necesario conocerlos, 
tener noticia de su existencia, hallarse incitado por el 
deseo de aclarar alguna dificultad, haber tomado gusto 
á esta clase de investigaciones, todo lo cual faltaba an- 
tes de Graciano, y todo se promovía por la empresa de 
Graciano. La general aceptación de sus trabajos es la 
prueba más convincente del mérito que encerraban; y, 
si se responde que esa aceptación la debieron á la ig- 
norancia de los tiempos, yo añadiré que siempre debe- 
/ mos agradecer el que se arroje un rayo de luz, por dé- 
bil que sea, en medio de las tinieblas. 



— 53 — 



CAPITULO XLII 



De la rápida ojeada que acabamos de echar sobre los 
institutos religiosos desde la irrupción de los bárbaros 
hasta el siglo xii, se infiere que durante esta tempora- 
da fueron un robusto sostén para impedir el completo 
desmoronamiento de la sociedad, un asilo del infortu- 
nio, de la virtud y del saber, un depósito de las precio- 
sidades de los antiguos, y una especie de asociaciones 
ciTilizadoras que trabajaban en silencio en la recons- 
trucción del edificio social, en neutralizar la fuerza de-v- 
los principios disolventes, y un plantel donde pudie- 
ron formarse los hombres de que habían menester los 
altos puestos de la Iglesia y del Estado. En el siglo xii 
y siguientes, aparecen nuevos institutos que presen- 
tan un carácter muy distinto. Su objeto es también al- 
tamente religioso y social, pero los tiempos han cam- 
biado, y es menester recordar las palabras del Apóstol: 
omnia omnibm. Examinemos cuáles fueron las causas • 
y los resultados de semejantes innovaciones. 

Antes de pasar más adelante, diré dos palabras sobre 
las órdenes militares, cuyo nombre indica ya bastante 
la reunión del doble carácter de religioso y de soldado. 
iLa unión del monacato con la milicia! exclamarán al- 
gunos; iqué conjunto tan monstruoso! No obstante, esa 
pretendida monstruosidad fué muy conforme al curso 
natural y regular de las cosas, fué un poderoso reme- 
dio aplicado á males gravísimos, un reparo contra pe- 
ligros inminentes; en una palabra, fué la expresión y 
satisfacción de una gran necesidad europea. 

No es propio de este lugar el tejer la historia de las 
órdenes militares, historia que, tanto como otra cual- 
quiera, ofrece cuadros hermosísimos é interesantes, 
con aquella mezcla de heroísmo é inspiración religiosa, 
que aproxibaa la historia á la poesía. Basta pronunciar 



— 54 — 

los nombres de los caballeros templarios, de los hospi- 
talarios, de los teutónicos, de San Raimundo abad de 
Fitero, de los de Galatrava, para que el lector recuerde 
una serie de acontecimientos raros, que forman una 
de las más bellas páginas déla historia. Dejemos, pues, 
aparte una narración que no nos pertenece, y deten- 
gámonos un momento á examinar el origen y el espí- 
ritu de aquellos famosos institutos. 

La enseña de los cristianos y el pendón de la Media 
Luna eran dos enemigos irreconciliables por naturale- 
za, y enconados, además, sobremanera, á causa de su 
dilatada y encarnizada lucha. Ambos abrigaban vastos 
planes; ambos eran muy poderosos; ambos contaban 
con pueblos decididos, entusiasmados, prontos á pre- 
cipitarse unos sobre otros; ambos tenían grandes pro- 
babilidades en que podían fundar esperanzas de triun- 
fo. ¿De qué parte quedará la victoria? ¿Cuál es la con- 
ducta que deben seguir los cristianos para preservarse 
del peligro que les amenaza? ¿es más conveniente que, 
tranquilos en Europa, esperen el ataque de los musul- 
manes; ó que, levantándose en masa, se arrojen sobre 
el enemigo, buscándole en su propio país, allí donde 
se considera invencible? El problema se resolvió en 
este último sentido, se formaron las Cruzadas, y los 
siglos siguientes han venido á confirmar el acierto de 
la resolución. ¿Qué importan algunas declamaciones 
en que se afecta interés por la justicia y la humani- 
dad? Nadie se deja deslumhrar por ellas; la filosofía de 
la historia, amaestrada con las lecciones de la expe- 
riencia y con mayor caudal de conocimientos, fruto de 
un más detenido estudio de los hechos, ha fallado irre- 
vocablemente la causa; y en estft, como en todo lo de- 
más, la religión ha salido triunfante en el tribunal de 
la filosofía. Las Cruzadas, lejos de considerarse como 
un acto de barbarie y de temeridad, son justamente 
miradas como una obra maestra de política que asegu- 
ró la independencia de Europa, adquirió á los pueblos 
cristianos una decidida preponderancia sobre los mu- 
sulmanes, fortificó y agrandó el espíritu militar de \a& 



— 55 — 

naciones europeas, les comunicó un sentimiento de 
fraternidad que hizo de ellas un solo pueblo, desen- 
volvió en muchos sentidos el espíritu humano, contri- 
buyó á mejorar el estado de los vasallos, preparó la 
entera ruina del feudalismo, creó la marina, fomentó 
el comercio y la industria, dando de esta suerte un 
poderoso impulso para adelantar por diferentes sende- 
ros en la carrera de la civilización. 

No es esto decir que los hombres que concibiéronlas 
Cruzadas, y los Papas que las promovieron, y los pue- 
blos que las siguieron, y los señores y príncipes que las 
apoyaron, calculasen toda la extensión de su propia - 
obra, ni columbrasen siquiera los inmensos resultados; 
basta que la cuestión existiese y que se resolviese en 
el sentido más favorable á la independencia y prospe- 
ridad de Europa; basta, repito, y además advierto que, 
cuanta menos parte haya tenido la previsión de los 
hombres, más será lo que debe atribuirse á las cosas; y ' 
las cosas aqaí no son más que los principios y senti- 
mientos religiosos en sus relaciones con la conserva- 
ción y felicidad de las sociedades, no son más que el 
-Catolicismo cubriendo con su égida y vivificando con 
su soplo la civilización europea. 

Tenemos ya las Cruzadas: recordad ahora que este 
pensamiento, tan grande y generoso, fué concebido, 
empero, con cierta vaguedad, y ejecutado con aquella 
precipitación, fruto de la impaciencia de un celo ardo- 
roso; recordad que este pensamiento, como hijo del Ca- 
tolicismo, que convierte siempre sus ideas en institu-* 
clones, debía también' realizarse en una institución , 
que le expresara fielmente, que le sirviera como de ór- ^ 
gano para hacerse más sensible, de apoyo para hacerse 
duradero y fecundo, 3^ entonces buscaréis un medio de^ 
unir la religión y las armas; os complaceréis en encon- • 
trar bajo la coraza de hierro un corazón lleno de ardor 
por la religión de Jesucristo, en hallaros con esa nue- 
va clase de hombres, que se consagran sin reserva á la 
defensa de la religión, al propio tiempo que renuncian 
ítodas las cosas del mundo: más mansos qu9 corderos, más 



— 56 — 

fuertes que leones^ según expresión de San Bernarda^ 
Tan pronto se reúnen en comunidad para levantar al 
cielo una oración fervorosa, tan pronto marchan impá- 
vidos al combate, blandiendo la formidable lanza, te- 
rror de las huestes agarenas. 

No, no se encuentra en los fastos de la historia u» 
acontecimiento más colosal que el de las Cruzadas; no 
se encuentra tampoco una institución más generosa y 
bella que la de las órdenes militares. En las Cruzadas 
se levantan innumerables naciones, marchan al través 
de los desiertos, se engolfan en países que no conocen, 
se abandonan sin reserva á todo el rigor de las estacio- 
nes y de los climas; y ¿para qué? ¡para libertar un se- 
pulcro]... Sacudimiento grande, inmortal, donde cien 
y cien pueblos marchan á una muerte segura; no en 
busca de intereses mezquinos, no con el afán de esta- 
blecerse en países más gratos y feraces, no con el ansia 
de encontrar ningún emolumento terreno; y sí sólo» 
inspirados por una idea religiosa, por el anhelo de po- 
seer el sepulcro de Aquel que murió en una cruz por 
la salud del humano linaje. En comparación de ese 
memorable acontecimiento, ¿á qué se reducen las ha- 
zañas de los griegos cantadas por Homero? La Grecia 
se levanta para vengar el ultraje de un marido; la Eu- 
ropa se levanta para rescatar el sepulcro de un Dios. 

Guando, después de los desastres y de los triunfos 
de las Cruzadas, aparecen las órdenes militares, ora 
peleando en Oriente, ora sosteniéndose en las islas deí 
Mediterráneo, y resistiendo las rudas acometidas del 
islamismo, que ufano de sus victorias quiere abalan- 
zarse de nuevo sobre la Europa, parécenos ver aquellos 
valientes, que en el día de una gran batalla quedan 
solos en el campo, peleando uno contra ciento, com- 
prando con su heroísmo y sus vidas la seguridad de 
sus compañeros de armas, que se retiran á sus espal- 
das. ¡Gloria y prez á la religión que ha sido capaz de 
inspirar tan elevados sentimientos, que ha podido rea- 
lizar lan arduas y generosas empresas. 



CAPITULO XLIII 



Quizás el lector, por más contrario que fuera de las 
comunidades religioias, no estará ya mal avenido con 
los solitarios de Oriente, habiéndole mostrado en ellos^ 
una clase de hombres que, poniendo en planta los más^ 
sublimes y austeros consejos de la religión, dieron un 
brioso impulso á la humanidad, para que, levantándo- 
la del cieno en que la tenía sumida el paganismo, des- 
plegase sus hermosas alas hacia regiones más puras. El 
acostumbrar al hombre á una moral grave y severa, el / 
concentrar el alma dentro de sí misma, el comunicarle 
un vivo sentimiento de la dignidad de su naturaleza y 
de la altura de su origen y destino, el inspirarle, por 
medio de extraordinarios ejemplos, la seguridad de 
que el espíritu, ayudado de la gracia del cielo, puede 
triunfar de las pasiones brutales, y llevar sobre la tie- 
rra una vida de ángel, son beneficios señalados en de- 
masía, pera que un corazón noble pueda menos de 
agradecerlos, interesándose vivamente por los hombres 
que los dispensaron. Por lo que toca á los monasterios- 
de Occidente, también salta de tal modo á los ojos su 
influencia benéfica y civilizadora, que no puede mi- 
rarlos con desví6 ningún amante de la humanidad.' 
Por fin, los caballeros de las órdenes militares ofrecen 
^na idea tan hermosa, tan poética, realizan de un modo 
tan admirable uno de aquellos sueños dorados que 
desfilan por la fantasía en momentos de entusiasmo,, 
que, por cierto, no dejarán de tributarles respetuoso 
homenaje todos los corazones capaces de latir en pre- 
sencia de lo sublime y de lo bello. 

Empresa más difícil me aguarda, queriendo presen- 
tar en el tribunal de la filosofía, de esa filosofía indife- ' 
rente ó incrédula, las comunidades religiosas no com- 
prendidas en la reseña que acabo de trazar. El fallo- 



— 58 ~ 

•contra éstas se ha lanzado con una severidad terrible; 
pero en tales materias la injusticia no puede prescri- 
bir: ni los aplausos de los hombres irreligiosos, ni los 
golpes de la revolución, derribando cuanto encontrara 
á su paso, impedirán que se restablezca en su punto la 
verdad, y que se marquen con un sello de ignominia 
la sinrazón y el crimen. 

Erase allá á principios del siglo trece, cuando empie- 
zan á presentarse una nueva clase de hombres, que, 
con diferentes títulos, con varias denominaciones, bajo 
distintas formas, profesan una vida singular y extraor- 
dinaria. Unos cubren su cuerpo con tosco sayal, re- 
nuncian á toda riqueza, á toda propiedad, se condenan 
á mendicidad perpetua, esparciéndose por los caminos 
y ciudades para ganar almas á Jesucristo; otros llevan 
sobre su hábito el distintivo de la redención humana, 
y se proponen rescatar de las cadenas á los innumera- 
bles cautivos, que la turbación de los tiempos llevara 
,á la esclavitud, en los países musulmanes; unos levan- 
tan la cruz en medio de un pueblo numeroso, que se 
precipita tras de su huella, é instituyen una nueva de- 
voción, himno continuo de alabanza á Jesús y á María, 
predicando al propio tiempo sin cesar la fe del Crucifi- 
cado; otros van en busca de todas las miserias huma- 
nas, se sepultan en los hospitales, en todos los asilos 
de la desgracia, para socorrerla y consolarla; todos lle- 
van nuevas enseñas, todos muestran gran desprecio 
del mundo, todos forman una porción separada del 
resto de los hombres, y no se parecen ni á los solitarios 
de Oriente, ni á los hijos de San Benito. Ellos no na- 
cen en el desierto, sino en medio de la sociedad; no se 
proponen vivir encerrados en los monasterios, sino de- 
rramarse por las campiñas y aldeas, penetrar en las 
grandes poblaciones, hacer que resuene su voz evan- 
gélica, así en la choza del pastor, como en el palacio 
del monarca. Crecen, se multiplican por todas partes 
de un modo prodigioso: la Italia, la Alemania, la Fran- 
cia, la España, la Inglaterra, los acogen en su seno; nu- 
merosos conventos se levantan como por encanto en 



— 59 — 

las campiñas, en las poblaciones, en las grandes ciu- 
dades; los Papas los protegen y les conceden mil pri- 
vilegios; los príncipes les dispensan señalados tavores 
y les ayudan en sus empresas; los pueblos los miran 
con veneración y los escuchan con docilidad y acata- 
miento. Un movimiento religioso se despliega por to- 
das partes; nuevos institutos, más ó menos parecidos, 
brotan como ramos de un mismo tronco; y el hombre 
observador que contempla atónito el inmenso cuadro, 
se pregunta á sí mismo: ¿cuáles son las causas que ^ 
producen tan singular fenómeno? ¿de dónde nace ese 
movimiento tan extraordinario? ¿cuál es su tendencia? 
¿cuáles los efectos que va á producir en la sociedad? 

Guando se verifica un hecho de tanta magnitud, ex- 
tendiéndose á muchos países y continuando por largos 
siglos, señal es que existían causas muy poderosas para v 
ello. Aun cuando se quieran desconocer enteramente 
las miras de la Providencia, no puede negarse que uii 
hecho de tal naturaleza debió de encontrar su raíz en 
las mismas cosas; y, por consiguiente, inútil es decía-* 
mar contra los hombres y contra las instituciones. El 
verdadero filósofo no debe entonces gastar el tiempo en 
anatematizar el hecho; lo que conviene es examinarle 
y analizarle: todos los discursos, todas las invectivas 
contra los frailes no borrarán, por cierto, su historia: 
ellos existieron largos siglos, y los siglos no vuelven > 
atrás. 

Prescindiendo de toda providencia extraordinaria de 
Dios, dejando aparte las reflexiones sugeridas por la 
religión al verdadero fiel, y considerando únicamente 
los institutos modernos bajo un aspecto meramente fi- 
losófico, puede explicarse el hecho, no sólo como muy 
conducente al bienestar de la sociedad, sino también 
como muy adaptado á la situación en que ella se en- 
contraba; puédese demostrar que nada medió, ni de 
astucia, ni de malignidad, ni de designios interesados; 
que esos institutos tuvieron un objeto altamente pro- 
vechoso, que fueron á un tiempo la expresión y la sa-' 
tisfacción de grandes necesidades sociales. 



— 60 — 

La cuestión se brinda de suyo á ser traída á seme- 
jante terreno; y es extraño que no se baya dado toda 
la importancia que merecen á los hermosos puntos de 
Tista que en él se pueden encontrar. Con la mira de 
aclarar esta interesante materia, entraré en alguna» 
consideraciones relativas al estado social de Europa en 
dicha época. Á la primera ojeada que se ecba sobre' 
aquellos tiempos, se nota que, á pesar de la rudeza de 
los espíritus, rudeza que, á lo que parece, babía de su- 
mir á los pueblos en una postración abyecta y silen- 
ciosa, hay, no obstante, una inquietud que remueve y 
agita profundamente los ánimos. Hay la ignorancia, 
pero es una ignorancia que se conoce á sí misma, que 
se afana en pos del saber; hay falta de harmonía en la» 
relaciones é instituciones sociales, pero esa falta es 
sentida y conocida por doquiera: un continuo sacudi- 
miento está indicando que esa harmonía es deseada con 
ansia, buscada con ardor. No sé qué carácter tan sin- 
gular presentan esos pueblos europeos; jamás se des- 
cubren en ellos síntomas de muerte; son bárbaros, ig- 
norantes, corrompidos, todo lo que se quiera; pero,, 
como si estuviesen oyendo siempre una voz que los 
llama á la luz, á la civilización, á nueva vida, se agi- 
tan sin cesar por salir del mal estado en que los su- 
mergieron circunstanciss calamitosas. Nunca duer- 
men tranquilos en medio de las tinieblas, nunca viven 
sin remordimiento en la depravación de costumbres; el 
eco de la virtud resuena continuamente á sus oídos, 
ráfagas de luz se abren paso al través de las sombras. 
Mil y mil esfuerzos se hacen para avanzar en la carrera 
de la civilización, mil y mil veces se frustran las ten- 
tativas; pero otras tantas vuelven á emprenderse, nun« 
ca se abandona la generosa tarea, el mal éxito nunca 
desanima, se la acomete de nuevo con un aliento y 
brío que no desfallecen jamás. Diferencia notable, que 
los distingue de los demás pueblos, donde no ha pe- 
netrado la religión cristiana, ó donde se ha llegado á 
desterrarla. La antigua Grecia cae, y cae para no le- 
vantarse; las repúblicas de la costa de Asia desapare- 



- 61 - 

■cen, y no vuelven á alzarse de sus ruinas; la antigua 
civilización de Egipto es hecha pedazos por los con- 
quistadores, y la posteridad ha podido á duras penas 
conservar su recuerdo; todos los pueblos de la costa de 
África no presentan ciertamente ninguna muestra que 
pueda indicarnos la patria de San Cipriano, de Tertu- 
liano y de San Agustín. Todavía más: en una parte 
considerable de Oriente se ha conservado el cristianis- 
mo, pero el cristianismo separado de Roma; y hele aquí 
impotente para regenerar ni restaurar. La política le 
ha tendido su mano, le ha cubierto con su égida; pero 
la nación favorecida es débil, no puede tenerse en pie: 
es un cadáver que se hace andar; no es el Lázaro que » 
haya oído la voz todopoderosa : Lázaro^ ven á fuera; 
Lazare, v&tii foras. 

Esa inquietud, esa agitación, ese ardiente anhelo de 
un porvenir más grande y venturoso, ese deseo de re- 
forma en los costumbres, de ensanche y rectificación 
«n las ideas, de mejora en las instituciones, que for- 
man uno de los principales distintivos de los pueblos 
"de Europa, se hacían sentir de un modo violento en la 
época á que nos referimos. Nada diré de la historia mi- 
litar y política de aquellos tiempos, historia que nos 
suministraría abundantes pruebas de esta verdad; ce- 
ñiréme únicamente á los hechos que más analogía tie- 
nen con el objeto que me ocupa, á causa de ser reli- 
giosos y sociales. Terrible energía de ánimo, gran fou- 
<io de actividad, simultáneo desarrollo de las pasiones 
más fuertes, espíritu emprendedor, vivo anhelo de in- 
dependencia, fuerte inclinación al empleo de medios » 
violentos, extraordinario gusto de proselitismo; la ig- - 
norancia combinada con la sed del saber, y hasta* con 
el entusiasmo y el fanatismo por todo cuanto lleva el > 
nombre de ciencia; alto aprecio de los títulos de no- 
bleza y de sangre, junto con espíritu democrático y 
con profundo respeto al mérito dondequiera que se- 
halle; un candor infantil, una credulidad extremada, 
y al propio tiempo la indocilidad más terca, el espíritu 
•de más tenaz resistencia, una obstinación espantosa; la 



— 62 — 

corrupción y licencia de costumbres hermanadas con 
la admiración por la virtud, con la afición á las prácti- 
cas más austeras, con la propensión á usos y costum- 
bres los más extravagantes: he aquí los rasgos que nos 
presenta la historia en aquellos pueblos. 

Extraña parecerá á primera vista tan singular mez- 
colanza; y, sin embargo, nada había más natural, las 
cosas no podían suceder de otra manera. Las socieda- 
des se forman bajo el influjo de ciertos principios y de 
particulares circunstancias, que les comunican la ín- 
dole y carácter, y determinan su fisonomía. Lo propia 
que sucede con el individuo se verifica con la socie- 
dad: la educación, la instrucción, la complexión, y mil 
otras circunstancias físicas y morales, concurren á for- 
mar un conjunto de influencias, de donde resultan las 
calidades más diferentes, y á veces contradictorias. En 
los pueblos de Europa se había verificado esta concu- 
rrencia de causas de un modo singular y extraordina- 
rio; y así es que los efectos eran tan extravagantes y 
discordes como acabamos de indicar. Recuérdese la 
historia desde la caída del imperio romano hasta el ün 
de las Cruzadas, y se verá que jamás se encontró un 
conjunto de naciones, donde se combinaran elementos 
tan varios, y se realizaran sucesos más colosales. Los 
principios morales que presidían al desarrollo de los 
pueblos europeos, se hallaban en la más abierta con- 
tradicción con la índole y la situación de los mismos. 
Esos principios eran puros por naturaleza, invariables 
como Dios que los había establecido, luminosos como 
emanados de la fuente de toda luz y de toda vida; los 
pueblos eran ignorantes, rudos, movedizos como las 
olas de la mar, corrompidos como resultado de mez- 
clas impuras: por esta causa se estableció una terrible 
lucha entre los principios y los hechos, y se vieron las 
contradicciones más singulares, conforme lo traía el 
respectivo predominio alcanzado, ora por el bien, ora 
por el mal. Jamás se vio de un modo más patente la 
lucha de elementos que no podían vivir en paz: el ge- 
nio del bien y el del mal parecían descendidos á la 
arena y batirse cuerpo á cuerpo. 



— 63 — 

Los pueblos de Europa no eran pueblos que se ha- 
llasen en la infancia, pues que estaban rodeados de 
instituciones viejas, se encontraban llenos de recuer- 
dos de la civilización antigua, conservaban de ella no- 
tables restos, y ellos mismos eran el resultado de la 
mezcla de cien otros de diferentes leyes, usos y cos- 
tumbres. No eran tampoco pueblos adultos; pues que 
no debe aplicarse esta denominación, ni al individuo 
ni á la sociedad, hasta que han llegado á cierto des- 
arrollo de que á la sazón se hallaban ellos muy distan- 
tes. De suerte que es difícil encontrar una palabra que 
explique aquel estado social, porque, no siendo el de 
la civilización, no era tampoco el de la barbarie, dado 
que existían tantas leyes é instituciones, que no me- 
recen por cierto tal nombre. Si se les apellida semi- 
bárbaros, quizás nos acercaremos á la verdad; bien 
que, por otra parte, poco hacen las palabras, con tal 
que tengamos bien clara la idea de las cosas. 

No puede negarse que los pueblos europeos, á causa 
de una larga cadena de acontecimientos trastornado- 
res y de la extraña mezcla de las razas, y de las ideas 
y costumbres de los conquistadores entre sí y con los 
ronquistados, tenían inoculada una buena cantidad de 
barbarie, y un germen fecundo de agitación y desor- 
den; x)ero el maligno influjo de estos elementos estaba 
contrarrestado por la acción del Cristianismo, que, ha- 
biendo logrado decidido predominio sobre los ánimos, 
se hallaba apoyado, además, por instituciones muy 
robustas, y hasta disponía de grandes medios materia- 
les para llevar á cabo sus obras. Las doctrinas cristia- 
nas se habían filtrado por todas f)artes, y cual jugo 
balsámico tendían á endulzarlo y suavizarlo todo; pero 
el espíritu tropezaba á cada paso con la materia, la 
moral con las pasiones, el orden con la anarquía, la 
caridad oun la fiereza, el derecho con el hecho; y de 
aquí una lucha que, si bien es general en cierto modo 
á lodos los tiempos y países, como fundada en la na- 
turaleza del hombre, era á la sazón más recia, más 
ruda, más estrepitosa, á causa de hallarse en la mism» 



— 64- 

arena, cara á cara, sin ningún mediador, dos princi- 
pios tan opuestos como son la barbarie y el Cristianis- 
mo, Observad atentamente aquellos pueblos, leed con 
reflexión su historia, y veréis que esos dos principios 
se hallan en lucha constante, se disputan la influen- 
cia y preponderancia, y que de ahí resultan las más 
extrañas situaciones y los contrastes más raros. Estu- 
diad el carácter de las guerras de la época, y oiréis la 
incesante proclamación de las máximas más santas, la 
invocación de la legitimidad, del derecho, de la razón, 
de la justicia; oiréis que se apela de continuo al tribu- 
nal de Dios: he aquí la influencia cristiana; pero afli- 
girán al propio tiempo vuestra vista innumerables vio- 
lencias, crueldades, atrocidades, el despojo, el rapto, 
la muerte, el incendio, desastres sin, fin: he aquí la 
barbarie. Dando una mirada á las Cruzadas, notaréis 
cuál bullen en las cabezas grandes ideas, vastos pla- 
nes, altas inspiraciones, designios sociales y políticos 
de la mayor importancia; sentimientos nobles y gene- 
rosos rebosan en todos los corazones, un santo entu- 
siasmo tiene fuera de sí todas las almas, haciéndolas 
capaces de las empresas más heroicas: he aquí la in- 
fluencia del Cristianismo; pero atended á la ejecución, 
y veréis en ella el desorden, la imprevisión, la falta 
de disciplina en los ejércitos, los atropellamientos, las 
violencias; echaréis de menos el concierto, la buena 
harmonía entre los que toman parte en la arriesgada 
y gigantesca empresa: he aquí la barbarie. Una juven- 
tud sedienta de saber acude desde los países más dis- 
tantes á escuchar las lecciones de maestros famosos; 
el italiano, el alemán, el inglés, el español, el francés, 
se hallan mezclados y confundidos al rededor de las 
cátedras de Abelardo, de Pedro de Lombardo, de Al- 
berto Magno, del doctor de Aquino; una voz poderosa 
resuena á los oídos de aquella juventud, llamándola á 
dejar las tinieblas de la ignorancia y á remontarse á 
las regiones de la ciencia; el ardor de saber la consu- 
me, los más largos viajes no la arredran, el entusiasmo 
por sus maestros más distinguidos es una exaltaqióa 



— 65 — 

<l\ie no puede describirse: he aquí la influencia cris^ 
tiana, que, sacudiendo é iluminando de continuo el 
espíritu del hombre, no le deja dormir tranquilo en 
medio de las sombras, sino que le incita sin reposo á 
que ocupe dignamente su entendimiento en busca de 
la verdad. Pero, ¿veis esa juventud que manifiesta tan 
hermosas disposiciones é infunde tan legítimas y ha- 
lagüeñas esperanzas? Es esa misma juventud licencio- 
sa, inquieta, turbulenta, que se entrega á las más 
lamentables violencias, que anda de continuo á esto- 
cadas por las calles, y que forma en medio de ciuda- 
des populosas una pequeña república, una democracia 
difícil de enfrenar, y donde á duras penas puede al- 
canzarse que dominen el orden y la ley: he aquí la 
barbarie. 

Muy bueno es, y muy conforme al espíritu de la re- 
ligión, que el hombre culpable, cuando ofrece á Dios 
un corazón contrito y humillado, manifieste el dolor 
y la pesadumbre de su alma por medio de actos exter- 
nos, procurando, además, fortificar su espíritu y refre- 
nar sus malas inclinaciones, empleando contra la car- 
ne los rigores de una austeridad evangélica. Todo esto 

s muy razonable, muy justo, muy santo, muy confor- 
:iie á las máximas de la religión cristiana, que asilo 
prescribe para la justificación y santificación del peca- 
dor, y reparación del daño causado á los demás con el 
escándalo de una mala vida; pero que esto se exagere 
hasta tal punto, que anden divagando por la tierra pe- 
nitentes desnudos, cargados de hierro, inspirando con 
^u presencia horror y espanto, como sucedía en aque- 
llos tiempos, hasta verse obligada la autoridad á repri- 
mir el abuso, esto lleva ya la marca del espíritu duro 
y feroz que acompaña al estado de barbarie. Nada más 
verdadero, más bello, y más saludable á la sociedad, 
que el suponer á Dios tomando la defensa de la ino- 
cencia, protegiéndola contra la injusticia y la calum- 
nia, y haciendo que tarde ó temprano salga pura y 
radiante de en medio del polvo y de las manchas con 
que se haya querido obscurecerla y afearla; esto es el 

T. Ill 5 



— 66 — 

resultado de la fe en la Providencia, fe dimanada de las- 
ideas cristianas, que nos presentan á Dios abarcando 
con su mirada al mundo entero, llegando con ojo pe- 
netrante hasta el más recóndito pliegue de los corazo» 
nés, y no descuidando en su paternal amor ia más 
ínfima de las criaturas; pero, ¿quién no ve cuan In- 
mensa distancia va de semejantes creencias, hasta las 
pruebas del agua hirviente, del fuego, del duelo?^ 
¿Quién no descubre aquí aquella rudeza que todo lo 
confunde, aquel espíritu de violencia que se empeña 
en forzarlo todo, pretendiendo en alguna manera obli- 
gar al mismo Dios á que se ponga de continuo á mer- 
ced de nuestras necesidades ó caprichos, dando por 
medio de milagros un solemne testimonio sobre cuan- 
to nos conviene ó nos place averiguar? 

Presento aquí esos contrastes para excitar recuerdos 
á los que hayan leído la historia, y para poder sacar 
en pocas palabras la fórmula sencilla y general, que 
resume todos aquellos tiempos: la barbarie templada 
por la religión^ la religión afeada por la barbarie. 

Cuando estudiamos la historia, tropezamos con un 
gravísimo inconveniente, que nos hace siempre difícil, 
y á menudo imposible, el comprenderla con perfec- 
ción: todo lo referimos á nosotras mismos y á los ob- 
jetos que nos rodean. Falta disculpable hasta cierto 
punto, por tener su raíz en nuestra propia naturaleza, 
pero contra la cual es necesario prevenirse con cuida- 
do, si queremos evitar las equivocaciones lastimosas 
en que incurrimos á cada instante. Á los hombres de 
otras épocas nos los figuramos como á nosotros; sin 
advertirlo, les comunicamos nuestras ideas, costum- 
bres, inclinaciones, nuestro temperamento mismo; 
cuando hemos formado esos hombres, que sólo exis- 
ten en nuestra imaginación, queremos, exigimos, que 
los hombres reales y verdaderos obren de la misma 
suerte que los imaginarios; y, al notar ia discordancia 
de los hechos históricos con nuestras desatentadas pre- 
tensiones, tachamos de extraño y monstruoso lo que á- 
la sazón era muy regular y ordinario. 



— 67 — 

Lo propio hacemos con las leyes y las instituciones: 
en no viéndolas calcadas sobre los tipos que tenemos 
á la vista, declamamos desde luego contra la ignoran- 
cia, la iniquidad, la crueldad de los hombres que las 
concibieron y las plantearon. Cuando se desea formar 
idea cabal de una época, es necesario trasladarse en 
medio de ella, hacer un esfuerzo de imaginación para 
vivir, digámoslo así, y conversar con sus hombres; no 
contentarse con oir la narración de los acontecimien- 
tos, sino verlos, asistir á su realización, hacerse uno 
de los espectadores, de los actores si es posible, evocar 
del sepulcro 'las generaciones, haciéndolas hablar y 
obrar de nuevo en nuestra presencia. Esto, se me dirá, 
es muy difícil; convengo en ello; pero replicaré que 
este trabajo es necesario, si el conocimiento de la his- 
toria ha de significar algo más que una simple noticia 
de nombres y de fechas. Por cierto que no es conocido 
un individuo hasta que se sabe cuáles son sus ideas, 
cuál su índole, su carácter, su conducta: lo propio su- 
cede con una sociedad. Si ignoramos cuáles eran las 
doctrinas que la dirigían, cuál su modo de mirar y 
sentir las cosas, veremos los acontecimientos sólo en 
la superficie; conoceremos las palabras de la ley, pero^ 
no alcanzaremos su espíritu y su mente; contemplare- 
mos una institución, pero sin ver más de ella que la 
armazón exterior, sin penetrar su mecanismo, ni adi- 
vinar los resortes que le comunican el movimiento. Sí 
se quieren evitar esos inconvenientes, resulta el estu- 
dio de la historia el más difícil de todos, es cierto; pero 
tiempo ha que debiera conocerse que los arcanos del 
hombre y de la sociedad, así como son el objeto más 
importante de nuestro enteDdimiento, son también el 
más arduo, el más trabajoso, el menos accesible á la 
generalidad de los espíritus. 

El individuo de los siglos á que nos referimos, no era 
el individuo de ahora; sus ideas eran muy distintas; su 
modo de ver y sentir las cosas, muy diferente; el tem- 
ple de su alma no se parecía al de la nuestra; lo que 
para nosotros es inconcebible, era para* aquellos hom- 



— 68 — 

bres muy natural; lo que á nosotros nos repugna, era 
para ellos muy agradable. 

Al entrar en el siglo xiii, había recibido ya la Euro- 
pa el fuerte sacudimiento producido por las Cruzadas; 
empezaban á germinar las ciencias, desplegábase algún 
tanto el espíritu mercantil, asomaba la afición á la in- 
dustria; y el gusto de comunicarse unos hombres con 
otros, unos pueblos con otros, iba tomando cada día 
extensión é incremento. El sistema feudal comenzaba 
á desmoronarse, el movimiento de los Comunes se des- 
arrollaba rápidamente, el espíritu de independencia se 
hacía sentir por todas partes; y con la abolición casi 
completa de la esclavitud, con el cambio acarreado por 
las Cruzadas en la posición de los vasallos y siervos, 
encontrábase la Europa con una población muy creci- 
da, que no estaba bajo las cadenas que en las antiguas 
sociedades privaban al mayor número de los derechos 
de ciudadano y hasta de hombre, que sufría á duras 
penas el yugo del feudalismo, y que, además, estaba 
muy distante de reunir las circunstancias necesarias 
para ocupar dignamente el puesto que corresponde á 
ciudadanos libres. La democracia moderna presentá- 
base ya desde un principio con sus grandes ventajas, 
sus muchos inconvenientes, sus inmensos problemas, 
que nos agobigjoi y desconciertan todavía en la actuali- 
dad, después de tantos siglos de experiencia y ensa- 
yos. Los mismos señores conservaban aún en buena 
parte los hábitos de barbarie y ferocidad con que se 
habían tristemente señalado en los anteriores tiempos; 
y el poder real estaba muy lejos de haber adquirido la 
fuerza y el prestigio necesarios para dominar tan en- 
contrados elementos, y levantarse en medio de la so- 
ciedad, como un símbolo de respeto á todos los intere- 
ses, un centro de reunión de todas las fuerzas, y una 
personificación sublime de la razón y de la justicia. 

En aquel mismo siglo empiezan las guerras á tener 
un carácter más popular, y, por consiguiente, más 
transcendental y más vasto. Los alborotos del pueblo 
comienzan á presentar el aspecto de turbulencias poli- 



— 69 — 

ticas; ya se descubre algo más que la ambición de los 
emperadores pretendiendo imponer el yugo á la Italia; 
ya no son reyezuelos que se disputan una corona ó 
una provincia; ya no son condes y barones que, segui- 
dos de sus vasallos, luchan entre sí ó con las munici- 
palidades vecinas, regando de sangre y cubriendo de 
destrozos las comarcas; en los movimientos de aquella 
época se nota algo más grave, más alarmante. Pueblos 
numerosos se levantan y se agolpan en torno de una 
bandera que no lleva los blasones de un barón, ni las 
insignias de un monarca, sino el nombre de un siste- 
ma de doctrinas. Sin duda que los señores se mezclan 
en la reyerta, y que, á causa de su poderío, se alzan 
todavía muy alto sobre la turba que los rodea y los si- 
gue; pero la causa que se ventila, ya no es la causa de 
los señores; ésta forma, en verdad, una parte de los 
problemas de la época, pero la humanidad ha extendi- 
do sus miradas más allá del horizonte de los castillos. 
Aquella agitación y movimiento, producidos por la 
aparición de nuevas doctrinas religiosas y sociales, son 
el anuncio y principio de la cadena de revoluciones 
que van á recorrer las naciones europeas. 

No estaba el mal en que los pueblos anduvieran en 
pos de las ideas y se resistiesen á tomar por única guía 
los intereses y la enseña de cualquier tirano; muy al 
contrario, esto era un gran paso en el camino de la ci- 
vilización, una señal de que el hombre sentía y cono- 
cía su dignidad; un indicio de que, extendiendo su 
ojeada á un ámbito más anchuroso, comprendía mejor 
su situación, sus verdaderos intereses. Resultado natu- 
ral del vuelo que iban tomando cada día las facultades 
del espíritu, vuelo á que contribuyeron sobremanera 
las Cruzadas; pues, desde entonces, todos los pueblos 
de Europa se acostumbraron á pelear, no por un redu- 
cido terreno, no por satisfacer la ambición ó venganza 
de un hombre, sino por el sostén de un principio, por 
borrar el ultraje hecho á la religión verdadera; en una 
palabra, se acostumbraron los pueblos á moverse, á 
luchar, á morir por una idea grande, digna del hom- 



- 70 — 

bre, y que, lejos de limitarse á un país reducido, abar- 
caba el cielo y la tierra. Así es notable que el movi- 
miento popular, el desarrollo de las ideas, empezaron 
mucho antes en España que en el resto de Europa, á 
causa de que la guerra con los moros hizo que se ade- 
lantase para la Península el tiempo de las Cruzadas. El 
mal, repito, no estaba en el interés que tomaban los 
pueblos por las ideas, sino en el inminente riesgo de 
que, siendo todavía muy groseros é ignorantes, se de- 
jasen alucinar y arrastrar de un fanático cualquiera. En 
medio de tanto movimiento, la dirección que éste toma- 
se debía decidir de la suerte de Europa; y, si no me en- 
gaño, los siglos XII y XIII fueron épocas críticas, en que, 
no sin probabilidad en sentidos contrarios, se resolvió 
la inmensa cuestión de si la Europa, bajo el aspecto so- 
cial y político, debía aprovecharse de los beneficios del 
cristianismo, ó si se habían de echar á perder todos los 
elementos que prometían un mejor porvenir. 

Al fijar los ojos sobre aquellos tiempos, se descubre 
en distintos puntos de Europa no sé qué germen fu- 
nesto, indicio aciago de los mayores desastres. Doctri- 
nas horribles brotan de aquellas masas que comienzan 
á agitarse; desórdenes espantosos señalan sus primeros 
pasos en la carrera de la vida. Hasta allí no se habían 
descubierto más que reyes y señores; entonces se pre- 
sentan en escena los pueblos. Al ver que han pene- 
trado en aquel informe conjunto algunos rayos de luz 
y de calor, el corazón se ensancha y se alienta, pen- 
sando en el nuevo porvenir reservado al humano lina- 
je; pero tiembla también de espanto al reflexionar que 
aqriel calor podría producir una fermentación excesi- 
va, acarrear la corrupción, y cubrir de inmundos in- 
sectos el campo feraz que prometiera convertirse en 
Jirdín encantador. 

Las extravagancias del espíritu humano presentá- 
ronse á la sazón con aspecto tan alarmante, con un 
carácter tan turbulento, que los pronósticos en la apa- 
riencia más exagerados podían fundarse en hechos q\ie 
les daban mucha probabilidad. Séame permitido recor- 



— 71 — 

■dar algunos sucesos que pintan el estado de los espíri- 
tus en aquella época, y que, además, se enlazan con el 
punto principal cuyo examen nos ocupa. 

Á principios del siglo xii encontramos al famoso 
Tanchelmo ó Tanquelino enseñando delirios, come- 
tiendo los mayores crímenes; y, no obstante, arrastra 
-un pueblo numeroso en Amberes, en la Zelandia, en 
el país de Utrecht y en muchas ciudades de aquellas 
comarcas. 

Propalaba este miserable que él era más digno del 
culto supremo que el mismo Jesucristo; pues, si Jesu- 
cristo había recibido el Espíritu Santo, Tanchelmo te- 
nía la plenitud de este mismo espíritu. Añadía que en 
su persona y en sus discípulos estaba contenida la 
Iglesia. El pontificado, el episcopado y el sacerdocio 
eran, según él, puras quimeras. En su enseñanza y 
peroratas, dirigíase á las mujeres de un modo particu- 
lar; el fruto de sus doctrinas y de su trato era la co- 
rrupción más asquerosa. Sin embargo, el fanatismo por 
ese hombre abominable llegó á tal punto, que los en- 
fermos bebían con afán el agua con que se había baña- 
do, creyéndola muy saludable remedio para el cuerpo 
y el alma. Las mujeres se tenían por dichosas si po- 
dían alcanzar los favores del monstruo, las madres por 
honradas cuando sus hijas eran escogidas para vícti- 
mas del libertinaje, y los esposos por ofendidos si sus 
esposas no eran mancilladas con la infame ignominia. 
Conociendo este malvado el ascendiente que había lle- 
gado á ejercer sobre los ánimos, no descuidaba el ex- 
plotar el fanatismo de sus secuaces; siendo una de las 
principales virtudes que procuraba infundirles, la libe- 
ralidad en pro de los intereses de Tanchelmo. 

Hallábase un día rodeado de gran concurso, y mandó 
que le trajesen un cuadro de la Virgen: entonces, to- 
cando sacrilegamente la mano de la imagen, dijo que 
la tomaba por esposa. Volviéndose en seguida á los 
espectadores, añadió que él se había unido en matri- 
monio con la reina del cielo, como acababan de pre- 
senciar; y así, ellos debían hacer los regalos de la 



~ 72 — 

toda. Inmediatamente dispuso la colocación de dos ce- 
pos, uno á la derecha, ©tro á la izquierda del cuadro,- 
sirviendo el uno para recibir las ofrendas de los hom- 
bres, y el otro las de las mujeres, para que así pudiera 
conocer cuál de los dos sexos le amaba con preferen- 
cia. Un artificio tan sacrilego, tan sórdido y grosero, 
sólo parecía á propósito para concitar la indignación 
de los circunstantes; los resultados, empero, corres- 
pondieron á la previsión del antiguo impostor. Los re- 
galos se hicieron en grande abundancia, de mucho 
precio; y las mujeres, siempre celosas del afecto de 
Tanchelmo, excedieron en larguezas á los hombres, 
despojándose frenéticas de sus collares, pendientes y 
demás joyas preciosas. 

Apenas comenzó á sentirse bastante fuerte, no quiso< 
contentarse con la predicación: procuró formar en tor- 
no de sí una reunión armada, que le presentara á Ios- 
ojos del mundo como algo más que un simple apóstol. 
Tres mil hombres le acompañaban por todas partes: 
rodeado de tan respetable guardia, vestido con la ma- 
yor magnificencia y precedido de un estandarte, mar- 
chaba con la pompa de un monarca. Guando se paraba 
á predicar, estaban en su alrededor los tres mil satéli- 
tes con las espadas en alto. Ya desde entonces asomaba 
el carácter violento y agresor de las falsas sectas en los 
siglos venideros. 

Nadie ignora los muchos partidarios que tuvo Eón, á 
quien se le calentó la cabeza por haber oído repetidas 
veces aquellas palabras: per eum qui iudicaturus est vi- 
vos et mortuos; llegando á persuadirse y á propalar 
que él era ese juez que había de juzgar á los vivos y á 
los muertos. Bien conocidos son los disturbios excita- 
dos por los discursos sediciosos de Arnaldo de Bres- 
cia, así como el fanatismo iconoclasta de Pedro de- 
Bruis y de Enrique. 

Si no temiese fatigar á los lectores, fácil me fuera 
ofrecer escenas muy repugnantes, que retratarían al 
vivo el espíritu de las sectas de aquellos tiempos, y la 
funesta predisposición que hallaban en los ánimos. 



— 73 — 

amantes de novedades, sedientos de espectáculos ex- 
travagantes, y tocados de no sé qué vértigo fatal para 
dejarse arrastrar álos más extraños errores y lamenta- 
bles excesos. Gomo quiera, no puedo menos de decir 
cuatro palabras sobre los Cataros, Valdenses, Patari- 
nos de Arras, Albigenses y Pobres de León, sectas que, 
á más de haber tenido no poca influencia en los de- 
sastres de aquellos tiempos y en los sucesivos acon- 
tecimientos de Europa," sirven muchísimo para hacer- 
nos profundizar más y más la cuestión que nos está 
ocupando. 

Ya desde los primeros siglos de la Iglesia fué muy 
nombrada la secta de los maniqueos, por sus errores y 
extravagancias. Con distintos títulos, con más ó menos^ 
prosélitos, con más ó menos variedad en sus doctrinas, 
continuó en los siguientes, hasta que en el undécimo 
vino á perturbar la tranquilidad de la Francia. Heri- 
berto y Lisoy se hicieron ya tristemente célebres por 
su obstinación y fanatismo. En tiempo de San Bernar- 
do sabemos también que los sectarios apellidados Apos- 
tólicos se distinguían por el horror al matrimonio, 
mientras, por otra parte, se abandonaban á la más tor- 
pe y desenfrenada licencia. Tamaños extravíos encon- 
traban, no obstante, favorable acogida en la ignorancia 
y corrupción de los pueblos; pues, por dondequiera 
que se presentan, los vemos prender en las masas, y 
extenderse rápidamente como un contagio. Esta secta, 
á más de la hipocresía común á todas, excogió el ardid 
más á propósito para seducir á pueblos ignorantes y 
groseros, cual fué, el presentarse bajo las formas de la 
más rígida austeridad y en un traje muy miserable. 
Ya antes del año 1181, vemos que son bastante atrevi- 
dos para aventurarse á salir de sus conciliábulos, pro- 
palando sus doctrinas á la luz del día con el mayor 
descaro, y que, asociándose con los famosos bandidos 
llamados Gorterales, se arrojan á cometer toda clase d& 
excesos. Como habían llegado á seducir algunos caba- 
lleros, y obtenido la protección de varios señores del 
país de Tolosa, alcanzaron á formar una sublevación, 



— 74 — 

iemible, que sólo pudo reprimirse con la fuerza de las 
armas. Un testigo ocular, Esteban, abad de Santa Ge- 
noveva, enviado á la sazón por el rey á Tolosa, nos des- 
cribe en pocas palabras las tropelías cometidas por los 
sectarios. «He visto, dice, en todas partes quemadas las 
iglesias y arruinadas hasta los cimientos: he visto las 
habitaciones de los hombres transformadas en guari- 
das de brutos.» 

Por aquellos tiempos se hicieron famosos los Valden- 
ses ó Pobres de León, llamados así por su extremada 
pobreza, su desprecio de todas las riquezas, y su traje 
.andrajoso; y á quienes, por el calzado que llevaban, se 
les dio también el nombre de Sabots. Sectarios que 
eran unos perversos imitadores de otra clase de pobres, 
.célebres en aquella edad, que se distinguieron por sus 
virtudes, y particularmente por su espíritu de humil- 
dad y desprendimiento. Estos últimos formaban una 
especie de asociaciones en que entraban legos y cléri- 
gos, se granjearon el aprecio de los verdaderos cristia- 
nos, y obtuvieron la aprobación de los Pontífices» 
quienes hasta les otorgaron el permiso de dar instruc- 
■ciones públicas. Los discípulos de Valdo se señalaron 
por un alto desprecio de la autoridad eclesiástica, y 
llegaron en seguida á formar gran cúmulo de mons- 
truosos errores, presentándose finalmente como una 
secta contraria á la religión, dañosa á la buena moral, 
é incompatible con la tranquilidad pública. 

Lejos de haberse podido extirpar con el tiempo esos 
errores, germen de tantas calamidades y turbulencias, 
se habían arraigado más y más en diferentes puntos; y 
tan mal camino llevaban las cosas, que á principios 
del siglo XIII no se veían ya únicamente sediciones pa- 
sajeras y disturbios aislados. Lo errores se habían ex- 
tendido en grande escala, se habían presentado en la 
.arena con recursos formidables, por ellos se hallaba en 
.el mayor contliclo el mediodía de la Francia, encendi- 
xia con la discordia civil la guerra más espantosa. 

En una organización política, donde el trono no tenía 
Jíastante fuerza para ejercer la necesaria acción enfre- 



nadora, donde los señores conservaban todavía los me^ 
dios suficientes para resistir á los reyes y atropellar á 
los pueblos; cuando, difundido por todas partes un in- 
dócil espíritu de agitación y movimiento entre las ma- 
-sas, no se veía ningún medio para contenerlas, excep^- 
to la religión; cuando cabalmente el ascendiente mis- 
mo ejercido por las ideas religiosas era aprovechado de 
los fanáticos y perversos, para extraviar la muchedum- 
bre con violentas peroratas en que se hacía una confu- 
sa mezcla de religión y de política, y se afectaba hi- 
pócritamente el espíritu de austeridad y desinterés; 
cuando los nuevos errores no se limitaban á sutiles 
ataques contra este ó aquel dogma, sino que, empe- 
gando á trastornar las ideas más fundamentales de la 
religión, penetraban hasta el santuario de la familia, 
condenando el matrimonio, y provocando, de otra par- 
te, ibominaciones infames; cuando, por fin, el mal no 
«e circunscribía á los países, que, ó por haber recibido 
más tarde el cristianismo, ó por otras causas, no ha- 
bían participado tanto del movimiento europeo; cuan- 
do la arena principalmente escogida era el mediodía, 
donde se desplegaba con más vivacidad y presteza el 
espíritu humano; en semejante conjunto de funestas 
circunstancias, consignadas en la historia de una ma- 
nera incontestable, ¿no era negro, no era proceloso el 
porvenir de la Europa? ¿no existía el inminente riesgo 
de que, tomando las ideas y las costumbres una direc- 
ción errada, quebrantados los lazos de la autoridad, 
rotos los vínculos de la familia, arrastrados los pueblos 
por el fanatismo y la superstición, volviese la Europa 
á sumergirse en el caos de que andaba saliendo á duras 
penas? Guando el estandarte de la Media Luna tremo- 
laba poderoso en España, dominante en África, victo- 
rioso en Asia, ¿era conveniente que la Europa perdiese 
su unidad religiosa, que cundiesen los nuevos errores, 
sembrando por todas partes el cisma, y con él la dis- 
cordia y la guerra? Tantos elementos de civilización y 
cultura creados por el cristianismo, ¿debían dispersar- 
se, inutilizarse para siempre? Las grandes naciones 



— 76 — 

que se iban formando bajo la influencia católica, la& 
leyes é instituciones empapadas en esta religión divi- 
na, ¿todo debía corromperse, perecer, con la alteración 
de las antiguas creencias? El curso de la civilizaciÓQ 
europea ¿debía torcerse con violencia? Las naciones^ 
que se abalanzaban á un porvenir más tranquilo, más 
próspero, más grande, ¿debían ver disipadas en un ins- 
tante sus esperanzas más halagüeñas, y retroceder las- 
timosamente hacia la barbarie? Éste era el inmensa 
problema social que se ofrecía en aquellos tiempos: y 
yo me atrevo á asegurar que el movimiento religioso- 
desplegado á la sazón de una manera tan extraordina- 
ria, que los nuevos institutos, tachados tan ligeramen- 
te de simpleza y extravagancia, fueron un medio muy 
poderoso de que la Providencia se valió para salvar la 
religión, y con ella la sociedad. Sí: el ilustre español 
Santo Domingo de Guzmán, y el hombre admirable de 
Asís, cuando no ocuparan un lugar en los altares, re- 
cibiendo por su eminente santidad el acatamiento de 
los fieles, merecerían que la sociedad y la humanidad 
agradecidas les hubiesen levantado estatuas. ¿Qué? ¿os 
escandalizáis de estas palabras, los que no habéis leído 
la historia, ó no la habéis mirado sino al través del 
mentiroso prisma de las preocupaciones protestantes y 
filosóficas? Decidme; en aquellos hombres cuyas san- 
tas fundaciones han sido objeto de vuestras eternas 
diatribas, cual si se tratase de una de las mayores ca- 
lamidades del linaje humano, ¿qué encontráis de re- 
prensible? Sus doctrinas son las del Evangelio, son 
esas mismas doctrinas, á cuya elevación y santidad os 
habéis visto precisados á rendir solemnes homenajes; 
y su vida es pura, santa, heroica, conforme en todo á 
su enseñanza. Demandadles qué objeto se proponen; y 
os dirán el predicar á todos los hombres la verdad ca- 
tólica, el procurar con todas sus fuerzas la destrucción 
del error y la reforma de las costumbres, el inspirar á 
los pueblos el debido respeto por las autoridades legí- 
timas, así eclesiásticas como civiles; es decir, encontra- 
réis en ellos la firme resolución de consagrar su vida 



^1 remedio de los males de la Iglesia y de la sociedad. 

No se contentan con estériles veleidades, no se satis- 
facen con algunos discursos, ni con esfuerzos pasaje- 
ros, no encierran el designio en la esfera de sus perso- 
nas, sino que, extendiendo su ojeada á todos los países 
y á los tiempos del porvenir, fundan institutos cuyos 
miembros puedan esparcirse por toda la faz de la tie- 
rra, y transmitir á las generaciones venideras el espí- 
ritu apostólico que les infunde tan elevadas miras. La 
pobreza á que se condenan es extremada, los hábitos 
<;bn que se cubren son groseros y miserables ; pero, 
si no comprendéis una de las profundas razones de se- 
mejante conducta, recordad que se proponen renovar 
el espíritu evangélico á la sazón tan olvidado, recor- 
dad que van á encontrarse muy á menudo, cara á cara, 
con emisarios de sectas corrompidas, y que estos emi- 
sarios se esfuerzan en remedar la humildad cristiana, 
afectan un extremo desprendimiento, y hacen gala de 
presentarse al público con el traje de mendigos; recor- 
dad que van á predicar á pueblos semibárbaros, y que, 
para apartarlos del vértigo del error que ha comenza- 
do á señorearse de las cabezas, no bastan palabras, aun- 
que vayan acompañadas de la regularidad de una con- 
ducta ordinaria; necesítanse ejemplos sorprendentes, 
un modo de vida edificante en extremo, y todo acom- 
pañado de un exterior que hiera vivamente la fantasía. 

El número de los nuevos religiosos es muy crecido, 
se aumentan sin tasa en todos los países donde se es- 
tablecen ; no se limitan á los campos y á las aldeas, 
>^ino que penetran en las ciudades más populosas; pero 

dviértase que la Europa no está ya formada de un 
conjunto de pequeñas poblaciones y miserables case- 
ríos apiñados al derredor de un castillo feudal, obede- 
ciendo humildemente los mandatos y las insinuacio- 
nes de un orgulloso barón, ni tampoco de algunas 
aldeas en torno de opulentas abadías, escuchando dó- 
cilmente la palabra de los monjes, y recibiendo con 
gratitud los favores que se les dispensan. Número con- 
siderable de vasallos ha sacudido ya el yugo de los 



— 78 — 

señores, poderosas municipalidades van apareciendo 
en todas partes; en presencia de ellas, el feudalismo 
tiembla, y repetidas veces se humilla. Las ciudades^ 
van haciéndose cada día más populosas, cada día van 
recogiendo familias nuevas, por la emancipación que- 
se va realizando en las campiñas; la industria y el co- 
mercio, comenzando á brotar, ofrecen mayores medios 
de subsistencia y promueven la multiplicación. Así es- 
que la acción religiosa y moral sobre los pueblos de 
Europa debe ejercerse en una escala más vasta, deben 
emplearse medios más generales, que, partiendo de un 
centro común y libres de las trabas ordinarias, pue- 
dan llenar el objeto que les señalan las apremiadoras- 
circunstancias de la época. He aquí los nuevos institu- 
tos religiosos, con su asombroso número, sus muchos 
privilegios y su inmediata dependencia de la autori- 
dad del Papa. 

El mismo carácter algo democrático, que en estos ins- 
titutos se observa, no sólo por reunir en su seno hom- 
bres de todas las clases del pueblo, sino tambi^^n por 
su organización gubernativa, era muy á propósito para 
hacer eficaz su influjo sobre aquella democracia turbu- 
lenta y fiera, que, orguUosa de su reciente libertad, no 
simpatizaba fácilmente con nada que presentase for- 
mas aristocráticas y exclusivas. En los nuevos institu- 
tos religiosos encuentra cierta analogía con su propia 
existencia y origen. Aquellos hombres han salido del 
pueblo, viven en continua comunicación con el pue- 
blo, visten groseramente como el pueblo, son pobres 
como el mismo pueblo; y, así como el pueblo tiene sus 
reuniones, y nombra sus municipalidades y sus alcal- 
des, así ellos tienen sus capítulos, y eligen sus respec- 
tivos superiores. Los nuevos religiosos no son anaco- 
retas que habiten en lejanos desiertos, no son monjes 
que se alberguen en opulentas abadías, no son ecle- 
siásticos cuyas tareas y funciones estén circunscritas 
á un país determinado, son hombres sin morada fija, 
que tan pronto se los halla en la ciudad populosa como 
en la miserable aldea; hoy se encuentran en el centro 



— 79 — 

del continente, mañana están á bordo de una nave, 
que los conduce á peligrosas misiones en los países- 
más remotos; tan pronto se los ve en el palacio de un 
monarca, ilustrándole con sus consejos y tomando- 
parte en los altos negocios del Estado, como en el ho- 
gar de una familia obscura, consolándola en sus in- 
fortunios, apaciguando discordias, ó dándole parecer 
sobre los asuntos domésticos. Los mismos hombres que 
figuran con lustre en las cátedras de las universidades, 
enseñan el catecismo á los niños en humilde pueblo; ' 
los mismos que predican en la corte en presencia del 
rey y de los grandes, explican el Evangelio en el pul- 
pito de la más desconocida parroquia. El pueblo los ve 
en todas partes, con ellos se encuentra siempre, tanto 
en medio de la dicha como de la desgracia; siempre los 
halla dispuestos, ora sea para tomar parte en la alegre 
fiesta de un bautismo que llena de regocijo á la fami- 
lia, ora para llorar una muerte que la ha cubierto de 
luto. 

Fácil es concebir la fuerza y el ascendiente de seme- 
jantes instituciones: su influencia sobre el ánimo de < 
los pueblos debió de ser incalculable; y las falsas sec- 
tas que con sus pestilentes doctrinas se proponían ex- 
traviar la muchedumbre, se encontraron con un nue- 
vo adversario que las desbarataba completamente. ¿Se 
quiere seducir á los incautos ostentando mucha auste- 
ridad, mucho desprendimiento, é hiriendo la. imagina- 
ción con un exterior mortificado, con trajes pobres y 
groseros? Los nuevos institutos reúnen estas calidades 
de un modo extraordinario, y así la doctrina de la ver- 
dad no carece del cortejo con que se hace acompañar 
el error. ¿Surgen de entre las clases populares violen- 
tos declamadores, cautivando la atención y señorean- 
do los ánimos de la multitud con su elocuencia fogosa? 
Encuéntranse en todos los puntos de Europa con ar- 
dientes oradores que abogan por la causa de la verdad, 
y, conociendo á fondo las pasiones, las ideas, los gus- 
tos de la multitud, saben interesarla, conmoverla, di- 
rigirla, haciendo que sirva para defensa de la religión 



-so- 
lo que otros pretendieran aprovechar para atacarla. 
Allí donde hay la necesidad de resistir al esfuerzo de 
una secta, allí acuden, allí están: faltos de lazos con el 
mundo, sin estar ligados á ninguna iglesia particular, 
á ninguna provincia, á ningún reino, tienen toda la 
movilidad necesaria para pasar rápidamente de un 
punto á otro, y encontrarse á debido tiempo en el lu- 
gar donde reclamen su presencia necesidades urgentes. 

La fuerza de la asociación, conocida por los sectarios 
y empleada con tanto éxito, está en los nuevos insti- 
tutos de una manera admirable. El individuo carece 
, de voluntad propia; un voto de obediencia perpetua le 
ha puesto á disposición de la voluntad ajena ; esta vo- 
luntad se halla, á su. vez, sujeta á la de otro; formán- 
♦ dose de esta suerte una cadena, cuyo primer eslabón 
está en manos del Papa. De modo que se hallan á un 
i tiempo reunidas la fuerza de la asociación, y la de uni- 
dad en el poder; todo el movimiento, todo el calor de 
una democracia, y todo el vigor y rapidez de acción 
de la monarquía. 

Se ha dicho que los institutos religiosos de que es- 
tamos hablando, habían sido un fuerte sostén de la 
autoridad de los Papas; esto es cierto, y hasta puede 
añadirse que, á no existir ellos, quizá el funesto cisma 
de Lutero se hubiera verificado tres siglos antes. Pero 
es necesario convenir que la fundación de estos insti- 
tutos no es debida á proyectos de los Papas; no son 
ellos los que la concibieron, sino hombres particulares 
que, guiados por inspiración superior, formaban el de- 
signio, trazaban el plan, y, sujetándole al juicio de 
la Sede Apostólica, le pedían la autorización para rea- 
lizar la empresa. 

Las instituciones civiles, fundadas con la idea d© 
consolidar ó ensanchar el poder de los monarcas, di- 
manaron, ó bien de éstos, ó bien de alguno de sus 
ministros, que, identificado en miras é intereses con 
el poder real, formulaba y ejecutaba el pensamiento 
del trono; no así en lo tocante al poder de los Papas: 
el apoyo de los nuevos institutos religiosos contribuye 



— 81 — 

á sostenerle contra los embales de las sectas disiden- 
tes; pero el pensamiento de fundarlos no ha salido ni 
de los Papas ni de sus ministros. Hombres desconoci- 
dos se levantaron de repente de en medio del pueblo; 
en sus antecedentes nada se encuentra que pueda ha- 
cerlos sospechosos de previa inteligencia con Roma; 
su vida entera atestigua que obraron guiados por la 
inspiración que surgió en sus cabezas, no consintién- 
doles reposo hasta haber ejecutado lo que se les pres- 
cribía. Para nada entraron ni entrar pudieron desig- 
nios particulares de Roma; la ambición no tuvo en esto 
ninguna parte. 

De aquí se infiere, para todos los hombres sensatos, 
una de las dos consecuencias siguientes, á saber: ó que 
la aparición de esos nuevos institutos fué la obra de 
Dios, que quería salvar su Iglesia, sosteniéndola con- 
tra los nuevos ataques y escudando la autoridad del 
Pontífice romano; ó bien que existió en el Catolicismo 
un instinto salvador, que le condujo á crear aquellas 
íastituciones que le eran convenientes para salir airo- 
so de la terrible crisis en que se encontraba. Á los ojos 
de los católicos las dos proposiciones vienen á parar á 
lo mismo ; pues que no vemos aquí otra cosa que el 
cumplimiento de aquella promesa: sobre esta piedra 
fundaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevale- 
cerán contra ella. Los filósofos que no miren los objetos 
á la luz de la fe, podrán explicar el fenómeno con los 
términos que i'ueren de su gusto; pero no podrán me- 
cos de convenir en que en el fondo de los hechos se 
descubre, una sabiduría admirable, la más elevada pre- 
visión. Si se empeñan en no ver aquí ej dedo de Dios, 
en no descubrir en el curso de los acontecimientos 
niásqueel fruto de planes bien concertados, ó el re- 
sultado de una organización bien combinada, imposi- 
ble les ha de ser el negar el debido homenaje á esos 
planes, á esa organización: y, así como confiesan que 
ei poder del Pontífice romano, aun mirado con ojos 
puramente filosóficos, es el más admirable de los po- 
deres que se vieron jamás sobre la tierra, así tampoco 
T. m 6 



— 82 — 

les será permitido el negar que esta sociedad llamad» 
Iglesia católica muestra en su conducta, en su espíritu 
de vida, en su instinto para sostenerse contra los ma- 
yores enemigos, el más incomprensible conjunto que 
nunca se vio en sociedad alguna. Que esto sse llame 
instinto, secreto, espíritu, ó con otros nombres, poco 
importa á la verdad; el Catolicismo desalía á todas las 
sociedades, á todas las sectas, á todas las escuelas, á 
que realicen lo que él ha realizado, á que triunlen de 
lo que él ha triunfado, á que atraviesen las formidables 
crisis que él ha atravesado. Podrán presentarse algu-; 
ñas muestras en que se remede más ó menos la obra 
de Dios; pero los magos de Egipto, colocados en pre- 
sencia de Moisés, encontrarán un término á sus artifi- 
ficios, el enviado de Dios hará milagros é que ellos no 
podrán llegar; veránse precisados á decir: Dijitus Dei 
est hic; aquí hay el dedo de Dios. 



CAPITULO XLIV 



Al echar una ojeada sobre los institutos religiosos, 
que se presentaron en la Iglesia desde el siglo xiii, na 
hemos hecho mención detenida de uno que, á más de 
ser participante de la gloria de los otros, lleva un ca- 
rácter particular de sublimidad y belleza, digno sobre- 
manera de llamar la atención: hablo del instituto cuyo- 
objeto fué la redención de los cautivos de manos de Ios- 
infieles. Apellidóle en singular, porque no rae propon- 
go descender á las diferentes clases en que se distin- 
guió; considero la unidad del objeto, y por esta unidad 
llamo también uno al instituto. Cambiadas lelizmen- 
te las circunstancias que motivaron dicha fundación, 
nosotros podemos apenas estimarla en su ju>to valor, 
ni apreciar debidamente la grata impresión y el santo 
entusiasmo que debió de producir en todos los países 
cristianos. 



- 83 - 

Á causa de las dilatadas guerras con los infieles, ge- 
mían en poder de éstos un sinnúmero de cristianos, 
privados de su patria y libertad, y expuestos á los pe- 
ligros en que su penosa situación los colocaba á me- 
nudo, de apostatar de la fe de sus padres. Ocupando 
todavía los moros una parte considerable de España, 
dominando exclusivamente en la costa de África, pu- 
jantes y orgullosos en Oriente á causa de los reveses 
sufridos por los cruzados, tenían los infieles ceñido el 
mediodía de Europa con una línea muy extendida y 
cercana, desde donde podían acechar el momento opor- 
tuo, y procurarse considerable número de esclavos 
cristianos. Las revoluciones y vaivenes de aquellos 
tiempos les ofrecían á cada paso coyunturas favora- 
bles; y el odio y la codicia estimulaban de consuno 
sus corazones á satisfacer su venganza en los cristia- 
nos desapercibidos. Puede asegurarse que era éste uno 
de los gravísimos males que afligían la Europa. Si la 
palabra caridad no había de ser un nombre vano; si los 
pueblos europeos no querían olvidarse de sus lazos de 
fraternidad y de su comunidad de intereses, era nece- 
sario, urgente, tratar del remedio que debía aplicarse 
á calamidad tan dolorosa. El veterano que, en vez del 
premio de largos servicios hechos á la religión y á la 
patria, había encontrado la esclavitud en las tinieblas 
de una mazmorra; el mercader que, surcando los ma- 
res para llevar bastimentos al ejército cristiano, había 
caído en poder de enemigos implacables, y pagaba su 
emprendedora osadía cargado de pesadas cadenas; la 
tímida doncella que, al tiempo de solazarse distraída 
á las orillas del mar, había sido alevemente sorprendi- 
da y arrebatada por desalmados piratas, como paloma 
en las garras del azor; todos estos desgraciados tenían, 
derecho sin duda á que sus hermanos de Europa les 
dispensaran una mirada de compasión, é hiciesen un 
esfuerzo para libertarlos. 

¿Cómo se conseguirá este caritativo objeto? ¿Qué me- 
dios podrán emplearse para llevar á cabo una empresa 
que, ni puede confiarse á las armas, ni tampoco á la 



— 84 — 

astucia? Nada más fecundo en recursos que el Catoli- 
cismo: en presentándose una necesidad, si se le deja 
obrar libremente, excogitará desde luego los medios 
más á propósito para socorrerla. Las reclamaciones y 
negociaciones de las potencias cristianas nada podrían 
recabar en favor de los cautivos; nuevas guerras em- 
prendidas por esta causa aumentarían las calamidades 
públicas; empeorarían la suerte de los que gimen en el 
cautiverio, y quizás acrecentarían el número, envián- 
doles nuevos compañeros de desgracia; los medios pe- 
cuniarios, faltos de un punto céntrico de dirección y 
acción, producirían escaso fruto, y vendrían á desper- 
diciarse en manos de los agentes subalternos; ¿qué re- 
curso quedaba, pues? El recurso poderoso, que tiene 
siempre á mano la religión católica; su secreto para 
llevar á cabo las mayores empresas: la caridad. 

Pero, ¿cómo había de obrar esa caridad? Del modo 
que obran en el Catolicismo todas las virtudes. Esta 
religión divina, que, bajada del cielo, levanta de con- 
tinuo el entendimiento del hombre á meditaciones su- 
blimes, tiene, sin embargo, un carácter singular que 
ladistingue.de las escuelas y sectas que han preten- 
dido imitarla. Á pesar del espíritu de abstracción, que 
la mantiene despegada de las cosas terrenas, nada se 
encuentra en ella de vago, de ocioso, de puramente 
teórico. Todo es especulativo y práctico, sublime y 
llano; á todo se acomoda, á todo se adapta, con tal que 
sea compatible con lia verdad de sus dogmas y la seve- 
ridad de sus máximas. Con los ojos fijos en el cielo, no 
se olvida de que está sobre la tierra, de que trata con 
hombres mortales, sujetos á calamidades y miserias: 
con una mano les señala la eternidad, con la otra so- 
corre sus infortunios, alivia sus penas, enjuga sus lá- 
grimas. No se contenta con palabras estériles: para ella 
el amor del prójimo no es nada, si no se manifiesta 
daudo de comer al hambriento, de beber al que tiene 
sed, cubriendo al desnudo, consolando al afligido, vi- 
sitando al enfermo, aliviando al preso, rescatando al 
cautivo. Por valerme de una expresión favorita del 



-- 85 - 

siglo actual, es positiva en grado eminente. Así es que 
sus pensamientos procura realizarlos por medio de 
Instituciones benéficas, fecundas; distinguiéndose en 
esto de la filosofía humana, cuyas pomposas palabras» 
y gigantescos proyectos contrastan tan miserablemen- 
te con la pequenez, con la nada de sus obras. La reli-^ 
gión habla poco, pero medita y ejecuta mucho: digna 
hija del Ser infinito, que, abismado en la contempla- 
ción del piélago de luz que encierra en su esencia, no 
ha dejado de criar ese universo que nos asombra, no 
deja de conservarle con inefable bondad, y de regirle 
con inconcebible sabiduría. 

Para acudir al socorro de los infelices cautivos, hu- 
biera parecido, sin duda, pensamienlo muy feliz el de 
una vasta asociación que, extendida por todas las co- 
marcas de Europa, se hallase en relaciones con cuan- 
tos cristianos pudiesen contribuir con sus limosnas á 
obra tan santa; y que, además, tuviera siempre á la 
mano una porción de individuos prontos á surcar los 
mares, y resueltos, si fuese menester, á arrostrar por 
el rescate de sus prójimos el cautiverio y la muerte. 
De esta manera se lograba la reunión de muchos me- 
dios, se aseguraba la buena inversión de los caudales; 
las negociaciones para la redención de los cautivos 
tenían la seguridad de ser conducidas por hombres 
celosos y experimentados; es decir, que esta asocia- 
ción llenaba cumplidamente su objeto, y desde su 
planteo podían los cristianos esperar socorros más 
prontos y eficaces. He aquí cabalmente el pensamien- 
to realizado en la institución de las órdenes para la 
redención de cautivos. 

Los religiosos que las profesan, se ligan con voto de 
atender á esa obra de caridad. Libres de los embarazos 
que consigo traen las relaciones de familia y el cuida- 
do de los negocios mundanos, pueden consagrarse á 
esta tarea con todo el ardor de su celo. Los viajes dila- 
tados, los peligros del mar, los riesgos de climas mal- 
sanos, la ferocidad de los infieles, nada los arredra; en 
sus propios vestidos, en las oraciones de su instituto,. 



- 86 - 

hallan el recuerdo continuo del voto con que se liga- 
ron en presencia de Dios. Su reposo, sus comodidades, 
su vida misma, ya no les pertenecen; son de los infe- 
lices cautivos que gimen en un calattozo, ó arrastran á 
los pies de sus amos una pesada cadena allende el Me- 
diterráneo. Las familias de las desgraciadas víctimas 
tienen fijos sus ojos sobre el religioso, y le exigen el 
cumplimiento de la promesa, obligándole á excogitar 
arbitrios, y á exponer, si necesario fuese, la vida, 
para devolver el padre al hijo, el hijo al padre, el es- 
poso á la esposa, la inocente doncella á la madre deso- 
lada. 

Ya desde los primeros siglos del Cristianismo se des- 
plegó en la Iglesia el celo por la redención de los cau- 
tivos: celo que se fué conservando siempre, y á cuyo 
impulso se hacían los mayores sacrificios. En el capí- 
tulo XVII de esta obra, y en las notas que le corres- 
ponden, queda demostrada esta verdad de una mane- 
ra incontestable; y así no me es necesario detenerme 
en confirmarla. Sin embargo, aprovecharé la ocasión 
de observar que se aplicó también á este caso la regla 
de conducta de la Iglesia, á saber, el realizar sus pen- 
samientos por medio de instituciones. Seguid con aten- 
ción sus pasos, y veréis que comienza por enseñar y 
encarecer una virtud, induce suavemente á su ejerci- 
cio; éste se va extendiendo, afirmando, y al fin lo que 
era simplemente una obra buena, pasa á ser para al- 
gunos una obra obligatoria; lo que era un simple con- 
sejo, se convierte para un número escogido en riguroso 
deber. En todas épocas procuró la Iglesia la redención 
de los cautivos; en todos tiempos algunos cristianos de 
caridad heroica supieron desprenderse de sus bienes y 
hasta de su libertad, para acudir á esa obra de miseri- 
cordia; pero esto quedaba encomendado á la discreción 
de los fieles, y no había un cuerpo que representase 
ese pensamiento de caridad. Nuevas necesidades se 
presentan, los medios ordinarios no bastan; conviene 
que los 8ocorro¡s se reúnan con prontitud, que se em- 
pleen con discernimiento; la caridad ha menester, por . 



__ 87 — 

<3ocirlo así, un brazo siempre pronto á ejecutar sus ór- 
denes; una institución permanente se hace necesaria; 
ia institución nace, la necesidad queda satisfecha. 

Estamos tan acostumbrados á lo sublime y á lo bello 
en las obras de la religión, que apenas reparamos en 
ios mayores prodigios; de la propia suerte que, apro- 
vechándonos de los beneficios de la naturaleza, con- 
templamos indiferentes sus operaciones y productos 
más admirables. En los varios institutos religiosos que 
bajo distintas formas se han visto desde el principio de 
la Iglesia, hemos tenido ocasión de observar cosas al- 
tamente dignas de asombrar al filósofo, como al cris- 
tiano; pero, dudo mucho que en la historia de esos ins- 
titutos pueda encontrarse nada más hermoso, más in- 
teresante, más tierno, que el cuadro que nos ofrecen 
las órdenes redentoras. iQué símbolo más bello de la 
religión protegiendo al desgraciado! ¡Qué emblema más 
sublime de la redención consumada en el augusto Ma- 
dero, extendiéndose á la redención de la cautividad 
terrena, que las visiones que precedieron á la funda- 
ción de estos santos institutos! Dirán algunos que esas 
apariciones no eran más que pura ilusión; jilusiones 
dichosas, replicaremos nosotros, que así conducen al 
consuelo de la humanidad! 

Gomo quiera, las recordaremos aquí, sin temer la 
sonrisa del incrédulo; que, abrigando en su corazón 
sentimientos generosos, fuerza le será convenir en que, 
si no le parece descubrir verdad histórica, encuentra, 
por lo menos, elevada poesía, y sobre todo amor de la 
humanidad, ardiente deseo de socorrerla, heroico des- 
prendimiento, en el sublime sacrificio de entregarse 
un hombre á la esclavitud por el rescate de sus her^ 
manos. 

Un doctor de la universidad de París, conocido por 
flus virtudes y sabiduría, acababa de ser promovido al 
orden del presbiterado, y celebraba por primera vez el 
sacrificio del altar. El santo sacerdote, al verse favore- 
cido con tanta dignación del Altísimo, redobla su ar- 
<ior, aviva su fe, y procura ofrecer el Cordero sin man- 



cilla, con todo el recogimiento, con toda la pureza, con 
todo el fervor de que es capaz su corazón, inundado de^ 
gracia y abrasado de caridad. No sabe cómo manifestar 
á Dios el profundo reconocimiento por tanto beneficio; 
y su vivo deseo es poder probarle de .alguna manera su 
gratitud y su amor. Aquel que dijo: «lo que habéis 
hecho á uno de mis pequeñitos, me lo habéis hecho á 
mí», le indica bien pronto un camino para desahogar 
el fuego de la caridad; y la visión comienza. Preséntase 
á la vista del sacerdote un ángel, cuyo vestido es blan- 
co como la nieve, brillante como la luz; lleva en su 
pecho una cruz roja y azul, á cada lado tiene un cau- 
tivo, el uno cristiano, el otro moro, sobre cuyas cabe- 
zas extiende sus brazos. El santo varón queda en éxta- 
sis, y conoce que Dios le llama á la piadosa obra de re- 
dimir cautivos. Pero antes de pasar adelante se retira 
á la soledad, y, por medio de la oración y de la peni- 
tencia durante tres años, implora humildemente del 
Señor que le manifieste su voluntad soberana. Encuén- 
trase en el desierto con un santo ermitaño, y los dos 
solitarios se ayudan recíprocamente con sus oraciones 
y sus ejemplos. Embebidos un día en santos coloquios 
junto á una fuente, se les presenta de improviso un 
ciervo, llevando entrelazada en sus astas la misteriosa 
cruz de dos colores: el santo sacerdote cuenta-á su ató- 
nito compañero la primera visión; ambos redoblan sus 
oraciones y penitencias, ambos reciben por tres veces 
el aviso del cielo, y, resueltos á no diferir un instante 
el cumplimiento de la voluntad divina, acuden á Ro- 
ma, piden al Sumo Pontífice sus luces y su permisión. 
y el Papa, que en el entre tanto había tenido una vi- 
sión semejante, accede gustoso á la demanda de los dos 
piadosos solitarios, para fundar el orden de la Santísi- 
ma Trinidad de la redención de los cautivos. El sacer- 
dote se llamaba Juan de Mata, y el ermitaño, Félix 
de Valois. Dedicados con ardoroso celo á su obra de 
caridad, enjugaron sobre la tierra las lágrimas de mu- 
chos desgraciados; ahora reciben en el cielo el premia 
de sus fatigas, y la Iglesia celebra su memoria tenién- 
dolos colocados sobre los altares. 



— 89 — 

La fundación de la orden de la Merced tuvo un ori- 
gen semejante. San Pedro Nolásco, después de haber 
gastado cuanto poseía, empleándolo en el rescate de 
cautivos, y no sabiendo de qué echar mano para con- 
tinuar su piadosa tarea, recurrió á la oración, para for- 
tificarse más en el santo propósito que había formado, 
de vender su propia libertad, ó de quedarse en el cau- 
tiverio en lugar de alguno de sus hermanos. Durante 
la oración, se le apareció la Santísima Virgen, mani- 
festándole cuan agradable le sería á ella y á su divino 
Hijo la institución de una orden cuyo objeto fuera la 
redención de cautivos. Puesto de acuerdo el santo con 
el rey de Aragón y con San Raimundo de Peñafort, 
procedió á la fundación de dicha orden; y el deseo que 
antes había tenido de entregarse en cautiverio para 
rescatar á los demás, lo convirtió entonces en voto, no 
sólo para sí mismo, sino para cuantos profesasen el 
nuevo instituto. 

Repetiré aquí lo indicado más arriba: sea cual fuere* 
el juicio que se quiera formar sobre esas apariciones, y 
aun cuando se pretendiese desecharlas como ilusión, 
siempre resulta lo que nos hemos propuesto probar, á 
saber: la influencia de la religión católica en socorrer 
un grande infortunio, y la utili(^ad del instituto en 
que tan maravillosamente se personificaba el heroísmo 
de la caridad. En efecto: suponed que el santo funda- 
dor hubiese padecido una ilusión, tomando por reve- 
laciones celestiales las inspiraciones de su ferviente 
celo; ¿los beneficios para los desgraciados dejan de ser 
los mismos? Vosotros me habláis mucho de ilusiones; 
pero lo cierto es que esas ilusiones producían la reali-'' 
dad. Guando San Pedro Armengol, no teniendo recur- 
sos para libertar á unos infelices, se quedaba por ellos 
en rehenes, y, pasado el día del pago y no llegando el 
dinero, sufría resignadamente que le ahorcasen, por 
cierto que las ilusiones no quedaban estériles, y que 
ninguna realidad produciría mayores prodigios de celo 
y heroísmo. El condenar las cosas de la religión coma 
ilusiones y locura, data de muy antiguo: desde los pri- 



- 90 — 

meros tiempos del cristianismo fué tratado de locura 
el misterio de la Cruz; pero eso no impidió que esa 
^pretendida locura cambiase la faz del mundo. 



CAPITULO XLV 



En la rápida reseña que acabo de presentar, no ha 
;SÍdo mi ánimo, ni hubiera tampoco cumplido á mi pro- 
pósito, tejer la historia délos institutos religiosos, sino 
Únicamente ofrecer algunas consideraciones, que, ma- 
nifestando la importancia de ellos, vindicasen al Cato- 
licismo de los cargos que se ha pretendido hacerle, por 
la protección que en todos tiempos le ha dispensado. 
Imposible era poner en parangón el Catolicismo y el 
Protestantismo en sus relaciones con la civilización 
europea, sin consagrar algunas páginas al examen de 
^ la influencia que en ella habían ejercido los institutos 
religiosos; pues que, una vez demostrado que esta in- 
fluencia fué saludable, el Protestantismo, que con 
tanto odio y encarnizamiento los ha perseguido y ca- 
lumniado, queda convicto de haber adulterado la his- 
toria de esta civilización, de no haber comprendido su 
espíritu y de haber atentado contra su legítimo des- 
arrollo. 

Estas reflexiones me llevan naturalmente á recordar 
al Protestantismo otra de las faltas que ha cometido, 
quebrantando la unidad de la civilización europea, in- 
troduciendo en su seno la discordia, y debilitando su 
acción física y moral sobre el resto del mundo. La Eu- 
ropa estaba, al parecer, destinada á civilizar el orbe 
entero. La superioridad de su inteligencia, la pujanza 
de sus fuerzas, la sobreabundancia de su población, su 
.carácter emprendedor y valiente, sus arranques de ge- 
nerosidad y heroísmo, su espíritu comunicativo y pro- 
pagador, parecían llamarla á derramar sus ideas, sus 
sentimientos, sus leyes, sus costumbres, sus institu- 



— 9i — 

«iones, por los cuatro ángulos del universo. ¿Cómo es 
■que no lo haya verificado? ¿Cómo es que la barbarie 
•«sté todavía á sus puertas? ¿Cómo es que el islamismo 
-conserve aún su campamento en uno de los climas 
anas hermosos, en una de las situaciones más pintores- 
»cas de Europa? El Asia, con su inmovilidad, su pos- 
<tración, su despotismo, su degradación de la mujer y 
con todos los oprobios de la humanidad, está ahí á 
nuestra vista; y apenas se ha dado un paso que prome- 
ta levantarla de su abatimiento. El Asia menor, las 
costas de la Palestina, de Egipto, el África entera, es- 
tán delante de nosotros en la situación deplorable, en 
la degradación lastimosa, que contrastan vivamente 
con sus grandes recuerdos. La América, después de 
cuatro siglos de perenne comunicación con nosotros, 
se halla todavía en tal atraso, que gran parte de sus 
fuerzas intelectuales y de sus recursos naturales, están 
aún por explotar. 

Llena de vida la Europa, rica de medios, rebosante 
'de vigor y energía, ¿cómo es posible que haya quedado 
•circunscrita á los límites en que se encuentra? Si fija- 
mos profundamente nuestra consideración sobre este 
lamentable fenómeno, el cual es bien extraño que no 
^aya llamado la atención de la filosofía de la historia, 
descubriremos su causa en que la Europa ha carecido 
de unidad; por consiguiente, su acción al exterior se 
ha ejercido sin concierto, y, por tanto, sin eficacia. Se 
está ensalzando continuamente la utilidad de la aso- 
ciación, se está ponderando su necesidad para alcanzar 
grandes resultados; y no se advierte que, siendo apli- 
cable este principio á las naciones como á los indivi- 
duos, tampoco pueden' aquéllas prometerse el produ- 
cir grandes obras, si no se someten á esta ley general. 
Guando un conjunto de naciones, nacidas de un mis- 
mo origen y sometidas por largos siglos á las mismas 
influencias, han llegado á desenvolver su civilización 
dirigidas y dominadas por un mismo pensamiento, la 
asociación entre ellas llega á ser una verdadera necesi- 
«dad; son una familia de hermanos; y entre hermanos 



— 92 — 

la división y la discordia producen peores efectos que- 
entre personas extrañas. 

No quiero yo decir que fuera posible una concordia 
tal entre las naciones de Europa, que viviesen en paz 
perpetua unas con otras, y procediesen con entera 
harmonía en todas las empresas que acometieran so- 
bre las demás partes del globo; pero, sin entregarse á 
tan hermosas ilusiones, imposibles de realizar, queda, 
no obstante, fuera de duda que, á pesar de las desave- 
nencias particulares entre nación y nación, á pesar de 
la mayor ó menor oposición de intereses en lo interior 
y exterior, podía la Europa conservar una idea civili- 
zadora que, levantándose sobre todas las miserias y 
pequeneces de las pasiones humanas, la condujese á 
conquistar mayor ascendiente, asegurando y aprove- 
chando la influencia sobre las demás regiones del 
mundo. 

En la interminable serie de guerras y calamidades 
que afligieren á la Europa durante la fluctuacion.de 
los pueblos bárbaros, existía esa unidad de pensamien- 
to; y, merced á ella, de la confusión brotó el orden, de 
las tinieblas surgió la luz. En la dilatada lucha del 
cristianismo con el islamismo, ora en Europa, ora en 
África, ora en Asia, esa misma unidad de pensamiento 
sacó triunfante la civilización cristiana, á pesar de las 
rivalidades de los príncipes y de los desórdenes de los 
pueblos. Mientras exjstió esa unidad, la Europa con- 
servaba una fuerza transformadora: todo cuanto ella 
tocaba, tarde ó temprano se hacía europeo. 

El corazón se aflige al considerar el desastroso acon- 
tecimiento que vino á romper esa unidad preciosa, 
torciendo el camino de nuestra civilización, y amorti- 
guando lastimosamente su fuerza fecundante; congoja 
da, por no decir despecho, el reflexionar que cabal- 
mente la aparición del Protestantismo coincidió con 
los momentos críticos en que la Europa, recogiendo el 
fruto de largos siglos de incesante trabajo é inauditos 
esfuerzos, se presentaba robusta, vigorosa, espléndida, 
y levantada como un gigante descubría nuevos mun- 



— 93 — 

«dos, tocando con una mano el Oriente y con otra el 
Occidente. Vasco de Gama, doblando el cabo de Buena 
Esperanza, había níostrado el derrotero de las Indias 
Orientales y abierto la comunicación con pueblos des- 
conocidos; Cristóbal Colón, con la flota de Isabel, sur- 
caba los mares de Occidente, desc\:íj)ría un mundo, y 
plantaba en tierras desconocidas el estandarte de Gas- 
tilla; Hernán Cortés, á la cabeza de un puñado de bra- 
vos, penetraba en el corazón del nuevo continente, se 
apoderaba de su capital, y, empleando armas nunca 
vistas por aquellos naturales, se les presentaba como 
un Dios lanzando rayos. En todos los puntos de Euro- 
pa se desplegaba una actividad inmensa; el espíritu 
emprendedor se desenvolvía en, todos los corazones; 
había sonado la hora en que se abría á los pueblos eu- 
ropeos un nuevo horizonte de poder y de gloria, cuyos 
límites no alcanzaba la vista. Magallanes, atravesando 
impávido el estrecho que había de unir el Occidente 
con el Oriente, y Sebastián de Elcano, volviendo á las 
orillas españolas después de haber dado la vuelta al 
mundo, parecían simbolizar de una manera sublime 
que la civilización europea tomaba posesión del uni- 
verso. El poder de la Media Luna se presentaba en una 
extremidad de Europa, pujante y amenazador como 
una sombra siniestra que asoma en el ángulo de un 
liermoso cuadro; pero no temáis: sus huestes han sido 
arrojadas de Granada, el ejército cristiano campa en 
las costas de África, el pendón de Castilla tremola so- 
bre los muros de Oran; y en el corazón de España está 
creciendo en la obscuridad el prodigioso niño que, al 
dejar los juegos de la infancia, desbaratará los últimos 
esfuerzos de los moros de España con los triunfos de 
las Alpujarras, y un momento después abatirá para 
siempre el poderío musulmán en las aguas de Le- 
panto. 

El desarrollo de la inteligencia competía con el auge 
de la pujanza. Erasmo revolvía todas las fuentes de la 
erudición, asombraba al mundo con sus talentos y su 
saber, y paseaba de un extremo á otro de Europa su 



— 94 — 

gloriosa nombradía. El insigne español Luis Vives^ 
rivalizaba con el sabio de Rotterdam, y se proponía re- 
generar las ciencias dando nuevo curso al entendimien- 
to. En Italia fermentaban las escuelas filosóficas, apo- 
derándose con avidez de las luces atraídas de Gons- 
tantinopla; el genio de Dante y del Petrarca se iba 
perpetuando en distinguidos sucesores; la patria de- 
Tasso hacía resonar sus acentos como trina el ruiseñor 
á la venida de la aurora, mientras la España, embria- 
gada de sus triunfos, ufana y orgullosa de sus conquis- 
tas, cantaba como un soldado que reposa sobre un 
montón de trofeos en el campo de la victoria. 

¿Qué es lo que podía resistir á tanta superioridad, á 
tanta brillantez, á tapto poderío? La Europa, segura ya 
de su existencia contra todos los enemigos, dis. rutan- 
do de un bienestar cuyo aumento debía progresar cada 
día, gozando de leyes é instituciones ¡U'^jores que 
cuantas se habían visto hasta aquella época, y cuya 
perfección y complemento podía encomendarse sin in- 
quietud á la lenta acción de los siglos, la Europa, repi- 
to, colocada en situación tan próspera y lisonjera, de- 
bía acometer la obra de civilizar el mundo. Los mis- 
mos descubrimientos que se estaban hiiciendo todo» 
los días, indicaban que el momento oportuno había 
llegado ya: numerosas flotas conducían con los líuerr^- 
ros conquistadores á los misioneros apostólicos que 
iban á sembrar el precioso grano, que, desenvuelto cou 
el tiempo, debía producir el árbol á cuya sombra se 
acogieran las nuevas naciones. Así se comenzaba el 
generoso trabajo, que, bendito por la Providencia, ha- 
bía de civilizar la América, el África y el Asia. 

Entre tanto, resonaba ya en el comzón de la nerraa- 
nia la voz del apóstata que iba á introducir lu discor- 
dia en el seno de los pueblos hermanos. La disputa co- 
mienza, los ánimos se exaltan, la irriUic.ión llega á su 
colmo; se acude á las armas, la sangre corre á torren- 
tes; y el hombre encargado por el. abismo de atra»'r so- 
bre la tierra esa nube de calamidades, puede contem- 
plar antes de su muerte el horrible fruto de sus es- 



— 95 — 

fuerzos, é insultar con impudente y cruel sonrisa á la^ 
humanidad lastimada. Así nos figuramos á veces al 
genio del mal abandonando su lóbrega morada y su 
trono sentado entre horrores, presentándose de impro-- 
viso sobre la faz del globo, derramar por todas partes la 
desolación y el llanto, pasear su mirada atroz sobre un 
campo de desolación, y hundirse en seguida en las 
eternas tinieblas. 

Extendido por Europa el cisma de Lutero, la acción 
de los europeos sobre los pueblos del resto del mundo 
se debilitaba de tal manera, que las halagüeñas espe- 
ranzas que habían podido concebirse, se disipaban en 
un momento como vanas ilusiones. Por de pronto, la 
mayor parte de las fuerzas intelectuales, morales y fí- 
sicas quedaba condenada á emplearse, á consumirse 
dolorosamente, en la lucha trabada entre pueblos her- 
manos. Las naciones que habían conservado el Catoli- 
cismo, se veían precisadas á concentrar todos sus re- 
cursos, toda su acción y energía, para hacer frente á 
los impíos ataques con que las combatían los nuevos 
sectarios, así en el terreno de la discusión como en los 
campos de batalla; al paso que las contagiadas con los 
nuevos errores se encontraban en una especie de vér- 
tigo, que no les dejaba ver otros enemigos que los ca- 
tólicos, otra empresa digna de sus esfuerzos que el' 
abatimiento y la destrucción de la Cátedra de Roma. 
Sus pensamientos no se ocupan en escogitar medios 
para la mejora de la suerte de la humanidad; el hori- 
zonte inmenso ofrecido á una noble ambición en los 
nuevos descubrimientos, no recaba siquiera que le di- 
rijan sus miradas; sólo hay para ellas una obra justa, 
santa, necesaria, y es el echar por tierra la autoridad 
del Pontífice romano. 

Con esta disposición de los ánimos, se debilitó y es- 
terilizó el ascendiente tomado por los europeos sobre 
las naciones que se iban descubriendo y conquistando. 
Guando éstos abordaban á las nuevas playas, ya no se 
encontraban allí como hermanos, ni como' generosos 
rivales estimulados por noble emulación, sino coma 



— 96 — 

-enemigos implacables, encarnizados, y que por dife- 
rencias de religión se estaban librando tan sangrientas 
batallas, como hacerlo pudieran jamás cristianos y 
musulmanes. El nombre de la religión cristiana, que 
había sido por espacio de tantos siglos el símbolo de la 
paz, y que en la víspera del combate sabía presentarse 
entre los adversarios, obligados á deponer su rencor y 
á convertir en abrazo fraternal el odio y la venganza; 
el nombre de la religión divina, que había servido de 
bandera á esos pueblos para triunfar de las huestes 
mahometanas, ese mismo nombre, desfigurado, rasga- 
do por manos sacrilegas, convirtióse entonces en ense- 
ña de enemistad y de discordia. Después de cubierta 
la Europa de sangre y de luto, se llevó el escándalo á 
los pueblos incautos, que presenciaban aturdidos las 
miserias, el espíritu de división, los rencores, la male- 
dicencia, reinantes entre esos mismos hombres, á quie- 
nes ellos habían llegado á mirar como de una raza su- 
perior, como semidioses. 

Las fuerzas de Europa no se aunaron ya en adelante 
para ninguna de aquellas empresas colosales que for- 
maron la gloria de los siglos anteriores. El misionero 
católico, que regaba con su sudor y su sangre los bos- 
ques de la América ó de la India, podía contar con al- 
gunos de los medios de que dispusiese la nación á que 
pertenecía, si ésta había permanecido'católica; pero no 
le alentaba la esperanza de que la Europa entera, aso- 
ciándose á la obra de Dios, viniese á sostener las mi- 
siones con el auxilio de sus recursos. Sabía, al contra- 
rio, que un número considerable de europeos le ca- 
lumniaba, le insultaba sin cesar, discurriendo todos 
los medios imaginables para impedir que la palabra 
del Evangelio prendiese en el nuevo campo, y aumen- 
tase en algún sentido la reputación de la Iglesia cató- 
lica y el poder de los Papas. 

Hubo un tiempo en que las profanaciones de los in- 
fieles en el Santo Sepulcro, y las vejaciones sufridas 
por los peregrinos que le visitaban, bastaron á levan- 
tar la indignación de todos los pueblos cristianos, que. 



— 97 — 

^alzando el grito de á las armas, se arrojaron en masa 
en pos de la huella del solitario que los conducía á 
vengarlos ultrajes hechos á la religión, y los malos 
'tratamientos de que fueron víctimas algunos de sus 
-hermanos. Después de la herejía de Lutero, todo cam- 
.bió: la muerte de un religioso sacrificado en lejanos 
países, sus tormentos y martirio, tantas sublimes es- 
cenas en que se reproducen vivamente el celo y la ca- 
.ridad de los primeros siglos de la Iglesia, todo esto era 
menospreciado, ridiculizado, por hombres que se ape- 
llidaban cristianos, por indignos descendientes de 
aquellos héroes que derramaron su sangre bajo los 
muros de la Ciudad Santa. 

Para concebir toda la extensión del daño acarreado 
bajo este aspecto por el Protestantismo, figurémonos 
,por un momento que él no hubiese aparecido y con- 
jeturemos en esta hipótesis el curso de los aconteci- 
mientos. En primer lugar, toda la atención, todos los 
recursos, todas las Tuerzas que la España empleó para 
hacer frente á las guerras religiosas promovidas en el 
continente, hubieran podido abocarse sobre el nuevo ' 
mundo. Lo propio habría sucedido con la Francia, con 
los Países Bajos, con la Inglaterra, y otros reinos po- 
derosos; y esas naciones, que, divididas, han podido 
ofrecer á la historia páginas tan gloriosas y brillantes, 
si se hubiesen mancomunado en su acción sobre los 
nuevos países, la habrían ejercido con tanto vigor y 
energía, que nada hubiera podido contrarrestar su 
prepotencia arroUadora. Figuraos por un momento 
que todos los puertos, desde el Báltico hasta el Adriá- 
tico, envían sus misioneros al Oriente y al Occidente, 
como lo hacían la Francia, el Portugal, la España y la 
Italia; que todas las grandes ciudades de Europa son 
otros tantos centros donde se reúnen hombres y me- 
dios para acudir á este objeto; figuraos que todos estos 
misioneros llevan una misma mira, van dominados por 
un mismo pensamiento, ardiendo en un mismo deseo 
de la propagación de una misma fe : dondequiera que 
¿e encuentren, se reconocen por hermanos, por cola* 

T. ÍIÍ -7 



— 98 — 

boradores en una misma obra; todos sometidos á una 
misma autoridad, todos predicando una misma doctri- 
na, y practicando un mismo culto : ¿no os parece ver 
la religión cristiana obrando en una escala inmensa, y 
alcanzando en todas partes los más señalados triunfos?" 
La nave que llevara á regiones lejanas la colonia de 
hombres apostólicos, pudiera desplegar sin recelo sus 
velas; y, en descubriendo en el confín del horizonte el 
pabellón de algunas de las naciones de Europa, no 
debía temer encontrarse con enemigos: estaba segura 
de hallar amigos y hermanos dondequiera que hallase 
europeos. 

Las misiones católicas, á pesar de tantos obstáculos 
nacidos del espíritu turbulento del Protestantismo, 
llevaron á cabo las más arduas empresas y realizaron 
prodigios que forman una bella página de la historia 
moderna; pero es imposible no ver cuánto más se ha- 
bría hecho, si á la Italia, á la España, al PortugaJ. á la 
Francia., se hubiesen asociado la Alemania entera, las 
Provincias Unidas, la Inglaterra y las otras naciones 
del Norte. Esta asociación era natural, no podía faltar, 
á no haberla bastardeado el cisma de Lutero. Y es, 
además digno de notarse que este acontecimiento 
funesto, no sólo impidió la asociación, sino que hizo 
que las mismas naciones católicas no pudiesen em- 
plear la mayor parte de sus medios en la grande obra 
de convertir y regenerar el mundo, precisándolas á 
permanecer de continuo sobre las armas, á causa de 
las guerras religiosas y discordias civiles. En aquella 
época, los institutos religiosos parecían llamados á ser 
como el brazo de la religión, que, solidada en Europa, 
y satisfecha de la regeneración social que acababa de 
producir, hubiera extendido su acción á las naciones 
infieles. 

Echando una ojeada sobre el curso de los aconteci- 
mientos de los primeros siglos de la Iglesia, y compa- 
rándolos con los de los tiempos modernos, salta á la. 
vista que debe haber mediado alguna causa poderosa 
que se ha opuesto en los últimos siglos á la propaga- 



- 99 - 

ción de la fe. Nace el Grislianisnio, se extiende rápida- 
mente sin ningún auxilio de los hombres, á pesar de 
todos los esfuerzos de los príncipes, de los sabios, d© 
los sacerdotes idólatras, de las pasiones, de toda la as- 
tucia del infierno. Data de ayer, y ya se muestra po- 
deroso y dominante en todos los puntos del imperio 
romano; pueblos de diferentes lenguas, de diversas 
costumbres, de distinto grado de civilización, abando- 
nan el culto de los dioses falsos, y abrazan la religión 
de Jesucristo. Los mismos bárbaros, esos pueblos in- 
dóciles, indomables, como alazán que no sufriera to- 
davía el freno, escuchan á los misioneros que se les 
envían, inclinan su cabeza, y, en la embriaguez de la 
conquista y de la victoria, se someten á la religión de 
los vencidos y conquistados. El Cristianismo se ha en- 
contrado en los siglos modernos con dominio exclusi- 
vo sobre la Europa; y, sin embargo, no ha llegado á 
introducirse de nuevo en esas costas de África y de 
Asia, que están á su vista. Verdad es que la América, 
en su mayor parte, se ha hecho cristiana, pero obser- 
vad qne los pueblos de aquellas regiones fueron con- 
quistados, que las naciones conquistadoras estable- 
cieron allí gobiernos que han durado siglos, que las 
naciones europeas inundaron el nuevo mundo con sus 
soldados y colonias, que de esta suerte una porción 
considerable de América es una especie de importa- 
ción de Europa, y, por tanto, la transformación reli- 
giosa de aquellos países no se parece á la que se veri- 
ficó en los primeros siglos de la Iglesia. Volved los ojos, 
al Oriente, allí donde las armas europeas no han alcan- 
zado una prepotencia decisiva, y ved lo que sucede: 
los pueblos yacen aún sometidos á religiones falsas; el 
Cristianismo no ha podido abrirse paso; y, si bien los 
misioneros católicos han logrado fundar algunos esta- 
blecimientos más ó menos CÁ)nsiderables, la semilla 
preciosa no ha prendido bastante en la tierra para pro- 
ducir los frutos ansiados con tan ardiente caridad y 
procurados con tan heroico celo. De vez en cuando los 
rayos de la luz han penetrado hasta el corazón de los 



— 100 — 

grandes imperios del Japón y de la China; momentos 
ha habido en que podían concebirse halagüeñas espe- 
ranzas; pero estas esperanzas se disiparon; la ráfaga de 
luz desapareció como una brillante exhalación en las 
profundidades de un cielo tenebroso. 

¿Cuál es la razón de esta impotencia? ¿Cuál es la 
causa de que en los primeros siglos fuese tanta la fuer- 
za fecundante, y no lo haya sido en los últimos? Deje- 
mos aparte los hondos secretos de la Providencia, no 
queramos investigar los arcanos incomprensibles de 
los caminos de Dios; pero, en cuanto es dado al débil 
hombre alcanzar la verdad por los indicios de la his- 
toria de la Iglesia, y conjeturar remotísimamente los 
designios del Eterno por las señales que Él se ha com- 
placido en comunicarnos, podemos aventurar nuestra 
opinión sobre hechos que, por más que pertenezcan á 
un orden superior, no dejan, sin embargo, de estar su- 
jetos á un curso regular, que el mismo Dios ha esta- 
blecido. El apóstol San Pablo dice que la fe viene del 
oído, y pregunta cómo puede oírse si no hay quien 
predique, cómo puede predicarse si no hay quien en- 
víe; de lo que se deduce que las misiones son cosa 
necesaria para la conversión de los pueblos; pues que 
Dios no ha querido hacer á cada paso nuevos milagros, 
enviando legiones de ángeles para evangelizar á las 
naciones que viven privadas de la luz de la verdad. 
Previas estas observaciones, añadiré que lo que ha fal- 
tado para la conversión de las naciones infieles, ha sido 
la organización de misiones en extensa escala, misio- 
nes que, por la abundancia de sus medios y el número 
y calidades de sus individuos, estuviesen á la altura 
de su grande objeto. Repárese que las distancias son 
inmensas, que los pueblos á quienes es necesario di - 
rigirse están desparramados en muchos países, vivien- 
do bajo la influencia de preocupaciones, de leyes, de 
climas los más rebeldes al espíritu del Evangelio. Para 
hacer frente á tan vastas atenciones, para salvar las 
■grandes dificultades que salían al encuentro, era nece- 
saria una verdadera inundación de misioneros; de otra 



— 101 — 

suerte, el resultado era muy dudoso, la subsistencia 
de los establecimientos cristianos muy precaria, y la 
conversión de las grandes naciones poco probable, á 
no mediar alguno de aquellos grandes golpes de la 
Providencia, de aquellos prodigios, que cambian en 
un instante la faz de la tierra. Prodigios que Dios no 
repite á menudo, y que, á veces, no otorga á las más 
ardientes oraciones de los santos. 

Para formar cabal concepto sobre lo que ha sucedido 
en los últimos siglos, atendamos á lo que sucede ac- 
tualmente. ¿Qué les falta á las naciones infieles? ¿Cuál 
es el incesante clamor de los hombres celosos que se 
ocupan en la propagación del Evangelio? ¿No se oyen 
de continuo lamentos sobre la escasez de obreros, so- 
bre los pocos recursos de que se dispone para propor- 
cionarles medios de subsisíencia? ¿No es esta necesi- 
dad la que se ha propuesto socorrer la asociación que 
se ha formado entre los católicos de Europa? 

Esa organización de las misiones en una grande es- 
cala es la que se hubiera realizado, á no venir el Pro- 
testantismo á impedirla. Los pueblos europeos, hijos- 
predilectos de la Providencia, tenían el deber y mos- 
traban también la decidida voluntad, de procirrar por 
todos los medios posibles que los demás pueblos del 
mundo participasen de los beneficios de la fe; desgra- 
ciadamente esta fe se debilitó en Europa, fué entrega- 
da al capricho de la razón humana, y desde entonces 
se hizo imposible lo que antes era muy hacedero, muy 
fácil; y, permitiendo la Providencia tan aciaga cala- 
midad, permitió también que se aplazase para mucho 
más tarde la venida de aquel día feliz, en que nacio- 
nes desconocidas entrasen en gran número en el redil 
de la Iglesia. 

Dirán, quizás, algunos que el celo de nuestros tiem- 
pos no es el celo de los primeros siglos del Cristianis- 
mo; y que ésta es una de las razones de que no se 
haya llegado á convertir á las naciones infieles. No 
entraré en parangones sobre esta materia, ni diré nada 
de lo mucho que en este, particular podría decir; pre^ 



— 102 — 

«entaré tan sólo una sencilla observación, que desba- 
rata de un golpe la dificultad propuesta. El divino Sal- 
vador, para enviar á sus discípulos á la predicación del 
Evangelio, quiso que renunciasen cuanto tenían y le 
siguiesen. El mismo divino Salvador, indicándonos la 
seña infalible de la verdadera caridad, nos dice que no 
la hay mayor que el dar la vida por sus hermanos: los 
misioneros católicos de los tres últimos siglos han re- 
nunciado todas sus cosas, han abandonado su patria, 
sus familias, sus comodidades, todo cuanto puede in- 
teresar sobre la tierra el corazón del hombre; han ido 
á buscar á los infieles en medio de los más inminentes 
peligros; y en todos los ángulos del mundo han sella- 
do con su sangre, su ardor por la conversión de sus 
hermanos, por la salvación de las almas. Semejantes 
misioneros creo que son dignos de alternar con los de 
los primeros siglos de la Iglesia; todas las declamacio- 
nes, todas las calumnias, nada pueden contra la triun- 
fante evidencia de estos hechos. La Iglesia de los pri- 
meros siglos se hubiera honrado, como la de nuestros 
tiempos, con San Francisco Javier y los mártires del 
Japón. 

Esta abundancia de misioneros de que hemos habla- 
do, la tuvo la Iglesia para la conversión del mundo 
antiguo y del mundo bárbaro. En el momento de su 
aparición, las lenguas de fuego del Cenáculo, la mu- 
chedumbre de estupendos prodigios suplieron el nú- 
mero, multiplicaron los hombres; naciones muy di- 
ferentes, oyendo á un mismo predicador, le oían al 
mismo tiempo cada cual en su lengua. Pero, después 
del primer impulso con que la Omnipotencia, desple- 
gando sus recursos infinitos, se había propuesto aterrar 
el infierno, las cosas siguieron el curso ordinario; y 
para un mayor número de conversiones, fué menester 
mayor número de misioneros. Los grandes focos de fe 
y de caridad, las muchas Iglesias de Oriente y Occiden- 
te, suministraban en abundancia los hombres apostó- 
licos necesarios para la propagación de la fe; ejército 
sagrado, que tenía á sus inmediaciones una imponen- 



— 103 - 

te reserva para suplir su falta, el día que las enferme- 
■dade , las fatigas ó el martirio debilitasen sus filas. En 
Roma había el centro de este gran movimiento; pero 
Roma, para darle impulso, no necesitaba de flotas que 
transportasen las santas colonias á la distancia de mi- 
llares de leguas; no necesitaba reunir los costosos me- 
dios para subsistir las misiones en playas desiertas, en 
países del todo desconocidos; cuando el misionero se 
ponía á los pies del Santo Padre pidiéndole su bendi- 
ción apostólica, podía el Sumo Pontífice enviarle en paz 
y dejarle partir con solo el cayado. Sabía que el misio- 
nero iba á atravesar países cristianos, y que, al entrar 
en los idólatras, no quedaban muy lejos los príncipes 
ya convertidos, los obispos, los sacerdotes, los pueblos 
fieles, que no negarían sus auxilios á quien iba á sem- 
brar la divina palabra en las regiones inmediatas. 

Abandono con entera confianza al juicio de los hom- 
bres sensatos, las reflexiones que acabo de hacer sobre 
el daño causado á la influencia europea por el cisma 
protestante. Abrigo la convicción profunda de que di- 
cha influencia recibió entonces un golpe terrible; y 
que, sin este funesto acontecimiento, otra sería en la 
actualidad la situación del mundo. Es posible que pa- 
dezca alguna ilusión sobre este particular; pero yo 
.preguntaré al simple buen sentido si no es verdad que 
la unidad de acción, la unidad de principios, la unidad 
de miras, la reunión de medios, la asociación de los 
agentes, son en todas las empresas el secreto de la 
fuerza y la más segura garantía de feliz resultado ; yo 
preguntaré si no es el Protestantismo quien rompió 
esa unidad, quien hizo imposible esa reunión, quien 
hizo impracticable esa asociación. Éstos son hechos 
indudables, claros como la luz del día, recientes, son 
de ayer; cuál es la consecuencia que de aquí se infie- 
re, véanlo la imparcialidad, el buen sentido, el simple 
sentido común, si es que andan acompañados de bue- 
na fe. 

Para todo hombre pensador, es evidente que la Eu- 
ropa no es lo que hubiera sido sin la aparición del Pro- 



— 104 — 

testan tismo ; y, por cierto, no es menos claro que lo» 
resultados de la influencia civilizadora de ese graa 
conjunto de naciones no han correspondido á lo que 
prometía el principio del siglo xvi. Gloríense enhora- 
buena los protestantes de haber dado á la civilización* 
europea una nueva ¿irección; gloríense de haber en- 
flaquecido el poder espiritual de los Papas, extravian— > 
do del santo redil á millones de almas; gloríense de 
haber destruido en los países de su dominación los 
institutos religiosos, de haber hecho pedazos la jerar- 
quía eclesiástica, y de haber arrojado la Biblia en me- 
dio de turbas ignorantes, asegurándoles para entender- 
la las luces de la inspiración privada, ó diciéndoles que 
bastaba el dictamen de la razón ; siempre será cierto^ 
que la unidad de la religión cristiana ha desaparecido 
de entre ellos, que carecen de un centro de donde pue- 
dan arrancar los grandes esfuerzos, que no tienen un 
guía, que andan como rebaño sin pastor, fluctuantes 
con todo viento de doctrina, y que están tocados de 
una esterilidad radical, para producir ninguna de las- 
grandes obras que tan á manos llenas ha producido y 
produce el Catolicismo; siempre será cierto que, con 
sus eternas disputas, sus calumnias, sus ataques con- 
tra el dogma y la disciplina de la Iglesia, la han obli- 
gado á mantenerse en actitud de defensa, á combatir 
por espacio de tres siglos, robándole de esta suerte un 
tiempo precioso y unos medios que hubiera podido , 
aprovechar para llevar á cabo los grandes proyectos 
que meditaba, y cuya ejecución comenzaba ya tan fe- 
lizmente. Si el dividir los ánimos, el provocar discor- 
dias, el excitar guerras, el convertir en enemigos á 
pueblos hermanos, el hacer de un banquete de \ina< 
gran familia de naciones una arena de encarnizados 
combatientes, si el procurar el descrédito de los misio- 
neros que van á predicar el Evangelio á las naciones 
infieles, si el ponerles todos los obstáculos imaginables, 
si el echar mano de todos los medios para inutilizar 
su caridad y su celo, si todo este conjunto es un méri- 
tOi este mérito lo tiene el Protestantismo; pero, si es 



— 105 — 

un cúmulo de plagas para la humanidad, de esas pla^ 
gas es responsable el Protestantismo. 

Guando Lutero se llamaba encargado de una alt» 
misión, decía una verdad terrible, espantosa, que él 
mismo no comprendía. Los pecados de los pueblos lle- 
nan á veces la medida del sufrimiento del Altísimo ; el 
estrépito de los escándalos del hombre sube hasta el 
cielo y demanda venganza; el Eterno, en su cólera for- 
midable, lanza sobre la tierra una mirada de fuego; 
suena entonces en los arcanos infinitos la hora fatal, y 
nace el hijo de perdición, que ha de cubrir el mundo 
de desolación y de luto. Gomo en otro tiempo se abrie- 
ron las cataratas del cielo para borrar el linaje humano 
de la faz de la tierra, así se abre la urna de las calf- 
midades que el Dios de las venganzas reserva para el 
día de su ira. El hijo de perdición levanta su voz, y 
aquél es el momento señalado al comienzo de la catás- 
trofe. El espíritu del mal recorre la superficie del glo- 
bo, llevando sobre sus negras alaS' el eco de aquella 
voz siniestra. Un vértigo incomprensible se apodera de 
las cabezas; los pueblos tienen ojos y no ven, tienen 
oídos y no oy^n; en medio de su delirio, los más ho- 
rrendos precipicios les parecen caminos llanos, apaci- 
bles, sembrados de flores; llaman bien al mal y mal al 
bien ; beben la copa emponzoñada con un ardor febril; 
el olvido de todo lo pasado, la ingratitud por todos los 
beneficios, se apoderan de los entendimientos y de los 
corazones; la obra del genio del mal queda consuma- 
da; el prínoipe de los espíritus rebeldes puede hundir- 
se de nuevo en sus tenebrosos dominios, y la humani^ 
dad ha aprendido una lección terrible ; que no se pro- 
voca impunemente la indignación del Todopoderoso. 



— 106 — 



CAPITULO XLVI 



Tratándose de los institutos religiosos, no es posible 
<iejar de recordar esa orden célebre, que á los pocos 
£ños de su existencia había tomado ya tanto incremen- 
to, que se presentaba con las formas de un coloso y 
desplegaba las fuerzas de un gigante; esa orden, que 
pereció sin que antes sintiese el desfallecimiento, que 
no siguió el curso regular de las demás, ni en su fun- 
dación y desarrollo, ni tampoco en su caída; de esa 
orden, que, como se ha dicho con mucha verdad y 
exactitud, no tuvo ni infancia ni vejez: bien se entien- 
de que hablo de los jesuítas. Este solo nombre bastará 
para poner en alarma á cierta clase de lectores; por lo 
mismo me apresuro á tranquilizarlos, advirtiéndoles 
que no me propongo escribir aquí la apología de los 
jesuítas. Esta tarea no responde al carácter de la obra: 
además, otros la han tomado á su cargo, y no debo yo 
repetir lo que nadie ignora. Gomo quiera, es imposible 
mentar los institutos religiosos, ni dar una mirada á 
la historia religiosa, política y literaria de Europa de 
tres siglos á esta parte, sin tropezar á menudo con los 
jesuítas; es imposible viajar por tierras las más remo- 
tas, surcar mares desconocidos, abordar á playas las 
más distantes, penetrar en los desiertos más espanto- 
sos, sin que ocurra el recuerdo de los jesuítas; es im- 
posible acercarse á ningún estante de nuestras biblio- 
tecas, sin que se ofrezcan á los ojos los escritos de al- 
gún jesuíta; y, siendo esto así, bien pueden perdonar 
los lectores enemigos de los jesuítas, el que se fije por 
algunos momentos la atención sobre un instituto que 
ha llenado el mundo con la fama de su nombre. Aun 
■cuando se prescinda de su renacimiento, y se consi- 
4eren como poco dignas de examen su actual existen- 
cia y las probabilidades de su porvenir, no obstante» 



— 107 - 

fuera muy impropio no tratar de ello», siquiera como 
vn hecho histórico; de otra suerte, nos pareceríamos 
á aquellos viajeros, ignorantes é insensibles, que pisan 
■con estúpida indiferencia las más interesantes ruinas. 
En hablando de los jesuítas, salta desde luego á los 
ojos un hecho muy singular, cual es, que, á pesar del 
• poco tiempo que contaron de existencia en compara- 
ción de otros institutos, ninguno de éstos fué objeto de 
tanta animosidad. Desde su nacimiento se hallaron 
<íon numerosos enemigos: jamás se vieron libres de 
-ellos, ni en su prosperidad y grandeza, ni en su caída, 
ni después de ella; nunca ha cesado la persecución, ó 
mejor diremos, el encarnizamiento. Desde que han 
vuelto á renacer, se les tiene continuamente los ojos 
encima, se recela que vuelvan á levantarse á su antiguo 
poder; el esplendor que sobre ellos reflejan las páginas 
-de su brillante historia, los hace más visibles por todas 
partes, y aumenta la zozobra de los que más se alar- 
man con la fundación de un colegio de jesuítas, que 
no se alarmarían de una irrupción de cosacos. Algo 
habrá, pues, de muy singular y extraordinario en ese 
instituto, que de tal manera excita la atención públi- 
ca, y cuy© solo nombre desconcierta á sus enemigos. 
Á los jesuítas no se los desprecia, se los teme; una que 
otra vez se quiere ensayar de echar sobre ellos el ri- 
dículo, pero desde luego se conoce que, cuando se ma- 
neja contra ellos esa arma, el que la emplea no disfru- 
ta de calma bastante para esgrimirla felizmente. Vano 
«s que se quiera aparentar el desprecio; al través del 
■disimulo se traslucen la inquietud y el sobresalto; 
échase de ver que quien los ataca no cree estar en pre- 
sencia de adversarios de poca monta, pues que la bilis 
se le exalta, sus facciones se contraen, sus palabras sa- 
len bañadas de una amargura terrible, como destilan 
las gotas de una copa emponzañada; se conoce, al ins- 
tante, que toma el negocio á pecho, que no mira la 
materia como cosa de chanza, y parece que le estamos 
oyendo que se dice á sí mismo: «todo lo tocante á los 
jesuítas es negocio grave en extremo; con ellos no se 



— 108 — 

puede jugar; nada de miramientos, nada de indulgen^ 
cia, nada de consideraciones de ninguna clase; es ne- 
cesario tratarlos siempre con rigor, con dureza, con 
execración: el menor descuido podría sernos fatal.» 

O yo me engaño mucho, ó ésta es la mejor demos- 
tración que puede darse del eminente mérito de Ios- 
jesuítas. Á las clases y corporaciones les ha de suceder* 
lo propio que á los individuos; es decir, que un mérito- 
muy extraordinario ha de acarrearles precisamente 
enemigos en crecido número, por la sencilla razón de 
que un mérito semejante es siempre envidiado, y na 
pocas veces temido. Para formar concepto sobre el ver- 
dadero origen de ese odio implacable contra los jesuí- 
tas, basta considerar quiénes son sus enemigos prin- 
cipales. Sabido es que los protestantes y los incrédulos 
figuran en primera línea; notándose en la segunda to- 
dos aquellos hombres que, con más ó menos claridad, 
con más ó menos decisión, se muestran poco adictos ó- 
afectos á la autoridad de la Iglesia romana. Unos y 
otros andan guiados por un instinto muy certero en 
ese odio que profesan á los jesuítas; porque, en reali- 
dad, no encontraron jamás adversario más temible. 
Ésta es una reflexión sobre la que deben meditar los 
católicos sinceros, que, por una ú otra causa, abriguen 
prevenciones injustas. Recordemos que, cuando se tra- 
ta de formar concepto sobre el mérito y conducta de 
un hombre, es muy á menudo un seguro expediento, 
para decidirse entre opiniones encontradas; el pregun- 
tar quiénes son sus enemigos. 

Fijando la atención sobre el instituto de los jesuítas, 
la época de su fundación, y la rapidez y magnitud de 
sus progresos, se confirma más y más la importante 
verdad que he notado anteriormente, á saber: la admi- 
rable fecundidad de la Iglesia católica para acudir con 
algún pensamiento digno de ella á todas las necesida- 
des que se van presentando. El Protestantismo com- 
batía los dogmas católicos con lujoso aparato de erudi^ 
ción y de saber; el brillo de las letras humanas, el 
conocimiento de las lenguas, el gusto por los modelos 



— 109 — 

,<le la antigüedad, todo se empleaba contra la religión, 
•con una constancia y ardor dignos de mejor causa. Ha- 
'€Íanse increíbles esfuerzos para destruir la autoridad 
pontificia; ó, ya que esta destrucción no fuera posible 
en algunas partes, se procuraba, á lo menos, desacre- 
ditarla y enflaquecerla. El mal cundía con velocidad 
terrible, el mortífero tósigo circulaba ya por las venas 
de una considerable porción de los pueblos de Europa, 
el contagio amenazaba propagarse á los países que ha- 
bían permanecido fieles á la verdad; y, para colmo de 
infortunio, el cisma y la herejía atravesaban los ma- 
res, yendo á corromper la fe pura de los sencillos neó- 
fitos en las regiones del nuevo mundo. ¿Qué debía ha- 
•cerse en semejante crisis? El remedio de tamaños males, 
¿podía encontrarse en los expedientes ordinarios? ¿Era 
dable hacer frente á tan graves é inminentes peligros, 
echando mano de armas comunes? ¿No era convenien- 
te fabricarlas adrede para semejante lucha, de temple 
acomodado al nuevo género de combate, con la mira 
de que la causa de la verdad no pelease con desventaja 
en la nueva arena? Es indudable. La aparición de los 
jesuítas fué la digna respuesta á estas cuestiones; su 
instituto, la resolución del problema. 

El espíritu de los siglos que iban á comenzar, era 
esencialmente de adelanto científico y literario; el ins- 
tituto de los jesuítas no desconoce esta verdad, la com- 
prende perfectamente; es necesario marchar con rapi- 
dez, no quedarse rezagado en ningún ramo de conoci- 
mientos; y así lo ejecuta y los conduce todos de frente, 
y no permite que nadie le aventaje. Se estudian las 
lenguas orientales, se hacen grandes trabajos sobre la 
Biblia, se revuelven las obras de los antiguos Padres, 
los monumentos de las tradiciones y decisiones ecle- 
siásticas: Jos jesuítas se hallan en su puesto, y obras 
sobresalientes sobre estas materias salen en abundan- 
cia de sus colegios. Se ha difundido por Europa el gus- 
to de las controversias sobre el dogma, en muchas par- 
tes se conserva todavía la afición á las discusiones es- 
fíolásticas: obras inmortales de controversia salen de 



— no — 

los jesuítas, al propio tiempo que á nadie ceden en la 
habilidad y la sutileza de las escuelas. Las matemáti- 
cas, la astronomía, todas las ciencias naturales van 
tomando vuelo, fúndanse en las capitales de Europa 
sociedades de sabios para cultivarlas y fomentarlas: los- 
jesuítas se distinguen en esta clase de estudios, y bri- 
llan con alto renombre en las grandes academias. El 
espíritu de los siglos es de suyo disolvente, y el insti- 
tuto de los jesuítas está pertrechado de preservativos 
contra la disolución; y, á pesar de la velocidad de su 
carrera, marcha compacto, ordenado, como la masa de- 
un grande ejército. Los errores, las eternas disputas^ 
el sinnúmero de opiniones nuevas, los mismos progre- 
sos de las ciencias, exaltan los ánimos, comunicando 
al espíritu humano una volubilidad funesta; un impe- 
tuoso torbellino lo lleva todo agitado y revuelto: el 
instituto de los jesuítas figura en medio de ese torbe- 
llino, pero no se resiente de esa inconstancia y volubi- 
lidad, antes sigue su rumbo sin extraviarse, sin ladear- 
se; y, cuando en sus adversarios sólo se descubre la 
irregularidad de una conducta vacilante, ellos mar- 
chan con paso seguro, se enderezan á su objeto, seme- 
jantes al planeta que recorre bajo leyes constantes el 
curso de su órbita. La autoridad pontificia era comba- 
tida con encarnizamiento por los protestantes, y ata- 
cada indirectamente por otros con disimulo y cautela: 
los jesuítas se le muestran fielmente adictos, la defien- 
den dondequiera que se halle amenazada, y cual celo- 
sas atalayas están velando siempre por la conservacióa 
de la unidad católica. Su saber, su influencia, sus ri- 
quezas, nunca disminuyen la profunda sumisión á la 
autoridad de los Papas con que desde un principio se 
distinguieron. Con el descubrimiento de nuevas regio- 
nes en Oriente y Occidente, se ha desplegado en Euro- 
pa el gusto de los viajes, de la observación de tierras 
lejanas y del conocimiento de las lenguas, usos y cos- 
tumbres de sus habitantes: los jesuítas, desparramados 
por la faz del globo, mientras predican el Evangelio á 
todas las naciones, no olvidan el estudio de cuantol 



- 111 — 

pueda interesar á la culta Europa; y, al regresar de su» 
colosales expediciones, enriquecen con preciosos teso- 
ros el caudal de la ciencia moderna. 

¿Qué extraño, pues, si los protestantes se desencade- 
naron con tanto furor contra este instituto, viendo, 
como veían, en él un adversario tan temible? Nada 
más natural que en este punto se hallasen acordes con 
ellos todos los demás enemigos de la religión, ora se 
mostrasen tales sin disfraz, ora se ocultaran con más 6 
menos embozo. Ellos encontraban en los jesuítas un 
muro de bronce en que se estrellaban los ataques con- 
tra la religión católica; propusiéronse minar ese muro, 
derribarlo, y al fin lo consiguieron. Pocos años habían 
transcurrido desde la supresión de los jesuítas, y la 
memoria de los grandes crímenes que se les imputaban, 
se había borrado completamente con los estragos de 
una revolución sin ejemplo. Los incautos que de bue- 
na fe habían dado crédito á las insidiosas calumnias, 
pudiéronse convencer de que las riquezas,^el saber, la 
influencia, la pretendida ambición de los jesuítas, na 
les hubieran sido tan fatales, como llegaron á creer: 
esos religiosos no hubieran volcado ningún trono, ni 
decapitado en un cadalso á ningún rey. 

Al echar M. Guizot una ojeada sobre la civilización 
europea, no ha podido menos de encontrarse con los 
jesuítas; y menester es confesar que no les ha hecho la 
justicia debida. Después de haberse lamentado de la 
inconsecuencia de la reforma protestante y del espíri- 
tu limitado que la ha dirigido; después de confesar 
que los católicos sabían bien lo que deseaban y lo que 
hacían, que partían de principios íijos, que marchaban 
hasta sus últimas consecuencias, que nunca ha existi- 
do gobierno más consecuente que el de la Iglesia ro- 
mana, que la Corte de Roma ha tenido siempre una 
idea fija y ha guardado una conducta regular y cohe- 
rente; después de haber ponderado la fuerza que se ad- 
quiere con este pleno conocimiento de lo que se hace 
y de lo que se desea, con esta formación de un desig- 
nio, con esta completa y cabal adopción de un princi- 



— 112 — 

pió y de un sistema; es decir, después de haber traza- 
do sin pensarlo un brillante panegírico y muy sólida 
apología de la Iglesia católica, encuentra como de paso 
vá los jesuítas, y pretende arrojar sobre ellos una man- 
cha: cosa indigna de un entendimiento como el suyo, 
que, para adquirirse justo renombre, no necesita que- 
mar incienso á las preocupaciones vulgares ni á pasio- 
nes mezquinas. «Nadie ignora, dice, que el principal 
poder creado para luchar contra la revolución religio- 
■:sa fueron los jesuítas; abrid su historia y veréis que 
rSiempre se han estrellado sus tentativas, que donde- 
quiera que han intervenido con alguna extensión, han 
llevado siempre la desgracia á la causa en que se mez- 
claron: en Inglaterra perdieron á los reyes y en Espa- 
ña al pueblo.» Antes nos había ponderado M. Guizot 
las ventajas que dan sobre los adversarios una conduc- 
ta regular y coherente, la completa y cabal adopción 
de un sistema, la fijeza en una idea; con motivo de todo 
•esto, como expresión del sistema de la Iglesia, nos pre- 
senta á los jesuítas; y he aquí que, sin que uno co- 
lumbre la causa, el escritor cambia repentinamente de 
rumbo, desaparecen de sus ojos todas las ventajas del 
sistema ensalzado, pues que aquellos que le siguen, 
^s decir, los jesuítas, se estrellan en todas sus tentati- 
vas, y llevan la desgracia á la causa que sirven. ¿Quién 
puede conciliar semejantes aserciones? El poderío, la 
influencia, la sagacidad de los jesuítas, se habían he- 
<:ho proverbiales; lo que se les había achacado, era el 
haber extendido demasiado sus miras, el haber conce- 
bido planes ambiciosos, el haberse granjeado con su 
habilidad un decidido ascendiente dondequiera que 
pudieron introducirse; los mismos protestantes habían 
confesado abiertamente que los jesuítas eran sus más 
temibles adversarios; siempre se había creído que el 
resultado de la fundación de este instituto había sido 
inmenso; pero ahora sabemos por M. Guizot que los 
jesuítas siempre se han estrellado en sus tentativas, y 
que su apoyo era de tan poco valer, que la causa por 
ellos servida podía estar segura de atraerse la fatalidad 



— 113 — 

y la desgracia. Si tan malos servidores eran, ¿por qué 
se buscat/an sus servicios con tanto afán? Si tan mal 
conducían los negocios, ¿cómo es que los principales 
iban á parar á sus manos? Adversarios tan torpes, ó tan 
infortunados, no debían, por cierto, levantar la polva- 
reda que ellos levantaron en el campo enemigo. 

«Perdieron en Inglaterra á los reyes, dice M. Guizot, 
y en España al pueblo»; nada más fácil que esas atre- 
vidas plumadas que en brevísimo rasgo encierran una 
grande historia, y que, haciendo pasar á los ojos del 
lector y con la velocidad del rayo, una infinidad de 
hechos agrupados y confundidos, no le dejan tiempo 
siquiera para mirarlos, y mucho menos para ieslin- 
darlos, como sería menester. M. Guizot debiera haber 
gastado algunas cláusulas para probar su aserción, in- 
dicándonos los hechos y apuntando las razones an que 
se apoya, para afirmar que la influencia de los jesuítas 
ha sido tan funesta. Por lo tocante á la pórdida de los 
reyes de Inglaterra, es impocible inteirarse en un 
examen de las levoluciones religiosas y oolíticas que 
agitaron y lesoJ'üOn aquel país durante dos siglos, 
después del cisma de Enrique VIII: esas revoluciones 
€n la inmensidad de su órbita se presentan con fases 
muy diferentes, que, desfiguradas, además, y adulte- 
radas por los protestantes, quienes tenían en su favor 
un argumento que, si no es convincente, á lo menos 
es decisivo, el triunfo, han dado ocasión á que algunos 
incautos hayan creído que los desastres de Inglaterra 
fueron debidos en buena parte á la imprudencia de los 
católicos; y, como corolario indispensable, á las pre- 
tendidas intrigas de la Compañía de Jesús. Gomo quie- 
ra, el movimiento católico desplegado en Inglaterra de 
medio siglo á esta parte, y los grandes trabajos que se 
están haciendo en vindicación del Catolicismo, van 
disipando las calumnias con que se la había afeado; 
bien pronto la historia de los últimos tres siglos que- 
dará refundida cual conviene, y la verdad ocupará ei 
puesto que le corresponde. Esta reflexión me excusa 
•de entrar en pormenores sobre el hecho afirmado por 

T. III 8 



— 114 — 

M. Guizot, pero no me es dado dejar sin contestad(5i> 
lo que tan gratuitamente establece con respecto á Es- 
paña. 

Afirma el citado publicista que los jesuítas perdieronr 
en España al pueblo: yo hubiera deseado que ^I. (iui- 
zot nos dijera á qué perdición del pueblo refiere sus» 
palabras, á qué época alude; pues, recorriendo nuestra 
historia, no acierto á descubrir cuál es la perdición 
que los jesuítas acarrearon al pueblo; no adivino dón- 
de se fijaba la mirada de M. Guizot cuando esto decía.. 
El contraste de España con Inglaterra, y de pueblos 
con reyes, induce á sospechar que M. Guizot quiso- 
aludir á la libertad política; no parece qu»^ haya otra 
interpretación más fundada y más razonable; pero,, 
entonces se hace recio de creer que un hombre tan 
aventajado en esta clase de estudios, y qu'^ precisa- 
mente se estaba ocupando en hacer un curso de la his- 
toria general de la civilización europea, cayese en un 
error tan grave, padeciendo un imperdonable anacro- 
nismo Kn efecto: sea cual fuere el juicio de los publi- 
cistas sobre las causas que acarrearon la pérdida de la^ 
libertad política en España, y sobre los graves aconte- 
cimientos del tiempo de los Reyes Católicos, de Felipe 
el Hermoso, de doña Juana la Loca, y de la regencia 
de Gisneros, todos están conformes en que la guerra 
de las comunidades fué el suceso crítico, decisivo, para 
la libertad política de España; todos están de acuerdo 
en que á la sazón se hizo un esfuerzo por ambas par- 
les, y que la batalla de Villalar, y el suplicio de Padi- 
lla afirmaron y engrandecieron el poder real, disipando 
las esperanzas de los amantes de las libertades anti- 
guas. Pues bien, la batalla de Villalar se dio en 1521: á 
esta fecha los jesuítas no existían aún, y Sun Ignacio, 
su fundador, no era más todavía que un gallardo ca- 
ballero que peleaba como un héroe en lo* muros de 
Pamplona. Esto no tiene réplica: toda la filosofía y 
toda la elocuencia no bastan á borrar las fechas. Du- 
rante el siglo decimosexto, anduvieron reuniéndose 
las Cortes con más ó menos frecuencia, con más ó me- 



— 115 — 

nos influjo, sobre todo en la Corona de Aragón; pero, 
es más claro que la luz del día que el poder real lo 
avasallaba ya todo, que nada era capaz de resistirle, y 
la desgraciada tentativa de los aragoneses, cuando el 
negocio de D. Antonio Pérez, es buen indicio de que 
no se conservaban más vestigios de la libertad anti- 
gua, sino los que no se oponían á la voluntad de lo& 
reyes. Algunos años después de la guerra de las comu- 
nidades, Garlos V dio el último golpe á las Cortes de 
Castilla, excluyendo de ellas el clero y la nobleza, de- 
jando tan sólo el estamento de procuradores: débil re- 
paro contra las exigencias y basta las meras insinua- 
ciones de un monarca, en cuyos dominios no se ponía 
el sol. Dicha exclusión se verificó en 1538: en aquella 
época San Ignacio estaba ocupado en la fundación de 
su instituto, los jesuítas en nada pudieron influir. 

Todavía más: después de establecidos los jesuítas en 
España, nunca ejercieron su influencia contra la liber- 
tad del pueblo. En sus cátedras no se enseñaron doc- 
trinas favorables al despotismo: si mostraron sus debe- 
res al pueblo, también se los recordaron á los reyes; si 
querían que los derechos del monarca fuesen respeta- 
dos, tampoco sufrían que se pisasen los del pueblo. En 
confirmación de esta verdad, apelo al testimonio de los 
que hayan leído los escritos de los jesuítas de aque- 
lla época sobre materias de derecho público. 

«Los jesuítas, prosigue M. Guizot, fueron llamados á. 
luchar contra el curso general de los sucesos, contra el 
desarrollo de la civilización moderna, contra la liber- 
tad del espíritu humano.» Si el curso general de los- 
sucesos no es más que el curso general del Protestan- 
tismo, si el desarrollo de éste es el desarrollo de la ci- 
vilización moderna, si la libertad del espíritu humana 
no consiste en otra cosa que en el funesto orgullo y en 
la desatendida independencia que le comunicaron los- 
pretendidos reformadores, entonces es mucha verdad 
lo que afirma M. Guizot; pero, si algo ha de pesar en 
la historia de Europa la conservación del Catolicismo, 
8i algo ha de valer su influencia en los últimos tre& 



— 116 — 

siglos, si los reinados de Carlos V, de Felipe II y de 
Luis XIV no se han de borrar de la historia moderna, 
si se ha de tener en cuenta ese inmenso contrapeso 
<iue sostenía el equilibrio de las dos religiones, si pue- 
de figurar dignamente en el cuadro de la civilización 
moderna la religión que profesaron Descartes, Male- 
branche, Bossuet y Fenelón, entonces no se atina 
cómo los jesuítas, defendiendo intrépidamente el Ca- 
tolicismo, pudieron luchar contra el curso general de 
los sucesos, contra el desarrollo de la civilización mo- 
derna, contra la libertad del espíritu humano. 

Dado el primer paso en tan falso terreno, continúa 
M. Guizot resbalando de una manera lastimosa. Llamo 
muy particularmente la atención de los lectores sobre 
las contradicciones patentes que van á oir. «No se ve, 
dice, en sus planes ningún brillo, no se descubre en 
sus obras ningún grandor»; el publicista olvida com- 
pletamente lo que acaba de asentar, ó mejor diremos, 
lo retracta sin rodeos, cuando á pocas líneas de distan- 
cia añade: «y, sin embargo, nada hay más cierto, ellos 
han tenido grandor, el grandor de una idea, que va 
unida á su nombre, á su influencia, á su historia. Los 
jesuítas sabían lo que hacían y lo que querían, tenían 
un conocimiento pleno y claro de los principios en 
que estribaban y del objeto á que se dirigían; en una 
palabra, tuvieron el grandor del pensamiento, y el 
grandor de la voluntad.» Preguntaremos á M. Guizot: 
«¿Cómo es posible que no haya brillo en los planes, ni 
grandor en las obras, cuando hay grandor de idea, 
grandor de pensamiento, grandor de voluntad? El ge- 
nio en sus más grandes empresas, en la realización de 
los más gigantescos proyectos, ¿qué pone más de su 
parte, sino un pensamiento grande, y una voluntad 
grande? El entendimiento concibe, la voluntad ejecu- 
ta; aquél forma el modelo, ésta le aplica; con grandor 
en el modelo, con grandor en la ejecución, ¿puede fal- 
tar grandor á la obra?» 

Continuando M. Guizot su tarea de rebajar á los je- 
suítas, forma un paralelo entre éstos y los protestan- 



— 117 — 

les, confundiendo de tal manera las ideas, y olvidán- 
dose hasta tal punto de la naturaleza de las cosas, que 
se haría muy difícil creerlo, si no lo atestiguaran de 
un modo indudable sus palabras. No advirtiendo que 
los términos de una comparación no deben ser de gé- 
neros totalmente distintos, pues en tal caso no hay 
medio de compararlos, pone en parangón un instituto 
religioso con naciones enteras, y hasta achaca á los 
jesuítas el que no levantaran en masa los pueblos, 
que no cambiasen la condición y forma de los Esta- 
dos. He aquí el pasaje á que se alude: «Obraron los 
jesuítas por caminos subterráneos, obscuros, subalter- 
nos; por caminos nada propios para herir la imagina- 
ción, ni granjearles ese interés público que inspiran 
las grandes cosas, sea cual fuere su principio y objeto. 
Al contrario, el partido con que lucharon los jesuítas, 
no solamente venció á sus enemigos, sino que triunfó 
con esplendor y gloria, hizo cosas grandes, y por me- 
dios igualmente grandes; levantó los pueblos, llenó la 
Europa de grandes hombres, mudó á la luz del día la 
condición y forma de los Estados: todo, en una pala- 
bra, estaba contra los jesuítas: la fortuna y las apa- 
riencias.» Sea dicho con perdón de M. Guizot; que es 
menester confesar que, para honor de su lógica, sería 
deseable que pudieran borrarse de sus escritos seme- 
jantes cláusulas. ¿Pues qué? ¿debían los jesuítas poner 
en movimiento las naciones, levantar en masa los pue- 
blos, cambiar la condición y form« de los Estados? ¿No 
habría sido bien extraña casta de religiosos, la que 
tales cosas hubiera hecho, ni aun imaginado? Se ha 
dicho de los jesuítas que tenían una ambición des- 
medida, que pretendían dominar el mundo: ahora, 
poniéndolos en parangón con sus adversarios, se les 
echa en cara el que éstos trastornaron el mundo, y se 
alega este mérito para deprimirlos á ellos. En verdad 
que los jesuítas no intentaron jamás imitar en este 
punto á sus enemigos; y en cuanto al espíritu de tur- 
bulencia y trastorno, ceden gustosos la palma á quien, 
de derecho corresponda. 



— 118 - 

Por lo que toca á los hombres grandes, si se habla de 
aquel grandor que cabe en las empresas de los minis- 
tros de un Dios de paz, tuvieron los jesuítas esas cali- 
dades en un grado superior á todo encarecimiento. Ora 
se tratase de los más arduos negocios, ora de los más 
colosales proyectos científicos y literarios, ora de via- 
jes dilatados y peligrosos, ora de misiones qu-e trajeran 
consigo los riesgos más inminentes, nunca se queda- 
ron atrás los jesuítas; antes al contrario, manifestaron 
un espíritu tan atrevido y emprendedor, que les gran- 
jeó el más alto renombre. Si los hombres grandes de 
que nos habla M. Guizot, son los inquietos tribunos 
que, acaudillando un pueblo sin freno, perturbaban 
la tranquilidad pública, si eran los militares protes- 
tantes, que se distinguieron en las guerras de Alema- 
nia, de Francia y de Inglaterra, la comparación carece 
de sentido, nada significa; pues que sacerdotes y gue- 
rreros, religiosos y tribunos, pertenecen á orden tan 
diferente, sus obras llevan un carácter tan diverso, 
que el parangón es imposible. 

La justicia exigía que, tratándose de formar parale- 
los de esta naturaleza, no se tomasen los jesuítas por 
«xtremo de comparación con los protestantes, á no ser 
que se hablase de los ministros reformados; y aun en 
este caso no hubiera sido del todo exacta, pues que, ea 
la gran contienda de las dos religiones, no se han en- 
contrado solos los jesuítas en la defensa del Catolicis- 
mo. Grandes prelados, santos sacerdotes, sabios emi- 
nentes, escritores de primer orden, ha tenido la Iglesia 
durante los tres últimos siglos, que, sin embargo, no 
pertenecieron á la Compañía; ésta fué uno de los prin- 
cipales atletas, pero no el único. Si se quería comparar 
el Protestantismo con el Catolicismo, á las naciones 
protestantes era menester oponerles las naciones cató- 
licas, con sacerdotes comparar otros sacerdotes, coa 
sabios otros sabios, con políticos otros políticos, con 
guerreros otros guerreros; lo contrario es confundir 
monstruosamente los nombres y las cosas, y contar 
más de lo que conviene con la poca inteligencia y ex-| 



— tl9 — 

tremada candidez de ojentes y lectores. Á buen segu- 
ro que, siguiéndose el indicado método, no aparecería 
■el Protestantismo tan brillante, tan superior, como pre- 
tendió mostrar el publicista: ni en la pluma, ni en la 
aspada, ni en la habilidad política, bien sabe M. Gui- 
íot que los católicos no ceden á los protestantes. Ahí 
está la historia: consultadla. 



CAPITULO XLVII 



Al fijar la vista sobre el vasto é interesante cuadro 
^que despliegan á nuestros ojos las comunidades reli- 
giosas; al recordar su origen, sus varias formas, sus vi- 
cisitudes de pobreza y de riqueza, de abatimiento y de 
prosperidad, de enfriamiento y de fervor, de relajación 
y de austeras reformas; al pensar en la influencia que 
l)ajo tantos aspectos han ejercido sobre la sociedad, 
hallándose ésta en las situaciones más diferentes; al 
verlas subsistir todavía retoñando acá y acullá, á pe- 
sar de todos los esfuerzos de sus enemigos, pregúntase 
uno naturalmente: y ahora ¿cuál será su porvenir? En 
unas partes se han disminuido, como va cayendo un 
muro sordamente minado por el tiempo; en otras des- 
aparecieron en un instante, como arboleda arrasada 
por el soplo del huracán; y, además, á primera vista 
pudieran parecer condenadas sin apelación por el es- 
píritu del siglo. La entronización de la materia, exten- 
diendo por todas partes sus dominios, consintiendo 
apenas un instante de tiempo al espíritu para reco- 
gerse á meditar, y no dejando casi lugares en la tierra 
donde no llegue el estrépito del movimiento indus- 
trial y mercantil, diríase que viene á confirmar el fallo 
<ie la filosofía irreligiosa, contra una clase de hombres 
consagrados á la oración, al silencio y á la soledad. Sin 
embargo, los hechos van desmintiendo esas conjetu- 
ras; y, mientras el corazón del cristiano conserva to- 



— 120 — 

davía halagüeñas esperanzas, que se van robustecien- 
do y aliviando más y más cada día; mientras admira» 
la mano de la Providencia, que así lleva á cabo sus 
altos designios, burlando los vanos pensamientos del 
hombre, ofrécese también al filósofo campo anchuroso 
de meditaciones, para calcular el porvenir probable de 
las comunidades religiosas, y columbrar la influen- 
cia que les está reservada en los destinos de la so- 
ciedad. 

Ya hemos visto cuál es el verdadero origen de los 
institutos religiosos; hémosle encontrado en el mismo 
espíritu de la religión católica; y la historia confirma 
nuestro juicio en esta parte, diciéndonos que estos 
institutos han aparecido dondequiera que se estable- 
ció la religión. Con esta ó aquella forma, con estas ó 
aquellas reglas, con este ó aquel objeto; pero el hecho 
es siempre el mismo; de lo que podemos inferir que, 
donde el Catolicismo se conserve, volverán á presen- 
tarse de una ú otra manera. Éste es un pronóstico, que 
puede hacerse con entera seguridad; no es de temer 
que le desmientan los tiempos. 

Vivimos en un siglo anegado en un materialismo 
voluptuoso; lo que se llama intereses positivos, ó en 
términos más claros, el oro y los placeres, han adqui- 
rido tal ascendiente, que al parecer hay algún riesgo 
de que ciertas sociedades retrocedan á las costumbres 
del paganismo, cuya religión venía á ser en el fondo la 
divinización de la materia. Pero, en medio de ese cua- 
dro tan aflictivo, cuando el espíritu está angustiado y 
pronto á desfallecer, nótase que el alma del hombre- 
no ha muerto aún, y que la elevación de ideas, la no- 
bleza y dignidad de los sentimientos, no están deste- 
rrados del todo de la faz de la tierra. El espíritu hu- 
^ mano se siente demasiado grande para limitarse á ob- 
jetos pequeños; conoce que puede remontarse máe 
alto todavía que un globo henchido de vapor. 

Reparad lo que sucede con respecto al adelanto in- 
dustrial. Esas máquinas humeantes qne salen de nues- 
tros puertos con la velocidad de una flecha para atra« 



t 



— 121 — 

vesar la inmensidad de los mares; esas otras que cru- 
zan las llanuras, que penetran en el corazón de las 
montañas, que realizan á nuestros ojos lo que hubie- 
ra parecido un sueño á nuestros antepasados; esas 
otras que comunican movimiento á colosales fábricas, 
y que, semejantes á la acción de un mago, hacen ju- 
gar un sinnúmero de instrumentos para elaborar con 
indecible precisión los productos más exquisitos; todo 
esto, por grande, por admirable que sea, ya no nos- 
asombra, ya no llama más vivamente nuestra aten- 
ción, que la generalidad de los objetos que nos ro- 
dean. El hombre siente que es más grande todavía 
que esas máquinas, que esos artefactos; su corazón es » 
un abismo que con nada se llena; dadle el mundo 
entero, y el vacío será el mismo. La profundidad es 
insondable; el alma, criada á imagen y semejanza de 
Dios, no puede estar satisfecha sino con la posesión 
de Dios. 

La religión católica está avivando de continuo esos 
altos pensamientos, señala sin cesar con el dedo ese 
inmenso vacío. En los tiempos de la barbarie, colocóse 
en medio 'de pueblos groseros é ignorantes, para con- 
ducirlos á la civilización; ahora permanece entre los 
pueblos civilizador para prevenirlos contra la disolu- 
ción que les amenaza. Nada le importan ni la frialdad 
ni el desprecio con que le responden la indiferencia y 
la ingratitud; ella clama sin cesar, dirige infatigable 
sus amonestaciones á los fieles, hace resonar su voz á 
los oídos del incrédulo, y se conserva intacta, inmuta- 
ble, en medio de la agitación é instabilidad de las co- 
sas humanas. Así vemos esas admirables basílicas quer^ 
nos ha legado la antigüedad más remota, permanecer 
enteras al través de la acción de los tiempos^ de las re- 
voluciones y trastornos; en derredor de ellas se levan- 
tan y desaparecen sucesivamente las habitaciones del 
mortal, los palacios del poderoso, como la choza del 
pobre; el negruzco edificio se presenta como una apa- 
rición misteriosa y sombría en medio de una campiña 
halagüeña y de las brillantes fachadas que la rodean ^ 



— 122 — 

SVL gigantesca cúpula anonada todo cuanto se encuen- 
tra á sus inmediaciones; su atrevida flecha se remonta 
liasta el cielo. 

Los trabajos de la religión no quedan sin fruto; los 
entendimientos más claros van conociendo su verdad; 
y aun aquellos que se resisten á sometérsele en obse- 
quio de la fe, confiesan su belleza, su utilidad, su ne- 
cesidad; la miran como el hecho histórico de la mayor 
importancia, y están acordes en que de ella dependen 
el buen orden y la felicidad de las familias y de los 
Estados. Pero Dios, que vela por la conservación de la 
Iglesia, no se contenta con esas confesiones de la filo- 
sofía; raudales de omnipotente gracia descienden de lo 
alto, el Espíritu Divino se derrama y renueva la faz de 
ia tierra. De en medio del bullicio de un mundo co- 
rrompido é indiferente, lánzanse á menudo hombres 
privilegiados, cuyas frentes ha tocado la llama de la 
inspiración, y cuyos corazones están abrasados por el 
fuego de celeste amor. En el retiro de la soledad, en la 
meditación de las verdades eternas, adquieren el alto 
temple del alma, necesario para llevar á cabo las más 
arduas empresas; y, arrostrando la burla y la ingrati- 
tud, se consagran al servicio y consuelo de la huma- 
nidad desgraciada, á la educación de la infancia, á la 
conversión de los pueblos idólatras. La religión católi- 
'Ca subsistirá hasta la consumación de los siglos; y, 
mientras ella dure, existirán esos hombres privilegia- 
dos que Dios separa de los demás para llamarlos, ó á 
una santidad extraordinaria, ó al consuelo y alivio de 
los males de sus hermanos; y esos hombres se busca- 
rán recíprocamente, se reunirán para orar, se asocia- 
rán para ayudarse en sus designios, pedirán la bendi- 
ción apostólica al Vicario de Jesucristo, y fundarán 
institutos religiosos. Que sean los antiguos, pero mo- 
-dificados; que sean otros enteramente nuevos, que 
tengan esta ó aquella forma, este ó aquel método de 
vida, que vistan este ó aquel traje; todo esto nada im- 
jporta: el origen, la naturaleza, el objeto no habrán va- 
riado en su esencia; en vano los esfuerzos del hombre 
je opondrán á los milagros de la gracia. 



— 123 — 

El mismo estado de las sociedades actuales reclama- 
rá la existencia de institutos religiosos; porque, cuan- 
,<lo se haya examinado más á fondo la organización de 
ios pueblos modernos, cuando el tiempo, con sus 
amargas lecciones, con sus terribles desengaños, haya 
podido aclarar algo más la verdadera situación de las 
€osas, se palpará que en el orden social, como en el 
político, se han padecido mayores equivocaciones de 
lo que se creé todavía, á pesar de lo mucho que se 
han rectificado ya las ideas, merced á tantos y tan do- 
lorosos escarmientos. 

Es evidente que las sociedades actuales carecen de 
los medios que han menester para hacer frente á las 
necesidades que les aquejan. La propiedad se divide y 
gubdivide más y más, y va haciéndose todos los días 
más inconstante y movediza; la industria aumenta 
sus productos de un modo asombroso: el comercio va 
extendiéndose en escala indefinida; es decir, que se 
está tocando al término de la pretendida perfección 
social, señalado por esa escuela materialista que no ha 
visto en los hombres otra cosa que máquinas, ni ha 
imaginado que la sociedad pudiese encaminarse á ob- 
jeto más útil y grandioso que á un inmenso desarrollo 
délos intereses materiales. En la misma proporción 
del aumento de l»s productos ha crecido la miseria; y 
para todos los hombres previsores es claro como la luz 
del día que las cosas llevan una dirección errada; que, 
si no puede acudirse á tiempo, el desenlace será fatal; 
y que esa nave, que marcha veloz con viento en popa 
y á velas desplegadas, se encamina derechamente á un 
escollo donde perecerá. La acumulación de riquezas, 
causada por la rapidez del movimiento industrial y 
mercantil, tiende al planteo de un sistema que explote 
en beneficio de pocos el sudor y la vida d« todos; pero 
«sta tendencia halla su contrapeso en las ideas nivela- 
doras que bullen en tantas cabezas y que, formulán- 
dose en diferentes teorías, atacan más ó mañosa las 
claras la actual organización del trabajo, la distribu- 
ción de sus productos, y hasta la propiedad. Masas in- 



— 124 — 

mensas, sufriendo la miseria y privadas de instrucción 
y de educación moral, se hallan dispuestas á sostener 
la realización de proyectos criminales é insensatos, el 
día que una funesta combinación de circunstancias 
haga posible el ensayo. No es necesario confirmar con 
hechos las tristes aserciones que acabo de emitir; la 
experiencia de cada día las confirma demasiado. 

En vista de situación semejante, puédese preguntar 
á la sociedad ¿de qué medios dispone, ni para mejorar 
el estado de las masas, ni para dirigirlas y contener- 
las? Claro es que para lo primero no basta la inspira- 
ción del interés privado, ni el instinto de conservación 
de las clases más acomodadas. Éstas, propiamente ha- 
blando, tales como existen en la actualidad, no tienen 
el carácter de clase; no hay más que un conjunto de 
familias, que salieron ayer de la obscuridad y de la 
pobreza y que marchan rápidamente á hundirse allí 
mismo de donde salieron; cediendo así ^1 puesto á 
otras que van á recorrer el mismo círculo. Nada se 
descubre en ellas de fijo ni estable; viven en el día de 
hoy sin pensar en el de mañana; no son como la anti- 
gua nobleza, cuya cuna se perdía en las tinieblas de la 
antigüedad más remota, y cuya organización y robus- 
tez prometían largos siglos de vida. En este caso, po- 
día seguirse un sistema, y se seguía, en efecto; porque 
lo que vivía hoy, estaba seguro de vivir mañana. Aho- 
ra todo es inconstante, movedizo; los individuos, como 
las familias, se afanan para aiñontonar; pero su sed de 
tesoros no es para fundar el apoyo que haya de soste- 
ner al través de los siglos la ostentación y el aparato 
de una clase ilustre; se atesora hoy, para gozar hoy 
mismo; y el presentimiento de la poca duración au- 
menta el vértigo del frenesí disipador. Pasaron aque- 
llos tiempos en que las familias opulentas se esmera- 
ban á porfía para fundar algún establecimiento dura- 
dero, que atestiguase su generosidad, y perpetuase la 
fama de su nombre; los hospitales y demás casas de 
beneficencia no salen de las arcas de los banqueros, 
■como salían de los antiguos castillos, abadías é igle^ 



t 



— 125 — 

sias. Es preciso confesarlo, por más triste que sea: las 
•clases acomodadas de la sociedad actual no cumplen 
el destino que les corresponde: los pobres deben res- 
petar la propiedad de los ricos; pero los ricos, á su vez, 
están obligados á socorrer el infortunio de los pobres; 
así lo ha establecido Dios. 

Infiérese de lo que acabo de exponer, que falta en la 
organización social el resorte de la beneficencia. Ésta 
se ejerce, es verdad, pero como un ramo de adminis- 
tración; y téngase presente que la administración no 
constituye la sociedad; la supone ya existente, forma- 
da; y cuando se pide la salvación de ésta á los medios 
puramente administrativos, se intenta una cosa que 
está fuera del orden de la naturaleza. En vano se ima- 
ginarán nuevos expedientes, en vano se trazarán in- 
geniosos planes, en vano se tantearán nuevos ensayos; 
la sociedad ha menester un agente de más alcance. Ne- 
cesario es que el mundo se someta ó á la ley del amor 
ó la ley de la fuerza, á la caridad ó á la esclavitud: to- 
dos los pueblos que no han tenido la caridad, no han 
encontrado otro medio de resolver el problema social, 
que el de sujetar el mayor número á ese estado degra- 
dante. La razón enseña y la historia acredita que el 
orden público, que la propiedad, que la sociedad mis- 
ma, no pueden subsistir sino optando entre dichos ex-' 
tremos; las sociedades modernas no podrán eximirse 
de la ley general; los síntomas que nosotros presencia- 
mos indican, de una manera nada equívoca, los acon- 
tecimientos reservados á las generaciones que nos han 
de suceder. 

Afortunadamente existe todavía sobre la tierra el 
fuego de la caridad; pero le precisan á estar entre ceni- 
zas la indiferencia y las preocupaciones impías, alar- 
mándose con las chispas que despide de vez en cuando, 
como si amenazara con funesto incendio. Aumentando 
«1 desarrollo de las instituciones basadas exclusiva- 
mente sobre la caridad, palparíanse en breve los salu- 
dables resultados y la superioridad que llevan sobre 
todo cuanto se funda en principios diferentes. No es 



— 126 — 

dable hacer frente á las necesidades indicadas, sino 
organizando en una vasta escala sistemas de benefi- 
cencia regida por la caridad; y esa organización no» 
puede plantearse sin institutos religiosos. Es induda- 
ble que los cristianos, viviendo en medio del «iglo, 
pueden formar asociaciones que llenen más ó menos 
cumplidamente dicho objeto; pero quedan siempre un 
sinnúmero de atenciones que no pueden cubrirse sin 
la cooperación de hombres exclusivamente consagra- 
dos á ellas. Necesítase, además, un núcleo, que sirva 
de centro á todos los esfuerzos, y que, ofreciendo en 
su propia naturaleza una garantía de conservación, 
impida las interrupciones, los vaivenes, inevitables- 
cuando concurren muchos agentes que no tienen en- 
tre sí un lazo bastante fuerte para preservarlos de la 
separación, de la dispersión y quizás de la lucha 

Este vasto sistema de que estamos hablando, áehe 
extenderse no sólo á los raínos de beneficencia, talet 
como se los entiende comunmente, sino también á la 
educación é instrucción de la clase más numerosa. La 
fundación de escuelas será estéril, cuando no dañosa^ 
mientras no estén cimentadas sobre la religión, y este 
cimiento será sólo de nombre, mientras la dirección de 
ellas no pertenezca á los ministros de la religión mis- 
ma. El clero secular puede llenar una parte de esta& 
atenciones, pero no todas: ni su número ni sus otros 
deberes le permiten extender su acción en la escala 
dilatadísima que reclaman las necesidades de la épo- 
ca. De lo que se infiere que la propagación de los ins- 
titutos religiosos tiene en la actualidad una importan- 
cia social, que no puede desconocerse, si no se quieren 
cerrar los ojos á la evidencia de los hechos. 

Reflexionando sobre la organización de las naciones 
europeas, échase de ver desde luego que alguna c^usa 
funesta ha torcido su verdadera marcha; pues que se 
hallan indudablemente en una posición tan singular, 
que no puede haber sido el resultado de los principios 
que les dieron origen é incremento. Salta á los ojos 
que esa muchedumbre innumerable que se hulla en 



— 127 — 

medio de la sociedad, disponiendo libremente de todas"' 
sus facultades, no ha podido, en el estado en que se 
halla, entrar en el primitivo diseño, en el plan de la^ 
verdadera civilización europea. Guando se crean fuer- 
zas, es necesario saber qué se hará de ellas, cómo se 
les ha de comunicar movimiento y dirección; de lo 
contrario, sólo se preparan rudos choques, agitación 
indefinida, desórdenes destructores. El maquinista 
que no puede introducir en su artefacto una fuerza sin 
quebrantar la harmonía de las otras, se guarda muy 
bien de emplearla; y sacrifica gustoso la mayor veloci- 
dad, el mayor impulso del sistema, á las indispensa- 
bles exigencias de la conservación de la máquina y 
del orden y utilidad de las funciones. En la sociedad 
actual existe esta fuerza, que no se halla en harmonía* 
con las otras; y los encargados de la dirección de la 
máquina se toman escaso trabajo para obtener esa 
harmonía que falta. Ningún medio eficaz obra sobr© ^ 
las masas del pueblo, si no es una sed ardiente de me- 
jorar su situación, de alcanzar comodidades, de obte- 
ter los goces de que disfrutan las clases ricas; nada 
para inclinarlas á resignarse á la dureza de la suerte, 
nada para consolarlas en su infortunio, nada para ha- 
cerles llevaderos los males presentes, con la esperanza 
de mejor porvenir; nada para inspirarles el respeto á la- 
propiedad, la obediencia á las leyes, la sumisión al 
gobierno; nada que engendre en sus ánimos la grati- 
tud por las clases poderosas, que temple sus rencores, 
que disminuya su envidia, que amanse su cólera; nada 
que eleve sus pensamientos sobre las cosas de la tie- 
rra, que despegue sus deseos de los placeres sensua- 
les; nada que forme en sus corazones una moralidad 
sólida, bastante á contenerlas en la pendiente del vi- 
cio y del crimen. 

Si bien se observa, para poner un freno á esasturbas,- 

los hombres del siglo cuentan con tres medios; ellos 

los consideran como suficientes, pero la razón y la ex- 

^ peiiencia los muestran muy ineficaces, y algunos has- 

j^ta dañosos: el interés privado bien entendido, la fuer- 



— 128 — 

"za pública bien empleada, y el enervamiento de los 
"» cuerpos con el enflaquecimiento del ánimo, que apar- 
tan á la plebe de los medios violentos. «Hagámosle en- 
^ tender al pobre, dice la filosofía, que él tiene también 
un interés en respetar la propiedad del rico; que sus 
facultades y su trabajo son también una verdadera 
propiedad, la cual á su vez no demanda menos respeto 
que las otras; mantengamos una fuerza pública impo- 
nente, siempre en disposición de acudir al punto de 
peligro y de ahogar en su nacimiento las tentativas de 
desorden; organicemos una policía, que como inmensa 
red se extienda sobre la sociedad, y á cuya escudriña- 
dora mirada nada pueda substraerse; abrevemos al 
pueblo con todo género de goces baratos, y proporcio- 
némosle los medios de imitar, en sus groseras orgías, 
los refinados placeres de nuestros teatros y salones: así 
sus costumbres se endulzarán, es decir, se enervarán; 
así la plebe será impotente para realizar grandes tras- 
tornos, sintiendo la flaqueza en su brazo, y la cobardía 
en su pecho.» De esta suerte puede formularse el sis- 
tema de los que se proponen dirigir la sociedad, y en- 
frenar las pasiones perturbadoras, sin echar mano de 
la religión. 

. Detengámonos un instante en el examen de esos me- 
dios. Muy fácil es escribir en bellas páginas que el po- 
bre tiene un interés en respetar la propiedad del rico, 
y que por esta sola consideración le conviene el pro- 
curar la conservación del orden establecido, aun de- 
jando aparte todos los principios morales, todo cuanto 
ser aparta del interés público material; es muy fácil es- 
cribir libros enteros exponiendo semejantes doctrinas; 
pero, la dificultad está en hacerlo entender así al des- 
graciado padre de familia, que, encadenado todo el día 
á un rudo trabajo, sumergido en una atmósfera ingra- 
ta y malsana, ó sepultado en las entrañas de la tierra 
excavando una mina, puede ganar apenas el sustento 
necesario para sí y para sus hijos; y que á la noche, al 
entrar en su mugrienta habitación, en vez de reposo y 
de alivio, encuentra el llanto de su mujer y de sus hi- 
jos que le piden un bocado de pan. 



— 129 — 

En verdad, no es extraño que semejante teoría no 
halle lisonjera acogida entre aquellos miserables, y 
que á tanto no pueda remontarse su inteligencia, que 
alcance cumplidamente la paridad entre los pobres y 
los ricos por lo tocante al interés de todos en el respe- 
to debido á la propiedad. Lo diremos sin robozo: si se 
destierran del mundo los principios morales, si se 
quiere cimentar exclusivamente sobre el interés pri- 
vado el respeto debido á la propiedad, las palabras di- 
rigidas á los pobres no son más que una solemne im- ' 
postura; es falso que su interés privado esté identificado 
del todo con el interés del rico. Suponed la revolución 
más espantosa, imaginad que se trastorna radicalmen- 
te el orden establecido, que el poder sucumbe, que to- 
das las instituciones se hunden, que las leyes desapa- 
recen, que las propiedades se reparten ó quedan aban- 
donadas al primero que de ellas se apodere; por de 
pronto el rico pierde, en esto no cabe duda, veamos lo 
que sucede ó puede suceder al pobre. ¿Le robarán su 
miserable ajuar? Nadie pensará en ello; la miseria no . 
tienta la codicia. Me diréis que le faltará el trabajo, y 
que en pos vendrá el hambre, es verdad; pero, ¿no ad- 
vertís que el pobre es entonces un jugador, y que la 
eventualidad de la pérdida que sufre con la falta de 
trabajo, se la compensan las probabilidades de tener 
una parte en el rico botín? Añadiréis que esta parte no 
le sería dado conservarla, pero, reflexionad que, si la 
suerte le trocara su pobreza en riqueza, no dejaría de 
imaginar para tal caso un nuevo orden, un nuevo arre- 
glo, un gobierno que le garantizase los derechos ad- 
quiridos, que no permitiese destruir los hechos consu- 
mados. ¿Le faltarían acaso modelos que imitar? ¿Han i 
podido tan fácilmente olvidarse ejemplos muy recien- 
tes? No deja de conocer que un número considerable 
de sus iguales sufrirá males sin cuento y sin compen- 
sación alguna; no desconoce que quizás él mismo per- 
tenecerá á este número desgraciado; pero, supuesto 
que no tiene otra guía que su interés, supuesto que 
los nuevos infortunios, llevados hasta el extremo, sólo 
T m 9 



— 130 — 

pueden acarrearle desnudez y hambre, cosas á las que- 
está ya muy acostumbrado, ora por la escasa retribu- 
ción de su trabajo, ora por la frecuente interrupción 
de éste á causa de las vicisitudes de la industria, na 
puede tacharse de temeraria su osadía, cuando se aven- 
tura al riesgo de aumentar algún tanto sus privacio- 
nes, con la esperanza de librarse de ellas, quizás para- 
siempre. Es cuestión de cálculo; y, en tratándose de 
interés propio, la filosofía no tiene derecho de arre- 
glarle al pobre sus cuentas. 

La fuerza pública y la vigilancia de la policía son los^ 
dos recursos en que se funda la principal esperanza, y 
por cierto que no sin razón, dado que en la actualidad 
á ellas se debe si el mundo no se trastorna de arriba^ 
abajo. No se ven ahora, como antiguamente, tropas de 
esclavos amarrados con cadenas, pero sí ejércitos ente- 
ros con el arma al brazo, guardando las capitales. Si 
bien se observa, después de tanto discurrir, después de 
tanto ensayar, después de tantas reformas y mudanzas, 
al fin las cuestiones de gobierno, de orden público, 
casi han venido á resolverse en cuestiones de fuerza. 
Mirad esa Francia: la clase rica tiene las armas en la 
mano para resistir á las tentativas de la pobre; y sobre 
una y otra están los ejércitos para sostener la tranqui- 
lidad á cañonazos cuando sea menester. 

Ciertamente no deja de ser curioso el cuadro que nos 
ofrecen en esta parte las naciones europeas. Desde la 
caída de Napoleón, las grandes potencias han disfruta- 
do de una paz octaviana, sin que merezcan llamar la^ 
atención los pequeños acontecimientos que en dife- 
rentes puntos la interrumpieron por algunos instan- 
tes: ni la ocupación de Ancona, ni la toma de Ambe- 
res, ni la guerra de Polonia, pueden figurar como 
guerras europeas; y la de España, limitada por su pro- 
pia naturaleza á reducido teatro, no podía ni atravesar 
los mares, ni salvar el Pirineo. Á pesar de «hias cir- 
cunstancias, figuran en la estadística de Europa ejér- 
citos inmensos, los presupuestos para su manutención 
son abrumadores y agotan los recursos de los erarios: 



- 131 - 

¿de qué sirve ese aparato militar? ¿Creéis, por ventura, 
que fuerzas tan colosales se sostienen únicamente para 
encontrarse preparados los gobiernos el día de una 
guerra general, de esa guerra que siempre amenaza y 
nunca estalla, y que no temen ni los mismos gobier- 
nos, ni los pueblos? No: se destina á otro objeto, á su- 
plir la falta de medios morales, que se hace sentir en 
todas partes de una manera lastimosa; y, más que en 
ningún otro punto, allí donde se proclamaron con más "* 
ostentación los nombres diQ justicia y libertad. 

El enervamiento de las clases numerosas por medio 
de un trabajo monótono y sin esfuerzo, y de un com- 
pleto abandono á los placeres, puede ser considerado 
por algunos como un elemento de orden; pues que así 
se quebranta ó se enflaquece el brazo que debería des-^ 
cargar el golpe. Menester es confesar que los proleta- 
rios de nuestro siglo no son capaces de desplegar aque-^ 
lia terrible energía de los antiguos comuneros, quie- 
nes, sacudido el yugo de los señores feudales, luchaban 
cuerpo á cuerpo con aquellos formidables paladines que 
habían inmortalizado sus nombres en los campos de la 
Palestina. Faltaríales, además, á los nuevos revolucio- 
narios, aquel brío, aquel entusiasmo, que comunican' 
las ideas grandes y generosas; el hombre que pelea sólO'"" 
por procurarse goces, no será capaz de heroicos sacri- 
ficios. Éstos demandan la abnegación, son incompati- 
bles con el egoísmo; y la sed de los placeres es cabal- 
mente el mismo egoísmo llevado al mayor refinamiento. 
Sin embargo de estas reflexiones, conviene advertir 
que un tenor de vida puramente material, y sin la 
ayuda de los principios morales, acaba por obscurecer 
las ideas y extinguir los sentimientos, y sumerge el 
ánimo en una especie de estupidez, en un olvido de sí 
mismo, que en ciertos casos puede reemplazar el va- « 
lor. El soldado que marcha tranquilo á la muerte al 
salir de una orgía brutal, el hombre que se suicida con 
la mayor calma sin curarse del porvenir, se encuen- 
tran en esta situación; y tanto en el arrojo del uno, 
como en la resolución del otro, vemos un desprecio de 



- 132 — 

la vida. Del mismo modo, y suponiendo excitadas las 
pasiones por las turbulencias de los tiempos, podrían 
las clases numerosas manifestar una energía de que 
se les ve privadas; mayormente alentándolas su in- 
menso número, y dirigiéndolas astutos y ambiciosos 
tribunos. 

Sea como fuere, lo cierto es que la sociedad no puede 
continuar sin la acción de los medios morales, que és- 
tos no pueden limitarse al estrecho círculo en que se 
los tiene encerrados; y, por consiguiente, es indispen- 
sable que se fomente el desarrollo de instituciones á 
propósito para ejercer esa influencia moral de un modo 
práctico y eficaz. No bastan los libros: el extender la 
instrucción es un medio insuficiente, y que puede ha- 
cerse dañoso, si no se funda en sólidas ideas religiosas. 
La propagación de un sentimiento religioso, vago, in- 
definido, sin reglas, sin dogma, sin culto, no servirá 
para otra cosa que para extender supersticiones grose- 
ras entre las masas, y formar una religión de poesía y 
de romance en las clases acomodadas; vanos remedios, 
que, sin detener el curso del mal, aumentarán el vér- 
tigo del enfermo, y acelerarán su muerte. 

Educación, instrucción, moralización del pueblo; he 
•aquí unas palabras que andan en boca de todo el mun- 
do, y que indican cuan viva y generalmente es sentida 
la llaga del cuerpo social, y la urgente necesidad de 
acudir á tiempo, previniendo males incalculables. Por 
esto bullen en tantas cabezas los proyectos benéficos, 
por esto se ensaya bajo diferentes formas el planteo de 
escuelas de párvulos, de adultos, de otras instituciones 
semejantes; pero todo cuanto se haga será estéril, si no 
se encomienda á la caridad cristiana. Aprovéchense 
enhorabuena los conocimientos que en estas materias 
se hayan adquirido con la experiencia, utilícense los 
adelantos administrativos haciéndolos servir al mejor 
logro del objeto; procúrese que los establecimientos se 
acomoden á las necesidades y exigencias actuales, y 
hágase de manera que ni el celo de la caridad embara- 
ce la acción del poder público, ui éste ponga obstáculo 



— 133 — 

á la de aquélla; pero recuérdese que nada de esto es 
imposible, dejando á la religión católica la influencia 
que le pertenece; de ella puede decirse, con entera 
verdad, que se hace todo para todos, para ganarlos á 
todos. 

Los entendimientos mezquinos que no extienden sus 
miradas más allá de un reducido horizonte, los corazo- 
nes malignos que sólo se alimentan de rencores y que 
se complacen en promover odios y atizar pasiones bas- 
tardas, los fanáticos de una civilización de máquinas 
que no aciertan á ver otro agente que el vapor, otro 
móvil que el dinero, otro objeto que la producción, 
otro término que el goce, todos esos hombres darán 
por cierto poca importancia á las reflexiones que acabo 
(le. emitir: lo mismo que pasa en su presencia no lo - 
ven; para ellos nada significa el desarrollo moral del 
individuo y de la sociedad; la historia es muda; la ex- 
periencia, estéril; el porvenir, nada. 

Afortunadamente, se encuentran en número consi- 
derable los hombres que creen su espíritu más noble 
que los metales, más poderoso que el vapor, y dema- ' 
siado grande para que pueda encontrarse satisfecho 
con un placer momentáneo: á sus ojos, no es la huma-, 
nidad un ser que viva al acaso, y que, entregado á la 
corriente de los siglos y á la merced dí^ las circunstan- 
cias, no haya de pensar en los destinos que le aguar- 
dan, ni prepararse dignamente á ellos, sirviéndose de 
las calidades intelectuales y morales con que le ha fa- 
vorecido el Autor de la naturaleza. Si el mundo físico 
está sujeto á las leyes del Criador, no lo está menos el 
mundo moral; y si la materia puede ser explotada de 
infinitas maneras en beneficio del hombre, el espíritu, 
criado á imagen y semejanza de Dios, siéntese también 
con caudal de fuerzas para obrar en esfera más alta, 
donde sirva al bien de la humanidad, sin limitarse á 
combinar ó modificar la materia. El espíritu inmortal 
no debe ser el instrumento ó esclavo de lo mismo cuya 
dirección y dominación le fueron concedidas por la 
voluntad de Dios. Dejad que la fe en otra vida, que la» 



— 13i — 

caridad bajada del seno del Altísimo vengan á fe- 
cundar esos nobles sentimientos, á ilustrar y diri- 
gir esos pensamientos elevados; y palparéis que la ma- 
teria carece de títulos para ser la reina del mundo, y 
que el rey de la creación no ha abdicado todavía los 
suyos. Pero, guardaos de meceros en halagüeñas espe- 
ranzas, mientras os empeñéis en edificar sobre otro ci- 
miento que el establecido por el mismo Dios; vuestro 
-edificio será la casa levantada sobre la arena: cayeron 
las lluvias, soplaron los vientos, y vino al suelo con 
grande estrépito. (1) 



CAPITULO XLVIII 



En el capítulo XIII de esta obra decía: «Levántase el 
pecho con generosa indignación al oir que se achaca á 
la religión de Jesucristo tendencia á esclavizar. Cierto 
es que, si se confunde el espíritu de verdadera libertad 
con el espíritu de los demagogos, no se le encuentra en 
el Catolicismo; pero, si no se quiere trastrocar mons- 
truosamente los nombres, si se da á la palabra libertad 
6U acepción más razonable, más justa, más provecho- 
sa, más dulce, entonces la religión católica puede re- 
clamar la gratitud del humano linaje: ella ha civilizado 
las naciones que la han profesado^ y la civilización es la 
verdadera libertad.y> El lector ha podido juzgar, por lo 
que se lleva demostrado hasta aquí, si el Catolicismo 
ha sido favorable ó contrario á la civilización europea; 
y, por lo tanto, si la verdadera libertad ha recibido de 
él ningún daño. En la variedad de puntos en que le 
hemos comparado con el Protestantismo, han resalta- 
do las nocivas tendencias de éste, así como los benefi- 
cios que produce aquél: el fallo de una razón ilustrada 
y justa no puede ser dudoso. 

Como la verdadera libertad de los pueblos no con- 
siste en apariencias, sino que reside en su organización 



- 135 — 

íntima, cual la vida en el corazón, podría excusarme' 
'de entrar en la comparación de las dos religiones con 
respecto á la libertad política; pero no quiero que se 
diga que he esquivado una cuestión delicada, por te- 
mor de que saliese malparado el Catolicismo, ni que 
pueda sospecharse que no le es dable sostener el pa- 
rangón en este terreno, con tanta ventaja como en los 
otros. 

Necesario es, para dilucidar completamente la cues- 
tión que forma el objeto de la obra, examinar á fondo 
en qué estriban las vagas acusaciones que en esta ma- 
teria se han dirigido al Catolicismo, y los elogios tri- 
butados á la pretendida reforma; necesario es eviden- 
ciar que no son más que gratuitas calumnias los cargos 
•que á la religión católica se han hecho, de favorecer la ' 
esclavitud y la opresión; es preciso desvanecer, á la luz 
de la filosofía y de la historia, la engañosa preocupa- 
ción en que los incrédulos y los protestantes se han 
esforzado en imbuir á los pueblos, de que el Catolicis- 
mo era favorable á la servidumbre, de que la Iglesia 
era el baluarte de los tiranos, y de que el nombre 
(le papa era sinónimo de amigo y protector nato de 
cuantos se proponen esclavizar y envilecer á los hom- " 
bres. 

En esta contienda se presentan dos arenas donde 11- ^ 
diar: las doctrinas y los hechos: antes de tratar de los 
hechos, examinaremos las doctrinas. 

El que dijo que el linaje humano tenía perdidos sus , 
títulos, y Rousseau los había encontrado, me parece 
que no debió de fatigarse mucho en examinar ni los 
verdaderos títulos del humano linaje, ni los apócrifos 
producidos por el filósofo de Ginebra en su Contrato 
Social. En efecto: poco falta si no puede decirse que el 
linaje humano tenía sus títulos muy buenos y recono- ^ 
cidos por tales, y Rousseau se los hizo perder. El autor 
del Contrato se propuso examinar á fondo el origen del 
poder civil; y sus desatentadas doctrinas, lejos de acla- 
rar la cuestión, no han hecho más que embrollarla. 

Yo creo que de algunos siglos á esta parte jamás se 



— 136 — 

liabían tenido sobre este importante punto ideas me^ 
nos claras y distintas que ahora. Las revoluciones haa 
producido un trastorno en las teorías como en los he- 
chos; los gobiernos han sido revolucionarios ó reaccio- 
narios, y de la revolución y de la reacción se han em- 
papado las doctrinas. Es sobremanera difícil de adqui- 
rir por medio de los libros modernos un conocimiento 
claro, verdadero y exacto sobre la naturaleza del poder 
civil, su origen y sus relaciones con los subditos: en 
unos encontraréis á Rousseau, en otros á r.onald; y 
Rousseau es un minador que zapa para derribrr, y Bo- 
nald es el héroe que salva en sus brazos los dioses tute* 
lares de la ciudad incendiada: temeroso de la profana- 
ción, los lleva cubiertos con un velo. 

Es menester advertir que no fuera justo atribuir á 
Rousseau el haber comenzado la confusión de lasideaf» 
en este punto: en varias épocas han existido perverso' 
que han procurado perturbar la sociedad por medio h^ 
doctrinas anárquicas; pero, el reducirlas á cuerpo, for 
mando con ellas seductoras teorías, data principal 
mente del nacimiento del Protestantismo. Lulero, en 
su obra De libértate cJiristiana, esparcía la scmL'a de 
interminables disturbios, con su insensata doctrina de 
que el cristiano no era subdito de nadie. En vano bus- 
có el efugio de decir que él no hablaba de los magis- 
trados ni de las leyes civiles; los paisanos de Alemania 
- se encargaron de sacar la consecuencia, levantándose 
contra sus señores, y encendiendo una guerra espan- 
tosa. 

El derecho divino, proclamado por los católicos, ha 
sido acusado de favorable al despotismo; se ha llegado 
á considerarse tan contrario de los derechos del pueblo, 
que se emplean frecuentemente esas palabras para for- 
mar antítesis. El derecho divino^ bien entendido, no se 
opone á los derechos del pueblo, sino á sus excesos; y, 
lejos de ensanchar desmedidamente las facultades del 
poder, las encierra en los límites de la razón, de la jus- 
ticia y de la conveniencia pública. 

Guizot, en sus Lecciones sobre la civilitación europea. 



— 137 — 

hablando de este derecho proclamado por la IglesiSiy. 
dice: «El nuevo principio es sublime y moral, y difícil, 
empero, de combinarse con los derechos de la libertad 
y las garantías políticas.» (Lee. 9.) Cuando hombres^ 
como Guizot, y que hacen especial objeto de sus estu- 
dios ese linaje de cuestiones, se, equivocan tan lasti- 
mosamente sobre este punto, no es tan extraño si 
acontece lo mismo á escritores adocenados. 

Antes de pasar adelante, haré una observación que 
no debe ser olvidada. En estas materias se habla con- 
tinuamente de la escuela de Bossuet, de Bonald, em- 
pleándose de distintas maneras nombres propios. Res- 
petando como el que más el mérito de estos y otros 
hombres insignes que ha tenido la Iglesia católica, ad- 
vertiré, no obstante, que ésta no responde de otras 
doctrinas que de las que ella enseña; que no se perso- 
nifica en ningún doctor particular; y que, estando se- 
ñalado por el mismo Dios el oráculo de la verdad infa- 
lible en materias de dogma y de moral, no permite que 
los fieles defieran ciegamente á la sola palabra de un 
hombre privado, sea cual fuere su mérito en santidad 
y doctrina. Quien desee saber cuál es la enseñanza de^ 
la Iglesia católica, consulte las decisiones de los con- 
cilios y de los Sumos Pontífices, consulte también á 
los doctores de nombradla esclarecida y pura; pero 
guárdese de mezclar las opiniones de un autor, por 
respetable que sea, con las doctrinas de la Iglesia y la 
voz del Vicario de Jesucristo. Con esta advertencia, no 
intento prejuzgar las opiniones de nadie; sólo sí amo- 
nestar á los poco versados en los estudios eclesiásticos, 
para que no confundan en ningún ^caso los dogmas- 
revelados, con los meros pensamientos del hombre 
Previas estas indicaciones, entremos de lleno en la dis- 
cusión. 

¿En qué consiste este derecho divino de que tanto se 
habla? Para aclarar perfectamente la cuestión, convie- 
ne ante todo deslindar bien los objetos sobre que ver- 
sa; pues que, siendo éstos muy diferentes entre sí, será 
también muy distinta la aplicación que del principio 



— 138 — 

:se haga. En esta gravísima materia son muchas las 
.cuestiones que se presentan; sin embargo, no me pare- 
ce difícil reducirlas á las siguientes, las cuales abar- 
can todas las otras. iCuál es el origen del poder civil^ 
iCuáles sus facultades'^ ¿Es lícito en ningún caso el resis- 
tirla 

Primera cuestión: iCuál es el origen del poder civiñ 
sCómo se entiende que este poder viene de Dioñ Yo no sé 
qué confusión se ha introducido sobre estos puntos; y 
es lamentable, por cierto, que cabalmente en unas épo- 
cas tan turbulentas se tengan ideas equivocadas sobre 
.ellos; pues, por más que se diga, las doctrinas no se 
.arrumban del todo ni en las revoluciones ni en las res- 
tauraciones; los intereses figuran en mucho, pero nun- 
ca permanecen solos en la arena. 

El mejor medio para formarse ideas claras sobre este 
particular, es acudir á los autores antiguos; valiéndose 
principalmente de aquellos cuyas doctrinas han sido 
respetadas por espacio de largo tiempo, que continúan 
siéndolo todavía, y que están en posesión de ser consi- 
derados como guías seguros para la buena interpreta- 
«ción de las doctrinas eclesiásticas. 

Este método de estudiar la presente cuestión no 
pueden desecharlo ni aun aquellos que tienen en poca 
estima á los indicados escritores; dado que, no tanto se 
trata aquí de examinar la verdad de una doctrina, como 
de indagar en qué consiste la misma doctrina: para lo 
cual no caben testigos más bien informados, ni intér- 
pretes más competentes, que los hombres que han 
consagrado toda su vida al estudio de ella. Esta última 
reflexión en nada se opone á lo dicho más arriba, sobre 
el cuidado que conviene tener en no confundir las 
meras opiniones de los hombres con las augustas doc- 
trinas de la Iglesia; pero tiende á recordar la necesidad 
de revolver cierta clase de autores, no dignos segura- 
mente del ingrato olvido á que se los condena. Traba- 
jos graves, concienzudos en extremo, no es posible 
que se hayan hecho durante largos siglos sin producir 
jiingún fruto. 



— 139 — 

Se comprenderá mejor la opinión de dichos escrito- 
res sobre la materia que nos ocupa, observando la di- 
ferente manera con que aplican el principio general 
-del derecho divino, al origen del poder civil, y al del 
eclesiástico; de cuyo cotejo brota una vivísima luz que 
esclarece y resuelve todas las dificultades. Abrid las 
obras de los teólogos más insignes, consultad sus trata- 
dos sobre el origen del poder del Papa, y encontraréis 
que, al fundar en el derecho divino ese poder, entien- 
den que dimana de Dios, no sólo en un sentido gene- 
ral, es decir, en cuanto todo ser viene de Dios; no sólo 
•en un sentido social, es decir, en cuanto, siendo la 
Iglesia una sociedad, Dios haya querido la existencia 
de un poder que la gobierne; sino de un modo espe- 
cialísimo, es decir, que Dios instituyó por sí mismo 
este poder, que estableció por sí mismo la forma, que 
designó por sí mismo la persona, y que, por consi- 
guiente, el sucesor de la Silla de San Pedro es por de- 
recho divino supremo pastor de la Iglesia universal, 
teniendo sobre toda ella el primado de honor y de ju- 
risdicción. 

En cuanto al poder civil, he aquí cómo se explican. 
En primer lugar, todo poder viene de Dios; pues que 
^1 poder es un ser, y Dios es la fuente de todo ser; el 
poder fes un dominio, y Dios es el señor, el primer due- 
ño de todas las cosas; el poder es un derecho, y en 
Dios se halla el origen de todos los derechos; el poder 
-es un motor moral, y Dios es la causa universal de to- 
das las especies de movimiento; el poder se endereza á 
"un elevado fin, y Dios es el fin de todas las criaturas, 
y su providencia lo ordena y dirige todo con suavidad 
y eficacia. Así vemos que Santo Tomás, en su opúsculo 
Le regimine principmn, afirma que «todo dominio vie- 
ne de Dios, como primer dueño; lo que puede demos- 
trarse de tres maneras: ó en cuanto es un ser, ó en 
cuanto es motor, ó en cuanto es fin». (Lib. 3, cap. 1.) 

Ya que acabo de tocar esta manera de explicar el 
origen del poder, impugnaré de paso á Rousseau, 
quien, haciendo alusión á esta doctrina, manifiesta 



- 140 — 

haberla comprendido muy mal. «Todo poder, dice^ 
viene de Dios; yo lo confieso; pero también las enfer- 
medades vienen de Dios; y por esto ¿deberá decirse que 
me sea prohibido llamar al médico?» (Contrato Social, 
L. 1, c. 3.) Es verdad que uno de los sentidos en que 
se afirma el origen divino del poder, es que todos los 
seres finitos dimanan del ser infinito; pero este sentido 
no es el único : porque los teólogos sabían muy bien 
que esta idea por sí sola no entrañaba la legitimidad, 
y que era común á la fuerza física; pues, como añade 
el autor del Contrato Social, «la pistola del ladrón tam- 
bién es un poder». Rousseau en este pasaje, por mos- 
trarse ingenioso, se ha hecho fútil; ha sacado la cues- 
tión de su terreno, por el prurito de salir con una ocu- 
rrencia picante. En efecto, no era difícil conocer que, 
al tratarse del poder civil, no se hablaba de un poder 
físico, sino de un poder moral, de un poder legítimo; 
pues, de otra suerte, vano fuera cansarse en buscar su 
origen. Esto equivaldría á investigar de dónde vienen 
las riquezas, la salud, la robustez, el valor, la astucia 
y otras calidades que contribuyen á formar la fuerza 
material de todo poder. La cuestión versaba, pues, so- 
bre ei «er moral que se llama potestad; y, en el orden 
moral, la potestad ilegítima no es potestad, no es un 
ser, es nada; y, por tanto, no hay necesidad de Luscaí 
su origen, ni en Dios, ni en otra parte. El poder, pues, 
dimana de Dios, como fuente de todo derecho, de toda 
justicia, de toda legitimidad; y, al considerar ese po- 
der, no precisamente como un ser físico, sino como un 
ser moral, se afirma que sólo puede haber venido d© 
Dios, en quien reside la plenitud del ser. 

Esta doctrina, tomada en general, no sólo no está 
sujeta á dificultades de ninguna especie, sino que debe- 
ser admitida sin discusión por cuantos no profesan el 
ateísmo: sólo á los ateos les es dable ponerla en duda. 
Descendamos ahora á los pormenores que la cuestión 
entraña; y veamos si los doctores católicos enseñan 
^Igo que no sea muy razonable, hasta á los ojos de la 
filosolía. 



— 141 - 

El hombre, según ellos, no ha sido criado para vivir 
solo; su existencia supone una familia, sus inclinacio- 
nes tienden á formar otra nueva, sin la que no podríu 
perpetuarse el linaje humano. Las familias están unida;- 
entre sí por relaciones íntimas, indestructibles; tienen 
necesidades comunes; las unas no pueden ni ser feli- 
ces, ni aun conservarse, sin el auxilio de las otras, 
luego han debido reunirse en sociedad. Ésta no podía 
subsistir sin orden, ni el orden sin justicia; y tanto la 
justicia como el orden necesitaban una guarda, un in- 
térprete, un ejecutor. He aquí el poder civil. Dios, que 
ha criado al hombre, que ha querido la conservación 
del humano linaje, ha querido, por consiguiente, la 
•existencia de la sociedad y del poder que ésta necesi- 
taba. Luego la existencia del poder civil es conforme á 
la voluntad de Dios, como la existencia de la patria 
potestad: si la familia necesita de ésta, la sociedad no 
necesita menos de aquél. El Señor se ha dignado poner 
á cubierto de las cavilaciones y errores esta importante 
verdad, diciéndonos en las Sagradas Escrituras que de 
él dimanan todas las potestades, que estamos obliga- 
dos á obedecerlas, que quien les resiste, resiste á la 
ordenación de Dios. 

No acierto á ver qué es lo que puede objetarse á esta 
manera de explicar el origen de la sociedad y del po- 
der que la gobierna; con ella se salvan el derecho na- 
tural, el divino y el humano; todos se enlazan entre 
sí, se afirman mutuamente; la sublimidad de la doc- 
trina compite con su sencillez; la revelación sanciona 
lo mismo que nos está dictando la luz de la razón; la 
gracia robustece la naturaleza. 

A esto se reduce el famoso derecho divino, ese espan- 
tajo que se presenta á los ignorantes é incautos, para 
hacerles creer que la Iglesia católica, al enseñar la 
obligación de obedecer á las potestades legítimas, como 
fundada en la ley de Dios, propone un dogma depresi- 
vo de la dignidad humana, é incompatible con la ver- 
dadera liberiad. 

Al oir á cienos hombres Uarlándos© del derecho divir- 



— 142 — 

no de los reyes, diríase que los. católicos suponemos 
que el cielo envía á los individuos ó familias reales^ 
como una bula de institución, y que ignoramos grose- 
ramente la historia de las vicisitudes de los poderes pú~ 
Micos; si hubiesen examinado más á fondo la materia, 
hubieran encontrado que, lejos de que se nos puedan 
achacar ridiculeces semejantes, no hacemos más que 
establecer un principio cuya necesidad conocieron to- 
dos los legisladores antiguos, y que conciliamos muy 
bien nuestro dogma con las sanas doctrinas filosóficas^ 
y los acontecimientos históricos. En confirmación dé- 
lo dicho, véase con qué admirable lucidez explica este 
punto San Juan Grisóstomo en la homilía 23, sobre la 
Carta á los Romanos: «No hay potestad que no venga 
de Dios. ¿Qué dices? ¿Luego todo príncipe es constituí- 
do por Dios? Yo no digo esto; pues qué no hablo de 
ningún príncipe en particular, sino de la misma cosa,, 
es decir, de la potestad misma; afirmando que es obra 
de la divina sabiduría la existencia de los principados,, 
y el que todas las cosas no estén entregadas á temera- 
rio acaso.» Por cuyo motivo, no dice «no hay príncipe- 
que no venga de Dios», sino que trata de la co.sa mis- 
ma, diciendo: «no hay potestad que no venga de Dios» 

«Non est potestas nisi a Deo. Quid dicis? Ergo omnis 
¡jrinceps a Deo constitutus est? Istud non dico. Non 
enim de quovis principe mihi sermo est, sed de re ipsa, 
id est, de ipsa potestate. Quod enim principatus sint, 
quodque non simpliciter et temeré cuneta ferantur, 
divinae sapientiae opus esse dico. Propterea non dicit: 
non enim princeps est nisi á Deo. Sed de re ipsa disse- 
rit, dicens: non est potestas nisi a Deo.» (Hom. 23, etin 
Epist. ad Rom.) 

Por las palabras de San Juan Grisóstomo se echa de 
ver que, según los católicos, lo que es de derecho di- 
vino es la existencia de un poder que gobierne la so- 
ciedad y que ésta no quede abandonada á merced de 
las pasiones y caprichos; doctrina que, al propio tiem- 
po que asegura el orden público, fundando en motivos 
de conciencia la obligación de obedecer, no desciende 



— 143 — 

á aquellas cuestiones subalternas que dejan salvo é 
intacto el principio fundamental. 

Si se objeta que, admitida la interpretación de San 
Juan Crisóstomo, no había necesidad de que el sagrado 
texto nos enseñase lo que con tanta evidencia está dic- ' 
tando la razón, responderemos dos cosas: 1.*, que en 
la Sagrada Escritura se nos prescriben expresamente 
muchas obligaciones, que la naturaleza misma nos im- 
pone, independientemente de todo derecho divino: 
como la de honrar los padres, de no matar, de no ro- 
bar, y otras semejantes; 2.', que mediaba en este caso 
una razón poderosísima para que los apóstoles reco- 
mendasen de una manera particular la obediencia á 
las potestades legítimas y sancionasen, de un modo 
claro y terminante, esta obligación, fundada en la mis- 
ma ley natural. En efecto: el mismo San Juan Crisós- 
tomo nos dice que «en aquel tiempo era fama muy 
extendida la que presentaba á los apóstoles como se- 
diciosos y novadores, que en todos sus discursos y he- 
chos procuraban la subversión de las leyes comunes». 
«Plurima tune temporis circumferebatur fama, tradu- 
cens apostólos veluti seditiosos rerumque novatores; 
qui omnia ad evertendum leges communes et facerent 
et dicerent.» (S. Joan. Ghrysost., Hom. 2-3, in Epist. ad' 
Timoth.) 

Á esto aludía sin duda el apóstol San Pedro, cuan- 
do, amonestando á los fieles de la obligación de obede- 
cer á las potestades, les decia que «ésta era la volun- 
tad de Dios para que obrando bien hiciesen enmude- 
cer la imprudencia de los hombres ignorantes». (Ep. 1, 
cap. 2.) Sabemos también por San Jerónimo que, al 
principio de la Iglesia, oyendo algunos que se predica- 
ba la libertad evangélica, se imaginaron que venía sig- 
nificada en ella la libertad universal. La necesidad de 
inculcar un deber cuyo cumplimiento es indispensa- 
ble para la conservación de las sociedades, se mani- 
fiesta bien claro, observando que este error podía arrai- 
garse muy fácilmente, lisonjeando, como lisonjea, los 
espíritus orgullosos y amantes de disturbios. Catorce 



— 144 — 

isiglos habían transcurrido, y hallamos que se repro- 
duce en tiempo de Wicleff y de Juan Huss, y que los 
-anabaptistas hacen del mismo aplicaciones horrorosas, 
inundando de sangre la Alemania; así como, algún 
tiempo después, los fanáticos sectarios de Inglaterra 
promueven los mayores desórdenes y acarrean espan- 
tosas catástrofes, con su desatentada doctrina, que en- 
volvía en un mismo anatema el sacerdocio y el imperio. 
La religión de Jesucristo, ley de paz y de amor, al 
predicar la libertad, hablaba de aquella que nos saca 
de la esclavitud de los vicios y del poder del demonio, 
haciéndonos coherederos de Cristo y participantes dé 
la gracia y de la gloria. Pero estaba muy lejos de pro- 
pagar doctrinas que favoreciesen desórdenes, ni que 
subvirtiesen las leyes y las potestades; por lo que le 
importaba sobremanera disipar las calumnias con que 
procuraban afearla sus enemigos; era necesario que 
proclamase, con sus palabras y sus hechos, que la 
causa pública nada tenía que temer de las nuevas 
doctrinas. Así vemos que, á más de inculcar tan á 
menudo los apóstoles esta obligación sagrada, insisten 
repetidas veces sobre ella los Padres de ios primeros 
tiempos. San Policarpo, citado por Ensebio (Lib. 4 hist., 
cap. 15), hablando al procónsul le dice: «Nos está man- 
dado el rendir el debido honor á los magistrados y á 
las potestades constituidas por Dios.» San Justino, en 
la Apología por los cristianos, recuerda también el pre- 
cepto de Cristo de pagar los tributos. Tertuliano, en 
&\x Apología, cap. 3.°, echa en cara á los gentiles la per- 
secución que movían contra los cristianos, mientras 
éstos, con las manos levantadas al cielo, rogaban á 
Dios por la salud de los emperadores. El celo apostó- 
lico de los santos varones encargados de la enseñanza 
y dirección de los fieles alcanzó á imbuirlos de tal 
suerte en este precepto, que los cristianos presentaron 
por todas partes un modelo de sumisión y de obedien- 
cia. Así Plinio. escribiendo al emperador Trajano, con- 
fesaba que, excepto en materias de religión, en nada 
se los podía acusar, por falta de cumplimiento de la& 
leyes y edictos imperiales. 



— 145 - 

La naturaleza misma ha señalado la^ personas en 
quienes reside la potestad patria; las necesidades de la 
familia marcan sus límites; los sentimientos del cora-^ 
zón le prescriben el objeto, y regulan su conducta. En 
la sociedad acontece de otra manera; el derecho del 
poder civil anda revuelto en el torbellino de los acon- 
tecimientos humanos: aquí reside en uno, allá en náur 
chos; hoy pertenece á una familia, mañana habrá pa- 
gado á otra; ayer se ejercía bajo cierta forma, hoy bajo 
otra muy diferente. El niño, llorando en el regazo de 
su madre, le está recordando bien claro la obligación 
•,de alimentarle y cuidarle; la mujer flaca y desvalida 
está diciendo al varón que ella y su hijo han menesr 
ter amparo; y la infancia, débil, sin fuerzas para sos- 
tenerse, sin conocimiento para guiarse, enseña al,pa7 
dre y á la madre el deber de mantenerla y educarla 
Allí se ve clara la voluntad de Dios; el orden mismo • 
de la naturaleza en su expresión viva, los sentimien- 
tos más tiernos, su eco y su intérprete. No hay necesi- 
dad de atender á otra cosa para conocer la voluntad 
del Criador, no hay necesidad de cavilaciones para 
buáfear el conducto por donde ha bajado del cielo la 
patria potestad. Derechos y deberes de padres y de 
hijos, escritos están con caracteres tan claros como 
hermosos. Pero, ¿dónde encontraremos esa expresión '^ 
tan inequívoca en lo tocante al poder civil? Si el poder 
viene de Dios, ¿por qué medios le comunica? ¿De qué 
conductos se vale? Esto lleva á otras cuestiones secun- 
darias, pero encaminadas todas al esclarecimiento y 
resolución de la principal. 

¿Hay algún hombre, ó le ha habido nunca, que por ^ 
derecho natural se hallase investido del poder civilt 
Claro es que, si esto se hubiese verificado, no habría 
tenido otro origen que el de la patria potestad; es de- 
ir, que el poder civil debiera en tal caso considerarse s 
omo una ampliación de esa potestad, como una trang- 
íormación del poder doméstico en poder civil. Por de 
pronto salta á los ojos la diferencia del orden doméstí- 
-0 al social, el distinto objeto de ambos, la diversidad 

T. !I1 10 



— 146 — 

de las reglas á que deben estar sujetos, y que los me- 
dios de qué se echa mano en él gobierno del uno, son 
niuy diferentes de los empleados en el otro. No negaré 
que el tipo de una sociedad no se encuentre en la fa- 
milia; y que la primera sea tanto más hermosa y sua- 
Te, cuanto más se aproxima, así en el mando como en 
la obediencia, á la imitación de la segunda; pero las 
simples analogías no bastan á fundar derechos, y que- 
da siempre como cosa indudable que los del poder 
civil no pueden confundirse con los de la patria po- 
testad. 

Por otra parte, la misma naturaleza de las cosas éátá 
indicando que la Providencia, al ordenar los destinos 
del mundo, no estableció la potestad patria como fuen- 
te del poder civil; pues que no vemos cómo hubiera 
podido transmitirse semejante poder, ni por qué me- 
dios s ^a posible justificar la legitimidad de los títulos. 
Fácil es concebir el pequeño reino de un anciano, go- 
bernando una sociedad compuesta únicamente de dos 
ó tres generaciones de su descendencia; pero en el mo- 
mento en que esta sociedad crece, se extienda á varios 
países, y, por consiguiente, se divide y subdivide, des- 
aparece el poder patriarcal, su ejercicio se hace impo- 
sible, y no se acierta á explicar cómo los pretendientes 
al trono alcanzarán, ni á entenderse entre sí, ni con 
los demás, para legitimar y jusiiíicar su mando. La; 
teoría que reconoce en la patria potestad el origen del 
poder civil, podrá ser tan bella como se quiera; podrá 
reclamar el apoyo que parecen darle los gobiernos pa- 
triarcales que observamos en la cuna de las socieda- 
des; pero tiene en contra dos cosas: 1.', que afirma, 
pero no prueba; 2.", que es inútil para el objeto que sé 
propone de solidar los gobiernos; pues ninguno de és- 
tos puede probar sü legitimidad, si se pretende apo- 
yarla en semejante título. El primer monarca, como el 
último vasallo, saben que son hijos de Noé, nada más. 
Ni en Santo Tomás, ni en otro de los principales teólo- 
gos, he podido encontrar esta teoría; y, subiendo más 
arriba, no sé que se la pueda fundar tampoco en lá 



- 147 - 

doctrina de los Santos Padres, en las tradiciones de la 
Iglesia, ni en la Sagrada Escritura, Es, por consiguien- 
te, una mera opinión filosófica, cuya aclaración y de- 
mostración corresponden á sus patronos; el Catolicis- 
mo nada dice en pro ni en contra de ella. 

Manifestado ya que el poder civil no reside en nin- 
gún hombre por derecho natural, y sabiendo, de otro 
lado, que el poder viene de Dios, ¿quién recibe de Dios 
este poder? ¿Cómo le recibe? Ante todo, es necesario 
advertir que la Iglesia católica, reconociendo el origen 
divino del poder civil, origen que se halla expresa-^ 
mente consignado en la Sagrada Escritura, nada defi- 
ne, ni en cuanto á la forma de este poder, ni en cuan- 
to á los medios de que Dios se vale para comunicarlo. 
De manera que, asentado el dogma católico, resta to- 
davía anchuroso campo de discusión para examinar 
quién recibe inmediatamente este poder, y cómo se 
transmite. Así lo han reconocido los teólogos al venti- 
lar esta cuestión importante; lo que debiera ser sufi- 
ciente para disipar las prevenciones de los que miran 
la doctrina de la Jglesia en este punto, como condu- 
cente á la esclavitud de los pueblos. 

La Iglesia enseña la obligación de obedeceí á las po- 
testades legítimas, y añade que el poder por ellas ejer- 
cido dimana de Dios; doctrinas que convienen así á las 
monarquías absolutas como á las repúblicas; y que 
nada prejuzgan ni sobre las formas de gobierno, ni 
sobre los títulos particulares de legitimidad. Estas úl- 
timas cuestiones son de tal naturaleza, que no pueden 
resolverse en tesis general; dependen de mil circuns- 
tancias, á las cuales no descienden los principios uni- 
versales, en que se fundan el buen orden y el sosiego 
de toda sociedad. 

Creo de tanta importancia la aclaración de las ideas 
en este punto, presentando las doctrinas sobre él pro- 
fesadas por los teólogos católicos más esclarecidos, que 
conceptúo muy conveniente consagrar á este objeto 
tm capítulo entero. 



— 148 — 



CAPITULO XLIX 



Es sobremanera instructivo é interesante el estudiar 
las cuestiones de derecho público en aquellos autores 
que, sin pretensión de pasar por hombres de gobierno, 
y no abrigando, por otra parte, miras ambiciosas, ha^ 
blan sin lisonja ni amargura, y dilucidan con tanta 
tranquilidad y sosiego estas materias, como si única- 
mente se tratase de teorías que tuviesen poca aplica- 
ción, ó cuyas consecuencias se limitasen á esfera poc© 
importante. En nuestra época, casi no es dable abrir 
una obra, sin que desde luego se trasluzca en cuál de 
los partidos militantes está afiliado el autor; muy raro 
€S, si sus ideas no llevan el sello de una pasión ó nt 
sirven de bandera á particulares designios; y iortuna, 
^i á menudo no puede sospecharse que, falto de cop- 
vicciones, se expresa de este ó aqi^l modo, sólo por- 
que conceptúa que así le conviene. No surede, empe- 
ro, de esta manera con los escritores antiguos á que 
nos referimos: es menester hacerles justicia; sus opi- 
niones son concienzudas, su lenguaje es leal y sincero; 
y, sea cual fuere el juicio que de ellos se íorme, ora se 
ios considere como verdaderos sabios, ora se los tache 
atrevidamente de fanáticos é ignorantes, no es lícito 
dudar que sus palabras son veraces; y que, ya sea que 
estén dominados de una idea religiosa, ya sea que va- 
yan en pos de un sistema filosófico, su pluma es el ór- 
gano fiel de sus pensamientos. 

Rousseau se propone buscar el origen de la sociedad 
y del poder civil, y empieza el primer capítulo de su 
obra en estos términos; «el hombre nace libre y en to- 
das partes se halla en cadenas.» ¿No conocéis desde 
luego al ti:ibuno bajo el manto del filósofo? ¿No colum- 
bráis que el escritor, en vez de dirigirse al entendi- 
miento, se endereza á las pasiones, hiriendo la más 



— 149 — 

delicada y revoltosa, que es el orgullo? En vano se em" 
peñaría el filósofo en aparentar que sus doctrinas no 
intenta reducirlas á la práctica; el lenguaje revela el - 
designio. En otro lugar, proponiéndose nada menos 
que aconsejar á una gran nación, apenas comienza su 
tarea, y ya arroja sobre la Europa la tea incendiaria. 
«Guando se lee, dice, la historia antigua, créese uno 
trasladado á otro mundo, en medio de otros seres. Con 
los romanos y los griegos, ¿qué tienen de común los 
franceses, los ingleses, los rusos? Poco más que la figu- 
ra. Las almas fuertes de aquellos les parecen á éstos • 
exageraciones de la historia. Los que se sienten tan 
pequeños, ¿cómo podrían pensar que han existido tan 
grandes hombres? Y, sin embargo, existieron; y enm 
de nuestra misma especie. ¿Qué es lo que nos i}jjpide 
ser como ellos? Nuestras preocupaciones, nuestra baja 
filosofía, las pasiones del mezquino interés concentra- 
do con el egoísmo en todos los corazones, por institu-* 
ciones ineptas que jamás fueron obra del genio.» (Con- 
sideraciones sakre el gobierno de Polonia, cap. 2.) ¿No 
sentís qué poTiZofia destilan las palabras del publicis-- 
ta? ¿no palpáis que se propone algo más que iluíitrar ■ 
el entendimiento? ¿no advertís con qué arte procura 
irritar los espíritus zahiriéndoles y abochornándolos 
de la manera más indecente y cruel? 

Tomemos el otro extremo de la comparación, y vea- - 
se con qué tono tan diferente comienza su explicación 
en la misma materia, y sus consejos para bien gober- 
nar, Santo Tomás de Aquino, en su opúsculo De regi- 
mine principum (1): «Si el hombre debiese vivir solo.^ 



(I) La gravedad y delicadeza de la materia no me permiten con- 
tentarme con presentar solamente la traducción de ios pasajes que 
rae propongo insertar; por mas que haya cuidado de hacerla exacta 
y literal, no atreviéndome ni aun á corregir el desaliño del estilo, y 
á riesgo de estropear algún tanto el habla castellana. Quiero, pues, 
que el lector vea por sí mismo los textos originales, que por ellos- 
(leseo que juzgue, y no por el mío. 

«Qaod necesse est homines simul viventes ab aliquo diiigenter 
regí.» 



— 150 — 

como muchos de los animales, no necesitaría de nadie 
que le dirigiese á un fin, sino que cada cual sería para 
sí mismo su propio rey bajo la autoridad de Dios, rey- 
supremo, en cuanto se dirigiría á sí mismo en sus ac- 
tos por medio de la luz de la razón que le ha dado el 
Criador. Pero es natural al hombre el ser animal so- 
cial y político, y ha de vivir en comunidad, á diferen- 
cia de los otros animales; cosa que la misma necesidad 
natural pone de manifiesto. Á los demás animales pre- 
paróles la naturaleza el alimento, vestido de pelos, los 
medios de defensa, como dientes, cuernos, uñas, ó al 
menos, la velocidad para la fuga; mas al hombre no le 
ha dotado de ninguna de estas cualidades; y, en su lu- 
gar, le ha concedido la razón, por la cual, y con el au- 



((Etsiquidem hominí conveniret singulariter vivere, sicut mul- 
Cis animalium, nullo alio dirigente indigeret ad finem. sed ipse 
sibi unusquisque esset rex sub Deo summo rege, in quantum per 
lumen rationis divinilus datum sibi, in suis aclibus seipsura dirige- 
rel. Nalurale autem esl homini ut sit animal sociale, el politicuoQ, 
in multiludine vivens, magis etiam quara orania alia animalia, 
quod quidem naturalis necessilas declarat. Alus enira animalibus 
natura praeparavitcibum, tegumenta pílorum, defensionem, ut dea- 
tes, cornua, ungues vel saltem velocitalem ad fusam. Homo autem 
instituías est nullo horum sibi a natura praeparalo, sed loco om- 
nium data est ei ratio, per quam sibi haec omnia officio manuum 
posget praeparare, ad quae omnia praeparanda unus homo non suffi- 
cit. Nam unus homo per se suíDcienter vitam transigere non posset, 
Est igilur homini naturale, quod in socielate mullorum vival. Am- 
plius, aiiis animalibus Ínsita est naturalis industria ad omnia ea 
quae sunt eis utilia vel nociva, sicut ovia naturaiiter extiinet íu-* 
pum inimicum. Qiiaedam etiam animalia ex naturali industria cog- 
noscuntaliquas herbas medicinales, et alia eorum vitae necessaria. 
Homo autem horum quae sunt suae vitae necessaria, naturalera cog- 
nítionem habet solum in communi. quasi eo per rationem valent© 
•K universalibus principiisadcognitionem singulorum, quae nee«0- 
Mria sunt humanae vitae pervenire. Non est autem possibite, Qooá 
unus homo ad omnia huiusmodi per suam rationeoa pertin^at. Sst 
igilur necessarium homini, quod in multiludine vivat, el udu« ab 
alio adinyetur et diversi diversis inveniendis per rationem occupa- 
rentur, puta, unus in medicina, alius in boc, alíus «in alio. Hoc 
etiam evidentissime dtclaratur per hoc, quod esl propriuna houii- 
nislooalioae uli per quam unus homo aliis süum coiu-eptura iota- 
iiter potest exprimere. Alia quidem animalia exprimunl mutuo pa«- 



— 151 — 

"xilio de las manos, puede procurarse lo ,que neceS;Lt9. 
Para alcanzar esto no basta un hombre solo, pi^es ni se 
bastaría á sí mismo para conservar la propia vida; l^e- 
go es natural al hombre el vivir en sociedad. Además, á 
1 js otros animales les ha otorgado la naturaleza la dis- 
creción de lo que es útil ó nocivo: así la oveja, natural- 
mente, tiene horror á su enemigo el lobo. Hay tapi- 
bién ciertos animales que, naturalmente, conocen la^ 
hierbas que pueden servirles de medicina, y otras cp- 
sas necesarias á su conservación; pero, el hombr.e de 
lo necesario á su vida no tiene conocimiento nat^ural, 
48Íno en común; en cuanto con el auxilio de la razp^i 
puede llegar de los principios universales al conoci- 
miento de las cosas particulares necesarias á la vl^a 



siones suas, in comrouni, ut canis in latratu iram, et alia animalia 
passiones suas diversis modis. Magis igitur homo est communica- 
tivus alteri, quam quodcumque aliud animal, quol gregale vid|etvir 
ut grus. fórmica el apis. Hoc ergo consideraos Salomón in Eccle- 
siasle aii: «Melius est esse dúos quam unum. Habent enim emplu- 
menlum mutuae societalis.» Si ergo nalurale est homini quod in so- 
cielaie multorum vivat, necesse est in hominibus esse, per quod 
imultíludo regatur. Mullís enim existenlibus hominibus, et unoqup- 
que id quod esl sibi congruum providente, mulliiudo in diversa 
•<;iispergeretur, nisi etiam esset alii de eo quod ad bonum multitu- 
•dinis perlinel, curam habens, sicut et corpus homínis, et cuiuslibet 
animalls deflueret, nissi esset aiiqua vis regitiva communis in cpr- 
pore, quae ad bonum commune omnium membrorum inlen4e!i;et. 
Quod considerans Salomón dicit: «Ubi non est gubernalor, dissipa- 
bitur populus.» Hoc autem rationabiliter accidit: non enim idem 
est quod proprium, et quod commune. Secundum propria quidem 
diíTeruní, secu idum autem commune uniuntur, diversorum au- 
tem diversae sunt causae. Oportel igitur praeler id quod mpvet a^ 
proprium bonum uniuscuiusque, esse aliquid, quod movet ad ÉP- 
num commune multorum. Propler quod et in ómnibus quae in 
uiium ordinantur, aliquid invenitur alterius regitivum. Jn univer- 
«ilaie enim corporum, per primum corpus, scilicet celeste, alia 
corpore ordiiie quodamdivinae providentiae reguntur, omniaqu|e,cc|r* 
pora, per creaturam rationalem. In uno etiam homipeapima ,rej^t 
Corpus, atíiue Ínter animae partes irascibilis et concupiscibUisra- 
tione reguntur. Jtemque inler merabra corporis unum est princi- 
palé, quod omnia movet, ut cor, aut capul. Oporte igitur esse in 
omni multitudinealiquod regitivum.» (D. Th., Opuse. De regimimpr^ 
apum, L. 1, cap. 1.) 



— 152 — 

liumana. No siendo, pues, posible qu© un hombre solo 
alcance por sí mismo todos estos conocimientos, es ne- 
cesario que el hombre viva en sociedad, y que el uno^ 
ayude al otro, ocupándose cada cual en su respectiva 
tarea: por ejemplo, uno en la medicina, otro en esto,* 
otro en aquello. Declárase lo mismo con mucha evi- 
dencia por la facultad propia del hombre, que es el 
hablar; por la cual puede comunicar á los demás todo^ 
su pensamiento. Los brutos animales se expresan mu- 
tuamente sus pasiones en común, como el perro por 
su ladrido la ira, y los otros sus pasiones de diferentes 
maneras. Y así el hombre es más comunicativo con 
respecto á sus semejantes que otro cualquier animal, 
aun de aquellos que son más inclinados á reunirse; 
como las grullas, las hormigas, ó las abejas. Conside- 
rando esto Salomón, dice en el Eclesiastés: Es mejor 
dos que uno^ pues tienen la ventaja de la mutua sociedad- 
Si, pues, es natural al hombre vivir en sociedad, es 
necesario que haya entre ellos quien rija á la multi- 
tud; pues que, habiendo muchos hombres reunidos, y^ 
haciendo cada cual lo que bien le pareciese, la multi- 
tud se disolvería, si alguien no cuidaba del bien co- 
mún, como sucedería también al cuerpo humano y al 
de cualquier animal, no existiendo una fuerza que le 
rigiese, mirando por el bien de todos los miembros. La 
que, considerando Salomón, dice: «Donde no hay go- 
bernador, se disipará el pueblo.» 



«l^n el mismo hombre el alma rige al cuerpo; y en el 
alma, la"^ facultades irascible y concupiscible son go- 
bernadas por la razón. Entre los miembros del cuerpo, 
hay también uno principal que los mueve todos, como 
el corazón ó la cabeza. Luego en toda multitud ha de 
haber algún gobernante.» (Santo Tomás, De regimine 
principum, lib. I, cap. 1.) 

Este pasaje, tan notable por su profunda sabiduría, 
por la claridad de las ideas, por la solidez de los prin- 
cipios, por el rigor y exactitud de las deducciones*. 



— 153 — 

contiene, en pocas palabras, cuanto decirse puede so- 
bre el origen de la sociedad y del poder, sobre los de- 
rechos que éste disfruta y las obligaciones á que está 
sometido, considerada la materia en general, y á la 
sola luz de la razón. Convenía, en primer lugar, hacer 
evidente la necesidad de la existencia de las socieda- 
des, y esto lo verifica el santo Doctor fundándose en 
un principio muy sencillo: el hombre es de tal natu- 
raleza, que no puede vivir solo; luego ha menester 
reunirse con sus semejantes. ¿Queríase un indicio de 
esta verdad fundamental? Helo aquí: el hombre está 
dotado del habla, lo que es señal de que por la natu- 
raleza misma está destinado á comunicarse con los de- 
más, y, por consiguiente, á vivir en sociedad. Probada- 
ya que ésta es una necesidad imprescindible, faltaba 
demostrar que lo era también un poder que la gober- 
nase. Para esto no excogita el santo sistemas extrava- 
gantes, ni teorías descabelladas, ni apela á suposicio- 
nes absurdas: bástale una razón fundada en la misma 
naturaleza de las cosas, dictada por el sentido común- 
y apoyada en la experiencia de cada día; en toda re- 
unión de hombres ha de haber un director, pues sin 
Íél es inevitable el desorden, y hasta la dispersión de 
la multitud; luego en toda sociedad ha de haber un 
jefe. 
Es necesario confesar que con esta exposición tan 
sencilla y tan llana, se comprende mucho mejor la 
teoría sobre el origen de la sociedad y del poder, que 
con todas las cavilaciones sobre los pactos explícitos ó 
implícitos; basta que una cosa esté fundada en la na- 
turaleza misma, basta verla demostrada como una ver 
dadera necesidad, para concebir fácilmente su existen- 
cia, y la inutilidad de investigar con sutilezas y supo- 
siciones gratuitas lo que salta á la vista á la primera^ 
ojeada. 

No se crea, sin embargo, que Santo Tomás descono- 
ciese el derecho divino, ignorando que en él pudiera 
fundarse la obligación de obedecer á las potestades. 
En distintos lugares de sus obras asienta esta verdadr 



-^ 154 — 

pero lo hace de manera que no olvida el derecho natu- 
ral y el hunjano, que en este punto se combinan y 
, hermanan con el divino, sólo que éste es una confir- 
mación y sanción de aquéllos. Así deben interpretarle 
aquellos textos del santo Doctor en que atribuye al 
derecho humano el poder civil, contraponiendo el o¡r- 
den de éste al orden de la gracia. Por ejemplo, trataja- 
do la cuestión de si los infieles pueden tener prelación 
ó dominio sobre los fieles, dice (2): «Donde se ha de 
considerar que el dominio ó prelación se han introdu- 
cido por el derecho humano, pero la distinción de los 
fieles é infieles es de derecho divino. El derecho divi- 
no, que dimana de la gracia, no quita el derecho hu- 
mano, que proviene de la razón natural; y por esto la 
distinción de los fieles é infieles, considerada en sí, no 
quita el dominio y prelación de los infieles sobre los 
fieles.» 

Buscando en otro lugar si el príncipe apóstata de Ifi 
fe pierde por este hecho el dominio sobre sus subdi- 
tos, de manera que no estén obligados á obedecerle, ^ 
expresa de esta suerte (3): «Gomo se ha dicho más arri- 
ba, la infidelidad de por sí no repugna al dominio; 
pues que el dominio se ha introducido por el derecho 
de gentes, que es derecho humano, y la distinción de 
los fieles é infieles es de derecho divino, el cual np 
'^quita el derecho humano.» 

Más abajo, investigando si el hombre tiene obligaci<^^ 



(t) ubi considerandum est, quod dominiurn vel praclalio intro- 
ducta sunt ex iure humano: distinctio autem ñdelium et inlldelium 
est ex iure divino, lus autem divinum quod est ex gratia, non toUit 
ius humanum quod est ex naturali ratione: ideo diütinctio fidelinin 
el inflde ium secundum se considérala, non lollit dominium et prae- 
lationem infldelium supra fldeles. (t. f., quesl. 10, cap. 10.) 

(3) Respondeo dicendum quod sicul supra dirtum est (quest. ^0, 
art. 10), infldelitas secundum se ipsam nun repugnat dominio, eo 
^uod dominium introductum est de iure genlium, quod est ius 
iliumanum. Distinctio autem ñdelium et infldelium esl secundum 
ius' divinum, per quod non tollitur ius humanum. (t. i., queaL 12^ 
.«rt. 2. > 



k 



— 155 — 

■de obedecer á otro, dice (4): «Así como las acciones de 
las cosas naturales proceden de las potencias r^atura- * 
Jes, así también las operaciones humanas proceden áe - 
la voluntad humana. En las cosas naturales fué cou- 
Teniente que las superiores moviesen á las inferiores ' 
á sus acciones respectivas, por la excelencia de la vir- 
tud natural que Dios les ha dado; y así es necesario 
también que en las cosas humanas las superiores mue^ 
van á las interiores por medio de la voluntad, en fuer- 
za de la autoridad ordenada por Dios. El mover por • 
medio de la razón y de la voluntad es mandar; y así 
como, por el mismo orden natural instituido por Dios, 
en la naturaleza las cosas inferiores están por necesi- 
dad sujetas á la moción de las superiores, así también 
en las humanas los inferiores deben, por derecho na- ^ 
tural y divino, obedecer á sus superiores.» 

En la misma cuestión, buscando si la obediencia es 
virtud especial, responde (5): «que el obedecer al su- . 
perior es un deber conforme al derecho divino'comu- 
nicado á las cosas.» 

En el art. 6.°, proponiéndose la cuestión de si los 
cristianos están obligados á obedecer á las potestades 
seculares, dice (6): «La fe de Cristo es el principio y la 



(4> Respondeo dicendum quod sicut actiones rerum naturalium 
proceduntex potentiis naturalibus. ila eliam opeíationes humanae 
proceduntex humana volúntate. Oportuit autem íq rebus naturali- 
bus, ut superiora moverent inferiora ad suas acliones per excelen- 
tiam naturalis virtutis collatae divinitus. Unde et oportet in rebus 
tiumanis, quod superiores moveant inferiores per suam voluntatem 
ex vi auctoritalís divinitus ordinalae. Moveré aulem per rationem 
•et voluntatem est praecipere,' et ideo sicut ex ipso ordine naiur^ili 
divinitus instituto inferiora in rebus naturalibus necesse habent 
aubiici motioni superiorum, ila etiam in rebus humanis ex ordine 
íuris naturalis et divini, lenentur inferiores suis superioribus Qbe- 
4ire. (í, 2., quest. 104, art. 4.) 

(5) Obedire autem superiori debitum est secundum divinum or- 
4linem rebus inditum ut ostensum est. (2. 2., quesl. 104, art. «.) 

(6) Respondeo dicendum quod üdes Cliristi est iustitiiae pripci- 
pium et causa, secundum iHud Rom., 3: «ilustitia Dei per (idem Ifpn 
C¡hristi*; et ideo per fidem Ghristi non tollilur ordo ius.titiae sed ma^i^ 



— 156 -" 

causa de la justicia, según aquello de la Carta á los Ro^ 
manos, cap. 3: «la justicia de Dios por la fe de Jesu- 
cristo»; y así por esta fe no se quita el orden de la jus- 
ticia; sino mós bien se le afirma. Este orden requiere 
que los inferiores obedezcan á sus superiores, pues de^ 
otra manera no podría conservarse la sociedad huma- 
na; y por esto la fe de Cristo no exime á los fieles de la 
obligación de obedecer á las potestades seculares.» 

He citado con alguna extensión estos notables pasa- 
jes de Santo Tomás, para que se viera que no entiende- 
él derecho divino en ningún sientido extraño, como los 
enemigos de la religión católica han querido achacar- 
nos; y que, antes bien, salvado el dogma tan expresa- 
mente éonsignado en el sagrado texto, considera el 
derecho divino como una confirmación y sanción dei 
natural y humano. 

■ Sabido es que, por espacio de seis siglos, han mira- 
do los doctores católicos la autoridad de Santo Tomás^ 
como altamente respetable en todo lo que concierne al 
dogma y á la moral; por lo que, de la propia suerte que 
ó] asienta el deber de obedecer á las potestades coma 
fundado en el derecho natural, divino y humano, afir- 
mando que en Dios se halla el origen de toda potestad, 
sin descender, empero, á decidir dogmáticamente si 
est.c poder le comunica Dios mediata ó inmediatamente 
á los que lo ejercen, y dejando anchuroso terreno don- 
de las opiniones humanas pudiesen campear sin alte- 
ración de la pureza de la fe, así también los doctores 
más eminentes que le han sucedido en las cátedras ca- 
tólicas, se han contentado con establecer y sustentar 
el dogma, sin extenderlo más allá de lo que conviene, 
anticipándose temerariamente á la autoridad de la 
Iglesia. En prueba de lo que acabo de decir, insertaré 
algunos textos de teólogos notables. 



firmatur. Ordo autem iusUliae requirit, ut inferiores suis superiori'- 
bus obediant: aliler enim non possel humanarum reruna slaius cpn- 
servari. El ideo per fldem Chrisli non excusantur fldeles. quin priu- 
cipibus saecularibus obedira teneantur. <1. S., quesi. 104, arl. C.) 



- 157 - 

« 

El Cardenal Belarmino se expresa en estos téríBir 
nos (7): «Es cierto que la potestad política viene d^ 
Dios, de quien sólo dimanan las cosas buenas y líci- 
tas, lo que prueba San Agustín en casi todos los, lir 
bros 4.** y 5.** de la Ciudad de Dios. Pues que la sabidu- 
ría de Dios clama en el libro de los Proverbios, cap^ Si: 
<cpor mí reinan los reyes»; y más abajo: «por mí impe-^ 
ran los príncipes.» Y el profeta Daniel, en el cap. 2: «el 
Dios del cielo te dio el reino y el imperio»; y el mismo 
profeta, en el cap. 4: «habitarás con las bestias y Igg 
fieras, comerás heno como el buey; caerá sobre ti e^ 
rocío del cielo, se mudarán sobre ti siete tiempos», 
hasta que sepas que el Altísimo domina sobre el reino 
de los hombres, y lo da á quien quiere.» 

Probado ya con la autoridad de la Sagrada Escritura 
el dogma de que la potestad civil dimana de Dios, pasa 
€l escritor á explicar el sentido en que debe entendeir- 
56 esta doctrina, diciendo (8): «Pero aquí es menester 
hacer algunas observaciones. En primer lugar, que la 
potestad política, considerada en general, no descen,- 
<liendo en particular á la monarquía, aristocracia ó de 



(1) Certum est politicam potestatem a Deo esse, a quo non nisi- 
res bonae el ¡icitae procedunt, id quod probat Aug. in toto fere 4 et 5 
lib. de Civit. Dei. Nam sapientia Dei clamat, Proverb., 8; Per me reges 
regnant; et infra: per me principes imperant. Et Daniel. 2: Deus«oeÍi 
regnum et imperium dedil tibí, etc., et Daniel, 4: Ciim bestiii féríbiis 
erit liabitatio tua, et fenum, ul bos, coraedes, et rore coeli infunde- 
ris: septem queque témpora mutabuniur super te, doñee scias qupd 
dominetur Excelsus super regnum bominum, et cuícumqüe volüe- 
rit, det illud. (Bell, i>c Laicts, lib, 3, cap. 6.) • • 

(8) Sed hic observanda sunt aliqua. Primo politicara potestatem 
in universum consideratam, non deacendendo in particulari ad Mí^- 
narchiam, Aristocratiam, vel Democratiam immediale esse a solo 
Deo; nam consequilur necessario natiiram hominis, proinde esse aA) 
illo, qui fecit naturam hominis; praéterea haeo potestas est de iare 
naturae, non enim pendet e\ consensu hominam, nam vefint, no- 
lint, debent regi ab aliquo, nisi velint pariré humanum genus, quod 
est contra naturae inclinationem. At ius naturae est íu^ divínum. 
iure igitur divino introducta est gubernatio, et hoc videtur proprio 
Aposto) US, cuta dicit Rom., 13: Qui potestati resistit, Dei- ordirialioái 
resistí t. Xlbid.) ^ / . , j .j. •.;..= . :; 



— 158 — 

mocracia, dimana inmediatamente de solo Dios; pues 
que, estando aneja por necesidad á la naturaleza del 
hombre, procede de aquel que hizo la misma natura- 
leza del hombre. Además, esta potestad es de derecho 
natural, pues que no depende del consentimiento de 
los hombres, dado que, quieran ó no quieran, deben 
tener un gobierno, á no ser que deseen que el género- 
humano perezca, lo que es contra la inclinación de la 
naturaleza. Es así que el derecho de la naturaleza es 
derecho divino; luego por derecho divino se ha intro- 
ducido también Ja gobernación; y esto es, según pare- 
ce, lo que propiamente quiere significar el Apóstol en- 
la Car|a á los Romanos, cap. 13, cuando dice: «quien 
resiste á la potestad, resiste á la ordenación de Dios.» 
Con esta doctrina viene al suelo toda la teoría de 
Rousseau, que hace depender de las convenciones 
humanas la existencia de la sociedad, y los derechos, 
del poder civil; caen también los absurdos sistemas de 
algunos protestantes y demás herejes sus antecesores, 
qué, invocando la libertad cristiana, pretendieron con- 
denar todas las potestades. No: la existencia de la so- 
ciedad no depende del consentimiento del hombre; la 
sociedad no es obra del hombre; es la satisfacción de 
une necesidad imperiosa, que, siendo desatendida, 
acarrearía la destrucción del género humano. Dios, 
al criarle, no le entregó á merced del acaso; concedió- 
le el derecho de satisfacer sus necesidades é impúsole 
el deber de cuidar de la propia conservación; luego la 
existencia del género humano envuelve también la 
existencia del derecho de gobernar y de la obligación 
de obedecer. No cabe teoría más clara, más sencilla, 
más sólida. ¿Y qué? ¿Se dirá también que es depresiva 
de la dignidad humana, y enemiga de la libertad? ¿Es, 
por ventura, mengua para el hombre, el reconocerse 
criatura de Dios, el confesar que de él ha recibido la 
necesario para su conservación? La intervención de 
Dios, ¿bastará para coartar la libertad del hombre? ¿No 
podrá ser libre sin ser ateo? Es absurdo el afirmar que 
sea favorable á la esclavitud ui^ doctrina que no» 



— 159 — 

dice: «Dios no quiere que viváis como fieras, os man- 
da que estéis reunidos en sociedad, y para este objeto 
os manda también que viváis sometidos á una potestad 
legítimamente establecida.» Si esto se apellida opre- 
sión y esclavitud, nosotros Iff deseamos; abdicamos con 
mucho gusto el derecho que se pretende otorgarnos de 
andar errantes por los bosques á manera de brutos; la 
verdadera libertad no existe en el hombre cuando se^ 
le despoja del más bello timbre de su naturaleza, que 
es obrar conforme á razón. 

Visto ya cómo entiende el derecho divino el esclare- 
cido intérprete que nos ocupa, veamos cuáles son las 
aplicaciones que hace de este derecho, y de qué ma- 
nera, según su opinión, comunica Dios la potestad 
civil al encargado de ejercerla. Después de las pala- 
bras citadas más arriba, continúa (9): «En segundo lu- 
gar, nótese que esta potestad reside inmediatamente 
como en su sujeto, en toda la multitud; porque esta 
potestad es de derecho divino. Este derecho no ha dado 
dicha potestad á ningún hombre particular; luego la 
ha dado á la multitud; y, además, quitado el derecho 
positivo, no hay más razón, porque entre muchos 
iguales domine uno más bien que otro; luego la po- 
testad es de toda la multitud. Por fin, la sociedad hu- 
mana debe ser república perfecta; luego debe tener la 
potestad de conservarse, y, por consiguiente, de casti- 
gar á los perturbadores de la paz.» 

La doctrina que precede nada tiene de común con 
las desatentadas doctrinas de Rousseau y sus secua- 
ces; y sólo podrían confundir cosas tan diferentes los 
que jamás hubiesen saludado el estudio del derecho 



(9) Secundo nota, hanc potestatem immediale esse tanquam ¡n 
subiécto, in tola multitudine, nam haec potestas est de iure divino. 
At ios divinum niilli horaini particulari dedit hanc potestatem, érgo 
dedil multiludini; praelerea subíalo iure positivo, non est maior ra- 
tio cur ex muUis aequalibus unus polius, quam alius domineter: 
Igilur polestas totius est multitudinis. Denique humana societas de- 
bel esse perfecta respublica, ergo debet habere potestatem seipsam 
consérvandi, el proinde puniendi perturbatores pacis, etc. (Ib.) 



— 160 — 

público. En efecto: lo que asienta el cardenal en el 
«itado pasaje, de que la potestad reside inmediatamen^ 
te en la multitud, no se opone á lo que enseña pooo 
antes de que el poder viene de Dios, y no nace de las 
convenciones humanas. Podría formularse su doctrina 
«n estos términos: supuesta una reunión de hombres, 
haciendo abstracción de todo derecho positivo, no hay 
ninguna razón por que uno cualquiera de entre ellos 
pueda arrogarse el derecho de gobernarlos. No obstani- 
te, este derecho existe, la naturaleza indica su necet- 
sidad. Dios prescribe que haya un gobierno; luego en 
esta reunión de hombres existe la legítima facultad de 
instituirlo. Para mayor aclaración de las ideas del ilus- 
tre teólogo, supóngase que un número considerable de 
familias, del todo iguales entre sí, y enteramente inde- 
pendientes unas de otras, son arrojadas por una tem- 
pestad á una isla enteramente desierta. La nave ha 
zozobrado, no hay esperanza ni de volver al punto de 
que salieron, ni de llegar al otro á donde se encami^- 
naban; toda comunicación con el resto de los hombres 
se les ha hecho imposible; preguntamos: ¿Esas famii- 
lias pueden vivir sin gobierno? No. ¿Alguna de ellas 
tiene derecho á gobernar á las otras? Es claro que no. 
¿Algún individuo puede tener semejante pretensión? 
Es evidente que no. ¿Tienen derecho de instituir este 
gobierno que necesitan? Es cierto que sí; luego en 
aquella multitud, representada por los padres de fami- 
lia ó de otra manera, reside la potestad civil, con el 
derecho de ser transmitida á una ó más personas, se- 
gún se juzgare conveniente. Difícil será que pueda 
objetarse nada sólido á la doctrina de Belarmino, pre- 
sentada desde este punto de vista. 

Que éste es el verdadero sentido de sus palabras, se 
infiere de las observaciones que presenta á continua- 
ción (10): «En tercer lugar, nótese que esta potestad la 



(10) Terlio ñola, hanc poteslatpm transferri a multitudine in 
i^UDum vel plures eodem iure naiurae; nam Respuh. non poteslp^r 
«eipsam exercere haac potestatem, ergo leoeiur eaoi iraiisferre ia 



— 161 — 

multitud la transfiere á una persona ó á muchas, por 
«1 mismo derecho de la naturaleza; pues que la repú- 
i)lica, no pudiendo ejercerla por sí misma, está obliga- 
da á comunicarla á uno solo, ó bien á algunos pocos; y 
así de esta manera la potestad de los príncipes, consi- 
derada en general, es de derecho natural y divino; y el 
mismo género humano, aun cuando se reuniese todo, 
«o podría establecer lo contrario: á saber, que no exis^ 
tiesen príncipes ó gobernantes.» 

Salvándose, empero, el principio fundamental, que- 
da á la sociedad, según la opinión de Belarmino, am- 
plio derecho de establecer la forma de gobierno que 
J[)ien le pareciere. Lo que debería bastar para desvane- 
cer los cargos que se han hecho á la doctrina católica, 
•<le que favorecía la esclavitud; puesto que, si con ella 
pueden avenirse todas las formas de gobierno, es bien 
claro que es una calumnia el apellidarla incompatible 
con la libertad. 

Véase cómo el citado autor prosigue explicando este 
punto (11): «Cuarto, nótese que, en particular, las for- 
mas de gobierno son de derecho de gentes, no de de- 



tiliquem uuum vel aliquos paucos; et hoc modo potestas princi- 
,pum, in genere coasiderata, est etiam de iare naturae, et divine: 
nec posset genus humanara, etiamsi totum simul conveniret, con- 
-trarium slatuere, nimirum, ul nuUi essenl principes vel recto- 
res. (Ib.) 

(11) Quarto nota, in particulari singulas species regiminis esse 
de iure gentium, non de iure naturae: nam pendet a consensu mul- 
titudinis constituere super se regem vel cónsules, vel alios magis- 
tralus. ut patet; et si causa legitima adsit, polest multitudo mutare 
regnum in Aristocratiam, aut Democratiam, et e contrario, ut Romae 
íactum legimus. 

Quinto nota, ex dictis sequí, hanc potestatem in particulari ©9S« 
quidem a Deo, sed mediante consilio, et electione humana, utalia 
omnia quaead ius gentium pertinent, ius enim gentium est quasi 
conrlusio deducía ex iure naturae per humanum discursum. Ex quo 
colliguntur duae differentiae iiiter potestatem politicam et ecclesias- 
iicam: una ex parte subiecti, nam política est in multitudine, eccle- 
siastica in uno homine tanquam in subiecto immediate; altera ex 
parte etücientis. quod política universo considerata est de iure divi- 
no, in particulari considerata est de iure gentium; ecciesiasüca om- 
«ifcu» niodis esi de iure divino, el inmediato a Deo. (Ib.) 

T. 111 11 



— 162 — 

recho natural; pues que depende del consentimientí^ 
de la multitud el constituir sobre sí, ó rey, ó cónsules,, 
ú otros magistrados, como es bien claro; y, mediando» 
causa legítima, puede la multitud mudar el reino en 
aristocracia ó democracia, y viceversa, como leemos 
que se hizo en Roma. 

»Quinto, nótese que de lo dicho se infiere que esta 
potestad en particular viene de Dios, pero mediante el 
: consejo y elección humana, como todas las demás cosas 
que pertenecen al derecho de gentes; pues que el dere- 
V cho de gentes es como una conclusión deducida del 
derecho natural por el discurso humano. De lo que se 
infieren do& diferencias entre la potestad política y la 
eclesiástica: una por parte del sujeto, pues que la po- 
lítica está en la multitud, y la eclesiástica en un hom- 
bre, como en un sujeto inmediatamente; otra por parte 
de la causa, pues que la política considerada general- 
mente es de derecho divino y en particular es de dere- 
cho de gentes, pero la eclesiástica es de todos modus 
de derecho divino, y dimana inmediatamente de Dios.» 

Las últimas palabras que se acaban de leer, mani- 
fiestan bien claro con cuánta verdad dije más arriba 
que los teólogos entendían de un modo muy diferente 
el derecho divino, según se aplicaba al poder ci%il ó al 
eclesiástico. Y no se crea que la doctrina hasta aquí 
expuesta sea particular del cardenal Belarmino; sí- 
gnenle en este punto la generalidad de los teólogos; 
y he preferido aducir su autoridad, porque, siendo tan 
adicto como es á la Sede Romana, si ésta se hallase tan 
imbuida en los principios del despotismo como se ha 
querido suponer, se señalarían, sin duda, en esta parte 
los escritos de dicho teólogo. 

No es difícil prever lo que se objetará á lo que estoy 
exponiendo: diráse, sin duda, que Belarmino tenía por 
blanco principal el ensalzar la autoridad del Sumo 
Pontífice; y que con esta mira procuraba deprimir el 
poder de los reyes, para que desapareciese ó se eclip- 
sase todo cuanto podía oponer resistencia á la autori- 
dad de los papas. No entraré ahora en un examen de 



— 163 -~ 

las opln'ouía av. Belarmino sobre las relaciones de las 
d j:s potestades; esto me desviaría de mi intento; y, ade- 
más, puntos hay de derecho civil y eclesiástico, que á 
la sazón excitaban grande interés por motivo de las 
complicadas circunstancias de la época, y que, en la 
actualidad, lo ofrecerían muy escaso, por la profunda 
mudanza que se ha verificado en las ideas, y el dife- 
rente rumbo que han tomado los acontecimientos. 
Responderé, no obstante, á la dificultad indicada, ha- 
ciendo dos observaciones muy sencillas. Primera: no 
se trata aquí de las intenciones que pudiera abrigar 
Belarmino al exponer su doctrina, sino de saber ésta 
en qué consiste. Sea por el motivo que fuere, siempre 
se verifica que un autor de muy esclarecida nota, cuyo 
dictamen es de mucho peso en las escuelas católicas, 
•que escribía en Roma, quo no vio condenadas sus 
obras, que, antes bien, estuvo rodeado de considera- 
ciones y honores; este teólogo, repito, al explicar la 
doctrina de la Iglesia sobre el origen divino de la po- 
testad civil, lo hace en tales términos, que, afianzando 
el buen orden de la sociedad, en nada contribuye á 
cercenar la libertad de los pueblos. El cargo se dirigía 
contra Roma, y con esto Roma queda vindicada. Se- 
gunda: el cardenal Belarmino no profesa aquí una opi- 
nió;i aislada; están de su parte la generalidad de los 
teólogos; luego cuanto se diga contra su persona, nada 
prueba contra sus doctrinas. 

Entre los muchos otros autores que podría citar, es- 
cogeré algunos pocos que sean la expresión de dife- 
rentes épocas; y, supuesto que en obsequio de la bre- 
vedad me es indispensable ceñirme á estrechos límites^ 
ruego al lector que por sí mismo recorra las obras de 
los teólogos y moralistas católicos, para asegurarse de 
su manera de pensar sobre esta cuestión importante. 

He aquí cómo explica Suárez el origen del poder (12): 



(12) In hac re communis sentenlia videtur esse, hanc potestalem 
dari immediate a Deo ul actore naturae, ita ut homines quasi dispo- 
nant materiam efflciant subiectum capax huius poteslatis: Deusau- 
tem quasi tribual formara dando hanc potestatem. Cila á Caiet. Co- 
var, Viclor y Solo. (De Leg., L. 3, c. 3.) 



— 164 — 

íxEn esto, parece que la opinión común es que Dios, 
como autor de la naturaleza, da esta posestad; desueró- 
te que los hombres, como que disponen la materia, 
forman sujeto capaz de esta potestad; y Dios como que 
da la forma dando esta potestad.» (De Legibm. Lib. 3., 
cap. 3.) Continúa desenvolviendo su doctrina, apoyán- 
dola con las razones que suelen alegarse en esta mate- 
ria, y, pasando á deducir las consecuencias de ella, 
explica cómo la sociedad, que, según él, recibe inme- 
diatamente el poder de Dios, le comunica á determi- 
nadas personas, y añade (13): «En segundo lugar, si- 
gúese de lo dicho que la potestad civil, siempre que se 
la encuentra en un hombre ó príncipe, ha dimanado, 
por derecho legítimo y ordinario, del pueblo y comu- 
nidad, ó próxima ó remotamente, y que no se la 
puede tener de otra manera, para que sea justa.» 
(Ibid., cap. 4.) 

Quizás no todos los lectores tendrán noticia de que 
fuera un jesuíta, y jesuíta español, el que sostuviese, 
nada menos que contra el rey de Inglaterra en perso- 
na, la doctrina de que los príncipes reciben el poder 
mediatamente de Dios, é inmediatamente del pueblo. 
Este jesuíta es el mismo Suárez, y la obra á que aludo 
se titula (14): «Defensa de la fe católica y apostólica 



(13) Secundo sequiturexdictis, polestatemcivilem, quotiesinnno 
homíne. vel principe reperitur, legitimo, ac ordinario iure, a populo 
et comraunitate manasse, vel proxime vel remote, nec posse aliler 
haberi, ut iusta sit. (Ibid., cap. 4.) 

(14) Defensio Fidei Caiholicae el Apostolicoe adversus antiUcanae 
ftectae errores, cum responsione ad apologiam pro iuramemo fldeli- 
tatis eC PraeTationem monitoriam serenissimo lacobi An^liae Regis, 
Auctore P. D. Francisco Suario Granatensi, e Socieíate le u, .Sacraa 
Theologiae in celebri conimbrinensi Academia Primario Professore, 
ad serenissimos totius Ghristiani orbis Catb^cos Re<¿es ac Prin* 
cipes. 

Lib. 3. De Primatu Sumrai Ponlificis. Cap. 2. Utrura Prinripalus po- 
lilicus sil immediate a Deo, seu ex divina inslitutione. 

In qua Rex sereciissimus, nom ^olum novo, elsin- 

gulari modo opinatur, sed eiiana acriter invehiiur in Cnrdinalem 
Bellarmiaum eo quod asserueril, non Regibusaucioriíaiem a Deo im- 



— 165 — 

contra los errores de la secta anglicana, con una res- 
puesta á la apología que por el juramento de fidelidad 
ha publicado el serenísimo rey 4e Inglaterra Jacobo, 
por el P. D. Francisco Suárez, profesor en la universi— 
dad de Coimbra, dirigida á los serenísimos reyes y 
príncipes católicos de todo el mundo cristiano.» En el 
libro 3, cap. 2, en que se propone la cuestión de si el 
principado político proviene inmediatamente de Dios, 6 
de la institución divina, dice: «en lo que el serenísimo 
rey, no sólo opina de una manera nueva y singular, 
sino que ataca con acrimonia al cardenal Belarmino, 
por haber afirmado que los reyes no han recibido de 
Dios la autoridad inmediatamente, como los Pontífices. ' 
Afirma, pues, el mismo que el rey no tiene su poder 
del pueblo, sino inmediatamente de Dios, y procura 
persuadir su parecer con argumentos y ejemplos, cuyo 
peso examinaré en el siguiente capítulo. 

»Aun cuando esta controversia no pertenezca directa- 
mente á los dogmas de fe (pues que nada puede manifes- 
tarse definido en ella, ni por la Sagrada Escritura, ni por 
la tradición de los Padres), no obstante, conviene tra- 
tarla y explicarla con cuidado, ya porque puede ser 
ocasión de errar en otros dogmas; ya porque la dicha 
opinión del rey, según él la establece y explica, es 
nueva y singular, y parece inventada para exagerar 
la potestad temporal y debilitar la espiritual; ya tam- 
bién porque conceptuamos que la opinión del ilustrí- 



tnediale, perinde ac Pontificibus esse concessam. Asserit ergo ipse,. 
Begem non a populo, sed mmediale, a Deo suam potestatem liabere, 
suam vero senteniiam quibusdam argumenlis, et exemplis suader© 
conatur, quorum efflcaciam in sequenti capite expendemus. 

Sed quamquam controversia haec ad fidei dogmata directe non pertineat 
(nihil enim ex divina Scriptura, aut Pairum traditione in illa definitum os- 
iendi polest), nihilominus diligenter tractanda, et explicanda est. 
Tum quia potestesseoccassioerrandi in aliisdogmatibus; tum etiam 
quia praedicla regís sentenlia, prout ab ipso asserilur, et intendilur». 
nova elsingularisest, et ad exaggerandam temporalem potestatem 
el spirituaiem extenuandam videtur inventa. Tum denique quia 
senteniiam Illustrissimo Bellarmini, antiqxMm, receptam, veramacne-- 
cesiariam esse censemus. 



— 166 — 

simo Belarmino es antigua, recibida, verdadera y nece- 
saria.» ^ 

No se crea que estas opiniones fueran hijas de las 
circunstancias de la época, y que, apenas nacidas, des- 
apareciesen de las escuelas de los teólogos. Sería muy 
fácil citar crecido número de autores en apoyo de las 
mismas, con lo que se manifestaría la verdad de lo 
que dice Suárez, de que el dictamen de Belarmino era 
recibido y antiguo; y, además, se echaría de ver que 
continuó admitida como cosa muy corriente, sin que 
se la notase de contraria en algo á las doctrinas ca- 
tólicas, ni aun de que pudiese acarrear algún riesgo 
á la estabilidad de las monarquías. En confirmación 
de lo que acabo de decir, insertaré algunos pasajes de 
escritores distinguidos, con lo que se pondrá de mani- 
fiesto que en Roma esta manera de explicar el derecho 
divino no se ha mirado nunca como cosa sospechosa; y 
que en Francia y España, donde tan profundas raíces 
había echado la monarquía absoluta, tampoco era con- 
siderada dicha opinión como peligrosa á la seguridad 
de los tronos. 

Había transcurrido ya muchísimo tiempo, y desapa- 
recido, por consiguiente, la situación crítica que pu- 
diera influir más ó menos en el giro de las opiniones, y 
notamos que todavía continúan^os teólogos sostenien- 
do las mismas doctrinas. Así vemos que el cardenal 
Gotti, que escribía en el primer tercio del siglo pasado, 
en su Tratado de las leyes, da por supuesta la opinión 
indicada, no deteniéndose siquiera en confirmarla. (15) 



(15) R. P. Hermanni Busembaum Societalis íesu Theologik moralis 
non pluribus partibus aucta a R. P. D. Alfonso de Ligorio Rectore 
maiore congregationis SS. Redemploris; adiuncta in calce operis prae- 
terindicem rerum, et verborum locuplelissimum, per ulili inslruc- 
tione ad praxim confessariorum latine reddita. 

Lib. 1. Tract. 2. De legibus. Cap. 1. De natura, et obligaüone legis. 
Dup. 1 

104. Certum esl dari in bominibus potestatem ferendi Iwgis, sed 
potestas haec quoad leges civiles a natura nemini competit, nisi com- 
munitati horainum, etab hac Iransfertur ía unum, vel in plures, a 
4{uibu8 communitas regatur. 



— 167 — 

En la teología moral de Hermán Busembaum, aumen- 
tlada por San Alfonso de Ligorio, en el libro 1, tratada 
:2 de las leyes, cap. 1, duda 2, párrafo 104, se dice ex- 
presamente: «es cierto que hay en los hombres la po- 
'tostad de hacer leyes; pero esta potestad, en cuanto á 
Jas civiles, á nadie compete por naturaleza, sino á la 
•comunidad de los hombres, la cual la transfiere á uno 
ó á muchos, á fin de que gobiernen la misma comu- 
nidad.» 

Para que no se diga que solamente cito autores je- 
:suítas, y no se sospeche que quizás estas doctrinas no 
pertenecen sino á los casuistas, insertaré pasajes nota- 
-bles de otros teólogos, que no son ni casuistas, ni apa- 
sionados de los jesuítas. 

El Padre Daniel Goncina, que escribía en Roma al 
promediar el último siglo, sostiene la misma doctrina 
como admitida generalmente. En su Teología cristiana 
■dogmático-moral, en la edición de Roma de 1768, se 
^expresa en estos términos (16): «Comunmente todos 



(16) Theologia Christiana Dogmatico-Moralis Auctore P. F. Daniele 
Concina ordinis praedicatorum. Editio novissima, tomus sextus, de 
iure nal. et gent. etc. Romae 1768. 

Lib. 1. De iure natur. et gent. etc. Dissertatio 4. De leg. hura, C. 2. 

Summae potestatis originem a Deo communiter arcessunt scripto- 
Tresomnes. Idque declaravit Salomón, Prov., 8: «Per me reges reg- 
nanl.^t legiim conditores iusta decernunt.» El prefecto quemadmo- 
• dum inferiores principes a summa maiestate, ita summa malasias 
terrena a supremo Rege, Dominoque Dominantium pendeat neeessum 
•est. lllud in dispulationem vocanti tum Theologi, tum luriscon- 
sulti, sit ne a Deo proxime, an tanlum remote haec potestas summa? 
immediate a Deo haberi contendunt plures, quod ab, hominibus 
ñeque coniunctim, ñeque sigillatim acceptis haberi possit. Omnes 
•enim patresfamilias aequales sunt, soloque oeconomica in proprías 
familias poteslaie fruuntur. Ergo civilem politicamque polestatem, 

'la ipsi carent, conferre alus nequeunt. Tum si potestas summa a 

immunitate, tamquam a superiore uni, aut pluribus collata esset, 
rovocari ad nutum eiusdem communitatis posset, cum superior pro 
arbitrio retractare communicatam polestatem valeut; quod in mag- 
num societatis detrimenlum recideret. 

Contra disputan! alii, el quidem probabilius ac c^ítíS, advertentes, 
•oranem qaidem polestatem a Deo esse; sed addunt, non transferri 
áa particulares homines immediate, sed mediante societatis civili* 



— 168 — 

los escritores hacen derivar de Dios el origen del poder 
supremo, lo que declaró Salomón en el libro de los 
Proverbios, cap. 8, diciendo: «por mí reinan los reyes, 
y los legisladores decretan cosas justas.» Y á la ver- 
dad, así como los príncipes inferiores dependen de la 
majestad superior terrena, así es necesario que ésta- 
dependa del supremo Rey y Señor de los señores. Dis- 
putan los teólogos y los jurisconsultos si esta potestad 
suprema viene próximamente de Dios, ó sólo remota- 
mente. Pretenden muchos que dimana de Dios inrae- 
diatamente, porque no puede dimanar de los hombres, 
ni considerándolos reunidos, ni separados; pues que 
todos los padres de familia son iguales, y cada uno de 
ellos sólo tiene, con respecto á la propia familia, una 
potestad económica, por lo cual no pueden conferir á 
otro la civil política, de que ellos mismos carecen. 
Además; si la comunidad, como superior, hubiese co- 
municado á uno ó á muchos la dicha potestad, podría 
revocarla cuando bien le pareciese, pues que el supe- 
rior es libre de retirar las facultades otorgadas á otro, 
lo que acarrearía grave detrimento á la sociedad. 

»A1 contrario; disputan algunos, y ciertamente con. 
más probabilidad y verdad, advirtiendo que realmente 
toda potestad viene de Dios, pero añaden que no se co^ 
munica á ningún hombre particular inmediatamentey 
^ino mediante el consentimiento de la sociedad civiL 



consensu. Quod haec potestas sitimniediatA, non tn aliquo singulanV 
sed iii Iota hominum colleclione, docet conceptís verbís S. Thom»» 
1. 2. qu. 90. arl. 3, ad. í. et qu. 97. arl. 3. ad. 3., quera sequunlur Do- 
minica» >olo, lib. 1. qu. 1. art. 3. Ledesma t. Part. qu. 18. arL 3. 
Covarrubias in pract. cap. 1. Ratio evidens est: quia omnes homines 
nascuntur liberi respeclu civilis ¡mperü: ergo nemo in aliuro riviii 
poteslate potitur. Ñeque ergo in singulis, ñeque in aliquo deierroina- 
lo poiestas haec reperitur. Consequiíurergo intola hominum oollec- 
tione eamdem extare. Quae potestas non conferiura Deo peraliquam. 
actionem peculiarema creatione distinctam; sed est veluli proprie- 
Uts ipsam recta m rationem consequens, quatenus recta rallo pra»- 
scribít ul hominisin unum moralitercongregati, expresso.aul tácito 
consensu modum dirigendae, conservandae, propugnandaeque so- 
cietalis praescribanL 



- 160 — 

Que esta potestad reside inmediatamente^ no en nin- 
gún particular, sino en toda la colección de los hom- 
bres, lo enseña expresamente Santo Tomás. 1. 2. qu. 
90, art. 3. ad. 2, y qu. 97, art. 3. ad. 3., á quien -siguen 
Domingo Soto, lib. 1., qu. 1., art. 3. Ledesma 2. Part. 
qu. 18, art. 3. Govarrubias in pract. cap. 1. La razón 
de esto es evidente: porque todos los hombres nacen 
libres con respecto al imperio civil; luego ninguno tie-^ 
ne potestad civil sobre otro; no residiendo, pues, esta 
ni en cada uno de ellos ni en ninguno determinada- 
mente, sigúese que se halla en toda la colección de Ios- 
hombres. Cuya potestad no la confiere Dios por ninguna 
acción particular distinta de la creación^ sino que es como- 
una propiedad que sigue la recta razón, en cuanto ésta 
ordena que los homares reunidos moralmente en uno, pres- 
criban, por medio de consentimiento expreso ó tácito, el 
modo de dirigir, conservar y defender la sociedad.-» 

Conviene notar que, cuando el Padre Goncina habla 
en este lugar de consentimiento tácito ó expreso, no se 
refiere á la misma existencia de la sociedad, ni del po- 
der que la gobierna, sino únicamente al modo de ejer-^ 
cer este poder, para dirigir, conservar y defender la' 
misma sociedad. Su opinión, pues, coincide con la de 
Belarmino: la sociedad y la potestad son de derecho di' 
vino y natural; sólo es de derecho humano el modo de 
constituir la primera, y de transmitir y ejercer la se- 
gunda. 

Explicado el sentido en que debe entenderse que la* 
potestad civil viene de Dios, pasa á resolver la cuestión 
que se había propuesto, sobre el modo con que aque- 
lla potestad reside en los reyes, príncipes, ú otros su- 
premos gobernantes; y se expresa de este modo (17): 



(17) Hinc infertur, poleslalem residenlem in Principe, Rege, vel' 
in pluribus, aut optimaiibus, aul plebeis, ab ipsa communilale aiiT 
proxime, aut remote proficisci. Nam poleslas haec a Deo inmediata 
non esU Id enim nobis constare peculiari revelalioni deberet; que- 
madmodum scimus, Saulem etDavidem electos a Deo fuisse. Ab ipsa 
ergo communitate dimauel oportet. 

Falsa na ilaque repulamus opinionem ¡Mam nuae asseril, polestalem 



— 170 — 

«De aquí se infiere que la potestad que reside en el 
príncipe, en el rey, ó en muchos, sean nobles ó plebe- 
yos, dimana de la misma comunidad, próxima ó remo- 
lamente; pues que esta potestad no viene inmediata- 
mente de Dios, lo que debería constarnos por particu- 
lar revelación, como sabemos que Saúl y David fueron 
elegidos por Dios. 

»Así tenemos por falsa la opinión que afirma que 
Dios confiere inmediata y próximamente esta potestad 
al rey, al príncipe, ó á cualquier gobernante supremo, 
excluido el consentimiento tácito ó expreso de la re- 
pública. Aunque esta disputa versa más bien sobre las 
palabras que sobre las cosas; porque esta potestad vie- 
ne de Dios, autor de la naturaleza, en cuanto dispuso 
y ordenó que la misma república, para la conserva- 
ción y defensa de la sociedad, confiriese á uno ó á mu- 
chos la potestad del gobierno supremo. Hecha la de- 
;SÍgnación de la persona ó personas que hayan de man- 
dar, se dice que esta potestad proviene de Dios, en 
cuanto la sociedad misma está obligada por derecho 
natural y divino á obedecer al que impera. Porque, en 



ihanc immediate et proxime a Deo conferri Regí, Principi et cuiqoe 
rsupremae potestati, excluso Reipublicae tácito, autexpresso consen- 
su. Quamquam iis haec verborum potius quam rei est. Nam polestas 
Jiaec a Deo auctore naturae est, quatenus disposuit, et ordinavit ut 
ípsa Respublica pro socíetatis conservatione, et defensione udí, 
aut pluribus supremam regirainis potestatem conferret. Immo facta 
designatione iroperantis, aut imperantium, potestas haec a Deo ma- 
nare dicítur, quatenus iure natural! et divino tenetur societas ipsa 
parcre imperanti. Quoniam re ipsa Deus ordinavit perunum, aut 
per plures hominum societas regatur. Et hac via omnia conciiian- 
tur placita; et oracula Scripturarrura vero in sensu exponuntur. Qui 
resistit potestati, Dei ordinationi resistit. Et iterum: Non est potes- 
tas nisi a Deo: ad Rom., 8. Et Petrus epist. 1, cap. 2: Subiecti igitur 
estoteorani huraanae creaturae propter Deum sive Regi etc. ítem 
loann. Ití: Non haberes poiestatem adversum me ullam. nisi tibi da- 
tara esse desuper. Quae el alia testimonia evincunl, omnia a Deo su- 
premo rerum omnium moderatore, disponi el ordinari. At non 
propter humana consilia, et operationes exciuduntur; ut sapienter 
interpretan tur S. Augustlnus Iract. 6. in loann, et Lib. ti cont. Faus- 
dum cap. 47, et S. íoannes Chrysostomus hom. 23 in BpisU ad Rom. 



«fecto, Dlo« ha ordenado que la sociedad esté gober- 
nada por uno ó muchos. Y de esta suerte se concilian 
todas las opiniones, y se exponen en su verdadero 
«entido los oráculos de las Escrituras: «quien resiste á 
ia potestad, resiste á la ordenación de Dios»; «todo po- 
der viene de Dios»; «estad sujetos á toda criatura por 
Dios, sea al rey, etc.»; «no tendrías en mí potestad al- 
guna, si no te hubiese sido dada de lo alto»: cuyos tes- 
timonios, y otros semejantes, convencen de que Dios, 
-como supremo moderador de todas las cosas, lo dispo- 
ne y ordena todo. Pero no se excluyen por esto las 
operaciones y consejos humanos, como sabiamente in- 
terpretan San Agustín y San Juan Grisóstomo, 

El Padre Billuart, que vivía en la primera mitad del 
siglo pasado, y, por consiguiente, en una época en que 
las tradiciones altamente monárquicas del siglo de 
Luis XIV estaban en todo su vigor, escribía sobre es- 
tas materias en el mismo sentido que los teólogos que 
se acaban de citar. En su obra teológico-moral, que 
hace cerca de un siglo anda en manos de todo el mun- 
do, se expresa de esta suerte (18): «digo, en primer lu- 
gar, que la potestad legislativa compete á la comuni- 
dad, ó á aquel que cuida de la misma comunidad»; 
después de haber citado á Santo Tomás, y á San Isido- 



(18) Quinam possint ferré leges? Díco 1. Potestas legislativa com- 
petit commuDitatí, vel illí quí curam commuDÍtatis gerit. (Ibíd., 
art.3. o.) 

Prob. 1. Kx Isidoro L. 5. Etymol. C. 10 et refertur C. Lex. Dist. 4 ubi 
dicit: Lex est constitutio populi, secuadum quam maiores natu »i- 
OQul cnim plebibus aliquis sanxerunt. (Ibid. in art. 1. «.) 

Prob. 1. Ratione. (Ibid. o.) 111 ius est condere legem, cuius est 
tjroipicere bono communi; quia, ut dictum est, leges (eruntur prop- 
t«r bonum commune; atqui est communitatis, vel illius, qui curam 
««ramunitatis habet. prospicere bono communi; sicul onim bonum 
pariiculare est finís proportionatus agenti particulari, ita bonum 
commune est flnis proportionatus communitati, vel eius víces ge- 
reoti; ergo. Confirmatur (ibid. ad t) lex habet vira imperandi et 
coercendi; atqui nemo privatus habet vim imperandi multitudiní 
«t eam coercendi, sed sota ipsa maltitudo, reí «ius Rector; ergo. 
<Tract. de Legi. Art. 4.) t 



— 172 — 

ro, continúa: «pruébase primero con la razón: el hace r 
l'eyes pertenece á aquel á quien incumbe el mirar por 
el bien común, porque, como se ha dicho ya, este bien 
es el fin de las leyes; toca á la comunidad, ó á quien 
cuida de ella, el mirar por el bien común, pues así 
como el bien particular es un fin proporcionado al' 
agente particular, así el bien común es un fin propor- 
cionado á la comunidad ó á aquel que ejerce sus ve- 
ces; luego el hacer leyes pertenece á aquélla ó á éste. 
Confírmase lo dicho. La ley tiene fuerza de mando y 
de coacción; es así que ningún particular tiene esta 
fuerza para mandar á la multitud ó hacerle coacción, 
sino tan solamente ella misma ó aquel que la rige;, 
luego á éstos pertenece la potestad legislativa.» 

Previas estas reflexiones, se propone él mismo una 
dificultad, por la demasiada extensión que, al parecer^ 
acaba de otorgar á los derechos de la multitud; y con 
esta ocasión desenvuelve más y más su sistema. 

(19) «Se me objetará, dice, que el mandar y el for- 
zar es propio del superior, lo que no puede hacer la 
comunidad, no siendo superior á sí misma; á esto res- 
ponderé, distinguiendo: la comunidad, considerada 
bajo el mismo respecto, no es superior á sí misma, pera 
sí lo es bajo un respecto diverso. La comunidad puede 
ser considerada colectivamente, á manera de cuerpo 
moral, y así es superior á sí misma mirada distributi- 
vamente "en cada uno de sus miembros. Además, pue- 
de ser considerada en cuanto ejerce las veces de Dios, 



(19) Dices: Superiori» esl imperare et coerceré; atquí communita» \ 
Qone»t8ib¡ superior; ergo R. D. Mín. Communilas sub eodem res- 
peciu considérala, non est sibi superior. C. Sub diverso respecto. N. 
Polest ¡laque communilas considerari collective, per modum unius^ 
corporis moralis, el sic considérala est superior eibi, consideratae> 
distribulive in singulis membris. ítem polest consideran vel ul geril 
vices Dei, a quo omnis poleslas legislativa descendil. iuxla illud Pro- 
verb.: Per me reges regnanl, el legum condilores iusta decernunl; 
vel ut est gubernabilis in ordine ad bonum commune: primo modo- 
considera la est superior et legislativa, secundo modo considérala est 
inferior et legis susceptiva. # 



— 173 — 

de quien dimana toda potestad legislativa, según aque- 
llo de los Proverbios: «por mí reinan los reyes, y los 
iegisladores decretan cosas justas», ó en cuanto es ca- 
paz de ser gobernada en orden al bien común: consi- 
^derada del primer modo, es superior y legisladora; 
considerada del segundo, es inferior y susceptible de 
ley.» 

Gomo esta explicación pudiera dejar todavía cierta 
obscuridad, entra más á fondo en el examen del origen 
4e las sociedades, y de la potestad civil, procurando 
manifestar cómo se hallan de acuerdo en este punto el 
derecho natural, el divino y el humano, y deslinda lo 
que pertenece á cada uno de ellos; continuando como 
^igue: 

(20) «Para que esto se entienda con más claridad, se 



(20) Quod ut clarius percipiatur, observancia est hominem inter 
animalla nasci máxime destitulum pluribus lum corporis cum ani- 
-mae necesariis, pro quibus indiget aliorum consortio et adiutorio, 
'Consequeuter eum ipsaple natura nasci animal sociale; socieías au- 
tem, quam natura, naturalisve ratio dictat ipsi necessariam, diu 
subsistere non potest, nisi aliqua publica potestate gobernetur, iuxla 
illud Proverb.: Ubi non est gubernator, populus corruet. Ex quo se- 
quitur, quod Deus, qui dedit taiem naluram, simul ei dederit potes- 
tatem gupernalivam et legislalivam, qui enim dat formara, datetiam 
ea quae haec forma necessario exigit. Verum, quia haec potesias gu- 
bernativa et legislativa non potest facile exercire a tota multitudi- 
■ne; difflcile namque forte, omnes et singulos simul convenire toties 
xjaod est providendum est de necessariis bono communi.et de legi- 
bus ferendis; ideo solet multitudo transferre suum ius seu potestatem 
gubernativam, vel in aliquos de populo ex omni conditione, et dici- 
tur Democratia; vel in paucos optimates, et dicitur Aristocratia; vel 
in unum tantum, sive per se solo, sive pro successoribus iurehaere- 
<litario, et dicitur Monarchia. Ex quo sequitur, oranem potestatem 
«sse a Deo, ut dicit Avxjst., Rom., 13, immediate quidem et iure na- 
turae in communitate, mediate aulem tantum et iure humano in 
Regibus et alus rectoribus: nissi Deus ipse immediate aliquibus 
bañe potestatem conferat, ut contulit Moysi in populum Israel, et 
-Christus SS. Pontifici in totam Ecclesiam. 

Banc potestatem legislativam in Ghristianos, masime ivistos non agnos- 
cwU, Lutherani et Calvinistae, secuti in hoc Valdenses Wicleffum, et loan. 
Huss, damnatos in Conñl. Constant., Sess. 6, can. 45. Et quamvis loannes 
Huss eam agnosceret in Ihrincipibus bonis, eam tamen denegahat malis, pa^ 
riter ideo damnatus in eodem Concil, Sess. 8. 



— 174 — 

ha de observar que, á diferencia de los animales, nace 
el hombre destituido de muchas cosas necesarias al 
cuerpo y al alma, para las cuales necesita la compañía 
y ayuda de los demás; y, por consiguiente, es por su 
misma naturaleza animal social. Esta sociedad, que la. 
naturaleza y la razón natural le dictan como necesaria, 
no puede subsistir por mucho tiempo sin algún po- 
der que la gobierne, según aquello de los Proverbios: 
«donde no hay gobernador el pueblo caerá.» De lo que 
se infiere que Dios, que concedió esta naturaleza, le 
otorgó al mismo tiempo la potestad gubernativa y le- 
gislativa; pues quien da la forma, da también aquellas 
cosas que esta forma exige por necesidad. Pero, como 
esta potestad gubernativa y legislativa no puede fácil- 
mente ejercerla toda la multitud, pues que sería difí- 
cil que todos y cada uno de los que la forman pudiesen 
reunirse, siempre y cuando se hubiese de tratar de Ios- 
asuntos necesarios al bien común ó establecer leyes,. 
por esto suele la multitud transferir su derecho ó po- 
testad gubernativa, ó á algunos del pueblo tomados de^ 
todas las clases, lo que se llama democracia, ó á pocos 
nobles, lo que se denomina aristocracia, ó á uno tan 
solamente, ó para sí ó también para sus sucesores por 
derecho hereditario, lo que se apellida monarquía. De 
lo que se sigue que toda potestad viene de Dios, como- 
dice el Apóstol en la Carta á los Romanos, cap. 13. 
Cuya potestad reside en la comunidad inmediatamente 
y por derecho natural; pero, en los reyes y demás go- 
bernantes, tan solo 7nediatamente y por derecho huma^Wy 
á no ser que el mismo Dios confiera inmediatamente á 
algunos esta potestad, como la confirió á Moisés sobre 
el pueblo de Israel, y como la dio Cristo al Sumo Pon- 
tífice sobre toda la Iglesia.» 

Nada más curioso que la ninguna alarma que daban 
á nuestros gobiernos absolutos estas doctrinas de los 
teólogos; no tan sólo antes de la revolución de Fran- 
cia, sino también después de ésta, y aun durante lo- 
que se llama la ominosa década. Sabido es que el Com- 
pendio Salmaticense corría con mucha aceptación en 



— 175 — 

nuestro país en dicho tiempo, y que servía de texto en 
las cátedras de moral de las universidades y colegios. 
Los que declaman incesantemente contra dicha tem- 
porada, imaginándose que no era dable enseñar otras 
doctrinas que las favorables al más estúpido absolutis- 
mo, oigan lo que dice el citado autor, que á la sazón- 
andaba en manos de todos los jóvenes destinados á la 
carrera eclesiástica. Después de haber establecido que 
existe entre los hombres un poder civil legislativo, 
continúa (21): «Preguntarás, en segundo lugar, ¿si esta 
potestad civil la recibe de Dios el príncipe inmediata- 
mente'^ Respuesta: todos afirman que dicha potestad 
los príncipes la tienen de Dios; pero se dice con más 
verdad que ellos no la reciben inmediatamente, sino- 
mediante el consentimiento del pueblo; pues que todos 
los hombres son iguales en naturaleza, y por natura- 1 
leza no hay superior ni inferior; y, ya que ésta á na-^ 



(21) Compendium Salmaticense. 

Auctore R. P. F. R. Antonio a S. Joseph olim Lectore, Prioreac 
Examinatore Synodali in suo Collegio Burgensi, nunc Procuratori 
generali in Romana Curia pro carmelitarum discalcealorum hispa-' 
nica congregalione. Romae 1T79. Superiorum permissu. 

Tractatus tertius de legibus. 

Cap. 2. De potestate ferendi leges. 

Puncium 1. De potestate legislativa civili. 

Inq. 1. An detur in hominibus potestas condendi Jeges civiles? 
R. aflar. conslet ex illo Proverb. 8: Per me reges regnant, et legum 
conditores iusla decernunt. ídem patet ex Apost. ad Rom. 13, et tan- 
quam de íide est definitum in.Conc. Const. Sess. 8 et ultima. Proverb. 
ration. quia ad conservationem boni communis requiritur publica 
potestas, qua communitas gubernetur. nam ubi non est gubernator,- 
corruet populus, sed nequit gubernator communitatem nisi medii» 
legibus gubernare: ergo certum es dari in hominibus potestatem 
condendi leges, quibus populus possit gubernari. Ita. D. Th. lib. 1 de 
regim, princip., cap. 1 el 2. 

Inq. 2. An potestas legislativa civilisconveniat Principi immediate 
a Deo? R. omnes asserunt diciam potestatem habere Principes a Deo. 
Verius tamen dicitur, non immediate sed mediante populi consensu 
illam eos a Deo recipera. Nam omnes homines sunt in natura ae- 
quales, nec unus est superior, nec alius inferior ex natura, nulli 
enim dedit natura supra alterum potestatem, sed haec a Deo data est 
hominum communitati, quae iudicans rectius fore gubernandamr 



— 176 — 

«die dio potestad sobre otro, esta potestad la ha dado 
Dios á la comunidad, la cual, juzgando que le sería 
jnejor el ser gobernada por una ó muchas determina- 
das personas, la transfirió á uno ó á muchos, para que 
la rigiesen, como dice Santo Tomás, 1. 2., qu. 90, art. 3 
^d. 2. 

»De este principio natural nacen las diferencias del 
régimen civil: porque si la república transfirió toda su 
potestad á uno solo, se llama régimen monárquico; si 
la confirió á los nobles del pueblo, se apellida régimen 
aristocrático; pero, si el pueblo ó la república retiene 
para sí esta potestad, toma el nombre de régimen de- 
mocrático. Tienen, pues, los príncipes recibida de Dios 
la potestad de mandar, porque, supuesta la elección 
hecha por la república, Dios -confiere al príncipe ese 
poder que estaba en la comunidad. De lo que se sigue 
que el príncipe rige y gobierna en nombre de Dios, y 
que, quien le resiste, resiste la ordenación de Dios, 
como dice el Apóstol en el lugar citado.» 



per unam ve) per plures personas determinatas, suam transtulit po- 
testatam in unam, vel plures equibus regeretur, ut ait D. 1. 4. q. 9*. 
ü.Sad.l 

Ex hoc naturali principio orilur discrimen regiminís civilis. Nam 
si Respublica transtulit omnem suam poiestatem in uaum solum, 
appellatur Régimen Monarchicum; sí illam conlulit optimalibus 
populi, nuncupatur Régimen Aristocraticum; si vero populus aul 
Respublica sibi retineat talem potestalera, dicitur régimen Demo- 
craticum. Habent igitur Principes regendi potestalera a Deo, quia 
supposita electione a República facía, Deus illam poteslatem, quae 
in communitate eral, Principi confert. ünde ipse nomine Dei regitel 
gubernat, et qui illi resistit, Dei ordinalioni resislil, ut diciU Apost. 
Joco supra laúdalo. 



— 177 



CAPITULO L 



Considerando la doctrina del derecho divino en sus 
xelaciones con la sociedad, es menester distinguir los 
dos puntos principales que encierra; l.^ origen divino 
del poder civil; 2.®, el modo con que Dios comunica 
este poder. 

Lo prmiero pertenece al dogma, á ningún católico le 
es lícito ponerlo en duda; lo segundo está sujeto á 
cuestión, y, salva la fe, pueden ser varias las opi- 
niones. 

En orden al derecho divino, considerado en sí, está 
de acuerdo con el Catolicismo la verdadera filosofía. 
En efecto: si el poder civil no viene de Dios, ¿qué ori- 
gen se le podrá señalar? ¿En qué principio sólido será 
posible apoyarle? Si el hombre que lo ejerce no hace 
estribar en el cielo la legitimidad de su mando, todos 
los títulos serán impotentes para escudar su derecho. 
Este derecho será radicalmente nulo, y con nulidad 
imposible de revalidar. Suponiendo que la autoridad 
viene de Dios, concebimos fácilmente el deber de so- 
meternos á ella: esta sumisión en nada ofende nuestra 
dignidad; pero, en el caso contrario, vemos la fuerza, 
la astucia, la tiranía, nada de razón, nada de justicia; 
necesidad quizás de someterse; obligación, ninguna. 
¿Con qué título pretende mandarnos otro hombre? ¿Por 
la superioridad de su inteligencia? ¿Quién ha decidido 
la contienda adjudicándole la palma? Además, esta su- 
perioridad no funda un derecho; en ciertos casos podrá 
sernos útil su dirección, pero no obligatoria. ¿Á causa 
de sus mayores fuerzas? En tal caso el rey del mundo 
entero debería ser el elefante. ¿Como más rico? La ra- 
zón y la justicia no están en los metales; desnudo na- 
ció el rico, y, cuando baje al sepulcro, no llevará sus 
riquezas: sobre la tierra pudieron servirle de medios' 
T. ni 12 



— 178 — 

para adquirir el poder, mas no de títulos para legiti- 
marle. ¿En fuerza de las facultades otorgadas por otro»-; 
hombres? ¿Quién los constituyó nuestros procurado-' 
res? ¿Dónde está su consentimiento? ¿Quién reunió su» 
votos? Y nosotros y ellos, ¿cómo nos lisonjeamos de 
tener las grandes facultades que supone el ejercicio 
del poder civil? Careciendo de ellas, ¿cómo podemos 
delegarlas? 

Ofrece e aquí la doctrina que busca el origen del po- 
der en la voluntad de los hombres, suponiendo que es 
resultado de un pacto, en que se han convenido los 
individuos en dejarse cercenar una parte de Ija liber- 
tad natural, con la mira de disfrutar de los beneficios 
á que los brinda la sociedad. En este sistema, los de- 
rechos del poder civil, así como los deberes del subdi- 
to, están fundados únicamente sobre un pacto, el cual 
no se diferencia en nada de los contratos comunes, sino 
en la naturaleza y amplitud de su objeto. Por manera 
que, en tal caso, el poder dimanaría de Dios tan sólo 
en un sentido general, en cuanto de él dimanan todos 
los derechos y deberes. 

Los que han explicado de esla suerte el origen del 
poder, no siempre han coincidido con Rousseau; el 
contrato del filósofo de Ginebra nada tiene que ver 
con el pacto de que se habla en otros libros. No es 
éste el lugar de entrar en un cotejo de la doctrina de 
Rousseau con la de dichos escritores; baste recordar 
que, fundándose en el pacto, ellos quieren llegar á es- 
tablecer los derechos del poder civil tales como los ha 
entendido hasta ahora el buen sentido de la humani- 
dad, cuando, al contrario, el autor del Contrato Social 
se propone resolver en su libro el problema siguiente, 
que él llama fundamental; he aquí sus propias pala- 
bras: «Encontrar una forma de asociación^ que defienda y 
proteja con toda la fuerza común la persona y los bienes 
de cada asociado, y por la cual cada uno, uniéndose á to- 
dos, no obedezca, sin embarco, más que á si mismo, y que- 
de tan libre como antes. Tal es el problema fundamental 
de que el Contrato Social da la solución.» Esta algara- 



— 179 — 

bía de no obedecer más que á sí mismo, de haber pac- 
lado y quedar tan ¿il^e como antes, no necesita comen- 
tarios, sobre todo si se advierte que, según nos dice el 
autor á renglón seguido: «Las cláusulas de este con- 
trato son de tal suerte determinadas por la naturaleza 
del acto, que la menor modificación las haría vanas y 
de ningún efecto.» (Lib. I, cap. 6.) 

No ha sido, pues, la mente de Rousseau la de otros 
escritores que han hablado de pactos para explicar el 
origen del poder: éstos se proponían buscar una teoría 
para apoyarle; aquél intentaba reducir á cenizas todo 
lo existente y poner en combustión la sociedad. El que 
tuvo la extraña ocurrencia de presentárnosle en su 
tumba del Panteón con la puerta entreabierta, y sa- 
cando la mano con una antorcha encendida, imaginó 
un emblema quizás más significativo y verdadero de 
lo que él se figurab^t Ya se deja entender que el artis- 
ta pretendería expresar que Rousseau alumbraba el 
mundo, aun después de su muerte; pero, debiera re- 
cordar que el fuego representa también al incendiario. 
La Harpe había dicho: «.Su palabra es fuego, pero fuego 
asolador.» 

Sa parole est un feu, mais un feu qui ravage. 

Volviendo á la cuestión, observaré que la doctrina 
del pacto es impotente para cimentar el poder; pues 
que no es bastante á legitimar ni su origen ni sus fa* 
cultades. Es evidente, en primer lugar, que el pacto 
explícito no ha existido jamás; y que, cuando le su- 
pongamos en la formación de una sociedad reducida,, 
no ha podido obtener el consentimiento de todos los 
individuos. Los jefes de las familias fueran los únicos 
que habrían tomado parte en la convención; y así, 
desde luego, quedaba abierto el camino á las reclama- 
ciones de las mujeres, hijos y dependientes. ¿Con qué 
derecho los padres pactaban en representación de toda^ 
su familia? La voluntad de ésta, se nos dirá, estaba 
implícita en la de su jefe; pero esto es lo que falta de- 



mostrar. El suponerlo, es muy cómodo; el probarlo, 
no tanto. Se quiere encontrar el origen del poder em 
principios de riguroso derecho, se pretende que no sea 
más que un caso particular á que se han de aplicar las 
reglas generales de los contratos; y, no obstante, des- 
de el primer paso se tropieza con una grave dificultad, 
habiendo de recurrir á una ficción; porque ficción es, 
y no otra cosa, lo que se expresa por el consentimien- 
to implícito. En este sistema no es posible salir nunca 
de semejante ficción: implícito ha de ser el consenti- 
miento de las familias, aun en el caso en que sea ex- 
plícito el de sus jefes; lo que será imposible también, 
en tratándose de una sociedad algo considerable; y, 
además, implícito habrá de ser el de las generaciones 
que vayan sucediéndose, pues que no es dable reno- 
var á cada momento el pacto, para consultar la volun- 
tad de los que se interesan en sus^fectosi La razón y 
la historia enseñan que las sociedades n\) se han for- 
mado nunca de esta manera; la experiencia nos dice 
que las actuales no se conservan ni se gobiernan por 
semejante principio; ¿de qué sirve, pues, una doctrina 
inaplicable? Guando una teoría tiene un objeto prácti- 
co, el mejor modo de convencerla de falsa es probar 
que es impracticable. 

Las facultades de que se considera y siempre se ha 
considerado revestido el poder civil, son de tal natu- 
raleza, que no pueden haber emanado de un pacto. El 
derecho de vida y muerte sólo puede haber provenido 
de Dios; el hombre no tiene este derecho, de ningún 
pacto suyo podía resultar una facultad de que él care- 
ce con respecto á sí mismo y á los otros. Me esforza- 
ré en aclarar este punto importante, presentando las 
ideas con la mayor precisión posible. Si el derecho dft 
matar ha dimanado, no de Dios, sino de un pacto, ten- 
dremos que la cosa se habrá verificado de esta suerte. 
Cada asociado habrá dicho, expresa ó tácitamente: «Yo 
convengo en que se dicten leyes en las que se señale 
la pena de muerte á ciertas acciones; y, si yo contra- 
vengo, consiento ahora para entonces, en que se me 



- 181 — 

quite la vida.» De esta manera todos los asociados ha^ 
l>rán cedido sus vidas, en el supuesto de verificarse las 
debidas condiciones; pero, como ninguno de ellos tie^ 
ne derecho sobre la propia, la cesión que de ella hacen 
es radicalmente nula. La suma de los consentimientos 
do todos los asociados en nada obsta á la nulidad radi- 
cal, esencial de cada una de las cesiones; luego la suma 
de éstas es también nula, y, por tanto, incapaz de en- 
gendrar derechos de ninguna clase. Diráse, tal vez, que 
el hombre no tiene derecho sobre su vida, si se habla 
de un derecho arbitrario; pero que, cuando se trata de 
disponer de ella en beneficio propio, el principio ge- 
neral debe restringirse. Esta reflexión, que á primera 
vista pudiera parecer plausible, lleva á una conse- 
cuencia horrorosa: á legitimar el suicidio. Se replicará 
que el suicidio no acarrea utilidad á quien le comete; 
pero, una vez que acabáis de conceder al individuo el 
derecho de disponer de su vida, con tal que le resulte 
un beneficio, no podéis erigiros en jueces de si en un 
caso particular le resulta este beneficio ó no. Según 
vosotros, él tenía derecho de ceder sif vida, en el caso, 
po! ejemplo, de quo, para satisfacer sus necesidades ó 
sus gastos, tomare la propiedad de otro; es decir, que 
él eru 31 jutíki tjntre las ventajas de la existencia, y las 
de satis'a^jei un deseo; ?,qué le responderéis, pues, 
cuando oé Ciga que prefiere la muerte á la tristeza, al 
tedio, al pesar, ó á otros males que le atormentan? 

El derecho de vida y muerte no puede, por consi- 
guiente, dimanar de un pacto; el hombre no es pro- 
pietario de su vida, la tiene sólo en usufructo, mien- 
tras el Criador quiere conservársela: luego carece de 
facultad para cederla; y todas las convenciones que 
haga con este objeto, son nulas. En ciertos casos, es lí- 
cito, glorioso, y aun puede ser obligatorio, el entregar- 
se á una muerte segura, pero conviene no confundir las 
ideas; entonces el hombre no dispone de su vida como 
dueño; es una víctima voluntaria, consagrada á la sa- 
lud de la patria, ó al bien de la humanidad. El guerre- 
ro que escala una muralla, el hombre caritativo que 



— 182 — 

(arrostra el más inminente contagio por socorrer á los 
enfermos, el misionero que aborda á playas desconoci- 
das, que se resigna á vivir en climas malsanos, que 
penetra en inaccesibles selvas en busca de hordas fe- 
' roces, no disponen de sus vidas como propietarios, las 
sacrifican á un designio grande, sublime, justo, agra- 
dable á Dios; porque Dios ama la virtud, y más la vir- 
tud heroica; y virtud heroica es el morir por su patria, 
el morir por socorrer á los desgraciados, el morir por 
llevar la luz de la verdad á los pueblos sentados en las 
tinieblas y sombras de la muerte. 

Quizás el derecho de vida y muerte, de que se ha 
considerado investido siempre el poder civil, preten- 
derán algunos fundarle en el derecho natural de de- 
fensa que tiene la sociedad. Todo individuo, se dirá, 
puede quitar á otro la vida en defensa propia; luego 
puede hacerlo también la sociedad. Al tratar de la in- 
tolerancia, toqué de paso este punto, haciendo algunas 
reflexiones que deberé repetir aquí; sin embargo, pro- 
curaré darles mayor extensión, y robustecerlas con 
otra clase de argumentos. 

En primer lugar, tengo por cierto que el derecho de 
defensa puede engendrar en la sociedad el derecho de 
dar la muerte. Si un individuo atacado por otro puede 
lícitamente rechazarle y hasta matarle, si necesario 
fuere, para salvar su propia vida, es evidente que una 
reunión de hombres tendrá también el mismo derecho. 
Esto es tan evidente, que no es menester demostrarlo. 
Una sociedad atacada por otra tiene el indisputable 
derecho de resistirle, de rechazarla, hace justamente 
la guerra; luego con tanta ó más razón podrá resistir 
al individuo, hacerle la guerra, matarle. Todo esto es 
muy verdadero, muy claro: y así convengo en que se 
halla en la misma naturaleza de las cosas un título 
donde se puede fundar el derecho de dar la muerte. 

Pero, si bien estas ideas son muy plausibles, y pare- 
cen á primera vista disipar las razones en que apoyá- 
bamos la necesidad de recurrir á Dios para encontrar 
«I origen de ese formidable derecho, examinadas á fon- 



— 183 — 

do distan mucho de ser tan satisfactorias, y aun puede 
añadirse que, según como se las entienda y aplique, 
son subversivas de los principios reconocidos en toda 
sociedad. Por de pronto, si se admite semejante teoría, 
si sobre ella se hace estribar exclusivamente el dere- 
cho de dar la muerte, desaparecen las ideas de pena,^ 
castigo, justicia humana. Se ha creído siempre que, 
cuando el criminal muere en el patíbulo, sufre una 
pena; y si bien es cierto que en este acto terrible se ha 
visto la satisfacción de una necesidad social, un medio 
de conservación, no obstante, la idea principal y do- 
minante, la que se levanta sobre todas las otras, la que 
más justifica y sincera á la sociedad, la que reviste al 
juez de un carácter augusto, la que arroja sobre el cri- 
minal una mancha, es la idea de castigo, de pena, de 
justicia. Todo esto desaparece, se anonada, desde el 
momento en que digamos que la sociedad quitando la * 
vida no hace más que defenderse; su acto será confor- 
me á la razón, será justo, pero no merecerá el honroso 
título de administración de justicia. El hombre que 
recnaza al asesino ó le mata, hace un acto justo, pero 
no cidmiuiscra justicia, no aplica una pena, no castiga. 
Éstas son cosas muy distintas, de orden muy diferen- 
te, uo pueieu confundirse sin chocar con el buen sen- 
tido dt la humanidad. 

H.^^amu;, más sensible esta diferencia, procurando ^ 
qu(. hdb'ca las dos teorías por boca del juez. El con- 
trast'. es a.uy chocante. En el primer caso, el juez dice 
al criminal: «Tú eres culpable, la ley te señala la pena 
de muerte; yo, ministro de la justicia, te la aplico; el 
verdugo queda encargado de ejecutarla.» En el segun- 
do, le dice: «Tú has atacado la sociedad, ésta no puede 
subsistir tolerando semejantes ataques; ella se defien- 
de, por esto se apodera de ti, y te mata; yo soy su ór- 
gano, declaro que ha venido el caso de esta defensa, y 
así te entrego al verdugo.» En la primera suposición, 
el juez es un sacerdote de la justicia, y el ajusticiado, 
un criminal que sufre el digno castigo; en la segunda, 
-el juez es un instrumento de la fuerza, y el ajusticia- 
■do, una víctima. 



— 184 — 

«Pero, se me dirá, el criminal siempre queda crimi^ 
nal y merecedor de la pena que sufre»; es cierto en 
cuanto á la culpabilidad, pero no en cuanto á la penau 
La culpa existe á los ojos de Dios, y á los ojos de los 
hombres también, en cuanto tienen una conciencia 
que juzga de la moralidad de las acciones, pero no 
como jueces; pues, desde el momento en que se los re- 
vista de este carácter, ya hacen algo más que defender 
la sociedad, y, por consiguiente, se cambia el estado 
de la cuestión. 

De lo que acabamos de asentar se infiere que el de- 
recho de imponer la pena de muerte no puede dima- 
nar sino de Dios; y, por consiguiente, aun cuando no 
hubiera otra razón para buscar en él el origen del po- 
der, ésta sería bastante. La guerra contra una nación 
invasora puede explicarse por el derecho de defensa; 
la invasión es susceptible también del mismo princi- 
pio, pues que, siendo justa, no será más que para exi- 
gir una reparación, ó una compensación á que se niega 
el enemigo; la guerra por alianzas entrará en el círcu- 
lo de las acciones que se ejercen por socorrer á un 
amigo; de manera que este fenómeno de la guerra, con 
todo su grandor, con todos sus estragos, no obliga tan- 
to á recorrer al origen divino, como el simple derecho 
de llevar á un hombre al patíbulo. Sin duda que en 
Dios se encuentra también la áfcnción de las guerras 
legítimas, porque en él está la sanción de todos los de- 
rechos y deberes; pero al menos no se necesita una au- 
torización particular como para imponer la pena de 
muerte, bastando la sanción general que Dios, como 
autor de la naturaleza, ha dado á todos los derechos y 
deberes naturales. 

¿Cómo sabemos que Dios ha otorgado á los hombres 
semejante autorización? Á esta pregunta pueden darse. 
tres respuestas. 1.* Para los cristianos, basta el testi- 
monio de la Sagrada Escritura. 2.' El derecho de vida 
y muerte es una tradición universal del linaje huma- 
no; luego existe en realidad; y, como hemos demos- 
trado que su origen no puede encontrarse sino en 



— 185 — 

Dios, debemos suponer que Dios lo ha comunicado á 
los hombres de un modo ú otro. 3.' Este derecho es ne- 
cesario á la conservación de la sociedad; luego Dios se 
lo ha dado; pues que, si quiere la conservación de un 
ser, le habrá concedido precisamente todo lo necesario 
para esta conservación. 

Resumamos lo dicho hasta aquí. La Iglesia enseña 
que el poder civil viene de Dios: y esta doctrina está 
de acuerdo con los textos expresos de la Sagrada Es- 
critura, y, además, con la razón natural. La Iglesia se 
contenta con asentar este dogma, con fundar en él la 
inmediata consecuencia que de él resulta, á saber: que 
la obediencia á las potestades legítimas es de derecha 
divino. 

En cuanto al modo con que este derecho divino se 
comunica al poder civil, la Iglesia nada ha determina- 
do, y la opinión común de los teólogos es que la 
sociedad le recibe de Dios, y que de eila se traspasa 
por medios legítimos á la persona ó personas que le 
ejercen. 

Para que el poder civil pueda exigir la obediencia, 
para que pueda suponérsele investido de este derecho 
divino, es necesario que sea legítimo; esto es, que la 
persona ó personas que le poseen le hayan adquirido 
legítimamente, ó que, después de adquirido, se haya 
legitimado en sus manos por los medios reconocidos, 

jnforme á derecho. En lo tocante á las formas políti- 
cas, nada ha determinado la Iglesia; y en cualquiera 
de ellas debe el poder civil ceñirse á los límites legíti- 
mos; así como el subdito por su parte está obligado á 
obedecer. 

La conveniencia y legitimidad de esta ó aquella per- 
sona, de esta ó aquella forma, no son cosas compren- 
didas en el círculo del derecho divino; son cuestiones 
particulares que dependen de mil circunstancias, don- 
de nada puede decirse en tesis general. 

ün ejemplo del derecho privado aclarará lo que es- 
tamos explicando. El respeto á la propiedad es de de- 
recho natural y divino; pero la pertenencia de ésta ó 



- 186 - 

aquélla, los derechos que á una misma puedan alegar 
diferentes personas, las restricciones á que deba suje- 
társela, son cuestiones de derecho civil que se han re- 
suelto siempre, y se resuelven á cada paso, de muy 
distintas maneras. Lo que conviene es salvar el princi- 
pio tutelar de la propiedad, base indispensable en toda 
organización'social; pero sus aplicaciones están y de- 
ben por necesidad estar sujetas á la variedad de cir- 
cunstancias y acontecimientos, que consigo trae el 
curso de las cosas humanas. Lo propio sucede con el 
poder: la Iglesia, encargada del gran depósito de las 
verdades más importantes, lo está también de la que 
asegura un origen divino á la potestad civil, haciendo 
de derecho divino la existencia de la ley; pero no se 
entromete en los casos particulares, que se resienten 
siempre más ó menos de la fluctuación é incertidum- 
-bre en que se agita el mundo. 

Explicada de esta suerte la doctrina católica, en nada 
se opone á la verdadera libertad; afirma el poder, y no 
prejuzga las cuestiones que ofrecerse puedan entre 
gobernantes y gobernados. Ningún poder ilegítimo 
puede afianzarse en el derecho divino; porque para la 
aplicación de semejante derecho es necesaria la legiti- 
midad. Ésta la determinan y la declaran las leyes de 
cada país, de lo que resulta que el órgano del derecho 
divino es la ley. Con él sólo se afirma lo que es justo; 
y por cierto que no puede tacharse de tender al despo- 
tismo lo que asegura en el mundo la justicia; porque 
nada hay más contrario á la libertad y á la dicha de 
los pueblos que la ausencia de la justicia y de la legi- 
timidad. 

La libertad de un pueblo no peligra por estar bien 
afianzados los títulos de la legitimidad del poder que le 
gobierna; muy al contrario, pues que la razón, la his- 
toria y la experiencia nos enseñan que todos los pode- 
res ilegítimos son tiránicos. La ilegitimidad lleva ne- 
cesariamente consigo la debilidad; y los poderes opre- 
sores no son los fuertes, sino los débiles. La verdadera 
urania consiste en que el gobernante atiende á sus in- 



— 187 — 

tereses propios y no á los del común, y cabalmente 
esta circunstancia se cumple cuando, sintiéndose fla- 
<» y vacilante, se ve precisado á cuidar de conservar- 
«e y robustecerse. Entonces no tiene por fin la socie- 
dad, sino á sí mismo; y cuando obra sobre aquélla, en 
vez de atender al bien que puede acarrear á los gober- 
iiados, calcula de antemano la utilidad que puede sa- 
car de sus propias disposiciones. 

Lo he dicho en otro lugar, y lo repetiré aquí; reco- 
rriendo la historia, se encuentra escrita por doquiera 
con letras de sangre esta importante verdad: ¡Ay de los ■,. 
pueblos gobernados por un poder que ha de pensar en la 
conservación propia! Verdad fundamental en la ciencia 
política, y que, sin embargo, ha sido lastimosamente 
-desconocida en los tiempos modernos. Se ha discurri- 
do prodigiosamente, y se discurre todavía, para garan- 
tizar la libertad; con esta mira se han derribado innu- 
merables gobiernos, y se ha procurado enflaquecerlos 
á todos; sin advertir que éste era el medio más segura ■ 
para introducir la opresión. ¿Qué importan los velos 
•con que se cubra el despotismo, y las formas con que 
intente hacer su existencia menos notable? La historia 
que va recogiendo en silencio los atentados cometidos 
en Europa de medio siglo á esta parte; la verdadera 
historia, digo, no la escrita por los autores, ni los cóm- 
plices, ni los explotadores, ella dirá á la posteridad las 
injusticias y los crímenes perpetrados en medio de las 
discordias civiles, por gobiernos que veían aproximar 
4BU fin, que sentían su extrema flaqueza á causa de su 
conducta tiránica y de su origen ilegítimo. 

jGómo ha sido posible que se declarase tan cruda 
guerra á las doctrinas que procuraban robustecer la 
potestad civil haciéndola legitimay y probar esa legiti- 
midad declarándola dimanada del cielo! ¡Cómo se ha 
podido olvidar que la legitimidad del poder es un ele-^ 
mentó indispensable para su fuerza, y que esta fuerza 
es la más segura garantía de la verdadera libertad! No 
se diga que esto son paradojas; no, no lo son. ¿Cuál es 
el objeto de la institución de las sociedades y de los 



— 188 — 

gobiernos? ¿no se trata de substituir la fuerza pública 
á la privada, haciendo de esta suerte prevalecer el de- 
recho sobre el hecho? Desde el momento en que os 
empeñáis en minar el poder, en hacerle objeto de aver- 
sión ó desconfianza á los ojos de los pueblos, que le 
mostráis como su enemigo natural, que ridiculizáis 
los santos títulos en que se funda la obediencia que le 
es debida, desde entonces atacáis el objeto mismo de 
la institución de la sociedad, y, debilitando la acción 
de la fuerza pública, promovéis el desarrollo indivi- 
dual de la privada, que es lo que cabalmente se ha • 
tratado de evitar por medio de los gobiernos. 

El secreto de la suavidad de la monarquía europea 
se encontraba en gran parte en su seguridad, en su 
robustez misma, fundadas en la elevación y legitimi- 
dad de sus títulos; así como en los peligros que rodean 
el trono de los emperadores romanos, y de los sobera- 
nos orientales, se halla una de las razones de su mons- 
truoso despotismo. No temo asegurar, y en el discurso 
de la obra lo iré confirmando más y más, que una de 
las causas de las calamidades sufridas por la Europa 
en la trabajosa resolución del problema de aliar el or- 
den con la libertad, está en el olvido de las doctrinas 
católicas sobre este punto: se las ha condenado sin en- 
tenderlas, sin tomarse la pena de investigar en qué 
consistían; y los enemigos de la Iglesia se han co- 
piado unos á otros, sin cuidar de recurrir á las verda- 
deras fuentes, donde les hubiera sido fácil encontrar 
la verdad. 

El Protestantismo, desviándose de la enseñanza ca- 
tólica, ha dado alternativamente en dos escollos opues- 
tos: cuando ha querido establecer el orden, lo ha hecho 
en perjuicio de la verdadera libertad; cuando se ha 
propuesto sostener ésta, se ha hecho enemigo de aquél. 
Del seno de la falsa reforma salieron las insensatas 
doctrinas que predicando la libertad cristiana eximían 
¿ los subditos de la obligación de obedecer á las potes- 
tades legítimas; del seno de la misma reforma salió 
también la teoría de Hobbes, la cual levanta el despo-j 



— 189 - 

tísmo en medio de la sociedad, como un ídolo mons- 
truoso al que todo debe sacrificarse, sin con ideración 
á los eternos principios de la moral, sin más regla que 
«1 capricho del que manda, sin más límite en sus fa- 
cultades que el señalado por el alcance de su fuerza. 
Éste es el necesario resultado de desterrar del mundo 
la autoridad de Dios; el hombre, abandonado á sí mis- 
mo, no acierta á producir otra cosa que esclavitud 6 
anarquía; un mismo hecho bajo diferentes formas; el 
imperio de la fuerza. 

Al explicar el origen de la sociedad y del poder, va- 
rios publicistas modernos han hablado mucho de cien- 
to estado natural anterior á todas las sociedades, supo- 
niendo que éstas se han formado por medio de una 
lenta transición del estado salvaje al de civilización. 
Esta errada doctrina tiene raíces más profundas de lo' 
que algunos se figuran. Si bien se observa, se hallará el 
origen del extravío de las ideas en el olvido de la ense- 
ñanza cristiana. Hobbes hace derivar todo derecho de 
un pacto. Según él, cuando viven los hombres en el 
estado natural, todos tienen derecho á todo; lo que, en 
otros términos, significa que no hay diferencia alguna 
entre el bien y el mal. De donde resulta que á las orga- 
nizaciones sociales no ha presidido ningún género de 
moralidad, y que no deben ser miradas sino como un 
medio útil para conseguir un objeto. 

Puffendorf y otros, adoptando el principio de la so- 
ciabilidad, es decir, haciendo dimanar de la sociedad 
las reglas de la moral, caen en último resultado en el 
principio de Hobbes, dando por el pie á la ley natural 
y eterna. Reflexionando sobre las causas de tamaños 
errores, las encontramos en que se ha tenido en nues- 
tros últimos siglos el lamentable prurito de no aprove- 
jcharse, en las discusiones filosóficas y morales, del 
caudal de luces que bajo todos aspectos suministra la 
religión, fijando con sus dogmas los puntos cardinales 
de toda verdadera filosofía, y ofreciéndonos con sus 
narraciones la única lumbrera que existe para desem- 
brollar el caos de los tiempos primitivos. 



— 190 — 

Leed á los publicistas protestantes, comparadlos con- 
los escritores católicos, y descubriréis uoa diferencia 
notable. Éstos razonan, dan rienda suelta á su discur— 
so, dejando campear su ingenio; pero conservan siem- 
pre intactos dichos principios fundamentales; y, cuan- 
do encuentran que una teoría no puede concillarse 
con ellos, la rechazan inexorablemente como falsa. 
Aquéllos divagan sin guía, sin norte, por el inmenso 
espacio de las opiniones humanas, presentándonos 
una viva imagen de la filosofía del paganismo, la cual^ 
destituida de las luces de la fe, al andar en busca del 

. principio de las cosas, lejos de encontrar un Dios cria- 
dor y ordenador, y que, cual bondadoso padre, se ocu- 
pa con cuidado en la felicidad de los seres á quienes 
ha sacado de la nada, no acertaba á descubrir más que 
el caos, así en el mundo físico como en el social. Ese 
estado de degradación y embrutecimiento, que se ha 
querido disfrazar con el nombre de naturaleza, no es 
en realidad otra cosa que el caos aplicado á la socie- 
dad; Qaos que hallaréis en gran número de los publi- 
cistas modernos que no son católicos, y que, por una 

. coincidencia sorprendente y que da lugar á las más 
graves reflexiones, se halla en los principales escrito- 
res de la ciencia pagana. 

Desde el momento que se pierdan de vista las gran- 
des tradiciones del linaje humano, que nos presentan 
al hombre como recibiendo del mismo Dios la inteli- 
gencia, la palabra y las reglas para conducirse en esta 
vida; desde el momento que se olvida la narración de 
Moisés, la sencilla, la sublime, la única verdadera ex- 
plicación del origen del hombre y de la sociedad, las 

» ideas se confunden, los hechos se trastornan, unos ab- 
surdos traen otros absurdos, y el investigador sufre el 

^ digno castigo de su orgullo, á manera de los antiguo» 
constructorres de la torre de Babel. 

¡Cosa notable! La antigüedad, que, destituida de las 
luces del cristianismo, y perdida en el laberinto délas 
invenciones humanas, había casi olvidado la primiti- 
va tradición sobre el origen de las sociedades, apelan- 



— 191 — 

do á la absurda transición del estado salvaje al civili-- 
zade; cuando trataba de constituir alguna sociedad, 
invocaba siempre ese mismo derecbo divino, que cier- 
tos modernos filósofos han mirado con tanto desdén,, 
Los más famosos legisladores procuraron apoyar en la 
autoridad divina las leyes que daban á los pueblos, 
tributando de esta manera un solemne homenaje á la 
verdad establecida por los católicos, de que todo poder 
para ser mirado como legítimo, y ejercer el debido as- 
cendiente, es necesario que pida al cielo sus títulos. 

¿Queréis que los legisladores no se encuentren en la 
triste necesidad de fingir revelaciones que no han re- 
cibido, y que á cada paso no sea menester hacer inter- 
venir á Dios de una manera extraordinaria en los ne- 
gocios humanos? Asentad el principio general de que 
toda potestad legítima viene de Dios, que el autor de 
la naturaleza es también el autor de la sociedad, que 
la existencia de ésta es un precepto impuesto al linaje 
humano para su propia conservación; haced que el or- 
gullo no se sienta herido por la sumisión y la obedien- 
cia; presentad al que manda como investido de una au- 
toridad superior, de suerte que el sujetarse á ella no 
traiga consigo ninguna mengua: en una palabra, esta- 
bleced la doctrina católica: y entonces, sean cuales 
fueren las formas de gobierno, hallaréis siempre sóli- 
dos cimientos sobre que fundar el respeto debido á las 
autoridades, y tendréis asentado el edificio social so-^ 
bre base por cierto más estable que las convenciones 
humanas. Examinad el derecho divino tal como lo aca- 
bo de presentar, apoyándome en la interpretación de 
esclarecidos doctores, y estoy seguro de que no po- 
dréis menos de aceptarle como muy conforme á las 
luces de una sana filosofía. Si os empeñáis en darle 
sentidos extraños que en sí no tiene, si creéis que debe 
explicársele de otro modo, os exigiré una cosa que no 
me podréis negar: presentadme un texto de la Sagrada 
Escritura, un monumento de las tradiciones reconoci- 
das por artículos de fe en la Iglesia católica, una deci- 
sión conciliar y pontificia que demuestren lo fundado 



— 192 — 

4e vuestra interpretación; hasta que lo hayáis rerifi- 
cado, tendré derecho á deciros que, deseosos de hacer 
odioso el Catolicismo, le achacáis doctrinas que él no 
profesa, que le atribuís dogmas que él no reconoce, j 
que, por tanto, no le combatís cual adversarios francos 
y sinceros, supuesto que echáis mano de armas de 
mala ley. (2) 



CAPITULO Lí 



La diferencia de opiniones sobre el modo con que 
Dios comunica la potestad civil, por mucha que sea en 
teoría, no parece que pueda ser de grande entidad en 
la práctica. Gomo se ha visto ya, entre los que afirman 
que dicha potestad viene de Dios, unos sostienen que 
esto se verifica mediata, otros inmediatamente. Según 
los primeros, cuando se hace la designación de las per- 
sonas que han de ejercer esta potestad, la sociedad no 
sólo designa, es decir, pone la condición necesaria para 
la comunicación del poder, sino que ella lo comunica 
realmente, habiéndolo, á su vez, recibido del mismo 
Dios. En la opinión de los segundos, la sociedad no 
hace más que designar; y, mediante este acto, Dios co- 
munica el poder á la persona designada. Repito que en 
la práctica el resultado es el mismo; y, de consiguien- 
te, la diferencia es nula. Aun más, ni en teoría quizás 
sea tanta la discrepancia como á primera vista pudiera 
parecer. Lo manifestaré examinando con riguroso aná- 
lisis las dos opiniones. 

La explicación que del origen divino del poder ha- 
cen los partidarios de las escuelas contendientes, pue- 
de formularse en los siguientes términos: en concepto 
de unos, Dios dice: «Sociedad, para tu conservación y 
dicha, necesitas un gobierno; escoge, pues, por los me- 
dios legítimos la forma en que debe ser ejercido, y de- 



— 193 — 

«igna las personas que de él se hayan de encargar; que 
yo les comunicaré las facultades necesarias para llenar 
évL objeto.» En concepto de los otros, Dios dice: «So- 
ciedad, para tu conservación y dicha, necesitas un go- 
bierno; yo te comunico las facultades necesarias para 
llenar este objeto; ahora escoge tú misma la forma en 
que deba ser ejercido, y designando las personas que 
de él se hayan de encargar, transmíteles estas faculta- 
des que yo te he comunicado.» 

Para convencerse de la identidad de resultados á que 
las dos fórmulas han de conducir, examinémoslas por 
su relación, I.** con la santidad del origen; 2.* con los 
derechos y deberes del poder; 3." con los derechos y 
deberes de los subditos. 

Que Dios- haya comunicado el poder á la sociedad 
para que fuese transmitido por ésta á las personas que 
hayan de ejercerlo, ó bien que le haya otorgado sola- 
mente el derecho de determinar la forma y designar 
las personas, para que, mediante esta determinación y 
designación, se comuniquen inmediatamente á las per- 
sonas encargadas los derechos anejos á la suprema po- 
testad, siempre resulta que ésta, cuando exista, habrá 
dimanado de Dios; y no será menos sagrada, por supo- 
nerse que haya pasado por un intermedio establecido 
por el mismo Dios. 

Aclararé estas ideas con un ejemplo muy sencillo y 
muy llano. Supóngase que existe en un E?jtado una 
comunidad particular cualquiera, que, instituida por 
el soberano, no tiene otros derechos que los que éste 
le otorga, ni más deberes que los que él mismo le im- 
pone; en una palabra, que á él le debe todo cuanto es, 
y todo cuanto tiene. Esta comunidad, por pequeña que 
sea, necesitará su gobierno, el cual podrá ser formado 
de dos maneras: ó bien que el soberano que le ha dado 
sus reglamentos, le haya concedido el derecho de go- 
bernarse y de transmitirlo á la persona ó personas que 
á ella bien le pareciere; ó bien que haya querido que 
la misma comunidad determinase la forma y designa- 
se las personas, añadiendo que, hecha la deterniina- 
T. III n 



— 194 — 

ción y designación, se entenderá que, por este mere»- 
acto, el soberano otorga á las personas designadas el 
dferecho de ejercer sus funciones dentro de los límites 
legítimos. Es evidente que la paridad es completa; y 
ahora preguntaré: ¿no es verdad que, tanto en un caso 
como en otro, las facultades del gobernante serían 
consideradas y acatadas como una emanación del po- 
der del soberano? ¿no es verdad que apenas podría en- 
contrarse diferencia entre las dos clases de investidura? 
En uno y otro supuesto tendría la comunidad el dere- 
cho de determinar la forma, y de designar la persona^ 
en uno y otro supuesto, no obtendría el gobernante 
sus facultades sino precediendo esta determinación y 
designación; en uno y otro supuesto, no fuera necesa- 
ria ninguna nueva manifestación por parte del sobera- 
no para que se entendiese que la persona nombrada se 
hallaba revestida de todas las facultades correspon- 
dientes al ejercicio de sus funciones; luego en la prác- 
tica no habría ninguna diferencia; más diré, hasta en 
pura tepría es difícil señalar lo que va de uno á otro 
caso. 

Ciertamente que, si miramos la cosa á la luz de una 
•metafísica sutil, podremos concebir muy bien esta di- 
ferencia, y considerar la entidad moral que apellida- 
mos jpoíf^r, no por lo que es en sí y en sus efectos de 
derecho, sino como un ser abstracto que pasa de unas 
manos á otras, á semejanza de los objetos corporales^ 
Pero si examinamos la cuestión, no con la curiosidad 
dé saber si esa entidad moral antes de llegar á una 
persona ha pasado primero por otra, sino únicamente 
para averiguar de dónde dimana y cuáles son las fa- 
cultades que concede y los derechos que impone, en- 
tonces hallaremos que quien dice: <de comunico esta 
facultad, y transmítela á quien quieras y del modo que 
quieras», viene á expresar lo mismo que si hablase de^ 
ésta otra suerte: «á la persona que quieras, en la forma 
que tú quieras, le quedará concedida por mí tal 6 cual 
facultad, por el mero acto de tu elección.» 

Infiérese de lo dicha que, ora se abrace la sentencia 



— 195 — 

dé lá Comunicación inmediata, ora se elija la opuesta, 
tío serán menos sagrados, menos sancionados por la 
autoridad divina, los derechos supremos de los monar- 
cais hereditarios, de los electivos, y, en general, de to-^ 
das las potestades Supremas, sean cuales fueren las 
formas de gobierno. La diferencia de éstas en nada dis- 
minuye la obligación de someterse á la potestad civil 
legítimamente establecida; de manera que no resisti- 
ría menos á la ordenación de Dios quien negase la obe- 
diencia al presidente de una república, en un país 
donde fuese ésta la legítima forma de gobierno, que 
quien cometiese el mismo acto con respecto al monar- 
ca más absoluto. Bossuet, tan adicto á la monarquía^ 
escribiendo en un país y en una época donde el rey 
podía decir: el Estado soy yoy y en una obra en que se 
proponía nada menos que ofrecer un tratado completo 
de política sacada de las palabras de la Sagrada Escritu- 
ra, asienta, sin embargo, del modo más explícito y ter^ 
minante la verdad que acabo de indicar: «es un deber^ 
dice, el acomodarse á la forma de gobierno que se halla 
establecida en el propio p. ís»;y, citando en seguida 
aquellas palabras del apóstol San Pablo en la Carta á 
los Romanos, cap. 13: «toda alma está sujeta á las po- 
testades supremas, pues que no hay potestad que no 
venga de Dios, y las que existen son ordenadas por 
Dios, y así quien re<8iste á la potestad resiste á la orde- 
nación de Dios, y los que la resisten se adquieren ellos 
mismos la condenación», continúa: «no hay forma de 
gobierno, ni establecimiento humano que no tenga 
sus inconvenientes; de manera que conviene conti- 
nuar en el estado á que un pueblo se halle acostum- 
brado de largo tiempo: por esto Dios toma bajo su pro- 
tección á todos los gobiernos legítimos, sea cual fuere su 
forma; quien emprende el derribarlos, es no sólo ene- 
migo público, sino enemigo de Dios.» (L. 2, propos. 12.) 
Si el que la comunicación del poder se haya hecho 
mediata ó inmediatamente, no influye en el respeto y 
obediencia que se le deben, y, por consiguiente, que- 
■da en salvo la santidad de su origen, sea cual fuere la 



— 196 - 

opinión que se adopte, se verifica lo mismo con res- 
pecto á los derechos y deberes, así del gobierno como 
de los gobernados. Ni esos derechos ni esos deberes 
tienen nada que ver con la existencia ó no existencia 
de un intermedio en la comunicación; su naturaleza y 
sus límites se fundan en el mismo objeto de la institu- 
ción de la sociedad; el cual es del todo independiente 
del modo con que Dios lo haya comunicado á los hom- 
bres. 

Se me objetará en contra de lo dicho sobre la poca ó 
ninguna diferencia entre las indicadas opiniones, la 
autoridad de los mismos teólogos, cuyos textos llevo 
citados en el capítulo anterior. «Ellos, se me dirá, com- 
prendían muy bien estas materias; y, dado que conce- 
dían semejante importancia á la distinción, sin duda 
veían envuelta en ella alguna verdad digna de tenerse 
presente.» Adquiere mayor peso esta observación, si 
se reflexiona que el distinguir en este punto no pro- 
cede de espíritu de cavilosidad, como tal vez pudiera 
sospecharse si tratáramos únicamente de aquella clase 
de teólogos escolásticos, en cuyas obras abundan más 
los argumentos dialécticos que los discursos fundados 
en las Sagradas Escrituras, en las tradiciones apostóli- 
cas y demás lugares teológicos, donde se deben prin- 
cipalmente buscar las armas en este género de contro- 
versias; pues no pertenecen ciertamente áeste número 
los teólogos citados. Basta nombrar á Belarmino, para 
recordar desde luego un autor grave, sólido en extre- 
mo, y que, atacando á los protestantes con la Sagrada 
Escritura, con las tradiciones, con la autoridad de los 
Santos Padres, y las decisiones de la Iglesia universal 
y de los Sumos Pontífices, no era de aquellos de quie- 
nes se lamentaba Melchor Gano, echándoles en cara 
que, á la hora del combate con los herejes, en vez d(' 
esgrimir armas de buen temple, sólo manejaban lar- 
gas cañas: arundines longas. Todavía más: hemos visto 
que era tanta la importancia que se daba á la indicada 
distinción, que el rey de Inglaterra Jacobo se quejaba 
altamente de Belarmino, porque este cardenal enseña- 



— 197 — 

ha que la potestad de los reyes venía de Dios, sólo me- 
diatamente; y, tan lejos estuvieron las escuelas cató- 
licas de considerar como de poca valía esta distinción, 
dejándola sin defensa en el ataque que le dirigía el rey 
Jacobo, que antes bien uno de sus más ilustres docto- 
res, el insigne Suárez, salió á la palestra en pro de las 
doctrinas de Belarmino. 

Parece, pues, á primera vista que no es verdad lo 
que se ha dicho sobre la poca importancia de la ex- 
presada distinción; no obstante, creo que puede muy 
bien desvanecerse esta dificultad, para lo que bastará 
deslindar los varios aspectos que la cuestión ha ofreci- 
do. Y ante todo observaré que los teólogos católicos 
procedían en este punto con una sagacidad y previsión 
admirables; y que, tan lejos estoy de opinar que en la 
cuestión, tal como entonces se proponía, no se envol- 
viese más que una sutileza, que, al contrario, soy de 
parecer que se ocultaba aquí uno de los puntos más 
graves de derecho público. 

Para profundizar la materia, y alcanzar el verdadera 
sentido de estas doctrinas de los teólogos católicos, 
conviene fijar la atención en las tendencias que comu- 
nicó á la monarquía europea la revolución religiosa 
del siglo XVI. Aun antes de que ésta se verificase, los 
tronos habían adquirido mucha firmeza y poderío con 
el abatimiento de los señores feudales y el mismo des- 
arrollo del elemento democrático. Éste, si bien con el 
tiempo debía adquirir la pujanza que nosotros presen- 
ciamos, no estaba á la sazón en circunstancias bastante 
ventajosas para ejercer su acción en la dilatada esfera 
que lo ha hecho después; y, por lo mismo, era natural 
que se acogiese á la sombra del trono, que, levantada 
en medio de la sociedad como un emblema de orden y 
de justicia, era una especie de regulador y nivelador 
universal, muy á propósito para andar borrando las 
excesivas desigualdades que tanto molestaban y ofen- 
dían ai pueblo. Así ia misma democracia, que en los 
siglos venideros debía derribar tantos tronos, servía- 
les entonces de robusto pedestal, escudándolos contra 



— 198 — 

-los ataques que les dirigía una aristocracia turbulenta 
y poderosa, que no acertaba á resignarse con el papel 
de mera cortesana que los reyes le iban imponiendo. 

Nada había en esto qué pudiese acarrear graves da- 
ños, manteniéndose las cosas en los límites prescritos 
por la razón y por la justicia; pero acontecía, por des^ 
gracia, que los buenos principios se exageraban dema- 
í&iado, y se trataba nada menos que de convertir el po- 
der real en una fuerza absorbente que resumiese en sí 
todas las demás: desviándose del verdadero carácter de 
la monarquía europea, que consiste en estar rodeada 
siempre de justos límites, aun cuando éstos no se ha- 
llen consignados y garantidos en las instituciones por- 
líticas. 

El Protestantismo, atacando la potestad espiritual de 
los papas, y pintando sin cesar con negros colores los 
peligros de la temporal, aumentó hasta un grado des- 
•conocido las pretensiones de los reyes; mayormente 
estableciendo la funesta doctrina de que la suprema 
potestad civil tenía enteramente bajo su dirección to- 
4os los asuntos eclesiásticos, y acusando de abuso, de 
usurpación, de ambición desmedida, la independencia 
que la Iglesia reclamaba, fundándose en los sagrados 
cánones, en el mismo reconocimiento de las leyes ci- 
viles, en las tradiciones de quince siglos, y principal- 
mente en la augusta institución del Divino Fundador, 
que no hubo menester la permisión de ninguna po^- 
-testad civil para enviar á sus apóstoles á predicar el 
Evangelio por todo el universo, y á bautizar en nom- 
bre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. 

Basta dar una ojeada á la historia de Europa del 
'tiempo á que nos referimos, para conocer las desastro- 
tsas consecuencias de semejante doctrina, y cuan agra-- 
tiable se hacía á los oídos del poder, lisonjeado nada 
menos que con la concesión de facultades ilimitadas, 
hasta en los negocios puramente religiosos. Con esta 
-exageración de los derechos de la potestad civil, que 
coincidía con los esfuerzos para deprimir la autoridad 
pontificia, debía tomar incremento la doctrina que pro- 



— 199 - 

-curaba equiparar bajo todos los aspectos la potestad de 
los reyes á la de los papas; y, por lo mismo, era tam- 
bién muy natural que se procurase establecer y afir- 
mar la teoría de que aquéllos habían recibido de Dios 
4a autoridad de la misma manera que éstos, sin dife- 
rencias de ninguna clase. 

La doctrina de la comunicación inmediata, si bien 
muy susceptible, como hemos visto ya, de una expli- 
cación razonable, podía, sin embargo, envolver un 
sentido más lato, que hiciese olvidar á los pueblos la 
manera especial y característica con que fué insti- 
tuida por el mismo Dios la suprema potestad de la 
Iglesia. 

Lo que acabo de exponer no puede ser tachado de 
'vanas conjeturas; está apoyado en hechos que nadie 
ha podido olvidar. Para confirmar esta triste verdad, 
bastarían, sin duda, los reinados de Enrique VIII y de 
Isabel de Inglaterra, y las usurpaciones y atrepella- 
mientes que contra la Iglesia católica se permitieron 
todas las potestades civiles protestantes; pero desgra^ 
ciadamente hasta en los países donde quedó dominan- 
te el Catolicismo se vieron tentativas y desmanes, se 
han visto después y se ven todavía, que indican cuán- 
to es el impulso que en esta dirección recibió la po- 
testad civil; dado que tan difícil se le ha hecho el man- 
tenerse dentro de los límites competentes. 

Las circunstancias en que escribieron los dos insig- 
nes teólogos arriba citados, Belarmino y Suárez, vie- 
nen en confirmación de lo dicho. La famosa obra del 
teólogo español, de la cual he copiado algunos textos, 
fué escrita contra una publicación del rey Jacobo de 
Inglaterra, quien no podía sufrir que el cardenal Be- 
larmino hubiese asentado que la potestad de los reyes 
no venía inmediatamente de Dios, sino que les era co- 
municada por conducto de la sociedad, la cual la había 
recibido inmediatamente. Este monarca, tocado, como 
es bien sabido, de la manía de discutir haciendo el 
teólogo, no se limitaba, sin embargo, á la mera teoría, 
íSino que, haciendo descender sus doctrinas al terrenp 



— 200 — 

de la práctica, sabía decir á su parlamento que «Dios; 
le había hecho señor absoluto, y que todos los privile- 
gios que disfrutaban los cuerpos colegisladores, eran 
puras concesiones emanadas de la bondad de los re- 
yes». Sus cortesanos le adulaban, llamándole el mo- 
derno Salomón; y así, no es extraño llevase á mal que 
los teólogos italianos y españoles procurasen por me- 
dio de sus escritos rebajar los altos timbres de su 
presuntuosa sabiduría, y poner trabas á su despo- 
tismo. 

Léanse con reflexión las palabras de Belarmino, y 
muy especialmente las de Suárez, y se echará de ver 
que lo que se proponían estos esclarecidos teólogos, 
era señalar la diferencia que mediaba entre la potes- 
tad civil y la eclesiástica, con respecto á la manera de 
su origen. Reconocían que ambas potestades dimana- 
ban de Dios, que era un imprescindible deber el obe- 
decerlas, que el resistirlas era resistir á la ordenación 
divina: pero, no hallando ni en las Sagradas Escritu- 
ras, ni en la tradición, fundamento alguno para esta- 
blecer que la potestad civil hubiese sido instituida de 
una manera singular y extraordinaria como la del 
Sumo Pontífice, procuraban que esta diferencia que- 
dase bien consignada, no permitiendo que en punto 
tan importante se introdujese confusión de ideas, que 
pudiese dar margen á peligrosos errores. «Esta opi- 
nión, dice Suárez, es nueva y singular, y parece in- 
ventada para exagerar la potestad temporal y debilitar 
la espiritual.» (V. sup., pág. 246.) Por esta razón no 
consentían que, al tratarse del origen del poder civil, 
se olvidase la parte que había cabido á la sociedad: 
mediante consilio et electione humana, dice Belarmino; 
recordando de esta suerte á aquél que, por más sagra- 
da que fuese su üutoridad, había sido instituida muy 
de otra manera qué la del Sumo Pontífice. La distin- 
ción entre la comunicación mediata é inmediata, ser- 
vía muy particularmente para consignar la indicada 
diferencia; pues que, con ella, se recordaba que la po- 
testad civil, bien que establecida por Dios, no debía su 



- 201 — 

existencia á providencia extraordinaria, ni había de 
ser considerada como cosa sobrenatural, sino como 
perteneciente al orden natural y humano, aunque 
sancionado expresamente por el derecho divino. 

Quizás los teólogos citados no hubieran insistido 
tanto en la mencionada distinción, á no mediar esta 
necesidad que los excitaba á esclarecer lo que otros 
procuraban confundir. Importábales refrenar el orgu- 
llo de la potestad, no dejándole que se atribuyese, ni 
por lo tocante á su origen ni á sus derechos, timbres 
que no le pertenecían; y que, arrogándose una supre- 
macía ilimitada hasta en los asuntos eclesiásticos, 
viniese la monarquía á degenerar en el despotismo 
oriental, donde un hombre lo es todo, y las cosas y los 
pueblos no son nada. 

Si se pesan atentamente las palabras de dichos teó- 
logos, se verá que su pensamiento dominante era el 
que acabo de exponer. Á primera vista podríase creer 
que su lenguaje es democrático en demasía, por tomar 
en boca con tanta frecuencia los nombres de comuni- 
dad, repilblica, sociedad, pueblo; pero, examinando la 
totalidad de su sistema de doctrina, y hasta atendien- 
do á su manera de expresarse, se echa de ver que no 
abrigaban designios subversivos, ni tenían cabida en 
su mente teorías anárquicas. Esforzábanse en sostener 
con una mano los derechos de la autoridad, mientras 
con la otra escudaban los de los subditos; procurando 
resolver el problema que forma la eterna ocupación de 
todos los publicistas de buena fe: limitar el poder sin 
destruirle, y sin ponerle excesivas trabas; dejar la so- 
ciedad á cubierto de los desmanes del despotismo, sin 
hacerla, empero, desobediente ni revoltosa. 

Por lo expuesto hasta aquí se echa de ver que la dis- 
tinción entre la comunicación mediata y la inmediata 
puede tener poca ó mucha importancia, según el as- 
pecto por el cual se la considere. Encierra mucha, en 
cuanto sirve para recordar á la potestad civil que el 
establecimiento de los gobiernos y la determinación 
de su forma ha dependido en algún modo de la misma 



— 202 — 

sociedad; y que ningún individuo ni familia puede li- 
.«onjearse de que hayan recibido de Dios el gobierno 
de los pueblos, de tal suerte, que para nada hayan de- 
J)ido mediar las leyes del país, y que todas cuantas 
existen, aun cuando sean de las apellidadas funda- 
mentales, hayan sido una gracia otorgada por su libre 
Yoluntad. Sirve también la expresada distinción, en 
cuanto establece el origen del poder civil, como dima- 
nado de Dios, autor de la naturaleza; mas no cual si 
fuera instituido por providencia extraordinaria á ma- 
nera de objeto sobrenatural, como se verifica con res- 
pecto á la suprema autoridad eclesiástica. 

De esta última consideración resultan dos conse^ 
cuencias á cual más transcendentales, para la legítima 
libertad de los pueblos y de la independencia de la 
Iglesia. Recordando la intervención que expresa ó tá- 
citamente le ha cabido á la sociedad en el estableci- 
miento de los gobiernos, y en la determinación de su 
forma, no se encubre con misterioso velo su origen, se 
fija lisa y llanamente su objeto, y se aclaran, por con- 
siguiente, sus deberes, al propio tiempo que se esta- 
blecen sus facultades. De esta suerte se pone un dique 
á los desmanes y abusos de la autoridad; y, si se arro- 
ja á cometerlos, sabe que no les es dado apoyarse en 
enigmáticas teorías. La independencia de la Iglesia se 
;afirma también sobre bases sólidas; cuando la potestad 
^ivil intente atrepellarla, puede decirle: «mi autoridad 
iia sido establecida directa é inmediatamente por el 
mismo Dios, de una manera singular, extraordinaria y 
milagrosa; la tuya dimana también de Dios, pero me- 
diante la intervención de los hombres, mediante las 
leyes, siguiendo las cosas el curso ordinario indicado 
por la naturaleza, y determinado por la prudencia hu- 
(inana; y ni los hombres ni las leyes civiles tienen de- 
recho de destruir ni de cambiar lo que el mismo Diof 
,«e ha dignado instituir, sobreponiéndose al orden na- 
tural, y echando mano de inefables portentos.» 

Mientras se salven las ideas que acabo de exponer, 
mientras la comunicación inmediata no se entienda en 



— 203 — 

un sentido demasiado lato, confundiéndose cosas cu- 
yo deslinde interesa en gran manera á la religión y á 
ía sociedad, pierde de su importancia la expresada dis- 
tinción; y hasta podrían conciliarse las dos opiniones 
lencontradas. Gomo quiera, esta discusión habrá mani- 
festado con cuánta elevación de miras ventilaron los 
geólogos católicos las altas cuestiones de derecho pú- 
blico; y que, guiados por la sana filosofía, sin perder 
nunca de vista el norte de la revelación, satisfacían 
con sus doctrinas los deseos de dos escuelas opuestas, 
sin caer en sus extravíos: eran democráticos sin ser 
anarquistas, eran monárquicos sin ser viles adulado- 
res. Para establecer los derechos de los pueblos, no 
habían menester, como los modernos demagogos, desr- 
truir la religión; con ella cubrían así los del pueblo 
como los del rey. La libertad no era para ellos sinónima 
de licencia y de irreligión; en su concepto los hombres 
podían ser libres sin ser rebeldes ni impíos; la libertad 
consistía en ser esclavos de la ley; y, como sin religión 
y sin Dios no concebían posible la ley, también creían 
que sin Dios y sin religión era imposible la libertad. 
Lo que á ellos les enseñaban la razón, la historia y la 
revelación, á nosotros nos lo ha evidenciado la expe-^ 
riencia. Por lo que toca á los peligros que las doctrinas 
más ó menos latas de los teólogos podían acarrear á 
los gobiernos, ya nadie se deja, engañar por afectadas 
é insidiosas declamaciones: los reyes saben muy bien 
si los destierros y los cadalsos les han venido de las 
escuelas teológicas. (3) 



CAPITULO I.II 



Ni la libertad de los pueblos, ni la fuerza y la solidez 
-de los gobiernos, se aseguran con doctrinas exagera-^ 
■das; unos y otros han menester la verdad y la justiciay 
sínicos cimientos sobre que pueda edificarse con espe-» 



— 204 — 

ranzas de duración. Nunca suelen estar llevadas á más- 
alto punto las máximas favorables á la libertad, que ée 
la víspera de entronizarse el despotismo; y es de temer 
que las revoluciones y la ruina de los gobiernos estén 
cerca, al oírse que se prodigan al poder adulaciones 
indignas. ¿Cuándo se ha visto más encarecido el de 
los reyes que en la mitad del pasado siglo? ¿Quién no 
recuerda las ponderaciones de las prerrogativas de la 
potestad real, cuando se trataba de la expulsión de los 
jesuítas, y de contrariar la autoridad pontificia? En 
Portugal, España, Italia, Austria, Francia, se levanta- 
ba de consuno la voz del más puro, del más ferviente 
realismo; y, sin embargo, ¿qué se hicieron tanto amor, 
tanto celo en favor de la monarquía, luego que el hu- 
racán revolucionario vino á ponerla en peligro? Ved lo 
que hicieron, generalmente hablando, los prosélitos 
de las escuelas antieclesiásticas: se unieron á los de- 
magogos para derribar á un tiempo la autoridad de la 
Iglesia y la de los reyes; se olvidaron de las rastre- 
ras adulaciones, para entregarse á los insultos y á la 
violencia. 

Los pueblos y los gobiernos no deben perder nunca 
de vista aquella regla de conducta que tanto sirve á 
los individuos discretos, la cual consiste en desconfiar 
de quien lisonjea, y en adherirse á quien amonesta y 
reprende. Adviertan que, cuando se los halaga con 
afectado cariño, y se sostiene su causa con desme- 
dido calor, es señal de que se los quiere hacer servir 
de instrumento para algunos intereses que no son los 
suyos. 

En Francia fué tanto el celo monárquico que se des- 
plegó en ciertas épocas, que, en una asamblea de los 
Estados Generales, se llegó á proponer la canonización 
del principio de que los reyes reciben inmediatamente 
de Dios la suprema potestad ; y, si bien no se llevó á 
efecto, esto indica bastante el ardor con que se defen- 
día la causa del trono. Pero ¿sabéis qué significaba este 
ardor? Significaba la antipatía con la Corte de Roma, 
el temor de que se extendiese demasiado el poder de los 



— 205 — 

l)apas; era un obstáculo que se trataba de oponer al 
fantasma de la monarquía universal. Luis XIV, que tan- 
to se desvelaba por las regallaSf no preveía ciertamen- ^ 
te el infortunio de Luis XVI; y Garlos III, al oir al con- 
de de Aranda y á Gampomanes, no pensaba que estu- 
Tíesen tan próximas las constituyentes de Gádiz. 

En medio de su deslumbramiento olvidáronse los 
monarcas de un principio que domina toda la historia 
de la Europa moderna, cual es, que la organización 
social ha dimanado de la religión, y que, por tanto, es 
preciso que vivan en buena harmonía las dos potesta- 
des, á quienes incumbe la conservación y defensa de 
ios grandes intereses de la religión y de la sociedad. 
No se enflaquece la eclesiástica, sin que se resienta la» 
civil: quien siembra cisma, recogerá rebelión. , 

¿Qué le importaba á la monarquía española que du- 
rante los tres últimos siglos circulasen entre nosotros 
doctrinas muy latas y populares sobre el origen del 
poder civil, cuando los mismos que las sustentaban 
eran los primeros en condenar la resistencia á las po- 
testades legítimas, en inculcar la obligación de obede- 
cerlas, en arraigar en los corazones el respeto, la vene- 
ración, el amor al soberano? La causa del desasosiego 
en nuestra época y los peligros que incesantemente 
corren los tronos, no está precisamente en la propaga- 
ción de doctrinas más ó menos democráticas, sino en 
la falta de principios religiosos y morales. Proclamad ^ 
que el poder viene de Dios; ¿qué lograréis si los sub- 
ditos no creen en Dios? Ponderad lo sagrado de la obli- 
gación de obedecer; ¿qué efecto producirá en los que . 
no admitan siquiera la existencia de un orden moral, 
y para quienes sea el deber una idea quimérica? Al 
contrario, suponed que tratéis con hombres penetrados 
de los principios religiosos y morales, que acaten la 
voluntad divina, que se crean obligados á someterse á 
ella, tan luego como les sea manifestada; en tal caso, 
ora la potestad civil dimane de Dios mediata ó inme- 
diatamente, ora se les muestre, de un modo ú otro, 
que, sea cual fuere el origen de ella. Dios la aprueba y 



— 206 — 

quiere que se la obedezca, siempre se someterán gus- 
tosos, parque verán en la sumisión el cumplimiento- 
de un deber. 

Estas consideraciones manifiestan por qué ciertas 
doctrinas parecen más peligrosas ahora que antes; no 
siendo otra la causa, sino que la incredulidad y la in^ 
moralidad les dan interpretaciones perversas, y pro- 
mueven aplicaciones que sólo acarrean excesos y tras- 
lomos. Tanto se insiste sobre el despotismo de Feli- 
pe II y de sus sucesores, que, al parecer, no debían de- 
circular á la sazón otras doctrinas que los más riguro- 
sos principios en favor del absolutismo más puro; y, 
no obstante, vemos que corrían sin infundir temor 
obras en que sé sostenían teorías que hasta en si siglo 
actual sojuzgarían demasiado atrevidas, ^ 

Es bien notable que la famosa obra del Padre Maria- 
no, titulada 2?í tege et regis mstitutione^ que fué que- 
mada en v^'&rí? por la mano del verdugo, se había pu- 
blicado en España 11 años antes, sin que la autoridad 
ef*.leííií»siica ni la civil le pusieran impedimento ni obs- 
táculo de ninguna clase. Emprendió Mariana su tarea 
á instancia y ruego de D. García de Loaisa, precep- 
tor de Felipe Tii y después arzobispo de Toledo; por 
inaneríi que -la obra estaba destinada á servir nada 
menos que para la educación é instrucción dol here- 
dero de la corona. Jamás se habló á los reyes con más 
libertad, jamás se condenó con voz más aterradora la 
tiranía, jamás se proclamaron doctrinas más popula- 
res; y, Bo obstante, salió á luz la obra en Toledo en 
1599, en la imprenta de Pedro Rodrigo, impresor real, 
con aprobación del Padre Fr. Pedro de Oüa, provincial 
de Mercenarios de Madrid, con licencia de Esteban Ho- 
jeda, visitador de la Compañía de Jesús, en la provin- 
cia de Toledo, siendo general Claudio Aquaviva; y, la 
que es más, con privilegio real y dedicada al misma 
rey. Es de advertir que, á más de la dedicatoria que se 
halla al principio, quiso Mariana que constase hasta 
en la misma portada la persona á quien la dirigía: De 
rege et regii ínstitutione, Lib. 3. Ad Philippum lili HU- 



— 207 — 

paniae regem catholicum; y, como si esto no bastase, al 
dedicar á Felipe III la edición castellana de la Historia 
de España, le dice: «El año pasado presenté á V. M. un 
libro que compuse de las virtudes que debe tener un 
buen rey, que deseo lean y entiendan todos los príncipes 
con cuidado. y> 

Dejemos aparte su doctrina sobre el tiranicidio, que 
es lo que principalmente provocó su condenación en 
Francia, que sin duda tenía motivos de alarmarse 
cuando veía morir sus reyes á manos de asesinos. Exa- 
minando solamente su teoría sobre el poder, se mani- 
fiesta bien claro que la profesaba tan popular y tan 
lata, cual hacerlo pueden los demócratas modernos: y 
se atreve á expresar sus opiniones sin rodeos ni embo- 
zo. Comparando, por ejemplo, al rey con el tirano, 
dice: «el rey ejerce con mucha moderación la potestad 
que recibió del pueblo. . . » 

Así no domina á sus subditos como á esclavos, á la 
manera de los tiranos, sino que los gobierna como á 
hombres libres, y, habiendo recibido del pueblo la po- 
testad , cuida muy particularmente que durante toda 
su vida se le conserve sumiso de buena voluntad.» 
«Rox quum a subditis accepit potestatem singulari 
modestia exercit. . . 

Sic fít, ut subditis non tanquam servís dominetur, quod 
faoiunt tiranni, sed tanquam liberis praesity et qui a po- 
pulo potestatem accipit, id in primis curae habetutper 
totam vitam volentibus imperet» Lib. 1, cap. 4, pág. 57.) 
Esto decía en España un simple religioso, esto aproba- 
ban sus superiores, esto escuchaban atentamente los 
reyes; ¡á cuántas y cuan graves reflexiones da lugar 
este solo hecho! ¿Dónde está la estrecha ó indisoluble 
alianza que los enemigos del Catolicismo han querido 
suponer entre los dogmas de la Iglesia y las doctrinas 
de la esclavitud? Si en un país donde dominaba el Ca- 
tolicismo de una manera tan exclusiva, era permitido 
«1 expresarse de este modo, ¿cómo podrá sostenerse 



— 208 — 

que semejante religión propenda á esclavizar al hu- 
mano linaje, ni que sus doctrinas sean favorables al 
despotismo? 

Fuera muy fácil formar tomos, enteros de pasajes no- 
tables de nuestros escritores, ya seglares, ya eclesiás- 
ticos, en que se echaría de ver la mucha libertad que 
•en este punto se concedía, así por parte de la Iglesia 
como del gobierno civil. ¿Cuál es el monarca absoluto 
de Europa que llevase á bien que uno de sus altos fun- 
cionarios se expresase sobre el origen del poder de la 
manera que lo hace nuestro inmortal Saavedra? «Del 
.centro de la justicia, dice, se sacó la circunferencia de 
la corona. No fuera necesaria ésta, si pudiese vivir sin 
aquélla. 

Hac una reges olim sunt fine creati, 
Dicere ius populis, iniustaque tollere facta. 

»En la primera edad, ni fué menester la pena, por- 
que la ley no conocía la culpa; ni el premio, porque se 
amaba por sí mismo lo honesto y glorioso. Pero creció 
con la edad del mundo la malicia, é hizo recatada á la 
virtud, que antes, sencilla é inadvertida, vivía por los 
<íampoS. Desestimóse la igualdad, perdióse la modes- 
tia y la vergüenza, é, introducida la ambición y ia 
fuerza, se introdujeron también las dominaciones: por- 
que, obligada de la necesidad la prudencia, y despier- 
ta con la luz natural, redujo á los hombres á la com- 
pañía civil, donde ejercitasen las virtudes, á que les 
inclina la razón, y donde se valiesen de la voz articu- 
lada que les dio la naturaleza, para que unos á otros, 
explicando sus conceptos y manifestando sus senti- 
mientos y necesidades, se enseñasen, aconsejasen y 
defendiesen. Formada, pues, esta compañía, nació del 
común co7isentimie7ito en tal modo de comunidad una po- 
testad en toda ella ilustrada de la ley de naturaleza, para 
^conservación de sus partes, que las mantuviese en jus- 
ticia y paz, castigando los vicios y premiando las vir- 
tudes: yporqm esta potestad no pudo estar difusa en todo 



— 209 — 

' cuerpo del pueblo por la confusión en resolver y ejecu- 
tar, y porque era forzoso que hubiese quien mandase 
y quien obedeciese, se despojaron de ella, y la pusieron 
en uno, ó en pocos, ó en muchos, que son las tres formas 
de repilblica, monarquía, aristocracia y democracia. La 
Baonarquía fué la primera, eligiendo Jos hombres en 
.^us familias y después en los pueblos para su gobierno 
*1 que excedía á los demás en bondad, cuya mano 
(creciendo la grandeza) honraron con el cetro, y cuyas 
sienes ciñeron con la corona en señal de majestad, y 
de la potestad suprema qué le habían concedido, la 
-^ual principalmente consiste en la justicia para man- 
tener con ella el pueblo en paz, y asi, faltando ésta, 
falta el orden de república, y cesa el oficio de rey, como 
:^ucedió en Castilla, reducida al gobierno de dos jue- 
ces, y excluidos los reyes por las injusticias de D. Or- 
doño y D. Fruela » 

(Idea de un príncipe político cristiano representada 
«n cien empresas. Por D. Diego de Saavedra Fajardo, 
caballero del orden de Santiago, del consejo de S. M. 
en el Supremo de las Indias, etc. Empresa 22.) 

Las palabras &q pueblo, pacto, consentimiento, han lle- 
gado á causar espanto á los hombres de sanas ideas y 
rectas intenciones, por el deplorable abuso que de ellas 
Ijan hecho escuelas inmorales, que, más bien que de- 
inocráticas, debieran apellidarse irreligiosas. No, no ha 
sido el deseo de mejorar la causa de los pueblos lo que 
les ha movido á trastornar el mundo, derribando los 
tronos, y haciendo correr torrentes de sangre en dis- 
cordias civiles; sino el ciego frenesí de arruinar todas 
las obras de los siglos, atacando particularmente á la 
religión, que era el más firme sostén de todo cuanto 
había conquistado más sabio, más justo y saludable la 
civilización europea. Y, en efecto, ¿no hemos visto á 
las escuelas impías, que tanto ponderaban su amor á 
la libertad, plegarse humildemente bajo la mano del 
despotismo, siempre que lo han considerado útil á sus 
designios? Antes de la revolución francesa, ¿no fueron 
ellas las más bajas aduladoras de los reyes, extendien- 

T. III li 



— 210 — 

do desmedidamente sus facultades, con la idea de que- 
el poder real se emplease en abatir á la Iglesia? Des- 
pués de la época revolucionaria, ¿no las vimos agru- 
parse al rededor de Napoleón, y no las vemos aún tra- 
bajando en hacer su apoteosis? ¿y sabéis por qué? Por- 
que Napoleón fué la revolución personificada, porque 
fué el representante y el ejecutor de las ideas nuevas, 
que se querían substituir á las antiguas; de la propia 
suerte que el Protestantismo inglés ensalza á su reina 
Isabel, porque afianzó sobre sólidas bases la Iglesia es- 
tablecida. 

Las doctrinas trastornadoras, á más de los desastres 
que acarrean á la sociedad, producen indirectamente 
otro efecto, que, si bien á primera vista puede parecer, 
saludable, no lo es en la realidad: en el orden de los 
hechos, dan lugar á reacciones peligrosas, y, en el de 
las ciencias, apocan y estrechan las ideas, haciendo 
que se condenen como erróneos y dañosos, ó se miren 
con desconfianza, principios que antes hubieran pasa- 
do por verdaderos, ó, cuando menos, por equivocacio- 
nes inocentes. La razón de esto es muy sencilla: el 
mayor enemigo de la libertad es la licencia. 

En apoyo de esta última observación, es de notar 
que las doctrinas más rigurosas en materias políticas 
han nacido en los países donde la anarquía ha hecho 
más estragos; y cabalmente en aquellas épocas en que, 
ó estaba presente el mal, 6 muy reciente su memoria. 
La revolución religiosa del siglo xvi, y los trastornos 
políticos que fueron su consecuencia, afectaron prin- 
cipalmente el norte de Europa; habiéndose preservado 
casi del todo el mediodía, en especial la Italia y la Es- 
paña. Pues bien: cabalmente en estos dos últimos paí- 
ses fué donde se exageraron menos la dignidad y las 
prerrogativas del poder civil, así como no se las depri- 
mió en teoría, ni se las atacó en la práctica. La Ingla- 
terra fué la primera nación, entre las modernas, donde 
se verificó una revolución propiamente dicha, porque 
no cuento en este número, ni el levantamiento de los^ 
Irísanos de Alemania, que, á pesar de haber acarreado- 



- 211 — 

espantosas catástrofes, no alcanzó á cambiar el estado 
de la sociedad, ni tampoco la insurrección de las Pro- 
▼iDcias Unidas, que debe ser considerada como una 
guerra de independencia; y precisamente en Inglate- 
rra aparecieron las doctrinas más exageradas y erró-"* 
neas en pro de la suprema potestad civil. Hobbes, que, 
al propio tiempo que negaba á Dios sus derechos, los 
atribuía ilimitados á los monarcas de la tierra, vivió en 
la época más agitada y turbulenta de la Gran Bretaña: 
nació en 1588 y murió en 1679. 

En España, donde no penetraron hasta el último 
tercio del pasado siglo las doctrinas impías y anárqui- 
cas que habían perturbado la Europa desde el cisma 
de Lulero, ya hemos visto que se hablaba sobre los 
puntos más importantes de derecho público con la 
mayor libertad, sosteniéndose doctrinas que en otros 
países hubieran parecido alarmantes. Tan pronto como 
se nos comunicaron los errores, se hizo sentir también 
la exageración; nunca se han ponderado más los dere- 
rhos de los monarcas que en tiempo de Garlos III, es 
ecir, cuando se inauguraba entre nosotros la época 
moderna. 

La religión, dominando en todas las conciencias, las 
mantenía en la obediencia debida al soberano, y no 
"había necesidad de que se le favoreciese con títulos 
maginarios, bastándole, como le bastaban, los verda- 
deros. Para quien sabe que Dios prescribe la sumisión 
á la potestad legítima, poco le importa que ésta dima- 
ne del cielo mediata ó inmediatamente; y que en la 
determinación de las formas políticas y en la elección 
de las personas ó familias que l;an de ejercer el mando 
supremo, le haya cabido á la sociedad más ó menos 
parte. Así vemos que, á pesar de hablarse en España 
de pueblo, de consentimiento, de pactos, estaban ro- 
deados los monarcas de la veneración más profunda, 
sin que en los últimos siglos nos ofrezca la historia un 
solo ejemplar de atentado contra sus personas; siendo, 
además, muy raros los tumultos populares, y debién- 
dose los que acontecieron á causas que nada tenían 
que ver con estas ó aquellas doctrinas. 



— 212 — 

, ¿Cómo es que á fines del siglo xvi no alarmaron at 
Consejo de Castilla los atrevidos principios de Mariana 
en el libro De rege et regís institutione, y á tines 

. del xviii le causaron espanto los del abate Spedalie- 
ri? La razón no se encuentra tanto en el contenido de 
las obras como en la época de su publicación; Ja pri- 
mera salió á luz en un tiempo en que los españoles, 
afianzados en los principios religiosos y morales, se 
parecían á aquellas complexiones robustas que pue- 
den sufrir alimentos de mala digestión; la segunda se 
introdujo en nuestro suelo, cuando las doctrinas y los 
hechos de la revolución francesa hacían estremecer 
todos los tronos de Europa, y cuando la propaganda 
de París comenzaba á malearnos con sus emisarios y 
sus libros. 

Así como en un pueblo donde prevaleciesen y domi- 
nasen la razón y la virtud, donde no se agitasen pasio- 
nes malas, dande todos los ciudadanos se propusiesen 

f por fin, en todos sus actos civiles, el bien y la prospe- 
ridad de su patria, no serían temibles las formas más 
populares y más latas, porque ni las reuniones nume- 
rosas producirían desórdenes, ni las intrigas obscure- 
<íieran el mérito, ni sórdidos manejos ensalzarían al 
gobierno á personas indignas, ni se explotarían los 

' nombres de libertad y felicidad pública, para labrar 
la fortuna y satisfacer la ambición de unos pocos; así 
también en un país donde la religión y la moral reinen 
en todos los espíritus, donde no se mire como vana 
palabra el deber, donde se considere como un verda- 
dero crimen á los ojos de Dios la turbación de la tran- 
quilidad del Estado, y la rebelión contra las autorida- 
des legítimas, serán menos peligrosas las teorías en 
que, analizándose la formación de las sociedades é in- 
vestigándose el origen del poder civil, se hagan supo- 
siciones más ó menos atrevidas, y se establezcan prin- 
cipios favorables á los derechos de los pueblos. Pero, 
cuando estas condiciones faltan, poco vale la procla- 
mación de doctrinas rigurosas; de nada sirve el abste- 

. nerse de nombrar el pueblo como una palabra sacríle- 



— 213 — 

ga; quien no acata la majestad divina, ¿cómo queréis ' 
que respete la humana? 

Las escuelas conservadoras de nuestros tiempos, que 
se han propuesto enfrenar el ímpetu revolucionario, y 
hacer entrar las naciones en su cauce, han adolecida 
casi siempre de un defecto, que consiste en el olvido 
de la verdad que acabo de exponer. La majestad real, 
la autoridad del gobierno, la supremacía de la ley, la so- 
beranía parlamentaria, el respeto á las formas estableci- 
das, el orden, son palabras que salen incesantemente 
de su boca, presentando estos objetos como el paladión 
de la sociedad, y condenando con todas sus fuerzas la 
república, la insubordinación, la desobediencia á Id ley, 
la insurrección, las asonadas, la anarquía; pero no re- 
cuerdan que estas doctrinas son insuficientes cuando 
no hay un punto fijo donde se afiance el primer esla- 
bón de la cadena. Generalmente hablando, esas escue- 
las salen del seno mismo de las re-^oluciones, tienen- 
por directores á hombres que han figurado en ellas, 
que han contribuido á promoverlas é impulsarlas, y 
que, ansiosos de lograr su objeto, no repararon en mi- 
Bar el edificio por sus cimientos, debilitando el as- 
cendiente de la religión y dando lugar á la relajación 
moral. Por esta causa se sienten impotentes cuando la 
prudencia ó sus intereses propios les aconsejan decir 
hasta; y, arrastrados como los demás en el furioso tor-^ 
bellino, no aciertan á encontrar el medio de parar el 
movimiento, ni de darle la debida dirección. 

Óyese á cada paso que se condena el Contrato Social 
de Rousseau, por sus doctrinas anárquicas; mientras- 
por otra parte se vierten otras, que tienden visible- 
mente al enflaquecimiento de la religión; ¿creéis, por 
ventura, que es solamente el Contrato Social lo que ha 
trastornado la Europa? Daños gravísimos ha producido 
sin duda; pero meyores los ha causado la irreligión, 
que tan hondamente socava todos los cimientos de la 
sociedad, que relaja los lazos de familia, y que, dejan- 
do al individuo sin freno de ninguna clase, le entrega 
á merced de sus pasiones, sin más guía que los conse— ' 
jos del torpe egoísmo. 



- 214 - 

Empiezan ya á penetrarse de estas verdades los pen- 
sadores de buena fe; pero, en las regiones de la políti- 
ca existe todavía el error de atribuir á la simple acción 
de los gobiernos civiles una fuerza creadora que, inde- 
pendientemente de las influencias religiosas y mora- 
les, alcanza á constituir, organizar y conservar la so- 
ciedad. Poco importa que se diga otra cosa en teoría, 
si se obra de esta suerte en la práctica; poco vale la 
proclamación de algunos buenos principios, si á ellos 
no se acomoda la conducta. 

Estas escuelas filosófico-políticas que se proponen 
' dirigir los destinos del mundo, proceden cabalmente 
de una manera diametralmente opuesta á la del Cris- 
tianismo. Éste, que, teniendo por objeto principal el 
cielo, no descuidó tampoco la prosperidad de los hom- 
bres en la tierra, se encaminó directamente al enten- 
dimiento y al corazón, creyendo que para ordenar bien 
la comunidad era necesario arreglar al individuo, que 
para tener una sociedad nueva era indispensable for- 
mar socios buenos. La proclamación de ciertos princi- 
pios políticos, la institución de particulares formas, 
son la panacea de algunas escuelas que creen posible 
dirigir la sociedad sin ejercer eficaz influencia sobre 
el entendimiento y el corazón del hombre: la razón y 
la experiencia están de acuerdo en enseñarnos lo que 
podemos prometernos de semejante sistema. 

Arraigar profundamente en los ánimos la religión y 
la buena moral: he aquí el primer paso para prevenir 
las revueltas y la desorganización; cuando aquellos 
sagrados objetos predominen en los corazones, no debe 
causar recelo la mayor ó menor latitud de las opinio- 
nes políticas. ¿Qué confianza puede fundar un gobier- 
no en un hombre que las profese altamente monár- 
quicas, si con éstas reúne la impiedad? Quien niega al 
mismo Dios sus derechos, ¿pensáis que respetará los 
de los reyes de la tierra? «Ante todo, decía Séneca, es 
el culto de los dioses, y la fe en su existencia; acatar 
.su majestad, su bondad, sin la cual no hay ninguna 
jnajestad. Primum est deorum cultus, déos credere; 



— 215 — 

leinde reddere illis maiestatem suam, reddere bonita- 
tera, sine qua nulla maiestas est.» (Séneca, Epist. 95.) 
He aquí cómo se expresa sobre el mismo punto, el pri- 
mer orador, y quizás el mayor filósofo de Roma: Ci- 
cerón. «Conviene que los ciudadanos comiencen por 
estar persuadidos de que hay dioses señores y gober- 
nadores de todas las cosas, en cuyas manos están to- 
dos losacontecimientos, que dispensan continuamente 
grandes bienes al linaje humano, que ven lo interior 
del hombre, lo que hace, y el espíritu y la piedad con 
que profesa la religión, y que llevan en cuenta la vida 
del irnpío. Sit igitur iam hoc a principio persuasum 
cflvibus, dóminos esse omnium rerum, ac moderatores 
déos; eaque quae gerantur, eorum geri ditione, ac nu- 
raine, eosdemque optime de genere hominum mereri, 
et qualis quisque sit, quid agat, quid in se admitat, 
qua mente, qua pietate colat religiones intueri: pio- 
rumque et impiorum habere rationem.» (Cic, De Nat, 
Deor., 2.) 

Es preciso grabar profundamente en el ánimo estas 
verdades: los daños de la sociedad no dimanan princi- 
palmente de las ideas ni sistemas políticos; la raíz del 
mal está en la irreligión; y, si ésta no se ataja, será 
inútil que se proclamen los principios monárquicos 
más rígidos. Hobbes adulaba á los reyes algo más, por 
ciejto, que no lo hacía Belarraino; sin embargo, en 
comparación del autor del Leviathán, ¿qué soberano 
juicioso no preferiría por vasallo al sabio y piadoso 
controversista? (4) 

CAPITULO Lili 



Aclarado ya que la doctrina católica sobre el origen 
del poder civil nada encierra que no sea muy confor- 
me á la razón y conciliable con la verdadera libertad 
de los pueblos, pasemos ahora á la segunda de las 
•cuestiones propuestas, Investigando cuáles son las fa- 



— 216 — 

cuitadles del mismo poder, y si bajo este aspecto ense- 
ña la Iglesia algo que sea favorable al despotismo, á 
esa opresión de que tan calumüiosaraente se le ha su- 
puesto partidaria Invitamos á nuestros adversarios á 
que nos lo señalen, seguros asíamos de que no les ha 
de, ser tan fácil el hacer esla indicación como el amon- 
tonar acusaciones vagas, que sólo sirven á engaitar in- 
cautos Para sostenerlas debidamente, menester sería 
aducir los lexios de la Escritura, las tradiciones., las 
decisiones conciliares ó pontificias; las semencias de 
los Santos Padres, en que se otorguen al poder faculta- 
des excesivas, á propósito para menoscabar ó destruir 
la libertad de los pueblos. 

Pensarán quizás algunos que, permaneciendo puras 
las fuentes, han venido los comentadores á enturbiar 
los raudales; ó, en otros términos, que los teólogos de 
los últimos siglos, constituyéndose en aduladores del 
poder civil, han trabajado poderosamente en extender 
sus derechos, y, por consiguiente, en cimentar el des- 
potismo Gomo muchos se arrogan la facultad de juz- 
gar á los doctores de lo que se apellida época de deca- 
dencia, y lo hacen con tanta mayor serenidad y des- 
embarazo, cuanto no se han tomado nunca la pena €le 
abrir las obras de aquellos hombres ilustres, necesario 
se hace entrar en algunos pormenores sobre e^le asun- 
to, disipando preocupaciones y errores, que acarrean 
gravísimos males á la religión, y no escasos p(Mjuicios 
á la ciencia. 

Merced á las declamaciones é invectivas de los pro^ 
testantes, imagínanse algunos que toda idea dp liber- 
tad hubiera desaparecido de Europa, si no hubiese 
acudido á tiempo la pretendida Reforma del siglo xvi, 
dado que á los teólogos católicos se los figuran como 
una turba de frailes ignorantes, que nada sabían, sino 
escribir, en mal lenguaje y peor estilo, un conjunto 
de necedades, que, en último resultado, no se encami- 
naban á otro blanco, que á ensalzar la autoridad de 
los papas y de los reyes: la opresión intelectual y la 
política, el obscurantismo y la tiranía. 



— 217 — 

Que se padezcan ilusiones sobre objetos cuyo dete- 
nido examen sea muy difícil, que los lectores se dejen 
engañar por un autor, cuando se trata de materias en 
las que es menester deferir á la palabra de éste, so 
l>ena de quedarse del todo á obscuras, como, por ejem- 
plo., en la descripción de un país ó de un fenómeno 
vistos únicamente por el que narra, nada tiene de ex- 
traño; pero, que sufran errores que pueden desvane- 
cerse de un soplo con pasar algunos ratos en la más 
obscura de las bibliotecas; que los autores de las bri^ 
liantes ediciones de París puedan desbarrar á mansal- 
va sobre las opiniones de un escritor que, polvoriento 
y olvidado, yace en la misma biblioteca donde aquél 
luce, y quizás debajo del mismo estante; que el lector 
recorra ávido las hermosas páginas empapándose de 
los pensamientos del autor, sin curarse de alargar la 
mano al voluminoso tomo que allá está esperando que 
le abran para desmentir en cada página las imputacio- 
nes que con tanta ligereza, cuando no mala fe, le está 
íiaciendo su moderno colega, esto es lo que no se con- 
cibe fácilmente, lo que carece de excusa en todo hom- 
bre que se precia de amante de la ciencia, de sincero 
investigador de la verdad. Á buen seguro que no an- 
duvieran tan fáciles muchos escritores en hablar de lo 
que no han estudiado, y en analizar obras que jamás 
han leído, si no contaran con la docilidad y la ligereza 
de sus lectores; á buen seguro que andarían con más 
tiento en fallar magistralmeute sobre una opinión, so- 
bre un sistema, sobre una escuela, en recopilar en dos 
palabras las obras de muchos siglos, en decidir con una 
salida ingeniosa las cuestiones más graves, si temieran 
que el lector, tocado á su vez de la desconfianza, y par- 
ticipando un poco del escepticismo de la época, no dará 
fe ciega á las aserciones sin cotejarlas con los hechos 
á que se refieren. 

Nuestros mayores no se creían autorizados, no diré 
para narrar, pero ni aun para aludir, sin acotar cuida- 
dosamente las citas de las fuentes donde habían bebi- 
do; rayaba esto en exceso, pero nosotros nos hemos^ 



— 218 — 

curado del mal, de tal suerte, que nos juzgamos dis- 
pensados de toda formalidad, siquiera se trate de la 
materia más importante, y que más exija el testimo- 
nio de los hechos. Y hechos son las opiniones de los 
escritores antiguos, hechos son conservados en sus 
obras; y quien los juzga de un golpe sin descender á 
pormenores, sin imponerse la obligación de citar los 
lugares á que se refiere, es sospechoso de falsificar la 
historia, repito, y la más preciosa, cual es la del espí- 
ritu humano. 

Esta ligereza de ciertos escritores proviene, en bue- 
-na parte, del carácter que ha tomado la ciencia en 
nuestro siglo. Ya no las hay particulares; hay una 
ciencia general que las abraza todas, que encierra en 
óu inmenso ámbito todos los ramos de loscoQocimien- 
tos, y que, por consiguiente, obliga al común de los 
espíritus á contentarse con noticias vagas, que, por lo 
mismo, son más propias para remedar la abstracción y 
la universalidad. Nunca como ahora se han generali- 
zado los conocimientos, y nunca fué más difícil mere- 
cer el dictado de sabio. El estado actual de la ciencia 
reclama en quien pretenda poseerla, gran laboriosidad 
en adquirir erudición, profunda meditación para orde- 
narla y dirigirla, vasta y penetrante ojeada para sim- 
plificarla y centralizarla, elevada comprensión para 
levantarse á las regiones donde la ciencia ha estable- 
cido su asiento. ¿Cuántos son los hombres que reúnen 
estas circunstancias? Pero, volvamos al intento. 

Los teólogos católicos, tan lejos están de inclinarse 
al sostén del despotismo, que dudo mucho puedan en- 
contrarse mejores libros para formarse ideas claras y 
verdaderas sobre las legítimas facultades del poder; y 
aun añadiré que, generalmente hablando, propenden 
de un modo muy notable al desarrollo de la verdadera 
libertad. El gran tipo de las escuelas teológicas, el mo- 
delo de donde no han apartado sus ojos durante mu- 
chos siglos, son las obras de Santo Tomás de Aquino; 
y con entera confianza podemos retar á nuestros ad- 
^versarios á que nos presenten un jurista ni un filósofo 



— 219 — 

'donde se hallen expuestos con más lucidez, con más 
cordura, con más noble independencia y generosa ele- 
vación, los principios á que del/e atenerse el poder 

• civil. Su tratado de leyes es un trabajo inmortal; y á 
quien lo haya comprendido á fondo, nada le queda 
que saber con respecto á los grandes principios que 
deben guiar al legislador. 

Vosotros que despreciáis tan livianamente los tiem- 
pos pasados, que os imagináis que hasta los nuestros 
nada se sabía de política ni de derecho público, que 
allá en vuestra fantasía os forjáis una incestuosa alian-» 
za de la religión con el despotismo, que allá en la obs- 
curidad de los claustros entrevéis urdida la trama del 
pacto nefando; ¿cuál pensáis sería la opinión de un 
religioso del siglo xiii, sobre la naturaleza de la ley? 
¿"10 os parece ver la fuerza dominándolo todo, y cu- 
bierto el grosero engaño con el disfraz de algunas men- 
tidas palabras apellidando religión? Pues sabed que no 
dierais vosotros definición más suave; sabed que no 
imaginaríais jamás, como él, que desapareciese hasta 
la idea de la fuerza; que no concibierais nunca, cómo 
en tan pocas palabras pudo decirlo todo, con tanta 
exactitud, con tanta lucidez, en términos tan favora- 

^bles á la verdadera libertad de los pueblos, á la digni- 
dad del hombre. 

Gomo la indicada definición es un resumen de toda 
su doctrina, y es, además, la norma que ha dirigido á 
todos los teólogos, puede ser mirada como un compen- 
dio de las doctrinas teológicas en sus relaciones con 
las facultades del poder civil, y presenta de un golpe 
cuáles eran, bajo este aspecto, los principios dominan- 
tes entre los católicos 

El poder civil obra sobre la sociedad por medio de % 
la ley; pues bien, según Santo Tomás, la ley es: <m7ia 
disposición de la razón enderezada al bien común, y pro- 
mulgada por aquel que tiene el cuidado de la comunidad. 
Quaedam rationis ordinatio ad bonum commune, et ab 
60 qui curam communitatis habet promúlgala, (1.* 2.«'» 
•Quaest. 90, art. 4.) 



— 220 — 

Disposición de la razórty rationis ordinatio: he aquí des- 
terradas la arbitrariedad y la fuerza; he aquí procla- 
mado el principio de que la ley no es un mero efecto 
de la voluntad; he aquí muy bien corregida la célebre 
sentencia guodprincipiplacuit, legis habet vigorem; sen- 
tencia que, si bien es susceptible de un sentido razo- 
nable y justo, no deja de ser algo inexacta, y de re- 
sentirse de la adulación. Un célebre escritor moderno 
ha empleado muchas páginas en probar que la legiti- 
midad no tiene su raíz en la voluntad, sino en la ra- 
zón, infiriendo que lo que debe mandar sobre los hom- 
bres no es aquélla, sino ésta; con mucho menos apara- 
to, pero con no menos solidez y con mayor concisión, 
lo expresó el santo Doctor en las palabras que acabo 
de citar: rationis ordinatio. 

Si bien se observa, el despotismo, la arbitrariedad, la 
tiranía, no son más que la falta de razón en el poder, 
son el dominio de la voluntad. Guando la razón impe- 
ra, hay legitimidad, hay justicia, hay libertad; cuando 
la sola voluntad manda, hay ilegitimidad, hay injusti- 
cia, hay despotismo. Por esta causa, la idea fundamen- 
tal de toda ley es que sea conforme á razón, que sea 
una emanación de ella, su aplicación á la sociedad; y 
cuando la voluntad la sanciona, y la hace ejecutar, no 
ha de ser otra cosa que un auxiliar de la razón, su ins- 
trumento, su brazo. 

Claro es que sin acto de voluntad no hay ley; por- 
que los actos de la pura razón sin el concurso de la vo- 
luntad son pensamiento, no mando; iluminan, no im- 
pulsan; por cuyo motivo no es posible concebir la 
existencia de la ley, hasta que al dictamen de la razón 
que dispone, se añada la voluntad que manda. Sin em- 
bargo, esto no quita que toda ley deba tener un fun- 
damento en la razón que dispone, y que á ella se haya 
de conformar, si ha de ser digna de tal nombre. Estas 
observaciones no se escaparon á la penetración del san- 
to Doctor, y, haciéndose cargo de ellas, disipa el error 
en que se podría incurrir de que la sola voluntad del 
príncipe hace la ley, y se expresa en estos términos: 



— 221 — 

«la razón recibe de la voluntad la fuerza de mover, ^ 
«como más arriba se ha dicho (Q. 17, art. 1); pues por lo 
mismo que la voluntad quiere el fin, la razón impera 
sobre las cosas que se ordenan al fin; pero la voluntad, " 
para tener fuerza de ley en las cosas que se mandan, 
debe estar reguladíi por alguna razón; y de este modo 
se entiende que la voluntad del príncipe tiene fuerza 
de ley; del contrario, la voluntad del principe es más bien 
iniquidad que ley.» 

«Ratio habet vim movendi a volúntate, utsupra dic- 
tum est. (Quaest. 17, art. 1.) Ex hoc enim quod aliquis 
vult finem, ratio imperat de his quae sunt ad finem; 
sed voluntas de his quae imperantur, ad hoc quod le- 
gis rationem habeat, oportet quod sit aliqua ratione 
regulata, et hoc modo intelligitur quo voluntas prin- 
cipia habet vigorem legis; alioquin voluntas principis 
mngis esset iniquitas quam lex.» (Quaest. 90, art. 1.) 

Estas doctrinas de Santo Tomás han sido las de to- 
dos los teólogos; y si ellas son favorables á- la arbitra- 
riedad y al despotismo, si en algo se oponen á la ver- 
dadera libertad, si no son altamente conformes á la 
dignidad del hombre, si no son la proclamación más 
explícita y terminante del poder civil, si no valen algo 
más que las declaraciones de los derechos imprescripti- 
bles, díganlo la imparcialidad y el buen sentido. Lo 
que humilla la dignidad del hombre, lo que hiere su 
sentimiento de justa independencia, lo que introduce 
en el mundo el despotismo, es el imperio de la volun-' 
tad, es la sujeción á ella por sólo este título; pero, el 
someterse á la razón, el regirse por sus prescripciones, 
no abate, antes bien, eleva, agranda: porque agranda 
y eleva el vivir conforme al orden eterno, á la razón 
divina. 

La obligación de obedecer á la ley no radica en la 
voluntad de otro hombre, sino en la razón; pero, aun 
ésta, considerada en sí sola, no la juzgaron los teólogos 
suficiente para mandar. Buscaron más alto la sanción 
de la ley; y, cuando se trató de obrar sobre la con- 
■ciencia del hombre, de ligarla con un deber, no halla- 



— 222 — 

ron en la esfera de las cosas creadas nada que á tanto^ 
alcanzar pudiera. «Las leyes humanas, dice el santo 
Doctor, si son justas, la fuerza de obligar en el fuero 
de la conciencia la tienen de la ley eterna, de la cual 
se derivan, según aquello de los Proverbios, cap. 8: Por 
mí reinan los reyes, y los legisladores decretan cosas 
justas. Si quidem iustae sunt, habent vim obligandi in 
foro conscientiae a lege aeterna, a qua derivantur, se- 
cundum illud Proverb., cap. 8: Per me reges regnant, 
etlegum conditores iusta decernunt.» (!.• 2.»« Q. 96, 
art. 3.) Por donde se ve que, según Santo Tomás, la ley 
justa se deriva, no precisamente de la razón humana» 
sino de la ley eterna, y que de ésta recibe la fuerza de 
obligar en el fuero de la conciencia. 

Esto es si» duda algo más filosófico que el buscar la 
fuerza obligatoria de las leyes en la razón privada, en 
la voluntad general: así se explican los títulos, los ver- 
daderos títulos de la humanidad; así se limita razona- 
blemente el poder civil, así se alcanza fácilmente la 
obediencia, así se asientan sobre bases firmes é indes- 
tructibles los derechos y los deberes de los gobernan- 
tes como de los gobernados. Así concebimos sin difi- 
cultad lo que es el poder, lo que es la sociedad, lo que 
es el mando, lo que es la obediencia. No reina sobre lo- 
hombres la voluntad de otro hombre, no reina su sim- 
ple razón, sino la razón emanada de Dios, ó, mejor di- 
remos, la misma razón de Dios, la ley eterna, Dios mis- 
mo. Sublime teoría donde halla el poder sus derechos, 
sus deberes, su fuerza, su autoridad, su prestigio; y 
donde la sociedad encuentra su más firme garantía de 
orden, de bienestar, de verdadera libertad; sublime 
teoría que hace desaparecer del mando la voluntad del 
hombre, convirtiéndola en un instrumento de la ley 
eterna, en un ministerio divino. 

ETKÍerezada al bien comibt^ ad bonum commune; ésta es 
otra de las condiciones señaladas por Santo Tomás para 
constituir la verdadera ley. Se ha preguntado si los 
reyes eran para los pueblos, ó los pueblos para los re- 
yes: los que han hecho esta pregunta, no pararon mu- 



— 223 — 

cho la atención, ni en la naturaleza de la sociedad, ni 
en su objeto, ni en el origen y fin del poder. La conci- 
sa pxpn^sión que acabamos de citar, al bien C07nún, ad 
boni'.n ')0M7nmiey responde satisfactoriamente á esta 
prPííunta. «Son injustas las leyes, dice ©1 santo Doctorr 
de dos maneras: ó bien por ser contrarias al bien co- 
mún, ó por el fin, como cuando algún gobierno impone 
leyes onerosas á los subditos, y no de utilidad común, ,. 
sino más bien de codicia ó de ambición: 

y éstas más bien son violencias que leyes. Iniustae ^ 
autpm sunt leges dupliciter: uno modo per contrarié- 
te tem ad bonum commune, e contrario praedictis; vel 
rx íine, sicut cum aliquis praesidens leges imponit 
onnosas subditis non pertinentes ad utilitatem com- 
munem, sed magis ad propriam cupiditatem vel glo- 
riom: 

p* h".iusmorti magis sunt violentiae quam leges.» (!.' 
2*- Q. 9í>, art. 4.) Infiérese de esta doctrina que el man- 
do es para el bien común, que en faltándole esta con-* 
dición es in;usto, que los gobernantes no están inves- 
tidos de su autoridad sino para emplearla en pro de 
los gobernados. Los reyes no son los esclavos de los • 
pueblos, como lo ha pretendido una filosofía absurda 
que ha querido reunir monstruosamente las cosas más 
contradictorias; el poder no es tampoco un simple 
mandatario que ejerce una autoridad ficticia, y depen- 
diente á cada instante del capricho de aquellos á quie- ** 
nes manda; pero tampoco son los pueblos propiedad 
de los reyes, tampoco pueden éstos mirar á sus subdi- 
tos como esclavos, de quienes les sea lícito disponer > 
conforme á su libre voluntad; tampoco son los gobier- 
nos arbitros absolutos de las vidas y de las haciendas 
de sus gobernados; y están obligados á mirar por ellos, 
no como el dueño por el esclavo de quien se utiliza, * 
sino como el padre por el hijo, á quien ama y cuya fe- 
licidad procura. 
«El reino no es para el rey, sino el rey para el rei- 



— 224 — 

no», dice el santo Doctor, á quien no me cansaré de 
citar; y con estilo notable por su brío y energía, prosi- 
gue: «porque Dios los constituyó para regir y gober- 
nar, y para conservar á cada cual en su derecho: éste 
es el fin de la institución; que, si hacen otra cosa, mi- 
rando por su interés particular, no son reyes, sino ti- 
ranos.» «ítem qvjod regnum non estpropter regem, sed rex 
propter regnum, quia ad hoc Deus providit de eis ut 
regnum regant et gubernent, et unumquemque in suo 
ture conservent; et hic est finis regiminis, quod si ad 
aliud faciunt in seipsos commodum retorquendo, non 
sunt reges, sedtiranni.» (D. Th. De Reg. Prin. Gap. 11.) 

Según esta doctrina, es evidente que los pueblos no 
son para los reyes, que los gobernados no son para los 
gobernantes; sino que todos los gobiernos se han esta- 
blecido para el bien de la sociedad, y que este bien 
debe ser el norte de los que mandan, sea cual fuere la 
forma de gobierno. Desde el presidente de la más in- 
significante república, hasta el más poderoso monarca, 
nadie puede eximirse de esta ley; porque es ley ante- 
rior á las sociedades, ley que presidió á la formación 
de ellas, que es superior á las leyes humanas, poique 
es emanada del autor de toda sociedad, de la fuente de 
toda ley. 

No, los pueblos no son para los reyes; los reyes son 
para el bien de los pueblos, porque, en faltando este 
objeto, el gobierno de nada sirve, es inútil; y en esta 
parte no cabe diferencia entre la república y la mo- 
narquía. Quien adula á los reyes con semejantes má- 
ximas los pierde: no es así como les ha hablado en to- 
dos tiempos la religión; no es éste el lenguaje de los 
hombres ilustres que, revestidos del hábito sacerdo- 
tal, han llevado á los poderosos de la tierra los mensa- 
jes del cielo. «Reyes, príncipes, magistrados, exclama 
el venerable Palafox, toda jurisdicción es ordenada de 
Dios para conservación, no destrucción, de sus pue- 
blos; para defensa, no para ofensa; para derecho, no 
para injuria, de los hombres. Los que escriben que los 
reyes pueden lo que quieren, y fundan en su querer 



— 225 — 

45U poder, abren la puerta á la tiranía. Los que escriben 
-que los reyes pueden lo que deben, y pueden lo que 
han menester, para la conservación de sus vasallos, y 
para la defensa de su corona, para la exaltación de la 
fe y la religión, para la buena y recta administración 
de justicia, para la conservación de la paz y para el pre- 
ciso sustento de la guerra, para el congruo y ordenado 
lucimiento de la dignidad real, y para la honesta sus- 
tentación de su casa y de los suyos; éstos dicen la ver- 
dad sin lisonja, abren á la justicia la puerta, y á las 
virtudes magnánimas y reales.» (Historia Real Sagra- 
da, lib. 1, cap. 11.) 

Guando Luis XIV decía «el Estado soy yo», no lo ha- 
bía aprendido ni de Bossuet, ni de Bourdaloue, ni de * 
Massillón; el orgullo exaltado por tanta grandeza y po- 
derío, é infatuado por bajas adulaciones, era quien ha- 
blaba por su boca; ¡hondos secretos de la Providencia! 
el cadáver de ese hombre que se llamaba el Estado fué 
insultado en los funerales; y no había transcurrido to-^ 
davía un siglo cuando su nieto perecía en un cadalso. 
Así expían sus faltas las familias como las naciones; 
así, en llenándose la medida de la indignación, el Se- 
ñor recuerda á los hombres despavoridos que el Dios 
de las misericordias es también el Dios de las vengan- 
zas; y que, así como soltó sobre él mundo las cataratas 
del cielo, así desencadena sobre los reyes y sobre los 
pueblos los huracanes de la revolución. 

Fundados los derechos y los deberes del poder en tan 
sólido cimiento como es el origen divino, y regulados 
por norma tan superior cual es la ley eterna, no hay 
necesidad alguna de ensalzarle con desmedido encare- 
cimiento, ni de atribuirle facultades que no le perte- 
necen; así como, de otra parte, no se hace preciso exi- 
girle el cumplimiento de sus obligaciones, con aquella 
imperiosa altanería que le humilla y desvirtúa. La li- 
sonja y la amenaza son inútiles, cuando hay otros re- 
sortes que le comunican movimiento, y otros diques 
que le detienen en los límites debidos. No se levanta 
la estatua del rey, para que le tributen culto los pue- 
T. m n 



— 226 — 

blos: ni se le entrega á merced de los tribunos, par» 
que la hagan objeto de befa y escarnio, convirtiéndole- 
en juguete de las pasiones de los demagogos. 

Son bien notables la suavidad y templanza de la de- 
finición que estamos analizando; pues que ni siquiera 
se encuentra en ella la menor palabra que pueda herir 
la más delicada susceptibilidad, aun de los ardientes 
apasionados á las libertades públicas. Después de haber 
hecho consistir la ley en el imperio de la razón, des- 
pués dé haberle señalado por único objeto el bien co- 
mún, al llegar á la autoridad de quien la promulga, de 
quien debe cuidar de su ejecución y de su observan- 
cia, no se habla de dominio, no se emplea ninguna ex- 
presión que indicar pueda una sujeción excesiva, se 
usa de la palabra más mesurada que cabe encontrar; 
cuidado: Qui communitatis curam habet promulga ta. 
Adviértase que se trata de un autor que pesa las pala- 
bras como metal precioso, que se sirve de ellas con es- 
crupulosidad indecible, gastando, si es menester, largo 
espacio en explicar el sentido de cualquiera que ofrez- 
ca la menor ambigüedad; y entonces se comprenderá 
cuáles eran las ideas de este grande hombre sobre el 
poder; entonces se verá si el espíritu de doctrinas de 
opresión y despotismo ha podido prevalecer en las es- 
cuelas de los católicos, cuando de tal suerte pensaba y 
se expresaba quien fué y es todavía un oráculo tenido 
por poco menos que infalible. 

Compárese esta definición dada por Santo Tomás, y 
adoptada por todos los teólogos, con la señalada por 
Rousseau. En la de aquél, la ley es la expresión de la 
razón, en la de éste la expresión de la voluntad; en la 
de aquél es una aplicación de la ley eterna, en la de 
éste el producto de la voluntad general: ¿de qué parte 
están la sabiduría, el buen sentido? Con haberse en- 
tendido entre los pueblos europeos la ley tal como la 
explica Santo Tomás y todas las escuelas católica8,|se 
desterró de Europa la tiranía, se hizo imposible el des- 
potismo asiático, se creó la admirable institución de la 
monarquía europea; con haberse entendido tal como. 



— 227 — 

la explica Rousseau, se creó la Convención con sus 
cadalsos y horrores. 

La teoría de la voluntad general está ya casi abando- 
nada por todos los publicistas; y aun los mismos sos- 
tenedores de la soberanía popular explican de tal ma- 
nera su ejercicio, que no admiten que la ley haya de 
ser el producto de la voluntad de todos los ciudada- 
nos. La ley, dicen, no es la expresión de la voluntad 
general, sino de la razón general; por manera que, así 
como el filósofo de Ginebra pensaba que era menester 
andar recogiendo las voluntades particulares, como 
para formar la suma que era la voluntad general, así 
piensan ahora los publicistas de que hablamos, que 
ps necesario recoger en la nación gobernada la mayor ^ 
lima de razón, para que, colocada en la esfera del go- 
Jjierno, pueda servir de guía y de regla, no siendo más 
los gobernantes que los instrumentos para aplicarla. 
Lo que manda, dicen ellos, no son los hombres, sino . 
la ley; y la ley no es otra cosa que la razón y la jus- 
ticia. 

Esta teoría, en lo que tiene de verdad, y prescin- 
diendo de las malas aplicaciones que de ella se hacen, 
no es un descubrimiento de la ciencia moderna; es un 
principio tradicional de Europa, que ha presidido á la 
formación de nuestras sociedades, y organizado el po- 
der civil de tal manera, que en nada se parece al de 
los antiguos, ni tampoco al de los demás pueblos ac- 
tuales que no han participado de nuestra civilización. 
Si bien se mira, éste es el principio que ha producido- 
el singular fenómeno de que las monarquías europeas,. ^ 
aun las más absolutas, han sido muy diferentes de las- 
asiáticas; y que, aun cuando la sociedad carecía de 
garantías legales contra el poder de los reyes, las te- 
nía, sin embargo, morales, y muy robustas. La ciencia 
moderna no ha descubierto, pues, un nuevo principia 
de gobierno; sin advertirlo, ha resucitado al antiguo; 
y, reprobando la doctrina de Rousseau, no ha dado, 
como dice, un paso adelante, sino atrás; que no siem- 
pre es mengua el retroceder, pues que no lo es ni pue- 



— 228 — 

de serlo el apartarse del borde del precipicio para bus- 
car el verdadero camino. 

Rousseau se queja con mucha razón de que ciertos 
escritores han exagerado de tal manera las prerrogati- 
vas de la potestad civil, que han convertido á los hom- 
bres en un ganado del cual podían disponer los gober- 
nantes conforme á sus intereses ó caprichos. Pero estas 
máximas no pueden achacarse ni á la Iglesia católica, 
ni tampoco á ninguna de las ilustres escuelas que se 
abrigan en su seno. El filósofo de Ginebra ataca viva- 
mente á Hobbes y á Grocio por haber sostenido esta 
doctrina; y, si bien los católicos nada tenemos que ver 
con dichos autores, observaré, no obstante, que fuera 
injusto colocar al segundo en la misma línea del pri- 
mero. 

Es verdad que Grocio ha dado algún motivo para 
que se le culpe, sosteniendo que hay casos en que los 
imperios son, no para utilidad de los gobernados, sino 
de los gobernantes. «Sic imperia quaedam esse possunt 
comparata ad regum utilitatem.» {Dq lure belli et pa- 
cis, lib. 1, cap. 3.) Pero, reconociendo la peligrosa ten- 
dencia de semejante principio, es necesario convenir 
en que el conjunto de las doctrinas del publicista ho- 
landés no se encaminan, como las de Hobbes, á la com- 
pleta ruina de la moral. 

Hecha á Grocio la debida justicia, no permitiendo 
que en ningún sentido se exagere el mal, aun cuando 
se halle de parte de nuestros adversarios, lícito ha de 
ser á los corazones católicos el complacerse en notar 
que semejantes doctrina no tuvieron jamás cabida en- 
tre los que profesamos la verdadera fe: y que cabal- 
mente las funestas máximas que conducen á la opre- 
sión de la humanidad, hayan nacido entre aquellos 
que se desviaron de la enseñanza de la Cátedra de San 
Pedro. 

No; los católicos no han disputado nunca si los re- 
yes tenían ilimitado derecho sobre las vidas y las ha- 
riendas de los subditos, de tal suerte, que jamás les 
irrogasen injuria, por más que llevaran hasta el últi- 



- 229 — 

mo exceso la arbitrariedad y el despotismo. Cuando la 
lisonja ha levantado su voz exagerando las prerrogati- 
vas de los reyes, se ha visto desde luego sofocada por 
el unánime clamor de los sostenedores de las sanas 
doctrinas; y no falta un ejemplo singular de una re- 
tractación solemne, mandada por el tribunal de la In- 
quisición á un predicador que se había excedido. No 
sucedió así en Inglaterra, país clásico de aversión al - 
Catolicismo: mientras entre nosotros se prohibía seve- 
ramente que se virtiesen esas máximas degradantes, 
allí se entablaba esta cuestión con toda seriedad, divi- 
diéndose los publicistas en opiniones encontradas. 

El lector ímparcial ha podido ya formar concepto so- 
bre el valor que encierran las declamaciones contra el 
'derecho divino, y la pretendida afinidad de las doctrinas 
católicas con el despotismo y la esclavitud. La exposi- 
ción que acabo de presentar no se funda ciertamente 
en vanos raciocinios á propósito para obscurecer la 
cuestión, huyendo, como suelo decirse, el cuerpo á la 
dificultad. Tratábase de saber en qué consistían esas 
doctrinas, y he manifestado hasta la evidencia que los 
que las calumnian no las entienden, y que de muchos- 
puede suponerse que no se tomaron jamás el trabajo 
de examinarlas: tanta es la ligereza y la ignorancia con 
que sobre las mismas se expresan. 

Quizás habré multiplicado en demasía los textos y 
las citas; pero, recuérdese que no me proponía ofrecer 
un cuerqo de doctrina, sino examinarla históricamen- 
te; la historia no exige discursos, sino hechos; y lo& 
hechos en materia de doctrina no son otra cosa que el* 
modo de pensar de los autores que las profesaron. 

En la saludable reacción que se va observando hacia 
los buenos principios, conviene guardarse de presen- 
tar á los espíritus la verdad á medias; importa á la ' 
causa de la religión católica que sus defensores no 
puedan ser ni remotamente sospechosos de disimulo ó 
mala fe. Por esto no he vacilado en desarrollar el con- 
junto de las doctrinas de los escritores católicos, tal 
como lo he encontrado en su^ )bras. Los protestantes 



- 230 - 

y los incrédulos han logrado engañar obscureciendo y 
confundiendo; abrigo la esperanza de que, aclarando y 
deslindando, habré logrado desengañar. 

En lo que resta de la obra, propóngome todavía exa- 
minar otras cuestiones relativas al mismo asunto, las 
que, si no son más importantes, serán, por cierto, más 
delicadas. Por esta causa me ha sido necesario allanar 
completamente el camino, para que pudiese marchar 
por él con desembarazo y soltura. 

He procurado que la causa de la religión se defen- 
diese con sus propias fuerzas, sin mendigar el apoyo 
de auxiliares que no necesita. Gomo he procedido has- 
ta aquí, procederé en adelante; porque estoy j)r o fun- 
damente convencido de que el Catolicismo sale perju- 
dicado cuando, al hacer su apología, se le identifica 
con intereses políticos, intentando encerrarle en es- 
trecho espacio donde no cabe su amplitud inmensa. 
Los imperios pasan y desaparecen, y la Iglesia de Je- 
sucristo durará hasta la consumación de los siglos; las 
opiniones sufren cambios y modificaciones, y los au- 
gustos dogmas de nuestra religión permanecen inmu- 
tables; los tronos se levantan y se hunden, y la piedra 
sobre la cual edificó Jesucristo su Iglesia, atraviesa la 
corriente de los siglos sin que prevalezcan contra ella 
las puertas del infierno. Guando salgamos en su de- 
fensa, penetrémonos del grandor de nuestra misión: 
nada de exageraciones, nada de lisonjas; la verdad 
pura, con lenguaje mesurado, pero severo y firme. Ora 
nos dirijamos á los pueblos, ora hablemos á los reyes, 
no olvidemos que sobre la política está la religión, so- 
bre los pueblos y los reyes está Dios. 



— 231 — 



NOTAS 



^i) Pág. 134.— El plan de la obra demandaba ocuparse con 
algún detenimiento en las comunidades religiosas, pero no coa- 
sentía que se diese á esta materia todo el desarrollo de que c» 
susreptible. En efecto: podríase, en mi juicio, ha( er la historia 
de la? comunidades religiosas, de manera que. conduciendo pa- 
ralelamente la de los pueblos donde se han establecido, resal- 
tase demostrado por extenso lo mismo que en compendio llevo 
ya probado, á saljer, que la fundación de los institutos religio- 
sos, é más del objeto superior y divino, que era su blanco, ha 
sido en todas épocas la satisfacción de una necesidad religiosa y 
social Por mfis que no quepa en mis fuerzas el emprender un 
trabajo de tamaña importancia, capaz de arredrar, aun cuando 
únicamente se atendiese á la inmensa extensión que exigiría sa 
cumplido desempeño, quiero insinuar la idea, por si otro que se 
sienta con la capacidad, erudición y tiempo necesarios para em- 
prenderla se resuelve á levantar á nuestro siglo ese monumento 
histórico filosófico. Concebido el plan desde este punto de vista, y 
subordinado á la unidad de objeto cuyo fundamento se ve en los 
hechos claros, se columbra en los obscuros, y se deja conjeturar 
en los ocultos, podría un trabajo semejante tener toda la varie- 
dad apeteí ibie; que el asunto se brindaría á ella, convidando & 
descender á particularidades en extremo interesantes, que fue- 
ran como los episodios de un gran poema La disposición de los 
ánimos cada día más favorables á los institutos religiosos, mer- 
ced al desengaño que va cundiendo con respecto á las negras 
calumnias que los protestantes y los filósofos habían sabido in- 
ventar, y al escarmiento producido por las decepciones de vanas 
teorías, allanaría al escritor el camino, para que pudiese mar- 
char con más desembarazo. La senda está ya bastante trillada; 
sólo faltaría ensancharla y hacerla penetrar más adentro, para 
•conducir á un mayor número á la región de la verdad. 



- 232 - 

Previa esta ÍDdicación, réstame abura consigDar. aun cuandD> 
no sea más que apuntando, algunos hechos que no han p«>dido 
tener cabida en el texto, y que he preferido reunirlos todos ett 
una nota, porque, perteneciendo á un mismo asunto, no roe ha- 
parecido conveniente distraer á cada paso la atención del lector, 
cortando el hilo de las observaciones. 

Entre los gentiles fueron también conocidos los ascetas, con- 
cayo nombre se distinguían los que se dedicaban á la abstinen- 
cia y al ejercicio de virtudes austeras. De suerte que, aun antes 
del cristianismo, se tenía alguna idea del mérito de esas virtudes 
que se han querido criticar en los que profesan esta religión di- 
vina. Las vidas de los filósofos están llenas de ejemplos que com- 
prueban mi aserción. Sin embargo, ya se deja conocer que, faltos 
de la luz de la fe y de los auxilios de la gracia, sólo podían los 
gentiles ofrecer una levísima sombra de lo que con el tiempo de- 
bían realizar los ascetas cristianos. 

Ya hemos recordado el fundamento que en el Evangelio tiene 
la vida monástica, en lo que encierra de ascética; y desde la 
cuna de la iglesia, la encontramos ya establecida bajo una ú otra 
forma. Orígenes nos habla de ciertos hombres que se abstenían 
de comer carne, y cuanto hubiese tenido vida, para reducir el 
cuerpo á servidumbre. (Orig. contra Celsum, lib 5. Dejando 
aparte á otros escritores antiguos, vemos que Tertuliano hace 
mención de algunos que se abstenían del matrimonio, no povque 
lo condenasen, sino para ganar el reino del cielo. (Tertul., lib. 2. 
de cultu faeminarum.) 

Es de notar que el sexo débil participó muy particularmente 
de esa fuerza de espíritu, que para el ejercicio de las giander. 
virtud- s había comunicado el cristianismo. En los primescs si- 
glos de la Iglesia eran ya muchas las vírgenes y las viudas con- 
sagradas al Señor, y ligadas con voto de perpetua castidad. En 
los antiguos concilios vemos que se dispensaba un ruidado par- 
ticular á esa por' ion escogida del rebaño de la Iglesia, siendo 
objeto de la solicitud de los Padres el arreglar sobre este punto 
la disciplina de una manera conveniente. Las vírgenes hacían su 
profesión pública en la Iglesia, recibían el velo de la mano del 
obispo, y para mayor solemnidad se las distinguía con una espe- 
cie de consagración Esta ceremonia exigía cierta edad en la per- 
sona que se consagraba á Dios, siendo notable que en este punto 
anduvo muy varia la disciplina. En Oriente se las recibía á los 
17 y á los 16 años, según sabemos por San Basilio (Epis,, ca- 
non 18); en África á los 25, según vemos por el canon 4." del 
concilio 'i.® de Cartago, y en Francia á los 40, como consta del' 
canon 19 del concilio de Agde. Aun cuando viviesen en la casa» 
de sus padres, se las contaba entre las personas eclesiásticas; y 
así como en caso de necesidad les suministraba la Iglesia los ali- 
mentos, así también, si faltaban al voto de castidad eran exco- 
mulgadas, y debían sujetarse á la penitencia pública, si querían- 



— 233 — 

ser restituidas á la comunión de la Iglesia, Quien desee enterar- 
se de estos pormenores, vea el canon 33 del concilio 3." de Car- 
tago, el 1 9 del de Ancira y el 16 del de Calcedonia. 

El estado de la Iglesia en los tres primeros siglos, sujeta á unav 
persecución casi continua, debió de impedir naturalmente que 
las personas amantes de la vida ascética, fueran hombres ó mu- 
jeres, se reuniesen para practicarla juntas en medio de las ciu- 
dades Opinan algunos que la propagación de la vida ascética 
ejercida en el desierto, se debe, en gran parte, á la persecución 
de Decio, la que siendo muy cruel en Egipto, hizo que se retira- 
sen á las soledades de la Tebaida y otras de los alrededores, 
muchos cristianos; comenzando de esta suerte á plantearse aquel 
sistema de vida que tan prodigiosa extensión había de tomar en 
los tiempos venideros. San Pablo, si nos atenemos á lo que dice 
San Jerónimo, fué el fundador de la vida solitaria. 

Ya desde los primeros siglos se habían introducido algunos 
abu-os, pues que vemos que en tiempo de San Jerónimo eran 
ciertos monjes detestados en Roma (Quousque genus detesta- 
bile monachorum urbe non pellitur), dice el santo en boca de 
los romanos, escribiendo á Paula; pero bien pronto se rehabilitó 
la opinión de los monjes, comprometida, quizás, por los sara- 
baítas y giróvagos, especie de vagabundos que lo que menos 
cuidaban era la práctica de las virtudes de su estado, antes bien 
se entregaban é la gula y demás placeres con vergonzoso des- 
enfrenó. San Atanasio, el mismo San Jerónimo, San Martín y 
otros hombres célebres, entre los cuales se distinguió muy par- 
ticularmente San Benito, realzaron el esplendor de la vida mo- 
nástica, haciendo de ella la apología más elocuente, que consis- 
tía en el sublime ejemplo de las austeras virtudes por ellos prac- 
ticadas. 

A pesar de la multiplicación de los monjes, así en Oriente 
como en Occidente, es notable que no se distinguieron en dife- 
rentes órdenes, y que durante los diez primeros siglos se* consi- 
deraban todos como de un mismo instituto, según observa Mabi- 
llón Esto ofrecía algo de bello en la unidad, que en cierto modo 
formaba de todos los monasterios una sola familia; pero necesa- 
rio es confesar que la diversidad de órdenes que luego se fué 
introduciendo, era muy á propósito para dar cumplida cima á 
los muchos y variados objetos que en lo sucesivo llamaron la 
atención de las fundaciones religiosas. 

La disciplina que se introdujo de no poder fundarse ninguna 
religión sin preceder la aprobación pontificia, era necesaria, su- 
puesto el ardor de nuevas fundaciones que se desplegó en los 
tiempos siguientes: por manera que, á no mediar este prudente 
dique, se habría introducido el desorden, dándose ocasión á que 
imaginaciones exaltadas traspasasen los límites debidos. 

Complácense algunos en recordar los excesos á que se entre- 
garon algunos individuos de las órdenes mendicantes, pidiéndole 



— 234 - 

prestadas á Mateo de París sus narraciones, y recordando lot. 
lamentos del mismo San Buenaventura. Sin ánimo de ex'usar el 
mal, dondequiera que se halle, observaré, sin embargo, que las 
/circunstancias de la época en que se fundaron aquellos institu- 
tos, y el tenor de vida que debían traer si es que habían de 
Henar los objetos á que se destinaban según tengo indicado en 
el texto, hacían poco menos que inevitables los males de que »e 
lamentan con sinceridad los hombres piadosos, y con afectación 
y exageración los enemigos de la Iglesia. 

Es de notar que las órdenes mendicantes fueron ya desde su 
nacimiento el blanco del odio más encarnizado, y que se les per- 
seguía con atroces calumnias Esto confirma más y más lo que 
llevo dicho en el texto sobre los grandes bienes producidos por 
dichos institutos, dado que tan despiadadamente los combatía el 
genio del mal. Las cosas llegaron á tal extiemo, que fué preciso 
tratar seriamente de atajar el daño, respondiendo á la impostura 
con una brillante apología. Llamábase á los mendicantes estado 
condenado, y se tenia el empeño de sostener tan desatentada 
doctriucí con la autoridad de la Sagrada Escritura y de los San- 
tos Padres. Guillermo de Santo Amor, y Sigerio, maestros d€ 
París, escribieron un libro sobre este asunto, y lo presentaron á 
Clemente IV, lo que dio motivo al famoso opúsculo de Santo 
Tomás titulado «Contra impugnantes Dei cultum et religionem» 
compuesto á instancia del mencionado Sumo Pontífice He aqu 
en pocas palabras la historia de este escrito, tal como se la en 
cuentra entre las obras del santo Doctor, en el pequeño prefacio 
que precede al opúsculo. 

Tempore sancti Ludovici Ffancorum Regis, Willelmus de 
Sancto Amoie, Sigeriusque, magistri Parisienses, multique se- 
quaces in hunc inciderunt errorem, ut religiosorum mend'cau- 
'tiuci statum damnatum assererent, librumque sacrilegum multis 
-gacrae pagiüae sanctorumque auctoritatibus. licet male intellectis, 
ec perverse expositis refertum, Clemente IV summo Pontifici ob- 
tulerunt Pontifex igitur reverendo magistro loanni de Vercellis 
magiati'O orciinis Praedicatorum dictum librum transmisit. praeci- 
pien6 ut eidem per famosissimum tune in toto orbe doctorem 
fratrera Thomam de Aquino faceret responderi Devotissimus 
ie^itur pater et doctor Thomas, fratrum in capitulo generali 
Anagniae congregatorum orationibus se faciens commendatum, 
praefatum librum studiose perlegit quem reperit erroribus ple- 
■^ium. Q,uo comperto alium ipse librum, qui incipit: Ecce inimicl 
tui sonueiunt, et qui oderunt te, extulerunt caput, etc. tam cito, 
tamque eleganter et copióse composuit, ut non humano ing»>nio 
eam visus sit edidisse, sed potius in spiritu accepisse de dextera 
sedentis in throno: quem librum in quo omnia nequissimorura 
tela penitusextinxerat, praefatus summus Pontifex tanquam veré 
catholicum approbans, librumque contrarium tánquam haereti- 
cum et nefarium damnans, ipsius auctores cum complicibus de- 



— 235 — 

3)osuit de oathedra magistratus, expulsosque de Parísiensi stadio, 
omni dignitate privavit Praedictus vero doctor post divinitus ob- 
tentam victoriam Parisios rediens, omnes dicti operis articules 
publica et solemniter repetens disputavit firmavitque. 

El citado opúsculo es notable bajo muchos aspectos; y eo par- 
ticular porque nos manifiesta que ya entonces se acumulaban 
contra estos institutos las mismas acusaciones que se les han di- 
rigido después. Otra particularidad hay que notar, y es que se 
les echaba en cara como un defecto 6 un abuso lo mismo que, 
según llevo probado, debía de servir mucho á la sazón para que 
las nuevas fundaciones alcanzasen su santo objeto de defender la 
Iglesia contra los ataques de sus numerosos enemigos, y de con- 
tribuir á la conservación y buen orden de los Estados. 

El hábito humilde y grosero les hacía parecer bien á los ojos 
de los pueblos, demostrando de una manera palpable que la aus- 
teridad de la vida y el desprecio de las vanidades del mundo no 
eran exclusivos de las falsas sectas que ostentaban hipócrita- 
mente su santidad: y el hábito era objeto de crítica y maledi- 
cencia Practicaban los religiosos las obras de candad; ejercían 
poderoso ascendiente sobre los pueblos por medio de la predica- 
ción de la divina palabra; alcanzaban alto renombre por su apli- 
cación á las ciencias; procuraban acreditar su profesión por todas 
partes estableciendo viva comunicación entre los miembros de 
ella, y entre estos y el mundo; defendíanse de sus adversarios 
con el brío y energía que demandaban la calamidad de los tiem- 
pos y el espíritu impetuoso é invasor de las sectas pervertidas; 
se esmeraban en granjearse el afecto de las gentes; visitaban la 
choza dej pastor como el palacio del monarca; en una palabra, 
desplegaban contra el error y el vicio una acción tan viva, tan 
eficaz, y sobre todo tan universal, que el infierno tembló en su 
presencia, y puso en movimiento todos sus recursos de ataque 
para desacreditar aquellc? mismos medios de que se valían los 
apóstoles de la verdad para defenderla y propagarla El santo 
Doctor se ve precisado á sincerar á sus hermanos en todos los 
indicados puntos, bastando dar una ojeada al título de algunos 
capítulos, para convencerse de cuan al vivo se sentían lastimados 
los enemigos de la Iglesia con las armas esgrimidas por los nue- 
vos atletas que se habían presentado en la arena. 

Tertia pars principalis totius operis, in qua ostenditur quomo- 
do religiosorum famam corrumpere nituntur, in multis eos frivole 
impugnando, et primo quod habitum vilem et humílem deferunt. 
Cap 8 

Quomodo religiosos irapugnant, quantum ad opera chariéatis. 
Cap. 9. 

Quomodo religiosos impugnant, quantum ad discursum prop- 
ter salutem animarum. Cap. 10. 

Quomodo religiosos impugnant, quantum ad studíum. Capí- 



^ 236 — 

Quomodo religiosos impugnat, quantum ad ordiDatam praedi-^ 
cationem. Cap. 12. 

Quomodo iudicium pervertunt in rebus religiosos infamando^ 
primo quod se et suam religionem commendant et per epistolar 
commendari procurant. Cap. 13. 

Secundo, de hoc quod religiosi detractoribus suis resistunt. 
Cap. 14. 

Tertio, de hoc quod religiosi in indicio contendunt. Cap 15. 

Quarto, de hoc quod religiosi persecutores suos puniri procu- 
rant. Cap. 16. 

Quinto, de hoc quod religiosi hominibus placeré volunt. Capí- 
tulo 17. 

Sexto, de hoc quod religiosi gaudent de his quae per eas Deu& 
magnifice operatur. Cap. 18. 

Séptimo, de hoc quod religiosi curias principum frecuentant. 
Cap. 19. 

Si para conocer los efectos que una institución produce puede 
servir de algo el mirar cuáles son sus enemigos, y si para apre- 
ciar los medios por los cuales se les hace aquélla más temible, 
conviene fijar la atención en los cargos y acusaciones que se le 
dirigen, será menester confesar que los nuevos institutos religio- 
sos habían acertado á encontrar la conducta que debía seguirse 
en aquellas circunstancias, y que. por tanto, dispensaron un alto 
beneficio á la religión y á la sociedad. 

Es también digno de notarse que ya en aquella sazón se em- 
pleaban los medios de que hemos visto echar mano después, 
para denigrar á las comunidades religiosas y destruir ó debilitar 
su ascendiente sobre el ánimo de los pueblos. También entonces 
se argumentaba, como suele decirse, a particulari ad universa - 
Ze, atribuyendo á toda la comunidad los excesos de que se ha- 
cían reos algunos pocos También vemos que el santo Doctor se 
ve precisado á rechazar las calumnias que á toda la orden se 
achacaban fundándose en los extravíos de este ó aquel indivi- 
duo, pues que echa en cara á sus adversarios la mala fe con que 
procuraban infamar á los religiosos, abultando los vicios en que 
más ó menos siempre incurre la fragilidad humana. El frenesí 
contra los nuevos institutos llegaba hasta un punto inconcebible: 
se los llamaba falsos apóstoles, falsos profetas, nuncios del Anti- 
cristo y hasta Anticristos. Echase de ver que, cuando los protes- 
tantes, al agotar contra el Papa el diccionario de los dicterios, le 
llamaban con tanta frecuencia el Anticristo, no inventaban la 
peregrina denominación: las falsas sectas que los precedieron, 
apellidaban ya con el mismo título á los defensores de la verdad. 
Es particular que los católicos, al atacar á sus adversarios, no 
acostumbran alarmarse tan fácilmente, ni expresarse con tanta 
destemplanza. La venida del Anticristo lá dejan para cuando 
Dios disponga, y no adjudican ligeramente este dictado á lo» 
sectarios, por más caracteres que presenten, que les den mucha 
semejanza con el hombre de perdición. 



— 237 — 

De los hechos que acabo de apuntar podemos sacar una lec- 
ción muy saludable, para no dejarnos alucinar fácilmente por los 
enemigos de la Iglesia. La táctica favorita de éstos suele ser la 
«iguiente: levantan un grito unánime de censura, reprobación ó 
execración contra el objeto que á ellos no les agrada; y luego, 
solviéndose á los espectadores, les dicen: jNo oís qué clamor tan 
firme y tan universal está condenando lo mismo que nosotros 
condenamosl ¿Necesitáis más para convenceros de que nuestra 
causa es justa, y que nuestros adversarios no abrigan otra cosa 
que maldad é hipocresía?» Así hablan, y así alucinan á no po- 
cos, haciendo resonar con el suyo el clamoreo de los siglos ante- 
riores; olvidándose de advertir que los que claman ahora son los 
sucesores de los que clamaban entonces; y que este ruido sólo 
prueba que en todos tiempos ha tenido la Iglesia católica nume- 
rosos enemigos Esto ya lo sabíamos: hace 18 siglos que nos lo 
pronosticó el Divino Fundador. 

Así, cuando en nuestros tiempos se ha querido dar mucha im- 
portancia á los clamores que se han oído contra instituciones muy 
santas, pretendiendo que eran el eco de la opinión de personas 
sensatas é inteligentes, se ha perdido de vista, sin duda, que en 
todas épocas ha sucedido lo mismo; y que, si por semejante opo- 
sición fuera necesario desistir de ciertas empresas, no se podría 
llevar á cabo ninguna. Y no entiendo decir con esto que sea ne- 
cesario ni conveniente el despreciar las quejas y reclamaciones, 
y que no pueda acarrear perjuicios de la mayor transcendencia 
el descuidar la observación del verdadero estado de las cosas; no 
ignoro que la verdadera prudencia no se desentiende nunca de 
las circunstancias que rodean los objetos, y que hay virtudes que 
en su propio nombre indican que importa discernir: mirar en 
rededor, apellidándose discreción y circunspección, Pero, lejos 
de que á estas virtudes se oponga lo arriba indicado, es al con- 
trario una aplicación de lo que ellas mismas nos prescriben. 

En efecto: ¿qué regla más prudente y discreta que el discernir 
entre quejas y quejas, entre reclamaciones y reclamaciones, en- 
tre lamentos y lamentos] Las sentidas palabras de San Bernardo 
y de San Buenaventura, ¿podrán confundirse con las violentas é 
insidiosas declamaciones de los herejes de su tiempo? ¿Pueden 
suponerse iguales intenciones á Lutero, á Calvino, á Zuinglio, 
que á San Ignacio, San Carlos Borromeo, San Francisco de Sa- 
les? He aquí lo que no debe confundirse, cuando se trata de 
formar concepto sobre las abusos que en esta ó aquella época 
afligieron á la Iglesia. Condenemos el mal dondequiera que se 
encuentre; pero hagámoslo con sinceridad, con intención pura, 
con vivo deseo del remedio, no por el maligno placer de presen- 
tar á la vista de los fieles, cuadros dolorosos y repugnantes. 
Guardémonos siempre de aquel falso celo que nada respeta; y 
no queramos constituirnos en instrumento de destrucción, bajo 
«1 color de promovedores de reforma. No creamos á todo espíri- 



— 238 — 

tu, DO descnidemos de aliar la pradencia de la serpiente con i» 
senciliez de la paloma. 

(2) Pég 192. — Ya llevo demostrado con abundantes testi- 
monios de los teólogos escolásticos, cómo debe entenderse el ori- 
gen divino del poder civil; y bien se echa de ver que nada hay 
en esto que no sea muy conforme á la sana ra/ón, y muy con- 
ducente á los altos fines de la sociedad Fácil me hubiera sido 
acumular en mayor núroerr dichos testimonios; he creído que 
bastaban los aducidos, para esclarecer la materia y dejar satis- 
fechos á todos los lectorer quí . dejando aparte preocupacionea 
injustas, deseen sinceramente prestar oídos á la verdad. Sin em- 
bargo, con la mira de que este importante asunto quede tratada 
bajo todos aspectos, quiero que se ilustre algo más aquel célebre 
pasHJe del apóstol San Pablo en la carta á los Romanos, cap. 13, 
en que se habla del origen de las potestades, y de U sumisión y 
obedienria que les son debidas Y no se crea que me proponga 
alcanzar este objeto con raciocini( s más ó menos especiosos; 
cuando se ha de exponer el verdadero sentido de algún texto de 
la Sagrada Escritura, no conviene atender principalmente á lo 
que nos dice nuestra flaca razón, sino al modo con que lo en- 
tiende la Iglesia católica, para lo cual es preciso consultar aque- 
llos escritoies que. gozando de grande autoridad por su sabidu- 
ría y sus virtudes, podemos esperar que no se apartaron de 
aquella máxima: quod semper, quod ubique, quod ab ómnibus 
traflitvm est 

Ya hemos visto un notable pasaje de San Juan Crisóstomo, 
donde explica el mismo punto con mucha claridad y solidez; 
como y también algunos testimonios de Santos Padres, que nos 
indií-ar los motivos que tenían los apóstoles para inculcar con 
tanto ahinco la oblitjación de obedecer á las potestades legíti- 
mas; y así sólo nos falta insertar á continuación los comentarios 
que sobre el citado texto del apóstol San Pablo hacen algunos es- 
critores ilustres En ellos se encontrará un cuerpo de doctrina, 
por Herirlo así. y, viéndose la razón de los preceptos del Sagra- 
do Texto, se alcanzará mes fácilmente su genuino sentido 

Véase, en primer lugar, con qué sabiduría, con qué pruden- 
cia y piedad, expone esta importante materia un escritor, no de 
los siglos de ovo, sino de los que apellidamos, con demasiada 
geneíalidad. siglos de ignorancia y barbarie: San Anselmo, en. 
sus (omentarios sobre el capítulo 13 de la carta á los Romanos 
dice así: 

Oftints anima potestatibus sublimioribus subdita est. Non est 
enim potestad ntsí a Deo. Quae autem sunt, a Deo ordtnatae 
sunt. ilaqup qut refutxt potestatt, Dei ordinationi resisíít. Qui 
autem resistunt, ípst vht damnattonem acquirunt. 

Sicut supeiius repiebendit illos, q\ii gloriabantur de meritis, 
itanunc ingiednur illos redarguere, qui postquam erant ad fídem. 
conversi nolebant subiici alicui potestati. Videbatur enim quod ■ 



— 239 — 

Infideles, Dei fldelibus non deberent domtnari, etsi fidelia debe- 
rent csse pares Quam Buperbiamremovet, dicens:0«int5aní»itf^ 
id est. omnís homo, est humiliteT subdita potesiattbus, vel sae- 
cularibus, vel ecclesiasticis sublimioribus se: hoc eat, omnit 
homo, sit subiectus superpositis sihi potestalibus A parte enim. 
roaiore significat totum hominem. sicut rursum a parte inferióte 
totus homo significatur ubi propheta dicit: Quta videbit omnit^ 
caro salutare Dei. Et recte admonet ne quis ex eo quod in 11- 
bertatem vocatus est, factusque christianus. extollatur in super- 
biam, et non arbitretur in huius vitae itinere servandum esse 
ordinem suum, et potestatibus, quibus pro tempore rerum tem- 
poraiium gubernatio tradita est, non se putet esse subden- 
dum Cum enim constemus ex anima et corpore, et quamdiu 
íd hac vita temporaü sumus, etiam rebus temporalibus ad sub- 
sidium eiusdem vitae utamur, oportet non ex ea parte, quae ad 
hanc vitara pertinet, subditos esse potestatibus^ id est res hu- 
manas cum aliquo honore admmistrantibus: ex illa vero parte, 
qoa Deo credimus, et in regnum eius vocamur, non debemusv 
sabditi esse cuiquam Éomini. id ipsum in nobiseverterecupienti, 
quod Deus ad vitara aeternam donare dignatus est. Si quis ergo 
putat. quoniam christianus est, non sibi esse vectigal redden- 
dum sive tiibutum, aut non esse honorem exhibendum debitum 
eis quae haec curant potestatibus, in magno errore versatur ítem 
si quis sic se putat esse subdendura, ut etiam in suam fídem ha- 
bere potestatem arbitretur eum, qui temporalibus administran- 
dis aliqua sublimitate praecellit in raaiorem errorem labitur Sed 
modus iste servandus est, quera Dominus ipse praecepit, utred- 
damus Caesari quae sunt Caesaris, et Deo quae sunt D^i Quam- 
vis enim illud regnum vocati simus. ubi nulla erit potestas hu- 
iusmodi in hoc tamen itinere conditionem nostram pro ipsorerura 
humanarum ordine debemus tolerare, nihil siraulate facientes. et 
in hoc non tara hominibus, quara Deo, qui hoc iubet, obtempe- 
rantes. Itaque omnis anima sit subdita sublimionbus potesta- 
tibus, id est, omnis homo sit subditus primum divinae potestati, 
deinde mundauae.^'am si mundana potestas iusserit quod non 
debes faceré, contemne potestatem timeudo subliraiorem potesta- 
tem. Ipsos humanarum rerum gradus adverte. Si aliquid iusserit 
procurator, nonne faciendum est? Tamen si contra proconsulem 
iubeat, non utique contemnis potestatem, sed eligis maiori ser- 
vire. Non hinc debet minor irasci si maior praelata est. Rursu» 
si aliquid procónsul iubeat, et aliud imperator, numquid dubita- 
tur, illo contemplo huic esse serviendum! Ergo si aliud impera- 
tor, et aliud Deus iubeat, quid faciemus! Numquid non Deus 
imperatori est praeferendust Ita ergo sublimioribus potestatibus 
anima subiiciatur, id est, homo. Sive idcirco ponitur anima pro 
homine, qui secundum hanc discernit, cui subdi debeat, et cui 
non Vel homo, qui promotione virtutum sublimatus est, anima 
vocatur a digniore parte. Vel, nom solum corpus sit subditum^ 



— 240 — 

sed anima, id est, voluntas: hoc est, non solum corpore, sed et 
volúntate serviatis. Ideo debetis subiici, quia non est potestas 
nisi a Deo. Numquam enim posset fieri nisi operatione solius 
Dei, ut tot homines uni servirent, quem considerant udíus secum 
esse fragilitatis et naturae. Sed quia Deus subditus inspirat timo- 
rera et obediendi voluntatem contigit ita. Nec valet quisquam 
aliquid posse, nisi divinitus ei datum fuerit. Potestas omnis est 
a Deo, Sed ea quae sunt, a Deo ordinaiae sunt. Ergo potest »s est 
ordinata, id est rationabiliter a Deo disposita I taque qui reststtt 
po testa ti, no\eTis tributa daré, honorera deferre et bis similia, 
Pei ordinationi resista, qui hoc ordinavit, ut talibus subiiciamur. 
Hoc enim contra illos dicitur, qui se putabant ita deberé uti li- 
bértate christiana, ut nulli vel honorem deferrent, vel tributa 
redderent. Unde magnum poterat adversus christianam re/igio • 
nem scandalum nasci a principibus saeculi. De bona potestate 
patet, quod eam perfecit Deus rationabiliter. De mala quoque 
videri potest, dum et boni per eam purgantur, et mali damnan- 
tur, et ipsa deterius praecipiatur. Qui potestati resistit, cnm 
Deus eam ordinaverit, Dei ordinationi resistit. Sed hoc tam 
grave peccatum est, quod qui resistuni, ipsi pro contumacia et 
perversitate sibi damnationem aeternae mortis acquirunt. Etideo 
non debet quis resistere sed subiici. 

Origen del poder, su objeto, sus deberes, sus límites, todo se 
encuentra en este notable pasaje, siendo de advertir que el 
Santo confirma expresamente lo que llevo insinuado en el texto 
sobre la mala inteligencia que en los primeros tiempos daban 
algunos á la libertad cristiana, creyendo que traía consigo la 
abolición de las potestades civiles, y particularmente de las in- 
fieles. También observa el escándalo que de esta doctrina podía 
dimanar; y, por consiguiente, pone de manifiesto que los após- 
toles, aun cuando no se proponían señalar al poder civil un ori- 
gen extraordinario y sobrenatural, como es el del eclesiástico, 
tuvieron, sin embargo, razones particulares para inculcar que 
aquel poder viene de Dios, y que quien le lesiste, resiste á la 
ordenación de Dios. 

Pasando á siglos posteriores, encontraremos las mismas doc- 
trinas en los expositores más insignes. Cornelio a Lapide explica 
el citado lugar del propio modo que San Anselmo; señalando las 
mismas razones para evidenciar los motivos que tenían presentes 
los apóstoles, cuando recomendaban la obediencia á las potesta- 
des civiles. Dice así: 

Omnis anima (omnis homo) potestatibus sublimiorihuSy id 
est principibus et magistratibus, qui potestate regendi et Impe- 
randi sunt praediti; ponitur enim abstractu pro concreto; potes- 
tatibus, hoc est, potestate praeditis; subdita sit, scilicet iis in 
rebus, in quibus potestas illa sublimior et superior est. habet- 
que ius et iurisdictionera, puta in temporalibus, subdita sit regi 
-«t potestati civili, quod proprie hic intendit Apostolus; per po- 



— 241 - 

testatem, enim, civilem intelligit; in spirítuaiíbus vero lubdita 
«¡t Piaelatis, Episcopis et Pontifici. 

Nota Pro potestatibiis sublimiorihtis, potestatibiis super- 
«minentibus vel praecellentibus, ut. Noster vertit 1. Pet. 2. sive 
•regi quasipraecellentí, Syrus vertit, potestatibus dignitate prae» 
ditis: id est raagistratibus saecularibus, qui potestate regendi 
praediti sunt, sive duces, sive gubernatores, sive cónsules, prae- 
tores, etc. 

Saeculares enim magistratus hic intelligere Apostolum patet, 
•<juia his solvuntur tributa et vectigalia quae hisce potestatibus 
solvi iubet ipse v. 7, ita Sane. Bassilius de Constit. monast. 23. 

Nota ex Clemente Alexand. lib. 4. Stromatum, et S Aug. in 
j)sal 118, cont. 31. Initio Ecclesiae puta tempore Christi et 
Pauli, rumor erat per Evangelíum oplitias humanas, regna et 
•reapubliras saeculares everti; uti iam fit abhaereticis piaetenden- 
dibus libertatem Evangelii; unde contrarium docent, et studiose 
iDculcant Christus, cum solvit didrachma. et cum iussit Caesari 
reddi ea quae Caesaris sunt; et Apostoli: idque ne in odiura tra- 
heretur christiana religio et ne christiani abuterentur libértate 
fidei ad omnem malitiam. 

Ortus est hic rumor ex secta ludae et Galilaeorum de qua Ac- 
tor, 5, in fine qui pro libértate sua tuenda omne dominium Cae- 
saris et vectigal, etiam morte proposita abnuebant, de quo 
losephus libr. 18. Antiqu. 1. Quae secta diu inter íudaeos vi- 
guit; adeoque Christus et apostoli in eius suspicionem vocati 
sunt, quia origine erant Galilaei et rerum novarum praecones. 
Hos Gaiilaeos secuti sunt ludae omnes, et de facto romanis re- 
bellarura: quod dicerent populum Dei liberura non deberé sub- 
iici et serviré infidelibus romanis: ideoque a Tito excisi sunt. 
Hinc etiam eadem calumnia in christianos, qui origine erant et 
habebantur ludaei, derivata est: unde apostoli, ut eam amo- 
liantur, saepe docent principibus dandum esse honorem et tri- 
butum. 

Quare octo argumentis probat hic Apostolus principibus et 
raagistratibus obedientiam 

His rationibus probat Apostolus Evangelium. et christianis- 
TOum regna et magistratus non evertere, sed firmare et stabi- 
iire: quia nil regna et principes ita confirmat, ac subditorum 
bona, christiana et sancta vita. Adeo, ut etiam nunc principes 
Japones et Indi Gentiles ament christianos, et suis copiara fa- 
ciant baptismi et christianismi suscipiendi, quia subditos chris- 
«tianos, magis quam ethnicos, fáciles et obsequentes, regnaque 
^ua per eos magis firmari, peccari et florere experiuntur. 

Por lo toeante al modo con que la potestad civil ha venido de 
Dios, está de acuerdo con los teólogos el insigne expositor; pues 
^ue también hace uso de la distinción entre la comunicación 
mediata y la inmediata; teniendo cuidado de recordar de cufia 

T. III u 



— 242 — 

diferente manera se entiende el origen divino, cuando se habí» 
de la potestad eclesiástica. 

Así, explicando aquellas palabras: «no hay potestad que no 
venga de Dios», continúa: 

Non est enim potestas nisi a Deo; quasi diceret principatus 
et magistratus non a diabolo, nec a solo homine, sed a Deo eius- 
que divina ordinatione et dispositione conditi et instituti sunt: 
eis ergo obediendum est. 

Nota primó. Potestas saecularis est a Deo medíate, quia na- 
tura et recta ratio, quae a Deo est, dictat, et hominibus per' 
suasit praeficere reipublicae magistratus a qutbus reyantur. 
Potestas vero Ecclesiastica inmediate est a Deo instituta; quia 
Christus ipse Petrum et apostólos Ecclesiae praefecit. 

Con no menor caudal de doctrina expone el mismo pasaje el» 
insigne Calmet, aduciendo gran copia de textos de ios Santos- 
Padres, donde se manifiesta lo que pensaban sobre el poder ci- 
vil los primeros cristianos, y cuan calumniosamente se les acu- 
saba de perturbadores del orden público. 

Omnis anima potestatibus, etc. Fergit hic Apostolus docere 
fideles vitae ac morum officia. Quae superiori ( apite vidimus, eo 
desinunt ut bonus ordo et pax in Ecclesia interque fideles ser- 
vetur. Haec potissimum spectant ad obedientiam, quam unus- 
quisque superioribus potestatibus debet. Christianorum liberta - 
tem atque a mosaicis legibusiramunitatem commendaverat Apos- 
tolus: at ne quis monitis abutatur, docet hic quae debeat esse 
subditorura subiectio erga reges et magistratus. 

Hoc ipsura gravissime monuerant primos Ecclesiae discipu'og 
Petrus et lacobus; repetitque Paulus ad Titum scribens, si ve 
ut christianos, insectantium iniuriis undique obnoxios, in pa- 
tientia contineret, sive ut tulgi opinionem deleret, qua di^ci^ 
puli lesu Christi, omnis ferme Galilaei, seutentiam luüae 
Gaulonitae sequi et principum auctoritatí repugnare cense- 
bantur. 

Omnis omnia, quilibet quavis conditione aut dignitate, potes- 
tatibus snblimioribus subdita 5¿<; regibus, principibus. magis- 
tratibus, iis denique quibus legitima est auctoritas, sive absolu- 
ta, sive alteri obnoxia. Neminem excipit Apostolus, non presbí- 
teros, non praesules, non monachos ait Theodoretus; illaosa 
tamen ecclesiasticorum immunitate. Tune solum modo parere 
non debes, cum aliquid divinae legi contraiium imperatur; tune 
enim praeferenda est debita Deo obedientia; quin tamen vel 
arma capere adversus principes, vel in seditionem abire liceat. 
Repugnandum est in iis tantum, quae iustitiam ac Dei legera 
violant; in caeteris parendum. Si imperavit aut idolorum cullu 
aut iustitiae violationem cum necis vel bonorum iacturae inter- 
minatione, vitara et fortunas discriraini obiicito, ac repugnato; 
in reliquia autem obtempera. 

iV<m eit enim potestas nisi a Deo» Absolutissima íb libertate^ 



— 243 — 

conditus est homo, nuUi creatae rei, ad uni Deo subditus. Nisi 
muadum invasisset una cum Adami transgressione peccatum^ 
mutoam aequaliter libertatemque homines servassent. At libér- 
tate abusos damnavit Deus, ut parerent iis, quos ipse principia 
illis davet, ob poenam arrogan tiae, qua pares Gonditori effici 
voluerunt. At inquies, quis nesciat, quorumdam veterum impe- 
viorum initia et incrementa ex iniuria atque ambitione profecta. 
Nemrod. exempii causa, Ninus, Nabuchodonosor, aliiqui quam- 
plures, an principes erant á Deo constituti? Nonne similius vero 
est, violenta imperia primun exhorta esse ab imperandi libídine? 
liberorum vero imperiorum originem fuisse hominum raetum^ 
qui sese impares propulsandae externorum iniurae sentientes, 
aliquera sibi principem creavere, datamque sibi a Deo natu- 
ralem ulciscendi iniurias potestatem, volentes libentesque alte- 
ri tradideiuntl Quam veré igitur docet Apostólas quamlibet po- 
testatem a Deo esse, eumque esse positae inter homines auc- 
toritatis institutorem! 

Adviértase cómo en las cuatro maneras que señala, segvín 
las que puede decirse que la potestad viene de Dios, no hay 
ninguna extraordinaria y sobrenatural, pues todas ellas se re- 
ducen á confirmarnos más y más lo que ya nos enseña la ra- 
zón, y el mismo orden de las cosas. 

Omnino Deus potestatis auctor et causa est. 7. Quod, Jiomi- 
nihus tacite inspíraverít consilium suhiicienda se uni, a quo de- 
fenderé tur. II. Quod imperta inter homines utilissima sint ser- 
vandae concordíae,disciplinae, ac religioni. Porro quidquid boni 
est, a Veo seu fonte proficiscitur. IIL Cum potestas tuendi ab 
aggressore vitam vel opes, hominibus a Deo tradíta^ atque ab 
ípsis in principem conversa^ a Dea primum proveniant, Princi- 
pes ea potestatf. ab hominibus donati hanc ab ipso Deo accepisse 
ture dicuntur; quamobrem Petrus humanam creaturam nuncu- 
pat, quam Paulus potestatem a Deo institutam: humana igitur 
et divina est, varia ratione spectata, uti diximus. IV. Denique 
suprema auctoritas a Deo est, utpote quam Deus, a sapienti- 
bus institutam probavit.- 

Nulla unquam gens saecularibus potestatibus magis paruit, 
quam primae aetatis christiani, qui a Christo lesu et ab aposto- 
lis edocti, nunquam ausi sunt principibus a Providentia sibi datis 
repugnare discipulos fugere tantum iubet Christus. Ait Petrus,^ 
Christum nobis exemplum reliquisse, cum sese ludicum iniqui- 
tate pessime agi passus est. Monet hic Paulus resistere te Dei 
voluntati, atque aeternae damnationis reura efiici, si potestati re- 
pugnas. Quamvis nimius et copiosus noster populus, non tamert 
adversus violentiam se ulciscitur: patitur, ait Sane. Ciprianus. 
Satis viriumest ad pugnam; at omnia perpeti ex Christo didi- 
cimus. Cui bello non idonei, nonprompti fuissernus, etiam cu- 
piis impares, qui tam Hbenter trucidamurí si non apud istam. 
disciplinam magis occidí liceret, quam occidere, inquit Tertul- 



— 244 — 

lianas. Cum nefanda patimur, ne verbo quidem relucfamur, sed 
Deo remittimus ultionem, scribebat Lactantius Sane. Ambro- 
sius: coactus repugnare non novi. Doleré poiero, patero flere^ 
potero gemere: adversus arma, milites, Gothos quoque; lacrymae 
meae arma sunt. Talia ením sunt munimenta Sacerdoiis . Aliter 
ne deheo ne possum resistere. 

He dicho en el texto que se notaba una particular coinciden- 
cia de opiniones sobre el origen de la sociedad, entre los filósofos 
antiguos faltos de la luz de' la fe, y los modernos que la han 
abandonado; que unos y otros, careciendo de la única guía, que 
es la narración de Moisés, al examinar el origen de las cosas, 
sólo acertaban á encontrar el caos, así en el orden físico como en 
el moral. En confirmación de mi aserto, he aquí pasajes notables 
de dos hombres célebres, en donde el lector encontrará con 
poca diferencia el mismo lenguaje que en Hobbes . Rousseau 
y otros de la misma escuela. «Hubo un tiempo, dice Cicerón, 
en que andaban los hombres por los campos á manera de 
brutos, alimentándose de la presa como fieras, no decidiendo 
nada por la razón, sino todo por la fuerza. No se profesaba en- 
tonces religión alguna, ni se observaba ninguna moral, ni había 
leyes para el matrimonio; el padre no sabía quienes era» sus 
hijos, ni se conocían los bienes traídos por los principios de 
equidad. Así. en medio del error y de la ignorancia, reinaban 
tiránicamente las ciegas y temerarias pasiones, valiéndose, para 
saciarse, de sus brutales satélites, que son las fueizas del cuer- 
po. » «Nam fuit quoddam tempus cum in agris homines passím 
bestiarum more vagabantur, et sibi victo ferino vitarn propa- 
gabant; nec ratione anime quidquam , sed pleraque víribus 
corporis administrabant. Nondum divinae religionis. non huma- 
ni officii ratio colebatur: nemo nuptias viderat legitimas, non 
certos quisquam inspexerat liberos; non ius aequalibe quid uti- 
litatis haberet, acceperat. Ita propfer errorem atque iiisritiam, 
coeca ac temeraria dominatrix animi cupiditas. ad se explen- 
dam viribus corporis abutebatur, perniciosissimus sateUitibus.» 
(De Inv. I.) 

La misma doctrina se encuentra en Horacio. 

Cum prorepserunt primis animalia terris, 
Mutum et turpe pecus. glandem atque oubilia propter 
Unguibus et pugnis, dein fustibus atque ita poiro 
Pugnabant armis. quae post fabricaverat usus: 
Doñee verba, quibus voces, sensusque notarent, 
Nominaque invenere: dehinc absistere bello, 
Oppida coeperunt muñiré et poneré leges, 
Neu quis fur esset, neu latro, neu quis adulter. 
Nam fuit ante Helenam mulier teterrima belli 
Causa: sed ignotis perierunt mortibus illi 
Quos venerem incertam rapientes naore feraruro 



- 245 - 

Viribus editior caedebat, ut in grege taurus. 
lura inventa metu iniusti fateare necesset est, 
Témpora si fatosque velis evolvere mundi, 
Nec natura potest iusto secernere iniquum 
Dividit ut bona diversis, fugienda petendis. 

(Satyr.,Lib. 1. Saty. 3,) 

Cuando del suelo por la vez primera 
La raza pululó de los humanos, 
Sustento y madriguera 
Mudos, cual muda fiera. 
Disputaron con uñas y con manos. 
Con palos pelearon en seguida, 

Y armas más tarde usó su enojo ciego, 
Que la necesidad fabricó luego; 

E(i un lenguaje al fin convino el hombre, 

Y á cada objeto señaló su nombre. 
Cesó entonces la guerra encarnizada; 
Los pueblos mal seguros, 

Se rodearon de elevados muros, 

Y la ley acatada 

Al adúltero y ladrón señaló pena: 
Pues mucho antes que naciese Elena, 
De guerra atroz y dura 
Fue causa amor, y fuélo la hermosura; 
Si bien á aquel que como bruto andaba, 

Y en pos la vaga Venus se lanzaba. 
Rival de más valor daba la muerte, 
Cual mata al toro débil toro fuerte. 

Que para reprimir toda violencia 
Se inventaron las leyes, 
De los siglos pasados la experiencia 
Lo prueba y de los fastos la lectura; 
Pues si basta natura 
Lo útil á discernir de lo dañoso, 
No de lo justo así lo criminoso. 

(3) Pág. 203. — A propósito de la cuestión sobre el origCD' 
mediato ó inmediato del poder civil, es notable que en tiempo dfr 
Ludovico Bávaro los príncipes del imperio aprobaron solemne- 
mente la opinión que sostiene que el poder imperial proviene in- 
mediatamente de Dios. En una constitución imperial, publicada, 
contra el romano Pontífice, establecieron la proposición siguiente: 
««Para evitar tanto mal. declaramos que la dignidad y potestad 
imperial ptocede inmediatamente de solo Dios.» Ad tantum ma- 
iuin evitandum, declarumus, quod imperialís dignitas et po- 
te.sta$ est inmediate a Deo solo. Para formarnos una idea del 
espíritu y tendencias de esta doctrina, recordemos quién era Lu-- 



— 246 — 

dovico Bávaro. Excomulgado por Juan XXII y después por Cle- 
mente VI, llega hasta el extremo de deponer á este último Pon- 
tífice, estableciendo en la silla al antipapa Pedro de Corbaria; 
• por cuyo motivo habiéndole amonestado repetidas veces el Papa, 
le declaró por fin despojado de la dignidad imperial, procurando 
que le sucediese Carlos IV de este nombre. 

El luterano Ziegler, acérrimo defensor de la comunicación in- 
mediata, explica su doctrina comparando la elección del príncipe 
con la del ministro de la Iglesia, á quien, dice, no confiare el 
pueblo su potestad espiritual, sino que le viene inmediatamente 
de Dios. En esta misma explicación se echa de ver con cuánta 
verdad he dicho en el texto que la tendencia de semejante doc- 
trina era en aquellos tiempos el equiparar las dos potestades tem- 
poral y espiritual, dando á entender que ésta no podía pretender 
sobre aquélla ninguna superioridad por motivo del origen. No 
diré, sin embargo, que á este blanco se encaminase directamente 
la declaración hecha en tiempo de Ludovico Bávaro, pues que 
más bien debe ser mirada como una especie de arma de que se 
echaba mano para combatir la autoridad pontificia, cuyo ascen- 
diente se temía en aquellas circunstancias. Pero es bien sabido 
que las doctrinas, á más de la acción que ejercen según el uso 
que de ellas se hace, entrañan otra fuerza exclusivamente pro- 
pia, y cuya acción se va desarrollando á medida que se brinda 
la oportunidad. Algún tiempo después vemos que los monarcas 
ingleses, defensores de la supremacía religiosa que acababan de 
invadir, sostienen la misma proposición asentada en la constitu- 
ción imperial. 

No sé con qué fundamento se ha podido decir que la opinión 
de Ziegler había sido la común antes de Puffendorf, pues que, 
consultando los escritores, así eclesiásticos como seglares, no creo 
que pueda encontrarse fundamento para aserción semejante. Ne- 
cesario es hacer justicia aun á los mismos adversarios: la opinión 
de Ziegler, que defienden Boecler y otros, fué combatida tam- 
bién por algunos luteranos, entre ellos por Bohemero, quien 
observa que esta opinión no es á propósito para la seguridad 
de la república y de los príncipes, como lo pretenden sus parti- 
darios. 

Repetiré aquí lo que llevo ya explicado en el texto: no creo 
que, bien entendida, la opinión de la comunicación inmediata sea 
tan inadmisible y dañosa como algunos han querido suponer; 
pero, como se prestaba de suyo á una mala inteligencia, portá- 
ronse muy bien los teólogos católicos combatiéndola en lo que 
podía encerrar de atentatorio contra el origen divino de la po- 
testad eclesiástica. 

(4) Pág. 215. — Muchos y muy notables pasajes pudiera ofre- 
cer al lector, en los que se echaría de ver cuan ajeno de la ver- 
dad 68 lo que han dicho los enemigos del clero católico, achacán- 
dole que era favorecedor del despotismo, y que había contraída 



— 247 — 

<on éste inicua alianza. Pero, deseoso de no fatigar con deniá- 
«lados textos y citas, y consultando la brevedad, presentare una 
muestra de cuáles eran en este punto las opiniones corrientes eo 
España i. principios del siglo xvii, á pocos años de la muerte de 
Felipe 11, del monarca que se nos pinta á cada paso como horri- 
ble personificación del fanatismo religioso y de la esclavitud pe 
lítica. 

Entre las muchas obras que por aquellos tiempos se escribie- 
;on sobre estas delicadas materias, hay una muy singular, y que, 
según parece, no es de las más conoc'!das. Su título es: 

Tratado de república y 'política cristiana, para reyes y prin- 
cipes, y para los que en el gobierno tienen sus veces. Compuesto 
por Fray Juan de Santa María, religioso descalzo de la pro* 
viñeta de San José', de la orden de nuestro glorioso Padre San 
Francisco. 

Imprimióse en Madrid en 1615 con todas las licencias, aprc- 
jaciones y demás requisitos de estilo, y debió de t^^rer en aqu»- 
lla sazón muy buena acogida, pues ya en 1616 se reinnpr nnó en 
Barcelona en casa de Sebastián de Coi mellas. ¿Quitn sabes 
esa obra inspiró á Bossuet la idea de componer la que se titula: 
Política sacada de las palabras de la Sagrada Escritura'i ^ 
cierto es que el título es análogo, y el pensamiento es el mismo 
-en SI, bien que ejecutado de otra manera. «Esta dificultad, dice, 
pienso yo vencer, proponiendo á los reyes en este tratado, no 
mis razones, ni ias que pudiera traer de grandes filósofos, y his- 
torias humanas, sino las palabras de Dios, y de sus santos, y las 
historias divinas y canónicas, de cuya enseñanza no se podrán 
desdeñar, ni tendrán por afrenta el sujetarse, por más poderosos, 
y soberanos que sean, siendo cristianos, por haberlas dictado el 
Espíritu Santo, autor de ellas. Y si alegare ejemplos de reyes 
:gentiles, y me aprovechare de la antigüedad, y me sirviere de 
las sentencias de filósofos extranjeros en el pueblo de Dios, será 
muy de paso, y como quien toma su hacienda de los que injusta- 
mente la retienen y poseen.» (Cap. 2.) 

La obra está dedicada al rey; á quien, dirigiéndose el buen 
religioso y rogándole que la lea y que no se deje alucinar por los 
que podrían pretender apartarle de su lectura, le dice con una 
candidez que encanta: fy no le digan que son metafísicas, y co- 
sas impracticables, ó casi imposibles.» 

El epígrafe que precede al primer capítulo es: Ad vos (o re- 
ges) sunt hi sermones mei, ut discatis sapientiam, et non excida- 
tis: qui enim custodierint iusta iuste, iustiftcabuntur: et qui di- 
discerint isto, invenient qui respondeant. Sap., 6, v. 10. 

En el capítulo I, cuyo título es: «En que brevemente se trata 
lo que en sí comprende este nombre república, y de su defini- 
ción», se leen esta» notables palabras: «De suerte, que la mo- 
narquía, para quo no degenere, no ha de ir suelta y absoluta 
<que es loco el mando y poder), sino atada á las leyes en lo que 



— 248 — 

se compreode debajo de ley, y en las cosas particulares, y tení-^ 
perales al consejo, por la trabazón que ha de tener con la aris- 
tocracia, que es el ayuda y consejo de los principales y sabios; 
que, de no estar así bien templada la monarquía, resultan gran- 
des yerros en el gobierno, poca satisfacción y muchos dii-gustofr 
en los gobernados. Todos los hombres que ha habido de mejoi 
juicio, y más sabios en todas las facultades, han tenido por el 
más acertado este gobierno, y sin él jamás ciudad ni reino se ha 
tenido por bien gobernado. Los buenos reyes y grandes gober- 
nadores le han siempre favorecido: así bien, como los no tales,, 
llevados de su soberanía, han echado por otro camino. Confor- 
me á esto, si el monarca, sea quien fuere, se resolviere por sola 
su cabeza, sin acudir á su consejo, ó contra el parecer de sus 
consejeros, aunque acierte en su resolución, sale de los términos 
de la monarquía, y se entra en los de la tiranía. De cuyos ejem- 
plos y malos sucesos están llenas las historias: baste uno por 
muchos, y sea el de Tarquino Superbo en el primer libro de 
Tito Livio, que con su gran soberbia para enseñoreaise de todo,. 
y que nadie le fuese á la mano, puso gran cuidado en enflaque- 
cer la autoridad del Senado romano en número de senadores; á 
propósito de determinar él por sí solo todo lo que ocurría en el 
reino.» 

En el capítulo II, donde busca «Qué significa el nombre de 
rey», se lee lo siguiente: «Y aquí asienta bien la tercera signi- 
ficación de este nombre rey, que es lo mismo que padre; como 
consta del Génesis, á donde los sichimitas llamaron ai suyo Abi- 
melech, que quiere decir padre mío, y señor mío. Y antigua- 
mente se llamaban los reyes padres de sus repúblicas De aquí 
es que, definiendo el rey Theodorico la majestad real de los reyes 
(según refiere Casiodoro), dijo así : Princeps est pastor publicus 
et communis. No es otra cosa el rey sino un padre público y 
común de la república. Y por parecer tanto el oficio de rey al 
de padre, llamó Platón al rey padre de familias. Y el filósofo 
Jenofonte dijo: Bonus princeps níhil diferí a bono paire. La 
diferencia no está en más de tener pocos ó muchos debajo de su 
imperio. Y por cierto que es muy conforme á razón que se lea 
dé á los reyes este título de padres, porque lo han de ser de su» 
vasallos y de sus reinos, mirando por el bien y conservación de 
ellos, con afecto y providencia de padres. Porque no es otra cosai 
(dice Homero) el reinar, sino un gobierno paternal, como el de 
un padre con sus propios hijos: Ipsum namque regnum irope- 
rium est suapte natora paternum. No hay mejor modo para 
bien gobernar, que vestirse el rey de amor de padre, y mirar á 
los vasallos como á hijos nacidos de sus entrañas. El amor de 
un padre para con sus hijos, el cuidado que no les falte nada, 
el ser todo para cada uno de ellos tiene gran similitud con la 
piedad del rey para con sus vasallos. Padre se llama, y el 
nombre le obliga á corresponder con obras á lo que significa. 



— 249 — 

También poique este nombre padre es muy propio de reyes^ 
que si bien se considera entre los nombres y epítetos de majes- 
tad y señorío, es el mayor, y que los comprende todos, como el 
género las especies, padre sobre señor, sobre maestro, sobre 
capitán y caudillo; finalmente, es nombre sobre todo otro nom- 
bre humano, que denota señorío y providencia. La antigüedad^ 
cuando quería honrar mucho á un emperador, le llamaba padre 
de la república, que era más que César y que Augusto, y que 
cualquiera otro nombre glorioso, ora fuese por lisonjearlos, ora- 
por obligarlos á los grandes afectos que obliga este nombre de 
padre. Al fin con el nombre se les dice á los reyes lo que han 
de hacer; que han de regir y gobernar, y mantener en justicia 
sus repúblicas y reinos; que han de apacentar como buenos 
pastores sus racionales ovejas; que las han de medicinar y 
curar como médicos; y que han de cuidar á sus vasallos como 
padres de sus hijos, con prudencia, con amor, con desvelo, sien- 
do más para ellos que para sí mismos, porque los reyes más- 
obligados están al reino y á la república, que á sí : porque sí- 
miramos al origen é institución de rey y reino, hallaremos que 
el rey se hizo para el bien del reino, y no el reino para el bien, 
del rey » 

En el capítulo III, cuyo título es: «Si el nombre de rey es- 
nombre de oficio»>, se expresa de esta suerte: «Y fuera de lo- 
dicho el ser el nombre de rey nombre de oficio, se confirma^ 
con aquella común sentencia: El beneficio se da por el oficio. 
Por le (Ual, siendo los reyes tan grandes beneficiados, no sólo- 
por lo!» grardes tributos que les da la república, sino también 
por los que llevan de los beneficios y rentas eclesiásticas, cosa 
cierta es que tienen oficio, y el mayor de todos, á cuya causa- 
todo el reino les acude y con tanta largueza: lo cual dijo San 
Pablo en la carta que escribió á los Romanos: Ideo et tributa, 
praestatts, etc No pechan de balde los reinos: tantos estados,, 
tantos cargos, tan grandes rentas, tanta autoridad, nombre, y 
dignidad tan grande, no se les da sin carga. En balde tuvieran- 
el nombre de reyes, si no tuvieran á quién regir y gobernar, y 
les tocara esa obligación: in multitudine popuii dignitas regis. 
Tan gran dignidad, tan grandes haberes, tanta grandeza ma- 
jestad y honra, como censo perpetuo lo tienen de regir y gober- 
nar sus estados, conservándolos con paz y justicia, bepan, pues,. 
los reyes, que lo son para servir o los reinos, pues también se 
lo pagan, y que tienen oficio que les obliga al trabajo: Quí^ 
praeest in sollicitudíne, dice San Pablo Este es el título y nom- 
bre del rey, y del que gobierna: el que va delante no en la- 
honra y contentos solamente, sino en la solicitud y cuidado. No 
piensen que son reyes solamente de nombre y representación,- 
que no están obligados á más de hacerse adorar, y representar 
muy bien la persona real, y aquella soberana dignidad, como 
hubo alguno de los persas y medos, que no fueron más que una- 



— 250 — 

■sombra de reyes, tan olvidados de su oficio como si no lo fueran. 
^0 hay cosa más muerta, y de menos substancia, que una ima- 
.^en de sombra, que no menea brazo ni cabeza sino al movi- 
miento del que la causa. Mandaba Dios á su puebjo que no 
tuviesen figuras de bulto, ni pinturas fingidas, que donde no 
hay mano, la muestran; donde no hay lostt-o, le descubren, y 
donde no hay cuerpo, le representan á la vista, y con acciones 
de vivo, como si viese y hablase; porque no es Dios amigo de 
figuras fingidas de hombres pintados, ni reyes de talla, como 
aquellos de quien dijo David : Os hahent et non loquentur, ocu~ 
los habent et non videbunt. Lengua que no habla, ojos que no 
ven, oídos que no oyen, manos que no obran: ¿de qué sirve 
todot No es más que ser ídolos de piedra, que no tienen de 
reyes más que aquella representación exterior. Todo nombre, y 
autoridad, y para nada hombres, no dice bien. Los nombres que 
Dios pone á las cosas son como el título de un libro, que en po- 
cas palabras contiene todo lo que hay en él. Este nombre rey, 
es dado por Dios á los reyes, y en él se encierra todo lo que 
de oficio están obligados á hacer. Y si las obras no dicen con 
el nombre, es como cuando con la boca dice uno que sí, y con 
la cabeza está haciendo señas que.no, que parece cosa de burla, 
y no hay entenderlo. Burlería y engaño sería el letrero en la 
tienda que dice: »Aquí se vende oro fino, si en la verdad fuese 
oropel.» El nombre de rey no ha de estar ocioso, y como por 
demás en la persona real; sirva de lo que suena, y pregona; rija 
y gobierne el que tiene nombre de regir y gobernar; no han de 
ser reyes de anillo (como dicen), esto es, de solo nombre. En 
í'rancia hubo tiempo en que los reyes no tenían más que nom- 
bre de reyes, gobernándolo todo sus capitanes generales, y ellos 
no se ocupaban más que en darse á deleite de gula y lujuria, 
como bestias: y porque constase que eran vivos (porque nunca 
salían) se mostraban una vez en el año, en el primer día de 
mayo, en la plaza de París, sentados en un trono real, como 
reyes representantes; y allí los saludaban, y servían con dones, 
y ellos hacían algunas mercedes á quien les parecía. Y porque 
se vea la miseria á que habían llegado, dice Eynardo en el 
principio de la vida que escribid de Carlomagno, que no tenían 
valor ninguno, ni daban muestras de hechos ilustres, sino sola- 
mente el nombre vacío de rey, porque en el hecho no lo eran, 
<n\ tenían mano en el gobierno y riquezas del reino, que todo lo 
poseían los prefectos del palacio, á quien llamaban mayordomo» 
de la casa real, que de tal manera se apoderaban de todo, que 
al triste rey no le dejaban nada, sino el título, sentado en una 
silla con la cabellera y barba larga, representaba su figura, 
y dando á entender que oía á los embajadores que venían de 
todas partes, y que les daba su respuesta ruando volvían; 
tpero verdaderamente respondía lo que le habían enseñado, 6 
.dado por escrito, y eso les respondía, como que salía de su ea- 



— 251 — 

beza. De manera que de la potestad real no tenían sino el inútü 
nombre de rey, y aquel trono y majestad tan de risa, que los 
-verdaderos reyes y señores eran aquellos sus privados, que con 
«u potencia los tenían oprimidos. De un rey de Samaría dijo 
Dios que no era más que un poco de espuma, que vista de 
lejos parece algo, y llegándola á tocar no es. Simia in tecto rex 
fatuus in solio suo. (1) Mona en el tejado, qv.e con apariencias 
4e hombre le tiene por tal quien no sabe lo que es; asi un rey 
vano en su trono. La mona también sirve de entretener á los 
muchachos, y el rey de risa á los que le miran sin acciones de 
rey, sin autoridad y sin gobierno. Un rey vestido de púrpura 
con grande majestad sentado en un trono, conforme su grande- 
xa, grave, severo, y terrible en la apariencia, y en el hecho 
todo nada. Como pintura de mano del griego, que, puesta en 
alto y mirada de lejos, parece muy bien, y representa mucho; 
pero, de cerca, todo es rayas y borrones. El toldo y majestad 
muy grande, y, bien mirado, no es más que un borrón y som- 
bra de rey: Simulacra gentium, llama David á los reyes de 
solo nombre, ó como traslada el Hebreo: Imago fictilis et con- 
trita. Imagen de barro cascada, que por mil partes se rezrma. 
simulacro vano, que representa mucho, y todo es mentira; y 
que les cuadra muy bien el nombre que falsamente puso Elifaz 
á Job, con que, siendo rey tan bueno y justo, le motejó de hom- 
bre sin fondo, ni substancia, que no tenía más que apariencias 
exteriores, llamándole Myrmicoleón, que es un animal que en 
latino se llama fórmica leo, porque tiene una compostura mons - 
truosa: en la mitad del cuerpo representa un fiero león, que 
siempre fué símbolo de rey, y en la otra mitad una hormiga, 
pues significa una cosa muy flaca y sin substancia. La auto- 
ridad, el nombre, el trono y majestad no hay más que pedir 
de fuerte león, y muy poderoso rey; pero el ser, la substancia 
<3e hormiga. Reyes ha habido que con sólo su nombre espan- 
taban, y ponían miedo al mundo; pero ellos en si no tenían 
«ubstancia, ni en su reino no eran más que una hormiga; el 
nombre y oficio muy grande, pero sin obras. Reconózcase, pues, 
«I rey por oficial, no síJlo de un oficio, sino por oficial general, 
y superintendente en todos los oficios, porque en todos ha de 
obrar y hablar. San Agustín y Santo Tomás, explicando aquel 
lugar de San Pablo que trata de la dignidad Episcopal, dicen 
que la palabra Episcopus se compone en griego de dos diccio-. 
oes. que significan lo mismo que Superintendens. El nombre de 
obispo, de rey, y de cualquiera otro superior, es nombre que 
■dice superintendencia, y asistencia en todos los oficios. Esto sig- 
nifica el cetro real, de que en los actos públicos usan los reyes, 
<^remonia de que usaban los egipcios, y la tomaron de los he- 



<1) San Bernardo, De consideral. ad. Eug., Cnp. 7. 



— 252 — 

breog, que para dar á entender la obligación de un buen rey- 
pintaban un ojo abierto puesto en alto, sobre la punta de una 
vara, en forma de cetro, significando en lo uno el poder grandc- 
que tiene el rey, y la providencia, y vigilancia que ha de tener; 
en lo otro, que no se hade contentar con sólo tener la suprema 
potestad, y el más alto, y eminente lugar, y con eso echarse 
áidormir y descansar: sino que ha de ser el primero en el go- 
fo erno, y en el consejo, y el todo en los oficios, desvelándose en 
mirar y remirar como hace cada uno en el suyo. En cuya signi- 
ficación la vio también Jeremías, cuando, preguntándole Dio^ 
qué era lo que veía, respondió: Vírgam vigilantem ego vídeo. 
Muy bien hdis visto y de verdad te digo, que yo, que soy cabe- 
za, velaré sobre mi cuerpo; yo que soy pastor, velare sobre 
mis ovejas; yo, que soy rey y monarca, velaré sin descansar 
sobre todos mis inferiores. Regem festinantem, traslada el Cal- 
deo, rey que se da priesa, porque, aunque tenga ojos, y vea, 
si se está quedo en su reposo, en sus gustos y pasatiempos, y 
no anda de una parte á otra, y procura ver, y saber todo lo 
bueno y malo que pasa en su reino, es como si no fuese: mire 
que es cabeza, y de león, que aun durmiendo tiene los ojo*^ 
abiertos, que es vara que tiene ojos y vela; abra, pues, los suyos, 
y no duerma confiado de los que por ventura están ciegos, ó no 
tienen ojos, como topos; y, si los tienen, no es más que para ver 
su negocio, y divisar muy de lejos lo que es en orden á su me- 
dra, y acrecentamiento. Ojos para sí, que fuera mejor que no 
los tuvieran; ojos de milano, y de aves de rapiña.» 

En el capítulo IV, que tiene por título: «Del oficio de los re- 
yes», explica de esta manera el origen del poder real y sus obli- 
gaciones: «De aquí se sigue que la institución del estado real 
ó de rey que se representa en la cabeza, no fué sólo para el uso 
y aprovechamiento del mismo rey, sino para el de todo su reino. 
Y así, ha de ver,oir, sentir, y entender, no sólo por sí ó para 
sí, sino por todos, y para todos. No ha de tener la mira sola en 
sus importancias, sino también en el bien de sus vasallos, pue& 
para ellos y no para sí solo nació rey en el mundo. Advierte 
(dijo Séneca al emperador Nerón) Rempublicam non esse tuam, 
sed te reipublicae. Aquellos primeros hombres que dejando la 
soledad se juntaron á vivir en comunidad^ conocieron que, natu- 
ralmente, cada uno mira por sí y por los suyos, y nadie por 
todos; y acordaron escoger uno de valor prestante, á quien to- 
dos acudiesen, y entre todos el más señalado en virtud, pru- 
dencia y fortaleza, que presidiese á todos y los gobernase, que 
velase por todos y fuese solícito del provecho, y utilidad co^ 
mún de todos, como lo es un padre de sus hijos, y un pastor de 
sus ovejas. Y considerando que este tal varón ocupándose, no en> 
sus cosas, sino en las ajena s^ no podía mantenerse á si, y á su 
casa {porque entonces todos comían del trabajo de sus manos), 
determinaron darle todos de comer y sustentarle, para que no- 



— 253 — 

te-distrajese en otras ocupaciones que las del bien común^ y 
gobierno político. Para este fin fueron establecidos: éste fué el 
principio que tuvieron los reyes, y ha de ser el cuidado del buen 
rey, que cuide más del bien público que del particular. Toda 
«u grandeza es á costa de mucho cuidado, congoja é inquietud 
<3el alma y cuerpo; para ellos sirve de cansancio, y para los 
«tros de descanso, sustento y amparo, como las hermosas flores, 
y fruta, que, aunque hermosean el árbol, no son tanto para él, 
ni por su respeto, cuanto para los otros. No piense nadie que 
todo el bien está en la hermosura y lozanía con que campea la 
£or, y campean los floridos del mundo: los poderosos reyes y 
príncipes, flores son, pero flores que consumen la vida y dan 
mucho cuidado, y la fruta otros la gozan más que ellos mismos. 
Porque (como dice Filón Judío) el rey para su reino, es lo que 
e\ sabio para el ignorante, lo que el pastor para las ovejas, lo 
'que el padre para los hijos, lo que la luz para las tinieblas y lo 
que Dios acá en la tierra para todas sus criaturas, que este títu- 
lo dio á Moysen cuando le hizo rey, y caudillo de su pueblo, 
que fué decirle, que había de ser como Dios, padre común de 
todos, que á todo esto obliga el oficio y dignidad de rey. Om- 
nium domos illius vigilia defendit, omnium otium illius indus- 
tria, omnium vacationem illius occupatio. (1) Así se lo dijo el 
profeta Samuel al rey Saúl, recien electo rey, declarándole las 
obligaciones de su oficio: Mira Saúl, que hoy te ha ungido 
Dios en rey, sobre todo este reino; de oficio estás obligado á 
todo su gobierno; no te han hecho rey para que te eches á dor- 
mir y te honres, y autorices con la dignidad real, sino para que 
le gobiernes y mantengas en paz y justicia, para que le defien- 
das y ampares de sus enemigos: Rex eligitur, non ut sui ipsius 
curam habeat (dijo Sócrates) et sese molliter curet, sed ut per 
ipsum ii, qui elegemnt, bene, beateque vivant No fueron cria- 
dos ni introducidos en el mundo para sola su comodidad y rega- 
lo, y que los buenos bocados todos sirvan á su plato (que si ello 
fuera, ninguno se les sujetara de gracia), sino para el provecho, 
y bien comyn de todos sus vasallos, para su gobierno, para su 
amparo, para su aumento, para su conservación, y para su ser- 
vicio, que así se puede decir, porque, aunque al parecer el cetro 
y corona tienen cara de imperio y señorío, en todo rigor el oficio 
€s de siervo. Servus communis, sive servus honoratus,\\aTDdin&\- 
gunos al rey. Quia a tota República stipendia accipit, ut serviat 
ómnibus. Y es título de que también se honra el Sumo Pontífi- 
ce: Servus servorum Dei. Y aunque antiguamente este nombre 
de siervo era infame, después que Cristo lo recibió en su persona, 
xjuedó honrado; y, como no repugna ni contradice al ser y na- 
turaleza de hijo de Dios, tampoco al ser y grandeza de rey. 



<1) Séneca, Lib. de consol 



— 254 — 

«Bien lo entendió, y se lo dijo Antígono, rey de Macedonia, 4 
su hijo, reprendiéndole porque trataba con más que moderado 
imperio á sus vasallos. An ignoras, fili mi, regnum nostrum no- 
bilem esse servitutem^ Conformándose con lo que antes había, 
dicho Agamenón: Vivimos (dice), al parecer, con mucha grande- 
za, y alto estado; y, en efecto, criados somos, y esclavos de nues- 
tros vasallos. Este es el oficio de los buenos reyes; honrada- 
mente servir; porque, en siéndolo, no dependen sus acciones de 
sola la voluntad de sus personas, sino de las leyes y reglas que 
le dieron, y condiciones con que le aceptaron. Y cuando faiteo 
á éstas (que suenan convención humana) no pueden faltar á las 
que les dio la ley natural y divina, tan señora de los reyes romo 
de los vasallos, que casi todas se contienen en aquellas palabras 
de Jeremías, con que (según parecer de San Jerónimo) da Dios 
el oficio á los reyes: Facite iudicium et iustitiam, libérate vi 
oppressum de manu calumniatoris et advenam, et pupillum, et 
viduam noUte contristare, ñeque opprimaiis inicue, ei sangui- 
nem innocentem non effundatis. Esta es la suma en que se cifra 
el oficio del rey, éstas las leyes de su arancel, por el cual está 
obligado á mantener en paz y justicia al huérfano y á la viuda, 
al pobre y al rico, al poderoso y al que poco puede, A su cargo 
están los agravios que sus ministros hacen á los unos, y las in- 
justicias que padecen los otros; las angustias del triste, las lá- 
grimas del que llora; y otras mil cargas y aun carretadas de cui- 
dados, y obligaciones, que le corren á cualquiera que es prín- 
cipe y cabeza del reino; que, aunque lo sea en el mandar y 
gobernar, en el sustentar y sobrellevar las cargas de todos, ha 
de ser pies, sobre quien cargue y estribe el peso de todo el cuer- 
po de la república. De los reyes y monarcas dice el santo Job 
(como ya vimos) que por razón de su oficio llevan y traen á 
cuestas el mundo. En figura de esto, como se apunta en el libra 
de la Sabiduría: In veste ponderis, quam haheat summus Sa- 
cerdos, totus eral orbis terrarum. En siendo uno rey, téngase 
por dicho que le han echado á cuestas una carga tan grande, 
que un carro fuerte aun no la podrá llevar. Bien lo sentía Moy- 
sen, que, habiéndole Dios hecho su virrey y capitán general y 
lugarteniente suyo en el gobierno, en lugar de darle gracias por 
el cargo tan honroso que le había dado, se quejaba de que ha 
cargado sobre sus hombros una carga tan pesada: Cur affl,ixisti 
servum tuumí Cur imposuisti pondus unicersi populi eius su- 
per me? Y pasa más adelante con sus quejas, y dice: Numquid 
ego concepi omnem hanc multitudinem? aut genui eotn ut dtcas 
mihi: Porta eos^ ¿Parílos yo, Señor, por ventura? ó ¿engen- 
drélos yo, por que me digas que me los eche á cuestas; y lo» 
lleve? Y es mucho de notar que no le dijese Dios á Moysen se- 
mejante palabra; porque sólo le mandó que los rigiese y go- 
bernase, que hiciese el oficio de su capitán y caudillo; y que 
dijo él que le mandó que se los echase á cuestas: Porta eos. 



— 255 — 

Parece que se queja de vicio, pues no le dice más de que sea 
su capitán que los rija, mande y gobierne. Dicen acá, al buen 
entendedor pocas palabras. El que bien sabe y entiende qué cosa 
es gobernar, y ser cabeza, sabe que gobierno y carga es todo 
uno. Y los mesmos verbos Regere y Hartare, son sinónimos , 
y tienen una misma significación; no hay gobierno ni cargo, 
sin caiga y trabajo. En el repartimiento de los oficios que 
hi2o Jacob con sus hijos señaló á Rubén por primero en la he- 
rencia, y mayor en el gobierno. Prior in donis, maior in i«í- 
perio. Y San Jerónimo traslada: maior ad portandum: porque 
imperio y carga son una misma cosa: y cuanto el imperio es 
mayor, mayor es la carga y el trabajo. San Gregorio en los^ 
Morales dice que la potestad, el dominio y señorío que los re- 
yes tienen sobre todos, no se ha de tener por honra, sino por 
trabajo: Potestasaccepta non honor, sed onus aestimatur. Y esta 
verdad alcanzaron aun los más ciegos gentiles: y uno de ellos vio 
en este mismo término, hablando de otro que estaba muy hin- 
chado, y contento con el cargo y oficio que su dios Apolo le 
habia dejado: Laetus erat mixtoque oneri gaudebat honore. De 
suerte que el reinar y mandar es una mezcla de un poco de 
hcnra. y de mucha carga. Y la palabra latina que significa hon- 
ra, no difiere de la que significa carga más que en una letra, 
Onos, et onus; y nunca falto ni faltará jamás quien por la honra» 
tome la carga, aunque todos toman lo menos que pueden de 
lo pesado, y lo más de lo honroso, aunque no es esto lo más se- 
guro » 

Si semejante lenguaje puede tacharse de lisonja, no es fácil 
atinar en qué deberá de consistir el decir verdades. Y cuenta que 
no sueltas como de paso, sino que se las inculca con tanto ahinco, 
que hasta llegaría á rayar en desacato, si el candor infantil con- 
que están expresadas no revelase la intención más pura. El pa- 
saje es largo, pero interesante, porque en él está pintado el espí- 
ritu de la época. 

Otros muchos textos podría aducir, donde se vería cuan calum- 
niosamente se ha supuesto que el clero católico era favorable al 
despotismo; pero no quiero concluir sin insertar dos excelente» 
pasajes del sabio P. Fr. Fernando de Ceballos, monje Jerónimo 
del monasterio de San Isidro del Campo, conocido por su obra 
titulada: La falsa filosofía ó el Ateísmo, Deísmo, Materialismo, 
y demás nuevas sectas convencidas del crimen de estado, contra 
los soberanos y sus regalías, contra los magistrados y potesta- 
des legítimas. (Madrid 1776.) Véase con qué pulso aprecia este 
sabio monje la influencia de la religión sobre la sociedad, en et 
lib. 2, disert. 12, ait. 2. 



— 256 — 



ñEl gobierno moderado y suave es el que más 
conviene al espíritu del Evangelio, 

SI 

>>Una de las excelencias que deben estimarse en nuestra Santa 
íleligión es lo que ayuda con sus importantes verdades á la polí- 
nica humana, para que con menos trabajo conserve el buen orden 
entre los hombres. «La religión cristiana (dice con verdad Mon- 
tesquieu) va muy distante del puro despotismo. Esto es, porque 
siendo la dulzura tan recomendada en el Evangelio, se opone por 
^lla á la cólera despótica, con que el príncipe se quisiera hacer 
justicia y ejercitar sus crueldades.» 

«Conviene advertir que esta oposición del Cristianismo á la 
crueldad del príncipe no debe ser activa, sino pasiva, y con 
aquella dulzura que no puede dejar sin olvidar su carácter. En 
esto se diferencian los cristianos católicos de los calvinistas y de- 
más protestantes. Basnage y Jurieu han escrito, á nombre de 
toda su reforma, que los pueblos pueden hacer la guerra á sus 
príncipes siempre que se sientan oprimidos por ellos, 6 cuando 
íes parezca que se portan como tiranos. 

»Lfe, Iglesia católica no ha variado jamás la doctrina que acer- 
ca de esto recibió de Jesucristo y de los apóstoles. Ama la mo- 
deración; se goza en lo bueno; pero no resiste á lo malo, sino lo 
vence con la paciencia. 

»A los gobiernos que se dirigen por las falsas religiones, no 
les basta una politica moderada: y es en ellos un mal necesario el 
despotismo ó tiranía de los príncipes, la atrocidad de las penas, y 
el rigor de unas leyes inflexibles y crueles. ¿Y por qué la reli- 
gión católica solamente puede purgar de esta mhumanidad á los 
gobiernos humanosl 

»Lo primero, por la fuerte impresión que causan sus dogmas; y 
lo segundo, por la gracia de Jesucristo, que hace á los hombres 
dóciles para obrar lo bueno, y fuertes contra lo malo. 

•Donde faltan estos dos socorros, á causa de profesarse una re- 
ligión vana, es necesario que la falta de virtud que se nota en 
ésta para contener á los ciudadanos, la supla el gobierno cuanto 
es posible por los esfuerzos de una política violenta, dura y llena 
de terrores que muevan. 

«Pues la religión católica libra á los gobiernos de la necesidad 
de esta dureza por el influjo que tienen sus dogmas sobre las ac- 
ciones humanas. Se observa que en el Japón, no teniendo la reli- 
gión dominante algunos dogmas, ni proponiendo alguna idea de 
paraíso, ni de infierno, hacen las leyes por suplir este defecto, 
Ayudándose de la crueldad con que están hechas, y de la pun- 
tualidad con que se ejecutan. 

«Donde los deístas, fatalistas y filósofos inspiraren el error d« 



— 257 — 

la necesidad de nuestras acciones, no podrá evitarse que la» le- 
yes sean más terribles y saugrientas que cuantas se vieron jamás 
«n los pueblos bárbaros; porque, no habiendo ya los hombres de 
«noverse á obrar lo mandado ni á omitir lo prohibido, sino por 
motivos sensibles, al modo de las bestias, deberán estos motivos 
ó penas ser de día en día más tremendas, para que con el uso no 
pierdan la fuerza de hacerse sentir. La religión cristiana, que 
enseña é ilustra admirablemente el dogma de la libertad racional, 
no tiene necesidad de una vara de hierro para conducir á loi 
liorabres 

»El miedo de los infiernos, ya eternos por los delitos no detes- 
tados, ó ya temporales por las manchas de los pecados ya confe- 
sados, excusa á los jueces la necesidad de mayores suplicios. Por 
otra parte, la esperanza del paraíso por las obras, palabras y pen- 
samientos buenos, lleva á los hombres á ser justos, no sólo eü lo 
público, sino en lo secreto de su corazón. 

»Lo8 gobiernos que no tienen este dogma del infierno y de la 
gloria, ¿con qué leyes ó castigos podrán hacer ciudadanos verda- 
deramente hombres de biení Luego los materialistas que niegan 
el artículo de otra vida, y los deístas que lisonjean á los malos 
con la seguridad del paraíso, ponen á los gobiernos en el trabajo 
de armarse con todos los instrumentos de terror y de ejecutar 
siempre los más crudos suplicios, para contener á los pueblos; si 
«s que no los han de abandonar á que se destruyan los unos á los 
otros. 

»Al mismo estado llegaron ya los protestantes, negando el ar- 
tículo del infierno eterno, y dejando, cuando más, el temor de 
unas penas que tendrían fin. De suerte que, ha dicho D'Alembert 
al clero de Ginebra, los primeros reformadores negaron el pur- 
gatorio, dejando el infierno; pero, los calvinistas y reformadores 
modernos, haciendo limitada la duración del infierno, sólo dejan 
esto que propiamente llamamos purgatorio. 

»(EI dogma del juicio final, donde se harán patentes á todo el 
mundo las faltas más mínimas que cometió cada uno aun en se- 
creto, cuan eficaz debe ser para enfrenar hasta los pensamientos, 
deseos, y todos los aviesos del corazón, y de las pasiones! Pues 
otro tanto alivia al gobierno político del trabajo y continua vigi- 
lancia que había de multiplicar sobre una ciudad que no tuviese 
idea de dicho juicio, ni algún respecto á este fin.» 

§11 

«Algunos desvarios de los que hablan los filósofos, nacen de 
algunos conocimientos que tuvieron despiertos, ó cuando estaban 
en su razón ó en la santa religión. Así es cuando pronuncian 
aquello de que «la religión ha sido inventada por la política, para 
ahorrar á los soberanos el cuidado de ser justos, de hacer bne- 
aas leyes y de gobernar bien t. 

T. III n 



— 258 — 

•Esta necedad, que ya queda disipada donde se trata déla?? 
religiones hechas, supone con todo eso la verdad que ahora tra- 
tamos Porque siendo evidente á todos, y aun á los filósofos que 
deliran así, el auxilio queda á los gobiernos hunnanos la religión 
cristiana por sus dogmas, y lo que coopera á la buena vida de 
lo« ciudadano* aun en este mundo, toman^de aquí ocasión para 
maliciar tan neciamente. Pero en el fondo, y aun á su pesar, 
ellos quieren decir que los dogmas de la religión son tan amigos 
y cónaodos para los que gobiernan, y tan eficaces para darles 
allanado lo más del trabajo, que parecen hechos á su deseo j 
según los designios de un magistrado ó gobierno político. 

•Ni se dice, por esto, que con la religión sola hayan de go- 
bernarse los hombres, descuidando enteramenié los jueces y no 
haciendo uso de las leyes y de las penas. Cuando creemos la 
eficacia de los dogmas que nos enseña la religión, no presu- 
mimos tan temerariamente que dejemos sin uso y sin necesi- 
dad para las sociedades los oficios de las leyes y de la políti 
ca El Apóstol nos dice que la ley solamente no tendría ne- 
cesidad de ser puesta para el justo ; mas, como hay tantos 
malvados, que á fuerza de no considerar su fin y los terribles 
juicios de Dios viven por solas sus pasiones, queda la necesi- 
dad de las leyes y penas presentes para refrenarlos. Así la re- 
ligión católica no excluye la buena política, ni extingue sus 
oficios, sino los ayuda y es ayudada por ellos, para el buen, 
régimen de los pueblos: de suerte que con mucho menos rigor 
y severidad pueden andar bien regidos.» 

SIII 

cLa segunda razón por la que basta un gobierno más roode> 
jrado y más fácil en los estados católicos, es por los socorros que 
para obrar bien y aborrecer el mal da la gracia del Evangelio, ya 
pon el uso de los sacramentos, y ya con otros auxilios del espíri- 
tu celestial. Sin esto cualquiera ley es pesada, y con esta unción- 
todo yugo se suaviza, y se hace la carga ligera » 

En el art. 3, defendiendo á la monarquía de los cargos que 
le hacen sus enemigos, rechaza la nota de despotismo que se 
intenta achacarle; y, con esta ocasión, pasa á explicar los jus- 
tos límites de la autoridad real, y desvanece el argumento que 
para exagerar sus pierrogativas, fundaban algunos en la Sa - 
grada Escritura; y se exp*?«a de esta suerte: 

«Cuando algunos han aCijetado á la monarquía el peligro en 
que cada ciudadano íicn» sus cosas propias, respecto de que el 
soberano puede ocuparlas, más bien han argüido contra la na- 
turaleza del despotismo, que contra la forma de gobierno mo- 
Dárquico. «jDe qué sirve (dicQ Theseo en Eurípides) juntai 
riquexas para sus herederos, y criar con cuidado á sus hijas, si 
la mayor parte de las primems han de ser arrebatadas por.ti» 



— 259 — 

tirano, y las segundas han de servir á sus deseos más desenfre- 
nados?» 

»Ve aquí claramente cómo no se habla sino de un tirano cuan- 
do se intenta argüir contra el oficio de un monarca. Es verdad 
que los frecuentes abusos que han hecho los reyes de Su poder, 
han confundido su nombre y su forma. Ya se ha notado por otro» 
que los antiguos apenas tuvieron conocimiento de la verdadera 
monarquía; y debía ser, porque no veían sino su abuso. 

»Esto me da lugar de hacer una observación sobre el caso en 
que los hebreos pidieron ser gobernados por reyes. «Constituye- 
nos un rey (fué la proposición que hicieron al profeta) para que 
nos juzgue, así como se usa en todas las naciones.» Desagradó 
á Samuel esta liviandad que iba á causar una revolución total 
en ei gobierno dado por Dios. Este manda á Samuel que disi- 
mule pacientemente la injuria del pueblo, que principalmente 
caía sobre el Señor, á quien desechaban para que no reinase 
más sobre ellos. «Al modo que me negaron á mí (le dice) y 
sirvieron á los dioses ajenos, no extrañes que se rebelen contra 
ti, y pidan reyes como los de las naciones.» Siempre es de ad- 
vertir cuan inmediatas andan la mudanza del gobierno y la mu- 
danza de la religión, especialmente si es desde la verdadera á la 
falsa. ^ 

»PeTO, lo que principalmente quiero notar es la aceptación que 
8o hac," de la demanda del pueblo. Este pide precisamente ser 
gobernado por reyes , asi como lo eran todas las demás nació- 
■if'S. SI Sefíor castiga so espíritu de revuelta con entregarlos á 
't.8 Seseos. Manda a Samuel que conteste á la súplica; pero que 
]e9 asuest.r* aaíes el derecho del rey, que había de reinar sobre 
íllof j ssgiViSi pedían, que eiu á la norma de las naciones. 

»i*aes vfcd aquí el tenor de la regalía, ó el derecho del rey que 
o« ha de mandar. «Os quitará vuestros hijos, y los pondrá en 
sus carros; de ellos hará batidores para su séquito, y para que 
corran delante de sus carrozas. De éstos hará Tribunos y Cen 
tariones; á otros los ocupará en arar sus campos, en recoger sus 
cosechas, en fabricarle armas y máquinas de guerra. A vuestras 
hijas las hará sus ungüentarias, sus horneras y panaderas. To- 
mará vuestras mejores viñas y tierras, y las dará á sus siervos. 
Diezmará vuestros frutos y los réditos de vuestras viñas para, 
mantener sus eunucos y criados También os quitará vuestros 
siervos y siervas, y los mejores mozos y los asnos; y lo empleará 
todo en sus obras. Tomará también las décimas de vuestras ma- 
nadas, y hasta vosotros seréis sus esclavos. Entonces reclamaréis 
contra el rey que pedisteis y elegisteis; peio Dios no os escu- 
chará; porque así lo habéis deseado.» El pueblo no quiso oir lat 
voz de Samuel, y exclamaron : «No hay que hablarnos, rey he- 
mos de tener, y seremos como todas las, gentes.» 
: «Algunos, empeñados en sacar de caja la potestad de los re- 
yes, han tomado de aquí la fórmula de la ley legia:, (qué eco pe^ 



— 260 — 

ños tín ciegos, y tan poco honrosos y favorables á los monarcas 
legítimos, cuales son los católicos! El que á ciencia cierta no 
quiera errar sobre este lugar de la Escritura, ó el que no estu- 
viere ciego, verá así en su contexto, como en el cotejo que haga 
con otros lugares, que aquí no se describe el derecho legítimo ó 
de derecho, sino el de hecho. Quiero decir: no se explica lo que 
deben hacer los reyes justos, sino lo que habían hecho y hacían 
los reyes de las naciones paganas, que eran y se llamaban ordi- 
nariamente tiranos. 

•Reflexionen para esto que el pueblo no pedía sino igualarse, 
en cuanto á la política, con las naciones gentiles. No tuvo la 
prudencia de pedir un rey, como debía ser, sino como solían ser 
entonces; y que esto mismo es lo que Dios les concede. Porque 
si Dios ha dado alguna vez á los pueblos reyes en su furor (como 
dice el profeta), ¿qué pueblo mereció esto mejor que el que des- 
echaba al mismo Dios, y no quería que reinase sobre élt 

wEn efecto, castigó Dios severamente á su pueblo, dándole lo 
que pedía neciamente. Le concedió un rey que hiciese lo que por 
«er costumbre, aunque mala, se llamaba derecho real. Tal eia 
el quitar los hijos é hijas á los ciudadanos, despojailos de sus 
tierras, viñas, heredades, y aun de su libertad, haciéndoles es- 
clavos y lo demás que refier%el texto. 

M^Qué hombre del presente siglo, si, aunque no entienda lo 
que se lee en la Escritura, entiende lo que se ha escrito acerca 
de las naturalezas de gobiernos y de su corrupción, puede ima- 
ginar qu(í el texto expresado de Samuel contiene la forma legí- 
tima de la regalía ó de la monarquíal ¿Toca á esta potestad qui- 
tar á los vasallos sus bienes, sus tierras, sus riquezas, sus hijos 
é hijas, y su misma libertad natural! ¿Esta es una monarquía, ó 
un despotismo el más tiranot 

«Para acabarles de romper su engaño, no es menester mis 
que llevarlos desde este lugar al capítulo 21 del libio i II de la 
historia de los Reyes para que se instruyan sobre el suceso de 
Naboth, vecino de Jezrael. Achab, rey de Israel, quiere ampliar 
el palacio ó casa de placer que tenía en dicha villa. Una viña de 
Naboth, vecina al palacio, entraba en el plan de los jardines que 
ae le habían de añadir. El rey no lo toma desde luego por su 
autoridad, sino la pide al dueño, bajo las condiciones honestas 
de satisfacerle todo el precio en que la estimase, ó de darle otra 
mejor en otro término. Naboth no se conviene, porque era la 
herencia de sus mayores. 

»EI rey, no acostumbrado á que se le negase cosa, se echa en 
sn cama por la fuerza del dolor; entra la reina, que era Jezabel, 
y le dice que no tenga pena, que es grande su autoridad: Gran- 
dit anctoritatis es: que ella le pondrá en posesión de la viña. La 
infame hembra escribió á los juer-es de Jezrael, para que proce- 
sasen á Naboth sobre una calumnia que le proruraiían probar 
con dos testigos pagados y le condenasen á muerte. La reina fué 



— 261 — 

servida y Naboth apedreado. Tanto era necesario para que su 
Tifia entrase en el Fisco, y, regada con la sangre del dueño, 
brotase flores al palacio de tales principes. 

•Pero no produjo, en efecto, así para el rey como para la rei- 
na, sino mortales cicutas y abrojos. Elias se presentó delante de 
Achab cuando bajaba á tomar posesión de la viña de Naboth, y 
le hizo saber que él, su posteridad y toda su casa, hasta el perro 
que orinaba contra la pared , serían arrasados sobre la tierra. 

•Pregunto aquí á los que hacen legítimo el ius regís que des- 
cribió el profeta al pueblo: ^cómo se castiga tan severamente en 
Achab y en Jezabel el haber quitado la viña y la vida á Naboth, 
si el rey -podía quitar á sus vasallos las viñas y olivas más et- 
cogidas, que es una de las cosas que se expresan por Samuell 

>»Si Achab tenía este derecho, desde que le constituyeron rey 
ée\ pueblo de Dios, jcómo anda tan comedido que suplica á Na- 
both, siendo él un príncipe tan violento! jPara qué es tampoco 
necesario acusar con otra calumnia á Nabothl Bastaba para pro- 
cesarle, que hubiese resistido al derecho del rey, negándole por 
su justo valor lo que convenía para ensanchar el palacio y los 
huertos. Con todo esto, Naboth no hacía injuria al rey en no 
quererle vender su patrimonio, y esto aun en el juicio de la 
ambiciosa reina, que encarecía la grande antoridad de su ma- 
rido. 

»»Esta grande potestad que aquí le acordaba Jezabel al rey, 
es como el ius regis que le ponderó Samuel al pueblo, ó, como 
he dicho, un derecho y potestad de hecho ó de fuerza física, para 
quitarlo todo y arrastrar con todo, como describe Montesquieu 
al tirano. 

"i No se haga mención de este, ni de otro lugar de la Santa 
Escritura, para justificar la idea de un gobierno tan mal en^ 
tendido. La doctrina de la religión católica ama la monarquía 
legítima, según sus dignos caracteres, y aun según las propie-^ 
dades con que se describe por los políticos modernos; á saber, 
por un poder paternal y soberano; pero, según las leyes funda- 
mentales del Estado. Dentro de tan honestos limites, es or- 
denadisima esta potestad, la más dilatada que hay entre lo» 

Íwderes temporales, y la más favorecida y sostenida por la re- 
igión verdadera."» 

He aquí el horrible despotismo que enseñaban esos hombre» 
tan villanamente calumniados: ¡dichosos los pueblos que alcan- 
zaran príncipes cuyo gobierno se conformase con estas doc* 
trinas 1 



Fm DK LAS NOTAS 



índice de los CJIPÍTULOS Y MATERIAS 



DEL 



TOMO TERCERO 



Capítulo XXXVIII. Institutos religiosos. Conducta del Protes- 
tantismo con respecto á los insiitutos religiosos. Importan- 
cia de dichos institutos á los ojos de la filosofía y de la histo* 
ría. Sofisma que se emplea para combatirlos. Su definición. 
Asociaciones de los primeros fieles. Conducta de los Papas 
eon respecto á los institutos religiosos. Una necesidad del 
corazón humano. La tristeza cristiana. Conveniencia de la 
asociación para practicar la vida perfecta. El voto. Su rela- 
ción con la libertad. Verdadera idea de la libertad .... S 

Cap. XXXfX. Punto de vista históricode los institutos re1igio« 
sos. El imperio romano, los árabes, les cristianos. Situación 
de la Iglesia en la época de la conversión de los emperado- 
res. Vida de los solitarios del desierto. Influencia de los so- 
litarios sobre la filosofía y las costumbres. El heroísmo de la 
penitencia restaura la moral. Brillo de las virtudes más aus- 
teras en el clima más corruptor 2* 

<!ap. XL. Influencia de los monasterios en Oriente. Por qué 
la civilización triunfó en Oriente y pereció en Occidente. 
Influencia de los monasterios de Oriente sóbrela civiliza- 
ción atabe 37 

Cap. XLI. Carácter de los institutos religiosos de Occidente. 
San Benito. Lucha de los monjes contra la decadencia. Ori- 
gen de tos bienes de los monjes. Influencia de estas pose.«io- , 
IMS en arr 'igar el respeto á la propiedad. Observaciones so- 
bre la vida del campo. La ciencia y las letras en los claus- 
tros. Graoiano 44 



— 264 — 2!± 

Cap. XIII. Carácter de las órdenes militares. Las Cruzadas. La 
fundación de las órdenes militares es la continuación de las 
Cruzadas 53 

Cap. XLIII. Caracteres del espíritu monástico en el siglo xm. 
Nuevos institutos religiosos. Carácter de la civilización eu- 
ropea opuesto al de las otras civilizaciones. Mezcla de diver- 
sos elementos en el siglo XIII. Sociedad semibárbara. Cris- 
tianismo y barbarie. Fórmula para explicar la historia de 
aquella época. Situación de la Europa al principio del si- 
glo un. Las guerras se hacen más populares. Porqué el mo- 
vimiento délas ideas comenzó antes en España que en el 
resto de Europa. Efervescencia del mal durante el siglo xu. 
Tanqueimo. Eón. Los maniqueos. Los valdenses. Movimien- 
to religioso al principio del siglo xm. Órdenes mendicantes, 
su influencia sobre la democracia. Su carácter. Sus relacio- 
nes con Roma ST 

Cap. XLIV. Órdenes redentoras de cautivos. Muchedumbrede 
cristianos reducidos á la esclavitud. Beneficios de dichas ór- 
denes. Orden de la Trinidad. Orden de la Merced. San Juan 
de Mata. San Pedro Armengol 8t 

Cap. XLY Efectos del Protestantismo sobre el curso de la ci- 
vilización en el mundo, contando desde el siglo xvi. Causas 
de que en los siglos medios la civilización triunfase de la 
barbarie. Cuadro de Europa al principio del siglo ivi. El cis- 
ma de Lutero interrumpió y debilitó la misión civilizadora 
de Europa- Observaciones sobre la influencia de la Iglesia 
con respecto á los pueb'^s bárbaros en los últimos tres si- 
glos Examinase si en la actualidad es menos propio el cris- 
tianismo para propagar la fe, que en los primeros siglos de 
la Iglesia. Misiones cristianasen los primeros tiempos. For- 
midable misión de Lutero *t' 

Cap. XLVl. Los jesuítas, su importancia en la historia de la 
civilización europea. Causas del odio que se les ha profesa- 
do. Carácter de los jesuítas. Contradicción de M. Guizot 
sobre este particular. Si es verdad lo que dice M. Guizot 
que los jesuítas en España hayan perdido los pueblos. He- 
chos y fechas. Injustas acusaciones contra la Compañía de 
Jesús 10^ 

Cap. XLVIl. Estado actual de los institutos religiosos. Cuadro 
de la sociedad. Impotencia de la industria y del comercio 
para llenar el corazón del hombre. Situación de los espíri- 
tus con respecto ¿ la religión. Necesidad de los institutos 
religiosos para salvar las sociedades actuales. A la organi- 
zación social le falta un resorte y un punto fijo. La marcha 
de las naciones europeas ha sido falseada. No bastan me- 
dios materiales para enfrenar las masas. Se necesitan me- 
dios morales. Los instituios religiosos pueden avenirse con 
«1 porvenir de la sociedad ^^^ 



— 265 — PAG. 

Cip. XLVII». La religión y la libertad. Rousseau. Los protes- 
tantes. Derecho divino. Origen del poder. Mala inteligencia 
del dere«*ho divino. San Juan Crisóstomo. Potestad patria. 
Sus relaciones con el origen del poder civil 134 

Cap. XLiX. Doctrinas de los teólogos sobre el origen de la so- 
ciedad. Caróc er de los teólogos católicos comparado con el 
dp los escritores modernos. Santo Tomás. Belarmino. Suá- 
rez. San Liguori. £1 Padre Goncina. Billuart. Si compendio 
Salmatícense 148 

Cap. L. Derecho divino. Origen divino del poder civil. Modo 
con que Dios comunica este poder. Rousseau. Pactos. Dere- 
c o de vida y muerte. Derecho de guerra. Necesidad de que 
el poder dimane (le Dios. Puífendorf Hobbes ÍTf 

Cap. LI. Comunicación mediata ¿ inmediata áel poder civil. 
Bajo ciertos aspectos la diferencia entre estas opiniones 
puede ser de importancia; bajo otros, no. Por qué los teólo- 
gos cat«>licos sostuvieron con tanto tesón la comunicación 
mediata Í9i^ 

Cap. LII. Influencia de las doctrinas sobre la sociedad. Lison- 
jas tributadas al poder. Sus peligros. Libertad con que se 
bablaba sobre este punto en España en los últimos tres si- 
glos. Mariana. Saavedra. Sin religión y buena moral las doc- 
trinas políticas más rigurosas no pueden salvar la sociedad. 
Escuelas conservadoras modernas, por qué son impotentes. 
Séneca. Cicerón. Hobbes. Belarmino i03 

Cap. Lili. Facultades del poder civil. Calumnias de los ene- 
migos de la Iglesia. La ley según la definición de Santo To- 
más. Razón general. Voluntad general. Bl venerable Pala- 
fox, Hobbes. Grocio. Doctrinas de algunos protestantes, fa- 
vorables al despotismo. Vindicación de la Iglesia católica. US» 



ÍNDICE DE LAS NOTAS 



í(i) Hechos y observaciones sobre los institutos religiosos. . 831 
(.8) Textos notables en exposición de un pasaje de San Pa- 
blo en el cap. Xlll de la caria á los Romanos. Cicerón. 

Horacio 238 

(«> Hecho notable i45 

.(i) PasajesdelP. Fray Juan de Santa María, y del P.Geballos. 846 



EL PROTESTANTISMO 



COMPARADO CON 



EL CATOLICISMO 



TOMO CUARTO 



CAPITULO LIV 



Vindicado ya el Catolicismo, en lo concerniente al 
origen y facultades del poder civil, llegamos á otro 
punto, si no más grave, por cierto más delicado y es- 
pinoso. Y para que se vea que miro de frente la cues- 
tión, y que en defensa de la verdad no echo mano de 
disimulos y anfibologías, diré explícitamente que voy 
á tratar de si en algún caso puede ser lícito resistir á la 
potestad civil. No me es posible expresarme con más 
claridad, ni tampoco asentar en términos más lisos y 
llanos la cuestión más tianscendental, más difícil, 
más pavorosa que ofrecerse pueda en este linaje de 
materias. 

Sabido es que el Protestantismo proclamó desde un 
principio el derecho de insurrección contra las potes- 
tades civiles, y nadie ignora que el Catolicismo ha 
predicado siempre la obediencia á ellas; por manera 
que, así como aquél fué desde su cuna un elemento^ 
4e revoluciones y trastornoÉs, así lo ha sido éste de 
tranquilidad y buen orden. Esta diferencia podría in- 
ducir á creer que el Catolicismo es favorable á la opre^ 



~ 2 — 

sión, pues que deja á los pueblos desarmados para 
vindicar la libertad. «Vosotros, nos dirán los adversa- 
rios, predicáis la obediencia á las potestades civiles, 
anatematizáis en todo caso la insurrección contra 
ellas; cuando sobrevenga, pues, la tiranía, vosotros se- 
réis sus más poderosos auxiliares, dado que con vues- 
tra doctrina detendréis el brazo pronto á levantarse en 
defensa de la libertad, y ahogaréis con el grito de la 
conciencia la indigna(¿ón que empiece á fermentar en 
los corazones generosos.» Por cuyo motivo es de la ma- 
yor importancia dilucidar en cuanto cabe esta graví- 
sima materia, distinguiendo la verdad del error, lo 
cierto de lo dudoso. 

No faltarán hombres tímidos que no se atrevan á 
mirar cara á cara esa clase de cuestiones, y quizás de^ 
seen que se las cubra con un velo; velo que no osarían 
levantar, recelosos de encontrarse con un abismo. Y á 
buen seguro que no carece de excusa su pusilanimi- 
dad, supuesto que abismos hay aquí, y abismos inson- 
dables; peligros hay, y peligros que hacen temblar. 
Un paso mal seguro puede llevarnos á la perdición; 
con un golpe imprudente podéis franquear la puerta á 
los huracanes, y transformar la sociedad. Á pesar de 
iodo, á esas personas tan excesivamente tímidas como 
bien intencionadas, es necesario advertirles que de 
nada sirve su mesura, que para nada aprovecha su 
previsora cautela. Sin ellas y á pesar de ellas, las cues- 
tiones son promovidas, agitadas, resueltas de un modo 
lastimoso; y, lo que es peor, las teorías salieron de la 
órbita de tales, bajaron al terreno de la práctica; las 
revoluciones no disponen tan sólo de libros, se apo- 
yan en la fuerza: abandonaron la silenciosa vivienda 
del filósofo, y se colocaron en las calles y en las pla- 
zas. 

Llegadas las cosas á semejante extremo, es inútil 
andarse con paliativos ni echar mano de restricciones^ 
ni apelar al silencio; conviene decir la verdad, tal 
como sea, toda entera; pues que, siendo verdad, no 
tem« los rayos de la luz ni los ataques del error; sien- 



i o verdad, no dañarán su manifestación y propaga- 
ción: porque Dios, autor de las sociedades, no ha ne- 
e&itado fundarlas sobre mentiras. Esto se hace tanto 
más necesario, cuanto las vicisitudes políticas han po- 
dido acarrear que algunos la desconociesen, ó al me- 
nos no la comprendiesen perfectamente; llegando 
otros á imaginarse que la proclamación de las doctri- 
nas de obediencia á las potestades legítimas no había 
-ido más que la voz de un partido que se esforzaba en 
isegurar su dominación. Los hombres de malas doc- 
: riñas ó de intenciones perversas tienen su código, á ^ 
ionde acuden siempre que conviene á sus designios: 
-US funestos errores ó sus villanos intereses son la guía 
le sus pasos; allí buscan su luz, de allí sacan sus ins- 
piraciones. Preciso es, pues, que los de sana doctrina 
y recta intención sepan también á qué atenerse en las 
oscilaciones políticas, y que, no sólo conozcan en ge- 
neral el principio de la obediencia á las potestades le- 
gítimas, sino que alcancen cuáles son sus aplicacio- 
nes. 
Verdad es que en los conflictos que consigo traen las 
urbulencias civiles, no son pocos los que arrumban 
>u propia convicción para acomodarse á lo que exigen 
sus intereses; pero también es cierto que los hombres 
concienzudos son todavía en crecido número; y se 
agrega á esto que, no siendo frecuente que la genera- 
lidad de los individuos de una nación se halle apre- 
miada de suerte que no le sea dado escoger entre el 
sacrificio de sus convicciones y el arrostrar peligros 
graves é inminentes, queda por lo común el necesario 
desahogo para que éstas puedan ejercer su influjo, y 
prevenir ó remediar muchos males. Al decir de ciertos 
pesimistas, la razón y la justicia han abandonado para ' 
siempre la tierra, dejándola en presa á los intereses, y 
substituyendo á los dictámenes de la conciencia las 
miras del egoísmo. Á los ojos de estos hombres, es in- 
útil ventilar y profundizar las cuestiones que pueden 
guiar en la práctica; pues, sean cuales fueren las con- 
vicciones teóricas, la Resolución en el hecho ha de ser 



— 4 — 

una misma. Yo tengo la fortuna ó la desgracia de mi- 
rar las cosas con menos sobreceño, y de creer que hay 
todavía en el mundo, y muy particularmente en Es- 
paña, hombres de convicciones profundas, y de bas- 
tante fuerza de ánimo para conformar con ellas su 
conducta. La más evidente prueba de la exageración 
en que se cae cuando se pondera la inutilidad de las 
doctrinas, es el ahinco con que procuran asirse d© las 
mismas todos los partidos. Por interés ó por pudor, to- 
dos las invocan; y este interés y este pudor no existi- 
rían, si las doctrinas no conservasen todavía en la so- 
ciedad un poderoso ascendiente. 

Nada más propio para enredar las cuestiones, que el 
tratar muchas á un mismo tiempo; por cuyo motiva 
procuraré deslindar las varias que aquí se ofrecen, re- 
solviendo por separado las conducentes al objeto, y 
eliminando las extrañas. 

Ante todo, es menester recordar el principio gene- 
ral, enseñado en todos tiempos por el Catolicismo, á 
saber: la obligación de obedecer á las potestades legiti- 
mas. Veamos ahora cuáles son las aplicaciones que de 
él han de hacerse. 

En primer lugar; ise debe obedecer á la potestad civil 
cuando manda cosas que en si sean malasia No: ni se debe 
ni se puede, por la sencilla razón de que lo que es en 
sí malo, está prohibido por Dios; y antes se ha de abe- 
decer á Dios que á los hombres. 

En segundo lugar: jjse debe obedecer á la potestad civilr 
cuando mcmda en materias que no están en el circulo de 
sus facultades^ No: porque con respecto á ellas no e& 
potestad; pues, por lo mismo que se supone que Ba 
llegan allá sus facultades, se afirma que, con respecto 
á tal punto, no es verdadera potestad. Y no se crea 
que hablo precisamente con relación á negocios espi- 
rituales, y que á éstos únicamente aludo, entiendo esa 
limitación del poder civil también con respecto á cosa» 
puramente temporales Para cuya inteligencia es ne- 
cesario recordar lo que dije ya en otra parte de esta 
obra, á saber, que, si bien el poder civil debe tener la 



— 5 — 

fuerza y las atribuciones bastantes para conservar el 
orden y la unidad en el cuerpo social, conviene, slnt 
embargo, que el gobierno no absorba de tal suerte al 
individuo y á la familia, que resulten anonadados en 
su existencia peculiar, sin esfera propia donde obrar 
puedan, prescindiendo de que son parte de la socie- 
dad. Una de las diferencias entre la civilización cris- 
tiana y la pagana consiste en que ésta cuidaba de tal 
modo de la unidad social, que en nada atendía á los 
derechos del individuo y de la familia; mientras aqué- 
lla ha combinado los intereses del individuo y de la 
familia con los de la sociedad, de tal manera, que no 
se destruyan ni embaracen. Así, á más de la esfera 
donde alcanza la acción del poder público, concebimos 
otras donde éste nada tiene que ver, en las cuales vi- 
ven los individuos y las familias sin tropezar con la 
fuerza colosal del gobierno. 

Justo es advertir aquí cuánto ha contribuido el Ca- 
tolicismo á mantener este principio, que es una ro- 
busta garantía para la libertad de los pueblos. La se- 
paración de los dos poderes temporal y espiritual, la 
independencia de éste con respecto á aquél, el estar 
depositado en manos diferentes, ha sido una de las 
causas más poderosas de la libertad, que bajo diferen- 
tes formas de gobierno disfrutan los pueblos europeos. 
Esta independencia del poder espiritual, á más de lo 
que es en sí por su naturaleza, origen y objeto, ha sido 
desde el principio de la Iglesia un perenne recuerdo 
de que el civil no tiene ilimitadas sus facultades, de 
que hay objetos á que no puede llegar, de que hay 
casos en que el hombre puede y debe decirle: no te 
obedeceré. 

Éste es otro de los puntos en que el Protestantisma 
falseó la civilización europea; y, lejos de abrir el ca- 
mino á la libertad, forjó las cadenas de la esclavitud. 
Su primer paso fué abolir la autoridad del Papa, echar 
á tierra la jerarquía, negar á la Iglesia toda potestad, 
y colocar en manos de los príncipes la supremacía re- 
ligiosa; es decir, que su obra consistió en retroceder ^ 



— 6 — 

la civilización pagana, donde se hallaban reunidos el 
cetro y el pontificado. Cabalmente la obra maestra en 
política se cifraba en separar estas dos atribuciones, 
para que la sociedad no se hallara sojuzgada por un 
poder único, ilimitado, que, ejerciendo sus facultades 
sin ningún contrapeso, llegase á vejarla y oprimirla. 
Sin miras políticas, sin designio por parte de los hom- 
bres, resultó esta separación, dondequiera que se es- 
tableció el Catolicismo: dado que así lo demandaba su 
disciplina y lo enseñaban sus dogmas. 

Es singularidad bien notable que los amantes de las 
teorías de equilibrios y contrapesos, los que tanto han 
ensalzado la utilidad de la división de los poderes, para 
que, compartida entre ellos la autoridad, no degenere 
en tiránica, no hayan advertido la profunda sabiduría 
que se encierra en esta doctrina católica, aun mirán- 
dola únicamente bajo el aspecto social y político. Le- 
jos de esto, se ha observado, al contrario, que todas las 
revoluciones modernas han manifestado una decidida 
tendencia á reunir en una sola mano la potestad civil 
y la eclesiástica. Prueba evidente de que esas revolu- 
ciones han procedido de un origen opuesto al princi- 
pio generador de la civilización europea, y que, en 
vez de encaminarla á su perfección, la han extra- 
Tiado. 

La supremacía eclesiástica, reunida con la civil, pro- 
dujo en Inglaterra el más atroz despotismo bajo los 
reinados de Enrique VIH y de Isabel; y, si aquel país 
logró posteriormente conquistar un mayor grado de 
libertad, no fué ciertamente por esa investidura reli- 
giosa que dio el Protestantismo al jefe del Estado, sino 
á pesar de ella. Y es de notar que, cuando en los últi- 
mos tiempos ha ido entrando la Inglaterra en un más 
ancho sistema de libertad, ha sido con el enflaqueci- 
miento de la autoridad civil en lo tocante á la religión, 
y con el mayor desarrollo del Catolicismo, opuesto por 
principios á esa monstruosa supremacía. En el norte 
de Europa, donde ha prevalecido también el sistema 
protestante, la autoridad civil no h» reconocido lími- 



tes; y en la actualidad estamos viendo al emperador 
de Rusia entregarse á la más bárbara persecución con- 
tra los católicos, mostrándose más receloso contra los 
defensores de la independencia del poder espiritual, 
que no contra los clubs revolucionarios. El autócrata 
está sediento de una autoridad sin límites; y un ins- 
tinto certero'le conduce á ensañarse de un modo par- 
ticular con la religión católica, que es su principal 
obstáculo. 

Es cosa digna de llamar la atención la uniformidad 
que en esta materia se nota en todos los poderes que 
tienden al despotismo, sea bajo la forma revoluciona- 
ria, sea bajo la monarquía. El mismo motivo que im- 
pulsaba al absolutismo de Luis XIV á sufrir de mala 
gana las trabas que le imponía la independencia del 
poder espiritual, y á quebrantar en cuanto era posible 
el de Roma, movía á la Asamblea Constituyente cuan- 
do entraba en el propio camino. El monarca se apoya- 
ba en las regalías y en las libertades de la Iglesia ga- 
licana; la Constituyente invocaba los derechos de la 
nación y los principios de la filosofía; pero, lo que en 
el fondo se agitaba era lo mismo: tratábase de si el po- 
der civil había de reconocer algún límite ó no: en el 
primer caso, era la monarquía que tendía al despotis- 
mo; en el segundo, era la democracia que se encami- 
naba al terror de la Convención. 

Guando Napoleón se propuso quebrantar la cabeza á 
la hidra revolucionaria, reorganizar la sociedad y crear 
un poder, echó mano de la religión, como el más po- 
deroso elemento; y, no habiendo en Francia otra reli- 
gión influyente que la católica, la llamó en su auxilio 
y firmó el Concordato. Pero, nótese bien: tan pronto 
como creyó haber concluido su obra de reparación y 
reorganización; tan pronto como, pasados los momen- 
tos críticos de la afirmación de su poder, sólo se pro- 
puso extenderle, desembarazándole de todo linaje de 
trabas, comenzó á mirar con sobreceño al mismo Pon- 
tífice, cuya asistencia á la coronación imperial tanto le 
había agradado; y, principiando por serias desavenen- 

T. IV t8 



~ 8 - 

cias, acabó por romper con él y por hacerse su raá»' 
violento enemigo. 

Estas observaciones, que sujeto á la consideracióDi 
de todos los hombres pensadores, adquieren todavía 
más peso, parando la atención en lo que ha sucedida 
con la monarquía eminentemente religiosa y católica, 
es decir, la española. Á pesar del predominio que en- 
tre nosotros ha ejercido la religión católica, es bien 
extraño que se haya conservado siempre de un modo 
muy particular el principio de resistencia á la Corte 
de Roma; por manera que, al paso que durante la di- 
nastía austríaca y la borbónica se procuraba arrumbar 
las antiguas leyes en todo lo que tenían de favorable 
á la libertad política, se guardaban como un depósito 
sagrado las tradiciones de resistencia de Fernando el- 
Católico, de Garlos V y de Felipe II. Sin duda que- 
el profundo arraigo que en España había alcanzado el. 
Catolicismo, no permitía que las cosas se llevasen al 
extremo; pero, no deja de ser verdad que el germen 
existía y que se andaba transmitiendo de generación 
an generación, cual si esperase desenvolverse comple- 
tamente en tiempos más oportunos. 

Presentóse más de bulto el hecho, cuando con el en- 
tronizamiento de la familia de Borbón se aclimató en- 
tre nosotros la monarquía de Luis XIV y se borraron, 
hasta los últimos vestigios de las antiguas libertades, 
en Castilla, Aragón, Valencia y Cataluña; llegando la 
m^anía de las regalías á su más alto punto en el reina- 
do de Carlos III y de Carlos IV. ¡Notable coincidencia!, 
que precisamente la época en que más suspicacia se 
mostró contra las pretensión^ de la Corte de Roma y 
la independencia del poder espiritual, fuese aquella 
en que se hallaba en su mayor auge el despotismo mi- 
nisterial, y, lo que fué peor todavía, la arbitrariedad. 
de un privado. 

Verdad es que, sin advertirlo los reyes, ni quizás^ 
algunos de los ministros, obraba en aquella época el. 
espíritu de las ideas de la escuela francesa; pero esta 
circunstancia, lejos de desvirtuar en nada las reflexio- 



— 9 ~ 

Bes que estamos presentando, las confirma más y más, 
probándolas tanto más sólidas y transcendentales, 
cuanto que se aplican á situaciones muy diferentes. 
Tratábase de destruir el antiguo poder y substituirle 
otro no menos ilimitado, y para esto convenía condu- 
cirle al abuso de su autoridad; pero, al propio tiempo^ 
se asentaban los antecedentes que pudieran ser invo- 
cados, cuando la revolución hubiese reemplazado la 
monarquía absoluta. Graves reflexiones se agolpan á 
la mente, raras analogías se descubren entre situacio- 
nes en apariencia las más opuestas, cuando se han 
fisto causas contra obispos por motivos semejantes á 
los que se alegaron en una famosa causa en tiempo de 
Carlos III; y cuando en los supremos tribunales dñ 
nuestros tiempos han resonado en boca de io« fiscales 
las mismas doctrinas que oyó de boca de los suyos el 
antiguo consejo. Así se tocan los extreiEOS al parecer 
más distantes, así se llega al mismo término por dife- 
rentes caminos. La autoridad del monarca lo era todo 
en los principios de los antiguos fiscales, los derechos 
de la corona eran el arca santa que no era lícito tocar, 
ni mirar siquiera, sin cometer sacrilegio; la antigua 
monarquía desapareció, el trono es una sombra de lo 
que fué, la revolución triunfante le ha dado la ley, y, 
después de cambio tan profundo, no ha mucho que un 
fiscal del tribunal supremo, acusando á un obispo de 
atentado contra los derechos de la potestad civil, de- 
cía: «En el Estado, ni una hoja puede moverse sin per- 
miso del gobierno.» Estas palabras no necesitan co- 
mentarios; oyólas el que esto escribe, y al ver tan lisa 
y llanamente proclamada la arbitrariedad, parecióle 
que un nuevo rayo de luz alumbraba la historia. 

La gravedad é importancia de la materia reclamaba 
esta breve digresión, para manifestar cuánto puede 
contribuir á la verdadera libertad el principio católico 
de la independencia del poder espiritual; pues que en 
él se encuentra la proclamación de que las facultades 
del poder civil reconocen límites, y, por tanto, es una 
perenne condenación del despotismo. Volviendo, pues# 



- 10 - 

á la cuestión primitiva, ha de quedar por asentado que 
,1a potestad civil debe ser obedecida cuando manda en 
^1 círculo de sus atribuciones; no hay ninguna doctri- 
na católica que prescriba la obediencia, cuando esta 
potestad sale de la esfera que le pertenece. 

No desagradará al lector el oir cómo entendía el prin- 
cipio de la obediencia uno de los más ilustres intérpre- 
tes del dogma católico, el santo Doctor á quien repeti- 
das veces llevo citado. Según él, cuando las leyes son 
injustas, y adviértase que esta injusticia pueden en su 
opinión tenerla por muchos títulos, no obligan en con- 
ciencia, no deben ser obedecidas, á no ser para evitar 
escándalo, para no acarrear mayores males; es decir, 
que en ciertos casos el cumplimiento de la ley injusta 
podrá ser obligatorio, no por un deber que de ella ema- 
ne, sino por no desoír los consejos de la prudencia. He 
aquí sus palabras, sobre las que llamo muy particular- 
mente la atención de los lectores: «Las leyes son in- 
justas de dos maneras: ó por contrarias al bien común, 
ó por su fin, como en el caso en que el gobernante im- 
pone á sus subditos leyes onerosas, no por motivos de 
bien común, sino de propia codicia ó ambición; ó tam- 
bién por su autor, como cuando alguno da una ley ex- 
tralimitándose de la facultad que tiene cometida; ó 
también por su forma, como, por ejemplo, cuando se 
distribuyen desigualmente entre la multitud las car- 
gas, aun cuando sean ordenadas al bien común: y esas 
leyes más bien son violencias que leyes, pues que, 
como dice San Agustín, lib. 1 de Lib. Arb., cap. 5, no 
parece ser ley la que no fuere justa, y, por tanto, esas 
leyes no obligan en el fuero de la conciencia, á no ser 
tal vez para evitar escándalo ó perturbación, motivo 
. por el cual debe el hombre ceder de su propio dere- 
cho, según aquello de San Mateo: «Quien te forzare á 
llevar una carga por espacio de mil pasos, anda con él 
todavía otros dos; y al que quiera pleitear contigo y 
quitarte la túnica, dale también la capa.» De otra ma- 
i.nera son injustas las leyes por contrarias al bien di- 
„vino, como las leyes de los tiranos que iiiduoen á la 



— 11 — 

idolatría, ó á otra cualquier cosa contraria á la ley di-^ 
Tina: y esas leyes de ninguna manera es lícito obser- 
varlas, porque, como se lee en las Actas de los Após- 
toles, cap. 5, antes se debe obedecer á Dios que á los 
hombres.» «Iniustae autem sunt leges dupliciter: uno 
modo per contrarietatem ad bonum commune e con- 
trario praedictis, vel ex fine, sicut cum aliquis praesi- 
dens leges imponit onerosas subditis non pertinentes 
ad utilitatem communem, sed magis ad propriam cu- 
piditatem vel gloriam; vel etiam ex auctore, sicut cum 
aliquis legem fert ultra sibi commissam potestatem; 
vel etiam ex forma, cum inaequaliter onera multitudi- 
nis dispensantur, etiamsi ordinentur ad bonum com- 
mune; et huiusmodi magis sunt violentae quam leges, 
quia sicut Augustinus dicit, lib. 1 de Lib. Arl.^ cap. 5, 
parum a princ. lex esse non videtur quae iusta non 
fuerit, unde tales leges in foro conscientae non obli^ 
gant, nisi forte propter vitandum scandalum vel tur- 
bationem, propter quod etiam homo iuri suo cederé 
debet secundum illud Matth, cap. V: Qui te angaria- 
verit mille passus, vade cum eo alia dúo, et qui abs- 
tulerit tibi tunicam da ei et pallium. Alio modo leges 
possunt esse iniustae per contrarietatem ad bonum 
divinum, sicut leges tyrannorum inducentes ad idola- 
triam vel ad quodcumque aliud quod sit contra legem 
divinam, et tales leges nullo modo licet observare, 
quia sicut dicitur Act., cap. V, obedire oportet Deo 
magis quam hominibus.» D. Th. 1.' 2." Quaest. 90, 
Art. 1. 

Dedúcense de esta doctrina las reglas siguientes: 

1.* Que de ningún modo se debe obedecer á la po- 
testad civil cuando manda cosas contrarias á la ley di- 
vina. 

2." Que, cuando las leyes son injustas, no obligan 
en el fuero de la conciencia. 

3.' Que tal vez será necesario prestarse á obedecer 
estas leyes, por razones de prudencia, es decir, para 
evitar escándalo 6 perturbación. 

4." Que las leyes son injustas por uno cualquiera. 



— 12 — 

de los motivos siguientes: cuando son contrarias al 
bien común; cuando no se dirigen á este bien; cuando 
el legislador excede sus facultades; cuando, aunque 
dirigidas al bien común y emanadas de la autoridad 
competente, no entrañan la debida equidad, como, 
por ejemplo, si se reparten desigualmente las cargas 
públicas. 

Citado y copiado está el respetable texto de donde 
se deducen estas reglas: el insigne autor ha sido la 
guía de todas las escuelas teológicas en los seis últi- 
mos siglos; su autoridad no se recusaba nunca en ellas, 
en tratándose de puntos de dogma y de moral; y, por 
tanto, esas reglas deben ser consideradas como un 
compendio de las doctrinas de los teólogos católicos 
con respecto á la obediencia debida á la autoridad. 
Ahora bien; puede apelarse con entera confianza al 
fallo de todos los hombres de buen sentido, para que 
juzguen si en esas doctrinas se encuentra el menor 
resabio de despotismo, si envuelven ninguna tenden- 
cia á la tiranía, si atentan en lo más mínimo contra la 
verdadera libertad. No se descubre en ellas ni el más 
ligero asomo de lisonja al poder; sus límites se le se- 
ñalan con severo rigor; y, en pasando de ellos, se le 
dice abiertamente: «tus leyes no son leyes, sino vio- 
lencias; no obligan en conciencia; y, si en tal caso se 
te obedece, no es por obligación, es por prudencia, 
por evitar escándalo y perturbación; y con tal mengua 
para ti, que, lejos de poder gloriarte del triunfo, te 
asemejas al ladrón que roba al hombre pacífico la 
túnica, y á quien éste por espíritu de paz le entrega 
también la capa.» Si estas doctrinas son de opresión y 
de despotismo, nosotros somos partidarios de ese des- 
potismo y opresión; porque entonces no comprende- 
mos cuáles serán las doctrinas que podrán llamarse 
favorables á la libertad. 

Con estos principios se ha fundado la admirable ins- 
titución de la monarquía europea; con esta enseñanza 
&e le han puesto los diques morales de que se halla ro- 
deada y que la mantienen en la línea de sus deberes. 



— 13 — 

aun no f^xistiendo garantías políticas. Fatigado el áni- 
mo de leer tantas y tan insulsas declamaciones contra 
la tiranía de los reyes, y fastidiado, por otra parte, con 
^1 lenguaje adulador y rastrero empleado en los tiem- 
pos modernos para lisonjear al poder, ensánchase y 
complácese al encontrar la expresión pura, sincera/ 
^desinteresada, en que con tanta sabiduría como recta 
intención y generosa libertad se señalan los derechos 
y deberes de los gobiernos y de los pueblos. ¿Qué li- 
bros habían consultado los hombres que hablaban así?''* 
La Sagrada Escritura, los Santos Padres, las coleccio- 
nes de los documentos eclesiásticos. ¿Recibían, por 
ventura, sus inspiraciones de la sociedad que los ro- < 
deaba? No; muy al contrario: en ella reinaba el desor- 
den, la contusión; ora campeaba una desobediencia 
turbulenta, ora dominaba el despotismo. Y, sin em- 
bargo, ellos hablan con una discreción, con un pulso, 
xíon una calma, cual si vivieran en medio de la socie- 
dad más bien ordenada. La divina revelación era su 
guía, y ésta les enseñaba la verdad; tenían muy á me- 
nudo el disgusto de verla desatendida y contrariada, 
pero, ¿qué importan las circunstancias, por calamite- , 
sas que sean, cuando se escribe en esfera superior á la 
atmós'era de las pasiones? La verdad es de todos tiem- 
pos; decirla siempre; Dios hará lo demás. (1) 



CAPITULO LV 



Gravísimas son las cuestiones hasta aquí tratadas so- 
i}re la obediencia debida al poder, pero lo es todavía 
«las !a cuestión de resistencia. 

¿Kn ningún caso, en ninguna suposición, puede ser , 
lícito resistir físicamente al poder? ¿No puede encon- 
trarse en paite alguna el derecho de destituirla ¿Hasta 
^ué punto llegan en esta materia las doctrinas católi- 
cas? He aquí los extremos que vamos á examinar. 



- 14 — 

Ante todo conviene dejar asentado que es falsa la» 
doctrina de aquellos que dicen que á un gobierno, por 
sólo serlo, considerando únicamente el hecho, y aun 
suponiéndole ilegítimo, se le debe obediencia. Esto es- 
contrario á la sana razón, y nunca fué enseñado por el 
Catolicismo. La Iglesia, cuando predica la obediencia 
á las potestades, habla de las legítimas; y en el dogma- 
católico no cabe el absurdo de que el mero hecho cree 
el derecho. Si fuese verdad que se debe obediencia á 
todo gobierno establecido, aun cuando sea ilegítimo; 
si fuese verdad que no es lícito resistirle, sería tam- 
bién verdad que el gobierno ilegítimo tendría derecho 
de mandar; y, por tanto, el gobierno ilegítimo queda- 
ría legitimado por el solo hecho de su existencia. Que- 
darían entonces legitimadas todas las usurpaciones, 
condenadas las resistencias más heroicas de los pue- 
blos, y abandonado el mundo al mero imperio de la 
fuerza. No, no es verdadera esa doctrina degradante, 
esa doctrina que decide de la legitimidad por el resul- 
tado de la usurpación, esa doctrina que á un pueblo 
vencido y sojuzgado por cualquier usurpador, le dice: 
«obedece á tu tirano; sus derechos se fundan en su 
fuerza: tu obligación, en tu flaqueza.» No, no es verda- 
dera eso doctrina que borraría de nuestra historia una 
de SUR más hermosas páginas, cuando, levantándose 
contra las intrusas autoridades del usurpador, luchó 
por espacio de seis años en pro de la independencia, y 
venció, por fin, al vencedor de Europa. Si el poder de 
Napoleón se hubiese establecido entre nosotros, el pue- 
blo español hubiera tenido después el mismo derecho 
de sublevarse que tuvo en 1808; la victoria no habría 
legitimado la usurpación. Las víctimas del 2 de mayo 
no legitimaron el mando de Murat, y aun cuando se 
hubieran visto en todu.^ los ángulos de la Península las 
horribles escenas del Prado, la sangre de los mártires 
de la patria, cubriendo de indeleble ignominia al usur- 
pador y á sus satélites, hubiera sancionado más el san* 
to derecho del levantamiento en defensa del trono le- 
gítimo, de la independencia de la nación. 



— 15 — 

Es menester repetirlo: el mero hecho no crea dere- . 
cho, ni en el orden privado ni en el público; y, el día 
en que se reconociese este principio, aquel día desapa- 
recieran del mundo las ideas de razón y de justicia. 
Los que por medio de esa funesta doctrina pretendie- 
ron quizás halagar á los gobiernos, no advirtieron que t 
los minaban en su base, y que esparcían el más fecun- 
do germen de usurpaciones y de insurrecciones. ¿Qué 
es lo que permanece seguro, si establecemos el princi- 
pio de que el buen éxito decide de la justicia, que el^ 
vencedor es siempre el dominador legítimo? ¿No se 
abre anchurosa puerta á todas las ambiciones, á todos- 
Ios crímenes? ¿No se instiga á los hombres á que, olvi- 
dando todas las nociones de derecho, de razón, de jus- 
ticia, no conozcan otra norma que la fuerza brutal? Por 
cierto que cuantos gobiernos se hallen defendidos con 
tan peregrina enseñanza, deberían estarles poco agra- 
decidos á sus desatentados padrinos: esa defensa, no es 
defensa, sino insulto; y, más bien que como seria apo- ' 
logia, debiera mirarse como crudo sarcasmo. En efecto: 
¿sabéis á qué viene á reducirse? ¿sabéis cómo puede 
formularse? Helo aquí: «Pueblos, obedeced á quien os 
manda; 'vosotros decís que su autoridad fué usurpada, 
no lo negamos; pero el usurpador, por lo mismo que 
ha logrado su íin, ha adquirido también un derecho. 
lis un ladrón que os ha asaltado en medio del camino; 
os ha robado vuestro dinero, es verdad; pero, por lo ' 
mismo que vosotros no pudisteis resistirle, y os fué 
preciso entregárselo, ahora que ya se halla en posesión 
de él, debéis respetar ese dinero como una propiedad 
sagrada; es un robo; pero, siendo el robo un hecho con- 
samado, no es lícito volver la vista atrás.» 

Presentada desde este punto de vista la doctrina del 
hecho, se ofrece tan repugnante á las nociones más 
comunmente recibidas, que no es posible que la admi- 
ta seriamente ningún hombre razonable. No negaré 
que hay casos en que, aun bajo un gobierno ilegítimo, 
conviene recomendar al pueblo la obediencia, como< 
en aquellos en que se está previendo aue la resistencia. 



- le- 
sera inútil, y que no conducirá más que á desórdenes 
y efusión de sangre; pero, recomendando al pueblo la 
prudencia, es menester no disfrazarla con malas doc- 
trinas, es necesario guardarse de templar la exaspera- 
ción del infortunio, propalando errores subversivos de 
lodo gobierno, de toda sociedad. 

Es de notar que todos los poderes, aun los más ilegí- 
timos, tienen un instinto máá certero del que mani- 
fiestan los sostenedores de semejantes doctrinas. Tod© 
poder, en el primer momento de su existencia, antes 
de obrar, antes de ejercer ningún acto, lo primero que 
hace es proclamar su legitimidad. La busca en el dere- 
xího divino ó humano, la funda en el nacimiento ó en 
la elección, la hace dimanar de títulos históricos, ó del 
súbito desarrollo de extraordinarios acontecimientos; 
pero siempre viene á parar á lo mismo: á la pretensión 
de la legitimidad: la palabra /íecñ^o no sale de sus la- 
bios; el instinto de su propia conservación le está di- 
ciendo que no puede emplearla, y que le bastaría ha- 
cerlo, para desvirtuar su autoridad, para menoscabar 
su prestigio, para enseñar al pueblo el camino de la 
insurrección, para suicidarse. Aquí se ve la más explí- 
cita condenación de la doctrina que estamos impug- 
nando: los usurpadores más impudentes respetan me- 
jor que ella el buen sentido y la conciencia pública. 

Sucede á veces que las doctrinas más erróneas se cu- 
bren con el velo de la mansedumbre y la caridad cris- 
tianas, por cuyo motivo se hace necesario hacerse car- 
go de los argumentos que en contra podían alegar los 
partidarios de una ciega sumisión á todo poder cons- 
4,ituído. La Sagrada Escritura, dirán ellos, nos prescri- 
be la obediencia á las potestades, sin hacer distinción 
alguna; luego el cristiano no debe tampoco hacerla, 
sino someterse resignadamente á las que encuentra 
establecidas. Á. esta dificultad pueden darse las solu- 
ciones siguientes, todas cabales: 1.* La potestad ilegíti- 
ma no es potestad; la idea de potestad envuelve la idea 
de derecho; del contrario, no es más que potestad físi- 
4ca, es decir, fuerza. Luego, cuando la Sagrada Bscritu- 



— 17 — 

ra prescribe la obediencia á las potestades, habla de 
las legítimas. 2.* El Sagrado Texto, explicando la razón 
por que debemos someternos á la potestad civil, nos 
■dice que ésta es ordenada por el mismo Dios, que es 
mitiisíro del mismo Dios, y claro es que de tan alto 
carácter no se halla revestida la usurpación. El usur- 
pador será, si se quiere, el instrumento de la Previ- 
■dencia, el azoíe de Dios, como se apellidaba Atila, pero 
no su ministro. 3.* La Sagrada Escritura, así como 
prescribe la obediencia á los subditos con respecto á la 
potestad civil, así lo ordena también á los esclavos con 
relación á sus dueños. Ahora bien, ¿de qué dueños se 
tratií? Es evidente que de aquellos que obtenían un 
4ominio legítimo, tal como entonces se entendía, con- 
forme á la legislación y costumbres vigentes; de otra 
suerte, sería preciso decir que el Sagrado Texto encar- 
vga la sumisión aun á aquellos esclavos que se hallaban 
«n tal Estado no más que por un mero abuso de la 
fuerza. Luego, así como la obediencia á los amos man- 
dada en los Libros Santos no priva de su derecho al 
esclavo que fuese injustamente detenido en esclavi- 
tud, tampoco la obediencia á las autoridades consti- 
tuidas debe entenderse sino cuando éstas sean legíti- 
mas, ó cuando así lo dicte la prudencia para evitar 
perturbación y escándalos. 

En confirmación de la doctrina del hecho, cítase á 
veces la conducta de los primeros cristianos. «Éstos, se 
dice, obedecieron á las autoridades constituidas, sin 
cuidar si eran legítimas ó no. En aquella época las 
usurpaciones eran frecuentes; el mismo trono del im-% 
perio se había fundado sobre la fuerza; los que le iban 
ocupando sucesivamente debían no pocas veces su ele- 
vación, á la insurrección militar, y al asesinato del an- 
tecesor. Sin embargo, no se vio que los cristianos en- 
trasen nunca en la cuestión de legitimidad: respetaban 
«1 poder establecido, y, cuando éste caía, se sometían 
«ím murmurar al nuevo tirano que se apoderaba del 
imperio.» No puede negarse que este argumento es 
algo especioso, y que á primera vista presenta una di- 



- 18 - 

ficultad muy grave; no obstante, bastarán pocas refle- 
xiones para convencer de su extrema futilidad. 

Si ha de ser legítima y prudente la insurrección con- 
tra un poder ilegítimo, es necesario que los que aco- 
meten la empresa de derribarle, estén seguros de su 
ilegitimidad; se propongan substituirle un poder legí- 
timo, y cuenten, además, con probabilidad de buen 
éxito. En no mediando estas condiciones, la subleva- 
ción carece de objeto, es un estéril desahogo, es una 
venganza impotente, que, lejos de acarrear á la socie- 
dad ningún beneficio, sólo produce derramamiento de 
sangre, exasperación del poder atacado, y, por consi- 
guiente, mayor opresión y tiranía. En la época á que 
nos referimos, no existía, por lo común, ninguna de 
las condiciones expresadas; y, por tanto, el único par- 
tido que podían tomar los hombres de bien, era resig- 
narse tranquilamente á las calamitosas circunstancias 
de su tiempo, y elevar sus oraciones al cielo para que 
se compadeciese de la tierra. ¿Quién decidía si éste t 
aquel emperador se habían elevado legítimamente, 
cuando las armas lo resolvían todo? ¿Qué reglas exis- 
tían para la sucesión imperial? ¿Dónde estaba la legi- 
timidad que debiera substituirse á la ilegitimidad^ 
¿Estaba en el pueblo romano, en ese pueblo envileci- 
do, degradado, que besaba villanamente las cadenas 
del primer tirano que le ofrecía pan y juegos ¿Estaba 
en la indigna prole de aquellos ilustres patricios que 
dieron la ley al universo? ¿Estaba en los hijos ó parien- 
tes de este ó de aquel emperador asesinado, cuando las 
leyes no habían arreglado la sucesión hereditaria, 
cuando el cetro del imperio flotaba á merced de las le- 
giones, cuando tan á menudo acontecía que el empera- 
dor, víctima de la usurpación, no había sido á su ves 
más que un usurpador, que escalara el trono pisando el 
cadáver de su rival? ¿Estaba en los antiguos derechos 
de los pueblos conquistados, que, reducidos á meras 
provincias del imperio, habían perdido el recuerdo de 
lo que fueron un día, y, faltos de espíritu de naciona- 
lidad, sin pensamiento que pudiera diiigirlos en su 



— 19 — 

•«mancipación, se hallaban, además, sin medios para 
resistir á las colosales fuerzas de sus dueños? Dígase 
de buena fe; ¿qué objeto podía proponerse quien en 
semejantes circunstancias se arrojara á tentativas con- 
tra el gobierno establecido? Guando las legiones deci- 
dían de la suerte del mundo, elevando y asesinando 
sucesivamente á sus amos, ¿qué podía, qué debía hacer 
•el Cristianismo? Discípulo de un Dios de paz y de amor, 
no le era lícito tomar parte en criminales escenas de 
tumulto y de sangre; incierta y ñuctuante la autori- 
dad, no era él quien debía entrometerse en decidir si* 
era legítima ó ilegítima; no le quedaba otro recurso 
-que someterse á la potestad generalmente reconocida; 
y, en sobreviniendo uno de los cambios á la sazón tan 
frecuentes, resignarse á prestar la misma obediencia 
á los gobernantes nuevamente establecidos. Mezclán- 
'dose los cristianos en los disturbios políticos, no hu- 
bieran alcanzado más que desacreditar la religión di- 
vina que profesaban, dar asa á los falsos filósofos y á 
los idólatras para aumentar el catálogo de las negras 
-calumnias con que procuraban afearla, suministrar 
pretextos á que se extendiese y acreditase la fama que 
acusaba al Cristianismo de subversivo de los Estados, 
excitar contra sí el odio de los gobernantes, y aumen- 
tar los rigores de la persecución que tan crudamente 
acosaba á todos los discípulos del Crucificado. Esta si- 
tuación ¿es acaso semejante á otras muchas que se han 
visto en los tiempos antiguos y modernos? Esta con- 
ducta de los primeros cristianos, ¿podía ser, por ejem- 
plo, como pretendían algunos, la norma de conducta 
de los españoles cuando se trató de resistir á la usur- 
pación de Bonaparte? ¿Puede serlo de otro pueblo que 
se halle en circunstancias parecidas? ¿Puede ser un ar- 
gumento para asegurar en su poder á todo linaje de 
usurpadores? No: el hombre, por ser cristiano, no deja 
de ser ciudadano, de ser hombre, de tener derechos, y 
de obrar muy bien cuando en los límites de la razón y 
de la justicia se lanza á defenderlos con intrépida 
osadía. 



— 20 — 

El limo. Sr. D. Félix Amat, arzobispo de Palmira, en 
su obra postuma üinlaáa Diseño de la Iglesia Militante^ 
dice estas notables palabras: «que el solo hecho de que 
un gobierno se halle constituido basta para convencer 
la legitimidad de la obligación de obedecerle que tie- 
nen los subditos, lo declaró bastante Jesucristo, en la 
clara y enérgica respuesta: Dad al César lo que es del 
César.» Gomo lo dicho más arriba parece bastante para 
destruir semejante aserción, y como, además, pienso- 
volver sobre este asunto examinando más detenida- 
mente la opinión del citado escritor y las razones en 
que la apoya, no me extenderé ahora en impugnarla. 
Una observación emitiré que me ocurrió al leer los^^ 
pasajes en que la desenvuelve. La expresada obra ha 
sido prohibida en Roma; sean cuales fueren los mo- 
tivos de la prohibición, puede asegurarse que, tra- 
tándose de un libro donde se enseña semejante doc- 
trina, todos los pueblos amantes de sus derechos po- 
drían suscribir al decreto de la Congregación. 

Ya que la oportunidad se brinda, digamos dos pa- 
labras sobre los hechos consumadoSf que tan íntimamen- 
te se enlazan con la doctrina que nos ocupa. Consumado 
significa una cosa perfecta en su línea: así un acto lo 
será, cuando se le haya llevado á complemento. Apli- 
cada esta palabra á los delitos, se contrapone al conato, 
diciéndose que hubo conato de robo, de asesinato, de 
incendio, cuando con algún acto se mostró el empeña 
de cometerlos, como rompiendo la cerradura de una 
puerta, atacando con arma mortífera ó principiando 
á pegar fuego á un combustible; pero, el delito no se 
llama consumado hasta que en realidad se ha perpe- 
trado el robo, dado la muerte, ó llevado á cabo el in- 
cendio. Del mismo modo, en el orden social y político^ 
se apellidarán hechos consumados: una usurpación en 
que se haya derribado completamente al poder legíti- 
mo, ocupando ya su puesto el usurpador; una provi- 
dencia que esté ejecutada en todas sus partes, como la 
supresión de los regulares en España, y la incorpora- 
ción de sus bienes al erario; una revolución que haya 



— 21 — 

triunfado, y que disponga sin rival de la suerte del 
país, como la de nuestras posesiones de América. Con 
esta aclaración se manifiesta que el ser un hecho con- 
sumado, no muda su naturaleza; es un hecho acabado, 
pero no más que un simple hecho; su justicia ó injus- 
ticia, mi legitimidad ó ilegitimidad, no vienen expre- 
sadas por aquel adjetivo. Atentados horrendos queja- 
más prescriben, que jamás dejan de ser merecedores de 
ignominia y pena, se apellidan también hechos consu- 
mados. 

¿Qué significan, pues, las siguientes expresiones que 
tan á menudo se oyen en boca de ciertos hombres? 
«Respétense los hechos consumados», «nosotros acep-^ 
tamos siempre los hechos consumados», «es un des- 
acuerdo luchar contra hechos consumados», «una sabia 
política se acomoda y somete á los hechos consuma- 
dos.» Lejos de mí el afirmar que todos los que estable- 
cen semejantes reglas, profesen la funesta doctrina que 
ellas suponen. Sucede muy á menudo que admitimos 
principios cuyas consecuencias rechazamos, y que da- 
mos por buena una línea de conducta sin advertir las 
máximas morales de donde arranca. En las cosas hu- 
manas está el mal tan cerca del bien, y el error de la 
verdad; la prudencia linda de tal modo con la timidez 
culpable, la indulgente condescendencia se halla tan 
inmediata á la injusticia, que, así en teoría como en 
práctica, no siempre es fácil mantenerse en los límites 
prescritos por la razón y los eternos principios de la 
sana moral. Guando se habla del respeto á los hechos 
consumados, no faltan hombres perversos que entien- 
den significar sanción de crímenes, seguridad de la 
presa cogida en las revueltas, ninguna esperanza de 
reparación para las víctimas, tapar sus bocas para que 
no se oigan sus quejas. Pero otros no abrigan seme- 
jantes designios; sólo padecen una confusión de ideas^ 
que nace de no distinguir entre los principios morales^ 
y la conveniencia pública. Lo que interesa, pues, en 
este punto es deslindar y fijar. Helo aquí en pocas pa- 
labras. 



— 22 — , 

Un hecho consumado, por sólo serlo, no es legítimo, 
y, por consiguiente, no es digno de respeto. El ladrón 
que ha robado no adquiere derecho á la cosa robada; 
el incendiario que ha reducido á cenizas una casa, no 
es menos digno de castigo y merecedor de que se le 
fuerce á la indemnización, que si se hubiese detenido 
en su conato; todo esto es tan claro, tan evidente, que 
no consiente réplica. Quien lo contradiga, es enemigo 
de toda moral, de toda justicia, de todo derecho; esta- 
blece el exclusivo dominio de la astucia y de la fuerza. 
Por pertenecer los hechos consumados al orden social 
y político, no cambian de naturaleza: el usurpador 
que ha despojado de una corona al poseedor legítimo, 
el conquistador que, sin más título que la pujanza de 
sus armas, ha sojuzgado una nación, no adquieren con 
la victoria ningún derecho; el gobierno que haya co- 
metido grandes tropelías despojando á clases enteras, 
exigiendo contribuciones no debidas, aboliendo fueros 
legítimos, no justifica sus actos por sólo tener la sufi- 
ciente fuerza para llevarlos á cabo. Esto no es menos 
evidente; y, si diferencia existe, está, sin duda, en que 
el delito es tanto mayor, cuanto se han irrogado daños 
de más extensión y gravedad, y se ha dado un escán- 
dalo público. Éstos son los principios de sana moral; 
moral del individuo, moral de la sociedad, moral del 
linaje humano, moral inmutable, eterna. 

Veamos ahora la conveniencia pública. Casos hay en 
que un hecho consumado, á pesar de toda su injusti- 
cia, de toda su inmoralidad y negrura, adquiere, no 
obstante, tal fuerza, que el no querer reconocerle, el 
empeñarse en destruirle, acarrea una cadena de per- 
turbaciones y trastornos, y, quizás, sin ningún fruto. 
Todo gobierno está obligado á respetar la justicia, y 
hacer que los subditos la respeten; pero, no debe em- 
peñarse en mandar lo que no sería obedecido, no te- 
niendo medios para hacer triunfar su voluntad. En tal 
situación, si él no ataca los intereses legítimos, si no 
procura la reparación á las víctimas, no comete ningu- 
na injusticia; pues se asemeja á quien estuviese mi- 



— 23 — 

Tando á los ladrones que acababan de consumar el de- 
lito, y careciese de medios para forzarlos á restituir lo 
robado. Supuesta la imposibilidad, nada importa el de- 
cir que el gobierno no es un simple particular, sino 
un protector nato de todos los intereses legítimos; pues 
que á lo imposible nadie está obligado. 

Y es menester advertir que la imposibilidad en este . 
caso no es necesario que sea física; basta que sea mo- 
ral. Así, aun cuando el gobierno contase con medios 
materiales suficientes para ejecutar la reparación, si 
previese que el emplearlos había de traer graves com- 
promisos al Estado, poniendo en peligro la tranquili- 
dad pública, ó esparciendo para más adelante semillas 
de trastornos, existiría la imposibilidad moral; porque 
1 orden y los intereses públicos son objetos que re-* 
laman preferencia, pues que son los primordiales de 
todo gobierno; y, por tanto, lo que no se puede hacer 
sin que ellos peligren, debe ser mirado como imposi- 
ble. La aplicación de estas doctrinas será siempre iftia , 
•cuestión de prudencia, sobre la que nada puede es- 
tablecerse en general; como dependiente de mil cir- 
cunstancias, debe ser resuelta, no por principios abs- * 
tractos, sino en vista de los datos presentes, pesados y 
apreciados por el tino político. He aquí el caso del res- . 
peto á los hechos consumados: conociendo bien su in- 
justicia, conviene no desconocer su fuerza; el no ata- 
carlos, no es sancionarlos. La obligación del legislador 
es atenuar el daño en cuanto cabe, pero no exponerse 
á agravarle, empeñándose en una reparación imposi- 
ble. Y, como es altamente dañoso á la sociedad el que 
grandes intereses permanezcan mal seguros, dudosos 
de su porvenir, conviene excogitar los medios justos 
que, sin envolver complicidad en el mal, prevengan 
los daños que podrían resultar de la situación incierta 
creada por la misma injusticia. 

Una política justa no sanciona lo inj isto; pero una - 
política cuerda no desconoce nunca la fuerza de los 
hechos. No los reconoce aprobando, no los acepta ha- 
biéndose cómplice; pero, si existen, si son indestructi- 
T. IV 19 



— 24 — 

l)les, los tolera; transigiendo con dignidad, saca de las*- 
situaciones difíciles el mejor partido posible, y procu- 

, ra hermanar los principios de eterna justicia con las- 
miras de conveniencia pública. No será difícil ilustrar 
este punto con un ejemplo que vale por muchos. Des- 
pués de los grandes males, de las enormes injusticias 
de la revolución francesa, ¿cómo era posible una com- 
pleta reparación? ¿En 1814 era dable volver á 1789? Vol- 
cado el trono, niveladas las clases, dislocada la pro- 
piedad, ¿quién era capaz de reconstituir el edificio an- 
tiguo? Nadie. 

Así concibo el respeto á los hechos consumados, que 
más bien debieran llamarse indestructibles. Y, para 
hacer más sensible mi pensamiento, lo presentaré bajo 
una forma bien sencilla. Un propietario que acaba de 
ser arrojado de sus posesiones por un vecino poderoso, 
carece de medios para recobrarlas. No tiene ni oro ni 
influencia, y la influencia y el oro sobran á su expo- 
liador. Si apela á la fuerza, será rechazado; si acude á 
los tribunales, perderá su pleito; ¿qué recurso le res- 
ta? Negociar para transigir, alcanzar lo que pueda, y 
resignarse con su mala suerte. Con esto queda dicho 

^ -todo: siendo de notar que á tales principios se acomo- 
dan los gobiernos. La historia y la experiencia nos en- 
señan que los hechos consumados se los respeta cuan- 
do son indestructibles; es decir, cuando ellos mismos 

. entrañan bastante fuerza para hacerse respetar; en otro 
caso, no. Nada más natural: lo que no se funda en de- 
recho, no puede apoyarse sino en la fuerza. (2) 



CAPITULO L^ I 



De lo dicho en los capítulos anteriores se infiere que- 
es lícito resistir con la fuerza á un poder ilegítimo. La- 
religión católica no prescribe la obediencia á los go- 
cemos de mero hecho; porque en el orden moral el 



— 25 — 

mero hecho es nada. Mas, cuando el poder es legítimo 
en sí, pero tiránico en su ejercicio, ¿es verdad que 
nuestra religión prohiba en todos los casos la resisten- 
cia física, de suerte que el deber de la no resistencia 
sea uno de sus dogmas? ¿En ningún supuesto, por nin- 
gún motivo, podrá ser lícita la insurrección? Á pesar 
de la eliminación de cuestiones que acabo de hacer, 
todavía es necesario distinguir de nuevo para fijar con 
exactitud el punto hasta que llega el dogma, y desde 
el cual empiezan las opiniones. 

En primer lugar: es cierto que un particular no tiene 
el derecho de matar al tirano por autoridad propia. En 
el concilio de Constanza, sesión 15, fué condenada 
como herética la siguiente proposición: «Cualquier va- 
sallo ó subdito puede y debe lícita y meritoriamente 
matar á un tirano cualquiera, hasta valiéndose de ocul- 
tas asechanzas, ó astutos halagos ó adulaciones, no 
obstante cualquier juramento ó pacto hecho con él, y 
sin esperar la sentencia ó el mandato de ningún juez.» 

«Quilibet tyrannus potest et debet licite et meritorie 
occidi per quemcumque vasallum suum vel subdi- 
tum, etiam per clanculares insidias, et subtiles blan- 
ditias vel adulationes, non obstante quocumque praes- 
tito iuramento, seu confoederatione factis cum eo,. 
non expectata sententia vel mandato iudicis cuius- 
cumque.» 

La proposición anterior, ¿condena toda especie de in- 
surrección? No. Habla de la muerte dada al tirano por 
un particular cualquiera; y no todas las resistencias la& 
hace un simple particular, y no en todas las insurrec- 
ciones se trata de matar al tirano. Lo que se hace con 
esta doctrina es cerrar la puerta al asesinato, ponien- 
do un dique á un sinnúmero de males que inundarían 
la sociedad, una vez establecido que cualquiera puede 
por su autoridad propia dar muerte al gobernante su- 
premo. ¿Quién se atreverá á culpar semejante princi- 
pio de favorable á la tiranía? La libertad de los pueblos 
no debe fundarse en el horrible derecho del asesinato; 
la defensa de los fueros de la sociedad no se ha de en- 



— 26 — 

comendar al pufial de un frenético. Siendo tan vastas 
y variadas las atribuciones del poder público, ha de 
acontecer por necesidad que con sus providencias 
ofenda repetidas veces á diferentes individuos. El hom- 
bre inclinado á exagerar y á vengarse, abulta fácilmen- 
te los daños que sufre; y, pasando de lo particular á lo 
universal, propende á mirar como á malvados á los que 
en algo le perjudican ó contrarían. Apenas recibe el 
menor agravio del que gobierna, clama desde luego 
contra lo insoportable de la tiranía; y la arbitrariedad 
real ó imaginada que contra él se comete, píntala como 
una de las infinitas que se ejercen, ó como el comien- 
zo de las que se quieren ejercer. Conceded, pues, á un 
particular cualquiera el derecho de matar al tirano; 
decid al pueblo que, para consumar lícita y meritoria- 
mente un acto semejante, no se necesita ni sentencia 
ni mandato de ningún juez: y, desde luego, veréis per- 
petrado con frecuencia el horrendo crimen. Los reyes 
más sabios, más justos y bondadosos, perecerán vícti- 
mas del hierro parricida, ó de la copa mortífera: sin 
dar ninguna garantía á la libertad de los pueblos, ha- 
bréis expuesto á formidables azares los más caros in- 
tereses de la sociedad. 

La Iglesia católica, haciendo esta solemne declara- 
ción, ha dispensado á la humanidad un inmenso be- 
neficio. La muerte violenta del que ejerce el supremo 
poder suele acarrear trastornos y efusión de sangre, 
provoca medidas de suspicaz precaución que degene- 
ran fácilmente en tiránicas; resultando que un crimen 
que se funda en el excesivo odio á la tiranía, contribu- 
ye á establecerla más arbitraria y cruda. Los pueblos 
modernos deben estar agradecidos á la Iglesia católica 
de haber asentado este principio santo y tutelar; quien 
no le aprecie en su justo valor, quien eche de menos 
las sangrientas escenas del imperio romano ó de la mo- 
narquía bárbara, muestra sentimientos muy bastardos 
é instintos muy feroces. 

Grandes naciones se han visto y se ven todavía en- 
tregadas á crueles zozobras, merced al olvido de e&ta 



máxima católica: la historia de los tres siglos últimos 
y \c experiencia del presente nos manifiestan que la 
auguslJ enseñanza de la Iglesia fué dada á los pueblos 
con alta previsión de los peligros que les amenazaban. 
No nay aquí adulación á los reyes, pues que no son 
ellos los únicos que se aprovechan de la doctrina: la 
proposición habla en general, y así están comprendi- 
das las demás personas que con un título cualquiera 
ejercen el poder supremo, sea cual fuere la forma de 
gobierno, desde el autócrata de las Rusias hasta el pre- 
sidente de la república más democrática. 

Es digno de notarse que en las constituciones mo- ' 
dernas salidas del seno de las revoluciones, se ha tri- 
butado, sin pensarlo, un solemne homenaje á la máxi- 
ma católica: en ellas se declara la persona del monarca ' 
sagrada é inviolable. ¿Qué significa esto sino la necesi- 
dad de ponerla bajo impenetrable salvaguardia? Acha- 
cabais á la Iglesia el haber escudado la persona de los 
reyes, y vosotros la declaráis inviolable; os burlabais 
de la ceremonia de* la consagración del rey, y vosotros, 
le declaráis sagrado. En los dogmas y disciplina de la 
Iglesia debían de estar entrañados, junto con eterna 
verdad, principios de bien alta política, cuando vos- 
otros os habéis visto precisados á imitarla; sólo que 
habéis presentado como obra de la voluntad de los 
hombres, lo que ella mostraba como obra de la volun- 
tad de Dios. 

Pero si el poder supremo abusa escandalosamente de 
sus facultades, si las extiende más allá de los límites 
debidos, si conculca las leyes fundamentales, persigue 
la religión, corrompe la moral, ultraja el decoro públi- 
co, menoscaba el honor de los ciudadanos, exige con- 
tribuciones ilegales y desmesuradas, viola el derecho 
de propiedad, enajena el patrimonio de la nación, des- 
membra las provincias, llevando sus pueblos á la igno-» 
minia y á la muerte, ¿también en este caso prescribe el 
Catolicismo obediencia? ¿también, veda el resistir? ¿tam- 
bién obliga á los subditos á mantenerse quietos, tran- 
quilos, como corderos entregados á las garras de bestia 



feroz? ¿Ni en los particulares, ni en las corporaciones 
principales, ni en las clases más distinguidas, ni en el 
cuerpo total de la república, en ninguna parte podrá 
encontrarse el derecho de oponerse, de resistir, des- 
pués de haber agotado todos los medios suaves, de re- 
presentación, de consejo, de aviso, de súplica? ¿Tam- 
bién en casos tan desastrosos, la Iglesia católica deja á 
los pueblos sin esperanza, á los tiranos sin freno? En 
tales extremos, gravísimos teólogos opinan que es líci- 
ta la resistencia; pero los dogmas de la Iglesia no des- 
cienden á estos casos; ella se ha abstenido de condenar 
ninguna de las opuestas doctrinas; en tan apuradas 
circunstancias la no resistencia no es un dogma. Jamás 
la Iglesia ha enseñado tal doctrina; guien sostenga lo 
contrario, que nos muestre una decisión conciliar ó 
pontificia que lo acredite. Santo Tomás de Aquino, el 
cardenal Belarmino, Suárez y otros insignes teólogos 
conocían á fondo los dogmas de la Iglesia; y, sin em- 
bargo, consultad sus obras, y, lejos de hallar en ellas 
esa enseñanza, encontraréis la opuesta. Y la Iglesia no 
los ha condenado; y no los ha confundido, ni con los 
escritores sediciosos que tanto abundaron entre los 
protestantes, ni con los modernos revolucionarios, 
eternos perturbadores de toda sociedad. Bossuet y 
otros autores de nota no piensan como Santo Tomás, 
Belarmino y Suárez; esto hace que la opinión contra- 
ria sea respetable, pero no se convierta en dogma. Pun- 
tos hay de la más alta importancia en que las opinio- 
nes del ilustre obispo de Meaux sufren contradicción; 
y sabido es que en este mismo caso de un exceso de ti- 
ranía, en otros tiempos se reconocieron en el Papa fa- 
cultades que le niega Bossuet. 

El abate de Lamennais, en su impotente y obstinada 
resistencia á la Sede Romana, ha recordado estas doc- 
trinas de Santo Tomás y otros teólogos, pretendiendo 
que condenarle á él era condenar escuelas hasta ahora 
muy respetadas y tenidas por intachables. [Affaires de 
Rome.) El abate Gerbet, en su excélente impugnación 
de los errores de Lamennais, ha observado muy jui- 



— 29 — 

iosamente que el Sumo Pontífice reprobando las doc- 
trinas modernas había intentado cortar el renuevo de 
los errores de Wicleff; que al tiempo de la condenación 
de este heresiarca eran bien conocidas las doctrinas de 
Santo Tomás y demás teólogos, y que, sin embargo, 
nadie las había creído envueltas en ella. El ilustre im- 
pugnador creyó que esto bastaba para quitar al abate 
de Lamennais el escudo con que procuraba defender y 
ocultar su apostasía; y por este motivo se desentendió 
de un cotejo de ambas doctrinas. Efectivamente, á los 
ojos de todo hombre juicioso es suficiente esta refle- 
xión para convencerse de que las doctrinas de Santo 
Tomás en nada se parecen á las de M. de Lamennais; 
pero tal vez no será inútil presentar en breves pala- 
bras ese importante parangón; pues en los tiempos que 
corren, y en tales materias, es muy conveniente saber, 
no sólo que semejantes doctrinas discrepan, sino tam- 
Jbián en qué discrepan. 

La teoría de Lamennais puede compendiarse en los 
términos siguientes: igualdad de naturaleza en todos 
los hombres; y como consecuencias necesarias: 1.*, 
igualdad de derechos, comprendiendo en ellos los po- 
líticos; 2.', injusticia de toda organización social y po- 
lítica en que no existe esta completa igualdad, como 
se verifica en Europa y en todo el universo; 3.', conve- 
niencia y legitimidad de la insurrección para destruir 
los gobiernos y cambiarla organización social; 4.*, tér- 
mino del progreso del linaje humano: la abolición de 
todo gobierno. 

Las doctrinas de Santo Tomás sobre estos puntos se 
reducen á lo siguiente: Igualdad de naturaleza en todos 
los hombres; es decir, igualdad de esencia, pero salvas 
las desigualdades de las dotes físicas, intelectuales y 
morales: igualdad de todos los hombres ante Dios; es 
decir, igualdad de origen en ser todos criados por Dios; 
igualdad de destinos en ser todos criados para gozar 
de Dios, igualdad de medios en ser todos redimidos 
por Jesucristo, en poder recibir todos las gracias de 
Jesucristo, pero salvas las desigualdades que en los 



— 30 — 

grados de gracia y gloria le pluguiere al Señor esta- 
blecer. 1.** Iguuldad de derechos sociales y políticos. Im« 
posible, según el santo Doctor; antes bien, utilidad y 
legitimidad de ciertas jerarquías; respeto debido á las- 
establecidas por las leyes; necesidad de que unos man- 
den y otros obedezcan; obligación de vivir sumiso al 
gobierno establecido en el país, sea cual fuere su for- 
ma; preferencia dada al monárquico. 2.** Injusticia de 
toda organización social y política en que no existe esta 
igualdad. Error opuesto á la razón y á la fe. Antes al 
contrario, la desigualdad, fundada en la misma natu- 
raleza del hombre y de la sociedad; y, si es efecto y 
castigo del pecado original en lo que tiene á veces de 
injusto ó dañoso, no obstante, hubiera existido hasta 
en el estado de inocencia. 3.° Conveniencia y legitimi- 
dad de la insurrección para destruir los gobiernos y cam- 
inar la organización social. Opinión errónea y funesta. 
Sumisión debida á los gobiernos legítimos; convenien- 
cia de sufrir con longanimidad aun á los que abusen 
de sus facultades; obligación de agotar todos los recur- 
sos de súplica, de consejo, de representación, antes de 
apelar á otros medios; empleo de la fuerza, sólo en ca- 
sos muy extremos, muy raros, y todavía con muchas 
restricciones, como veremos en su lugar. 4.* Término 
del progreso del linaje humano: la abolición de todo go- 
bierno. Proposición absurda, sueño irrealizable. Nece- 
sidad de gobierno en toda reunión; argumentos fun- 
dados en la naturaleza del hombre: analogías sacadas 
del cuerpo humano, del orden mismo del universo. 
Existencia de un gobierno hasta en el estado de la ino- 
cencia. 

He aquí las doctrinas; comparad y juzgad. Imposible 
me es aducir los textos del Santo; ellos solos llenarían 
el volumen. Sin embargo, si alguno de los lectores de- 
sea informarse por sí mismo, á más de los trozos in- 
sertados en el tomo 3." y de los que insertaré en éste, 
puede leer todo el opúsculo De regimine principum, los 
comentarios sobre la Carta á los Romanos, y los luga- 
res de la Suma en que el santo Doctor trata del alma,. 



— 31 ~ 

déla creación del hombre, del estado de inocencia, de^ 
los ángeles y sus jerarquías, del pecado original y sus 
efectos, y muy particularmente el precioso tratado de 
las Leyes y el de Justicia, donde discute el origen del 
derecho de propiedad, y del de castigar. Quien así lo 
haga, se quedará convencido de la verdad y exactitud 
de cuanto acabo de decir; y de que, al defender M. de 
Lamennais sus desvarios, anduvo muy desacertado' 
cuando se empeñó en hacer cómplices de su apostasía 
á escritores insignes, á santos que veneramos sobre los 
altares. 

Como en las materias graves y delicadas la confu- 
sión trae el error, los enemigos de la verdad tienen 
un interés en derramar tinieblas, en sentar proposi- 
ciones generales, vagas, susceptibles de mil sentidos; 
entonces buscan con ansia un texto que sea favorable 
á alguna de las muchas interpretaciones posibles, y 
dicen ufanos: «Ved con cuánta injusticia nos conde- 
náis; ved cuan ignorantes sois; lo que nosotros deci- 
mos, lo habían dicho siglos ha los doctores más insig- 
nes y acreditados.» 

El abate de Lamennais debió de contar mucho con 
la credulidad de sus lectores, cuando quiso darles á 
entender que en Roma no había una buena alma que- 
advirtiese al Papa que, al condenar las doctrinas del 
apóstol de la revolución,'condenaba con él al Ángel de 
las escuelas, y á otros teólogos insignes. Es regular 
que M. de Lamennais los había leído muy de prisa, y 
á trozos; y en Roma son muchos los que han consu- 
mido una larga vida en estudiarlos. 

Conocidas son las fogosas declamaciones de Lulero,. 
Zuinglio, Knox, Jurieu y otros corifeos del Protestan- 
tismo para levantar á los pueblos contra sus príncipes, 
y Jas violentas y groseras invectivas que contra éstos 
se permitían, para enardecer á la muchedumbre; se- 
mejante extravío lo contemplan con horror los católi- 
cos. De la propia suerte miran con espanto la anár- 
quica doctrina de Rousseau, cuando asienta que <das 
cláusulas del contrato social son de tal manera deter- 



— 32 — 

minadas por la naturaleza del acto, que la menor mo- 
dificación las haría í?¿^;^¿^5 y í?^ w¿?íy?^?i ^/(?í?¿o 

volviendo cada cual á sus derechos primitivos, y á su 
libertad natural» (Contrato Social, lib. 1, cap. 6.) Las 
doctrinas de los teólogos citados no encierran ese ger- 
men fecundo de insurrecciones y desastres; pero tam- 
poco se muestran tímidos y pusilánimes para cuando 
llega el último extremo. Predican el sufrimiento, la 
paciencia, la longanimidad; pero hay un punto en que 
dicen basta: no aconsejan la insurrección, pero tam- 
poco la prohiben; en vano se les exigiría que para ca- 
sos tan extremos predicasen la obligación de la rio re- 
sistencia como una verdad dogmática. Lo que no cono- 
-cen como dogma, no pueden enseñarlo como tal á los 
pueblos. No es suya la culpa si estalla la tormenta, si 
se levantan bramando las olas, sin que pueda apaci- 
guarlas otra mano que la del Señor que 'cabalga los 
aquilones y domeña la tempestad. 

Durante muchos siglos se profesó y practicó en Eu- 
ropa una doctrina que ha sido muy criticada por los 
que no acertaron á comprenderla. La intervención de 
la autoridad pontificia en las desavenencias entre los 
pueblos y los soberanos, ¿era, por ventura, otra cosa 
que el cielo viniendo como arbitro y juez á poner fin á 
las discordias de la tierra? 

La potestad temporal de los Papas sirvió admirable- 
mente á los enemigos de la Iglesia para meter ruido y 
declamar contra Roma; pero esto no quita que sea un 
hecho histórico, y un fenómeno social que ha llenado 
de admiración á los hombres más insignes de los tiem- 
pos modernos, contándose entre ellos algunos protes- 
tantes. 

En la Sagrada Escritura se encarga á los siervos que 
obedezcan á sus señores, aunque sean díscolos; peco, 
lo más que puede inferirse de aquí, extendiendo estas 
palabras al orden civil, es que un príncipe, por ser 
malo, no pierde el dominio sobre sus subditos, conde- 
nándose anticipadamente el error de los que hacían 
^depender el derecho de mandar de la santidad de la 



— 33 — 

persona que lo poseía. Este principio es anárquico, in- 
^compatible con la existencia de toda sociedad; porque, 
una vez establecido, queda la potestad incierta y üuc- 
tuante, dejándose ancha puerta á los perturbadores 
para declarar decaído de la misma al que les pluguiere 
mirar como culpable. Pero la cuestión que ventilamos 
•es muy diferente; y la opinión de los expresados teó- 
logos nada tiene que ver con semejante error. Tam- 
bién ellos dicen que se ha de obedecer á los príncipes, 
aunque sean díscolos; también condenan la insurrec- 
ción que no tiene otro pretexto que los vicios de las* 
personas que ejercen el poder supremo; tampoco ad- 
miten que un abuso cualquiera de la autoridad sea 
bastante á legitimar la resistencia; pero no creen con- 
tradecir al Sagrado Texto, cuando admiten que en ca- 
sos extremos es lícito oponer un valladar á los desma- 
nes de un tirano. 

«Si los gobernantes, por ser malos, no pierden la 
potestad, ¿cómo se concibe que sea lícito resistirles?» 
No lo será, ciertamente, en lo que mandan dentro del 
círculo de sus facultades; pero, cuando se extralimi- 
tan, sus mandatos, como dice Santo Tomás, más bien 
son viole?icias que leí/es. 

«Al poder supremo, nadie puede juzgarlo»; esto es ^ 
verdad, pero sobre él están los principios de razón, de 
moral, de justicia, de religión; por ser supremo, no 
deja de estar obligado á cumplir lo prometido, á ob- > 
servar lo jurado. No se forman las sociedades con el 
soñado pacto de Rousseau; pero existen, en ciertos ca- 
sos, verdaderos pactos entre los príncipes y los pue- 
blos, de los cuales no pueden apartarse ni éstos ni 
aquéllos. En la famosa Proclamación católica á la ma- 
jestad piadosa de Felipe el Grande^ rey de las Españas y 
emperador de las Indias, por los Concelleres y Consejo de 
Ciento de la ciudad de Barcelona, en 1640, en una época 
tan profundamente religiosa, que los concelleres ale- 
gan, como alto timbre de gloria, el culto de la fe cató- 
lica de los catalanes, la devoción catalana á la Virgen 
-nuestra Seíiora, y al Santísimo Sacramento, en aquella 



- 34 — 

misma época que el orgullo y la ignorancia apellidan 
de fanatismo y degradación servil, decían nuestros^ 
concelleres al monarca: «Además de la obligación ci~ 
Yíl (hablan de los usajes, constituciones y actos de- 
Gorte de Cataluña), obligan en conciencia, y su rom- 
pimiento sería pecado mortal: porque no le es lícito al 
príncipe contravenir al contrato: libremente se hace, 
pero ilícitamente se provoca: aunque nunca estuviese 
sujeto á las leyes civiles, lo está á la razón. Y aunque 
es señor de leyes, no lo es de contratos que hace con 
sus vasallos; pues en este acto es particular persona, 
y el vasallo adquiere igual derecho, porque el pacta 
ha de ser entre iguales. Y así como el vasallo no pue- 
de lícitamente faltar á la fidelidad de su señor, ni éste 
tampoco á lo que prometió con pacto solemne, antes 
menos se ha de presumir el rompimiento de parte del 
príncipe. Si la palabra real ha de tener fuerza de ley, 
más firmeza pide la que se da en contrato solemne.» 
(Proclamación católica, § 27.) Los cortesanos impelían 
al monarca á echar mano de la fuerza para hacer en- 
trar en el orden á los catalanes; el ejército de Castilla 
estaba aparejándose para penetrar en el Principado; y 
en tan apurado trance, después de agotados los medios 
de representación y de súplica, se expresan los conce- 
lleres en estos términos: «Últimamente, pueden tanto 
las persuasiones continuas de los que aborrecen con 
odio interminable á los catalanes, que no sólo han 
procurado desviar de la rectitud y equidad de V. M. los 
medios propuestos de la paz y sosiego que debían ser 
admitidos, siquiera para experimentarlos; pero, para 
llegar al cabo de la malicia, proponen á V. M. como- 
obligación forzosa que se prosiga en la opresión del 
Principado, acudiendo á él con ejército, para entre- 
garle libremente el antojo de soldados de saco y pilla- 
je universal; exponiéndole á que pueda decir (si no- 
tuviera atendencia al amor y fidelidad que á V. M. ha 
tenido, tiene y tendrá siempre) que en virtud de tanto- 
rompimiento de contrato le dan por libre, cosa que ni 
la provincia lo imagina, antes ruega á Dios no la per- 



— 35 — 

mita. Y como el Principado sabe por experiencia que 
.^stos soldados no tienen respeto ni piedad á casadas, 
vírgenes inocentes, templos, ni al mismo Dios, ni á las 
imágenes de los santos, ni á lo sagrado de los vasos de 
la iglesia, ni al Santísimo Sacramento del altar, que se 
ha visto este año dos veces á las llamas, aplicadas por 
estos soldados, está 'puesto umversalmente en armas, 
para defender (en caso tan apretado, urgente y sin espe- 
ranzas de remedio) la hacienda, la vida, la honra, la li- 
bertad, la patria, las leyes, y, sobre todo, los templos san- 
tos, las imágenes sagradas y el Santísimo Sacramento del 
altar, sea por siempre alabado, que en semejantes casos, 
los sagrados teólogos sienten, no sólo ser lícita la defensa, 
pero también la ofensa para prevenir el daño; siendo licito 
el ejercicio de las armas, desde el seglar al religioso, pu- 
diendo y aun debiendo contribuir con bienes seglares y 
eclesiásticos, y por ser esta causa universal pueden unirse 
v/ confederarse los invadidos, y hacer Juntas para ocurrir 
con prudencia á estos daTios.» (§ 36) 

Así se hablaba á los monarcas en un tiempo en que 
la religión preponderaba sobre todo; y no sabemos que 
las doctrinas de los concelleres, quienes, conforme al 
estilo de la época, tuvieron cuidado de acotar los pa- 
rajes de donde las sacaban, fuesen condenadas por he- 
réticas. Sería la más insigne mala fe el confundirlas 
con las de muchos protestantes y revolucionarios mo- 
dernos; basta dar una ojeada sobre esa clase de escritos 
para conocer desde luego la diferencia de principios y 
de intenciones. 

Los que sostienen que en ningún caso, por extremo 
que se imagine, aunque se trate de lo más precioso y 
sagrado, es lícito resistir á la potestad civil, creen afir- 
mar el trono de los reyes, y de éstos hablan casi siem- 
pre; pero deberían advertir que su doctrina se extien- 
de también á todos los poderes supremos, en todas las 
formas de gobierno. Porque los textos de la Sagrada 
Escritura que recomiendan la obediencia á las potes- 
tades, no se refieren únicamente á los reyes, sino que 
hablan de las potestades superiores en general, sin ex- 



~ 36 — 

capción, sin distinciones; luego al presidente de una 
república tampoco se le podría resistir en ningún caso* 
Se dirá que el presidente tiene determinadas sus fa- 
cultades; pero, ¿acaso no las tiene determinadas un 
monarca? Hasta en los gobiernos absolutos, ¿por ven- 
tura no existen leyes que marcan los límites de ellas?" 
¿No es ésta la distinción que señalan continuamente 
los defensores de la monarquiaf cuando rechazan la 
mala fe de sus adversarios, que se empeñan en con- 
fundirla con el despotismo"} «Pero, se replicará, el pre- 
sidente de una república es temporal»; ¿y si fuera 
perpetuo? Además, el ser las facultades más ó menos 
duraderas, no las hace mayores ni menores. Si un con- 
sejo, si un hombre, si una familia, son revestidos de 
tal ó cual derecho, en fuerza de esta ó aquella ley, con 
estas ó aquellas limitaciones, con ciertos pactos, con 
ciertos juramentos, el consejo, el hombre, la familia, 
están obligados á lo pactado, á lo jurado, sean las fa- 
cultades más ó menos grandes, y la duración limitada 
ó perpetua. Éstos son principios de derecho natural, 
tan ciertos, tan sencillos, que no consienten difi- 
cultad. 

Hasta los teólogos adictos al Sumo Pontífice enseñan 
una doctrina que conviene recordar, por la analogía 
que tiene con el punto que estamos examinando. Sa- 
bido es que el Papa, reconocido como infalible cuando 
habla ex cathedra^ no lo es, sin embargo, como perso- 
na particular, y en este concepto podría caer en here- 
jía. En tal caso, dicen los teólogos que el Papa perde- 
ría su dignidad; sosteniendo unos que se le debería 
destituir, y afirmando otros que la destitución queda- 
ría realizada por el mero hecho de haberse apartado 
de la fe. Escójase una cualquiera de estas opiniones, 
siempre vendría un caso en que sería lícita la resis- 
tencia; y esto, ¿por qué? Porque el Papa se habría des- 
viado escandalosamente del objeto de su institución, 
conculcaría la base de las leyes de la Iglesia, que es el 
dogma, y, por consiguiente, caducarían las promesas y 
juramentos de obediencia que se le habrían prestado.- 



- 37 — 

Spedalieri, al proponer este argumento, observa quer 
..o son ciertamente de mejor condición los reyes que 
los Papas, que á unos y á otros les ha sido concedida 
la potestad in aedi/icationem, non in destructionem; aña- 
diendo que, si los Sumos Pontífices permiten esta doc- 
trina con respesto á ellos, no deben ofenderse de la 
misma los soberanos temporales. 

Es cosa peregrina el observar el celo monárquico con 
que los protestantes y los filósofos incrédulos incul- 
pan á la religión católica, porque se ha sostenido en 
su seno que en ciertos casos pueden los subditos que- 
dar libres del juramento de fidelidad; mientras otros 
de las mismas escuelas le echan en cara el apoyo que 
presta al despotismo, con su detestable doctrina de la 
no resistencia, como se expresa el doctor Beattie. Lo 
'potestad directa, la indirecta, la declaratoria de los Pa- 
pas, han servido admirablemente para asustar á loi? 
reyes; los principios j9e%ro5os de las obras teológicaí: 
eran un excelente recurso para gritar alarma, y hacer 
que se mirase al Catolicismo como un semillero de 
máximas sediciosas. Sonó la hora de las revoluciones, 
las circunstancias cambiaron, las necesidades fueron 
otras, á ellas se acomodó el lenguaje. Los católicos, 
antes sediciosos y tiranicidas, fueron declarados fau- 
tores del despotismo, rastreros aduladores de la potes- 
tad civil; antes los jesuítas, de acuerdo con la infernal 
política de la Corte de Roma, andaban minando todos, 
los tronos, para levantar sobre sus ruinas la monar- 
quía universal del Papa; el hilo de la horrible trama 
fué cogido; y fortuna, porque, de no, al cabo de poco, 
el mundo hubiera sufrido un cataclismo espantoso. 
Vivían aún los jesuítas expulsados, y expiaban sus 
crímenes en el destierro, cuando, estallando la revolu- 
ción francesa, preludio de tantas otras, se mudó de re- 
pente la faz de los negocios. Los protestantes los in- 
crédulos, los amigos de la antigua disciplina, y celosos 
adversarios de los abusos de la curia romana, conocieron 
á fondo la nueva situación, se identificaron con ella; 
desde entonces los jesuítas, los católicos, el Papa, y» 



— 38 - 

no fueron sediciosos ni tiranicidas, sino maquiavéli- 
cos sostenedores de la tiranía, enemigos de los dere- 
chos y libertad del pueblo; así como antes se había 
descubierto la liga de los jesuítas con el Papa para es- 
tablecer la teocracia universal, así ahora se descubrió, 
merced á las indagaciones de filósofos superiores y de 
cristianos severos é incorruptibles, se descubrió el pacto 
nefando del Papa con los reyes, para oprimir, envilecer, 
degradar á la mísera humanidad. 

¿Queréis descifrado el enigma? Helo aquí en pocas 
palabras. Guando los reyes son poderosos, cuando rei- 
nan seguros sobre sus tronos, cuando la Providencia 
retiene encadenadas las tempestades, y el monarca le- 
7anta al cielo su frente orgullosa, y manda á los pue- 
blos con ademán altivo, la Iglesia católica no le adula: 
«eres polvo, le dice, y al polvo volverás; el poder no 
se te ha dado para destruir, sino para edificar; tus fa- 
'Cultades son muchas, pero no carecen de límites; Dios 
es tu juez, como del más ínfimo de tus vasallos.» En- 
tonces la Iglesia es tachada de iosolencia; y si algunos 
teólogos se atreven á desentrañar el origen del poder 
civil, á señalar con generosa libertad los deberes á que 
está sujeto, y á escribir sobre el derecho público, con 
prudencia, pero sin servilismo, los católicos son sedi- 
<íiosos. Estalla la tempestad, los tronos caen, la revo- 
lución manda, derrama á torrentes la sangre de los 
pueblos, troncha cabezas augustas, todo en nombre de 
la libertad; la Iglesia dice: «esto no es libertad, esto es 
una serie de crímenes; jamás la fraternidad y la igual- 
dad por mí enseñadas, fueron vuestras orgías y guillo- 
tinas»: entonces la Iglesia es vil lisonjera, y en sus pa- 
labras y en sus hechos se ha revelado indudablemente 
que el sumo pontificado era el áncora más segara de 
los déspotas, se ha probado que la curia romana se ha- 
bía comprometido en el pacto nefando. (3) 



— i!» - 



CAPITULO LVII 



Ya hemos visto cuál ha sido la conducta de la reli- 
¿rión cristiana con respecto á la sociedad; es decir, que, 
:uidando muy poco de que fueran éstas ó aquellas las 
formas políticas establecidas en el país, se dirigía siem- ^ 
pre al hombre, procurando iluminar su entendimien- 
to y puriücar su corazón: bien segura de que, logrados 
t'stos objetos, naturalmente seguiría la sociedad un 
rumbo acertado. Esto debiera ser bastante para vindi- 
carla del cargo que se le ha pretendido achacar, lla- 
mándola enemiga de la libertad de los pueblos. 

Siendo innegable que el Protestantismo no ha reve- 
lado al mundo ningún dogma por el cual se manifes- 
taran ni mayor dignidad del hombre, ni nuevos moti- 
vos de consideración y respeto, y demás estrechos 
lazos de fraternidad, no puede la Reforma pretender 
que por su impulso hayan adelantado en nada las na-' 
clones modernas; y, por tanto, no puede tampoco ale- 
gar en esta parte ningún título que la haga acreedora 
á la gratitud de los pueblos. Pero, como acontece á 
menudo que, menospreciando el fondo de las cosas, se 
hace mucho caso de apariencias; y como se ha dicho 
que el Protestantismo se avenía mejor que el Catoli- 
cismo con aquellas instituciones que suelen conside- 
rarse como garantías de mayor grado de libertad, será 
menester no esquivar el parangón; ya que hacer lo 
contrario sería desentenderse del espíritu del siglo, y 
manifestar recelos de que el Gatolicism® no puede sa- 
lir airoso de semejante cotejo. 

Observaré, en primer lugar, que los que miran el 
Protestantismo como inseparable de las libertades pú- 
blicas, tienen por contrario al mismo Guizot, á quien 
seguramente no puede achacarse que escasee de sim- 
patías por la Reforma. «En Alemania, dice este celebra 
T. IV to 



- 40 - 

publicista, lejos de demandar las instituciones libres^ 
no diré que aceptase la servidumbre, pero tío se quejó- 
mendo que desaparecía la libertad.» (Historia general dt 
la civilización europea. Lección 12.) 

He citado á Guizot, porque, como estamos tan acos- 
tumbrados á traducir, y se ha pretendido imbuirnos 
en la opinión de que los españoles no servimos sino 
para creer á ciegas lo que nos dicen los extranjeros, es- 
menester que en tratando de cuestiones graves eche 
uno mano de autoridad extranjera; del contrario, me- 
diaría el riesgo de ser motejado el atrevido escritor de 
ignorante y atrasado. Además, que para ciertos publi- 
cistas la autoridad de M. Guizot será decisiva; porque 
en algunas de las producciones que han visto la luz 
pública con pretensiones de filosofía de la historia, se 
conoce á la legua que el libro de texto de sus autores 
han sido las obras del escritor francés. 

¿Qué es lo que hay de verdadero ó de falso, de exac- 
to ó inexacto en la aserción que enlaza el Protestantis- 
mo con la libertad? ¿Qué nos dicen sobre esto la histo- 
ria y la filosofía? ¿El Protestantismo hizo adelantar á 
los pueblos, contribuyendo al establecimiento y des- 
arrollo de las formas libres? 

Para colocar la presente cuestión en su terreno pro- 
pio y desenvolverla cumplidamente, es necesario fijar 
la vista sobre la situación de Europa á fines del siglo xv 
y principios del xvi. Es indudable que avanzabun rápi- 
damente hacia la perfección el individuo y la sociedad; 
pues que así lo indican el asombroso desarrollo de la 
inteligencia, el planteo de muchas mejoras, el anhelo 
de otras nuevas, y la ventajosa organización que se iba 
introduciendo en todos los ramos; organización que, 
si bien dejaba mucho que desear, era tal, sin embargo, 
que por cierto no podía comparársele la de los tiempos 
anteriores. 

Observando atentamente la sociedad de aquella épo- 
ca, ora nos atengamos á lo que nos revelan los escritos, 
ora reparemos en los acontecimientos que se iban rea- 
lizando, notaremos cierta inquietud, cierta ansiedad. 



— 41 — ^ 

cierta fermentación, que, al paso que indican la exis- 
tencia de grandes necesidades todavía no satifechas, 
muestran también que había un conocimiento bastan- 
te claro de ellas. Lejos de descubrirse en el espíritu 
del hombre, ni descuido de sus intereses, ni olvido de 
sus derechos y dignidad, ni apocado desaliento á la 
vista de los obstáculos y dificultades, échase de ver 
que abundaba de previsión y cautela, que estaba seño- 
reado por pensamientos elevados y grandiosos, que re- 
bosaba de sentimientos nobles, que latía en su pecho 
un corazón intrépido y brioso. 

Grande era á la sazón el movimiento de la sociedad 
europea, contribuyendo á ello tres circunstancias muy 
notables: el entrar en el orden civil la masa total de los v 
hombres, resultado necesario del desaparecimiento de 
la esclavitud, y de la agonía en que estaba ya el feu- 
dalismo; el carácter mismo de la civilización, en la que 
todo marchaba junto y de frente; y, por fin, la exis- 
tencia de un medio que aumentaba incesantemente la 
extensión y velocidad, cual era la imprenta. Si quisié- 
ramos valemos de una expresión físico-matemática 
que por su analogía viene aquí muy á propósito, diría- 
mos que la cantidad def movimiento había de ser muy 
grande, porque, siendo ésta el producto de la masa por ^ 
la velocidad, eran á la sazón muy grandes, tanto la 
masa como la velocidad. 

Este poderoso movimiento, que traía su origen de 
un bien, que en sí era un bien, y que se encaminaba á 
un bien, andaba, no obstante, acompañado de incon- 
venientes y peligros; al paso que inspiraba halagüeñas 
esperanzas, no dejaba de infundir recelos y temores. 
Era la Europa un pueblo viejo; pero entonces puede « 
decirse que se había remozado. Sus inclinaciones y 
necesidades la impulsaban á grandes empresas; y lan- 
zábase á ellas con el ardimiento y osadía del joven fo- 
goso é inexperto que siente latir en su pecho un cora- 
zón grande, y oscilar en su despejada frente la centella 
del genio. 

A la vista de situación semejante, ocurre desde luego 



- 42 — 

que había un gran problema que resolver, y era: en- 
contrar los medios más á propósito para que, sin em- 
hargav el movimiento de la sociedad, se la pudiese 
dirigir por un camino que la apartara de precipicios y 
la condujera al término donde encontrase lo que forma 
el objeto de sus deseos: inteligencia, moralidad^ felici- 
dad. Basta dar una ojeada á ese problema para asom- 
brarse de su inmensa magnitud: tantos son los obje- 
tos á que se extiende, las relaciones que abarca, los 
obstáculos y dificultades que encierra, Al contem- 
plarle con atención, comparándole con la debilidad 
del hombre, como que el ánimo se siente desalentado 
y abatido. 

Pero el problema existía, y no como objeto de espe- 
culación científica, sino como una verdadera necesi- 
dad, y necesidad urgente, apremiadora. En tales casos 
las sociedades hacen lo mismo que el individuo: cavi- 
lan, ensayan, tantean, forcejan por salir del paso del 
mejor modo posible. 

El estado civil de los hombres iba mejorándose cada 
día; mas, para conservar esas mejoras y llevarlas á 
perfección, era necesario un medio: he aquí el proble- 
ma de las formas políticas. ¿Guales debían ser éstas? y, 
ante todo, ¿de qué elementos podía disponerse? ¿cuál 
era su respectiva fuerza, cuáles sus tendencias, rela- 
ciones y afinidades? ¿Cómo debía hacerse la combina- 
ción? 

Monarquía, aristocracia, democracia: he aquí tres po- 
deres que se presentaban juntos, para disputársela 
dirección y el mando de la sociedad. Por cierto que no 
eran enteramente iguales, ni en fuerzas, ni en medios 
de acción, ni en inteligencia para aplicarlos; pero, to- 
dos eran respetables, todos tenían pretensiones de al- 
canzar predominio más ó menos decisivo; y ninguno 
carecía de probabilidades de triunfo. Esta simultanei- 
dad de pretensiones, esta rivalidad de tres poderes tan 
diferentes en su origen, naturaleza y objeto, forma 
uno de los caracteres más distintivos de aquelhi época, 
es como la clave para explicar buena parte de los prin- 



- 43 -- 

cipales acontecimientos, y, á pesar de la variedad de 
aspectos con que se presenta, puede señalarse como 
UQ hecho general que se realizaba en todos los pueblos 
de Europa que habían entrado en el camino de la civi- 
lización. 

Aun antes de internarnos más en la materia, la sola 
indicación de tal hecho sugiere la reflexión de que 
debe de ser muy falso que el Catolicismo entrañe ten- 
dencias contrarias á la verdadera libertad de los pue- 
blos; pues que la civilización europea, que por tantos 
siglos había estado bajo la influencia y tutela de esta 
religión, no ofrecía ningún principio de gobierno do- 
minando de una manera exclusiva. 

Tiéndase la vista por toda Europa, y no se verá un 
solo país en qu« no se verifique el mismo hecho: en 
España, en Francia, en Inglaterra, en Alemania, ora 
bajo el nombre de Cortes, ora de Estados Generales, 
ora de Parlamentos ó Dietas; por todas partes lo mis- 
mo, con solas aquellas modificaciones que no podían 
menos de llevar consigo las circunstancias de cada 
país. Lo que hay aquí de muy notable es que, si se ve- 
rifica alguna excepción, es en favor de la libertad; y 
icosa singular! esto sucede cabalmente en Italia, es de- 
cir, allí donde se había sentido más de cerca la influen- 
cia pontificia. 

En efecto: nadie ignora los nombres de las repúbli- 
cas de Genova, Pisa, Sena, Florencia y Venecia; nadie 
ignora que la Italia era el país donde parecían encon- 
trar más elementos las formas populares, hallando 
aplicación en aquella península, cuando en otras iban 
ya perdiendo terreno. No quiero yo decir que las repú- 
blicas italianas fuesen un modelo que debiera ser imi- 
tado por los demás pueblos de Europa; y no se me 
oculta que aquellas formas de gobierno traían consigo 
gravísimos inconvenientes; pero ya que tanto se apela 
á espíritu y tendencias^ ya que tanto se quiere achacar 
á la religión, católica afinidad con el despotismo, y á 
los Papas afición á oprimir, bueno será recordar estos 
hechos que pueden esparcir algunas dudas sobre las 



- 44 — 

aserciones que con tono tan magistral se nos presen- 
tan como dogmas filosófico-históricos. Si la Italia con- 
servó su independencia, á pesar de los esfuerzos que, 
para arrebatársela, hicieron los emperadores de Ale- 
mania, debiólo, en gran parte, á la firmeza y energía 
de los Papas. 

Para comprender á fondo las relaciones del Catoli- 
cismo con las instituciones políticas, averiguar hasta 
qué punto haya tenido afinidad con éstas ó aquéllas, y 
formar cabal concepto del influjo que en esta parte 
ejerció el Protestantismo sobre la civilización europea» 
es menester examinar detenidamente y por separado 
cada uno de los elementos que se disputaban la pre- 
ponderancia; y, entrando después á examinarlos en 
sus relaciones, alcanzaremos, en cuanto cabe, lo que 
venía á ser aquel informe complexo. 

Cada uno de estos tres elementos puede considerarse 
de dos maneras: ó bien atendiendo á las ideas que so- 
bre ellos se tenían á la sazón, ó bien á los intereses 
que los mismos representaban, y juego que en la so- 
ciedad ejercían. Es necesario pararse mucho en esta 
distinción, porque, de otra manera, se padecerían ca- 
pitales equivocaciones. En efecto: no siempre marcha- 
ron de frente las ideas que se tenían sobre un principio 
de gobierno, con los intereses por él representados y 
con el papel por el mismo ejercido, y, aunque se deja 
bien entender que esos extremos debían de tener entre 
sí muy estrechas relaciones, y que no podían subs- 
traerse á efectiva y recíproca influencia, no es por ello 
menos cierto que son muy diferentes entre sí, y que 
su diferencia da origen á consideraciones muy varias, 
y representa la cosa desde puntos de vista nada pare- 
cidos. 



tf> 



CAPITULO LVIII 



Monarquía. La idea de monarquía permaneció 
«iempre en el seno de la sociedad europea, hasta en 
los tiempos en que tuvo menos aplicación, y es nota- 
ble que, aun cuando se la desvirtuaba y anonadaba en* 
la práctica, se la conservaba robusta en teoría. La na- 
turüleza del objeto representado por esa idea no puede 
decirse que fuera para nuestros mayores una cosa en- 
teramente fija; pues que mal podía serlo, cuando las 
continuas variaciones y mudanzas que en ella veían, 
no debía de permitirles que se formasen un concepto 
bien determinado y exacto. No obstante, si damos una 
Ijeada á los códigos en los lugares en que tratan de la 
monarquía, y á los escritos que con respecto á ella se 
han conservado, echaremos de ver que las ideas sobre 
este punto estaban más determinadas de lo que pu- 
^lierít creerse. 

Estudiando con atenta observación el curso del pen- 
samiento en aquellas épocas, se advierte que, en ge- 
neral, los hombres estaban muy faltos de espíritu v 
analítico, y que su saber consistía más en erudición ■ 
que en filosofía: por manera que apenas saben dar un , 
paso que no sea al apoyo de un sinnúmero de autori- 
dades. Este gusto por la erudición, que se descubre á 
la primera ojeada en aquellas páginas que son un teji- 
do de citas, y que debió de ser muy natural, pues que 
fué tan general y duradero, produjo bienes de gran 
cuantía: no siendo el menor el que de este modo se es- 
labonó la sociedad moderna con la antigua, se conser- 
varon muchos monumentos que sin tal afición se ha- 
brían perdido, y se desenterraron otros que hubieran 
sido víctimas del polvo. Pero, en cambio, acarreó tam- 
bién muchos males, y, entre ellos, el de ahogar el' 
pensamiento, no permitiéndole abandonarse á sus ins- ' 



— 46 — 

piraciones propias, que, á decir verdad, en algunos- 
punlos hubieran sido quizás más felices que las de Ios- 
antiguos. 

Gomo quiera, el hecho es así; y, observándole con 
respecto á la materia que nos ocupa, notaremos que 
las ideas sobre la monarquía eran un cuadro en que 
figuraban á la vez los reyes del pueblo judío y los em- 
peradores de Roma; cuyas figuras se presentaban reto- 
cadas por la mano del cristianismo. Es decir, que los 
principios sobre la monarquía estaban formados de lo 
que decían las Sagradas Escrituras y los códigos roma- 
nos. Buscad por todas partes la idea de emperador, d© 
rey, de príncipe, y siempre hallaréis lo mismo; ora 
atendáis al origen del poder, ora á su extensión, ora á 
su ejercicio y objeto. 

Pero, ¿cuáles eran las ideas que se tenían sobre la. 
monarquía? ¿qué significaba esta palabra? Tomada en 
su generalidad, prescindiendo de las diferentes modi- 
ficaciones que introducía en su significado la variedad 
de circunstancias, expresaba el mando supremo de la 
sociedadj puesto en manos de un solo hombre, obligadOy 
empero, á ejercerle conforme á razón y ajusticia. Ésta 
era la idea capital, la única que estaba fija; era como 
un polo en torno del cual giraban todas l,as otras cues- 
tione.-. 

¿Tenía el monarca la facultad de legislar por sí solo, 
sin consultar las juntas generales que, con diferentes 
nombres, representaban las varias clases del reino? Al 
entrar en esta cuestión, ya estamos en un terreno nue- 
vo, hemos bajado de la teoría á la práctica, hemos 
acercado la idea á su objeto de aplicación: y entonces, 
preciso es confesarlo, todo vacila, se obscurece; desfi- 
lan por delante de los ojos mil hechos incoherentes, 
extraños, opuestos; y los pergaminos donde están es- 
critos los fueros, las libertades, las leyes de los pue- 
blos, dan lugar á cien interpretaciones diferentes, muK 
tiplicando las dudas y complicando las dificultades. 

Conócese desde luego que las relaciones del raonar- 
-ca con sus subditos, ó, mejor diré, el modo con qu©^ 



— 47 — 

debía ejercer el gobierno, no estaba bien determinada^ 
que se resentía del desorden de que iba saliendo la so- 
ciedad, de aquella irregularidad inevitable en la re- 
unión de cuerpos muy extraños y combinación de ele- 
mentos rivales, cuando no hostiles; es decir, que vemos^ 
un embrión, y, por tanto, es imposible que se nos pre- 
senten formas regulares y bien desenvueltas. 

¿En esa idea de monarquía se encerraba algo de des- 
potismo? ¿algo que sujetara al hombre á la mera vo- 
luntad de otro hombre, prescindiendo de las leyea' 
eternas de la razón y de la justicia? Eso no; entonces 
volvemos á encontrar un horizonte claro y despejado, 
donde los objetos se presentan con lucidez, sin som- 
bra que los ofusque ni anuble. La respuesta de todos 
los escritores es terminante: el mando ha de ser con-^ 
forme á razón y á justicia; lo demás es tiranía. Por ma- 
nera que, el principio proclamado porM. Guizot en su 
Discurso sobre la Democracia moderna y en su Historia 
de la civilización europea, á saber, que la sola voluntad 
no forma derecho, que las leyes, para que sean tales, 
han de estar acordes con las de la razón eterna, único- 
origen de todo poder legítimo, principio que quizás al- 
gunos juzgarán aplicado de nuevo á la sociedad, es ya 
tan viejo como el mundo, reconocido por los antiguos^ 
filósofos, desenvuelto, inculcado, aplicado por el cris- 
tianismo, y que anda en todas las páginas de los juris- 
tas y teólogos. 

Pero, ya sabemos lo que valía este principio en las^ 
antiguas monarquías, y lo que vale todavía en los paí- 
ses donde no se halla establecido el cristianismo. Allí, 
¿quién recuerda de continuo á los reyes la obligación" 
de ser justos? Observad, al contrario, lo que sucede 
entre los cristianos: las palabras de razón y de justicia 
salen incesantemente de la boca de los vasallos, por- 
que ellos saben bien que nadie tiene derecho de tra-" 
tarlos de otra manera; y lo saben bien porque con el 
cristianismo se les ha comunicado un profundo senti- 
miento de la propia dignidad, con el cristianismo se 
les ha acostumbrado á mirar la razón y la justicia, no* 



- 48 — 

'Como nombres vanos, sino como caracteres eternos 
.grabados en el corazón del hombre por la mano de 
Dios, como un recuerdo perenne de que, si el hombre 
es una criatura débil, sujeta á errores y flaquezas, no 
obstante, lleva en sí la imagen de la verdad eterna, de 
la justicia inmutable. 

Si alguien se empeñase en poner en duda lo que aca- 
bo de decir, bastará, para mostrarle su sinrazón, recor- 
dar los numerosos textos que llevo citados en el tomo 
III, en que los más aventajados escritores católicos ma- 
nifiestan su manera de pensar sobre el origen y facul- 
tades de la potestad civil. 

Esto en cuanto á las ideas; por lo que toca á los he- 
chos, nótase mucha variedad, según los tiempos y paí- 
ses. Durante la fluctuación de los pueblos bárbaros, y 
mientras prevaleció el régimen feudal, la monarquía 
es muy inferior á la idea que le sirve de tipo; pero, al 
adelantar el siglo xvi, las cosas cambian de aspecto. En 
Alemania, en Francia, en Inglaterra, en España, rei- 
nan monarcas poderosos que llenan el mundo con la 
fama de sus nombres; en su presencia se inclinan hu- 
mildemente la aristocracia y la democracia; y, si una 
que otra vez se atreven á levantar la frente, sucumben 
para quedar más abatidas. Sin duda que el trono no 
ha llegado todavía al colmo de fuerza y de prestigio 
q\ie adquirirá en el siglo inmediato; pero su destino 
está fijado irrevocablemente; en su porvenir están el 
poder y la gloria; la aristocracia y la democracia pue- 
den trabajar por compartirlos, pero fuera intento vano 
el tratar de apropiárselos. Las sociedades europeas han 
menester un centro robusto y fijo; y la monarquía sa- 
tisface cumplidamente esta necesidad imperiosa; los 
pueblos, que así lo comprenden y lo sienten, se aba- 
lanzan presurosos hacia el principio salvador, colo- 
cándose bajo la salvaguardia del trono. 

La cuestión no está ya en si el trono debe existir 6 
no; ni tampoco en si ha de preponderar sobre la aris- 
íocracia y la democrccia: arnuos problemas están ya 
¡resueltos: á principios del siglo xvi, son ya hechos ne- 



- 49 — 

cesarios así la existencia como la preponderancia. Que- 
daba, em))ero, por resolver si el trono debía prevalecer 
<le una manera tan decisiva, que anonadase en el or- 
den político los dos elementos aristocrático y demo- 
<;rático; si en adelante debía durar la combinación que 
había existido hasta entonces; ó si, desapareciendo los 
dos rivales, continuaría dominando sólo el poder mo- 
nárquico. 

La Iglesia se oponía á la potestad real, cuando ésta 
trataba de extender la mano á las cosas sagradas; pero 
su celo no la conducía nunca á rebajará los ojos délos 
pueblos una autoridad que les era tan necesaria. Muy 
al contrario; pues, además de que con sus doctrinas fa- 
vorables á toda autoridad legítima cimentaba más y 
más el poder de los reyes, procuraba revestirlos de un 
carácter sagrado, empleando en la coronación ceremo- 
nias augustas. 

Algunos han acusado á la Iglesia de tendencias anár- 
quicas, por haber luchado con energía contra las pre- 
tensiones de los soberanos, al paso que otros la han ta- 
chado de favorable al despotismo, porque predicaba á 
los pueblos el deber de la obediencia á las potestades 
legítimas. Si no me engaño, estas acusaciones tan 
-opuestas prueban que la Iglesia ni ha sido aduladora 
ni anarquista; y que, manteniendo la balanza en el 
fiel, ha dicho la verdad así á los reyes como á los pue- 
blos. 

Dejemos al espíritu de secta que ande buscando he- 
chos históricos para manifestar que los Papas se pro- 
ponían destruir la monarquía civil, confiscándola en 
provecho propio; entre tanto no olvidemos que, como 
dice el protestante Muller, el Padre de los fieles era en 
los siglos bárbaros el tutor que Dios había dado á las 
naciones europeas, y así no extrañaremos que entre él 
y sus pupilos se suscitasen desavenencias. 

Para conocer la intención que preside á las acusa- 
ciones dirigidas contra la Corte de Roma con respecto 
á la monarquía, basta reflexionar sobre la cuestión si- 
guiente. El crear entre los pueblos de Europa una au- 



— 50 — 

toridad central muy robusta, señalándole al propio 
tiempo sus límites para que no abusara de su fuerza^ 
lo consideran todos los publicistas como un beneficia 
inmenso, y ensalzan hasta las nubes todo cuanto ha 
contribuido directa ó indirectamente á producirlo; 
¿cómo es, pues, que, en tratándose de la conducta de 
los Papas, se apellide afición al despotismo el apoyo 
prestado á la autoridad real, y se califique de usurpa- 
ción trastornadora el empeño de limitar en cierto» 
puntos las facultades de los monarcas? La respuesta no- 
es difícil. (4) 



CAPITULO LIX 



Aristocracia. La aristocracia, en cuanto expresa 
las clases privilegiadas, comprendía dos muy distlntao. 
en origen y naturaleza: nobleza y clero. Una y otra 
abundaban de poder y riquezas, ambas se levantaban 
muy alto sobre el pueblo, y eran ruedas de mucha im- 
portancia en la máquina política. Había, no obstante,, 
entre las dos una diferencia muy notable, cual es, que 
el principal cimiento de la grandeza y poder del clero 
eran las ideas religiosas; ideas que circulaban por toda 
la sociedad, que la animaban, le daban vida, y que,, 
por tanto, aseguraban por mucho tiempo la preponde- 
rancia de los eclesiásticos; cuando el grandor é in- 
fluencia de los nobles estribaba solamente en un he- 
cho necesariamente pasajero, á saber, la organización 
social de aquella época; organización que sufría ya en- 
tonces modificaciones profundas, pues que la sociedad 
se iba desembarazando á toda prisa de las ligaduras del 
feudalismo. No quiero decir que los nobles no tuvie- 
ran legítimos derechos al poder é influencia que ejer- 
cían; pero sí que la mayor parte de estos derechos^ 
aunque se supongan fundados muy justamente en le- 
yes y en títulos, no tenían, sin embargo, una trabazóa 



— 51 — 

necesaria con ninguno de los grandes principios con- ♦ 
;servadores de la sociedad; principios que rodean de in- 
mensa fuerza y ascendiente á la persona ó á la clase 
^ue de un modo ú otro los representa. 

Gomo ésta es una materia poco desentrañada, y d© 
■cuya explicación depende la inteligencia de grandes 
hechos sociales, será bien desenvolverla con alguna 
amplitud, y examinarla con detenimiento. 

¿Qué representa la monarquía? Un principio alta- \ 
mense conservador de la sociedad, un principio que 
ha sobrevivido á todos los embates que le han dirigido 
las teorías y las revoluciones, al que se han aferrado, 
como á única áncora de salvación, aun aquellas nacio- 
nes en que más han cundido las ideas democráticas, y 
«n que más se han arraigado las instituciones libera- 
les. Ésta es una de las causas por que hasta en los 
tiempos más calamitosos para la monarquía, cuando 
abrumada á la vez por el orgullo feudal y la inquietud 
.y agitación de la democracia naciente, se divisaba ape- 
nas su poder entre las oleadas de la sociedad, como el 
íluctuante mástil de un navio en naufragio, aun en ese 
tiempo se encuentran ligadas á la idea de la monar- 
quía las de fuerza y poderío: se pisaba y se ultrajaba ^ 
de mil maneras la dignidad real, y se confesaba, no 
obstante, que era una cosa sagrada é inviolable. 

Este fenómeno de no estar la teoría acorde con la 
práctica, de ser una idea más fuerte que el hecho por 
ella expresado, no debe causar extrañeza; pues que tal 
es siempre el carácter de las ideas que engendran' 
grandes mudanzas: se presentan primero en la socie- 
dad, se difunden, se arraigan, se filtran por todas las 
instituciones; viene el tiempo preparando las cosas, y, 
si la idea es moral y justa, si indica la satisfacción de 
una necesidad, al fin llega un momento en que los he- * 
chos ceden, la idea triunfa, y todo se doblega y humi- 
lla en su presencia. He aquí lo que sucedía con res- 
pecto á la monarquía: bajo una ú otra forma, con estas 
6 aquellas modificaciones, era para los pueblos de Eu- 
jopa una verdadera necesidad, como lo es todavía; y 



— 52 — 

por eso debía prevalecer sobre lodos sus adversarios^ 
por eso debía sobrevivir á todos los contratiempos. 

Por lo que toca al clero, no es necesario detenerse en 
manifestar que representaba el principio religioso;, 
verdadera necesidad social para todos los pueblos del 
mundo, si se le toma en general; verdadera necesidad 
social para los pueblos de Europa, si se le toma en el 
sentido cristiano. 

Ya se deja, pues, entender que la nobleza no podía 
compararse con la monarquía ni el clero, ya que no es^ 
dable encontrar en ella la expresión de ninguno de los^ 
altos principios representados por aquélla y por éste. 
Ambos privilegios, posesión antigua de grandes pro- 
piedades, y todo esto garantido por las leyes y costum- 
bres de la época, enlazado con gloriosos recuerdos de 
bechos de armas, cubierto con pomposos nombres, bla- 
sones y títulos de ascendientes ilustres: he aquí lo que 
se encerraba en la aristocracia secular; pero todo esto 
no envolvía ninguna relación esencial é inmediata con 
las grandes necesidades sociales: era propio de una or- 
ganización particular que por precisión había de ser 
pasajera; pertenecía demasiado al derecho meramente 
positivo, humano, para que pudiera contar con larga, 
duración, y lisonjearse de salir airoso en sus preten- 
siones y exigencias. 

Se me objetará, tal vez, que la existencia de una cla- 
se intermedia entre el monarca y el pueblo es una 
verdadera necesidad, reconocida por todos los publi- 
cistas y fundada en la misma naturaleza de las cosas. 
En efecto: estamos presenciando que en las naciones 
donde ha desaparecido la aristocracia antigua, se ha 
formado otra nueva, ó bien por el curso de los aconte- 
cimientos, ó por la acción del gobierno. Mas esta difi- 
cultad nada tiene que ver con el punto de vista desde 
el cual yo considero la cuestión. No niego la necesi- 
dad de una clase intermedia; sólo afirmo que la noble- 
za antigua, tal como era, no entrañaba elementos que 
asegurasen su conservación, pues que podía ser reem- 
plazada por otra, como, en efecto, lo ha sido. La supe- 



— 53 — 

rioridad de inteligencia y fuerza es lo que da á las cla- 
ses seglares importancia social y política; cuando la 
dicha superioridad dejase de hallarse en la nobleza, 
ésta debía decaer. Á principios del siglo xvi el trono y 
el pueblo iban alcanzando cada día mayor ascendien- 
te: aquél haciéndose el centro de todas las fuerzas so- 
ciales, y éste adquiriendo mayor riqueza por medio de 
la industria y comercio. Por lo tocante á conocimien- 
tos, el descubrimiento de la imprenta los iba generali- 
zando, y hacía imposible que en adelante fueran el 
patrimonio exclusivo de ninguna clase. 

Era evidente, pues, que á la sazón se le escapaba á 
la nobleza su antiguo poder, que no tenía otros medios 
de conservar de él alguna parte, sino el trabajar por 
no perder del todo los títulos que se lo habían dado. 
Desgraciadamente para ella, el valor de sus propieda- 
des iba menguando cada día, no solamente á causa de 
las dilapidaciones ocasionadas por el lujo, sino tam- 
bién, porque, tomando grande incremento la riqueza 
no territorial, y sufriendo profundos cambios todos los 
valores, por razón de la nueva organización social y 
del descubrimiento de América, perdieron mucho de 
su importancia los bienes raíces. 

Si menguaba la fuerza de la propiedad territorial, 
caminaban más rápidamente á su ruina los derechos 
jurisdiccionales, combatidos, de un lado, por la potes- 
tad de los reyes, y, de otro, por las municipalidades y 
demás centros donde obraba el elemento popular. De 
suerte que, aun suponiendo un profundo respeto á los 
derechos adquiridos, y sólo dejando que las cosas si- 
guiesen su curso ordinario, era indispensable que, 
pasado cierto tiempo, llegase la antigua nobleza al es- 
tado de abatimiento en que actualmente se halla. 

No podía suceder lo mismo con respecto al clero. 
Despojado de sus bienes, cercenados ó abolidos sus 
privilegios, todavía le quedaba el ministerio religioso. 
Éste, nadie lo ejercía sino él; lo que bastaba para ase- 
gurarle poderosa influencia, á pesar de todos los vai- 
venes y trastornos. 



— 54 — 



CAPITULO I.X 



Democracia. En los siglos que precedieron al xvi, 
«ra tal la situación de Europa, que no parece fácil que 
la democracia ocupara un lugar muy distinguido en 
las teorías políticas. Ahogada por tantos poderes como 
encontraba establecidos, escasa todavía de los medios 
que andando el tiempo le granjearon ascendiente, era 

. muy natural que cuantos pensaban en gobierno la di- 
visasen apenas! De hecho se hallaba muy abatida; y 
así no fuera extraño que, influyendo la realidad sobre 
las ideas, éstas representasen al pueblo como una parte 
-abyecta de la sociedad, indigna de honores y de bien- 
estar, apta únicamente para obedecer, trabajar y 
servir. 

Sin embargo, es notable que las ideas tomaban otra 
dirección; pudiendo asegurarse que eran mucho más 
«levadas y generosas que los hechos. Y he aquí una de 
las pruebas más convincentes del desarrollo intelec- 
tual que había comunicado al hombre el Cristianismo; 
he aquí uno de los testimonios más irrecusables de 
aquel profundo sentimiento de razón y de justicia que 
había depositado en el corazón de la sociedad: elemen- 

- tos que no podían ser ahogados por los hechos más 
contrarios y más fuertes, porque tenían un apoyo en 
los mismos dogmas de la religión, y ésta se hallaba fir- 
me á pesar de todos los trastornos, como después de 
destruida una máquina queda inmóvil é inalterable 
un eje robusto. 

Leyendo los escritos de aquella época, encontramos 
establecido como cosa indudable el derecho que tiene 
el pueblo á que se le administre justicia, que no se le 
atropelle con ninguna clase de vejaciones, que se dis- 
tiibuyan con equidad las cargas, que no se obligue á 



— 55 — 

íiadi© sino á hacer aquello que sea conforme á razón y 
^conducente al bien de la sociedad; es decir, que vemos 
reconocidos y asentados todos aquellos principios so- 
bvG los cuales debían fundarse las leyes y las costüm- 
hves que habían de producir la libertad civil. Y es esto 
•tanta verdad, que, á medida que fuei'on consintiéndo- 
lo las circunstancias, se desarrollaron esos principios 
con la mayor extensión y rapidez, se hicieron de ellos 
amplias y multiplicadas aplicaciones, y la libertad ci- 
vil quedó tan arraigada entre los pueblos de la Europa 
moderna, que no ha desaparecido jamás, y se la ha 
Tísto conservarse, así bajo las formas del gobierno 
mixto como del absoluto. 

En confirmación de que las ideas favorables al pue- 
iblo eran hijas del Cristianismo, alegaré una razón que 
me parece decisiva. La filosofía que á la sazón domi- 
naba en las escuelas, era la de Aristóteles. Su autori- 
dad era de mucho peso; se le llamaba por antonomasia 
el filósofo; un buen comentario de sus obras parecía el 
más elevado punto á que en estas materias se podía 
.llegar. Sin embargo, es bien notable que, en lo tocante 
á las relaciones sociales, no eran adoptadas las doctri- 
nas del publicista de Estagira; y que los escritores cris- 
ftianos contemplaban á la humanidad con mirada más 
alta y generosa. Aquella degradante enseñanza sobre 
hombres nacidos para servir, destinados á este fin por 
la naturaleza misma anteriormente á toda legislación, 
aquellas horribles doctrinas sobre el infanticidio, aque- 
llas teorías que de un golpe inhabilitaban para el títu- 
lo de ciudadano á todos los que ejercían oficios mecá- 
nicos; en una palabra, aquellos monstruosos sistemas 
-que los antiguos filósofos aprendían, sin pensarlo, de 
la sociedad que los rodeaba, todo esto lo desecharon' 
Jos filósofos cristianos. El hombre que acababa de Uer 
aa Política de Aristóteles, tomaba en manos la Biblia ó 
aas obras de un Santo Padre; la autoridad de Aristóte- 
les era grande; pero lo era mucho más la de la Iglesia; 
preciso era, pues, ó interpretar piadosamente las pala- 
bras del escritor gentil, ó abandonarle: en uno y otrd 

T. IV íl 



— se- 
case, se salvaban los derechos de la humanidad, y esto 
se debía al predominio de la fe católica. 

Una de las causas que más impiden el desarrollo del 
elemento popular, haciendo que el mayor número de 
los habitantes de un país no salga nunca de un estado- 
de abyección y servidumbre, es el régimen de las cas- 
tas; pues que, vinculándose en ellas los honores, ri- 
quezas y mando, transmitiéndose de padres á hijos 
estos privilegios, se levanta una barrera que separa á^ 
unos hombres de otros, y acaba por hacer considerar á 
" los más fuertes cual si pertenecieran á especie más 
elevada. La Iglesia se ha opuesto siempre á que se in- 
trodujese tan dañoso sistema; los que han aplicado al 
clero el nombre de casta, han dado á entender que no 
sabían lo que significaba. En esta parte M. Guizot ha 
hecho cumplida justicia á la causa de la verdad. He 
aquí cómo se expresa en la lección V de su Historia 
general sobre la civilización europea: 

«Guando se trata de la creación y transmisión del 
poder eclesiástico, se usa comunmente una palabra 
que tengo necesidad de separar de este lugar: tal es la 
palabra casta. Suele decirse que el cuerpo de magis- 
trados eclesiásticos forma una casta. Tal expresión está 
llena de error, pues que la idea de casta envuelve la 
de sucesión y herencia, y la sucesión y herencia no se 
encuentran en la Iglesia. Consultad, ó si no, la histo- 
ria; examinad los países en los que ha dominado el ré- 
gimen de las castas: fijaos, si os place, en la India, en 
Egipto; y siempre veréis la casta esencialmente here- 
ditaria, y siempre veréis que se transmite de padres á 
hijos el mismo estado, el mismo poder. Donde no reina 
el principio de sucesión, tampoco reina el principio de 
casta. Es claro, pues, que impropiamente se llama una 
casta á la Iglesia, puesto que el celibato de los clérigos 
ha impedido que el clero cristiano llegase á ser tal. 

»Se manifiestan ya por sí mismas las consecuencias 
de esta diferencia: siempre que hay casta hay heren- 
cia; siempre que hay herencia, hay privilegio. Ideas 
fion éstas unidas, dependientes las unas de las otras. 



— 67 — 

Guando las mismas funciones, los mismos poderes se 
comunican de padres á hijos, está visto que el privile- 
gio pertenece exclusivamente á la familia, y esto es lo 
que efectivamente aconteció en todas las partes en que 
el goJbierno religioso se radicó en una casta Todo lo 
contrario ha sucedido en ia Iglesia cristiana: ella cons- 
tantemente ha conservado y defendido el principio de 
la igual admisión de los hombres á todos los cargos, á 
todas las dignidades, cualquiera que fuese su origen, 
cualquiera que su procedencia fuese. La carrera ecle- 
siástica, especialmente desde el siglo v al xii, estaba 
abierta á todos los hombres sin distinción alguna: no 
hacía la Iglesia diferencia de clases; brindaba á que 
aceptasen sus destinos y honores tanto á los que se 
hallaban ^n la cumbre de la sociedad, como á los que 
estaban colocados en su fondo; y muchas veces se di- 
rigía más á éstos que á aquéllos. Á la sazón todo lo do- 
minaba el privilegio, excesivamente desigual era la 
condición de los hombres; sólo la Iglesia llevaba ins- 
crita en sus banderas la palabra igualdad; ella sola 
proclamaba el libre y general concurso; ella sola lla- 
maba á todas las superioridades legítimas, para que to- ' 
masen posesión del poder. Ésta es la consecuencia más 
grande y más fecunda que ha producido la constitu- 
ción de la Iglesia, considerada como cuerpo.» 

Este magnífico pasaje del publicista francés vindica 
cumplidamente á la Iglesia católica del cargo de ex- 
clusivismo con que se ha pretendido afearla; y me 
ofrece oportunidad de hacer algunas reflexiones sobre 
la benéfica influencia del Catolicismo en el desarrollo 
(le la civilización, con respecto á las clases populares. 

Sabido es cuánto han declamado contra el celibato 
religioso los afectados defensores de la humanidad; 
pero, es bien extraño que no hayan visto cuan exacta 
es la observación de M. Guizot de que el celibato ha ^ 
impedido que el clero cristiano llegase á ser una casta. 
En efecto, veamos lo que hubiera sucedido en el caso 
contrario. En los tiempos á que nos referimos,, era ili- ^ 
mitadQ el ascendiente del poder religioso, y muy cuan.- 



- 58 - 

tiosos los bienes de la Iglesia; es decir, que ésta poseía 
todo cuanto se necesita para que una casta pueda 
afianzar su preponderancia y estabilidad. ¿Qué le fal- 
taba, pues? La sucesión hereditaria, nada más; y esta 
sucesión se habría establecido con el matrimonio de 
los eclesiásticos. 

Lo que acabo de afirmar no es una vana conjetura, 
es un hecho positivo que puedo evidenciar con la his- 
toria en la mano. La legislación eclesiástica nos pre- 
senta notables disposiciones por las cuales se echa de 
ver que fué necesario todo el vigor de la autoridad 
pontificia para impedir qué se introdujese la indicada 
sucesión. La misma fuerza de las cosas tendía visible- 
mente á este objeto; y, si la Iglesia se libró de seme- 
jante calamidad, fué por el verdadero horror que siem- 
pre tuvo á tan funesta costumbre. Léase el título XVII 
del libro I de las Decretales de Gregorio IX, y por las 
disposiciones pontificias en él contenidas se conven- 
cerá cualquiera de que el mal ofrecía síntomas alar- 
mantes. Las palabras empleadas por el Papa son las 
más severas que encontrarse pueden: «Ad enormitatem 
istam eradicandam», «observato Apostolici rescripti de- 
creto quod successionem in Ecclesia Dei hereditariam de- 
testatur.y>=«Ad extirpandas successiones a sanctis Dei 
Ecclesiis studio totius solHcitudims debemus intendere» . 
=«Quia igitur in Ecclesia successiones, et in praela- 
turis et dignitatibus Ecclesiasticis statutis canonicis 
damnantimy; estas y otras expresiones semejantes ma- 
nifiestan bien claro que el peligro era ya de alguna 
gravedad, y justifican la prudencia de la Santa Sede 
en reservarse exclusivamente el derecho de dispensar 
en este punto. 

Sin la continua vigilancia de la autoridad pontificia, 
el abuso hubiera cundido cada día más, ya que á él 
impulsaban los más poderosos sentimientos de la na- 
turaleza. Habían transcurrido cuatro siglos desde que 
se dieron las disposiciones á que acabo de aludir, 
cuando vemos que todavía en 1533 el Papa Clemen- 
te Vil se ve precisado á restringir un canon de Alejan- 



— 59 — 

1ro III, para obviar graves escándalos de que se lamen- 
la gentidamente el piadoso Pontífice. 

Ahora, suponed que la Iglesia no se hubiese opuesto 
con todas sus fuerzas á semejante abuso, y que la cos- 
tumbre se hubiese generalizado; si además recordáis 
que en aquellos siglos reinaba la más crasa ignoran- 
cia, que los privilegiados lo eran todo y el pueblo te- 
nía apenas existencia civil, ved si no hubiera resulta- '. 
do una casta eclesiástica al lado de la casta noble; y 
si, unidas ambas con vínculos de familia y de interés 
común, no se habría opuesto un invencible obstáculo 
al ulterior desarrollo de la clase popular, sumiéndose 
la sociedad europea en el mismo envilecimiento en que 
yacen las asiásticas. 

Este bello fruto nos habría traído el matrimonio de 
los eclesiásticos, si la llamada Reforma se hubiese rea- 
lizado algunos siglos antes. Viniendo á principios 
del XVI, encontró ya formada en gran parte la civi- 
lización europea; tenía que habérselas con un adulto 
á quien no era fácil hacerle olvidar sus ideas, ni cam- 
biar sus costumbres. Lo que ha sucedido nos indicará 
lo que habría podido suceder. En Inglaterra se formó ^ 
estrecha alianza entre la aristocracia seglar y el clero 
protestante; y jcosa notable! allí se ha visto, y se está 
viendo todavía, algo de semejante á castas, bien que * 
con las modificaciones que no puede menos de traer 
consigo el gran desarrollo de cierto género de civiliza- 
ción y libertad á que ha llegado la < Irán Bretaña. 

Si en los siglos medios el clero se hubiese constituí- 
do clase exclusiva, afianzando su perpetuidad en la 
sucesión hereditaria, era natural que se estableciese 
la alianza aristocrática de que acabo de hablar; y en- 
tonces, ¿quién la quebrantara? Los enemigos de la Igle- 
sia explican toda la disciplina y hasta algunos de sus 
dogmas, suponiéndole segundas intenciones, y así con- 
sideran también la ley del celibato como el fruto de 
interesados designios. Y, sin embargo, era fácil adver- 
tir que, si la Iglesia no hubiera tenido sino miras mun- 
danas, bien podía proponerse por modelo á los sacer- 



— 60 — 

dotes de las demás religiones, los cuales han formado 
una clase separada, preponderante, exclusiva, sin que 
hayan contrapuesto la severidad del deber á los hala- 
gos de la naturaleza. 

Se objetará que la Europa no es el Asia, cierto; pero, 
tampoco la Europa de ahora, ni la del siglo xvi, no es 
la Europa de los siglos medios, cuando nadie sabía es- 
cribir ni leer sino los eclesiásticos, cuando la única luz 
que existía estaba en manos del clero, cuando, si él 
hubiese querido dejar á obscuras el mundo, bastábale 
apagar la antorcha con que lo alumbraba. 

Es cierto también que el celibato le ha dado al clerp 
una fuerza moral, y un ascendiente sobre los ánimos, 
que por otros medios no alcanzara; pero esto sólo prue- 
ba que la Iglesia ha preferido el poder moral al físico, 
que el espíritu de sus instituciones es de obrar influ- 
yendo directamente sobre el entendimiento y el cora- 
zón. ¿Y acaso no es altamente digno de alabanza que 
para dirigir á la humanidad se empleen, en cuanto po- 
sible sea, los medios morales? ¿Por ventura no es pre- 
ferible que el clero católico haya hecho con institu- 
ciones severas para sí, lo que en parte pudiera hacer 
adoptando sistemas lisonjeros á sus pasiones, y envi- 
lecedores de los demás? Bien resplandece aquí la obra 
de Aquel que estará con su Iglesia hasta la consuma- 
ción de los siglos. 

Sea lo que fuere del peso de las reflexiones que pre- 
ceden, no se me podrá negar que, donde no ha existi- 
do el Cristianismo, allí el pueblo ha sido la víctima de 
uno§ pocos jque sólo le han retribuido sus fatigas con 
ultraje y desprecio. Consúltese la historia, atiéndase á 
la experiencia: el hecho es general, constante, sin que 
ni siquiera formen excepción las antiguas repúblicas 
que tanto blasonaron de su libertad. Dvbajo de formas 
libres había la esclavitud, propiamente dicha, para el 
mayor número, cubierta con bellas apariencias para 
esa muchedumbre turbulenta que servía á los capri- 
chos de un tribuno, y que creía ejercer sus altos dere- 
chos cuando condenaba al ostracismo ó á la muerte á 
ciudadanos virtuosos. 



^ 61 — 

Entre los cristianos, á veces las apariencias no eran 
jde libertad; pero el fondo de las cosas le era siempre 
favorable, si por libertad hemos de entender el domi- 
nio de leyes justas, dirigidas al bienestar de la multi- 
tud, fundadas sobre la consideración y profundo res- 
peto que son debidos á los derechos de la humanidad. 
Observad todas las grandes fases de la civilización eu- 
ropea, en los tiempos en que dominaba exclusivamente 
el Catolicismo; con sus variadas formas, con sus dis- 
tintos orígenes, con sus diversas tendencias, todas se 
encaminan á favorecer la causa del mayor número; lo 
que á este fin se dirige, dura, lo que le contraría, pe- 
rece. ¿Cómo es que no ha sucedido así en los demás 
países? Si evidentes razones, si hechos palpables no 
manifestaran la saludable influencia de la religión de 
Jesucristo, bastar debiera coincidencia tan notable 
para sugerir graves reflexiones á cuantos meditan so- 
bre el curso y carácter de los acontecimientos que 
'Cambian ó modifican la suerte del humano linaje. 

Los que nos han presentado el Catolicismo como 
■enemigo del pueblo, debieran indicarnos alguna doc- 
trina de la Iglesia en que se sancionasen los abusos 
que le dañaban ó las injusticias que le oprimían; de- 
bieran decirnos si á principios del siglo xvi, cuando la 
Europa se hallaba bajo la exclusiva influencia de la 
religión católica, no era ya el pueblo todo lo que po- 
día ser, atendido el curso ordinario de las cosas. Por 
■cierto que ni poseía las riquezas que después ha ad- 
^quirido, ni se habían extendido los conocimientos 
tanto como se ha verificado en tiempos más modernos; 
pero semejantes progresos, ¿se deben, por ventura, al 
Protestantismo? ¿A.caso el siglo xvi no se inauguraba 
bajo mejores auspicios que el xv, así como éste se ha- 
bía aventajado al xiv? Esto prueba que la Europa, co- 
locada bajo la égida del Catolicismo, andaba siguiendo 
una marcha progresiva; que la causa del mayor nú- 
mero no recibía perjuicio de la influencia católica; y 
que, si después se han hecho grandes mejoras, no han 
sido éstas el fruto de la llamada Reforma. 



- 62 — 

Lo que ha dado más vuelo á la democracia moderna^ 
ídisminuyeudo la preponderancia de las clases aristo- 
cráticas, h9 sido el desarrollo de la industria y comer- 
cio. Yo examino lo que sucedía en Europa antes de la 
aparición 4el Protestantismo, y veo que, lejos de que 
emi>argaran semejante movimiento las doctrinas é ins- 
tituciones católicas, debían de favorecerlo; pues que á 
su soflabra y bajo si^ protección se desenvolvían los in- 
tereses industriales y niercantiies de una manera sor- 
prendente. 

Nadie ignora el asombroso desarrollo que habían 
tenido en España; y sería un error el creer que tal 
progreso fué debido á los moros. Cataluña, sujeta á la 
sola influencia católica, se nos muestra tan activa, tan 
próspera, tap inteligente en industria y comercio, que 
parecería increíble su adelanto si no constara en do- 
cumentos irrecusables. Al leer las Memorias históricas 
sobre la marina, comercio y artes de la antigua ciudad de 
Barcelona, de nuestro insigne Gampmany, parece que 
uno se engríe de pertenecer á esa nación catalana, cu- 
yos antepasados se lanzaban tan briosamente á todo 
linaje de empresas, no consintiendo que otras los 
aventajasen en la carreja de la civilización y cul- 
tura. 

Mientras en el mediodía de Europa se verificaba este 
hermoso fenómeno, se había levantado en el norte la 
asociación de las ciudades anseáticas, cuyo primer 
origen se pierde en la obscuridad de los siglos medios, 
y que con el tiempo llegó á ser poderosa hasta el punto 
de medir sus fuerzas con los monarcas. Sus riquísimas 
factorías, establecidas en muchos puntos de Europa, y 
favorecidas con ventajosos privilegios, la elevaron al 
rango de una verdadera potencia. No contenta con el 
poderío que disfrutaba en su país, y además en Sue- 
cia, Noruega y Dinamarca, lo extendía hasta la Ingla- 
terra y la Rusia; Londres y Novogorod admiraban los 
brillantes establecimientos de aquellos atrevidos co- 
merciantes, que, orgullosos de sus riquezas, se hacían 
otorgar exorbitantes privilegios, que tenían sus ma- 



— 63 — 

gislrados particulares, y constituían un estado inde^* 
pendiente en el centro de los países extranjeros. 

Es bien notable que la asociación anseática babía 
tomado por modelo las comunidades religiosas, en lo 
tocante al sistema de vida de los empleados de sus 
factorías. Comían en común, tenían dormitorios comu- 
nes, y á ningún habitante de ellas le era permitido 
casarse. Si contravenía á esta ley, perdía los derechos 
de socio anse itico y de ciudadano. 

En Francia se organizaron también las clases indus- 
triales, de suerte que pudiesen resistir mejor á los 
elementos de disolución que entrañaban; y cabalmen- 
te este cambio, tan fecundo en resultados, es debido á 
quien la Iglesia católica venera sobre las altares. El 
Establecimiento de los oficios de París contribuyó pode- 
rosamente á dar vuelo á la industria, haciéndola más 
inteligente y moral; y, sean cuales fueren los abusos 
que después se introdujeron sobre el particular, no 
puede negarse que San L.uis satisfizo una gran necesi-^ 
dad, haciéndolo del mejor modo posible, atendido el 
atraso de aquellos tiempos. 

¿Y qué diremos de la Italia, de esa Italia que contaba 
en su seno las pujantes repúblicas de Venecia, Floren- 
cia, Genova y Pisa? Parece increíble el vuelo que en 
aquella península habían tomado la industria y co- 
mercio, y el consiguiente desarrollo del elemento de- 
mocrático. Si la influencia del Catolicismo fuese de 
suyo tan apocadora, si el aliento de la Corte romana 
fuese mortal para el progreso de los pueblos, ¿no es 
verdad que debían hacerse sentir con más daño allí 
donde podían obrar más de cerca? ¿Cómo es que, mien- 
tras buena parte de Europa gemía bajo la opresión del 
feudalismo, la clase media, la que no tenía más títulos 
de nobleza que el fruto de su inteligencia y trabajo, 
se mostrase en Italia tan poderosa, tan lozana y flore- 
ciente? No pretendo que este desarrollo se debiese á 
los Papas; pero, al menos será preciso convenir en que 
los Papas no lo embarazaban. 

y ya que vemos un fenómeno semejante en España, 



- 64 - 

particularmente en la Corona de Aragón, donde era 
grande la influencia pontificia; ya que lo mismo se ve- 
..rifica en el norte de Europa, donde habitaban pueblos 
civilizados por solo el Catolicismo; ya que lo propio se 
realizaba con más ó menos rapidez en todos los países 
sometidos exclusivamente á las creencias y autoridad 
4e la Iglesia, lícito será deducir que el Catolicismo 
nada entraña que contraríe el movimiento de la civi- 
lización, y que no se opone á un justo y legítimo des- 
arrollo del elemento popular. 

No alcanzo con qué ojos han estudiado la historia 
Jos que han querido otorgar al Protestantismo el bello 
título de favorable á los intereses de la multitud. Su 
origen fué esencialmente aristocrático; y en los países 
donde ha logrado arraigarse ha establecido la aristo- 
-cracia sobre cimientos tan profundos, que no han bas- 
tado á derribarla las revoluciones de tres siglos Véase 
en prueba de esta verdad, lo sucedido en Alemania, 
en Inglaterra y en todo el norte de Europa. 

Se ha dicho que el calvinismo era más favorable al 
elemento democrático, y que, si hubiese prevalecido 
en Francia, habría substituido á la monarquía un con- 
junto de repúblicas confederadas. Sea lo que fuere de 
tal conjetura sobre un cambio que, por cierto, no era 
muy favorable al porvenir de aquella nación, siempre 
resulta que no se habría podido ensayar otro sistema 
que el aristocrático; dado que no permitían otra cosa 
las circunstancias de la época, ni consintieran diferen- 
te organización los magnates que se hallaban á la ca- 
l)eza de las innovaciones religiosas. 

Si el Protestantismo hubiese triunfado en Francia, 
quizás los pobres paisanos trataran de imitar á los de 
Alemania, reclamando una parte en el pingüe botín; 
pero, de seguro que la proverbial dureza de Calvino no 
les fuera menos funesta que lo fué á los alemanes el 
atolondramiento de Lutero. Es probable que aquellos 
miserables aldeanos, que, según relación de escrito- 
.res contemporáneos, no comían más que negro pan de 
^centeno, jamás probaban la carne, dormían sobre un 



~ 65 — 

¡montón de paja y no usaban otra almohada que un 
trozo de madera, al levantarse para reclamar en pro- 
Techo propio las consecuencias de las nuevas doctri- 
nas, habrían sufrido la misma suerte que sus herma- 
nos de Alemania, los cuales no fueron castigados, sino 
exterminados. 

En Inglaterra, la repentina desaparición de los con- 
ventos produjo el pauperismo; pues que, pasando los 
bienes á manos seglares, quedaron sin medios de sub- 
sistencia, así los religiosos arrojados de sus moradas, 
como los indigentes que antes vivían de la limosna de 
aquellos piadosos establecimientos. Y nótese bien que 
el daño no fué pasajero; ha continuado hasta nuestros 
días, y es aún el mayor de los que afligen á la Gran 
Bretaña. No ignoro lo que se ha dicho sobre el fomento 
de la holgazanería por medio de las limosnas; pero, lo 
■cierto es que la Inglaterra, con sus leyes sobre los po- 
bres, con su caridad mandada, los presenta en mucho 
mayor número que los países católicos. Difícilmente 
se me hará creer que sea buen medio para desenvol- 
ver el elemento popular el dejar al pueblo sin pan. 

Algo había en el Protestantismo que no lisonjeaba á 
ios demócratas de la época, cuando vemos que no 
pudo encontrar acogida en España ni en Italia, que 
eran á la sazón los dos países donde el pueblo disfruta- 
ba más bienestar y más derechos. Y esto es tanto más 
reparable, cuanto vemos que las innovaciones pren- 
dieron fácilmente allí donde preponderaba la aristo-* 
cracia feudal. Se me hablará de las Provincias Unidas; 
pero, esto sólo prueba que el Protestantismo, codicioso 
de sostenedores, se aliaba gustoso con todos los des- 
contentos. Si Felipe II hubiese sido un celoso pro- 
testante, las Provincias Unidas habrían quizás alega- 
do que no querían continuar sometidas á un príncipe* 
hereje. 

Largos siglos estuvieron aquellos países bajo la ex- 
clusiva influencia del Catolicismo, y, sin embargo, 
prosperaron, y el elemento popular se desenvolvía en 
•«líos sin encontrar que la religión le sirviese de abs- 



— 66 — 

táculo. ¿Cabalmente á principios del siglo xvi descu- 
brieron que no podían medrar sin abjurar la fe de- 
sus mayores? Observad la situación geográfica de las- 
Provincias Unidas; vedlas rodeadas de reformados qixe 
les ofrecían auxilio, y entonces encontraréis en el ar- 
den político las causas que buscáis en vano en imagi- 
narias afinidades del sistema protestante con los inte- 
reses del pueblo. (5) 



CAPITULO LXI 



El entusiasmo por ciertas instituciones políticas que 
tanto había cundido en Europa en los últimos tiempos^ 
se ha ido enfriando poco á poco; pues que la experien- 
cia ha enseñado que una organización política que no 
está acorde con la social, no sirve de nada para el bien 
de la nación, y, antes al contrario, derrama sobre ella, 
un diluvio de males. Se ha comprendido también, y 
no ha dejado de costar trabajo comprender una cosa 
tun sencilla, que las formas políticas sólo deben mi- 
rarse como un instrumento para mejorar la suerte de 
los pueblos; y que la libertad política, si algo había de 
significar de razonable, no podía ser sino un media 
para adquirir la civil. Estas ideas son ya comunes en- 
tre todos los hombres que saben; el fanatismo por estas 
6 aquellas formas políticas, sin relación á los resulta- 
dos civiles, se deja ya solamente como propio de ilu- 
sos, ó como recurso muy desacreditado del que echan 
mano afectadamente aquellos ambiciosos que, care- 
ciendo de mérito sólido, no tienen otro camino de me- 
drar sino las revueltas y trastornos. 

Sin embargo, no puede negarse que, miradas las for- 
mas políticas como un instrumento, han adquirido 
consideración y arraigo en algunos países las que se 
llaman de gobierno mixto, templado, constitucional,, 
representativo, ó como se quiera; y por esta causa He- 



— 67 — 

-vará mala recomendación en muchas partes todo prin- 
cipio al cual se le suponga enemigo natural de las 
termas representativas, y amigo únicamente de las ab- 
solutas. La libertad civil se ha hecho una necesidad 
para los pueblos europeos; y como en algunas naciones 
se ha vinculado de tal manera la idea de ésta con la de 
libertad política, que es difícil hacer entender que la 
civil también puede encontrarse bajo una monarquía 
absoluta, es menester analizar cuáles son en esta ma- 
teria las tendencias de la religión católica y de la pro- 
testante, tendencias que procuraré descubrir, exami- 
nando con imparcialidad los hechos históricos. 

«Nunca tal vez ha sido más raro, dice muy bien 
M. Guizot, el conocimiento de los resortes naturales 
del mundo y de los caminos secretos de la Providen- 
cia. Donde no vemos asambleas, elecciones, urnas y 
votos, suponemos ya el poder absoluto, y á la libertad 
sin garantías. (Discur. sobre la Democracia.) De propó- 
sito me he servido de la palabra tendencias: porque es 
bien claro que el Catolicismo no tiene sobre este pun- 
to ningún dogma; nada determina sobre las ventajas 
de esta ó aquella forma de gobierno; el romano Pontí- 
fice reconoce como á su hijo al católico que se sienta 
-en los escaños de una asamblea americana, como al 
vasallo que recibe sumiso las órdenes de un poderoso 
monarca. Es demasiada la sabiduría que distingue á la 
religión católica, para que pudiera descender á seme- 
jante arena. Arrancando del mismo cielo, se extiende 
como la'luz del sol sobre todas las cosas; á todas las 
ilumina y fecundiza, pero ella no se obscurece ni em- 
paña. Su destino es encaminar el hombre al cielo, pro- 
porcionándole, como de paso, grandes bienes y con- 
suelos en la tierra; muéstrale de continuo las verdades 
eternas, dale saludables consejos en todos los nego- 
cios; pero, en descendiendo á ciertas particularidades, 
no le obliga, no le estrecha. Le recuerda las santas 
máximas de su moral, le advierte que no se desvíe 
■de ellas, y como que le dice á manera de tierna madre 
A su hijo: «con tal que no te apartes de lo que te he 
enseñado, obra como más conveniente te parezca.» 



-es- 
pero, ¿es verdad que el Catolicismo entrañe al me- 
nos cierta tendemcia á estrechar la libertad? ¿Qué es lo» 
que ha producido en Europa el Protestantismo coa 
respecto á formas políticas? ¿En qué ha enmendado (y 
mejorado la obra del Catolicismo? En los siglos ante- 
riores al XVI se había complicado de tal suerte la orga- 
nización de la sociedad europea, tal era el desarrollo 
de todas las facultades intelectuales, tal era la lucha de 
intereses muy poderosos, y tal, por fin, la extensión de 
las naciones que con la aglomeración de las provincias 
se andaban formando, que era de todo punto indispen- 
sable para el sosiego y prosperidad de los pueblos un 
poder central, fuerte, robusto, muy elevado sobre to- 
das las pretensiones de los individuo's y de las clases. 
No de otra manera era concebible que pudiera la Eu- 
ropa esperar días de calma; pues que, donde hay mu- 
chos elementos muy varios, muy opuestos, y todos 
muy poderosos, es necesaria una acción reguladora 
que previniendo los choques, templando el demasiado 
^a^or, y moderando la viveza del movimiento, evite la 
guerra continua, y lo que á ella sería consiguiente, la 
dest.ruccióít y el caos. Ésta fué la causa por que, tan 
luego como principió á ser posible, se vio una irresis- 
tible tendencia hacia la monarquía; y cuando la misma 
tendencia se hizo sentir en todos los países de Eu- 
ropa, hasta en aquellos que tenían instituciones repu- 
blicanas, señal es que existían para ello causas muy 
profundas. 

En la actualidad ningún publicista de nota duda ya 
de estas verdades; pues, cabalmente, de medio siglo á 
esta parte, se han verificado sucesos muy á propósito 
para manifestar que la monarquía en Europa era algo 
más que usurpación y Urania; hasta en los países en 
que se han arraigado mucho las ideas democráticas, 
han tenido que modificarlas, y quizás falsearlas lo ne- 
cesario, para poder conservar el trono, al que miran 
como la más segura garantía de los grandes intereses 
de la sociedad. 
Achaque es de todas las cosas humanas que, por más 



- 69 — 

tuenas y saludables que sean, traigan siempre consl-, 
go su correspondiente séquito de inconvenientes y 
males; y ya se ve que de esta regla general no podía, 
ser una excepción la monarquía: es decir, que la gran- 
de extensión y fuerza del poder había de acarrear abu- 
sos y excesos. No son los pueblos europeos de índole 
tan sufrida y genio tan templado, que puedan sobre- 
llevar en calma ningún linaje de desmanes. Tan pro- 
fundo es el sentimiento que tiene el europeo de su 
dignidad, que, para él, es incomprensible ese quietis- 
mo de los pueblos orientales, que vegetan en medio 
del envilecimiento, que obedecen con abatida frente al * 
déspota que los oprime y desprecia. Así es que, si bien 
se ha conocido y sentido en Europa la necesidad de un 
poder muy robusto, se ha tratado, empero, siempre á& 
tomar aquellas medidas que pudieran reprimir y pre- 
caver sus abusos. Nada tan á propósito para hacer re- 
saltar el grandor y dignidad de los pueblos de Europa,, 
como el compararlos en esta parte con los de Asia: allí 
no se conoce otro medio de substraerse de la opresión 
que degollar al soberano. Está humeando todavía la 
sangre del uno, y ya se sienta en el trono algún otro, 
cuya planta pisa con orgulloso desdén la cerviz de 
aquellos hombres, tan crueles como degradados. 

En Europa, no: en Europa se apela ahora y se ha 
apelado siempre á los medios propios de la inteligen- 
cia: al planteo de instituciones que de un modo esta- 
ble y duradero pongan á cubierto á los pueblos de ve- 
aciones y demasías. No es esto decir que tales esfuer- 
zos no hayan costado torrentes de sangre, ni que se 
iiaya seguido el camino más conducente; pero sí que 
el espíritu de la Europa en este punto es el mismo que 
la ha guiado en todas materias: el de substituir el de- * 
recho al hecho. El problema no es de hoy, existe desde 
la cuna de las sociedades europeas; lejos de que su co- 
nocimiento date de estos últimos tiempos, ya muy an- 
teriormente se habían hecho grandes esfuerzos para 
resolverle. He aquí cómo expone sus ideas sobre las 
causas de que exista este difícil problema el conde de 



— 70 — 

Maistre: «Aunque la soberanía no tenga mayor ni más 
general interés que el de ser justa, y aunque los casos 
en que puede caer en la tentación de no serlo, sean sin 
comparación menos que los otros, sin embargo, ocu- 
rren por desgracia muchas veces; y el carácter perso- 
nal de ciertos soberanos puede aumentar estos incon- 
venientes, hasta el punto de que, para hacerlos sopor- 
tables, casi no hay otro medio que el de compararlos 
con los que indudablemente resultarían si no existiese 
el soberano. 

»Era, pues, imposible que los hombres no hiciesen de 
tiempo en tiempo algunos esfuerzos para ponerse á cu- 
bierto de los excesos de esta enorme prerrogativa; mas 
sobre este punto se ha dividido el mundo en dos siste- 
mas enteramente diversos uno de otro. 

»Z<z atrevida raza de Japhet no ha cesado de gravitar, 
si es permitido decirlo así, hacia lo que indiscreta- 
mente se llama la libertad, es decir, hacia aquel estado 
en que el gobierno es lo menos gobernador posible, y 
el pueblo tan poco gobernado como puede ser. El eu- 
ropeo, siempre prevenido contra sus dueños, ya los ha 
destronado, ya les ha impuesto leyes; lo ha tentado 
todo, y apurado todas las formas imaginables de go- 
bierno para emanciparse de dueños, ó para cercenar- 
les el poder. 

»La inmensa posteridad de Sem y de Ckam ha tomado 
otro rumbo diferente; y, desde los tiempos primitivos 
hasta nuestros días, ha dicho siempre á un hombre 
solo: «Haced de nosotros todo lo que queráis; y, cuan- 
do nos hallemos ya cansados de sufriros, os degollare- 
mos.» Por lo demás, nunca han podido ni querido 
saber qué viene á ser una república; ni tratado ni en- 
tendido nada de equilibrio de poderes, ni de esos pri- 
vilegios ó leyes l^indumentales, de que nosotros tanto 
nos jactamos. Entre ellos el hombre más rico y más se- 
ñor de sus acciones, el poseedor de una inmensa for- 
tuna mobiliaria, absolutamente libré" de transportarla 
donde quisiese, y seguro, por otra parte, de una ente- 
ra protección en el suelo europeo, aunque vea venir 



í 



— 71 — 

hacia sí el cordón ó el puñal, los prefiere, no obstan- 
te, á la desdicha de morir de tedio en medio de nos- 
otros. 

»Sin duda que nadie aconsejará á la Europa este de- 
recho público, tan conciso y tan claro, del Asia y del 
África; mas, supuesto que el poder es entre nosotros 
siempre temido, discutido, atacado ó trasladado, pues 
que nada hay más insoportable á nuestro orgullo que 
el gobierno despótico, el mayor problema europeo se 
reduce á saber cómo se puede limitar el poder del sobera- 
no sin destruirlo.» (Del Papa,Hil. 2, cap. 2.) 

Este espíritu de libertad política, este deseo de limi- 
tar el poder por medio de instituciones, no data, pues, 
de la época de los filósofos franceses; antes de ellos, y 
aun mucho antes de la aparición del Protestantismo, 
circulaba ya por las venas de los pueblos de Europa: 
la historia nos ha conservado de esta verdad monu- 
mentos irrefragables. 

¿Cuáles fueron las instituciones juzgadas á propósito 
para llenar este objeto? Ciertas asambleas, donde pu- 
diese resonar el eco de los intereses y de las opiniones 
de la nación; asambleas que, formadas de esta ó de 
aquella manera, y leunidas á tiempos al rededor del 
trono, pudieran elevarle sus quejas y reclamaciones. 
Gomo no era posible que estas asambleas gobernasen, 
lo que hubiera sido destruir la monarquía, era menes- 
ter que se les asegurase de un modo ú otro la inQuen- 
cia en los negocios del Estado; y yo no veo que hasta 
ahora se haya ideado algo más á propósito que el de-^ 
recho de intervenir en la formación de las leyes, ga- 
rantido por otro derecho que puede llamarse el arma 
de la representación nacional: la votación de los im- 
puestos. Mucho se ha escrito sobre constituciones y 
gobiernos representativos, pero lo esencial está aquí; 
las modificaciones pueden ser muchas, muy varias, 
pero al fin todo viene á parar á un trono, centro de 
poder y de acción, rodeado de asambleas que delibe- 
ran sobre las leyes y los impuestos. 

Mirada la libertad política desde este punto de vista 

T. IV 82 



— 72 — 

¿debe acaso su origen á las ideas protestantes? ¿Tiene- 
nada que agradecerles? ¿Tiene algo que echar en car* 
al Catolicismo? 

Yo abro los escritos de los autores católicos anterio- 
res al Protestantismo, para ver qué es lo que pensaban 
sobre esta materia; y encuentro que veían claramente 
el problema que había por resolver; yo escudriño si 
puedo encontrar en. ellos nada que contrariase el mo- 
vimiento del mundo, nada que se oponga á la digni- 
dad ni que menoscabe los derechos del hombre, nada 
que tenga afinidad con el despotismo, con la tiranía; y 
los encuentro llenos de interés por la ilustración y 
progreso de la humanidad, rebosando de sentimientos 
nobles y generosos, llenos de celo por la felicidad del 
mayor número, y noto que levanta la indignación su 
pecho al solo mentar el nombre de tiranía y despotis- 
mo. Abro los fastos de la historia, examino las ideas y 
costumbres de los pueblos, las instituciones dominan- 
tes; y veo, por todas partes, fueros^ privilegioSy ¿iberia- 
deSf corteSy estados generales^ municipalidades^ jurados. 
Véolo con cierta informe confusión, pero lo veo; y no 
extraño que no se presente con regularidad, porque es- 
un nuevo mundo, que acaba de salir del caos. Pregun- 
to si el monarca tiene facultad de formar leyes por sí 
solo; y en esto, como es natural, encuentro variedad, 
incertidumbre, confusión; pero observo que las asam- 
bleas que representan las varias clases de la nación, 
'toman parte en la formación de esas leyes; pregunto si 
tienen intervención en los grandes negocios del Esta- 
do, y encuentro consignado en los códigos que se las 
debe consultar en los asuntos de más gravedad ó im- 
portancia, y hallo que muy á menudo lo verifican así 
los monarcas; pregunto si esas asambleas tienen algu- 
nas garantías de su existencia é influjo, y los códigos 
me muestran textos terminantes, y cien y cien hechos 
vienen á recordarme el arraigo de estas instituciones 
en los hábitos y costumbres de los pueblos. 

¿Y qué religión era entonces la dominante? El Cato- 
licismo. ¿Eran muy apegados á la religión los pueblos?' 



— 73 — 

Tanto, que el espíritu religioso lo señoreaba todo. ¿Te- 
Día el clero mucha influencia? Muy grande. ¿Cuál era 
el poder de los Papas? Inmenso. ¿Dónde están las ges- 
tiones del clero para acrecentar las facultades de los 
reyes á expensas de los pueblos? ¿Dónde los decretos 
pontificios contra estas ó aquellas formas? ¿Dónde las 
medidas y las trazas de los Papas para menoscabar nin- 
gún derecho legítimo? Entonces me digo con indigna- 
ción: si bajo la influencia del Catolicismo salía del caos 
la Europa, si la civilización marchaba con rápido y 
acertado paso, si el gran problema de las formas polí- 
ticas ocupaba ya á los sabios, si las cuestiones sobre 
las costumbres y las leyes empezaban á resolverse en 
sentido favorable á la libertad; si mientras era muy 
grande aun temporalmente la influencia del clero, si 
mientras era colosal en todos sentidos el poderío de 
ios Papas, se verificaba todo esto; si cuando hubiera 
nastado una palabra del Pontífice contra una forma po- 
pular para herirla de muerte, las libres se desenvol- 
\ian rápidamente, ¿dónde está la tendencia de la reli- 
.;ión católica á esclavizar los pueblos? ¿dónde esa impía 
«lianza de los reyes y de los Papas para oprimir y ve- 
ar, para entronizar el feroz despotismo, y gozarse á su v 
nombra con los infortunios y las lágrimas de la huma- 
nidad? Cuando los Papas tenían desavenencias con al- 
gunos reinos, ¿eran por lo común con los príncipes, ó «^ 
con los pueblos? Cuando había que decidirse contra la 
tiranía, ó contra la opresión de alguna clase, ¿quién 
había qne levantase voz más alta y robusta que el Pon- 
ufice romano? ¿No son los Papas quienes, como confie- 
ra Voltaire, «han contenido á los soberanos, protegido 
a los pueblos f terminado querellas temporales con una 
sabia intervención, advertido á los reyes y á los pue- 
blos de sus deberes, y lanzado anatemas contra los 
^Tandes atentados que no habían podido prevenir?» 
, Citado por de Maistre, Del Papa, lib. 2, cap. 3.) 

¿No es bien notable que la bula In Coena Domini, esa 
bula que tanto ruido metió, contenga en su art. 5 una 
excomunión contra «^í ^2¿e estableciesen en sus tierras 



- 74 - 

nuevos impuestos, ó dumentaseii los antiguos, fuera de loa 
casos señalados por el derecho% 

El espíritu de deliberación, tan común hasta en 
aquellas épocas en que formaba singular contraste con 
la inclinación á medios violentos, provenía en buena 
parte del ejemplo que por tantos siglos había estado 
dando la Iglesia católica. En efecto: no cabe encontrar 
sociedad, donde hayan sido más frecuentes las juntas, 
en que se reuniese todo lo más distinguido por su sa- 
biduría y virtud. Concilios generales, nacionales, pro- 
vinciales, sínodos diocesanos, he aquí lo que se en- 
cuentra á cada paso en la historia de la Iglesia: y se- 
mejante ejemplo, puesto á la vista de todos los pueblos, 
por espacio de tantos siglos, ya se ve que no podía 
quedar sin influencia y resultados con respecto á las 
costumbres y á las leyes. En España la may^r parte de 
los concilios de Toledo eran al propio tiempo congre- 
sos nacionales, donde, al paso que la autoridad episco- 
pal llenaba sus funciones, vigilando sobre la pureza 
del dogma y atendiendo las necesidades de la disci- 
plina, tratábanse, de acuerdo con la potestad secular, 
los grandes negocios del Estado, y se formaban aque- 
llas leyes que cautivan todavía la admiración de los 
observadores modernos. 

Ahora que han caído en completo descrédito entre 
los mejores publicistas las utopias de Rousseau, y que 
no se trata de defender los gobiernos representativos 
como un medio de poner en acción la voluntad gene- 
ral, sino como instrumento á propósito para consultar 
la razón y el buen sentido, que de otra manera anda- 
rían desparramados por la nación; ahora que en los li- 
bros de derecho constitucional se nos pintan las asam- 
bleas legislativas como focos donde pueden reunirse 
todas las luces que sean parte á ilustrar las cuestiones 
sobre los negocios públicos, como representantes de 
todos los intereses legítimos, órgano de todas las opi- 
niones razonables, eco de todas las quejas justas, ve- 
hículo de todas las reclamaciones, conducto de peren- 
ne comunicación entre gobernantes y gobernados^ 



— 75 — 

prenda de acierto en las leyes, medio para hacerlas 
respetables y venerandas á los ojos de los pueblos, y, 
por fin, como una seguridad continua de que el gobier- 
no, no mirando jamás á sí, tiene siempre fija la vista^, 
en la utilidad y conveniencia pública; ahora que con 
tan bellas palabras se nos dice lo que debieran ser, mas- 
no lo que son, no deja de ser interesante el recordar 
los concilios, pues que ocurre desde luego que en cier- 
to modo se explican con esto la naturaleza y espíriti 
de ellos, se indican sus motivos y sus fines. 

No se me ocultan las capitales diferencias que me- 
dian entre unas y otras asambleas, pues de ninguna 
manera pueden equipararse hombres que tienen sus 
poderes de un nombramiento popular, con aquellos á 
quienes el Espíritu Santo ha puesto para regir la Iglesia 
de Dios; ni el monarca que tiene sus derechos á la co- 
rona en fuerza de las leyes fundamentales de la nación, 
on aquella Piedra sobre la cual está edificada la Igle- 
ia de Jesucristo. Y no se me oculta tampoco que, ora 
e atienda á las materias de que se trata en los conci- 
lios, ora á las personas que en ellos intervienen, ora á 
la extensión de la Iglesia por toda la faz de la tierra, 
es imposible que no haya mucha desemejanza entre 
los concilios y las asambleas políticas, ya por lo que 
toca á las épocas de sus reuniones, ya con respecto á 
su organización y procedimientos. Pero no trato yo 
aquí de formar ingeniosos paralelos y de buscar cavi- 
losamente semejanzas que no existen; sólo me propon- 
go manifestar la influencia que sobre las leyes y eos- ' 
lumbres políticas debieron de tener las lecciones de 
prudencia y madurez que por tantos siglos estuvo dan- 
do la Iglesia. 

Ya miremos las historias de las naciones antiguas, 
ya de las modernas, veremos que en todas las asam- 
bleas deliberantes toman su asiento solamente aque- 
llos que tienen este derecho consignado en las leyes. ^ 
Pero eso de llamar al sabio, sólo porque es sabio, ese 
íributo pagado al mérito, esa proclamación solemne de 
[ue el arreglo del mundo pertenece á la inteligencia^ 
eso lo ha hecho la Iglesia, y sólo la Iglesia. 



— 76 — 

Como mi objeto en esta observación es demostrar 
<iue el estado civil debió en buena parte á la Iglesia 
todo lo razonable que puso en planta en este punto, 
recordaré un hecho, en el que quizás no se ha repara- 
do bastante, y que, sin embargo, manifiesta bien á las 

'. claras que el buscar la sabiduría dondequiera que se 
hallare, y el concederle influencia en los negocios pú- 
blicos, lo ha concedido y ejecutado antes que nadie la 
Iglesia católica. Pasaré por alto el espíritu que le ha 
distinguido constantemente de las otras sociedades, 
cual es el buscar siempre el mérito y nada más que el 
mérito, para elevarle á los primeros puestos; espíritu 
que nadie le puede disputar, y que ha contribuido mu- 
cho á darle brillo y preponderancia; pero lo que hay 

^ notable es que este espíritu ha ejercido su influencia 
hasta allí donde á primera vista parecía no deber ejer- 
cerla. En efecto: nadie ignora que, según las doctrinas 
de la Iglesia, ningún derecho tiene un simple particu- 
lar á intervenir en las decisiones y deliberaciones de 
los concilios: y así es que, por más grande que sea el 
saber de un teólogo, ó de un jurista, no tiene por eso 
derecho alguno á tomar parte en aquellas augustas 
asambleas. Sin embargo, es bien sabido que ha cuidado 
siempre la Iglesia de que, con este ó aquel título, asis- 
tiesen á ellas los hombres que más descollaban por sus 
talentos y su saber. ¿Quién no ha recorrido con placer 
la lista de los sabios que, sin ser obispos, figuraron en 
el de Trento? 
En las sociedades modernas, ¿no es el talento, no es 

^ el saber, no es el genio, quien levanta su erguida fren- 
te, quien exige consideración y respeto, quien preten- 
de elevarse á los altos puestos, dirigir los negocios pú- 
blicos, ó ejercer sobre ellos influencia? Sepan, pues, 
^e talento, ese saber, ese genio, que en ninguna par- 
te se han respetado tanto sus títulos como en la Igle- 
sia, en ninguna parte se ha reconocido más su digni- 
dad que en la Iglesia, en ninguna sociedad se los ha 
buscado tanto para elevarlos, para consultarlos en los 
negocios más graves, para hacerlos brillar en las gran- 



k 



--11 ^ 

Kies asambleas, como se ha hecho en la Iglesia católica. 
El nacimiento, las riquezas, nada significan en la 
Iglesia; ¿no deslustras tu mérito con desarreglada con- 
ducta, y al propio tiempo brillas por tus talentos y sa- 
l)er? Esto basta: eres un grande hombre; serás mirado 
con mucha consideración, serás siempre tratado con 
respeto, serás escuchado con deferencia; y ya que tu 
cabeza salida de en medio de la obscuridad se ha pre- 
sentado adornada con brillante aureola, no se desde- 
ñarán de asentarse sobre ella ni la mitra, ni «1 capelo, 
!ni la tiara. Lo diré en los términos del día: la aristo- 
'Cracia del saber debe mucho de su importancia á las 
ideas y costumbres de la Iglesia. (6) 



CAPITULO LXII 



Dando una ojeada al estado de Europa en el siglo xv, 
échase de ver fácilmente que semejante orden de co- 
sas no podía ser duradero; y que, de los tres elemen- 
tos que se disputaban la preferencia, había de preva- 
lecer por necesidad el monárquico. Y no podía ser de 
otra manera: pues que siempre se ha visto que las so- 
ciedades, después de muchos disturbios y revueltas, 
vienen al fin á colocarse á la sombra de aquel poder 
que les ofrece más seguridad y bienestar. 

Al ver á aquellos grandes tan orgullosos, tan exigen- 
tes, tan turbulentos, enemigos unos de otros, y rivales 
del rey y del pueblo; aquellos comunes, cuya existen- 
cia se presenta bajo tan diferentes formas, cuyos dere- 
chos, privilegios, fueros y libertades ofrecen un aspec- 
to tan variado y complexo, cuyas ideas no tienen di- 
rección bien marcada y constante; conócese desde 
luego que no han de ser parte para luchar con el po- 
der real, á quien se le observa obrando ya con plan 
premeditado, con sistema fijo, acechando todas las oca- 
ásiones que puedan favorecerle. ¿Quién no ha notado 



~ 78 - 

la sagacidad de Fernando el Católico, en desenvolver. 
y plantear su idea dominante, la de centralizar el po- 
der, de darle robustez, de hacer su acción fuerte, re- 
gular y universal, es decir, la de fundar una verdadera 
monarquía? ¿Quién no ha visto un digno y más aven- 
tajado continuador de semejante política en el inmor- 
tal Gisneros? 

Y no se crea que esto fuese en daño de las naciones; 
todos los publicistas convienen en que era preciso dar 
nervio y estabilidad al poder, y evitar que su acción 
fuera débil é intermitente, y el verdadero poder no te- 
nía otro representante fijo que el trono. Así es que el 
robustecerse y engrandecerse el real fué una verdade- 
ra necesidad; y no podían ser parte á impedirlo todos 
ios planes y esfuerzos de los hombres. Queda, empero, 
la dificultad: si este engrandecimiento pasó de los lí- 
mites ■:;onvenientes; y aquí es donde han de encararse 
el Protestantismo y el Catolicismo, para que se vea si 
alguno áb ellos tuvo la culpa, quién fué y hasta qué 
punto 

Materia es ésta muy importante y curiosa; pero, al 
propio tiempo, difícil y delicada: porque tanto se han 
tiasirocadü los nombres en estos últimos tiempos, tan- 
ta eb ia aversión que los partidos se profesan, tanta la 
impetdosidad con que rechazan todo lo que ni de lejos 
siquiera se parece é lo que ensalzan los adversarios, 
que es araud tarea la de hacerles entender ni el estado 
de la cuestión, ni el significado délas palabras. Loque 
Íes suplico á los hombres de todas opiniones es que 
suspendan el juicio, hasta haber leído todo lo que voy 
á exponer sobre este punto; pues que, si lo hacen así, 
■M no se exaltan por una que otra palabra que pueda 
causarles á primera vista algún desagrado, si tienen la 
suficiente templanza para escuchar antes de juzgar, es- 
toy seguro de que, si no quedamos del todo acordes, . 
cosa imposible en tanta variedad de opiniones; al me- 
nos no dejarán de confesar que el aspecto bajo que 
considero las cosas no carece de apariencias de razón,. 
y que mis conjeturas no están destituidas de funda- 
mento. 



— 79 — 

Por de pronto, prescindiré completamente de si fué 
ó no ventajoso para la sociedad el que en la mayor par- 
te de las monarquías europeas quedase el poder real 
sin ningún linaje de freno, á no ser aquel que de suyo 
le imponía el estado de las ideas y de las costumbres. ' 
Quiénes estarán por la afirmativa, quiénes por la ne- 
gativa, y no es menester seíjalar con sus propios nom- 
bres á los que figurarán en uno y otro bando. La pala- 
bra libertada es para muchos hombres una palabra de 
escándalo; así como el nombre de poder absoluto es 
para otros sinónimo de despotismo. ¿Y cuál es la liber- 
tad que los primeros rechazan con tanta fuerza? ¿qué 
significa en su diccionario esta palabra? Ellos han visto 
pasar ante sus ojos la revolución francesa, cargada de 
injusticias, de espantosos crímenes, y la han oído que 
apei-iüaba libertad; ellos han visto la revolución espa- • 
QOia, con su gritería de muerte, con sus excesos de 
sangre, con sus injusticias, con su desprecio de todo 

» que habían mirado siempre los españoles como más- 
venerable y sagrado; y, sin embargo, han oído tam- ' 
nién que esa revolución apellidaba libertad. ¿Y qué 
había de suceder? Lo que ha sucedido: que han unido- 
á la idea de libertad la de toda clase de impiedades y ' 
crímenes, y que, por consiguiente, la han odiado, la 
han rechazado, la han combatido con las armas. En 
vano se ha dicho que antiguamente había Cortes: ellos 
han respondido que no eran como las de ahora; en 
vano se ha recordado que en nuestras leyes estaba 
consignado el derecho que tenía la nación de interve- 
nir en la votación de los impuestos: ellos han respon- 
dido que ya lo sabían, pero que los que lo hacían aho- 
ra no representaban á la nación, y que se valían de 
este título para esclavizar al pueblo y al monarca; en; 
vano se ha opuesto que en los grandes negocios del 
Estado intervenían antiguamente los representantes de^ 
las varias clases: ellos han respondido: ¿qué clase del 
Estado representáis vosotros, que degradáis al monar- 
ca, insultáis y perseguís á la nobleza, ullrajáis y des- 
pojáis al clero, y despreciáis al pueblo, burlándoos de- 



- 80 - 

sus costumbres y creencias? ¿á quién representáis vos- 
otros? ¿cómo podéis representar á la nación española, 
<íuando pisáis su religión y sus leyes, provocáis por to- 
das partes la disolución de la sociedad, y hacéis correr 
torrentes de sangre? ¿Cómo podéis llamaros restaura- 
dores de nuestras leyes fundamentales, cuando nada 
encontramos en vosotros ni en vuestros actos, que ex- 
prese al verdadero español; cuando todas vuestras teo- 
TÍas, planes y proyectos, todos son mezquinas copias 
de libros extranjeros harto conocidos; cuando habéis 
olvidado hasta nuestra lengua? Yo ruego á los lectores 
-que se tomen la pena de pasar los ojos por las colec- 
ciones de periódicos, sesiones de Cortes y otros docu- 
mentos que nos han quedado de las dos épocas de 1812 
y 1820; que recuerden también io que acabamos de 
presenciar; que revuelvan en seguida los monumentos 
de las épocas anteriores^ nuestros códigos, nuestros li- 
bros, todo aquello en que puedan encontrar expresa- 
dos el carácter, las ideas, las costumbres del pueblo 
español; y entonces, que pongan la mano sobre su pe- 
cho, y, sean cuales fueren sus opiniones, que digan, á 
fuer de hombres honrados, si hallan ninguna seme- 
janza entre lo antiguo y lo moderno; que digan si ao 
advierten á primera vista la más fuerte 3posición y 
contrariedad, si no encuentran que media ¿a*.re Ws 
dos épocas un abismo, y que, si se había le J leñar, ha- 
J)ía de hacerse, ¡ah! ¡dolor causa decirlo!, había le ha- 
cerse como se ha hecho, con montones de ruinas, de 
cenizas, de cadáveres, con torrentes de sangre. 

Colocada la cuestión fuera de la emponzoñada at- 
mósfera de las pasiones, y del alcance de irritantes re- 
cuerdos, bien se podría entrar en el examen de si fué 
6 no conveniente que creciera hasta tal punto la auto- 
ridad de los reyes, que llegasen á verse libres de todo 
género de trabas, hasta con respecto á los negocios de 
más gravedad y á la imposición de las contribuciones. 
En tal caso, la cuestión fuera simplemente histórico- 
política; nada tendría que ver con la práctica actual: 
j, por consiguiente, no afectaría ni los intereses ni las 
opiniones de nuestra época. 



- 81 - 

Como quiera, aun me propongo prescindir de todo 
-esto y de cuanto se ha opinado sobre la materia; y es- 
tribaré en el supuesto de que fuera á la sazón dañoso á 
los pueblos, y un obstáculo á los progresos de la ver- 
dadera civilización, el que desaparecieran de la máqui- 
na política todos los elementos, excepto el monárqui- 
co. ¿Quién tuvo la culpa? 

Por de pronto, es bien reparable que el mayor acre- 
centamiento del poder real en Europa date cabalmente 
de la época del Protestantismo. En Inglaterra, desde 
Enrique VIII, prevaleció, no diré la monarquía, sino 
un despotismo tan duro, que no bastaban á ocultar su' 
destemplanza las vanas apariencias de formas impo- 
tentes. En Francia, después de la guerra de los hugo- 
notes, 86 presenta el poder real más fuerte que nunca; 
en Suecia se entroniza Gustavo y desde su tiempo los 
reyes ejercen un poder casi sin límites; en Dinamarca 
continúa y se fortalece la monarquía; en Alemania se 
crea el reino de Prusia, y prevalecen, en general, en 
las otras partes las formas absolutas; en Austria se le- 
vanta el imperio de Garlos V con todo su poderío y es- 
plendor; en Italia van desapareciendo las pequeñas re- 
públicas, y van entrando los pueblos, con este ó aquel 
título, bajo el dominio de los príncipes; y en España 
caen en desuso las antiguas Cortes de Castilla, Ara- 
gón, Valencia y Cataluña; es decir, que, lejos de ver 
que con la aparición del Protestantismo dieran los 
pueblos ningún paso hacia las formas representativas, 
notamos, muy al contrario, que se encaminan rápida- 
mente hacia el gobierno absoluto. Este hecho es cier- 
to, incontestable; tal vez no se ha reparado bastante en 
tan singular coincidencia, pero no deja por esto de 
existir; y de cierto que sugiere abundantes y delica- 
das reflexiones. 

¿Esta coincidencia fué meramente casual? ¿hubo en- 
tre el Protestantismo y el completo desarrollo y esta- 
blecimiento de las formas absolutas alguna relación 
secreta? Yo creo que sí; y, además, añadiré que, si el 
Catolicismo hubiera quedado dominando exclusiva- 



- 82 - 

mente en Europa, liabríase limitado suavemente el po- 
der real, tal vez no hubieran desaparecido del todo las 
formas representativas, los pueblos hubieran conti- 
nuado tomando parte en los negocios públicos, nos ha- 
llaríamos mucho más adelantados en la carrera de la 
civilización, más amaestrados en el goce de la verdade- 
ra libertad, y ésta no andaría enlazada con el recuer- 
do de escenas horrorosas. Sí: la malhadada Reforma 
torció el curso de las sociedades europeas, adulteró la 
civilización, creó necesidades que no existían; formó 
vacíos que no pudo llenar; destruyó muchos elemen- 
tos de bien; y, por tanto, cambió radicalmente las con- 
diciones del problema político. Creo poder demostrarlo. 



CAPITULO LXIII 



Hay en la historia de Europa un hecho capital, con- 
signado en todas sus páginas, y presente todavía á 
nuestros ojos, cual es la marcha paralela de dos demo- 
cracias, que, semejantes á veces en apariencia, tienen 
en realidad la naturaleza, el origen y el fin muy dife- 
rentes. Estriba la una en el conocimiento de la digni- 
dad del hombre, y del derecho que le asiste de disfru- 
tar cierta libertad conforme á razón y á justicia. Con 
ideas más ó menos claras, más ó menos acordes sobre 
el verdadero origen de la sociedad y del poder, tiéne- 
las, no obstante, muy lúcidas, determinadas, fijas, so- 
bre el verdadero objeto y fin de entrambos; y, ora haga 
descender directa é inmediatamente de Dios el derecha 
de mandar, ora le suponga comunicado primordial- 
raente á la sociedad, y transmitido después á los go- 
bernantes, siempre está conforme en que el poder es 
para el bien común, y que, si no encamina sms actos 
á este bien, cae en la tiranía. 

Los privilegios, los honores, las distinciones cuales- 
quiera, todo lo examina con su piedra de toque favo- 



- 83 - 

Tita: el bien común; si un objeto le contraría, es con- 
denado como dañoso; si no sirve para él, es desechado 
4:omo inútil. Bien convencida de que lo único que tie- 
ne un valor real, atendible en la distribución de los 
puestos sociales, son la sabiduría y la virtud, clama 
siempre para que se las busque, y se las levante á la 
cumbre del poder y de la gloria, aunque sea arrancán- 
dolas de en medio de la obscuridad más profunda, ün 
noble que, ufano de sus títulos y blasones, ensalza las 
hazañas de antepasados á quienes no sabe imitar, es á 
sus ojos un objeto ridículo; un hombre á quien dejará 
disfrutar de sus riquezas, por no tocar al sagrado de la 
propiedad, pero á quien quitará por todos los medios 
legítimos la influencia que pudieran darle sus títulos 
'de sangre. Si atiende al nacimiento ó á las riquezas, 
no es por lo que son en sí, sino como signo de más ^ 
•cumplida educación, ó de mayor saber y probidad. 

Llena esta democracia de ideas generosas, teniendo 
un elevado concepto de la dignidad del hombre, recor- 
dando los derechos sin olvidar los deberes, se indigna 
al solo nombre de la tiranía; la odia, la condena, la 
rechaza, y discurre de continuo cuál es el medio más 
oportuno de precaverla. Cuerda y sosegada, comocom-» 
pañera inseparable de la razón y del buen sentido, se 
aviene muy bien con la monarquía; pero puede ase- 
gurarse que, en general, ha deseado que, de una ú otra 
manera, las leyes del país pusieran coto á las demasías 
de los reyes. Bien ha conocido que el escollo en que 
éstos peligraban de estrellarse, era cargar demasiado á"» 
los pueblos con impuestos desmedidos; y, por lo mis- 
mo, ha sido siempre su idea favorita, que no ha muer- 
to jamás, aun cuando no haya sido posible ponerla en 
práctica, el coartar la ilimitada libertad del poder en ^ 
materia de contribuciones. Otra idea la ha dominado 
también, y es, que no prevaleciera nunca, ni en la for- 
mación de las leyes, ni en su aplicación, la voluntad 
del hombre: siempre ha deseado algunas garantías de 
que el lugar de la razón no estaría ocupado por la vo- 
luntad. 



— 84 — 

Tanta ha sido la fuerza de este deseo universal, que» 
se ha comunicado á las costumbres europeas de unr 
modo indeleble; y los monarcas más absolutos no han' 
podido dejar de satisfacerle. Así, es muy digno de no- 
tarse que siempre se han visto al lado de los tronos» 
consejos respetables, cuya existencia estaba asegurada 
ó por las leyes ó por las costumbres de la nación; con- 
sejos que, por cierto, no podían conservar en ciertas 
circunstancias toda aquella independencia que habían 
menester para llenar cumplidamente su objeto, pero 
que no dejaban de producir un gran bien; pues que 
sv soia existencia era una elocuente protesta contra 
las disposiciones injustas y arbitrarias, una magnífica 
personificación de la razón y de la justicia, señalanda 
con su dedo los sagrados límites que no debe nunca 
pisar el más poderoso monarca. Dei mismo origen di~ 
mana que los soberanos en Europa no ejercen la facul- 
tad de juzgar por sí mismos, distinguiéndose en esta 
dr ]os sultanes. Las leyes y costumbres europeas re- 
chazan fuertemente esa facultad; que tan funesta es al 
pueblo y al monarca; y la sola narración de un aten- 
tado semejante concitaría contra su autor la indigna- 
ción pública. 

Todo esto significa que ei principio tan celebrado de 
que no es el monarca quien manda, sino la ley, está 
ya recibido en Europa de muchos siglos á esta parte; 
y largo tiempo antes de que lo enunciaran con énfasis 
los publicistas modernos, estaba ya vigente en todas 
las naciones de Europa. Diráse quizás que así era en 
teoría, mas no en la práctica: no negaré que hubiera 
excepciones reprensibles; pero, en general, el princi- 
pio era respetado. Por punto de comparación tenemos 
el reinado más absoluto de los tiempos modernos, el 
poder real en toda su ilimitada extensión, en todo su 
auge y esplendor, el reinado de quien pudo decir cott 
desmedido orgullo, y hasta cierto punto con verdad, 
el Estado soy yo: el de Luis XIV. En medio siglo que 
duró, y en tanta variedad y complicación de ocurren- 
cias, ¿cuántas muertes, confiscaciones, deportamientos 



- 85 — 

se verificaron de real orden, sin forma de juicio? Se 
citarán tal vez algunos atropellamientos; pero compá- 
rense con lo que sucede en los países fuera de Europa 
en semejanza de circunstancias, recuérdese lo que 
acontecía en tiempo del imperio romano, no se olviden 
los excesos de los reinos absolutos dondequiera que 
no ha dominado el Cristianismo, y se verá entonces 
que ni siquiera son dignos de mentarse los desmanes 
que se hayan cometido en las monarquías de Eu- 
ropa. 

Esto prueba que no es arbitraria ni ficticia la distin- 
ción que se ha hecho entre los gobiernos monárquicos . 
absolutos y los despóticos; y para quien conozca la le- 
gislación y la historia de Europa, es esta distinción tan 
palpable, que no podrá menos de sonreírse al oir esas 
fogosas declamaciones en que, por malicia ó ignoran- 
cia, se confunden los dos sistemas de gobierno. 

Esa limitación del poder, ese círculo de razón y de 
justicia que ve siempre trazado en su torno, y que, ora 
sólo tiene su garantía en las ideas y en las costumbres,^ 
©ra en las formas políticas, trae principalmente su ori- 
gen de las ideas que ha difundido el Cristianismo. Él 
ha dicho: <da razón y la justicia, la sabiduría y la vir- 
tud, lo son todo; la mera voluntad del hombre, su na- 
cimiento, sus títulos, por sí solos, no son nada»; estas 
voces han penetrado desde el palacio de los reyes has- 
ta la choza de los pobres; y, cuando un pueblo entero 
se ha imbuido de semejantes ideas, el despotismo asiá- 
tico se ha hecho imposible. Porque, aun cuando no ha- 
yan existido formas políticas que limitasen el poder 
del monarca, éste ha oído siempre resonar por todas 
partes una voz que le decía: «no somos tus esclavos, • 
somos tus subditos; eres rey, pero eres hombre; y hom- 
bre que, como nosotros, has de presentarte un día de- 
lante del Supremo Juez; tú puedes hacer leyes, pero 
sólo para nuestro bien; tú puedes pedirnos tributos, 
pero únicamente los necesarios para el bien común; 
no puedes juzgarnos por tu capricho, sino con arreglo 
á las leyes; no puedes arrebatarnos nuestras propieda- 



— 86 — 

-des, sin ser más culpable que un ladrón común; no 
puedes atentar contra nuestras vidas por sólo tu vo- 
luntad, sin ser un asesino; el poder que has recibido 
no es para tus comodidades y regalos, no es para satis- 
facer tus pasiones, sino únicamente para hacer nues- 
tra dicha; tú eres una persona consagrada, exclusiva- 
mente consagrada al bien público; si de esto te olvidas, 
eres un tirano.» 

Pero, desgraciadamente, al lado de ese espíritu de 
legítima independencia, de razonable libertad, al lado 
de esa democracia tan justa, tan noble y generosa, ha 
marchado siempre otra que ha formado con ella el más 
vivo contraste y le ha acarreado los mayores perjui- 
cios, no dejándole que alcanzase lo que tan justamen- 
te pretendía. Errónea en sus principios, perversa en 
sus intenciones, violenta é injusta en sus actos, ha 
dejado siempre en su huella un reguero de sangre; le- 
jos de proporcionar á los pueblos la verdadera liber- 
tad, sólo ha servido para quitarles la que tenían; ó, en 
caso de que en realidad los haya encontrado gimiendo 
en la esclavitud, sólo ha sido á propósito para rema- 
char sus cadenas. Herm^anándose siempre con las pa- 
siones más ruines, se ha presentado como la bandera 
de cuanto abrigaba la sociedad de más vil y abyecto; 
reuniendo en torno de sí á todos los hombres turbu- 
lentos y malvados, fascinando con engañosas palabras 
una turba de miserables y brindando á sus secuaces 
con el sabroso cebo de los despojos de los vencidos, ha 
sido un eterno semillero de disturbios, escándalos, en- 
carnizados enconos, que al fin vinieron á producir su 
fruto natural: persecuciones, proscripciones y cadal- 
-sos. Su dogma fundamental ha sido negar la autoridad, 
sea del orden que fuere; su empeño constante, des- 
truirla; y la recompensa que esperaba de sus trabajos, 
era sentarse sobre montones de escombros y ruinas, 
cebarse en la sangre de millares de víctimas, y, mien- 
tras se repartía los despojos ensangrentados, entregar- 
le á la insensata algazara de groseras orgías. En todos 
tiempos y países se han visto disturbios, levantamien- 



- 87 - 

tos populares, revoluciones; pero la Europa de siete 
siglos á esta parte presenta dichas escenas con un ca- 
rácter tan singular, que es muy digno de llamar la 
atención de todos los filósofos. En Europa, no sólo han 

xistido esas tendencias á la disolución social, tenden- 
cias de que no es difícil divisar el origen en el mismo 
corazón del hombre, sino que se las ha visto elevadas 
á teoría, defendidas en el terreno de las ideas, con toda 
la obstinación y atascamiento del espíritu de secta; y, 
siempre que se ha ofrecido oportunidad, llevadas á 
cabo con osadía, con tenacidad, con encarnizamiento. 
Extravagancias y delirios formaban el conjunto del 
sistema; obstinación, espíritu de proselitismo, mons- 
truosidades y crímenes, he aquí los caracteres que han 
acompañado su planteo. En todas las páginas de la 
historia se halla atestiguada esta verdad con caracte- 
res de sangre; felices nosotros si no hubiésemos teni- 
do que experimentarla. 

La Europa se asemeja á los hombres de alta capaci- 
dad y de carácter activo y osado, que en lo bueno son 
los mejores, y en lo malo los peores. Aquí, ap -iias hay 
hechos de alguna gravedad que puedan mantenerse 
aislados; aquí no hay verdad que no aproveche, ni 
error que no dañe. El pensamiento tiende siempre á la 
realización, y los hechos á su vez piden su apoyo al 
pensamiento; si hay virtudes, se señala la razón de 
ellas, se busca su fundamento en elevadas teorías; si 
hay crímenes, se procura disculparlos, y, pary lograr- 
lo, se los apoya en sistemas perversos. El pueblo, que 
hace el bien ó el mal, no se contenta con practicarlo á 

olas; se esfuerza en propagarlo, y no reposa hasta que 
le imiten sus vecinos Hay algo más que el apocado 
proselitismo que ae limita á determinados países; di- 
ríase que todas las ideas nacen entre nosotros con pre-» 
tensión al imperio universal El espíritu de propa- 
ganda no data de la revolución francesa, ni aun del 
^iglo ::vi, lesde los primeros albores de la civilización, •< 
desde que el entendimiento comenzó á dar señales de 
-alguna actividad, se presenta este fenómeno de una 

T. iV 2;; 



— 88 — 

manera notable. En la agitada Europa de los siglos xit 
y XIII, vemos la Europa del siglo xix, como en los con- 
fusos lineamientos de una semilla están las formas del 
futuro viviente. 

Buena parte de las sectas que perturbaron la Iglesia 
desde el siglo x, eran profundamente revolucionarias: 
ó nacían directamente de la funesta democracia que 
acabo de recordar, ó buscaban en ella su apoyo. Des- 
graciadamente, esta misma democracia inquieta, in- 
justa y turbulenta, que había comprometido el sosiego- 
de Europa en los siglos anteriores al xvi, encontró sus 
más fervientes patronos en el Protestantismo; entre las 
muchas sectas en que desde luego se fraccionó la falsa 
Reforma, unas le abrieron paso, y otras la tomaron por 
bandera. ¿Y qué efectos debía esto producir en la orga- 
nización política de Europa? Lo diré terminantemente: 
la desaparición de las instituciones políticas en que 
tomaban parte en los negocios del Estado las varias 
clases que le formaban. Y como, atendido el carácter, 
ideas y costumbres de los pueblos europeos,' era muy 
diíícil que se sometieran para siempre á su nueva con- 
dición, y que, siguiendo su inclinación favorita, no 
tratasen de poner coto á la extensión del poder, era 
también muy natural que andando el tiempo sobrevi- 
nieran revoluciones, era natural que las generaciones 
futuras presenciaran grandes catástrofes, tales como 
la revolución inglesa en el siglo xvii, y la francesa en 
.el xviii. 

Hubo un tiempo en que estas verdades pudieron ser 
difíciles de comprender; ahora, no: las revoluciones 
en que de mucho tiempo á esta parte viven sumergi- 
dos, ora unos, ora otros pueblos de Europa, han pues- 
to al alcance, aun de los menos entendidos, esa ley 
que se realiza siempre en la sociedad: la anarquía 
conduce al despotismo , el despotismo engendra la 
anarquía. Jamás en ningún tiempo ni país, y ahí están 
la historia y la experiencia que me abonarán; jamás 
en ningún tiempo ni país se han derramado ideas an- 
tisociales, comunicado á los pueblos el espíritu de in- 



— 89 — 

subordiD ación y levantamiento, sin que, á no tardar* 
se haya presentado el único remedio que en semejan-^ 
te conflicto tienen las naciones: un gobierno muy 
fuerte, que con justicia ó injusticia, con legitimidad ó 
sin ella, levante un brazo de hierro sobre todas las ca- 
bezas, haga inclinar todas las frentes y doblegar todas 
las cervices. Después del ruido y de la algazara viene - 
el silencio más profundo; y entonces los pueblos se 
resignan fácilmente á su nuevo estado; porque cono-, 
cen por reflexión y por instinto que, si bien es muy 
apreciable cierto grado de libertad, la primera necesi-' 
dad de las sociedades es su conservación. 

¿Qué sucede en Alemania con el Protestantismo, 
después de las revoluciones religiosas? Se propalan 
máximas destructoras de toda sociedad, surgen faccio- 
nes, se hacen levantamientos; en el campo y en los 
patíbulos se derrama á torrentes la sangre; pero entra 
luego el instinto de conservación social; y, muy lejos 
(Je arraigarse las formas populares, todo propende al 
extremo contrario. ¿No es allí donde se había lisonjea- 
do tanto al pueblo con la perspectiva de ilimitada 
libertad, con el repartimiento de las propiedades, y 
hasta la comunidad de bienes, y la absoluta igualdad, 
en todas las cosas? Allí mismo, pues, prevalece la des-^ 
igualdad más chocante, allí se conserva en su vigor la 
aristocracia feudal; y cuando en otros países en que na 
se había hecho tanto alarde de liberta^ é igualdad, 
apenas se conocen los lindes que separan á la nobleza 
del pueblo, allí se conserva todavía rica, prepotente, 
rodeada de títulos, de privilegios y de toda clase de 
distinciones. Allí mismo donde se había clamado con- 
tra el poder de los reyes, allí mismo donde se había 
proclamado que rey era sinónimo de tirano, y que ley 
era lo mismo que opresión, allí se levanta la monar- 
quía más absoluta; y el apóstata del orden teutónico, 
funda el reino de Prusia, donde no se han podido in-' 
troducir todavía las formas representativas. En Dina- 
marca se arraiga el Protestantismo, y á su lado echa 
también raíces profundas el poder absoluto; en Suecia^, 



— 90 — 

precisamente á la misma época, se crea el poder de los 
Gustavos. 

¿Qué es lo que sucede en Inglaterra? Las formas re- 
presentativas no fueron introducidas en Inglaterra por 
el Protestantismo; siglos antes existían allí, como en 
otras naciones de Europa. Cabalmente, el monarca 
fundador de la Iglesia anglicana se distinguió por su 
atroz despotismo; y el parlamento que debía servirle 
de freno, se envileció de la manera más vergonzosa. 
¿Qué pensaremos de la libertad de un país, cuyos le- 
,, gisladores 3' representantes se degradan hasta el punto 
^ de declarar que cualquiera que tenga noticia de ilíci- 
; tos amores de la reina, debe acusarla, so pena de alta 
traición? ¿qué pensaremos de la libertad cuando los 
que debían ser sus defensores lisonjeaban tan villana- 
mente las pasiones del destemplado monarca, cuando 
no se avergonzaban de establecer, en obsequio de los 
celos de su soberano, que la doncella que se casase 
V- con un rey de Inglaterra, si antes hubiese padecido 
algún desliz, debía manifestarlo también bajo la pena 
de alta traición? Estas ignominiosas miserias prueban 
ciertamente más abyecto servilismo que la misma de- 

- claración en que el parlamento estableció que la sola 
voluntad del monarca tenía fuerza de ley. 

Ni el conservarse en esta nación las formas represen- 
tativas, cuando habían naufragado en casi todos los 
países de Europa, fueron parte á libertarla de la tira- 
nía; y los ingleses seguramente no recordarán muy 
ufanos la libertad que disfrutaron bajo los reinados de 
Enrique VIÍl y de Isabel. Quizás no había país en Eu- 

- ropa en que se gozara menos libertad, en que bajo for- 
.mas populares se oprimiera más al pueblo, y reinara 

más ilimitado el despotismo. Si algo es capaz de con- 
vencer de estas verdades, en caso de no bastar los he- 
chos ya citados, lo serán, sin duda, los esfuerzos de 
los ingleses para adquirir libertad; y, si es segura señal 
de la violencia y de opresión el esfuerzo que se hace 
'por sacudirla, derecho tenemos á pensar que debía de 
ser muy grande la que sufrían los ingleses, cuando 



— 91 — 

atravesaron una revolución tan dilatada, tan terrible, 
en que se vertieron tantas lágrimas y tanta sangre. 

Si miramos lo acontecido en Francia, notaremos que 
el poder real se ostenta mucho más fuerte y poderoso 
después de las guerras religiosas; y cuando, después 
de tantas agitaciones, disturbios, guerras civiles, ve- 
mos el reinado de Luis XIV, y oímos al orgulloso mo- 
narca diciendo el Estado soy yo, tenemos delante la 
personificación más completa del mando absoluto que * 
viene siempre en pos de la anarquía. Si los pueblos 
europeos tienen algo de que dolerse con respecto al 
ilimitado poder que ejercieron los monarcas, si tienen 
que lamentarse de que se hundieran todas las formas 
representativas que podían ser una garantía de sus 
libertades,, puédenlo agradecer al Protestantismo, que/ 
esparciendo por toda Europa los gérmenes de la anar- 
quía, creó una necesidad imperiosa, urgente, impres- 
cindible, de centralizar el mando, de fortificar el poder 
real, de que se obstruyesen todos los conductos por 
donde pudieran expresarse principios disolventes, de 
que se separasen y aislasen todos los elementos que 
con el contacto y el roce eran susceptibles de infla- 
marse y de acarrear conflagraciones funestas. 

Todos los hombres pensadores habrán de convenir 
en esta parte conmigo; y en el modo de considerar el 
engrandecimiento del poder absoluto en Europa, no 
verán más que la realización de un hecho observado 
ya de antemano en todas partes. Por cierto que los mo- 
narcas de Europa no pueden compararse, ni en su ori- . 
gen ni en sus actos, con los déspotas que con este ó 
aquel título se han apoderado del mando de la socie- 
dad, en aquellos momentos críticos en que estaba á 
punto de disolverse; pero bien podrá decirse que la 
ilimitación de su poder ha provenido también de una 
gran necesidad social, de que, sin una autoridad única 
y fuerte, no era posible la conservación del orden pú- 
blico. Espanto causa el dar una ojeada por la Europa 
después de haber aparecido el Protestantismo. ¡Qué di- 
solución tan asombrosa! ¡Qué extravío de ideas! ¡Qué^ 



— 92 — 

relajación de costumbres! {Qué muchedumbre de sec- 
tas! ¡Cuánto encono en los ánimos! ¡Cuánto encarniza- 
miento y ferocidad! Disputas acaloradas, contiendas 
interminables, acusaciones, recriminaciones sin fin, 
disturbios, revueltas, guerras intestinas, guerras ex- 
tranjeras, batallas sangrientas, suplicios atroces: he 
aquí los efectos de la manzana de la discordia arrojada 
en medio de pueblos hermanos. ¿Y qué había de resul- 
tar de esa confusión, de ese retroceso en que parecía la 
sociedad encaminarse de nuevo á los medios de vio- 
lencia, y á substituir el hecho al derecho? Lo que ha- 
bía de resultar era lo que resultó: que el instinto de 
conservación, más fuerte que las pasiones y delirios de 
los hombres, había de prevalecer, y había de sugerir á 
la Europa el único medio que tenía de salvarse, y era: 
que el poder real, que á la sazón había adquirido mu- 
cho auge y poderío, acabase de llegar á la cumbre; que 
allí se aislase, se separase enteramente del pueblo, im- 
pusiese silencio á las pasiones; lográndose, con la 
fuerza de una institución muy poderosa, lo que hu- 
biera podido obtenerse con la acertada dirección de las 
ideas; neutralizándose con la robustez del cetro el im- 
pulso de destrucción que había sufrido la sociedad. 

Esto, si bien se mira, está representado por lo acon- 
tecido en 1680 en Suecia, cuando se sometió entera- 
mente á la libre voluntad de Carlos XI; en 1669 en 
Dinamarca, cuando la nación, fatigada de anarquía, 
suplicó al rey Federico III que se dignase declarar la 
monarquía hereditaria y absoluta, como en efecto lo 
hizo; en 1747 en Holanda, con la creación del Stathou- 
der hereditario; y, si queremos ejemplares más vio- 
lentos, podemos recordar el despotismo de Gromwell 
«n Inglaterra en pos de tantas revoluciones, y al de 
Napoleón en Francia después de la república. (7) 



93 



CA.PITULO LXIV 



Cuando estaban encarados á manera de rivales en 
liza los tres elementos de gobierno, la monarquía, la 
aristocracia y la democracia, el medio más á propósito 
para que prevaleciese la primera con exclusión de las 
demás, er? arrojar á una de éstas en el camino de las 
demasíe? y excesos. Entonces se creaba una necesidad 
imprescindible de que un centro de acción, único, 
fuerte, libr^^ de toda trabr, pusiera coto á los desmanes 
y asegurase el orden público 

Cabalmente el elemento popular se hallaba entoncef. 
en una posición bien llena de esperanzas, nada escasa, 
emp*»ro, de peligros; para conservaí If influenció ad- 
quirida y granjearse mayor ascendiente y poderle , era 
menester que anduviera con mucha circunspocción y 
miramiento El poder real era ya á la sazón muy fuer- 
te; y como una parte de su fuerza la había alcanzado 
poniéndose de parte del pueble en las luchan y con- 
tiendas que éste tenía col los señores, el poder del 
monarca se presentaba como el protector nato de loe 
intereses populares. Esto entrañaba mucha verdad; 
mas no dejaba de abrir espaciosa puerta para que 
los reyes pudieran ensanchar ilimitadamente sus fa- 
cultades, á expensas de los fueros y libertades de los 
pueblos. 

Un germen de división existía entre la aristocracia y 
los comunes, lo que prestaba ocasión á los reyes de 
escatimar y cercenar á los señores sus derechos y po- 
der, pudiendo estar seguros de que toda medida que 
á este fin se encaminara, hallaría buena acogida en la 
multitud. Pero, en cambio, también podía est. r seguro 
el monarca de que no sería mal mirado por los señores 
todo acto dirigido á doblegar la cerviz de ese pueblo, 
que tan erguida empezaba á levantarla cuando se tra- 



-- 94 — 

taba de resistir á los aristócratas feudales; y en tal 
caso, si el pueblo se propasaba á demasías y desmanes, 
si se veían prohijadas por él máximas y doctrinas sub- 
versivas del orden público, nadie había de poner obs- 
táculo á que le enfrenase el monarca por todos los me- 
dios posibles. Siendo los grandes quienes tenían fuerza 
para hacerlo, se hubieran abstenido de realizarlo; ya 
para que no se desencadenase enteramente contra 
ellos mismos, y no les arrebatase con las prerrogativas 
y honores hasta las propiedades y la vida; ya también 
porque, siendo su rival el pueblo de muchos siglos an- 
tes, y enconada esta rivalidad por tantos y tan porfia- 
dos combates, era regular que mirasen con secreta 
complacencia la humillación de aquel que acababa de 
humillarlos, y que ayudaran á esto con todas sus fuer- 
zas, dado que la mala dirección que comenzaba á to- 
mar el movimiento popular, les ofrecía ocasión de sa- 
tisfacer su venganza, cubriéndola con el velo de la 
utilidad pública. 

Contaba á la sazón el pueblo con algunos medios de 
defensa; pero, si llegaba á quedarse aislado y en oposi- 
ción el trono, eran esos medios demasiado débiles para 
que pudiera prometerse la victoria. El saber no era ya 
un patrimonio exclusivo de ninguna clase privilegia- 
da; pero es menester confesar que no había transcu- 
riido el tiempo necesario para difundirse loá conoci- 
mientos hasta el punto de que pudiera formarse una 
opinión pública, bastante poderosa para influir direc- 
tamente sobre los negocios de gobierno. La imprenta, 
si bien ya comenzaba á dar sus frutos, no se había des- 
arrollado de manera que las ideas adquirieran aquel 
grado de movilidad y rapidez que han alcanzado en 
tiempos po>teriores: á pesar de los esfuerzos que se 
hacían en todas partes en pro de la difusión de los co- 
nocimientos, basta tener alguna noticia de la natura- 
leza y carácter de éstos en aquella época, para quedar 
convencido de que no eran á propósito, ni en su fonda 
ni en su forma, para que participasen mucho de ello» 
iQg clases populares. 



— 95 — 

Con el desarrollo de las artes y comercio, se formaba,. 
á la verdad, un nuevo género de riqueza, que por pre- » 
cisión debía ser el patrimonio del pueblo; pero estaban 
aún en su infancia, y no habían alcanzado aquella ex- j 
tensión y arraigo á que han llegado después, basta en- 
lazarse íntimamente con todos los ramos de la socie- 
dad. Á excepción de uno que otro país muy reducido, 
el nombre de comerciante y artesano no tenía el pres- 
tigio suíiciente para que con este solo título se pudiera 
ejercer mucha influencia. 

Atendido el curso de las cosas, y la altura á que se 
había levantado el poder real sobre las ruinas del feu-' 
dalismo, antes de que el elemento democrático pudie- 
ra hacerse respetar lo bastante, el solo medio que se 
ofrecía para poner límites á la potestad de los monar- 
cas, era la unión de 'la aristocracia con el pueblo. No ' 
era fácil semejante empresa, cuando hemos visto que 
mediaban entre ellos enconadas rivalidades; y éstas 
eran inevitables hasta cierto punto, pues que tenían 
su origen en la oposición de los respectivos intereses. 
Pero es menester recordar que la nobleza no era la úni- 
ca aristocracia, pues existía otra, todavía más fuerte y " 
poderosa que ella: el clero. Tenía á la sazón esta clase 
todo aquel ascendiente é influencia que dan los me- • 
dios morales unidos con los materiales; pues, además 
del carácter religioso que la hacía respetable y vene- 
randa á los ojos de los pueblos, poseía al propio tiem- 
po abundantes riquezas, con las cuales, al paso que le ^ 
era fácil granjearse de mil maneras la gratitud, y ase- 
gurarse influencia, podía también hacerse temer de los 
grandes y respetar de los monarcas. Y he aquí un ye- 
rro capital del Protestantismo: quebrantar entonces el ' 
poder del clero era apresurar la completa victoria de la 
monarquía absoluta, era dejar al pueblo sin apoyo, al 
monarca sin freno, á la aristocracia sin trabazón, sin 
principio de vida: era impedir que pudieran combinar- 
se sazonadamente los tres elementos, monárquico, aris- 
tocrático y democrático, para formar el gobierno tem- 
plado, á que parecían dirigirse casi todas las naciones- 
de Europa. 



— 96 - 

Ya se ha risto que no convenía entonces dejar al 
pueblo aislado, porque su existencia política era toda- 
vía muy débil y precaria; y no es menos claro que, si 
la nobleza había de quedar como un medio de gobier- 
no, tampoco era conveniente dejarla sola; pues que, 
no entrañando esta clase otro principio vital que el 
que le daban sus títulos y privilegios, no podía soste- 
nerse contra los ataques que el poder real le dirigía de 
continuo. Mal de su grado, le era preciso plegarse á la 
voluntad del monarca, abandonando los inaccesibles 
Xíastillos para trasladarse á representar el papel de cor- 
tesana en los lujosos salones de los reyes. 

El Protestantismo quebrantó el poder del clero, no 
«ólo en los países en que llegó á establecer sus errores, 
sino también en los demás; porque allí donde él no 
pudo introducirse, se difundieron un tanto sus ideas 
en la parte que no estaba en abierta oposición con la 
fe católica. Desde entonces el poder del clero quedó 
sin uno de sus principales apoyos, cual era la influen- 
cia política del Papa; pues no sólo los reyes cobraron 
mayor osadía contra las pretensiones de la Sede apos- 
tólica, sino también los mismos Papas, para no dar 
ningijn pretexto ni ocasión á las declamaciones de los 
protestantes, debieron andar con mucha circunspec- 
ción en lo perteneciente á negocios temporales. Todo 
esto se ha mirado como un progreso de la civilización 
europea, como un paso hacia la libertad; sin embargo, 
el rápido bosquejo que acabo de presentar con respec- 
to á la política, manifiesta claramente que, lejos de se- 
guirse el camino más acertado para desenvolver las 
formas representativas, se anduvo por el sendero que 
conducía al gobierno absoluto. 

El Protestantismo, como interesado en quebrantar 
de todos modos el poder del Papa, ensalzó el de los re- 
yes hasta en las cosas espirituales; y, concentrando de 
esta manera en sus manos el temporal y espiritual, 
dejó al real sin ningún linaje de contrapeso. Así, qui- 
tando la esperanza de alcanzar libertad por medios sua- 
Tes, arrojó á los pueblos al uso de la fuerza, y abrió ei 



--97 — 

«ráter de las revoluciones, que tantas lágrimas han 
costado á la Europa moderna. 

Si las formas de libertad política habían de arraigar- 
se y perfeccionarse, era necesario que no salieran pre- 
maturamente de la atmósfera en que habían nacido: y 
toda vez que en esa atmósfera había el elemento mo- 
nárquico, el aristocrático y el democrático, todos fe- 
cundizados y dirigidos por la religión católica; toda 
vez que bajo la influencia de la misma empezaban á 
combinarse suavemente, era menester no separar la 
política de la religión; y, lejos de mirar al clero cual 
si fuera un elemento dañino, importaba considerarle 
como un mediador entre todas las clases y poderes, 
que templara el calor de las luchas, pusiera coto á las 
demasías y no permitiera el prevalecimiento exclusivo 
ni del monarca, ni de los grandes, ni del pueblo. Siem- 
pre que se trata de combinar poderes é intereses muy 
diferentes, es necesario un mediador, es necesario que 
intervenga algo que impida los choques violentos; si 
este mediador no existe por la naturaleza de las cosas, 
es preciso crearle con la ley. Por lo cual, sube muy de 
punto la evidencia del daño que hizo á la Europa el 
Protestantismo, pues fué su primer paso aislar comple- 
tamente al poder temporal, ponerle ó en rivalidad ó en 
hostilidad con el espiritual, y dejar al monarca frente 
á frente con el pueblo solo. La aristocracia lega perdió 
desde luego su influencia política, porque le falti^ la 
fuerza y trabazón que sacaba de estar mezclada con la 
aristocracia eclesiástica; y, reducidos los nobles á la 
esfera de cortesanos, encontróse sin contrapeso el po- 
der del rey. 

Ya lo he dicho, y lo repito aquí: muy útil fué para 
la conservación del orden público, y, por tanto, muy 
conducente para el desarrollo de la civilización, el que 
se robusteciese el poder real, aun cuando fuera á ex- 
pensas de los derechos y libertades de los señores y de 
los comunes; pero, ya que, mientras se confiesa esta 
Terdad, no se escasean los lamentos por el exceso que 
tomó ese poder, es necesario considerar que una de las 



- 98 — 

causas que más contribuyeron á ello, fué el sacar al; 
clero del juego de la máquina política. Á principios del 
siglo XVI ya no estaba la cuestión en si habían de con- 
servarse esa muchedumbre de castillos desde donde 
un orgulloso barón dictaba la ley á sus vasallos y se 
creía con facultades para desobedecer las disposiciones 
del monarca; ni tampoco en si habían de conservarse 
ese hormiguero de libertades comunales, que no te- 
nían ninguna trabazón entre sí, que estaban en oposi- 
ción con las pretensiones de los grandes, que embara- 
zaban la acción del soberano, é impedían la formación 
de un gobierno central, que, asegurando el orden y 
protegiendo todos los intereses legítimos, diera impul- 
so al movimiento de civilización que con tanta viveza 
había comenzado. No estaba en esto la cuestión, por- 
que los castillos iban allanándose á toda prisa, los se- 
ñores iban descendiendo de sus fortalezas para mos- 
trarse más humanos con el pueblo, ceder á sus exi- 
gencias, é inclinar con respeto la frente ante el poder 
del monarca; y ios comunes, precisados á entrar en la 
amalgama que se iba haciendo de tantas pequeñas re- 
públicas pura formar grandes monarquías, se veían 
forzados á sufrir que se escatimasen y cercenasen sus 
fueros y libertades en la parte que se oponía á la cen- 
tralización general. 

La cuestión estaba en si había algún medio de que, 
alcanzando los pueblos los beneficios que había de 
traerles la centralización y engrandecimiento del po- 
der, era dable, al propio tiempo, señalar á éste límites 
legales; de manera que, sin embarazar ni debilitar su 
acción, ejerciesen los pueblos una razonable influencia 
en el curso de los negocios; y, sobre todo, si podrían 
conservar el derecho que tenían ya adquirido de vigi- 
lar Li inversión de los cauüales públicos. Es decir, que 
se trataba de evitar las escenas sangrientas de las re- 
voluciones, y los abusos y desmanes de los privados. 

Para que los pueblos pudieran por sí solos conservar 
esta influencia, era necesario que contaran con un re- 
curso indispensable para tales casos, recurso de que^ 



— 99 — 

«n general, estaban muy faltos: la inteligencia en los 
negocios públicos.. No es esto decir que entre los co- 
munes no hubiera cierta clase de conocimientos, pero 
es menester no olvidar que la palabra público acababa 
de levantarse á una altura muy superior, porque, no 
limitándose su significado á una municipalidad, ni á 
una provincia, á causa de la centralización que, en ge- 
neral, iba prevaleciendo, se extendía á todo un reino, 
y aun éste, no aislado, sino en relación con todos los 
demás pueblos. 

Desde entonces empezaba ya la civilización europea á 
presentar ese carácter de generalidad que la distingue; 
desde entonces, para formar verdadero concepto de un 
negocio en un reino, era menester elevar y extenderla ' 
vista, dar una mirada á la Europa entera, y tal vez al 
mundo. Ya se ve que los hombres capaces de tanta ele- 
vación de miras no debían de ser muy comunes; y, 
además, era natural que, atraído lo más ilustre de It 
sociedad por el brillo que rodeaba el trono de los re- 
yes, se formase allí un foco de inteligencia que podría ' 
pretender exclusivos derechos al gobierno. Si con este 
centro de acción y de inteligencia encaráis al pueblo 
solo, todavía débil, todavía ignorante, ¿qué sucederá? 
Bien fácil es conocerlo; pues jamás prevalecieron la 
debilidad y la ignorancia sobre la fuerza y la inteli- 
gencia. ¿Y qué medios había para atajar este inconve- 
niente? Conservar la religión católica en toda Europa; 
conservar de esta manera el influjo del clero; porque 
nadie ignora que éste se hallaba todavía con el cetro 
del saber. 

Guando se ha ensalzado el Protestantismo por haber 
debilitado la influencia política del clero católico, no 
se ha reflexionado bastante sobre la naturaleza de ella. 
Difícil fuera encontrar una clase que tuviera afinida- 
des con los tres elementos de poder, intereses comunes 
-con todos ellos, sin estar exclusivamente ligada con 
ninguno. La monarquía nada tenía que temer del cle- 
ro; pues que los ministros de una religión que mira 
al poder como bajado del cielo, mal podían declararse 



— 100 — 

enemigos del real, que, como hemos visto, era la cabe* 
za de todos los demás. La aristocracia tampoco tenía- 
que recelar del clero, mientras se limitase á un círcu- 
lo razonable. Al alegar sus títulos de propiedad con 
respecto á sus riquezas, y sus derechos á cierta consi- 
deración y preferencia, no se viera contrariada poruña 
clase que por sus principios é intereses no podía ser 
enemiga de cuanto estuviera encerrado en el ámbito 
de la razón, de la justicia y de las leyes. La democra- 
cia, y entiendo ahora por esta palabra la generalidad 
del pueblo, había encontrado, á la época de su mayor 
abatimiento, el más firme apoyo, el más generoso am- 
paro en la Iglesia; y ella, que tanto había trabajado 
por emanciparle de la antigua esclavitud, por alige- 
rarle las cadenas feudales, ¿cómo podía ser enemiga 
de una clase á quien miraba como á su hechura? Si el 
pueblo había mejorado su estado civil, lo debía al cle- 
ro; si había alcanzado influencia política, lo debía á la 
mejora de su situación, y esta mejora era debida al 
clero; y si, á su vez, el clero tenía en alguna parte se- 
guro apoyo, había de ser en esta misma clase popular,, 
que estaba con él en continuo contacto, y que de él 
recibía todas sus inspiraciones y enseñanza. 

Además, la Iglesia tomaba indistintamente sus indi- 
viduos de en medio de todas las clases, sin que fjxigie- 
ra para elevar á un hombre al sagrado ministerio, ni 
títulos de nobleza, ni riquezas, y esto solo ^ra bastante 
para que el clero tuviese con las inferiores, relaciones 
muy íntimas, y que no pudieran éstas mirarle con 
aversión ni desvío. Échase, pues, de ver que el clero, 
ligado con todas las clases, era un elemento excelente 
para impedir el prevalecimiento exclusivo por parte 
de ninguna de ellas, y muy á propósito para que se 
mantuvieran todos los elementos en cierta fermenta- 
ción suave y fecunda, que, andando el tiempo, produ- 
jese una combinación natural y sazonada. 

No es esto decir que hubiesen faltado desavenen- 
cias, contiendas, quizás luchas; casas todas inevitables 
mientras los hombres no dejen de ser hombres; pero^ 



— 101 ~ 

¿cfuién no ve que entonces no fuera posible el espan- 
toso derramamiento de sangre que se hizo en las gue- 
rras de Alemania, en la revolución de Inglaterra, y en 
la de Francia? 

Se me dirá, quizás, que el espíritu de la civilización 
europea se encaminaba por necesidad á diáminuir la 
excesiva desigualdad de clases; yo lo confieso; y aun 
añadiré que esa tendencia era muy conforme á los- 
principios y máximas de lá religión cristiana, que re- 
cuerda de continuo á los hombres su igualdad ante 
Dios, que todos tienen un mismo origen y destino, 
que nada son las riquezas y los honores, que lo único 
que hay de sólido sobre la tierra, lo único que nos 
hace agradables á los ojos de Dios, es la virtud. Pero, ^ 
reformar, no es destruir; para remediar el mal, no se 
debe matar á quien lo padece. Se ha preferido derribar 
de un golpe lo que se podía corregir por medios lega- 
les; falseada la civilización europea con las funestas 
innovaciones del siglo xvi, desconocida la legítima au- 
toridad hasta en las materias que le eran más propias, 
se han substituido á su acción benéfica y suave los de- ^ 
sastrosos recursos de la violencia. Tres siglos de cala- 
midades han amaestrado un tanto á las naciones, ma-»- 
nifestándoles cuan peligroso es, aun para el buen 
éxito de las empresas, el encomendarlas á los duros 
azares del empleo de la fuerza; pero es probable que, 
si el Protestantismo no hubiese aparecido como man- 
zana de discordia, todas las grandes cuestiones socia- 
les y políticas estarían mucho más próximas á una re- 
solución acertada y pacífica, si es que no hubiesen 
sido resueltas mucho tiempo antes. (8) 



— 102 — 



CAPITULO LXV 



La ciencia política más moderna se lisonjea de sus 
grandes adelantos en materia de gobiernos represen- 
tativos; y nos dice de continuo que la escuela donde 
habían recibido sus lecciones los diputados de la Asam- 
blea constituyente, nada entendía de achaque de cons- 
tituciones políticas. Y bien, comparando las doctrinas 
de la escuela dominante con las de su predecesora, 
¿cuál es la diferencia que las distingue? ¿En qué pun- 
tos están discordes? ¿Dónde está el ponderado adelan- 
to? La del siglo xviii había dicho: «el rey es, natural- 
mente, el enemigo del pueblo; su poder, es necesario 
ó destruirle enteramente, ó, al menos, cercenarle y 
limitarle de tal manera, que se presente en la cima del 
edificio social con las manos atadas, y sólo con la fa- 
cultad de aprobar lo que sea del agrado de los repre- 
sentantes del pueblo.» ¿Y qué dice la escuela moderna, 
ella que se precia de más adelantada, que se aplaude 
de no haber despreciado las lecciones de la experien- 
cia, que se gloría de haber dado en el blanco señalado 
por la razón y el buen sentido? «La monarquía, dice, 
es una verdadera necesidad para las grandes naciones 
europeas; sea lo que fuere de los ensayos hechos en 
América, éstos han de sufrir todavía la prueba del 
tiempo; y, además, habiéndose verificado en circuns- 
tancias muy diferentes de las nuestras, nunca pueden 
ser imitadas por nosotros. El rey no ha de ser mirado 
como un enemigo del pueblo, sino como su padre; y, 
lejos de exponerle á la vista pública con las manos 
atadas, es necesario presentarle rodeado de poder, de 
grandor, y hasta de majestad y de pompa; porque, de 
otro modo, no será posible que el krono llene las altas 
funciones que le están encomendadas. El rey ha de ser 
inviolable; y esta inviolabilidad es menester que na 



— 103 - 

gea de puro nombre, sino verdadera y efectiva, sin que 
pueda ser atacada jamás bajo ningún pretexto. Es ne- 
cesario que el monarca esté colocado en una esfera su- 
perior al torbellino de las pasiones y partidos, cual una 
divinidad tutelar, que, enteramente ajena á toda mira 
mezquina, á toda pasión baja, sea como el represen- 
tante de la razón y de la justicia.» «Insensatos; han 
dicho sus adversarios: ¿no veis que para tener un rey 
como le queréis vosotros, más valiera no tener nin- 
guno? ¿No veis que el monarca entre vosotros será 
siempre el enemigo nato de la constitución, pues que 
ella le sale siempre al paso por todas partes, embara- 
zándole, coartándole, humillándole?» 

Cotejemos ahora esos adelantos científicos, con las 
doctrinas dominantes en Europa mucho antes de la 
aparición del Protestantismo; y resultará demostrado 
qxib locio cuanto ellas entrañan de razonable, de jus- 
i<i. Cíe útil, era ya sabido, común en Europa, antes que 
oíiíastjn sobre ella otras influencias que las de la Igle- 
sia oatólicit. Bs necesario un rey, dice la escuela moder- 
na y, merced á la influencia de la religión católica, 
iodds las grandes naciones de Europa tenían un rey: 
ii Tty ha de ser mirado, no como enemigo^ sino como pa- 
ire dt¿ pueblo: y padre del pueblo se le apellidaba ya: 
ilpuder ael '*'ey fia de ser grande; y ese poder era grande 
también- pA rey ha de ser inviolable, su persona ha de ser 
iograda; y su. persona era sagrada; y esta prerrogativa 
^ U' aseguraba de muy antiguo la Iglesia, con una ce- 
i«©moDia solemne, augusta, la consagración. 

s^Ei pueblo et soberano, decía la escuela del siglo pa- 
jado, la ley es la expresión de la voluntad general; los 

epresentantes del pueblo son, pues, los únicos que 
tienen la facultad legislativa; el monarca no puede 
contrariar esa voluntad: las leyes se sujetarán á su 
sanción por mera fórmula; si se negase á darla, sufrí 
rán, á lo más, un nuevo examen; pero si la voluntad 
de los representantes del pueblo continuare la misma, 
se la elevará á la esfera de ley; y el monarca que, ne- 
gándole su sanción, había manifestado que la reputaba 

T. IV ii 



— 104 — 

nociva al bien público, quedará obligado á mandarla 
ejecutar, con mengua de su dignidad é independen- 
cia.» ¿Y qué dice á esto la escuela moderna? «La sobe^ 
ranía del pueblo, 6 naádL^igmñcQi, ó tiene un sentido 
muy peligroso; la ley no ha de ser la expresión de la 
vo. untad, sino de la razón: la mera voluntad no basta 
paiii hacer leyes; son necesarias la razón, la justicia, 
la conveniencia pública»; y todas esas ideas eran co- 
munes ya mucho antes del siglo xvi, no sólo entre los 
sabios, sino también entre la gente más sencilla é ig- 
noiiiute. Un doctor del siglo xiii lo había expresado 
con su acostumbrado y admirable laconismo: o r le na- 
ción de la razón, dirigida al bien comiln, «Si queréis, 
continúa la escuela moderna, si queréis que el i)oder 
real sea una verdad, es necesario señalarte el primer 
lu-iur entre los poderes legislativos, es necesario el 2?5¿a 
absoluto»; y, en las antiguas Cortes, en los antiguos 
Estallos y Parlamentos, tenía el rey ese primer puesto 
en los poderes legislativos, y nada se hacía contra su 
voluntad: poseía el veto absoluto. 

«I'uera toda clase, dicen los de la Asamblea consti- 
tu\ ente; fuera toda distinción; el rey, encarado direc- 
ta, inmediatamente, con el pueblo; lo demás, es un 
aten Indo contra los derechos imprescriptibles.» «Sois 
uno.- temerarios, dice la escuela moderna; si no hay 
distinciones, es menester crearlas; si en la sociedad na 
hay clases que de suyo puedan formar un segundo 
cuer jio legislativo, un mediador entre el rey y el pue- 
blo, será menester fingir esas clases, será necesario 
crear por la ley lo que no se halle en la sociedad; si 
no liay realidad, ha de haber ficción.» Y esas clases 
exi>líun en la sociedad antigua, y tomaban parte en 
los negocios públicos, y estaban organizadas en bra- 
zos, y íorniaban altos cuerpos colegisladores. 

Y pregunto yo ahora: ¿de semejante cotejo no resul- 
ta niiis claro que la luz del día, que lo que actualmen- 
te se apellida adelanto en materias de gobierno, es bd 
el londo un verdadero retroceso hacia lo que se halla- 
ba enseñado y practicado por todas partes antes del 



— 105 — 

Protestantismo, bajo la influencia de la religión cató- 
lica? Por cierto que, con respecto á los hombres dota- 
dos de mediana comprensión en materias sociales y 
políticas, podré dispensarme de insistir sobre las dife- 
rencias que necesariamente deben mediar entre una y 
otra época. Reconozco que el mismo curso de las cosas 
hubiera traído modificaciones de importancia, siendo 
preciso acomodar las instituciones políticas á las nue- 
yas necesidades que se habían de satisfacer. Pero sos- 
tengo, sí, que, en cuanto lo consentían las circunstan- 
cias, la civilización europea marchaba por el buen 
camino hacia un mejor porvenir, que ella entrañaba 
en su seno los medios que había menester para refor- 
mar sin trastornar. Mas para esto convenía que los 
acontecimientos se desenvolvieran con espontaneidad, 
sin violencia de ningún género; convenía no olvidar 
que la acción del hombre por sí sola vale muy poco, * 
que los ensayos repentinos son peligrosos; que las 
grandes producciones sociales se asemejan á las de la 
naturaleza; unas y otras necesitan un elemento indis- 
pensable: el tiempo. 

Un hecho hay sobre el cual me parece que no se ha 
fijado la atención, sin embargo de que en él viene en- 
cerrada la explicación de extraños fenómenos que se 
han presenciado durante los tres últimos siglos. El 
hecho es que el Protestantismo ha impedido que la ci-* 
vilización moderna fuera homogénea; contrariándose 
una muy fuerte tendencia que conduce á esta homo- 
geneidad á todas las naciones de Europa. No cabe duda 
qua la civilización de los pueblos recibe su naturaleza 
y caracteres de los principios que le han comunicada 
el movimiento y la vida; y siendo estos principios los 
mismos, á poca diferencia, para todas las naciones de 
Europa, debían éstas parecerse mucho unas á otras* 
La historia se halla en esta parte de acuerdo con la 
filosofía; y así es que, mientras las naciones europeas 
no tuvieron inoculado ningún germen de división, se 
las veía desarrollar sus instituciones civiles y políticas 
con una semejanza muy notable. Es cierto que se ob- 



— 106 - 

servaban entre ellas aquellas diferencias que eran el 
resultado inevitable de la diversidad de circunstan- 
cias; pero se conoce que llevaban camino de asemejar- 
se más y más, tendiendo á formar de la Europa un 
todo, de que nosotros, acostumbrados como estamos á 
la división, no podemos formarnos completa idea. Esta 
homogeneidad hubiera llegado á su colmo por medio 
de la rapidez de la comunicación intelectual y mate- 
rial, que se estableció con el aumento y prosperidad 
de las artes y comercio; y, sobre todo, con la impren- 
ta; pues que el flujo y reflujo de las ideas hubiera 
allanado á toda prisa las desigualdades que separaban 
unas naciones de otras. 

Pero desgraciadamente nació el Protestantismo, y 
separó á los pueblos europeos en dos grandes familias, 
que se profesaron desde.su división un odio mortal; 
odio que produjo encarnizadas guerras, en que se ver- 
tieron torrentes de sangre. Peor que estas catástrofes 
fué todavía el germen de cisma civil, político y litera- 
rio, que dimanó de la falta de unidad religiosa. Las 
instituciones civiles y políticas y todos ios ramos de 
conocimientos habían nacido y prosperado en Europa 
bajo el influjo de la religión; el cisma fué religioso, 
afectó la raíz misma, y por necesidad se extendió á 
todos los ramos. Ésta fué la causa de que se levanta- 
ran entre unas y otras naciones esos muros de bronce 
que las tenían separadas, de que se esparciese por to- 
das partes el espíritu de sospecha y desconfianza, de 
que lo que antes se hubiera juzgado como inocente ó 
de poca monta, se reputase después como altamente 
peligroso. 

Bien se deja entender el malestar, la inquietud, la 
agitación, que combinaciones tan funestas debían traer; 
y la historia de las calamidades que afligieron á la Eu- 
ropa en los tres últimos siglos, puede decirse que está 
encerrada en ese germen maligno. Las guerras de los 
anabaptistas, las del Imperio, la de los treinta años, ¿á 
quiénes las debe la Alemania? Las de los hugonotes, 
las escenas sangrientas de la Liga, ¿á quién las debe 



— 107 — 

la Francia? ¿A quién debe esa causa profunda de divi- 
sión, ese semillero de discordia, que empezó en los 
hugonotes, continuó en el jansenismo, prosiguió con 
la filosofía y terminó en la Convención? ¿La Inglaterra, 
si no abrigara en su seno ese hormiguero de sectas que 
nacieron en ella con el Protestantismo, hubiera tenido 
que sufrir los desastres de una revolución prolongada 
por tantos años? Si Enrique VIII no se hubiese sepa- 
rado de la Iglesia católica, no habría pasado la Gran 
Bretaña los dos tercios del siglo xvi en medio de las 
persecuciones religiosas más atroces y del despotismo 
más brutal, ni se hubiera visto anegada en la mayor 
parte del siglo xvii en raudales de sangre vertida por 
el fanatismo de las sectas. Sin el Protestantismo, ¿ha- 
bría llegado al fatal estado en que se halla la cuestión \ 
irlandesa, dejando apenas medio entre un desmembra- 
miento del imperio y una revolución espantosa? Pue- 
blos hermanos, ¿no hubieran encontrado medio de en- 
tenderse amistosamente, si durante los tres últimos 
siglos no los separaran las discordias religiosas con un 
lago de sangre? 

Esas ligas ofensivas y defensivas entre naciones y 
naciones, que dividían la Europa en dos partes no me- ♦ 
nos enemigas que cristianos y musulmanes, esos odios 
tradicionales entre el norte y el mediodía, esa profun- 
da separación entre la Alemania protestante y la cató- 
lica, entre la España y la Inglaterra, y entre ésta y la 
Francia, debieron de contribuir sobremanera á que se 
retardase la comunicación entre los pueblos europeos, 
y á que sólo se lograse, con el desarrollo de los me- 
dios materiales, lo que se habría obtenido mucho an- • 
tes con el auxilio de los morales. El vapor se encamina 
á convertir la Europa en una gran ciudad; ¿quién tie- 
ne la culpa de que se hayan odiado, durante tres si- 
glos, hombres que habían de hallarse un día bajo un 
mismo techo? El estrecharse mucho antes los corazo- 
nes, ¿no hubiera anticipado el momento feliz en que 
pudieran estrecharse las manos? 



108 - 



CAPITULO LXVI 



Incompleta dejaría la aclaración de esta materia, si 
no soltase la dificultad siguiente: «En España dominó 
exclusivamente el Catolicismo, y á su lado prevaleció 
la monarquía absoluta, lo que indica que las doctrinas 
católicas son enemigas de la libertad política.» La ma- 
yor parte de los hombres no entran en profundo exa- 
men sobre la verdadera naturaleza de las cosas, ni so- 
bre el valor de las palabras; en pudiéndose presentarles 
alguna cosa de bulto, y que hiera fuertemente su ima- 
ginación, aceptan los hechos tales como se les ofrecen 
á primera vista, y confunden sin reparo la casualidad 
con la coincidencia. No puede negarse que el predomi- 
nio de la religión católica coincidió en España con el 
prevalecimienfo de la monarquía absoluta; pero la difi- 
cultad está en si fué la religión la verdadera causa de 
dicho prevalecimiento; si fué ella quien echó por el 
suelo las antiguas cortes, asentando sobre las ruinas 
de las instituciones populares el trono de los monar- 
cas absolutos. 

Antes de colocarnos en el terreno donde ha de agi- 
tarse la presente cuestión, es decir, antes de descender 
al examen de las causas particulares que destruyeron 
la influencia de la religión en los negocios públicos, 
será bien recordar que en Dinamarca, en Suecia, en 
Alemania, se estableció y arraigó el absolutismo al 
lado del Protestantismo; lo que basta para manifestar 
que se puede fiar muy poco del argumento de las coin- 
cidencias, pues que, militando la misma razón en un 
caso que en otro, tendríamos también probado que el 
Protestantismo conduce á la monarquía absoluta. Y 
aquí advertiré que, cuando en los capítulos anteriores 
me propuse manifestar que la falsa Reforma contribu* 
yó á matap la libertad política, si bien llamé la aten- 



— 109 — 

clon sobre las coincidencias, no me fundé únicamente 
en ellas, sino en que el Protestantismo sembrando doc- 
trinas disolventes había hecho necesario un poder más 
fuerte; y destruyendo la influencia política del clero y 
del Papa había trastornado el equilibrio de las clases, 
dejando al trono sin contrapeso, y aumentado, además, 
sus facultades, otorgándole la supremacía eclesiástica 
en los países protestantes, y exagerando sus prerroga- 
tivas en los católicos. 

Pero, dejemos esas consideraciones generales, y fije- 
mos la vista sobre España. Esta nación tiene la desgra- 
cia de ser una de las menos conocidas; pues que ni se 
hace un verdadero estudio de su historia, ni se obser- 
va cual debe su situación presente. Sus agitaciones, 
sus revueltas, sus guerras civiles, están diciendo en 
alta voz que no se acierta en el verdadero sistema de 
gobierno; lo que indica bien á las claras que se tiene 
poco conocida la nación que se ha de gobernar. Con 
respecto á su historia, aun es mayor, si cabe, el desva- 
río; porque, como los sucesos se han alejado ya mucho 
de nosotros, y si influyen sobre lo presente es de un 
modo secreto y no muy fácil de ser conocido, satisfe- 
chos los observadores con una mirada superficial, suel- 
tan la rienda al curso de sus opiniones, y quedan éstas 
substituidas á la realidad de los hechos. 

Casi todos los autores que tratan de las causas por 
que se perdió en España la libertad política, fijan prin- 
cipal ó exclusivamente sus ojos sobre Castilla, y atri- 
buyen á la sagacidad de los monarcas mucho más de 
lo que les señala el curso de los sucesos. La guerra de 
las comunidades suele tomarse como punto de vista; 
al decir de ciertos escritores, parece que sin la derrota 
de Villalar hubiera medrado indefectiblemente la li- 
bertad española. Ni negaré que la guerra de las comu- 
nidades sea un excelente punto de vista para estudiar 
esta materia, ni que en los campos de Villalar se hi- 
ciera en algún modo el desenlace del drama, ni que 
Castilla deba mirarse como el centro de los aconteci- 
mientos, ni que los monarcas españoles empleasen 



— lio — 

mucha sagacidad en llevar á cabo su empresa; creo, 
sin embargo, que no es justo dar á ninguna de esas 
consideraciones una preferencia exclusiva; y, además, 
me parece también que por lo común no se atina en el 
verdadero punto de la dificultad, que se toman á ve- 
ces los efectos por las causas, y lo accesorio por lo prin- 
cipal. 

Á mi juido, las causas de la ruina de las institucio- 
nes libres fueron las siguientes: 1.*, el desarrollo pre- 
maturo y excesivamente lato de esas mismas institu- 
ciones; 2.*, el haberse formado la nación española de 
miembros tan heterogéneos, y que tenían todos insti- 
tuciones muy populares; 3.*, el haberse asentado el 
centro del mando en medio de las provincias donde 
eran menos amplias dichas formas, y más dominante 
el poder de los reyes: 4.", la excesiva abundancia de ri 
quezas, de poderío y de gloria de que se vio rodeado el 
pueblo español, y que le adormecieron en brazos de su 
dicha; 5.*,«la posición militar y conquistadora en que 
se encontraron los monarcas españoles; posición que, 
cabalmente, se halló en todo su auge y esplendor, en 
los tiempos críticos en que debía decidirse la contien- 
da. Examinaré rápidamente estas causas, ya que la na- 
turaleza de la obra no me permite hacerlo con la ex- 
tensión que reclaman la gravedad é importancia del 
asunto. El lector me dispensará esta excursión políti- 
ca, recordando el estrecho enlace que con la presente 
materia tiene la cuestión religiosa. 

Es un hecho fuera de duda que la España fué entw 
las naciones monárquicas la que llevó la delantera en 
punto á formas populares. El desarrollo fué prematuro 
y excesivo, y esto contribuyó á arruinarlas; de la pro- 
pia suerte que enferma y muere temprano el niño que 
en edad demasiado tierna llega á estatura muy alta, & 
manifiesta inteligencia sobrado precoz. 

Ese vivo espíritu de libertad, esa muchedumbre de^ 
fueros y privilegios, esas trabas que embargaban el 
movimiento del poder privándole de ejercer su acción 
tfon rapidez y energía, ese gran desarrollo del elemen- 



— 111 - 

lo popular, de suyo inquieto y turbulento, al lado de 
las riquezas, poderío y orgullo de la aristocracia, de- 
bían engendrar naturalmente muchos disturbios; pues 
no era posible que funcionaran tranquilamente, con 
acción simultánea, tantos, tan varios y tan opuestos 
elementos, que, además, no habían tenido aún el tiem- 
po suficiente para combinarse cual debieran, á fin de 
vivir en pacífica comunión y harmonía. El orden es la 
primera necesidad de las sociedades; á ella deben do- 
blegarse las ideas, las costumbres y las leyes; y así es 
que, en viéndose que existe algún germen de desorden 
continuo, por más arraigo que tenga ese germen, se 
puede asegurar que ó será extirpado, ó al menos amor- 
tiguado, hasta que no ofrezca perenne riesgo á la tran- 
quilidad pública. La organización municipal y política 
de España tenía este inconveniente; y he aquí una ne- 
cesidad imperiosa de modificarla. 

Tal era á la sazón el estado de las ideas y costum- 
bres, que no era fácil que parase la cosa en mera mo- 
dificación; porque no había entonces como ahora ese 
espíritu constituyente que crea con tanta facilidad nu- 
merosas asambleas para formar nuevos códigos funda- 
mentales ó reformar los antiguos; ni habían tomado 
las ideas esa generalidad por la cual, elevándose sobre 
todo lo que tiene algo de circunscrito á un pueblo 
particular, se encumbran hasta aquellas altas regiones 
desde donde se pierden de vista todas las circunstan- 
cias locales, y no se divisa más que hombre, sociedad, 
nación, gobierno. Entonces no era así: una carta de li- 
bertad concedida por un rey á alguna ciudad ó villa; 
alguna franquicia arrancada á un seüor por sus vasa- 
llos armados; algún privilegio obtenido por una acción 
ilustre en las guerras, ora propia, ora de los ascendien- 
tes; una concesión hecha en cortes por el monarca en 
el acto del otorgamiento de alguna contribución, ó, 
como la llamaban, servicio; una ley, una costumbre, 
cuya antigüedad se ocultaba en la obs^curidad de los 
tiempos, y se confundía con la cuna de la monarquía; 
éstos y otros semejantes eran los títulos en que estri- 



— 112 — 

l)aba la libertad de la nobleza y del pueblo, títulos de 
que se mostraban ufanos, y de cuya conservación é in- 
tegridad eran celosísimos y acérrimos defensores. 

La libertad de ahora tiene algo de más vago, y á ve- 
ces de menos positivo, á causa de la misma geoeralidad 
y elevación á que se han remontado las ideas; pero, en 
cambio, es también menos á propósito para ser des- 
truida: porque, hablando un lenguaje entendido de to- 
dos los pueblos, y presentándose como una causa co- 
mún á todas las naciones, excita simpatías universales, 
y puede formar asociaciones más vastas para resguar- 
darse contra los golpes que el poder intente descargar- 
le. Las palabras de libertad, de igualdad, de derechos 
del hombre, las de intervención del pueblo en los ne- 
gocios públicos, de responsabilidad ministerial, de opi- 
nión pública, de libertad de imprenta, de tolerancia y 
otras semejantes, entrañan ciertamente mucha varie- 
dad de sentidos, difícil de deslindar y clasificar, cuan- 
do se trata de hacer de ellas aplicaciones particulares; 
pero no dejan, sin embargo, de ofrecer al espíritu cier- 
tas ideas que, aunque complicadas y confusas, tienen 
alguna falsa apariencia de sencillez y claridad. Y'como, 
de otra parte, presentan objetos de bulto, que deslum- 
hran con colores vivos y halagüeños, resulta que al 
pronunciarlas se os escucha con interés, sois compren- 
dido de todos los pueblos, y parece que, constituyén- 
doos el campeón de lo que por ellas viene expresado, 
os eleváis al alto rango de defensor de los derechos de 
la humanidad entera. Pero presentaos entre los pue- 
blos libres de los siglos xiv y xv, y os hallaréis en si- 
tuación muy diferente; tomad en manos una franqui- 
cia de Cataluña ó Castilla, y dirigios á esos aragoneses 
que tan bravos se muestran al tratar de sus fueros; 
aquello no es lo suyo, no excita su celo ni su interés; 
mientras no hallen el nombre que les recuerde alguna 
de sus villas ó ciudades, aquel pergamino será para 
ellos una cosa indiferente y extraña. 

Este inconveniente, qu§ tenía su raíz en el mismo 
estado de las ideas, de suyo limitadas á circunstancias 



— 113 — 

locales, subía de punto en España, donde se andaban 
amalgamando debajo de un mismo cetro pueblos tan 
diferentes en sus costumbres y en su organización mu- 
nicipal y política, y que además no carecían de rivali- 
dades y rencores. En tal caso, era mucho más fácil que 
pudiera combatir la libertad de una provincia, sin que 
las demás se creyeran ofendidas, ni temieran por la 
suya. Si cuando se levantaron en Castilla las comuni- 
dades contra Garlos V, hubiera existido esa comunica- 
ción de ideas y sentimientos, esas vivas simpatías que 
á la sazón enlazan á todos los pueblos, la derrota de 
Villalar habría sido una derrota, y nada más; porque, 
resonando el grito de alarma en Aragón y Cataluña, á 
buen seguro que hubieran dado mucho más que en- 
tender al inexperto y mal aconsejado monarca. Pero 
lio fué así: se hicieron esfuerzos aislados, y, por lo mis- 
mo, estériles. 

El poder real, procediendo siempre sobre un mismo 
plan, podía ir batiendo por partes aquellas fuerzas di- 
seminadas, y el resultado no era dudoso. En 1521 pere- 
cieron en un cadalso Padilla, Bravo y Maldonado; en 
1591 sufrieron igual suerte en Aragón D. Diego de He- 
redia, D. Juan de Luna y el mismo Justicia D. Anto- 
nio de Lanuza; y cuando en 1640 se sublevaron los 
catalanes en defensa de sus fueros, á pesar de sus ma- 
nifiestos por atraerse partidarios, no encontraron quién * 
íes ayudase. 

No existían entonces esas hojas sueltas que á cada 
mañana nos llaman la atención hacia toda clase de 
cuestiones, y que nos alarman al menor riesgo. Los 
pueblos, apegados á sus usos y costumbres, satisfechos 
<;on las nominales confirmaciones que de sus fueros 
iban haciendo cada día los reyes, ufanos con la vene- 
ración que éstos manifestaban á las antiguas liberta- 
des, no reparaban que tenían á su vista un adversario 
«agaz, que no empleaba la fuerza sino cuando era me- 
nester para un golpe decisivo; pero que en todo caso la . 
tenía siempre preparada para aplastarlos con robusta 
viano. 



- 114 — 

Estudiando con reflexión la historia de España, se 
•bserva desde luego que el plan de concentrar toda la 
acción gubernativa en manos del monarca, excluyen- 
do en cuanto fuera dable la influencia de la nación, 
principió desde el reinado de Fernando é Isabel. Y no 
es extraño; porque entonces hubo á un tiempo má& 
necesidad y mayor facilidad de hacerlo. Hubo más ne- 
cesidad, porque, partiendo la acción del gobierno de 
un mismo centro, y extendiéndose á toda España, á la 
sazón tan varia en sus leyes, usos y costumbres, de- 
bíase de sentir más de lleno y con mayor viveza el 
embarazo que oponía á la acción central tanta diversi- 
dad de cortes, de ayuntamientos, de códigos y privile- 
gios; y, como todo gobierno desea que su acción sea 
rápida y eficaz, era natural que se apoderase del con- 
sejo de los reyes de España el pensamiento de allanar, 
de uniformar y centralizar. 

Ya se deja entender que á un rey que se hallaba á 
la cabeza de numerosos ejércitos, que disponía de so- 
berbias flotas, que había humillado en cien encuentros 
á poderosos enemigos, que se veía respetado de las na- 
ciones extranjeras, no podía serle muy agradable el 
tener que sujetarse á cada paso á celebrar cortes, ora 
en Castilla, ora en Aragón, después en Valencia, luego 
en Cataluña; y que le habían de repugnar algún tanto 
aquellos repetidos juramentos de guardar los fueros y 
libertades, aquella eterna cantinela que hacían resonar 
á sus oídos los procuradores de Castilla y los brazos de 
Aragón, de Valencia y de Cataluña. Ya se deja enten- 
der que aquello de tener que humillarse á pedir á la» 
cortes algún servicio para los gastos del Estado, y en 
particular para las guerras casi nunca interrumpidas, 
les había de caer tan poco en gracia á los reyes, que 
sólo se resignarían á hacerlo, temiendo la fiera altivea 
de aquellos hombres, que, al paso que combatían como 
leones en el campo de batalla cuando se trataba de su 
religión, de su patria y de su rey, hubieran peleado in- 
trépidos en las calles y en sus casas, si se hubiese in- 
tentado arrebatarles los fueros y franquicias que ha- 
bían heredado de sus mayores. 



— 115 — 

Con sólo la reunión de las coronas de Aragón y Gas- 
tilla, se preparó de tal manera ya la ruina de las insti- 
tuciones populares, que era poco menos que imposible 
AO viniesen al suelo. Desde entonces quedó el trono 
-en posición demasiado elevada, para que pudieran ser 
barreras bastantes á contenerle los fueros de los remos 
que se habían unido. Si quisiéramos imaginar un po- 
der político que á la sazón fuera capaz de hacer frente 
al trono, deberíamos figurarnos todas las asambleas 
que con nombre de cortes se veían de vez en cuando 
en varias partes del reino, reunidas también, refundi- 
das en una representación nacional, aumentándose su 
fuerza de la propia manera que se había aumentado la 
de los reyes; deberíamos imaginarnos aquella asamblea 
central, heredera de sus componentes en celo por la 
conservación de los fueros y privilegios, sacrificando 
en las aras del bien común todas las rivalidades, y di- 
rigiéndose á su objeto con paso firme, en masa com- 
pacta, para que no fuera fácil abrirle ninguna brecha* 
Es decir, que deberíamos figurarnos un imposible; im- 
posible por el estado de las ideas, imposible por el es- 
tado de los costumbres, imposible por las rivalidades 
de los pueblos, imposible porque no eran éstos capa- 
ces de comprender la cuestión bajo un aspecto tan 
grandioso, imposible por la resistencia que á ello ha- 
brían opuesto los reyes, por los embarazos y compli- 
cacionee que hubiera ofrecido la organización munici- 
pal, social y política; en una palabra, deberíamos 
fingir cosas tan imposibles de ser entonces concebidas, 
como ejecutadas. 

Todas las circunstancias favorecían al engrandeci- 
miento del poder del monarca. No siendo ya solamen- 
te rey de Aragón ó Castilla, sino de España, los anti- 
guos reinos iban haciéndose muy pequeños ante la 
altura y esplendor del solio, y como que desde enton- 
ces ya empezaban á tomar el puesto que después les 
había de caber: el ác provincias. Ya el monarca, tenien- 
do que ejercer una acción más extensa y complicada, 
no puede estar en tan continuo contacto con sus vasa- 



— 116 — 

líos; y cuando sea menester celebrar cortes en alguno 
de los reinos componentes, será preciso aguardar mu- 
cho tiempo por hallarse ocupado en otro punto de sus 
dominios. Para castigar una sedición, para enfrenar un 
desmán, ó reprimir una demasía, ya no le será preciso 
acudir á las armas del país; con las de Castilla podrá 
sojuzgar á los que se subleven en la Corona de Aragón, 
y con el ejército de ésta podrá abatir á los rebeldes de 
Castilla. Granada ha caído á sus pies, la Italia se hu- 
milla bajo la vencedora espada de uno de sus genera- 
les, sus ilotas conducen á Colón, que ha descubierto 
un nuevo mundo; volved entonces la vista hacia ese 
bullicio de cortes y ayuntamientos, y desaparecerán á 
vuestros ojos, como desaparecieron en la realidad. 

Si las costumbres de la nación hubieran sido pacífi- 
cas, si no hubiera sido su estado ordinario el de la gue- 
rra, quizás fuera menos dilícil que se salvaran las ins- 
tituciones democráticas. Dirigida exclusivamente la 
atención de los pueblos hacia el régimen municipal y 
político, hubieran podido conocer mejor sus verdade- 
ros intereses; los mismos reyes no se arrojaran tan 
fácilmente á todo linaje de guerras, perdiendo así el 
trono parte del prestigio que le comunicaban el es- 
plendor y el estruendo de las armas; la administración 
no se hubiera resentido de aquella dureza quebranta- 
dura de que más ó menos adolecen siempre las cos- 
tumbres militares; haciéndose de esta suerte menos 
difícil que se conservara algún respeto á los antiguos 
fueros. Cabalmente la España era entonces la nación 
más belicosa del mundo. El campo de batalla era su 
elemento; siete «iglos de combate habían hecho de 
ella un verdadero soldado: las recientes victorias sobre 
los moros, las proezas de los ejércitos de Italia, los 
descubrimientos de Colón, todo contribuía á engreiría 
y á darle aquel espíritu caballeresco que por tanta 
tiempo fué uno de sus notables distintivos. El rey ha- 
bía de ser un capitán, y podía estar seguro de cautivar 
el ánimo de los españoles, mientras se hiciera ilustre 
con brillantes hechos de armas. Y las armas son muy 



- 117 — 

temibles para las instituciones populares; porque, en 
habiendo vencido en el campo de batalla, acostum- 
bran trasladar á las ciudades el orden y la disciplina 
de los campamentos. 

Ya desde el tiempo de Fernando é Isabel se levanta 
tan alto el solio de los reyes de Castilla, que en su pre- 
sencia apenus se divisan las instituciones libres; y, si 
después de la muerte de la reina vuelven á aparecer 
sobre la escena los grandes y el pueblo, es porque, con 
la mala inteligencia entre Fernando el Católico y Feli- 
pe el Hermoso, había perdido el trono su unidad, y, 
por consiguiente, su fuerza. Así es que, tan pronto 
como cesan aquellas circunstancias, sólo se ve figurar 
el trono; y esto no sólo en los últimos días de Fernan- 
do, sino también bajo la regencia de Cisneros. 

Exasperados los castellanos con las demasías de los 
flamencos, y alentados tal vez con la esperanza de la 
debilidad que suele llevar consigo el reinado de un 
monarca muy joven, volvieron á levantar su voz. Las 
reclamaciones y quejas degeneraron luego en distur- 
bios, convirtiéndose después en abierta insurrección, 
Á pesar de las muchas circunstancias que favorecían 
sobremanera á los comuneros, á pesar de la irritación 
que debía de ser general á todas las provincias de la 
monarquía, notamos, sin embargo, que el levanta- 
miento, si bien es considerable, no es tal, sin embar- 
go, que presente la extensión y gravedad de un alza- 
miento general; manteniéndose buena parte de la 
Península en una verdadera neutralidad, é inclinán- 
dose otra á la causa del monarca. Si no me engaño, 
esta circunstancia indica el inmenso prestigio que ha- 
bía adquirido el trono, y que era mirado ya como la 
institución más dominante y poderosa. 

Todo el reinado de Garlos V fué lo más á propósito 
para llevar á cabo la obra comenzada; pues, habiéndo- 
se inaugurado bajo el auspicio de la batalla de Villalar, 
continuó con no interrumpida serie de guerras, en 
que los tesoros y la sangre de los españoles se derra- 
maron por todos los países de Europa, África y Améri- 



— 118 - 

'Ca con prodigalidad excesiva. Ni siquiera se daba á la 
nación el tiempo para cuidar de sus negocios; estaba 
privada casi siempre de la presencia de su rey, y con- 
vertida en provincia de que disponía á su talante el 
emperador de Alemania y dominador de Europa. Es 
verdad que las Cortes de 1538 levantaron muy alto la 
voz, dando á Garlos una lección severa, en lugar del 
servicio que pedía; pero era ya tarde: el clero y la no- 
bleza fueron arrojados de las cortes, y limitada en ade- 
lante la representación de Castilla á los solos procura- 
dores, es decir, condenada á no ser más que un mero 
simulacro de lo que era antes, y un instrumento de la 
voluntad de los reyes. 

Mucho se ha dicho contra Felipe 11; pero, á mi jui- 
cio, no hizo más que colocarse en su lugar propio, y 
dejar que las cosas siguieran su curso natural. La cri- 
sis había pasado ya, la cuestión estaba decidida; para 
que la nación volviese á recobrar la influencia que 
había perdido, era necesario que pasase sobre España 
la innovadora acción de los siglos. 

Mas, no debe creerse por esto que la obra de cimen- 
tar el poder absoluto estuviera ya tan acabada, que no 
quedase ningún vestigio de la antigua libertad; pero, 
refugiada ésta en Aragón y Cataluña, nada podía con- 
tra el gigante que la enfrenaba desde el centro de un 
país ya del todo dominado, desde la capital de Castilla. 
Quizás los monarcas hubieran podido hacer un ensayo 
atrevido, cual era el descargar de una vez un golpe 
recio sobre cuanto les amenazaba; pero, por más pro- 
babilidades que tuvieran de buen éxito, atendidos lo« 
poderosos medios de que disponían, se guardaron muy 
liien de hacerlo: permitieron á los habitantes de Nava- 
rra y de la Corona de Aragón el disfrutar tranquila- 
mente de sus franquicias, fueros y privilegios; cuida- 
ron que no se pegase el contagio á las otras provincias; 
y, con los ataques parciales, y, sobre todo, con el des- 
uso, lograron que se fuera enfriando el celo por lag 
libertades antiguas, y que insensiblemente se acos- 
tumbraran los pueblos á la acción niveladora del po- 
<ier central. (9) 



— II!» — 



CAPITULO LXVII 



En el cuadro que acabo de bosquejar, y cuya rigu- 
rosa exactitud nadie es capaz de poner en duda, no se 
ve la opresora influencia del Catolicismo, no se descu- 
bre la alianza entre el clero y el trono para matar la 
libertad; sólo se presenta á nuestros ojos el curso re- 
gular y natural de las cosas, el sucesivo desarrollo de 
acontecimientos contenidos los unos en los otros, como ' 
la planta en su semilla. 

Por lo tocante á la Inquisición, creo haber dicho lo 
suficiente en los capítulos donde traté de ella; sólo ob- 
servaré ahora que no es verdad que se prostituyese á 
la voluntad de los monarcas, y que estuviese en ma- 
nos de éstos como instrumento político. Su objeto era • 
religioso; y tanto distaba de apartarse de él para lison- 
jear la voluntad del soberano, que, como hemos visto 
ya, no tenía reparo en condenar las doctrinas que en-- 
sanchaban injustamente las facultades del rey. Si se 
me objeta que la Inquisición era intolerante por su 
misma naturaleza, y que así se oponía al desarrollo de 
la libertad, replicaré que la tolerancia, tal como ahora ^ 
la entendemos, no existía á la sazón en ningún país de 
Europa; y que en medio de la intolerancia religiosa se 
emanciparon los comunes, se organizaron las munici- 
palidades y se estableció el sistema de las grandes 
asambleas, que bajo distintos nombres intervenían 
más ó menos directamente en los negocios públicos. 

No se habían entonces trastornado las ideas, dando 
á entender que la religión era amiga y auxiliar de la - 
opresión de los pueblos; muy al contrario, éstos abri- 
gaban un vivo anhelo de libertad, de adelanto, que se 
avenía muy bien en sus espíritus con una fe ardiente, 
entusiasta, que consideraba como muy justo y saluda- 

T IV S3 



- 120 - 

ble que no se tolerasen creencias opuestas á la ense- 
ñanza de la Iglesia romana. 

La unidad en la fe católica no constriñe á los pueblos 
como aro de hierro; no les impide el moverse en todas 
direcciones; la brújula que preserva del extra^ lO en la 
inmensidad del Océano, jamás se apellidó la opresora 
del navegante. 

La antigua unidad de la civilización europea ¿care- 
cía, por ventura, de grandor, de variedad y de belleza? 
La unidad católica que presidía á los destinos de la so- 
ciedad, ¿embargaba acaso su movimiento, ni aun en 
ios siglos bárbaros? ¿Habéis fijado la vista sobre el 
grandioso y placentero espectáculo que presentan los 
siglos anteriores al xvi? Parémonos un momento á con- 
siderarle, que así se comprenderá mejor con cuánta 
verdad he afirmado que el curso de la civilización fué 
torcido por el Protestantismo. 

Con el inmenso sacudimiento producido por la colo- 
sal empresa de las cruzadas, obsérvase cuál hierven los 
poderosos elementos depositados en el seno de la so- 
ciedad. Avivada su acción con el choque y el roce, 
multiplicadas con la unión las fuerzas, despliégase por 
doquiera y en todos sentidos un movimiento de calor 
y de vida, seguro anuncio del alto grado de civiliza- 
ción y cultura á que en breve debía encumbrarse la 
Europa. Cual si una voz poderosa hubiese llamado á la 
vida las ciencias y las artes, preséntanse de nuevo en 
la sociedad, reclaman á voz en grito protección y dis- 
tinguido acogimiento; y los castillos del feudalismo, 
legado de las costumbres de los pueblos conquiátado- 
res, vense de repente iluminados con una lafagade 
luz, que recorre con la velocidad del rayo todos los 
climas y países. Aquellas bandas de hombres que es- 
carbaran fatigosos la tierra en provecho de sus señores, 
levantan erguida su frente; y con el brío en el corazón 
y la franquicia en los labios, demandan una parte en 
los bienes de la sociedad: dirigiéndose recíprocamente 
una mirada de inteligencia, se unen, y reclaman de 
mancomún que se substituyan las leyes á los capri- 
chos. 



— 121 - 

Entonces se forman, se engrandecen, se muran las 
poblaciones; nacen y se desenvuelven las instituciones 
municipales; y acechando tamaña oportunidad los re- 
yes, juguete hasta entonces del orgullo, ambición y 
terquedad de los señores, forman causa común con los 
pueblos. Amenazado de muerte el feudalismo, entra 
con denuedo en la lucha, pero en vano: una fuerza 
más poderosa que los aceros de sus mismos adversa- 
rios le detiene; cual si le oprimiera el ambiente que le 
rodea, siente embargados sus movimientos y debilita- 
da su energía; y, desconfiando ya de la victoria, se 
abandona á los goces con que le brinda el adelanto de 
las artes. 

Trocando la ferrada cota por el delicado traje, el ro- 
busto escudo por el blasón lujoso, el ademán y conti- 
uente guerrero por los modales cortesanos, zapa por 
su misma base todo su poder, deja que se desenvuelva 
completamente el elemento popular y que tome cre- 
ces cada día mayores el poder de los monarcas. 

Robustecido el cetro de los reyes, desenvueltas las 
instituciones municipales, socavado y debilitado el 
¡eudalismo, cayendo de continuo á los golpes de tan- 
ios adversarios los restos de barbarie y de opresión 
que se notaran en las leyes, veíanse un número consi- 
derable de grandes naciones, presentando, y esto por 
la primera vez en el mundo, presentando el apacible 
espectáculo de algunos millones de individuos reuni- 
dos en sociedad, y que disfrutaban de los derechos de 
hombre y de ciudadano. 

Hasta entonces se había tenido siempre el cuidado 
de asegurar la tranquilidad pública, y hasta la exis^ 
tencia de la sociedad, separando del juego de la má- 
quina á gran parte de los hombres por medio de la es- 
clavitud; y esto probaba á la vez la degradación, y la 
flaqueza intrínseca de las constituciones antiguas. La 
religión cristiana, con el animoso aliento que inspiran 
el sentimiento de las propias fuerzas y el ardiente amor 
de la humanidad, no dudando de que tenía á la mano 
muchos otros medios para contener al hombre, sin que 



— 122 — 

necesitase apelar á la degradación y á la fuerza, había 
resuelto el problema del modo más grande y generoso. 
Ella había dicho á la sociedad: «¿temes esa inmensa 
turba que no cuenta con bastantes títulos para poseer 
tu confianza? Pues yo salgo fiador por ella; tú la sojuz- 
gas con una cadena de hierro al cuello, yo domeñaré 
su mismo corazón; suéltala libremente, y esa muche- 
dumbre que te hace temblar como manada de bestias 
feroces, se convertirá en clase útil para sí y para ti 
misma.» Y había sido escuchada esta voz; y, libres ya 
del férreo yugo todos los hombres, trabábase aquella 
noble lucha que debía equilibrar la sociedad, sin des- 
truirla ni desquiciarla. 

Ya hemos visto más arriba que se hallaban á la sa- 
zón, cara á cara, adversarios muy poderosos; y, si bien 
eran inevitables algunos choques más ó menos violen- 
tos, nada había que hiciese presagiar grandes catástro- 
fes, con tal que combinaciones funestas no vinieran á 
romper el freno, único capaz de dominar ánimos tan 
briosos y tal vez exasperados, quitando de en medio 
aquella voz robusta que hubiera dicho á los comba- 
tientes: basta; aquella voz que hubiera sido escuchada 
con más ó menos docilidad, pero lo suficiente para 
templar el calor de las pasiones, moderar el ímpetu de 
los ataques y prevenir escenas sangrientas. 

Dando una ojeada sobre Europa á fines del siglo xv 
y principios del xvi, buscando los elementos que cam- 
peaban en la sociedad, y que entrando en reñida com- 
petencia podían turbar su sosiego, descúbrese el poder 
real elevado ya á grande altura, sobre los señores y 
los pueblos. Si bien se le observa todavía complacien- 
do á sus rivales, y abalanzarse hacia unos para sojuz- 
gar á los otros, se conoce fácilmente que aquel poder 
es ya indestructible; y que, más ó menos coartado por 
los recuerdos altaneros del feudalismo, y por la fuerza 
siempre creciente é invasora del brazo popular, debía 
qnedar, no obstante, como un centro que pusiese á cu- 
bierto á la sociedad de violencias y demasías. Tan mar- 
cada era la dirección hacia este punto, que, con más ó 



- 123 - 

menos claridad, con caracteres más ó menos semejan- 
tes, se presenta por douqiera el mismo fenómeno. 

Las naciones eran grandes en extensión y abundan- 
tes en número: abolida la esclavitud, se había sancio- 
nado el principio de que el hombre debía vivir libre 
en medio de la sociedad, disfrutando de sus beneficios 
más esenciales, quedándole ancho campo para ocupar 
un grado más ó menos elevado en la jerarquía, según 
fueran los medios que emplease para conquistarlo. 
Desde entonces la sociedad había dicho á todo indivi- 
duo: «Te reconozco como á hombre y como á ciudada- 
no; desde ahora te aseguro estos títulos; si deseas una 
vida sosegada en el seno de tu familia, trabaja y aho- 
rra; y nadie te arrebatará el fruto de tus sudores, ni 
limitará el uso de tus facultades; si codicias grandes 
riquezas, mira cómo las adquieren los otros, y desplie- 
ga tú como ellos igual grado de actividad y de inteli- 
gencia; si anhelas la gloria, si ambicionas los grandes 
puestos, los títulos brillantes, ahí están las ciencias y 
las armas; si tu familia te ha transmitido un nombre 
ilustre, podrás acrecentar su esplendor; cuando no, tú 
mismo podrás adquirírtelo.» 

He aquí cómo se presentaban las condiciones del 
problema social á fines del siglo xv. Todos los datos se 
hallaban á la vista; todos los grandes medios de acción 
estaban descubiertos y se iban desenvolviendo rápida- 
mente; la imprenta transmitía ya el pensamiento de 
un extremo á otro del mundo con la rapidez del re- 
lámpago, y aseguraba su conserración para las gene- 
raciones venideras; la comunicación de los pueblos, el 
renacimiento de las bellas letras y de las artes, el cul- 
tivo de las ciencias, el espíritu de viaje y de comercio, 
el descubrimiento de un rumbo nuevo para las Indias 
orientales, y el de las Américas, la afición á las nego- 
ciaciones políticas para arreglar las relaciones interna- 
cionales, todo se había combinado ya para que reci- 
bieran los ánimos aquel fuerte impulso, aquel sacudi- 
miento, que despierta y desarrolla á la vez todas las 
facultades del hombre, comunicando á los pueblos una. 
nueva vida. 



— 124 — 

Apenas puede alcanzarse cómo, en vista de datos tari 
positivos y ciertos, de tanto bulto, que basta abrirla 
historia para tropezar con ellos, se haya podido decir 
seriamente que el Protestantismo hizo progresar al li- 
naje humano. Si anteriormente á la reforma de Lutero 
se hubiera visto á la sociedad estacionaria, sin salir del 
caos en que la sumergieran las irrupcion^es de los bár- 
baros; si los pueblos no hubieran acertado á consti- 
tuirse en grandes naciones, con formas de gobierno 
más ó menos bien organizadas, pero que sin disputa 
llevaban ventaja á cuantas hasta entonces habían exis- 
tido; si la administración de justicia, más ó menos bien 
ejercida, no hubiese tenido ya un sistema de legisla- 
ción muy moral, muy razonable y equitativo, donde 
pudiera fundar sus fallos; si los pueblos no hubiesen 
sacudido en gran parte el yugo del feudalismo, adqui- 
riendo abundantes medios para la conservación y de- 
fensa de las libertades; si el régimen administrativo no 
hubiese ya dado gigantescos pasos con el estableci- 
miento, extensión y mejora de las municipalidades; si, 
engrandeciéndose, robusteciéndose y solidándose el 
poder real, no se hubiese creado en medio de la socie- 
dad un centro fuerte para ejecutar el bien, impedir el 
mal, contener las pasiones, prevenir luchas funestas y 
velar por los intereses generales, dispensándoles pe- 
renne protección y eficaz fomento; si no se hubiera ya 
visto desde entonces en todos los pueblos una sagaz 
previsión del escollo en que peligraba de estrellarse la 
sociedad, por dejar sin ningún linaje de contrapeso el 
poderío de los reyes; si esto se hubiera verificado des- 
pués de la revolución religiosa del siglo xvi, entonces 
tuviera el aserto alguna verosimilitud, ó al menos no 
habría el inconveniente de verle desde luego en clara 
oposición con las más reparables y ciertas fechas. 

Por de pronto, quiero conceder que en toda clase de 
materias sociales, políticas y administrativas se hayan 
hecho desde entonces grandes adelantos; ¿sigúese de 
esto que sean debidos á la reforma protestante? Lo que 
era necesario es que dos sociedades enteramente se- 



— 125 — 

nejantes en posición y circunstancias, separadas, em- 
:)ero, por larga distancia de tiempos para que no se 
pudieran afectar recíprocamente, hubiesen estado su- 
ietas la una á la influencia católica, y la otra á la pro- 
estante; eü tal caso habrían podido presentarse ambas 
religiones y decir: esto es mi obra. Pero comparar ahora ' 
tiempos muy diferentes, circunstancias nada pareci- 
das, posiciones excepcionales con épocas comunes; y 
no considerar que los primeros pasos en todas las cosas 
son siempre los más difíciles, y que el mayor mérito 
es el de la invención; y aun después que se ha incurri- 
do en tan palpables defectos de lógica, empeñarse en 
atribuir aun hecho todos los otros hechos sólo por- 
que han venido después de él, esto es no tener un de- 
í?eo sincero de la verdad, es empeñarse en adulterar la - 
historia. 

La organización de la sociedad europea, tal como la 
encontró el Protestantismo, no era ciertamente lo que , 
lebía ser; pero era sí todo lo que podía ser. k menos 
que la Providencia hubiera querido conducir el mun-^ 
do por medio de prodigios, no era dable que en aque- 
lla sazón se hallase la Europa constituida de otra ma- 
nera más ventajosa. Los elementos de adelanto, de 
felicidad, de civilización y cultura estaban en su seno, 
eran abundantes y poderosos; con la acción del tiempo 
iban desenvolviéndose de un modo verdaderamente 
admirable; y ya que, á fuerza de dolorosas experien- 
íias, las doctrinas disolventes van menguando en pres- 
tigio y crédito, tal vez no esté lejos el día en que todos 
los filósofos que examinen desinteresadamente esa 
época de la historia, convengan en que la sociedad ha- 
bía recibido entonces el movimiento más acertado; y 
que, viniendo el Protestantismo á torcerle el curso, no 
hizo más que precipitarla por un rumbo sembrado de 
escollos, donde ha estado ya á pique de zozobrar, y 
donde zozobraría tal vez, si la mano del Altísimo no 
fuese más poderosa que el débil brazo del hombre. 

Gloríanse los protestantes de haber hecho un gran 
servicio á la sociedad, quebrantando en unas partes y 



— 126 — 

enervando en otras el poder de los Papas; por lo que- 
toca á la supremacía en relación á las cosas de fe, basta 
lo dicho sobre las desastrosas consecuencias del espíri^ 
tu privado; y, por lo concerniente á la disciplina, como 
no trato de engolfarme en materias que llevarían so- 
brado lejos los límites de esta obra, sólo rogaré á mis 
adversarios que reflexionen si es prudente dejar á una 
sociedad extendida por todo el mundo, sin legislador, 
sin juez, sin arbitro, sin consultor, sin jefe. 

Poder temporal. Esta palabra ha sido por mucho tiem- 
po el espantajo de los reyes, la enseña de los partidos 
anticatólicos, el lazo donde han caído muchos hom- 
bres de buena fe, el blanco contra el cual han asestado 
con más libertad sus tiros los políticos malcontentos, 
los escritores ofendidos, los canonistas adustos; y nada 
más natural, pues, que en esta materia encontraban 
ancho campo para desfogar sus resentimientos, y ver- 
ter sospechosas doctrinas; seguros de que, aparentan- 
do celo por el poder de los monarcas, encontrarían 
para los azares que pudieran ofrecerse, decidida pro- 
tección en los palacios de los reyes. No es aquí el lugar 
de discutir una materia que ha dado campo á tan aca- 
loradas y eruditas disputas; y sería esto tanto menos 
oportuno, cuanto no es regular que en la actualidad 
ninguna potencia abrigue recelos con respecto á usur- 
paciones temporales de la Santa Sede. Ésta, que, di- 
gan lo que quieran sus enemigos, ha mostrado en to- 
das épocas, hasta humanamente hablando, más pru- 
dencia, más tino, sufrimiento y cordura que ninguna 
otra potestad de la tierra, ha sabido también, en los 
dificilísimos tiempos modernos, colocarse en tal posi- 
ción, que, sin disminuir su dignidad, sin apartarla de 
sus altos deberes, la dejase, no obstante, desembaraza- 
da y flexible, para atemperarse á lo que reclamaban 
circunstancias diferentes. 

Es indudable que el poder temporal del Papa se ha- 
bía, con el transcurso de los tiempos, elevado á tan 
grande altura, que ya no era solamente el sucesor de 
San Pedro, sino un consultor, un arbitro, un juez uni- 



— 127 ~ 

versal, de cuyo fallo era peligroso disentir, hasta con 
respecto á objetos meramente políticos. Con el movi- 
miento general de Europa se había este poder debili- 
tado algún tanto; conservaba, sin embargo, cuando la 
¡parición del Protestantismo, tal ascendiente en los, 
ánimos, inspiraba tales sentimientos de veneración y 
respeto y disponía de medios tan poderosos para de-^ 
tender sus derechos, sostener sus pretensiones, apoyar 
sus juicios y hacer respetar sus consejos, que aun los 
monarcas más poderosos de Europa consideraban como 
inconveniente de mucha gravedad , en un negocio 
cualquiera, el contar como adversaria á la Corte de 
Roma; por cuyo motivo, procuraban siempre con gran- 
de ahinco captarse su benevolencia y alcanzar su amis- 
tad. De manera que se había constituido Roma en 
centro general de negociaciones, y no había asunto- 
importante que pudiera substraerse á su influencia. 

Tanto se ha declamado contra ese poder colosal, con- 
tra esa pretendida usurpación de derechos, que no pa- 
rece sino que los Papas fueron una serie de profundos 
conspiradores, que, con sus manejos y artificios, á 
nádamenos aspiraban que á la monarquía universal. 

Ya que se ha querido blasonar de espíritu de obser- 
vación y de análisis de los hechos, era necesario repa- 
rar que el poder temporal de ios Papas se robusteció y 
extendió cuando aun no se hallaba verdaderamente 
constituido ninguno de los otros poderes; así, el lla- 
marle usurpación, es, no sólo una inexactitud, sino 
también un anacronismo. En el trastorno general en 
que se hallaban sumidas todas las sociedades europeas 
con la irrupción de los bárbaros, en la informe y 
monstruosa amalgama que se hizo de razas, leyes, cos- 
tumbres y tradiciones, no quedó ninguna base sobre 
que pudiera labrarse la civilización y cultura, ningún 
punto luminoso que iluminara aquel caos, ningún ele- 
mento bastante á fecundar de nuevo las semillas de 
regeneración que yacían sepultadas en medio de es- 
combros y de sangre, sino el Cristianismo; y así es 
que, dominando, humillando, anonadando los restos 



— 128 — 

de las otras religiones, se eleva como solitaria colum- 
na en el centro de una ciudad arruinada, como antor- 
cha brillante en medio de un horizonte de tinieblas. 

Bárbaros como eran los pueblos conquistadores, y 
engreídos por sus triunfos, doblegan, sin embargo, su 
cerviz bajo el cayado de los pastores del rebaño de Je- 
sucristo; y estos hombres tan nuevos para ellos, que 
les hablaban un lenguaje superior y divino, adquieren 
sobre los feroces caudillos de aquellas hordas un as- 
cendiente tan eficaz y duradero, que no fué bastante 
á destruirle el transcurso de los siglos. He aquí la raíz 
del poder temporal; y bien se alcanza que, elevado el 
Papa sobre todos los demás pastores en el edificio de 
la Iglesia, como la soberbia cúpula sobre las demás 
partes de un magnífico templo, su poder debía tam- 
bién levantarse sobre el poder temporal de los simples 
obispos, echando, además, raíces más profundas, más 
robustas, más trabadas y extendidas. Todos los princi- 
pios de legislación, todas las bases de la sociedad, to- 
dos los elementos de cultura, todo cuanto había que- 
dado de artes y ciencias, todo estaba en manos de la 
religión, y todo se puso, por consecuencia muy natu- 
ral, bajo la sombra del solio pontificio; como que este 
era el único poder que obraba con orden, concierto y 
regularidad, el único que ofrecía prendas de estabili- 
dad y firmeza. Sucediéronse unas guerras á otras gue- 
rras, unos trastornos á otros trastornos, unas formas á 
otras formas; pero, el hecho grande, general, dominan- 
te, fué siempre el mismo; y es cosa risible el ©ir á tan- 
to hablador apellidando un fenómeno tan natural, 
tan inevitable, y, sobre todo, tan provechoso, .«serie 
de atentados y de usurpaciones contra el poder tem- 
poral». 

Para que un poder sea usurpado, es menester que 
exista; ¿y dónde existía entonces? ¿En los reyes, jugue- 
te y á menudo víctimas de orgullosos barones? ¿En los 
señores feudales, que estaban en lucha continua entre 
sí, y con los reyes y con los pueblos? ¿En el pueblo, 
;tropa de esclavos, que, merced á los esfuerzos de la 



— 129 — 

eligióu, se iba lentamente emancipando? ¿que, Te- 
miéndose para resistir á los señores, alzando la voz 
)ara reclamar la protección de los reyes, ó demandan- 
lo á la Iglesia un auxilio contra los atropellamientos 
' vejaciones de unos y otros, era no más que un con- 
íuso embrión de sociedad, sin reglas fijas, sin gobier- 
no, sin leyes? ¿Con qué buena fe se han podido compa- 
rar nuestros tiempos con aquellos tiempos, queriendo 
aplicar reglas de deslinde de autoridad, sóloadmisi-* 
bles en sociedades que, habiendo ya desarrollado los 
elementos de vida y civilización, y asentadas sobre ba- 
es firmes y duraderas, ordenan las funciones de los 
poderes sociales, entrando en minuciosos detalles so- 
bre el límite de las respectivas atribuciones? 

No debiera haberse olvidado que discurrir de otra 
llanera es pedir orden al caos, regularidad á las oléa- 
las de una tormenta. No debiera haberse olvidado 
tampoco un hecho general y constante, como fundado 
en la misma naturaleza de las cosas; hecho de que da 
repetidas lecciones la historia de todos los tiempos y 
países, y que señaladamente se ha mostrado de un 
modo muy notable en las revoluciones de los pueblos 
modernos, cual es, que siempre que hay un gran des- ^ 
-orden en la sociedad, se presenta un principio fuerte 
para contrarrestarle. Empiézase la lucha, se repiten, 
üe avivan, se multiplican los choques; pero, al fin, 
cede el principio de desorden al principio de orden, y' 
queda dominante por largo tiempo en la sociedad el 
que ha obtenido el triunfo. Este principio será más ó 
menos justo, más ó menos racional, más ó menos vio- 
lento, más ó menos apto para llenar el objeto de su 
destino; pero, sea cual fuere y como quiera, siempre 
prevalece, á menos que durante la lucha no se pre- 
sente otro mejor y más fuerte que pueda reempla- 
zarle. 

Ahora bien: en los siglos medios este principio era la , 
Iglesia cristiana; y ella era la única que podía serlo, 
porque en sus dogmas tenia la verdad, en sus leyes la 
¿usticia, en su gobierno la regularidad y la prudencia. 



— 130 — 

Ella era á la sazón el único elemento de vida, la depo- 
sitaría del gran pensamiento que debía reorganizar la 
sociedad; y este pensamiento no era abstracto y vago, 
y sí positivo, práctico, aplicable, como descendido de 
la boca de Aquel cuya palabra fecunda la nada y hace 

• brotar la luz en medio de las tinieblas. Así debía suce- 
der que, habiendo penetrado hasta el corazón de la so- 
ciedad sus dogmas sublimes, se apoderase también de 
las costumbres su moral pura, fraternal y consolado- 

» ra; y que las formas de gobierno, los sistemas de legis- 
lación, participasen más ó menos de su poderosa y 
suave influencia. Éstos son hechos, nada más que he- 
chos; y, enlazándose con ellos otro, cual es, que el cen- 
tro de esta religión, que con tan legítimos títulos iba 

• extendiendo su provechoso predominio, estaba en ma- 
nos del Pontífice romano, bien claro es que, muy na- 
turalmente, debía encontrarse elevado su poder sobre 
todos los otros de la tierra. 

Después de contemplar ese magnífico cuadro que á 
nuestros ojos despliega la íiel y sencilla narración de 
la historia, el pararse en los defectos ó vicios de algu- 
nos hombres, el alegar demasías, yerros ó vicios, pa- 

* trimonio inseparable de la humanidad, el andar á caza 
de ellos al través de larga serie de tenebrosos siglos, 
amontonarlos, reunirlos en un punto de vista para que 
hieran con más fuerza y sorprendan á la credulidad é 
ignorancia, el insistir sobre los mismos, exagerándo- 
los, desfigurándolos y cubriéndolos de -negros colores, 

, es tener muy menguada la vista, es conocer muy esca- 
samente la filosofía de la historia; y, sobre todo, es 
acreditarse de espíritu parcial, de miras poco elevadas, 
lie sentimientos mezquinos y rencorosos. Es preciso 
decirlo en alta voz, para que se oiga; es necesario repe- 
tirlo una y mil veces, para, que no se olvide: no se res- 

^ j)etan los límites que no existen, no se usurpa el poder 
¿uando se crea, no se violan las leyes cuando se for- 
man, no se inducen perturbaciones en la sociedad 
cuando se desembrolla el caos que la envuelve. Esto 
hizo la Iglesi*^; esto hicieron los Papas. (10) 



— 131 — 



CAPITULO LXVIII 



El divorcio irrevocable que se ha querido suponer 
entre la unidad en la fe y la libertad política, es una 
invención de la filosofiía irreligiosa del pasado siglo. 

Sean cuales fueren las opiniones políticas que se 
adopten, importa mucho estar en guarda contra seme- 
jante doctrina; conviene no olvidar que la religión ca- 
tólica pertenece á esfera muy superior á todas las for- 
mas de gobierno, que no rechaza de su seno, ni al ciu- 
dadano de los Estados Unidos, ni al morador de la 
Rusia; que á todos los abraza con igual cariño, que á 
todos les manda obedecer al gobierno legítimo estable- 
cido en su país, que á todos los mira como hijos de un 
mismo padre, como partícipes de una misma reden- 
ción, como herederos de una misma gloria. Importa 
mucho recordar que la irreligión se alia con la libertad 
ó con el despotismo según á ella le interesa; que, si 
aplaude al ver que furibunda plebe incendia los tem- 
plos y degüella á los ministros del Señor, tambióti sabe 
lisonjear á los monarcas, exagerando desmedidamente 
sus facultades, siempre que éstos aciertan á merecer 
sus encomios, despojando al clero, trastornando la dis- 
ciplina ó insultando al Papa. ¿Qué le importan los ins- 
trumentos, con tal que consume su obra? Sefá realis- 
ta, cuando pueda dominar el ánimo de los reyes, ex- 
pulsar á los jesuítas de Francia, España y Portugal, y 
perseguirlos en todos los ángulos de la tierra, sin dar- 
les tregua ni descanso; será liberal, mientras haya 
asambleas que exijan al clero juramentos sacrilegos, y 
envíen al destierro ó al cadalso á los ministros fieles á 
:su deber. 

Preciso fuera haber olvidado la historia, preciso fue- 
ra haber cerrado los ojos á bien reciente experiencia. 



- 132 — 

para desconocer la verdad y exactitud de lo que acabo 
de afirmar. 

. Con religión, con moral, pueden marchar bien todas 
las formas de gobierno; sin ellas, ninguna. Un monarca 
absoluto imbuido en ideas religiosas, rodeado de con- 
sejeros de sanas doctrinas, reinando sobre un pueblo 
donde éstas dominen, puede hacer la felicidad de sus 
subditos; y la hará, á no dudarlo, en cuanto lo permi- 
tan las circunstancias del lugar y tiempo. Un monarca 
impío, ó dirigido por consejeros Impíos, dañará tanto 
más, cuanto más ilimitadas sean sus facultades; será 
más temible que la revolución misma, porque combi- 
nará mejor sus designios, y los ejecutará con más ra- 
pidez, con menos obstáculos, con más apariencias de 
legalidad, con más pretextos de conveniencia pública, 
y, por tanto, con más seguridad de buen éxito y esta- 
bilidad del resultado. Las revoluciones han causado 

* ciertamente muchos daños á la Iglesia; pero no se los 
han causado menores aquellos monarcas que se han 
arrojado á la persecución. Un capricho de Enrique VIII 

^ estableció el Protestantismo en Inglaterra; la codicia 
de otros príncipes produjo el mismo efecto en los paí- 
ses del Norte; y, en nuestros días, un decreto del au- 
tócrata de Rusia fuerza á vivir en el cisma á millones 
de alñías. 
Infiérese de esto que la monarquía pura, si no es re- 

4 ligiosa, no es apetecible; la irreligión, como de suyo es 
inmoral, tiende, naturalmente, á la injusticia, y, por 
consiguiente, á la tiranía. Si llega á sentarse en un 
trono absoluto, ó señorea el ánimo de quien le ocupa, 
sus facultades no tienen límites; y yo no conozco cosa 

' más horrible que la omnipotencia de la impiedad. 
La democracia europea en los últimos tiempos se ha 
señalado tristemente por sus criminales atentados con- 
tra la religión; y esto, lejos de favorecer su causa, la 
ha dañado sobremanera. Porque un gobierno más ó 

* menos lato puede concebirse cuando hay virtudes en 
la sociedad, cuando hay moral, cuando hay religión; 
pero, en faltando éstas, es imposible. Entonces no hay 



— 133 — 

otro medio de gobierno que él despotismo, que el im- 
perio de la fuerza; porque ésta es la única que puede 
regir á los hombres sin conciencia y sin Dios. 

Si reflexionamos sobre las diferencias que mediaron 
entre la revolución de los Estados Unidos y la de Fran- 
cia, hallaremos que no es una de las menores el que 
aquélla fué esencialmente democrática, y ésta, esen- , 
cialmente impía; en los manifiestos con que se inau- 
guraba aquélla, se ve por todas partes el nombre de 
Dios, de la Providencia; los hombres que se han lanza- 
do á la arriesgada empresa de emanciparse de la Gran 
Bretaña, no blasfeman del Señor, le invocan en su au- 
xilio, creyendo que la causa de la independencia es la • 
causa de la razón y de la justicia. En Francia se co- 
mienza haciendo la apoteosis de los corifeos de la irre- 
ligión, se derriban los altares, se salpican con la san- 
are de los sacerdotes los templos, las calles y los ca- 
lalsos, se ofrece á los pueblos, como emblema de la 
evolución, el ateísmo abrazado con la libertad. Esta ' 
nsensatez ha producido su fruto; pegándose el fatal 
ontagio á las demás revoluciones de los últimos tiem- 
i>os, se ha inaugurado el nuevo orden de cosas con 
atentados sacrilegos, y la proclamación de los derechos ^ 
del hombre ha comenzado con la profanación de los 
templos de Aquel de quien emanan todos los derechos. 
Verdad es que los modernos demagogos no han he- 
ho más que imitar á sus predecesores, los protestan- 
tes, husitas y albigenses, sólo que en nuestros tiempos 
se ha manifestado abiertamente la impiedad al lado de 
su digna compañera, la democracia de sangre y lodo, » 
mientras antiguamente se asociaba esta última con el 
fanatismo de las sectas. 

Las doctrinas disolventes del Protestantismo hicieron , 
necesario un poder más fuerte, precipitaron las ruinas 
de las antiguas libertades, é hicieron que la autoridad 
hubiese de estar continuamente en acecho y en acti- 
ud de herir. Debiliíada la influencia del Catolicismo, 
;ué preciso llenar el vacío con el espionaje y la fuerza.' 
No olvidéis este ejemplo, ó vosotros que hacéis la gue- 



— 134 — 

rra á la religión apellidando libertad; no olvidéis que 
las mismas causas producen idénticos efectos; que, si 
no existen las influencias morales, será menester su- 
plirlas con la acción física; que, si quitáis á los pueblos 
el suave freno de la religión, no dejáis otros medios de 
gobierno que la vigilancia de la policía y la fuerza de 
las bayonetas. Meditad y escoged. 

Antes del Protestantismo, la civilización europea, 
colocada bajo la égida de la religión católica, tendía 
evidentemente á esa harmonía general, cuya falta ha 
producido la necesidad de un excesivo empleo de la 
fuerza. Desapareció la unidad de la fe, y con esto se 
introdujo la licencia del pensamiento y la discordia 
religiosa; se destruyó en unas partes y se debilitó en 
otras la influencia del clero, y con esto se rompió el 
equilibrio de las clases, y se inutilizó lo que por su na- 
turaleza estaba destinada á ser mediadora; se enfla- 
queció el poder de los Papas, y con esto se quitó á los 
pueblos y á los gobiernos un freno suave que los tem- 
plaba sin abatirlos, y corregía sin humillarlos; así que- 
de ron frente á frente los reyes y los pueblos, sin una 
clase autorizada que pudiese interponerse en caso de 
conflicto, sin un juez que, amigo de todos y desinte- 
resado en las contiendas, pudiese terminar imparcial- 
mente las desavenencias: el gobierno contó con los 
ejércitos regulares que á la sazón se organizaron; el 
pueblo, con la insurrección. 

Ni vale alegar que en las naciones donde prevaleció 
el Catolicismo, también se verificó en el orden político 
un fenómeno semejante al de los países protestantes; 
yo afirmo que ni aun en los católicos siguieron los 
acontecimientos el curso que les era natural, á no ha- 
ber sobrevenido la malhadada Reforma. La civilización 
europea, para desenvolverse bien y cumplidamente, 
había menester la unidad que la había engendrado; 
sólo así le era dable alcanzar la harmonía de los varios 
elementos que en su seno abrigaba. Faltóle la homo- 
geneidad, tan pronto como desapareció la unidad de la 
fe; desde entonces cada nación se vio precisada á or- 



- 135 - 

^anizarse de la manera conveniente, no sólo atendien- 
lo á sus necesidades interiores, sino también á los 
principios que dominaban en otras partes, y de cuya 
influencia le importaba resguardarse. ¿Creéis que la 
política del gobierno español, constituido en defensor 
de la causa del Catolicismo contra poderosas naciones 
protestantes, no debió de resentirse profundamente de 
las circunstancias excepcionales y sumamente peligro- 
sas en que la España se encontraba? 

Creo haber demostrado que la Iglesia no se ba opues- 
to al legítimo desarrollo de ninguna forma política, que 
ha tomado bajo su protección á todos los gobiernos, y 
que, por consiguiente, es una calumnia cuanto se ha 
dicho de que era naturalmente enemiga de las institu- 
ciones populares. 

He dejado también fuera de duda que las sectas se- 
paradas de la Iglesia católica, fomentando una demo- 
cracia impía ó cegada por el fanatismo, lejos de con- 
tribuir al establecimiento de una justa y razonable 
libertad, colocaron á los pueblos en la alternativa de 
optar entre el desenfreno de la licencia y las ilimita-* 
das facultades del poder supremo. 

Esta lección de la historia la confirma la experien- 
cia, y no la desmentirá el porvenir. El hombre es tanto 
más digno de libertad, cuanto es más religioso y mo-^ 
ral; porque entonces necesita menos el freno exterior, 
á causa de llevarlo muy poderoso en la conciencia pro- 
pia. Un pueblo irreligioso é inmoral ha menester tu-' 
tores que le arreglen sus negocios; abusará siempre , 
de sus derechos, y, por tanto, merecerá que se los 
quiten. 

San Agustín había comprendido admirablemente es- 
tas verdades; y en pocas palabras explica coa mucho 
tino las condiciones necesarias para las diferentes for- 
mas de gobierno. El santo Doctor establece que las po- 
pulares serán buenas, si el pueblo es morigerado y. 
concienzudo; mas, si fuese corrompido, será precisa ó 
la aristocracia reducida á muy pocos, ó la monarquía 
pura. No dudo que se leerá con agrado el interesante 
T. IV io 



— 136 — 

pasaje que en forma de diálogo se encuentra en stt 
lib. i del Libre albedrlo^ cap. 6. 

<íiAgtistin. Los hombres ni los pueblos, ¿tienen acaso 
tal naturaleza, que sean del todo eternos, y no puedan 
ni perecer ni mudarse?=^??Oíf¿o. ¿Quién duda que son 
mudables y están sujetos á la acción del tiempo?= 
Ag. Luego, si el pueblo es muy templado y grave, y 
además muy solícito del bien común, de manera que 
cada cual prefiera la conveniencia pública á la utilidad 
propia, ino es verdad que será bueno establecer por ley que 
este pueblo se elija él mismo los magistrados para la ad- 
ministración de la república^=Evod. Giertamente.=^^. 
Pero, si el mismo pueblo llega á pervertirse de manera 
que los ciudadanos pospongan el bien público al privado, 
si vende sus votos, y, corrompido por los ambiciosos, entre- 
ga el mando de la república á hombres malvados y crimi- 
nales como él, ¿no es verdad que, si hay algún varón 
recto y además poderoso, hará muy bien en quitarle 
á ese pueblo la potestad de distribuir los honores, y 
concentrar este derecho en manos de pocos buenos, ó 
también de uno soXol^Evod. No cabe duda.=^^. Y pa- 
reciendo tan opuestas estas leyes, que la una otorga 
al pueblo la potestad de los honores, lo que la otra le 
niega; y siendo imposible que ambas se hallen vigen- 
tes á un mismo tiempo, ipor ventura deberemos decir que 
nlguna de ellas es injusta, ó que no fué conveniente su 
establecimiento%=Evod. De ninguna manera.» 

<iAug. Quid ipsi homines et populi, eiusne generis 
rerum sunt, ut interire mutarive non possiut aeterni- 
que omnino '&m\."^.=Evodius, Mutabile plañe atque tem- 
pori obnoxium hoc genus esse quis dubitet? = /l?^^. 
Ergo,si populus sit bene moderatus et gravis, commu- 
nisque utilitatis diligentissimus custos, in quo unus- 
quisque minoris rem privatam quam publicam pen- 
da!, nonne recte lex fertur, qua huic ipsi populo liceat 
creare sibi magistratus, per quos suá res, id est publi- 
<;a, administretur?=i5'?j. Recte prorsus.=i4?^^. Porro si- 
paulatim depravatus idem populus rem privatam rei- 
publicae praeferat, atque habeat venale suffragium^ 



— 137 — 

corruptusque ab eis qui honores amant, régimen in 
se üagitiosis consceleralisque committat, nonne item 
recte, si quis tune extiterit vir bonus, qui plurimum 
possit, adimal hule populo potestatem dandi honores, 
ct in paueorum bonorum, vel etiam unius redigat ar- 
hiíTÍuml=Ev. Et id Tecie.=Auff. Cum ergo duae istae 
leges ila sihi videantur esse eontrarite, ut una earum 
honorum dandorum populo tribual potestatem, aufe- 
rat altera, et eum ista seeunda ita lata sit, ut nullo 
modo ambae in una civitate simul esse possint, num 
dieemuíj aliquam earuní iniustam esse et ferri minime 
debuisse?=^?7. Nullo modo.» 

Helo aquí dieho todo en pocas palabras. ¿Pueden ser 
legítimas y hasta convenientes la monarquía, la aris- 
tocracia, la democracia? Sí. ¿Á qué debe atenderse para 
resolver sobre esta legitimidad y conveniencia? Á los 
derechos existentes, y á las circunstancias del pueblo 
á que dichas formas se han de aplicar. Lo que antes ^ 
era bueno, ¿podrá pasar á ser malo? Ciertamente; por- 
que todas lüs cosas humanas están sujetas á mudanza. 
Estas reflexiones, tan sólidas como sencillas, preservan 
de todo entusiasmo exagerado por estas ó aquellas for- 
mas; no hay aquí una cuestión de mera teoría, sino 
también de prudencia; y la prudencia no da su dicta- 
men sino después de haber considerado todas las cir- 
cunstancias con detenida reflexión. 

Pero descuella en la doctrina de San Agustín el pen- 
samiento que llevo indicado más arriba, á saber: la 
necesidad de mucha virtud y desprendimiento en lo» 
gobiernos libres. Mediten sobre las palabras del insigne 
Doctor aquellos que quieren fundar la libertad política ' 
sobre la ruina de todas las creencias. 

¿Cómo quf réis que el pueblo ejerza amplios dere- 
chos, si procuráis incapacitarlo para ello, extraviando * 
sus ideas y corrompiendo sus costumbres? Decís qu,e 
en las formas repi entativas se recogen por medio de 
las elecciones la razón y la justicia, y se las hace obrar 
en la esfera del gobierno; y, sin embargo, no trabajáis 
para que esta justicia y razón existan en la sociedad 



— 138 — 

de donde se deberían sacar. Sembráis viento, y por esto 
cogéis tempestades; por esto, en vez de modelos de sa- 
biduría y de prudencia, les ofrecéis á los pueblos esce- 
nas de escándalo. Nos decís que condenamos al siglo, 
pero que el siglo marcha á pesar nuestro: nosotros no 
desechamos lo bueno, pero no podemos menos de re- 
probar lo malo. El siglo marcha, es verdad; pero, ni 
vosotros ni nosotros sabemos á dónde va. Una cosa sa- 
bemos los católicos, y para esto no necesitamos ser pro- 
fetas: que con hombres malos no se puede formar una 
sociedad buena; que los hombres inmorales son malos; 
que, faltando la religión, la moral carece de base. Fir- 
mes en nuestras creencias, os dejaremos que andéis 
ensayando varias formas, buscando paliativos al mal, 
y engañando al enfermo con palabras lisonjeras; sus 
frecuentes convulsiones y su continuo malestar reve- 
lan vuestra impotencia; y dichoso él si conserva este 
desasosiego, indicio seguro de que todavía no habéis 
conquistado plenamente su confianza; que, si algún 
día consiguieseis infundírsela, y se durmiese tranquilo 
en vuestros brazos, aquel día se podría asegurar que 
toda carne lia corrompido su camino, aquel día t;e pudie- 
ra temer que Dios quiere borrar al hombre de la faz de 
la tierra. 



CAPITULO LXIX 



Bien asentado queda en el curso de esta obra que la 
falsa Reforma no contribuyó en nada á la perfección 
del individuo ni de la sociedad: de lo que se infiere 
muy naturalmente que nada le debe tampoco el des- 
arrollo de la inteligencia. Sin embargo, no quiero de- 
jar esta última verdad en la esfera de un mero corola- 
rio; porque me parece que es susceptible de peculiar 
ilusfeación. Puede abrirse discusión directa sobre las 
ventajas que proporcionó el Protestantismo á los va- 



— 139 — 

rios ramos del saber humano., sin que el Catolicismo 
haya de temer ningún linaje de desaire. 

Guando se trata de examinar objetos de tal natura- 
leza que abarcan tantas y tan variadas relaciones, no 
basta pronunciar algunos nombres brillantes, ni ci4ar 
con énfasis uno que otro hecho: de esta manera no se 
coloca la cuestión en su terreno propio, ni se la ventila 
como es debido. Quedando limitada á reducido círcu- 
lo, no puede presentar toda su extensión y variedad, 
ó, divagando por un espacio indefinido, remeda, á los 
ojos poco observadores, la universalidad, la elevación, 
el atrevido vuelo, cuando en realidad no hace más que 
fluctuar incierta, sin rumbo fijo, á merced de toda cla- 
se de contradicciones. 

Si esta cuestión ha de ser examinada cual merece, 
necesítase, á mi juicio, tomar en manos el principio 
católico y el protestante, desentrañarlos hasta en sus 
más recónditos pliegues, para ver hasta qué punto 
pueden envolver algo que ayude ó embarace el des- 
arrollo del espíritu humano. No contento con este exa- 
men el observador, debe hacer todavía más: debe re- 
correr la historia del entendimiento, pararse muy en 
particular sobre aquellas épocas en que habrá podido 
ser mayor el influjo del principio cuyas tenden-cias y 
efectos se quieren conocer; y entonces, si no se hace 
caso de excepciones extrañas que nada prueban en pra 
ni en contra, si se desprecian aquellos hechos que por 
su pequenez y aislamiento nada influyen en el curso 
de los sucesos, si se eleva la mirada á la altura corres- 
pondiente, con espíritu de observación, con sincero 
deseo de encontrar la verdad, se descubrirá si las 
consideraciones filosóficas están de acuerdo con lo»^ 
hechos, y se habrá resuelto cumplidamente el pro- 
blema. 

Uno de los principios fundamentales del Catolicismo 
y de sus caracteres distintivos, es lu sujeción del en-' 
tendimiento á la autoriilad en materias de fe. Éste es 
el punto contra que se ban dirigido siempre, y se diri- 
gen todavía, los ataques de los protestantes, lo que e& 



— 140 — 

muy natural; pues que ellos profesan, como principio 
fundamental y constituyente, la resistencia á la auto- 
ridad; y todos sus demás errores son corolarios que 
fluyen de ese manantial corrompido. Si algo se en- 
cuentra en el Catolicismo que pueda embargar el mo- 
vimiento de nuestro espíritu y rebajar la altura de su 
vuelo, debe de hallarse sin duda en el principio de la 
sumisión á la autoridad; á él deberá achacarse toda la 
culpa, si es que de alguna sea responsable en este pun- 
to la religión católica. 

No puede negarse que quien oiga hablar de sujeción 
del entendimiento á una autoridad, quien oiga pro- 
nunciar esta palabra sin que se explique su verdadero 
significado, sin que se determinen los objetos con res- 
pecto á los cuales se entiende dicha sujeción, recelará 
que haya aquí algo que se oponga al desarrollo del 
entendimiento, y, si es amante de la dignidad del 
hombre, si es entusiasta de los adelantos científicos, 
si le agrada ver cuál despliega sus hermosas alas el 
espíritu humano para lucir su vigor, agilidad y osa- 
día, no dejará de sentir un tanto de aversión hacia un 
principio que parece entrañar la esclavitud, abatiendo 
el vuelo de la mente, dejándola cual ave débil y ras- 
trera. Pero, si se examina el principio tal como es en 
sí, si se le aplica á todos los ramos científicos, y se ob- 
serva cuáles son los puntos de contacto que con ellos 
tiene, ¿qué se encontrará de fundado en esos temores 
y sospechas? ¿qué de verdadero en las calumnias de 
que ha sido blanco el Catolicismo? ¿cuánto no se ha- 
llará de vacío, de pueril, en las declamaciones que á 
■este propósito se han publicado? 

Entremos de lleno en la ventilación de esa dificul- 
tad, tomemos en manos el principio católico, exami- 
nándole á los ojos de una filosofía imparcial; llevé- 
mosle luego al través de todas las cien«ias, interro- 
guemos el testimonio de los hombres más grandes; y, 
si hallamos que se haya opuesto al verdadero desarro- 
llo de algún ramo de conocimientos, si al presentarnos 
ante las tumbas de los genios más insignes, ellos le- 



- 141 — 

"t^antan su cabeza del sepulcro para decirnos que eí 
principio de la sujeción á la autoridad encadenó su- 
^entendimiento, obscureció su fantasía, ó secó su cora- 
zón, entonces tendrán razón los protestantes en los 
cargos que por esta causa se dirigen de continuo á la 
religión católica. 

Dios, el hombre, la sociedad, la naturaleza, la crea- 
ción entera: he aquí los objetos en que puede ocupar- 
se nuestro espíritu; no cabe salir de esta región, por- 
que es infinita; y, además, porque fuera de ella no hay 
nada. Ni por lo que toca á Dios, ni al hombre, ni á la 
sociedad, ni á la naturaleza, embaraza el principio ca-^ 
tólico el progreso del entendimiento; en nada le em- 
barga, en nada se le opone; lejos de serle dañoso, pue- 
de considerarse como un gran faro que, en vez de 
contrariar la libertad del navegante, le sirve de guía 
para no extraviarse en las tinieblas de la noche. 

¿Qué puede encontrarse en el principio católico que 
se oponga al vuelo del entendimiento humano, en 
todo lo que pertenece á la Divinidad? No dirán cierta- 
mente los protestantes que se haya de enmendar en ^ 
algo la idea que la religión católica nos da de Dios. 
Ellos están acordes con nosotros en que la idea de un 
Ser eterno, inmutable, infinito, criador de cielo y tie- 
rra, justo, santo, bondadoso, premiador del bien y 
vengador del mal, es la única que pueda presentarse 
como razonable al entendimiento del hombre. 

La religión católica une á dicha idea un misterio in- 
concebible, profundo, inefable, cubierto con cien velos 
á los ojos del débil mortal: el augusto arcano de la 
Trinidad; pero en esta parte nada pueden echarnos en 
cara los protestantes, á no ser que se quieran declarar 
abiertamente partidarios de Socino. Los luteranos, los 
calvinistas, los anglicanos, y muchas otras sectas, con- 
denan con nosotros á los que niegan el augusto miste- 
rio; siendo notable que Galvino hizo quemar en Gine- 
Jjra á Miguel Servet, por sus doctrinas heréticas sobre 
la Trinidad. 

No ignoro los estragos que ha hecho el socinianisma 



— 142 — 

en las iglesias separadas, á causa de que el espíritu 
privado y el derecho de examen en materias de fe con- 
vierten á los cristianos en filósofos incrédulos; pero 
esto no impide que el misterio de la Trinidad haya sido- 
respetado largo tiempo por las principales sectas pro- 
testantes, y que lo sea todavía, á lo menos en lo exte- 
rior, en la mayor parte de ellas. 

Además que yo no alcanzo cuál es la traba que ese 
misterio pone á la razón en sus contemplaciones sobre 
la Divinidad. ¿Acaso le veda espaciarse por un hori- 
zonte inmenso? ¿estrecha, obscurece, por ventura, ese 
piélago de ser y de luz, que viene encerrado en la pa- 
labra Dios? Guando, alzándose el espíritu del hombre 
sobre las regiones criadas, desprendiéndose por algu- 
nos momentos del cuerpo que le agrava, gusta de aban- 
donarse á meditaciones sublimes sobre el Ser intinito, 
hacedor del cielo y de la tierra, ¿le sale tal vez al paso 
ese augusto misterio para detenerle ni embarazarle?' 
Díganlo los innumerables volúmenes escritos bobre la 
Divinidad: ellos son un elocuente é irreiragable tes- 
timonio de la libertad que le queda al entendimiento 
del hombre en los países dominados por la religión ca- 
tólica. 

Bajo dos aspectos pueden ser consideradas las doc- 
trinas católicas sobre la Divinidad: en cuanto se refie- 
-•en á misterios que sobrepujan la comprensión húma- 
la, ó en cuanto nos enseñan lo que está al alcance de 
la razón. Lo primero se halla en región tan elevada, 
versa sobre objetos tan superiores á todo pensamiento 
criado, que, aun cuando éste se abandonara á las in- 
vestigaciones más dilatadas, más profundas y al propio 
tiempo más libres, no fuera posible, á ne preceder la 
revelación, que le ocurriese ni la más remota idea de 
tan inefables arcanos. Mal pueden embarazarse cosas 
que no se encuentran, que pertenecen á un orden del 
todo diferente, que se hallan á inmensa distancia. El 
entendimiento puede meditar sobre una de ellas, abis- 
marse, sin ni aun pensar en la otra: la órbita de la 
luna, ¿qué tiene que ver con la del astro que gira en 
la más lejana región de las estrellas fijas? 



— 143 — 

¿Teméis que la revelación de un misterio limite el 
espacio donde se explaya vuestra razón? ¿Teméis aho- 
garos de estrechez al divagar por la inmensidad? ¿Faltó 
anchuroso campo al genio de Descartes, Gassendi y 
Malebranche? ¿quejáronse nunca de que su entendi- 
miento se hallaba limitado, 'aprisionado? Ni cómo po- 
dían hacerlo, si, no sólo ellos, sino cuantos sabios 
modernos han tratado de la Divinidad, no pueden me- 
nos de reconocer que deben al Cristianismo los más 
altos y sublimes pensamientos con que han enrique- 
cido las páginas de sus escritos. Guando nos hablan de 
la Divinidad, los antiguos filósofos se quedan á una 
distancia inmensa del menor de nuestros teólogos y 
metafísicos; el mismo Platón, ¿qué será si le compara- 
mos con Gran; la. Fray Luis de León, Fenelón ó Bos- 
suet? A les de aparecer sobre la tierra el Cristianismo, 
antes que la fe de la Cátedra de San Pedro se hubiese 
apoderado del mundo, borradas como estaban las pri- 
mitivas nociones sobre la Divinidad, la inteligencia 
liumana divagaba á merced de mil errores y monstruo- 
sidades; y, sintiendo la necesidad de un Dios, ponía 
en su lugar tas creaciones de la fantasía. Pero desde 
que apareció aquel inefable resplandor, que descen- 
diendo del seno del Padre de las luces alumbra toda la 
tierra, han quedado las ideas sobre la Divinidad, tan 
fijas, tan claras, tan sencillas, y al mismo tiempo tan 
grandes y sublimes, que han ensanchado la razón hu- 
mana, han levantado el velo que cubría el origen del 
universo, han señalado cuál era su destino, y dado la 
clave para la explicación de tantos prodigios como ve 
el hombre en sí mismo y en cuanto le rodea. 

Los protestantes sintieron la fuerza de esta verdad: 
su odio á todo cuanto les venía de los católicos rayaba 
en fanatismo; mas, por lo que toca á la idea de Dios, 
generalmente hablando, puede decirse que la respeta- 
ron. Aquí es donde tuvo menos cabida el espíritu inno- 
vador: ¡ah! no podía ser de otra manera: el Dios de los 
católicos era sobrado grande para que pudiera ser re- 
emplazado por otro Dios: Newton y Leibnitz, abarcan- 



- 144 - 

4o en sus cálculos y meditaciones el cielo y la tierra, 
liada encontraron que decirnos sobre el Autor de tan- 
tas maravillas que no nos lo hubiera dicho de antema- 
no la religión católica. 

Dichosos los protestantes, si en medio de sus extra- 
víos conservaran al menos este precioso tesoro; si, no 
apartándose de las huellas de sus predecesores, recha- 
zasen esa filosofía monstruosa que amenaza resucitar 
'todos los errores antiguos y modernos, comenzando 
por substituir el informe panteísmo al Dios sublime de 
los cristianos. Que no estén desprevenidos los protes- 
tantes que profesan amor á la verdad, que se interesan 
por el honor de su comunión, por el bien de su patria, 
por el porvenir del mundo: si el panteísmo llega á do- 
minar, no será la filosofía espiritualista la que habrá 
salido triunfante, sino la materialista. En vano se en- 
tregan los filósofos alemanes á la abstracción y al enig- 
ma; en vano condenan la filosofía sensualista del pasa- 
do siglo; un Dios confundido con la naturaleza no es 
Dios; un Dios que se identifica con todo, es nada; el 
panteísmo es la divinización del universo, es decir, la 
negación de Dios. 

Dolorosas reflexiones sugiere la dirección que van 
tomando los espíritus en diferentes países de Europa, 
y muy particularmente en Alemania; los católicos ha- 
bían dicho que se comenzaba por resistir á la autori- 
dad negando un dogma, pero que al fin se acabaría por 
negarlos todos, precipitándose en el ateísmo; y el cur- 
so de las ideas en los tres últimos siglos ha confirmado 
plenamente la predicción. Pero, ¡cosa notable! la filo- 
sofía alemana se empeñó en promover una reacción 
contra la escuela materialista, y con todo su espíritua- 
lismo ha venido á ser panteísta. Parece que la Provi- 
, dencia quiso esterilizar para la verdad el suelo de don- 
de salieran los heraldos del error. Fuera de la Iglesia 
todo es vértigo y delirio: se abrazan con la materia, ¡y 
se hacen ateos! Divagan por regiones ideales, andan en 
iusca del espíritu, \y se hacen panteístas! ¡Ah! Dios 
aborrece todavía el orgullo, y repite con frecuencia el 



— 145 — 

xremendo castigo de la confusión de Babel. Esto es un 
triunfo para la religión católica; ¡pero es un triunfo 
bien triste! 

Tampoco alcanzo cómo puede el Catolicismo cortar 
€l vuelo á la inteligencia, en lo que tiene relación con 
«1 estudio del hombre. En este punto, ¿qué exige de 
nosotros la Iglesia? ¿Cuál es la enseñanza que nos da? 
¿Cuál es el círculo en que se encierran las doctrinas á 
que nos está vedado contradecir? 

Los filósofos se han dividido en dos escuelas: mate- 
rialistas y espiritualistas: los primeros afirman que 
nuestra alma no es más que una porción de materia 
que, modificada de cierta manera, produce dentro de 
nosotros eso que llamamos pensar y querer; los segun- 
dos pretenden que la actividad que consigo llevan el 
pensamiento y la voluntad, son incompatibles con la 
inercia de la materia; que lo divisible, lo que se com- 
pone de muchas partes, y, por tanto, de muchos seres, 
no puede avenirse con la unidad simple, que por ne- 
cesidad se ha de hallar en el ser que piensa, que quie- 
re, que se da cuenta á sí mismo de todo, y que posee 
el profundo sentimiento de un yo; y así sostienen que 
la opinión contraria es falsa y absurda, y esto lo con- 
firman con todo linaje de razones. La Iglesia católica, 
mezclando en la contienda su voz, ha dicho: «el alma 
del hombre no es corpórea, es un espíritu: quien quie- 
ra ser católico, no puede ser materialista.» Pero, pre- 
guntadle á la Iglesia cuál es el sistema con que deben 
explicarse las ideas, las sensaciones, los actos de la vo- 
luntad, los sentimientos del hombre: preguntádselo, y 
os responderá que quedáis en plena libertad de pensar 
aobre esto lo que os pareciese más razonable: el dogma 
no desciende á las cuestiones particulares que perte- 
necen á aquel mundo que entregara Dios á las dispu- 
tas de los hombres. 

Antes de la luz del Evangelio estaban las escuelas de 
los filósofos en las tinieblas de la más profunda igno- 
rancia sobre nuestro origen y destino; ninguno de ellos 
«abía cómo explicar esas monstruosas contradicciones 



— 146 — 

que en el hombre se notan; ninguno de ellos atinaba ár 
señalar la causa de esa informe mezcla de grandor y de 
pequenez, de bondad y de malicia, de saber y de igno- 
rancia, de elevación y de bajeza. Vino la religión y 
dijo: «el hombre es obra de Dios; su destino es unirse 
á Dios para siempre; la tierra es para él un destierro; 
no es tal ahora como salió de las manos del Criador; 
todo el linaje humano sufre las consecuencias de una 
gran caída»; y yo emplazo á todos los filósofos anti- 
guos y modernos, para que me muestren cómo en la 
obligación de creer todo esto se encierra algo que se 
oponga á los progresos de la verdadera filosofía. 

Tan distante se halla el dogma católico de contrariar 
en nada los adelantos filosóficos, que antes bien es de 
todos ellos fecunda semilla. No es poco, cuando se tra- 
ta de adelantar en alguna ciencia, el tener un polo al 
rededor del cual, como punto seguro y fijo, pueda gi- 
rar el entendimiento; no es poco evitar ya desde el 
principio una muchedumbre de cuestiones, de cuyos 
laberintos, ó no se saldría jamás, ó se saldría para caer 
en los mayores absurdos; no es poco, si se quieren 
examinar estas mismas cuestiones, el tenerlas ya re- 
sueltas de antemano en lo que encierran de más im- 
portancia, el saber dónde está la verdad, dónde el pe- 
ligro de extravíos. Entonces el filósofo es como aquel 
que, seguro de la existencia de una mina en algún lu- 
gar, no gasta el tiempo en vano para' descubrirla; sino 
que, fijándose luego sobre el verdadero terreno, apro- 
vecha ya desde un principio todas sus investigaciones 
y trabajos. 

Aquí está la razón de la Inmensa ventaja que llevan 
en estas materias los filósofos modernos á los antiguos: 
éstos marchaban en tinieblas, á tientas; aquéllos ca- 
minan precedidos de brillante luz, con paso firme y se- 
guro, en derec*hura al objeto. No importa que digan 
tan á menudo que prescinden de la revelación; no in ^ 
porta que á veces la miren con desvío, ó quizás la con.* 
batan abiertamente: aun en este caso la religión los 
alumbra, ella guía con frecuencia sus pasos, porque no 



- 147 - 

pueden olvidar mil y mil ideas luminosas tomadas de 
la religión, ideas que han encontrado en los libros, 
aprendido en los catecismos, chupado con la leche; 
ideas que andan en boca de todos, que se han esparcido 
por todas partes, y que, como un elemento vivificante 
,y benéfico, impregnan, por decirlo así, la atmósfera 
que respiramos. Guando los modernos desechan la re- 
ligión, llevan muy allá su ingratitud, porque, al pro- 
pio tiempo que la insultan, se aprovechan de sus be- 
neficios. 

No es aquí el lugar de entrar en pormenores sobre 
esta materia; fácil seria aducir abundantes pruebas 
para confirmar cuanto acabo de establecer; bastándo- 
me abrir las obras de un filósofo cualquiera de los mo- 
dernos y cotejarlo con los antiguos. Pero semejante 
trabajo no fuera suficiente para los que no estén ver- 
sados en tales materias, y sería inútil para los que se 
han ocupado en ellas. Á la inteligencia y á la impar- 
cialidad abandono la cuestión con entera confianza, y 
estoy seguro de que convendrán conmigo en que siem- 
pre que los filósofos modernos hablan del hombre con 
verdad y dignidad, se encuentra en su lenguaje el sa- 
bor de las ideas cristianas. 

Si tal es la influencia del Catolicismo con respecto á 
ciencias que, limitándose al orden puramente especu- 
lativo, dan lugar á que campee con mayor libertad y 
lozanía el ingenio del filósofo; si, con respecto á esas 
ciencias, lejos de limitar en nada la extensión del en- 
tendimiento, le ensancha sobremanera; si, lejos de 
abatir su vuelo, sólo hace que sea éste más alto, más 
osado, pero más seguro, más libre de vaguedad y de 
extravío; ¿qué diremos si fijamos nuestra considera- 
ción en las ciencias morales? Todos los filósofos juntos, 
¿qué han descubierto en moral que no se halle en el 
Evangelio? En pureza, en santidad, en elevación, ¿hay 
doctrina que se aventaje á la enseñada por la religión 
católica? Preciso es en esta parte hacer justicia á* los fi- 
lósofos, aun á los más enemigos de la religión cristia- 
na: han atacado sus dogmas, se han burlado de su di- 



— 148 — 

Yinidad; pero, en llegándose á tratar de la moral, Ift 
han respetado; no sé qué fuerza secreta los ha impeli-^ 
do á hacer una confesión que debía serles muy dolo- 
rosa; «sí, han dicho todos, no puede negarse, su moral 
es excelente.» 

Hay en el Catolicismo algunos dogmas, que ni pue- 
de decirse que pertenezcan directamente á Dios, ni al 
hombre, ni á la moral, en el sentido que damos por lo- 
común á esta palabra. Claro es que, siendo la religión 
católica religión revelada, de un orden muy superior á 
todo cuanto puede concebir el entendimiento huma- 
no, destinada á conducirnos á un fin que con solas 
nuestras fuerzas no podríamos alcanzar ni imagir ar si- 
quiera; y partiendo, además, del principio de que la 
naturaleza está caída y corrompida, y que, por consi- 
guiente, necesita una reparación y purificación, debía 
encerrar algunos dogmas que enseñasen el modo con 
que se habían hecho en general y con que se hacían 
en particular dicha reparación y purificación, y expli- 
casen cuáles eran los medios de que Dios quería ser- 
virse para conducir á los hombres á la bienaventuran- 
za eterna. 

He aquí los dogmas de la Encarnación, de la^Reden- 
ción, de la Gracia y de los Sacramentos. Ancho campo 
abrazan, vastas son las relaciones que tienen con Dios 
y los hombres: y en todos ellos, es y ha sido siempre 
inalterable la fe de la Iglesia católica. Y ¡cosa notablel» 
á pesar de esa amplitud, no se encuentra siquiera un 
solo punto en que pueda decirse que embargan la li- 
bre acción del entendimiento en todo linaje de inves- 
tigaciones. La razón es la misma que llevo indicada» 
Cuantos hayan hecho un estudio comparativo de las 
ciencias filosóficas y de las teológicas, habrán podida 
observar que, por lo tocante á los extremos indicados, 
anda la teología por una región tan diferente, tan su- 
perior, que apenas se roza con la atmósfera filosófica. 
Son dos órbitas, ambas grandes, inmensas, pero que 
ocupan posición muy distante en la inmensidad del 
espacio. El hombre quiere aproximarlas á veces, quie-^ 



— 149 — 

re que se toquen, quiere que se crucen, quiere que 
una ráfaga de luz terrenal penetre en aquella región 
de arcanos incomprensibles; pero apenas sabe cómo 
hacerlo; él mismo siente su debilidad, y le oiréis con- 
fesar que habla ^ov congruencias, ^or analogías, no más 
que para darlo á entender mejor; y la Iglesia se lo tolera 
en gracia á su buena voluntad, y á veces le estimula á 
hacerlo así, para que, en cuanto cabe, los dogmas in- 
eomprensibles se acomoden algún tanto á la capacidad 
de los pueblos. 

Después de haber discurrido tanto los filósofos sobre 
los atribuios de la Divinidad, y sobre las relaciones del 
hombre con Dios, ¿han encontrado nada que se oponga 
á esos dogmas del Catolicismo? ¿Han tropezado nunca 
con ellos, como con un embarazo que no les consintie- 
ra pasar adelante en sus investigaciones? En la revolu- 
ción filosófica provocada por Descartes en el siglo xvii, 
hay que notar un hecho singular, que arroja mucha 
luz sobre la materia. Conocida es la doctrina de la re- 
ligión católica con respecto al augusto misterio de la 
Eucaristía; sabido es también en qué consiste el dogma 
de la transwbstaiiciacián, y que muchos teólogos, para 
explicar el fenómeno sobrenatural que se verifica des- 
pués de consumado el milagro, apelaban á la doctrina 
de los accidentes y á su distinción de la substancia. La 
teoría de Descartes, y de casi todos los filósofos moder- 
nos, era incompatible con esa explicación, pues que, 
negaban la existencia de los accidentes como distintos 
de la substancia; por lo cual parecía á primera vista 
que había de resultar de aquí algún compromiso para 
la doctrina católica, y que la Iglesia se había de poner 
en lucha con los sistemas de los filósofos. ¿Y ha suce- 
dido así? No: examinada á fondo la cuestión, se ha en- 
contrado que el dogma católico estaba en una región 
mucho más elevada, á la que no podían alcanzar la& 
vicisitudes de la doctrina filosófica que tanto parecía 
rozarse con él: y por más que hayan disputado los teó- 
logos, por más cargos que se hayan hecho unos á otros, 
por más consecuencias que se hayan querido sacar de 



— 150 - 

la nueva doctrina para presentarla como peligrosa, la 
Iglesia se ha mostrado ajena á sus disputas, superior á 
los pensamientos de los hombres, y se ha mantenido 
en aquella actitud grave, majestuosa, inalterable, que 
tan bien asienta en la conservadora del sagrado depó- 
sito que le fué encomendado por Jesucristo. Ésta es la 
libertad que deja la Iglesia á los filósofos para explayar 
su ingenio en todas materias; ño necesita andar siem- 
pre con restricciones y cortapisas; los sagrados doginas 
de que es depositarla se hallan en región tan encum- 
brada, que apenas puede encontrarse con ellos el hom- 
bre que en sus investigaciones no quiera apartarse de 
los senderos de la verdadera filosofía. 

Pero esta razón tan grande, y al propio tiempo tan 
débil, se hincha á veces en demasía, levanta con orgu- 
llo una frente altanera é insultante; en nombre de la 
libertad y de la independencia, pide el derecho de blas- 
femar de Dios, de negar al hombre su libre albedrío, y 
al alma su espiritualidad, su inmortalidad, y la eleva- 
ción de su origen y destinos; y entonces, sí, lo confe- 
samos, y lo confesamos con noble orgullo, entonces la 
Iglesia levanta su voz, no para oprimir, no para tira- 
nizar el entendimiento del hombre, sino para defender 
los derechos del Ser Supremo, y de la dignidad huma- 
na; entonces se opone con firmeza inflexible á esa li- 
bertad insensata, que consiste en el funesto derecho 
de decir todo linaje de desvarios. Esta libertad no la 
tenemos los católicos, pero tampoco la queremos; por- 
que sabemos que también en estas materias hay un 
linde sagrado que distingue entre la libertad y la li- 
cencia. Dichosa esclavitud, por la cual quedamos pri- 
vados de ser ateos ó materialistas, de dudar que nues- 
tra alma viene de Dios, y se dirige á Dios; de que, en 
pos de los sufrimientos que agobian en esta vida al 
infortunado mortal, hay preparada, por los méritos de 
un Hombre-Dios, otra vida eternamente feliz. 

Por lo que toca á las ciencias que versan sobre la so- 
ciedad, me parece que podré excusarme de vindicar á 
ia religión católica del cargo de opresora del entendí- 



— 151 — 

miento humano, cuando las extensas consideraciones 
en que llevo expuestas sus doctrinas y su influencia 
con respecto á la naturaleza y extensión del poder, y 
á la libertad civil y política de los pueblos, dejan más 
claro que la luz del día que la religión católica, sin des- 
cender al terreno de pasiones y pequenez en que se 
agitan los hombres, enseña la doctrina más á propósi- 
to para la verdadera civilización y bien entendida 11- 
l)ertad de las naciones. 

Trataré, pues, brevemente de las relaciones del prin- 
cipio católico en lo que toca al estudio de la naturale-' 
za. Ciertamente que no es fácil ver en qué puede dañar 
dicho principio al adelanto del espíritu humano en las 
<;iencias naturales. Digo que no es fácil verlo, y podría 
añadir que es imposible atinarlo: y todo esto por una 
razón muy sencilla, fundada en un hecho que está al 
Alcance de todo el mundo, y es que la religión católica 
se manifiesta en extremo reservada en todo cuanto per- 
tenece á conocimientos puramente naturales. Diríase 
que Dios se propuso dar una severa lección á nuestra 
excesiva curiosidad: leed la Biblia y os quedaréis con- 
vencidos de cuanto acabo de asentar. 

Y no es que en la Biblia no se hable de la naturale- 
za, sino que allí se nos la presenta bajo su aspecto her- 
moso, grande, sublime, donde se ofrece todo en grupo, 
todo animado, con sus vastas relaciones, con sus altos 
fines; pero sin análisis, sin descomposición de ninguna 
dase: el pincel del pintor, la fantasía del poeta, encon- 
trarán allí magníficos modelos; pero el filósofo obser- 
■yador se hallará sin los datos que busca. No quería el 
Espíritu Santo hacer naturalistas, sino virtuosos; por 
esto sólo nos presenta los portentos de la creación bajo 
el aspecto más á propósito para excitar en nosotros la 
admiración y gratitud hacia el Autor de tanta? mara- 
villas y beneficios. La naturaleza, tal como viene mos- 
trada en el sagrado texto, satisface poco la curiosidad 
filosófica; pero, en cambio, recrea y engrandece la fan- 
tasía, hiere y penetra en el corazón. 



— 162 — 



CAPÍTULO LXX 



Por la rápida ojeada que acabamos de dar sobre Ios- 
varios ramos científicos en sus relaciones con la auto- 
ridad de la Iglesia, resulta bien en claro que la preten- 
dida esclavitud del entendimiento de los católicos es 
un vano espantajo; que es falso que nuestra fe impida 
ni entorpezca en nada el adelanto de las ciencias. Pero, 
como sucede á menudo que los raciocinios al parecer 
más sólidos flaquean por alguna parte desconocida, y 
qve cuando se los pone al lado de los bechos, se des- 
cubre su vicio, será bien bacer la prueba en la cues- 
tión que nos ocupa; pues no dudo que ganará mucho 
con ello la causa de la verdad. Tomaremos la cosa des- 
de su principio. 

Afirma M. Guizot que la lucha entre la Iglesia y los 
defensores del libre pensar comenzó en los siglos me- 
dios. Después de habernos recordado los esfuerzos de 
Juan Erigéne, Roscelín y Abelardo, y la alarma que 
semejantes tentativas causaron á la Iglesia, nos dice: 
«Entonces empezó la lucha entre el clero y los que se 
declaraban defensores del libre pensamiento; entonces 
tuvo principio ese grande hecho que tanto lugar ocupa 
en los siglos xi y xii, que tantos efectos produjo en la 
Iglesia teocrática y monástica.» (Historia general de la 
civilización europea, lección 6.') Se conoce por todo el 
contexto de la obra de M. Guizot que, en su opinión, 
el cargo más fundado que hacerse podía á la Iglesia ca- 
tólica, era el de cortar el vuelo al pensamiento, siendo 
éste el punto en que lleva mucha ventaja al Catoli- 
cismo el sistema protestante. Esta idea, que se propo- 
nía desenvolver más cumplidamente al tratar de pro- 
pósito de la revolución religiosa del siglo xvi, debía 
estar ya como en semilla en lo que hubiese asentado 



— 153 — 

en sus lecciones anteriores; pues, de otra manera, se 
hubiera presentado el hecho aislado, y hubiera perdi- 
do de su importancia. Además, era menester también 
que la re-^*stencia de los protestantes á la Iglesia cató- 
lica no pareciese un hecho cualquiera, sino que se 
ofreciese como la expresión de un pensamienlo grande 
y generoso, como la proclamación de la libertad del 
espíritu humano. 

Para alcanzar estos extremos, era necesario que, por 
una parte, se nos mostrase la Iglesia como si hubiera 
salido en los siglos medios con una pretensión que no 
había tenido anteriormente; y que, por otro lado, se 
ensalzasen ciertos escritores que resistieron á preten- 
siones semejantes, y se ponderase sobremanera la vas- 
ta extensión de sus miras. 

Éste es el hilo del discurso de M. Guizot, y aquí se 
encuentra la razón de los esfuerzos que hace en el 
lugar citado para preparar el triunfo de sus opiniones. 
Anduvo, empero, con tan poco acierto, que no parece 
sino que había olvidado los hechos más palpables de 
la historia de la Iglesia, y que no sabía siquiera cuáles 
fueron las doctrinas de los tres campeones cuyos nom- 
bres invoca con tanta complacencia. Para que no se 
diga que procedo de ligero, citaré literalmente sus pa- 
labras; helas aquí: «Presentaba la Iglesia el mejor as- 
pecto, y parecía ya que todo se había convertido en 
provecho de su unidad, cuando se levantaron en su 
seno mismo algunos hombres emprendedores, que, sin 
atacar en lo más mínimo los dogmas y las creencias 
establecidas, pedían á voz en grito el derecho de hacer 
intervenir el examen en materias religiosas y en asun- 
tos de fe. Juan Érigéne, Roscelín, Abelardo: he aquí 
los sabios que se declararon intérpretes de la razón 
humana, defensores de su libre ejercicio, impugnado- 
res acérrimos de la autoridad del hombre como justo 
criterio en asuntos de religión; he aquí los que agre- 
garon sus esfuerzos á los esfuerzos reformadores de 
Hfldebrando y de San Bernardo. Al investigar la natu- 
raleza y carácter de ese movimiento, no se ve que ten- 



- 154 - 

diese á un cambio radical en las opiniones, que ence- 
rrase una revolución contra las creencias recibidas: 
nada de esto; sólo se pretendía reaccionar libremente, 
romper hasta en cuestiones de fe las trabas de la auto- 
ridad.» (Historia general de la civilización europea. Lec- 
ción 6.^) 

Dejemos aparte la singular extrañeza de presentar 
unidos los esfuerzos de Juan Érigéne, Roscelín y A.be- 
lardo, con los esfuerzos reformadores de Hildebrando, 
ó sea San Gregorio VII, y de San Bernardo: éstos tra- 
taban de reformar la Iglesia por medios legítimos, de 
hacer al clero más venerable haciéndole más virtuoso, 
de conciliar más acatamiento á la autoridad santifi- 
cando las personas que la ejercían; aquéllos, según 
M. Guizot, combatían esa autoridad en materias de fe, 
es decir, que trataban de derribar, y por eso aplicaban 
la segur á la misma raíz; éstos eran reformadores; 
aquéllos, devastadores; y, sin embargo, ¡sus esfuerzos 
se nos muestran unidos, como si conspiraran al mismo 
fin, cual si se encaminaran al mismo objeto! Pobre cosa 
fuera la filosofía de la historia si consentir pudiese tal 
confusión de ideas; menguado progreso harán en esta 
ciencia los que se contenten con tan extraña manera 
de observar los hechos. 

Mas, dejemos, repito, tan singulares aberraciones, 
para fijarnos particularmente en dos objetos: la impor- 
tancia de los tres escritores que tanto se nos ensalzan, 
y la idea que se nos da de su movimiento de resisten- 
cia. Estoy seguro que los nombres de Juan Érigéne j 
de Roscelín se pronuncian ya con respeto por los que, 
deseando pasar por filósofos en la historia sin haberla 
leído siquiera, se ven precisados á contentarse con 
esas lecciones fáciles, que se escuchan en breve rato, ó 
ee estudian en una velada; les bastará que se los haya 
nombrado con énfasis, y apellidado hombres emprende- 
dores, sabios, intérpretes de la razón humana, defensores 
de su libre ejercicio, para creer que las ciencias no les 
deben menos á Érigéne y á Roscelín, que á Descartes 
óBacón. 



— 155 — 

Á no recordar las observaciones arriba emitidas so- 
bre la posición en que se encontraba M. Guizot, no 
sería fácil atinar por qué quiso presentar como nuevo 
y extraordinario lo que era viejo y común; cómo pudo 
decir que empezó la Iglesia á luchar con la libertad 
del pensamiento, por haber reprimido á Érigéne, Ros- 
celín y Abelardo; cómo señaló á estos tres escritore& 
cual si su influencia hubiera sido muy transcendental^ 
cuando no tuvieron otra que la de cualesquiera secta- 
rios, de que tantos ejemplos se habían visto en los 
tiempos anteriores. Y, á l€i verdad, ¿quién era ese Juan 
Érigéne? Un escritor que, poco versado en las ciencias- 
teológicas, y engreído con el favor que le dispensaba- 
Garlos el Calvo, esparció unos cuantos errores sobre la 
Eucaristía, sobre la predestinación y la gracia; hasta 
aquí no se ve otra cosa que un hombre que se aparta 
de la doctrina de la Iglesia; y, cuando Nicolao I trata 
de reprimirle, vemos un Papa que cumple con su de- 
ber. ¿Qué hay en todo eso de nuevo, de extraordina- 
rio? ¿Acaso en la historia de la Iglesia, ya desde el 
tiempo de los apóstoles, no encontramos una cadena 
de hechos semejantes? 

Lo repito: es imposible atinar cómo pudo juzgarse 
oportuno el recordarnos el nombre de Érigéne, cuan- 
do ni sus errores tuvieron notables consecuencias, ni 
la misma época en que vivió puede mirarse como muy 
influyente en el desarrollo del entendimiento en los 
tiempos sucesivos. Juan Érigéne vivía en el siglo ix, el 
cual no pertenece al movimiento de los siguientes; 
pues es cosa sabida que el siglo x fué el máximum dé- 
la ignorancia de los siglos medios, y que sólo comenzó 
el movimiento intelectual á fines del x y principios^^ 
del XI. Entre Érigéne y Roscelín median dos siglos. 

Por lo que toca á Roscelín y Abelardo, es más fácil 
de concebir por qué se nos citan á este propósito; pues 
nadie ignora el ruido que metió en el mundo Abe- 
lardo por sus doctrinas, y más tal vez por sus aven- 
turas; y, en cuanto á Roscelín, no deja también de 
llamar la atención, no sólo por sus errores, sino y prin- 
cipalmente por haber sido el maestro de Abelardo. 



- 156 — 

Para dar una idea del espíritu que guiaba á esos 
hombres, y del aprecio que debe hacerse de sus inten- 
tos, es necesario entrar en algunos pormenores sobre 
su vida y doctrinas. Era Roscelín uno de los hombres 
más cavilosos de su tiempo: dialéctico sutil, y ardien- 
te partidario de la secta de los nominales, substituyó 
sus opiniones á la enseñanza de la Iglesia, llegando á 
errar gravísimamente sobre el augusto misterio de la 
Trinidad, La historia nos ha conservado un hecho que 
prueba de un modo incontestable su insigne mala fe y 
su falta de probidad y de pudor. Guando propalaba 
Roscelín sus errores, vivía San Anselmo, que después 
fué arzobispo de Gantórbery, y que, á la sazón, era 
abad de Bec. Había muerto algún tiempo antes Lan- 
franco, arzobispo de la nombrada silla, con una repu- 
tación de virtud y de buena doctrina que nada dejaba 
que desear. Roscelín creyó que sus errores ganarían 
mucho concepto si podían verse autorizados con un 
nombre respetable; v, echando mano de la más negra 
calumnia, afirmó que sus opiniones eran las mismas 
del arzobispo Lanfranco, y de Anselmo, abad de Bec. 
No podía responder Lanfranco porque había muerto 
ya; pero el abad de Bec se defendió vigorosamente de 
tan injusta imputación, vindicando, al propio tiempo, 
á Lanfranco, que había sido su maestro. Las obras de 
San Anselmo no nos dejan duda alguna sobre cuáles 
eran los errores de Roscelín, pues que en ellas los en- 
contramos formulados con toda precisión. Á decir ver- 
dad, tampoco se puede atinar por qué M. Guizot dio 
tanta importancia á ese hombre, ni por qué nos lo ha- 
bía de señalar como uno de los principales defensores 
de la libertad del pensamiento, cuando no encontra- 
mos en él nada que le distinga de los demás herejes. 
Es un hombre que cavila, que sutiliza y que yerra; 
pero esto es una cosa tan trivial en la historia de la 
Iglesia, que ni siquiera causa la menor novedad. 

Más digno es de que llame nuestra atención el famo- 
so Abelardo, dado que su nombre se ha hecho tan cé- 
lebre, que no hay quien no esté al corriente de sus 



— 157 - 

tristes aventuras. Discípulo de Roscelín, é igualmente 
hábil que su maestro en la dialéctica de su siglo, do- 
tado de grandes talentos y sediento de ostentarlos en 
las principales arenas literarias, llegó á granjearse más 
alta reputación que no alcanzara jamás el dialéctico 
de Gompiégne. Sus errores en gravísimas materias aca- 
rrearon males de cuantía á la Iglesia, y no dejaron de 
ocasionarle á él mismo muy graves disgustos. Mas, no 
es verdad lo que dice con respecto á él M. Guizot, de 
que no tanto fueron reprobadas sus doctrinas como su 
método; y que tanto él como su maestro Roscelín no 
se proponían un cambio radical de doctrinas. Afortu- 
nadamente tenemos testimonios irrecusables que no 
nos dejan ninguna duda de que no fué el método lo 
que se culpó en Roscelín, sino su error sobre la Trini- 
dad; así como se conservan todavía en forma de ar- 
tículos los varios errores entresacados de las obras de 
Abelardo. 

Sabemos por San Bernardo que sobre la Trinidad 
pensaba como Arrio, sobre la Encarnación como Nes- 
torio, y sobre la Gracia como Pelagio; y ya se ve que 
todo esto no sólo tendía á un cambio radical de doc- 
trinas, sino que ya de suyo lo era. No se me oculta que 
Abelardo pretendió ser falsos semejantes cargos; pero 
ya sabemos lo que valen tales negativas: y lo cierto es 
que, en la famosa asamblea de Sens, provocada por el 
mismo Abelardo, no pudo responded palabra al santo 
abad de Glaraval, que le echó en cara sus errores, pre- 
sentando las mismas proposiciones entresacadas de sus 
obras, é invitándole á que ó las defendiese ó las abju- 
rase. En tan terrible apuro se encontró Abelardo al 
verse cara á cara con adversario tan respetable, que 
por de pronto no atinó á responder otra cosa sino que 
apelaba á Roma. Y si bien el concilio de Sens por res- 
peto á la Santa Sede se abstuvo de condenar la persona 
del novador, no dejó por eso de condenar sus errores; 
condenación que fué aprobada por el Sumo Pontífice 
y extendida á la misma persona. Por los artículos que 
43ontienen los errores de Abelardo, no se ve que este; 



— 158 — 

escritor tuviera como idea capital la proclamación d& 
la libertad del pensamiento. Se conoce, 8í, que se aban- 
donaba demasiado á sus propias cavilaciones; pero nO' 
hacía más que dogmatizar erróneamente sobre los pun- 
tos más graves, cosa que habían hecho ya todos los he- 
rejes que le habían precedido. 

M. Guizot debía saber todo esto, y no sé por qué lo- 
olvidó, ni por qué quiso atribuir á dichos autores una- 
importancia que en realidad no merecen. Buscando la 
razón que pudo inducir á M. Guizot á recordarnos con 
tanto énfasis los nombres de Roscelín y Abelardo, ocu- 
rre desde luego que se proponía buscar á los protes- 
tantes algunos predecesores ilustres; y como quiera* 
que Roscelín y Abelardo no carecieron de talentos y 
de saber, y por otra parte vivieron en la misma época 
en que se desplegaba en Europa el movimiento inte- 
lectual, debió de parecerle muy oportuno sacar á la 
escena á estos novadores, para manifestar que ya des- 
de el principio del desarrollo del entendimiento ha- 
bían levantado la voz en pro de la libertad de pensar 
los hombres más famosos. Aun cuando pudiera pro- 
barnos M. Guizot que Érigéne, Roscelín y Abelardo 
sólo se propusieron proclamar el examen privado en 
materias de fe, no seguiría de aquí que aquellos nova- 
dores no quisieran un cambio radical en las doctrinas, 
ya que nada puede haber más radical en materias de 
fe que lo que ataca la raíz de la certeza, que es la au- 
toridad. No se inferiría tampoco que la Iglesia, conde- 
nando sus errores, se hubiese alarmado por un simple 
método; pues, si este método había de consis^tir en subs- 
traer el entendimiento al yugo de la autoridad aun en. 
materias de fe, era ya de sí un error gravísimo, comba- 
tido en todos tiempos por la Iglesia católica, que jamás 
ha consentido ni tolerado que se pusiese en duda su 
autoridad en cuestiones dogmáticas. 

Sin embargo, si los citados novadores se hubiesen 
presentado combatiendo principalmente la autoridad 
en materias de fe, hubiera tenido razón M. Guizot eik 
hacernos notar sus nombres, como que indicaban una» 



- 159 — 

nueva época; pero ¡cosa singular! no se halla que for-' 
mulasen principalmente sus proposiciones en favor de 
la independencia del pensamiento y contra la autori- 
dad en materias de fe, no se halla que la Iglesia los 
condenara sólo por tal motivo, pero sí por otros erro- 
res; ¿dónde están, pues, la exactitud, ni la verdad his- 
tórica en que parece debía de estribar un hombre como- 
M. Guizot? ¿Cómo se permitía esa libertad de introdu- 
cir sus pensamientos en lugar de los hechos, dirigién- 
dose como se dirigía á un auditorio numeroso? Bien 
conocía M. Guizot que éstas son materias que todo el 
mundo trata, y que pocos profundizan; y que para ex- 
citar simpatías en los hombres superficiales, bastaba 
hablarles pomposamente de la libertad del pensamien- 
to, pronunciar nombres que muchos oirían sin duda 
por la primera vez, como Érigéne y Roscelín, y sobre 
todo mentar el apellido del infortunado amante de 
Eloísa. 

Gomo á M. Guizot no podía ocultársele que flaquea- 
ban un tanto las observaciones que iba emitiendo so- 
bre aquella época, trató de remediarlo insertándonos 
un trozo de la Introducción á la Teología de Abelardo; 
texto que á mi juicio está muy lejos de probar lo que 
se propone el publicista. Se nos quiere persuadir que 
empezaba ya á reinar entonces un fuerte espíritu de 
resistencia á la autoridad de la Iglesia en materias de 
fe, y que el entendimiento del hombre estaba ya im- 
paciente por romper las trabas con que se le tenía en- 
cadenado. Según M. Guizot, parece que á ruego de sus 
propios discípulos se arrojó Abelardo á sacudir el yugo 
de la autoridad; y que los escritos del novador fueron 
ya en cierto modo la expresión de una necesidad que 
se hacía sentir con mucha fuerza, de un pensamiento 
que se agitaba de antemano en muchas cabezas. He 
aquí las palabras á que me refiero: «Al investigar, dice 
M. Guizotj la naturaleza y carácter de ese movimiento, 
no se ve que tendiese á un cambio ladical en las opi- 
niones, que encerrase una revolución contra las creen- 
cias recibidas: nada de esto; sólo se pretendía racioci- 



— 160 - 

nar libremente, romper hasta en cuestiones de fe las 
trabas de la autoridad.» Ya hemos visto cuan ajeno 
está de toda verdad lo que asienta aquí el escritor; y 
que, aun cuando se hubiese atacado solamente el prin- 
cipio de autoridad, esto ya encerraba un cambio radi- 
cal en las opiniones, una revolución contra las creen- 
cias recibidas; pues que la infalibilidad de la Iglesia 
era un dogma en sí, y, además, era la base de todas las 
creencias. Harto me parece que lo ha demostrado la 
experiencia, desde la aparición del Protestantismo en 
el primer tercio del siglo xvi. Pero dejemos proseguir 
á M. Guizot: «Díceños el mismo Abelardo en su Intro- 
ducción á la Teología que sus discípulos le pedían argu- 
mentos propios para satisfacer la razón; que les ense- 
ñase á no repetir sus explicaciones, sino á compren- 
derlas; porque nadie sabría creer sin haber antes 
comprendido, y hasta ridículo sería enseñar cosas que 
no habían de comprender ni el profesor ni los discípu- 
los ¿Cuál puede ser el objeto de una sana filosofía, 

sino conducirnos al más perfecto conocimiento de Dios, 
donde deben ir á parar todas nuestras meditaciones, 
todos nuestros estudios? ¿Con qué miras se permite á 
los fieles la lectura de las cosas del siglo, y hasta de 
los libros de los gentiles, sino para disponer su inteli- 
gencia á alcanzar las verdades de la Santa Escritura, 

para adiestrar su discurso en defenderlas? Es por lo 

mismo indispensable emplear todas las fuerzas de la 
razón, á fin de impedir que en cuestiones tan difíciles 
y complicadas como las que se ofrecen á cada paso en 
el estudio de las doctrinas del Evangelio, no alteren 
jamás la pureza de nuestra fe las sutilezas de sus ene- 
migos.» 

No puede negarse que á la época en que figuraba 
Abelardo se había despertado una viva curiosidad, que 
excitaba al espíritu á emplear sus fuerzas para darse 
razón de las cosas que creía; pero no es verdad que la 
Iglesia se opusiera á ese movimiento, considerado como 
'tin método científico, en cuanto no saliese de los lími- 
ites legítimos, extendiéndose á combatir ó socavar los 



— 1(M — 

dogmas de fe. No cabe presentar la Iglesia de un modo 
más desfavorable del que lo hace M. Guizot en este lu- 
gar: no cabe un olvido, mejor diré, una alteración más 
completa de los hechos. «Á pesar, dice, de hallarse 
ocupada la Iglesia en su reforma interior, no dejó por 
esto de sentir y comprender la transcendencia de aquel 
movimiento; alarmóse vivamente de los ulteriores re- 
sultados que pudiera dar de sí, y declaró inmediata- 
mente la guerra á los innovadores, tanto más temibles, 
cuanto eran sus métodos y no sus doctrinas los que 
amenazaban el golpe.» He aquí á la Iglesia conspiran- 
do contra el desarrollo del pensamiento, y sofocando 
con mano fuerte las tentativas que hacía para dar sus 
primeros pasos en el camino de las ciencias; hela aquí, 
prescindiendo de las doctrinas y combatiendo los mé- 
todos; y todo esto introducido como una novedad; 
pues, según M. Guizot, «entonces empezó la lucha en- 
tre el clero y los que se declaraban defensores del li- 
bre pensamiento, entonces tuvo principio ese grande 
hecho que tanto lugar nos ocupa en los siglos undéci- 
mo y duodécimo, que tantos efectos produjo en la Igle- 
sia teocrática y monástica. Las quejas de Abelardo y 
hasta cierto punto las de San Bernardo, los concilios 
de Soissons y Sens, que condenaron al primero, son 
una verdadera expresión de aquel hecho, que por un 
oculto eslabonamiento de resultados se ha perpetuado 
hasta los tiempos más modernos.» Siempre la misma 
confusión de ideas. Ya lo he dicho, y es preciso repe- 
tirlo: la Iglesia no ha condenado ningún método, lo 
que ha condenado son errores; á no ser que se entien- 
da el método que tanto agrada á M. Guizot, de «rom- 
per hasta en cuestiones de fe las trabas de la autori- 
dad»; lo que no es un simple método, sino un error de 
alta transcendencia. Al reprobar una doctrina perni- 
ciosa, subversiva de toda fe, cual es la que niega la 
infalibilidad de la Iglesia en puntos de dogma, no tuvo 
ésta ninguna pretensión nueva, su conducta fué la 
misma que había tenido desde el tiempo de los após- 
toles y que ha observado después. En propalándose al- 



- 162 — 

guna doctrina que ofrezca peligro, la examina, la co~ 
teja con el sagrado depósito de verdad que le está; 
confiado: si la doctrina no repugna á la verdad divina, 
la deja correr á sus anchuras, porque no ignora que 
Dios ha entregado el mundo á las disputas de los hombres; 
pero, si se opone á la fe, es condenada irremisiblemen- 
te, sin consideración ni condescendencia. Que, si lo; 
contrario hiciera, se negaría á sí misma, dejaría de sei 
quien es, no sería la celosa depositarla de la verdad di- 
vina. Si consintiese que se pusiera en duda su autori- 
dad infalible, desde aquel momento se olvidaría de 
una de sus obligaciones más sagradas, y no tendría^ 
derecho á que se la creyese; pues que, manifestando 
que le es indiferente la verdad, mostraría bien á laa 
claras que no es una religión bajada del cielo, y, por 
consiguiente, entraría en la esfera de las ilusiones hu- 
manas. 

Cabalmente á la época á que se refiere M. Guizot, 
hay un hecho que indica que la Iglesia dejaba campo 
libre donde pudiera espaciarse el pensamiento. Sabida 
es de cuánta reputación disfrutó San Anselmo todo el 
tiempo de su vida, y en cuánta estima fué tenido poi 
los Pontífices de su tiempo; y, sin embargo, San Ansel 
mo pensaba con la mayor libertad, y en el prólogo de 
su Monologio nos dice que algunos le suplicaban que 
les enseñase á explicar las cosas por la sola razón, j 
prescindiendo de la Sagrada Escritura. No teme el san- 
to condescender á sus súplicas, y se propone conten- 
tarlos escribiendo á este propósito el citado opúsculo, 
y no deja de adoptar en otras partes el mismo método. 
Gomo ahora pocos se cuidan de escritores antiguos, 
(juizás no serán muchos los que hayan leído alguna 
vez las obras de este santo; y, no obstante, se encuen- 
tra en ellas una claridad de ideas, una solidez de razo- 
nes, y sobre todo un juicio tan sobrio y templado, que 
apenas parece posible que desde el principio del movi- 
miento intelectual se elevase tan alto el pensamiento^ 
Allí se ve la mayor libertad de pensar, unida con el 
respeto debido á la autoridad de la Iglesia; y que, lejoa 



— 163 — 

<ie que este respeto debilitase en nada el vigor del pen- 
samiento, sólo servía para alumbrarle y robustecerle. 
Allí se ve que no era sólo Abelardo quien enseñaba, no 
á repetir sus leccioneSy sino á comprenderlas; pues que 
^algunos años antes estaba haciendo esto mismo San 
Anselmo, con uña claridad y solidez muy superiores á 
Jo que podía esperarse de su tiempo. Se ve también 
-que se trataba en la Iglesia católica de servirse de la 
Tazón hasta donde fuera posible; sabiendo, empero, 
respetar los lindes que le señala su propia debilidad, 
•é inclinándose respetuosamente ante el sagrado velo 
•que encubre augustos misterios. 

En las obras de este sabio escritor se verá que no era 
Abelardo quien había de enseñar al mundo que «el 
objeto de una sana filosofía es conducirnos al más per- 
fecto conocimiento de Dios , y que es indispensable 

emplear todas las fuerzas de la razón, á fin de impedir 
•que en cuestiones tan difíciles y complicadas como las 
que se ofrecen á cada paso en el estudio de las doctri- 
nas del Evangelio, no alteren jamás la pureza de nues- 
tra fe las sutilezas de sus enemigos.» Pero en la pro- 
funda sumisión que muestra el santo á la autoridad de 
la Iglesia, en la candida entereza con que reconoce los 
límites del entendimiento humano, échase de ver que 
estaba en la persuasión de que no es posible creer antes 
.de comprender; pues que no es lo mismo estar cierto de 
la existencia de una cosa, que conocer claramente su 
naturaleza. 



CAPITULO LXXI 



Ya que nos hemos trasladado á los siglos xi y xii, 
para examinar cuál había sido en ellos la conducta de 
la Iglesia con respecto á los novadores, detengámonos 
algunos instantes en la misma época, como en un ex- 
celente punto de vista, para observar desde allí la mar- 
cha del espíritu humano. 



— J64 — 

Se ha dicho que el desarrollo del entendimiento ha* 
hía sido en Europa enteramente teológico; esto es ver- 
dad, y verdad necesaria. La razón es muy sencilla: 
todas las facultades del hombre se desenvuelven con- 
forme á las circunstancias que le rodean; y así como 
su salud, su temperamento, sus fuerzas, y hasta su co- 
lor y estatura, dependen del clima, de los alimentos, 
del tenor de vida, y otras circunstancias que le afec- 
tan, así también las facultades intelectuales y morales 
llevan el sello de los principios que preponderan en la 
familia y sociedad de que forman parte. En Europa el 
elemento predominante era la religión; se la oye, se la 
ve, se la encuentra en todos los objetos; sin ella no se 
descubre en ningún punto un principio de acción y de 
vida; y así era preciso que todas las facultades del eu- 
ropeo se desenvolviesen en un sentido religioso. Si 
bien se observa, no era sólo el entendimiento el que 
presentaba ese carácter; era también el corazón, hasta 
las pasiones, todo el hombre moral; de suerte que, así 
como no se puede dar un paso en ninguna dirección 
de Europa sin tropezar con algún monumento religio- 
so, tampoco se puede examinar ninguna facultad del 
europeo sin encontrar la huella de la religión. 

Lo que sucedía en el individuo, se verificaba tam- 
bién en la familia y en la sociedad; la religión era 
igualmente dueña de éstas que de aqnél. Un fenómeno 
semejante encontramos en todas partes donde el hom- 
bre haya caminado hacia un estado más perfecto; pu- 
diendo asegurarse, como un hecho constante en la his- 
toria del linaje humano, que jamás ninguna sociedad 
adelantó por el camino de la civilización, á no ser bajo 
la dirección é impulso de los principios religiosos. Ver- 
daderos ó falsos, razonables ó absurdos, se los encuen- 
tra en todas partee donde el hombre se períecciona; y 
bien que sean dignos de lástima algunos pueblos, por 
las monstruosidades supersticiosas en que se precipi- 
taron, todavía se debe confesar que bajo aquella su- 
perstición se ocultaban gérmenes de bien, que ro 
dejaban de proporcionar considerables ventajas. Los 



- 165 - 

egipcios, los fenicios, los griegos, los romanos, todos 
eran muy supersticiosos, y, sin embargo, hicieron 
tantos adelantos en la civilización y cultura, que nos 
asombran aún con sus^onumentos y recuerdos Fácil 
es reirse de una práctica extravagante ó de un do2cma 
descabellado; pero, no debe nunca olvidarse que hay 
una porción de principios morales que sólo medran ó' 
se conservan estando bajo la sombra de las creencias; 
principios indispensables para que el individuo no se 
convierta en un monstruo, y no se quebranten todos 
los lazos de la sociedad y de la familia. Se ha hablado 
mucho contra la inmoralidad, tolerada, consentida y á 
veces predicada por algunas religiones; por cierto que 
nada hay tan lamentable como que sirva para extra- 
viar al hombre aquello que debiera ser su principal 
guía; pero, si miramos al través de aquellas sombras 
que tanto nos chocan á primera vista, no dejaremos de 
descubrir algunas ráfagas de luz, que nos harán mirar 
á las falsas relipriones, no con indulgencia, pero sí con 
menos horror que á los sistemas impíos que no co- 
nocen otro ser que la materia, ni otro Dios que el 
placer. 

La sola conservación de la idea del bien y del mal 
moral, idea que sólo tiene sentido en el supuesto de 
existir una divinidad, ya es de suyo un beneficio in- 
apreciable; y este beneficio lo traen siempre consigo 
las religiones, aun las que permiten ó mandan aplica- 
ciones monstruosas ó criminales. Sin duda que se han 
visto en los pueblos antiguos, y se ven todavía en los 
no iluminados por el Cristianismo, aberraciones la- 
mentables; pero en medio de estas mismas aberracio- 
nes hay siempre alguna luz; luz que, por poco que 
brille, por pálidos y endebles que sean sus rayos, vale , 
incomparablemente más que las densas tinieblas del 
ateísmo. 

Entre los pueblos antiguos y los europeos, había una 
diferencia muy notable, y es, que aquéllos marcharon 
hacia la civilización saliendo de su infancia, y éstos se 
dirigían al mismo punto saliendo de aquel estado in- 



— 166 — 

definible que resultó de la confusa mezcla que en la 
invasión de los bárbaros se hizo de una sociedad joven 
con otra decrépita, de pueblos rudos y feroces con otros 
civilizados y cultos, ó más bien afeminados. De aquí 

. provino que en los pueblos antiguos se desplegó pri- 
mero el entendimiento que la imaginación. En aqué- 
llos, lo primero que se encuentra es la Poesía; en éstos, 
al contrario, lo primero que hallamos es la Dialéctica 
y la Metafísica. 

Investiguemos la causa de tamaña diferencia. Guan- 
do un pueblo está en la infancia, ya sea propiamente 
dicha, ó bien porque, habiendo vivido largo tiempo en 
la estupidez, se encuentre en situación semejante á la 
de un pueblo niño, abunda de sensaciones y se halla 
escaso de ideas. La naturaleza, con toda su majestad, 
ícon todas sus maravillas y secretos, es lo que le afecta 
más vivamente; su lenguaje es magnífico, pintoresco, 
poético; las pasiones no son refinadas, pero, en cam- 
bio, son enérgicas y violentas; y el entendimiento que 
busca con candor la región de la luz, ama la verdad 
pura y sencilla, la confiesa, la abraza sin rodeos, y no 
es á propósito para sutilezas, cavilaciones y disputas. 

. La cosa de menos importancia le sorprende y admira, 
■con tal que hiera vivamente los sentidos y la imagi- 
nación; y, si un hombre le ha de inspirar entusiasmo, 
^s menester que le presente algo de sublime y he- 
roico. 

Observando el estado de los pueblos de Europa en 
los siglos medios, se nota desde luego que ofrecían al- 
guna semejanza con un pueblo niño; pero que eran 
también muchas y muy reparables las diferencias. Te- 
nían las pasiones mucha energía, agradaba también 
sobremanera lo extraordinario y maravilloso; y á falta 
de realidades creaba la fantasía sombras gigantescas. 
La profesión de las armas era la ocupación favorita; 
las aventuras más peligrosas eran buscadas con afán y 
arrostradas con increíble osadía. Todo esto indicaba 

* -desarrollo de sentimiento y de imaginación en lo que 
estas facultades encierran de más fuerte y brioso; pero 



— 167 — 

¡cosa notable! mezclábase con tales disposiciones una 
afición singular á los objetos puramente intelectuales; 
al lado de la realidad más viva, más ardiente y pinto- 
resca, se levantaban las abstracciones más frías y des- 
carnadas. Un caballero cruzado, ricamente vestido, ro- 
deado de trofeos, radiante con la gloria adquirida en 
cien combates; y un dialéctico sutil, disputando sobre 
el sistema de los nominales y llevando las abstraccio- 
nes y cavilaciones hasta un punto ininteligible: he 
aquí dos objetos, por cierto bien poco parecidos; y, sin 
embargo, estos objetos coexistían en la sociedad; y no 
como quiera, sino con mucho prestigio, favorecidos 
con toda clase de obsequios y seguidos por ardientes 
entusiastas. 

Aun atendiendo á la situación extraña en que, se- 
gún llevo indicado, se encontraron las naciones de Eu- 
ropa no es fácil explicar la razón de esta anomalía. Se 
deja entender sin dificultad que los pueblos europeos, 
.en su mayor parte salidos de los bosques del Norte, y 
que habían vivido por mucho tiempo en guerra, ya 
entre sí, ya con los conquistados, debían de conser- 
var, con sus hábitos guerreros, imaginación viva y 
fuerte, y pasiones enérgicas y violentas; lo que no se 
concibe tan bien es su inclinación á un orden de ideas 
juramente metafísico y dialéctico. No obstante, pro- 
fundizando la cuestión, no deja de conocerse que esta 
anomalía tenía su origen en la misma naturaleza de 
las cosas. 

¿Porqué un pueblo en su infancia abunda de imagi- 
nación y de sentimientos? Porque abundan los objetos 
que excitan esas facultades, y porque éstos pueden 
ejercer su acción con más fuerza, á causa de que el 
individuo se halla expuesto de continuo á la influen- 
cia de las cosas exteriores. El hombre, primero siente 
é imagina, después entiende y piensa; así lo exigen 
en su naturaleza el orden y dependencia de las facul- 
tades. Y he aquí la razón de que primero se desarro-- 
lien en un pueblo la imaginación y las pasiones, que 
no el entendimiento: aquéllas encuentran desde luego 

T. IV 88 



— 168 — 

su objeto y su pábulo; éste, no; y, por lo mismo, pre- 
cedió siempre la edad de los poetas á la de los filóso- 
fos. Infiérese de aquí que los pueblos niños piensan 
poco, porque carecen de ideas; y en esto se halla una- 
diferencia capital que los distingue de los de Europa 
en la época de que hablamos; en Europa adundan las 
ideas. Lo que explica por qué se hacía tanto aprecio dé- 
lo puramente intelectual, aun en medio de la más pro- 
funda ignorancia; y por qué se esforzaba el entendi- 
miento en descollar también, cuando parece que no 
había llegado su hora. Las verdaderas ideas de Dios, 
del hombre y de la sociedad, estaban ya esparcidas por 
todas partes, merced á la incesante enseñanza del Cris- 
tianismo; y, como quedaban muchos rastros de la sa- 
biduría antigua, ya cristiana, ya gentil, resultaba que 
el entendimiento de un hombre de alguna instrucción 
se hallaba en realidad lleno de ideas. 

Á pesar de tamañas ventajas, claro es que, por efecto 
de la ignorancia acarreada por tantos trastornos, ha-, 
bíase de encontrar el entendimiento abrumado y con- 
fuso con aquella mezcla que se le presentaba de erudi- 
ción y de filosofía; y que había de escasear de dis- 
cernimiento y buen juicio, para hacer de una manera 
provechosa el simultáneo estudio de la Biblia, escritos 
de los Santos Padres, derecho civil y canónico, obras 
de Aristóteles y comentarios de los árabes. Todo esto,, 
no obstante, se estudiaba á la vez, de todo se disputaba 
con ardor, y al lado de los errores y desvarios que 
eran en tal caso inevitables, marchaba la presunción, 
inseparable compañera de la ignorancia. Para explicar 
con acierto varios puntos de la Biblia, de los Santos 
Padres, de los códigos, de las obras de los filósofos, era 
necesario prepararse con grandes trabajos, como lo ha 
enseñado la experiencia de los siglos posteriores. Era 
preciso estudiar las lenguas, registrar archivos, desen- 
terrar monumentos, recoger de todas partes un gran 
cúmulo de materiales; y luego ordenar, comparar, dis- 
cernir; en una palabra, era menester un gran fondo de 
erudición alumbrado por la antorcha de la crítica. 



— 169 — 

Todo esto faltaba á la sazón, ni era dable adquirirlo, 
sino con el transcurso de los siglos. ¿Y qué sucedía? 
Lo que por precisión debía suceder, habiendo el pru- 
rito de explicarlo todo. ¿Se ofrecía una dificultad? ¿fal- 
taban datos, noticias para resolverla? Se echaba por el 
atajo: en vez de estribar sobre un hecho, se estribaba 
sobre un pensamiento; en lugar de un raciocinio sóli- 
do, se ponía una abstracción cavilosa; ya que no era 
posible formar un cuerpo de sabia doctrina, se amon- 
tonaba un confuso fárrago de ideas y palabras. ¿Quién, 
por ejemplo, no se ríe ó no se compadece de Abelardo, 
al verle ofrecer á sus discípulos la explicación del pro- 
feta Ezequiel, y con la condición de no tomarse sino 
un tiempo muy escaso para prepararse y cuntplir lue- 
go su oferta? ¿No les parece á los lectores que en el si- 
glo XII, y tratándose del profeta Ezequiel, y estando 
poco preparado el maestro, debió de ser la explicación 
muy feliz é interesante? 

Fué tanto el ardor con que se abrazó el estudio de 
la dialéctica y de la metafísica, que en poco tiempo 
llegaron á eclipsar todos los demás conocimientos. 
Esto acarreó gravísimo daño al espíritu; porque, absor- 
bida toda su atención en su objeto predilecto, miró 
con indiferencia la parte sólida de las ciencias, cuidó 
poco de la historia, no pensó en literatura, resultando 
de aquí que no se desarrolló sino á medias. Postergada 
todo lo relativo á imaginación y afectos, quedó dueña 
del campo el entendimiento; y no en su parte útil, 
como lo es percepción clara y cabal, juicio madura y 
raciocinio sólido y exacto, sino en lo que tiene de más 
sutil, caviloso y extravagante. 

Me atreveré á decir que los hombres que culpan á 
la Iglesia por la conducta que á la sazón observó con 
los novadores, han comprendido muy mal la situa- 
ción' científica y religiosa en que entonces se encon- 
traba la Europa. Ya hemos visto que, cuando el en- 
tendimiento se apartó del verdadero camino, el des- 
arrollo intelectual era religioso; y de aquí es que aun 
conservó todavía este carácter; de lo que dimanó que 



— 170 — 

se vieron aplicadas á los más sublimes misterios las 
sutilezas más extrañas. Casi todos los herejes de la 
época eran famosos dialécticos, y empezaron á extra- 
viarse por un exceso de sutilezas. Roscelín era uno de 
los principales dialécticos de su tiempo, fundador de 
la secta de los nominales, ó, al menos, uno de sus 
principales caudillos; Abelardo era célebre por su ta- 
lento sutil, por su habilidad en las disputas y por su 
destreza en explicarlo todo conforme á su talante; el 
abuso del ingenio le condujo á los errores de que he 
hablado más arriba; errores gue habría podido evitar 
si no se hubiera entregado con tanto orgullo á sus va- 
nos pensamientos. El espíritu de sutilizarlo to io con- 
dujo á Gilberto de la Poirée á los errores más lamenta- 
bles sobre la Divinidad; y Amauri, otro filósofo célebre 
al estilo de la época, se calentó tanto el cerebro con la 
materia prima de Aristóteles, que llegó á iecir que asa 
materia era Dios. 

La Iglesia se oponía con todas sus fuerzas h aquel 
hormiguero de errores nacidos de cabezas dlucinidas 
con fútiles argumentos, y desvanecidas por au orgullo 
insensato; y es necesario desconocer enteramente 'os 
verdaderos intereses de las ciencias, para no convenir 
en que la resistencia de la Iglesia á los sueños de los 
novadores era muy beneficiosa al progreso del enten- 
dimiento. 

Aquellos hombres fogosos, que, sedientos de saber, 
se lanzaban con ardor sobre la primera sombra que 
forjaban sus fantasías, habían menester en gran mane- 
ra las amonestaciones de una voz juiciosa que les ins- 
pirara sobriedad y templanza. Daba apenas el entendi- 
miento los primeros pasos en la carrera del saber, y ya 
se figuraba saberlo todo; todo pretendía conocerlo; ex- 
cepto el nescio, el no sé, como le echa en cara San Ber- 
nardo al vanidoso Abelardo. ¿Quién no se alegra, para 
el bien de la humanidad y honor del humano enten- 
dimiento, al ver á la Iglesia condenando los errores de 
Gilberto, errores que á nada menos tendían que á tras- 
tornar las ideas que tenemos de Dios; y los de Amauri 



— 171 — 

y su discípulo David de Dinant, que, confundiendo al 
Criador con la materia primera, destruían de un golpe 
la idea de la Divinidad? ¿Le había de ser muy salu- 
dable á la Europa el empezar su movimiento inte- 
lectual, arrojándose, desde luego, á la sima del pan- 
teísmo? 

Si el entendimiento humano hubiera seguido en su 
desarrollo el camino por el cual le guiaba la Iglesia, se 
habría adelantado la civilización europea, cuando me- 
nos dos siglos: el siglo xiv hubiera podido ser el xvi. 
Para convencerse de esta verdad, no hay más que com- 
parar escritos con escritos, hombres con hombres: los 
más adictos á la fe de la Iglesia, se levantaron á tal 
altura, que dejaron muy atrás á su siglo. Roscelín 
tuvo por adversario á San Anselmo; éste se mantuvo 
siempre sumiso á la autoridad, aquél le fué rebelde; y 
¿quién podría comparar al sabio arzobispo de Cantor- 
bery con el dialéctico de Compiégne? ¿Qué diferencia 
tan grande entre el profundo y juicioso metafísico au- 
tor del Monologio y Prosologio, y el frivolo disputador 
corifeo de los nominales? Las sutilezas y cavilaciones 
de Roscelín ¿valen algo si se las compara con los ele- 
vados pensamientos del hombre que en el siglo xi lle- 
vaba ya tan adelante sus ideas metafísicas, que, para 
probar la existencia de Dios, sabía desprenderse de pa- 
labras vanas y quisquillosas, concentrarse dentro de 
sí mismo, consultar sus ideas, analizarlas, comparar- 
las con su objeto, y fundar la demostración de la exis-^ 
tencia de Dios en la misma idea de Dios, adelantándo- 
se cinco siglos á Descartes? ¿Quién entendía mejor los 
verdaderos intereses de la ciencia? ¿Dónde está el ver- 
dadero influjo que para apocar y estrechar el entendi- 
miento de San Anselmo, debió de ejercer esa autoridad 
tan temible de la Iglesia, esa usurpación de los Papas- 
sobre los derechos del espíritu humano? ** 

Y Abelardo, el mismo Abelardo, ¿puede acaso poner- 
se en parangón cod su adversario católico, con San 
Bernardo? Ni como hombre ni como escritor, ¿qué es 
Abelardo comparado con el insigne abad de Claraval?" 



— 172 - 

Abelardo se empapa con todas las sutilezas de la es- 
cuela^ se disipa en disputas ruidosas, se desvanece 
con los aplausos de sus discípulos, alucinados por el 
talento y osadía del maestro, y más todavía por la ex- 
travagancia científica dominante en aquel siglo; y, sin 
embargo, ¿qué se han hecho sus obras? ¿quién las lee? 
¿quién recurre á ellas para encontrar una página bien 
razonada, la descripción de un grande suceso, algún 
cuadro de las costumbres de la época, es decir, nada 
de cuanto puede interesar á la ciencia ó á la historia? 
¿Y quién es el hombre instruido que no haya buscado 
varias veces todo esto en los inmortales escritos de San 
Bernardo? 

No cabe más sublime personificación de la Iglesia 
combatiendo con los herejes de su tiempo, que el ilus- 
tre abad de Glaraval, luchando con todos los novado- 
res, y llevando, por decirlo así, la palabra en nombie 
de la fe católica. No cabe encontrar más digno repre- 
sentante de las ideas, de los sentimientos que la Igle- 
sia procuraba inspirar y difundir, ni expresión más 
fiel del curso que el Catolicismo hubiera hecho seguir 
al espíritu humano. Parémonos un momento á la vista 
de esta columna gigantesca que se levanta á una in- 
mensa altura sobre todos los monumentos de su siglo; 
de ese hombre extraordinario que llena el mundo con 
su nombre, que le levanta con su palabra, le domina 
con su ascendiente; qUe le^^alumbra en la obscuridad, 
que sirve como de misterioso eslabón para unir dos 
épocas tan distantes como son la de San Jerónimo y 
San Agustín, y la de Bossuet y Bourdaloue. La relaja- 
ción y la corrupción le rodean, y él se abroquela con- 
tra sus ataques con la observancia más rígida, con la 
más delicada pureza de costumbres; la ignorancia ha 
cundido en todas las clases, él estudia día y noche para 
ilustrar su entendimiento; un saber falso y postizo se 
empeña en ocupar el puesto de la verdadera sabiduría, 
él le conoce, le desdeña, le desprecia, y con su vista de 
águila descubre á la primera ojeada que el astro de la 
werdad marcha á una distancia inmensa de este men- 



— 173 - 

tido esplendor, de ese fárrago informe de sutilezas é 
Inepcias, que los hombres de su tietnpo llamaban filo- 
sofía. Si en alguna parte podía á la sazón encontrarse 
una ciencia útil, era en la Biblia, en los escritos de los 
Santos Padres; y San Bernardo se abandona sin reser- 
va á su estudio. Lejos de consultar á los frivolos habla- 
dores que cavilaban y declamaban en las escuelas, él 
pide sus inspiraciones al silencio del claustro y á la 
augusta majestad de los templos; y, si quiere salirse de 
allí, contempla en el gran libro de la naturaleza, estu- 
diando las verdades eternas en la soledad del desierto; 
6, como él mismo nos dice, en medio de los bosques de 
hayas. 

Así este grande hombre, elevándose sobre las preocu- 
paciones de su tiempo, logró evitar el daño producido 
en los demás por el método á la sazón dominante, cual 
era, apagar la imaginación y el sentimiento, falsear el 
juicio, aguzar excesivamente el ingenio, y confundir y 
embrollar las doctrinas. Leed las obras del santo abad 
de Claraval, y notaréis, desde luego, que todas las fa- 
cultades marchan, por decirlo así, hermanadas y de 
frente. ¿Buscáis imaginación? Allí encontraréis hermo- 
sísimos cuadros, retratos fieles, magníficas pinturas. 
.¿Buscáis afectos? Oiréisle insinuándose sagazmente en 
€l corazón, hechizarle, sojuzgarle, dirigirle; ora ame- 
drenta con saludable terror al pecador obstinado, tra- 
zando con enérgica pincelada lo formidable de la justi- 
cia de Dios y de su venganza perdurable; ora consuela 
y alienta al hombre abatido por las adversidades del 
mundo, por los ataques de sus pasiones, por los re- 
<3uerdos de sus extravíos, por un temor inmoderado 
de la justicia divina. ¿Queréis ternura? Escuchadle en 
sus coloquios con Jesús, con María; escuchadle hablan- 
do de la Santísima Virgen con dulzura tan embelesan- 
te, que parece agotar todo cuanto sugerir pueden de 
más hermoso y delicado la esperanza y el amor. ¿Que- 
réis fuego, queréis vehemencia^ queréis aquel ímpetu 
irresistible que allana cuanto se le opone, que exalta 
<éi ánimo, que le saca fuera de sí, que le inflama del 



- 174 - 

■entusiasmo más ardiente, que le arrebata por los más: 
difíciles senderos, y le lleva á las empresas más heroi- 
cas? Vedle enardeciendo con su palabra de fuego á Ios- 
pueblos, á los señores y á los reyes, sacarlos de su& 
habitaciones, armarlos, reunirlos en numerosos ejérci- 
tos, y arrojarlos sobre el Asia para vengar el santo se- 
pulcro. Este hombre extraordinario se halla en todos 
lugares, se le oye por todas partes: exento de ambición, 
tiene, sin embargo, la principal influencia en los gran- 
des negocios de Europa; amante de la soledad y del re- 
tiroj se ve forzado á cada instante á salir de la obscu- 
ridad del claustro para asistir á los consejos de lo& 
príncipes y de los Papas; nunca adula, nunca lisonjea; 
jamás hace traición á la verdad, jamás disimula el sa- 
cro ardor que hierve en su corazón; y, no obstante, es- 
escuchado por doquiera con profundo respeto, y hace 
resonar su voz severa en la choza del pobre como en el 
palacio del monarca; amonesta con terrible austeridad, 
al monje más obscuro, como al soberano Pontífice. 

Á pesar de tanto calor, de tanto movimiento, nada 
pierde su espíritu en claridad ni precisión; si explica 
un punto de doctrina, se distingue por su desembara- 
zo y lucidez; si demuestra, lo hace con vigoroso rigor; 
si arguye, es con una lógica que estrecha, que acosa á 
su adversario, sin dejarle salida; y, si se defiende, lo 
ejecuta con suma agilidad y destreza. Sus respuestas 
son limpias y exactas, sus réplicas son vivas y pene- 
trantes; y, sin que se haya formado con las sutilezas 
de la escuela, deslinda primorosamente la verdad del 
error, la razón sólida de la engañosa falacia. He aquí 
un hombre entera y exclusivamente formado por la 
influencia católica; he aquí un hombre que ni se apar- 
tó jamás del gremio de la Iglesia, ni pensó en sí^cudir 
de su entendimiento el yugo de la autoridad; y que^ 
sin embargo, se levanta como pirámide colosal sobre 
todos los hombres de su tiempo. 

Para honor eterno de la Iglesia católica, para recha- 
zar más y más el cargo que se le ha hecho de jocadorct 
viel entendimiento humano, es menester ob&ervar que? 



— 175 — 

DO fué sólo San Bernardo quien se elevó sobre su siglO' 
é indicó el camino que debía seguirse para el verdade- 
ro adelanto. Puede asegurarse que los hombres más 
esclarecidos de aquella época, los que menos parte tu- 
vieron en los lamentables extravíos que por tanto 
tiempo llevaron al entendiiiiiento humano en pos de 
vanidades y de sombras, fueron cabalmente aquellos 
que más adictos se mostraban al Catolicismo. Ellos 
dieron el ejemplo de lo que, debía hacerse, si se quería 
progresar en las ciencias: ejemplo que, aunque poco- 
imitado por mucho tiempo, hubo al fin de seguirse en 
los siglos posteriores; habiendo marchado las ciencias 
en la misma razón en que se le ha ido poniendo en 
planta: hablo del estudio de la antigüedad. 

El principal objeto de los trabajos de aquella época 
eran las ciencias sagradas; pues que, siendo el desarro-^ 
lio del entendimiento en un sentido teológico, la dia- 
léctica y la metafísica se estudiaban con la mira de 
hacer aplicaciones teológicas. Roscelín, Abelardo, Gil- 
berto de la Poirée, Amauri, decían: «discurramos, su- 
tilicemos, apliquemos nuestros sistemas á toda clasa 
de cuestiones; nuestra razón sea nuestra regla y guía, 
de otra manera es imposible saber.» San Anselmo, San 
Bernardo, Hugo de San Víctor, Ricardo de San Víctor, 
Pedro Lombardo, dijeron: «veamos lo que nos enseña 
la antigüedad, estudiemos las obras de los Santos Pa- 
dres, analicemos y cotejemos sus textos; no hay mu- 
cho que fiar en puros raciocinios, que unas veces se- 
rán peligrosos y otras infundados.» De esos juicios- 
¿cuál ha confirmado la posteridad? De esos métodos 
¿cuál es el que se adoptó cuando se trató de hacer se- 
rios progresos? ¿no se apeló á un estudio ímprobo de 
los monumentos antiguos? ¿no se hubieron de arrum- 
bar las cavilaciones dialécticas? Los mismos protestan- 
tes ¿no se glorían de haber seguido este camina? Su» 
teólogos ¿no tienen á mucha honra el poder llamarse 
versados en la antigüedad? ¿no tendrían á mengua que 
se los apellidase puros dialécticos? ¿De qué parte, pues, 
í'staba la razón? ¿de los herejes ó de la Iglesia? ¿quiéip 



— 176 — 

'.comprendía mejor cuál era el método más conveniente 
para el progreso del entendimiento? ¿quién seguía el 
-camino más acertado? ¿los dialécticos herejes, ó los 
doctores católicos? Esto no tiene réplica: porque no son 
pensamientos, son hechos; no es una teoría,. es la his- 
toria de las ciencias, tal como la sabe todo el mundo, 
tal como la presentan monumentos irrefragables; y 
los hombres que estuviesen preocupados por la auto- 
ridad de M. Guizot, no podrán por cierto quejarse de 
que yo haya divagado, de que haya esquivado las 
cuestiones hislóricas, ni pretendido que se me creyese 
«obre mi palabra 

Desgraciadamente la humanidad parece condenada 
á no encontrar el verdadero camino sino después de 
grandes rodeos; y así es que, siguiendo el entendi- 
miento la dirección peor, se fué en pos de las sutilezas 
y cavilaciones, y abandonó el sendero señalado por la 
razón y el buen sentido. Á principios del siglo xir es- 
taba tan adelantado el mal, que no era liviana empre- 
sa el tratar de remediarle; y no es fácil atinar á qué 
extremo habrían llegado las cosas, y los males que en 
diferentes sentidos hubieran sobrevenido, si la Provi- 
dencia, que no descuida jamás el orden físico ni el 
moral del universo, no hubiera hecho nacer un genio 
extraordinario que. levantándose á inmensa altura so- 
bre los hombres de su siglo, desembrollase aquel caos; 
y, cercenando, añadiendo, ilustrando, clasificando, sa- 
case de aquella indigesta mole un cuerpo de verdadera 
ciencia. 

Los versados en la historia científica de aquellos 
tiempos no tendrán dificultad en conocer que hablo de 
Santo Tomás de Aquino; á quien es menester contem- 
plar desde el punto de vista indicado, si queremos 
comprender toda la extensión de su mérito. Siendo 
este doctor uno de los entendimientos más claros, más 
vastos y penetrantes con que puede honrarse el linaje 
humano, parece á veces que estuvo como mal colocado 
en el siglo xiii; y como que uno se duele de que no 
viviera en los posteriores, para disputar la palma á los 



— 177 — 

tiombres más ilustres de que puede gloriarse la Euro- 
pa moderna. Sin embargo, cuando se reflexiona más 
profundamente, se descubre ser tanta la extensión del 
beneficio dispensado por él al humano entendimiento, 
se conoce tan á las claras la oportunidad de que apa- 
rreciese en la época en que apareció, que el observador 
no puede menos de admirar los profundos designios 
de la Providencia. 

¿Qué era la filosofía de su tiempo? La dialéctica, la 
metafísica, la moral, ¿á dónde hubieran ido á parar, en 
medio de la torpe mezcla de filosofía griega, filosofía 
árabe, é ideas cristianas? Yo hemos visto lo que de sí 
empezaban á dar tamañas combinaciones, favorecidas 
por la grosera ignorancia, que no permitía distinguir 
la verdadera naturaleza de las cosas, y fomentadas por 
el orgullo, que pretendía saberlo ya todo; y, sin em- 
bargo, el mal sólo estaba en sus principios; á medida 
que se hubiera desarrollado, habría ofrecido síntomas 
más alarmantes. Afortunadamente se presentó ese 
grande hombre; de un solo empuje hizo avanzar la 
ciencia en dos ó tres siglos; y, ya que no pudo evitar 
el mal, al menos lo remedió; porque, alcanzando una 
.superioridad indisputable, hizo prevalecer por todas 
partes su método y doctrina, se constituyó como un 
-centro de un gran sistema al rededor del cual se vieron 
precisados á girar todos los escritores escolásticos, re- 
primiendo de esta manera un sinnúmero de extravíos 
que de otra suerte hubieran sido poco menos que in- 
evitables. Halló las escuelas en la más completa anar- 
quía, y él estableció la dictadura. Dictadura sublime 
de que fué investido por su entendimiento de ángel, 
embellecido y realzado con su santidad eminente. Así 
comprendo la misión de Santo Tomás, así la compren- 
derán cuantos se hayan ocupado en el estudio de sus 
obras, no contentándose con la rápida lectura de un 
artículo biográfico. 

Y este hombre era católico, y es venerado sobre los 
altares en la Iglesia católica; y, sin embargo, su mente 
310 se halló eimfcarazada por la autoridad en materias 



— 178 — 

de fe, y su espíritu campeó libremente por todos los 
ramos del saber, reuniendo tal extensión y profundi- 
dad de conocimientos, que parece un verdadero por- 
tento, atendida la época en que vivió. Y es de advertir 
que en Santo Tomás, á pesar de ser su método tan es- 
colástico, se nota, no obstante, lo mismo que hemoa 
hecho observar ya con respecto á los escritores católi- 
cos que más se distinguieron en aquellos siglos. Racio- 
cina mucho, pero se conoce que desconfía de la razón, 
con aquella desconfianza cuerda que es señal inequí- 
voca de verdadera sabiduría. Emplea las doctrinas de 
Aristóteles, pero se advierte que se hubiera valido me- 
nos de ellas, y se habría ocupado más en el análisis de 
los Santos Padres, si no hubiera seguido su idea capi- 
tal, que era hacer servir para la defensa de la religión 
la filosofía de su tiempo. 

Mas, no se crea por esto que su metafísica y su filo- 
sofía moderna sean un fárrago de cavilaciones inexpli- 
cables, cual parece debiera prometerlo su época; no: y 
quien así lo creyera, manifestaría haber gastado pocas- 
horas en su estudio. Por lo que toca á metafísica, no 
puede negarse que se conoce cuáles eran las opiniones 
á la sazón dominantes; pero también es cierto que se^ 
encuentran á cada paso en sus obras trozos tan lumi- 
nosos sobre los puntos más complicados de ideología, 
ontología, cosmología y psicología, que parece que es- 
tamos oyendo á un filósofo que escribiera después que^ 
las ciencias han hecho los mayores adelantos. 

Ya hemos visto cuáles eran sus ideas en materias 
políticas; y, si menester fuese y lo consintiera la natu- 
raleza del escrito, podría presentar aquí muchos trozos 
de su Tratado de leyes y de justicia, donde se nota tanta 
solidez de principios, tanta elevación de miras, un tan 
profundo conocimiento del objeto de la sociedad, sin 
olvidar la dignidad del hombre, que no asentarían mal 
en las mejores obras de legislación que se han escrita 
en los tiempos modernos. Sus tratados sobre las virtu- 
des y vicios, en general y en particular, agotan la ma« 
teria; y bien se podría emplazar á todos los escritore» 



— 179 - 

que le han sucedido, para que nos presentasen una 
«ola idea de alguna importancia, que no estuviese allí 
•desenvuelta, ó, cuando menos, indicada. 

Sobre todo, lo que se repara en sus obras, y esto es 
-altamente conforme al espíritu del Catolicismo, es una 
moderación, una templanza en la exposición de las 
doctrinas, que, si la hubiesen imitado todos los escri- 
tores, á buen seguro que el campo de las ciencias se 
hubiera parecido á una academia de verdaderos sabios, 
j" no á una ensangrentada palestra, donde combatían 
encarnizadamente furibundos campeones. Basta decir 
que es tanta su modestia, que no recuerda un solo he- 
cho de su vida privada ni pública; allí no se oye más 
que la palabra de la inteligencia que va desenvolvien- 
do sosegadamente sus tesoros; pero el hombre, con sus 
glorias, con sus adversidades, con sus trabajos y to- 
das esas vanidades con que nos fatigan generalmente 
otros escritores, todo esto allí desaparece, nada se 
^e, (11) 



CAPITULO LXXII 



Creo haber vindicado completamente á la Iglesia ca- 
tólica de los cargos que le hacen sus enemigos por la 
conducta que observó en los siglos xr y xii con respec- 
to al desarrollo del espíritu humano. Sigamos á gran- 
des pasos la marcha del entendimiento hasta nuestros 
tiempos, y veamos cuáles son los títulos que la Refor- 
ma nos presenta, para que pueda merecer la gratitud 
de los amantes del progreso del humano saber. 

Si no me engaño, las fases del entendimiento, des- 
pués de la restauración de las luces comenzada en 
el siglo XI, fueron las siguientes: primero se utilizó, 
amontonando al propio tiempo erudición indigesta; 
en seguida se criticó, entablando oportunamente gra- 
ves controversias sobre lo que de sí arrojaban los mo- 



- 180 — 

numentos; y, por fin, se meditó, inaugurando la época 
de la filosofía. Dialéctica y fárrago de erudición carac- 
terizan el siglo XI y siguientes hasta el xvi; .crítica y 
controversia forman el distintivo del xvi y parte del 
xvii; el espíritu filosófico comienza á dominar á me- 
diados del XVII, y continúa dominando todavía en 
nuestros tiempos. 

¿Qué provecho trajo el Protestantismo con respecto 
á la erudición? Ninguno. La encontró ya amontonada; 
lo probaré de una manera hien sencilla; brillaban á la 
sazón Erasmo y Luis Vives. 

¿Contribuyó á fomentar el estudio de la crítica? Sí: 
como una enfermedad que diezma á las naciones, pro- 
mueve el adelanto de la medicina. Mas, no se crea que 
sin la falsa Reforma no hubiera cundido la afición á 
esta clase de trabajos; á medida que se desenterraban 
monumentos, que se difundía el conocimiento de laf> 
lenguas, que se poseían noticias más claras y exactas 
sobre la historia, natural era que se tratase de discer- 
nir lo apócrifo de lo auténtico. Los documentos esta- 
ban á la vista, se los estudiaba de continuo, por ser éste 
el gusto favorito de la época; ¿cómo era posible que no 
se despertase afición al examen de los títulos por los 
cuales se atribuían á este ó aquel autor, á tal ó cual 
siglo, y hasta qué punto la ignorancia ó la mala fe ha- 
bían alterado, quitado, ó añadido? 

Á este propósito recordaré lo que sucedió con las fa- 
mosas Decretales^ de Isidoro Mercátor. Corrían sin con- 
tradicción en los siglos anteriores al xv, merced á la 
ignorancia de la antigüedad y de la crítica; pero, tan 
pronto como se tuvo mayor copia de datos y conoci- 
mientos, comenzó á bambolear el edificio del impostor. 
Ya en el siglo xv atacó el cardenal de Cusa la autenti- 
cidad de algunas Decretales que se suponían anteriores- 
al Papa Siricio; las reflexiones del sabio cardenal abrie- 
ron el camino á los que se propusieron combatir las' 
otras. Entablóse seria disputa, y, como era natural, to- 
maron parte en ella los protestantes; pero ciertamente 
que lo mismo se habría verificado entre los 'escritores 



- 181 - 

católicos. Cuando se leían los códigos de Teodosio y 
Justiniano, las obras de los autores antiguos, y las co- 
lecciones de los monumentos eclesiásticos, era imposi- 
ble que no se advirtiese que en las falsas Decretales se 
hallaban sentencias y fragmentos de escritos que per- 
tenecían á épocas posteriores al tiempo en que se las 
suponía; y que, por consiguiente, no viniera primero 
la sospecha, y luego la demostración del engaño. 

Lo propio que de la crítica, puede decirse de la con- 
troversia; no habría ésta faltado, aun suponiendo la 
unidad de la fe; y, en prueba de esta verdad, basta re- 
cordar lo que aconteció entre las escuelas católicas. 
y, si esto se verificaba cuando tenían á la vista al ene- 
migo común, bien se deja entender que, á no estcfr dis- 
traídas por él, se habrían entregado á la polémica con 
más vivacidad y calor. 

Ni con respecto á la crítica ni á la controversia, lle- 
van ventaja los protestantes á los católicos; porque, si 
bien es verdad que no todos nuestros teólogos com- 
prendieron la necesidad de hacer frente á los enemigos 
de la fe con armas más sólidas y mejor templadas que 
las que se tomaban del arsenal de la filosofía aristoté- 
lica, también es cierto que fueron muchos los que se 
levantaron á la altura debida, haciéndose cargo de toda 
la gravedad de la crisis, y de la urgente necesidad de 
introducir en los estudios teológicos modificaciones 
profundas. Belarmino, Melchor Gano, Petau, y otros 
muchos que fuera fácil citar, son hombres que en nada 
ceden á los más aventajados protestantes, por más que 
se quiera exagerar el mérito científico de los defenso- 
res del error. 

El conocimiento de las lenguas sabias debía contri- 
buir sobremanera al progreso de la critica y de la bien 
entendida polémica; y yo no veo que ni en la latina, 
ni en la griega, ni en la hebrea se quedaran rezagados 
los católicos. ¿Fueron, por ventura, enseñados en la 
escuela protestante Antonio de Nebrija, Erasmo, Luis 
Vives, Lorenzo Valla, Leonardo Aretino, el cardenal 
Bembo, Sadoleto, Pogge, Melchor Cano, y otros innu- 



— 182 — 

anerables que podría recordar? ¿No fueron los Papas 
quienes dieron el principal impulso á aquel movi- 
miento literario? ¿No fueron ellos quienes protegían 
con la mayor liberalidad á los eruditos, quienes les 
dispensaban bonores, quienes les suministraban re- 
cursos, quienes costeaban la adquisición de los mejo- 
res manuscritos? ¿Se ba olvidado, por ventura, que se 
llevó basta el extremo la afición á la culta latinidad, y 
que algunos eruditos escrupulizaban en leer la Vulga- 
ta por temor de contagiarse con el encuentro de pala- 
bras poco latinas? 

En cuanto al griego, no bay más que recordar las 
-causas de su propaganda en Europa, para convencerse 
de que el adelanto en esta lengua no es debido á la fal- 
sa Reforma. Sabido es que con la toma de Gonstantino- 
pla por los turcos, aportaron á las costas de Italia los 
restos literarios de aquella infortunada nación; en Ita- 
lia comenzó el estudio serio de la lengua griega; y des- 
de la Italia se extendió á la Francia y demás países de 
Europa. Medio siglo antes de la aparición del Protes- 
tantismo, ya enseñaba en París la lengua griega el ita- 
liano Gregorio de Tiferno. En la misma Alemania, flo- 
recía á fines del siglo xv y principios del xvi el célebre 
Juan Reucblin, que enseñó el griego con lustre y glo- 
ria, primero en Orleans y Poitiers, y últimamente en 
Ingolstad. Reucblin poseía este idioma con tanta per- 
fección, que hallándose en Roma interpretó tan feliz- 
mente, y leyó con pronunciación tan pura un pasaje 
de Tucídides en presencia del célebre Argyropilo, que, 
admirado éste, exclamó: Graecia nostra exilio transvo- 
¿avit Alpes. 

Por lo tocante al bebreo, insertaré un notable pasaje 
del abate Goujet: «Los protestantes, dice, quisieran el 
honor de pasar por los restauradores de la lengua he- 
brea en Europa; pero, les es preciso reconocer que, si 
algo saben en este punto, lo deben á los católicos, que 
han sido sus maestros, y de quienes nos ha venido todo 
lo que tenemos de mejor y más útil, relativo á las len- 
guas orientales. Juan Reucblin, que pasó la mayor 



— 183 — 

parte de su vida en el siglo xv, era ciertamente cató- 
lico, y fué uno de los más hábiles en la lengua hebrea, 
y el primero de los cristianos que la redujo á un arte. 
Juan Wessel de Groningue le había enseñado en París 
los elementos de dicho idioma, y él á su vez tuvo otros 
discípulos, á quienes comunicó la afición á su estudio. 
El ardor por la lengua hebrea se avivó en Occidente 
por el impulso de Pico de la Mirándula, perteneciente 
también á la comunión de la Iglesia romana. De los 
herejes del tiempo del concilio de Trento que sabían 
esta lengua, la habían aprendido los más en el seno de 
la Iglesia que habían abandonado; y sus vanas sutile- 
zas sobre el sentido del Texto excitaron más y más á 
los verdaderos fieles á profundizar una lengua que 
tanto podía contribuir á su propio triunfo, y á la de- 
rrota de sus enemigos. En esto no hacían más que se- 
guir el espíritu del Papa Clemente V, quien ya desde 
principios del siglo xiv había mandado que para ins- 
trucción de los extranjeros se enseñasen públicamente 
el griego, el hebreo, el caldeo y el árabe en Roma, Pa- 
rís, Oxford, Bolonia y Salamanca. El designio de este 
Papa, que tan bien conocía las ventajas que resultan 
de hacer los estudios con solidez, era hacer brotar del 
estudio de las lenguas un mayor raudal de luces á 
propósito para ilustrar á la Iglesia, y formar doctores 
capaces de defenderla contra el error. Proponíase par- 
ticularmente renovar el estudio de los Libros Santos 
con el de las lenguas, y, sobre todo, del hebreo; que- 
ría que la Sagrada Escritura, leída en su original, pa- 
reciese todavía más digna del Espíritu Santo que la 
dictó: y que, conocidas más de cerca su elevación y 
sencillez, se la acatase con más reverencia, de suerte 
que, sin perder nada el respeto debido á la versión 
latina, se sintiese que el conocimiento del Texto origi- 
nal era más útil á la Iglesia para apoyar la solidez de 
la fe y cerrar la boca á la herejía.» (El abate Goujet, 
Discurso sobre la renovación de los estudios eclesiásticos 
desde el siglo xiv.) 
Una de las causas que más contribuyeron al desarro- 

T. IV 29 



— 184 — 

lio del entendimiento humano, fué la creación de gran- 
des centros de enseñanza donde se reuniese lo más 
ilustre en talento y sabiduría, y desde los cuales se 
difundieran los rayos de la luz en todas direcciones^ 
Yo no sé cómo se ha echado en olvido que este pensa- 
miento nada debe á la Reforma, y que la mayor parte 
de las universidades de Europa son fundadas mucho 
tiempo antes del nacimiento de Lutero. La de Oxford 
fué establecida en el año 895; la de Cambridge, en 1289; 
la de Praga en Bohemia, en 1358; la de Lovaina en Bél- 
gica, en 1425; la de Viena en Austria, en 1365; la de In- 
golstad en Alemania, en 1372; la de Leipzig, en 1408; 
la de Basilea en Suiza, en 1469; la de Salamanca, 
en 1200; la de Alcalá, en 1517; no siendo preciso re- 
cordar la antigüedad de las de París, Bolonia, Ferrara 
y otras muches, que se habían adquirido el más alto 
renombre largo tiempo antes de que apareciese el Pro- 
testantismo. 

Sabido es que los Papas intervenían en la fundación 
de las universidades, que les otorgaban privilegios y 
las favorecían con ilustres distinciones; ¿cómo se ha 
podido, pues, afirmar que en, Roma se abrigaba el de- 
signio de ahuyentar la luz de las ciencias, mantenien- 
do á los pueblos en las tinieblas de la ignorancia? Cual 
si la Providencia hubiese querido confundir á los fu- 
turos calumniadores, apareció el Protestantismo, pre- 
cisamente en la época en que, bajo la protección de 
un gran Papa, se desplegaba el más vivo movimiento 
en las ciencias, en las letras y en las artes. La posteri- 
dad, que juzgará imparcialmente nuestras disputas, 
pronunciará, á no dudarlo, un fallo muy severo con- 
tra los pretendidos filósofos, que se empeñan en en- 
contrar en la historia pruebas irrefragables de que el 
Catolicismo embarazaba la marcha del entendimiento 
humano, y de que los progresos de la ciencia fueron 
debidos al grito de libertad levantado en el centro de 
Alemania. Sí: á los hombres juiciosos de los siglos ve- 
nideros, como también del presente, les bastará, para 
fallar con acierto, el recordar que Lutero comenzó á- 
propalar sus errores en el úglo de León X. 



— 185 — 

No era á la sazón el obscurantismo el cargo que se 
podía hacer á la Corte de Roma; ella marchaba á la 
cabeza de todos los adelantos, ella los impulsaba con 
el celo más vivo, con el entusiasmo más ardoroso. Por 
manera que, si algo había que reprender, si algo había 
que pudiese desagradar, era más bien el exceso que el 
defecto. No lo dudemos: si un nuevo San Bernardo se 
hubiese dirigido al Papa León X, por cierto que no le 
reconviniera de abuso de autoridad en contra del en- 
tendimiento humano, ni en daño del progreso de las 
luces. 

«La Reforma, dice Chateiaubriand, penetrada del es- 
píritu de su fundador, fraile envidioso y bárbaro, se 
declaró enemiga de las artes. Quitando la imaginación 
de entre las facultades del hombre, cortó al genio sus 
alas, y le puso á pie. Estalló con motivo de algunas 
limosnas destinadas á levantar para el mundo cristia- 
no la Basílica de San Pedro: los griegos no hubieran 
ciertamente negado los socorros pedidos á su piedad ' 
para edificar el templo de Minerva. 

»Si la Reforma desde el principio hubiese alcanzado- 
un completo triunfo, habría establecido, al menos por 
algún tiempo, una nueva barbarie. Tratando de su- 
perstición la pompa de los altares, y de idolatría las 
obras maestras de escultura, arquitectura y pintura, 
se encaminaba á desterrar del mundo la elocuencia y 
la poesía, en lo que tienen de más grande y elevado, á 
determinar el gusto repudiando los modelos, á intro- 
ducir algo de seco, frío y quisquilloso en el espíritu, á 
substituir una sociedad dura y material á otra socie-, 
dad acomodada é intelectual, á poner las máquinas y 
el movimiento de una rueda en lugar de las manos y 
de la operación mental. Estas verdades las confirma la 
observación de un hecho. 

»Las diversas ramificaciones de la religión reforma- 
da han participado más ó menos de lo bello, á propor- 
ción que se han alejado más ó menos de la religión 
católica. En Inglaterra, donde se ha conservado la je- 
rarquía eclesiástica, las letras han tenido su siglo clá- 



— 186 — 

sico; el luteranismo conserva todavía algunas centellas 
de imaginación, que el calvinismo procura apagar; y 
así van descendiendo las sectas, hasta el cuáquero, 
que quisiera reducir la vida social á la grosería de los 
modales, y á la práctica de los oficios. 

»Según todas las probabilidades, Shakespeare era 
católico; Milton es evidente que imitó algunas partes 
de los poemas de Sainte Avite y de Masenius; Klops- 
toch ha tomado lo principal de las creencias romanas. 
En nuestros tiempos la elevada imaginación no se ha 
manifestado en Alemania, sino cuando el espíritu del 
Protestantismo se ha enflaquecido y desnaturalizado. 
Goethe y Schiller encontraron de nuevo su genio tra- 
tando objetos católicos; Rousseau y madama Stael son 
ilustres excepciones de esta regla; pero, ¿eran tal vez 
protestantes á la manera de los primeros discípulos de 
Galvino? Á Roma acuden los pintores, los arquitectos 
y los escultores de las sectas disidentes, á buscar las 
inspiraciones que la tolerancia universal les permite 
recoger. La Europa, mejor diré, el mundo, está cubier- 
to de monumentos de la religión católica; á ella es 
debida esa arquitectura gótica que por sus detalles 
rivaliza con los monumentos de la Grecia, y que los 
sobrepuja en grandor. Tres siglos van desde el naci- 
miento del Protestantismo; es poderoso en Inglaterra, 
en Alemania, en América; es practicado por millones 
de hombres; y ¿qué es lo que ha edificado? Os mani- 
festará ruinas que ha hecho, entre las cuales ha plan- 
tado algunos jardines ó establecido algunas manufac- 
turas. Rebelde á la autoridad de las tradiciones, á la 
experiencia de los tiempos, á la sabiduría de los anti- 
guos, el Protestantismo se separó de todo lo pasado, 
para fundar una sociedad sin raíces. Reconociendo por 
padre á un fraile alemán del siglo xvi, renunció á la 
magnífica genealogía que hace remontar al católico, 
por una especie de santos y de grandes hombres, has- 
ta Jesucristo, y de allí hasta los patriarcas, hasta la 
cuna del universo. El siglo protestante desde sus pri- 
meros momentos rehusó todo parentesco con el siglo 



— 187 — 

de aquel León, protector del mundo civilizado contra 
Atila; y con el siglo de ese otro León, que, poniendo 
fin al mundo bárbaro, embelleció la sociedad, cuando 
ya no era necesario defenderla.» {Estudios históricos 
sobre la caída del imperio romano, y el nacimiento y pro- 
gresos del Cristianismo.) 

Es sensible que el autor de tan bello pasaje y que 
tan atinadamente juzgaba los efectos del Protestantis- 
mo en lo tocante á las letras y á las artes, haya dicho 
que «la Reforma fué propiamente hablando la verdad -»- 
filosófica, que, revestida de una forma cristiana, atacó 
la verdad religiosa'.» (lUd., Pre/ado.j ¿Qué significan 
estas palabras? Para decidirlo con acierto, veamos cómo 
las entiende el ilustre autor. «La verdad religiosa, di- 
ce, es el conocimiento de un Dios único, expresado por 
un culto; la verdad filosófica es la triple ciencia de las n 
cosas intelectuales, morales y naturales.» (Estudios Ais- 
tóricoSj Exposición.) No es fácil concebir cómo, admi- 
tiendo la verdad de la religión católica, y, por tanto, 
reconociendo la falsedad de la protestante, se podrá 
llamar á ésta, verdad filosófica en pugna con aquélla,, 
que es la verdad religiosa. Así en el orden natural 
como en el sobrenatural, en el filosófico como en el re- 
ligioso, todas las verdades vienen de Dios, todas van á 
parar á Dios. No cabe, pues, la lucha entre las verda- 
des de un orden y las verdades de otro; no cabe lucha 
entre la religión y la verdadera filosofía, entre la na- 
turaleza y la gracia. Lo que es verdadero es la reali- 
dad, porque la verdad está en los mismos seres, ó, me- 
jor diremos, no es otra cosa que los seres, tales como 
existen, como son en sí; y por lo mismo es muy in~ 
exacto el decir que la verdad filosófica estuvo nunca en 
lucha con la verdad religiosa. Según el mismo autor, 
«la verdad filosófica es la independencia del espíritu 
del hombre; ella tiende á descubrir, á perfeccionar en. 
las tres ciencias de su competencia, la intelectual, la 
moral y la natural»; «pero la verdad filosófica, prosi- 
gue, tendiendo hacia el porvenir, se ha hallado en con- 
tradicción con la verdad religiosa, que está unida á lo» 



— 188 — 

pasado, porque participa de la inmovilidad de su prin- 
cipio eterno.» Con el respeto debido al inmortal autor 
del Genio del Cristianismo y cantor de los Mártires, me 
atreveré á decir que hay aquí una lastimosa confusión 
de ideas. La verdad filosófica de que nos habla Cha- 
teaubriand, ha de ser, ó la ciencia misma en cuanto 
encierra un conjunto de verdades, ó la reunión de co- 
nocimientos, comprendiendo en ellos así la verdad 
como el error; ó los hombres que los poseen, en cuan- 
to forman una clase muy influyente de la sociedad. Si 
lo primero, es imposible que la verdad filosófica esté 
en lucha con la religiosa, es decir, con el Catolicismo; 
si lo segundo, no será extraño que exista esta oposi- 
ción, porque, habiendo mezcla de errores, algunos de 
éstos podrían estar en contradicción con los dogmas 
católicos; si lo tercero, entonces por desgracia será ver- 
dad que muchos hombres distinguidos por sus talen- 
tos y saber, habrán combatido la enseñanza católica; 
pero, como en cambio los ha habido en no menor nú- 
mero y no menos aventajados, que la han sostenido 
victoriosamente, será muy impropio afirmar que, ni 
aun en este sentido, la verdad filosófica se haya en- 
contrado en oposición con la verdad religiosa. 

No me propongo dar á las palabras del ilustre autor 
un sentido malicioso; y antes me inclino á creer que 
«n su mente la verdad filosófica no era más que un es- 
píritu de independencia considerado en general, de 
una manera vaga, indeterminada, sin aplicación á es- 
tos ó aquellos objetos. Sólo así se podrán conciliar 
unos textos con otros textos, porque es bien claro que 
quien condena con tanta severidad la Reforma protes- 
tante, no debía de admitir que ésta entrañase la ver- 
dad filosófica propiamente dicha, en lo que se hallaba 
en oposición con las doctrinas católicas. En tal caso, 
ciertamente no habrá t^ido muy exacto el lenguaje del 
ilustre escritor; lo que no será de extrañar, reflexio- 
nando que la exactitud en ciencias filosófico-históricas 
no suele ser el distintivo de los genios acostumbrados 
á dejarse llevar por regiones elevadas, á impulso de los 
arranques de sublime poesía. 



— 1«9 — 

El movimiento filosófico, en lo que tiene de más li- 
hre y atrevido, no tuvo su origen en Alemania, no en 
Inglaterra, sino en la católica Francia. Descartes, que 
inauguró la nueva época, que destronó á Aristóteles, 
[ue impulsó el adelanto de la lógica, de la física y de 
la metalisica, era francés y católico. La mayor parte de 
sus más aventajados discípulos pertenecieron también 
á la comunión de la Iglesia romana. La filosofía, pues, 
en lo que encierra de más elevado, nada le debe al 
Protestantismo. Hasta Leibnitz, apenas se señaló la 
Alemania por un filósofo de nombradía; y las escuelas 
inglesas que han adquirido más ó menos celebridad 
fueron posteriores á Descartes. Si bien se mira, la 
Francia fué el centro del movimiento filosófico desde 
fines del siglo xvi; época en que todos los países pro- 
testantes estaban tan atrasados en este linaje de estu- 
dios, que apenas llamaba la atención el vivo desarrollo 
que experimentaba la filosofía entre los católicos. 

La afición á las meditaciones profundas sobre los se- 
cretos del corazón, sobre las relaciones del espíritu 
humano con Dios y la naturaleza, la abstracción subli- 
me (|ue concentra al hombre, que le despoja de su 
cuerpo, que le hace divagar por las altas regiones que 
a! parecer sólo debieran recorrer los espíritus celestes, 
comenzó también en el seno de la Iglesia católica. La 
mística, en lo que tiene de más puro, de más delicado 
y sublime, ¿no se encuentra, por ventura, en nuestros 
escritores del siglo de oro? Todo cuanto se ha publica- 
do en los tiempos posteriores, ¿no se halla en Santa 
Teresa de Jesús, en San Juan de la Cruz, en el vene- 
rable Ávila, en fray Luis de Granada, en fray Luis de 
León? 

¿Era, por ventura, protestante uno de los más brio- 
^s pensadores del siglo xvii, el genio de quien recor- 
lamos todavía con dolor que fuese alucinado durante 
algún tiempo poruña secta hipócrita y seductora, el 
insigne Puscal? ¿no fué él quien planteó esa escuela fi- 
iosófico-reügiosa que, ora se lanza en las profundida- 
des de la religión, ora en las de la naturaleza, ora en 



— loó- 
los misterios del espíritu humaDo, haciendo brotar en 
todas direcciones rayos de vivísima luz en pro de la 
causa de la verdad? ¿no fueron sus Pensamientos el li- 
bro que consultaron con predilección los apologistas 
de la religión cristiana, así católicos como protestan- 
tes, que tuvieron que luchar contra la incredulidad y 
la indiferencia? 

Los profesores de la filosofía de la historia son tal 
vez los que más se han señalado por su prurito en 
achacar á la Iglesia el cargo de enemiga de las luces, 
y de presentar á la falsa Reforma como ilustre defen- 
sora de los derechos del entendimiento. Por gratitud 
siquiera debían proceder con más circunspección, 
cuando no podían olvidar que el verdadero fundador 
de la filosofía de la historia era un católico; que la pri- 
mera y más excelente obra que se ha escrito sobre la 
materia, salió de la pluma de un obispo católico. Bos- 
suet, en su inmortal Discurso sobre la historia universal, 
fué quien enseñó á los modernos á contemplar la vida 
del humano linaje desde un punto de vista elevado; á 
abarcar con una sola ojeada todos los grandes aconte- 
cimientos que se han verificado en el transcurso de los 
siglos, á verlos en todo su grandor, en todo su encade- 
namiento, en todas sus fases, con todos sus efectos y 
sus causas, y á sacar de allí saludables lecciones para 
enseñanza de príncipes y de pueblos. Y Bossuet era 
católico, y era uno de los más ilustres adalides contra 
la Reforma protestante, y agrandó, si cabe, su nom- 
bradía, con otra obra en que redujo á polvo las doctri- 
nas de los innovadores, probándoles sus variaciones 
continuas, demostrándoles que habían tomado el ca- 
mino del error, dado que la variedad no puede ser el 
carácter de la verdad. Bien se puede preguntar á los 
fautores del Protestantismo si el vuelo de águila del 
insigne obispo de Meaux se resiente de las pretendidas 
trabas de la religión católica, cuando, al echar una 
ojeada sobre el origen y destino de la humanidad, so- 
bre la caída del primer padre y sus consecuencias, so- 
iwre las revoluciones de Oriente y Occidente, traza coik 



• — 191 — 

tan sublime maestría el camino seguido por la Provi- 
dencia. 

Tocante al movimiento literario, casi podría dispen- 
sarme de vindicar al Gatolicismo de los cargos que le 
pueden hacer sus enemigos. ¿Qué era la literatura en 
todos los países protestantes, cuando la Italia y la Es- 
paña producían los oradores y los poetas, que han sido 
en los tiempos posteriores el modelo de cuantos se han 
ocupado en este linaje de estudios? Así en Inglaterra 
como en Alemania, no se conocían muchos géneros de 
literatura que estaban ya vulgarizados en los países 
católicos; y, cuando en los últimos tiempos se ha tra- 
tado de enmendar esta falta, uno de los mejores me- 
dios que se han excogitado para llenar el vacío, es to- 
mar por modelos á los escritores españoles, sujetos al 
obscurantismo católico y á las hogueras de la Inquisición. 

El entendimiento, el corazón, la fantasía, nada le 
deben al Protestantismo; antes que él naciese, se des- 
arrollaban con gallarda lozanía; después de su apari- 
ción, se desenvolvieron en el seno de la Iglesia católi- 
ca; con tanto lustre y gloria como en los tiempos 
anteriores. Hombres insignes, radiantes con la magní- 
fica aureola que ciñeron con unánime aplauso de to- 
dos los países civilizados, resplandecen en las filas de 
los católicos; luego es una calumnia cuanto se ha di- 
cho sobre la tendencia de nuestra religión á esclavizar 
y obscurecer la mente. No, no podía ser así: la que ha 
nacido del seno de la luz, no puede producir las tinie-' 
blas; la que es obra de la misma verdad, no ha menes- 
ter huir de los rayos del sol, no necesita ocultarse en 
las entrañas de la tierra; puede marchar á la claridad 
del día, puede arrostrar la discusión, puede llamar al 
rededor de sí á todas las inteligencias, con la seguri- 
dad de que han de encontrarla tanto más pura, más 
hermosa y embelesante, cuanto la contemplen con 
más atención, cuanto la miren más de cerca. 



— 192 



CAPITULO LXXIII 



Al llegar al término de mi difícil empresa, séame lí- 
cito volver la vista atrás, como el viajero que se re- 
pone de sus fatigas, dando una mirada al dilatado 
espacio que acaba de recorrer. El temor de que se in- 
trodujera en mi patria el cisma religioso, la vista de los 
esfuerzos que se hacían para inculcarnos los errores de 
los protestantes, la lectura de algunos escritos en que 
se establecía que la falsa Reforma era favorable al pro- 
greso de las naciones, todas estas causas reunidas me 
inspiraron la idea de trabajar una obra en que se de- 
mostrase que ni el individuo, ni la sociedad, nada le 
debían al Protestantismo bajo el aspecto religioso, bajo 
el político y literario. Propúseme examinar lo que so- 
bre esto nos dice la historia, lo que nos enseña la filo- 
sofía. No desconocía la inmensa amplitud de las cues- 
tiones que trataba de abordar, ni me lisonjeaba de po- 
der dilucidarlas cual ellas demandan; emprendí, no 
obstante, mi camino, con el aliento que inspiran el 
amor á la verdad y la certeza de que se defiende su 
causa. 

Al considerar el nacimiento del Protestantismo, pro- 
curé levantar la mirada tan alto como me fué posible; 
haciendo la debida justicia á los hombres, atribuí gran 
parte del daño á la mísera condición de la humanidad, 
á la flaqueza de nuestro espíritu, á ese legado de mal- 
dad y de tinieblas, que nos transmitió la caída del 
primer padre. Lutero, Galvino, Zuinglio, desaparecie- 
ron á mi vista: colocados en el inmenso cuadro de los 
acontecimientos, se presentaron á mis ojos como figu- 
ras pequeñas, imperceptibles, cuya individualidad no 
merecía ni de mucho la importancia que se les diera 
ven otros tiempos. Leal en mis convicciones y sincero 
<en mis palabras, confesé con sencillez, bien que con 



— 193 — 

■dolor, la existencia de algunos abusos que se tomaron 
por pretexto para romper la unidad de la fe; reconocí 
que también les cabía una parte de culpa á los hom- 
bre; pero observé que, cuanto más resaltaban su debi- 
lidad ó su malicia, tanto más resplandecía la provi- 
dencia de Aquel que prometió estar con su Iglesia» 
hasta la consumación de los siglos. 

Echando mano del raciocinio y de la irrefragable ex- 
periencia, probé que los dogmas fundamentales del 
Protestantismo suponían poco conocimiento del espí- • 
ritu del hombre, que eran un semillero profundo de 
error y de catástrofes. En seguida, volviendo mi aten- 
ción al desarrollo de la civilización europea, establecí 
un incesante parangón entre el Protestantismo y el 
Catolicismo; y creo poder asegurar que no me he 
aventurado á una sola proposición de alguna trans- 
cendencia, que no la haya confirmado con la prueba 
de los hechos históricos. Me ha sido necesario recorrer 
todos los siglos desde el establecimiento del Cristianis- 
mo, y observar las diferentes fases que en ellos había 
presentado la civilización; porque no me era posible 
de otro modo vindicar cumplidamente á la religión 
católica. 

El lector habrá podido observar que el pensamiento 
dominante de la olira es el siguiente: «Antes del Pro- 
testantismo la civilización europea se había desarro- 
llado tanto como era posible; el Protestantismo torció 
el curso de esta civilización, y produjo males de in- 
mensa cuantía á las sociedades modernas; los adelan- 
tos que se han hecho después del Protestantismo, no 
se han hecho por él, sino á pesar de él.» He procurado 
consultar la historia, y he tenido sumo cuidado en no 
falsearla; porque recuerdo muy bien aquellas palabras 
del Sagrado Texto: iAcaso necesita Dios de vicestra men- 
tiraf Ahí están los monumentos á que me he referido, 
ahí están en todas las bibliotecas, prontos á responder 
á quien los interrogue: leed y juzgad. 

Ignoro si en la muchedumbre de cuestiones que se 
me han ofrecido, y que me ha sido indispensable ven- 



- 194 — 

tilar, habré resuelto algunas de un modo poco confor- 
me á los dogmas de la religión que me proponía de- 
fender; ignoro si en algún pasaje de la obra habré 
asentado proposiciones erróneas, ó me habré expresa- 
do en términos malsonantes. Antes de darla á luz, la. 
¡Le sometido á la censura de la autoridad eclesiástica; 
y sin vacilar me hubiera prestado á su más ligera in- 
sinuación, enmendando, corrigiendo ó variando lo que 
me hubiese señalado como digno de variación, correc- 
ción ó enmienda. Esto no obstante, sujeto toda la obra 
al juicio de la Iglesia católica, apostólica, romana; y 
desde el momento que el Sumo Pontífice, sucesor de 
San Pedro, y vicario de Jesucrito sobre la tierra, ha- 
blase contra alguna de mis opiniones, me apresuraría, 
á declarar que la tengo por errada, y que ceso de pro- 
fesarla. 



— 195 



NOTAS 



La gravedad de las materias tratadas en este volumen me obli- 
-^•d á insertar con alguna extensión los textos que comprueban la 
verdad de cuanto llevo establecido. He creído conveniente dejar 
los latinos sin traducir, por no aumentar en demasía el número 
de las páginas; y, además, porque serán pocos los que no posean 
^sta lengua entre los que se quieran instruir á fondo en la ma- 
teria, y que. por consiguiente, tomen algún interés en leer los 
textos originales. 

( I ) Pág. 1 3. — Véase cómo habla Santo Tomás del poder real 
y con cuan sólidas y generosas doctrinas le señala sus deberes 
en el lib. 3.° Dg regimine principum, cap. 11. 

Divas Thomas. 

De regimine principum. Líber III 

Caput XI 

Hic Sanctus Doctor declarat de dominio regali, in quo consis- 
tit, et in quo differit apolítico, et*quo modo distinguitur diversi- 
•fnode secundura diversas rationes. 

Nunc autem ad regale dominium, est procedendum, ubi est 
distinguendum de ipso secundum diversas regiones, et prout 
a diversis varié invenitur traditum. Et primo quidem in sacra 
Scriptura aliter leges regalis dominii traduntur in Deuterono- 
«nio per Moysen, aliter in 1. Regum per Samuelem prophetam, 



— 196 — 

uterque tamen in persona Dei differenter ordinal regem ad uti— 
litatem subditorum quod est propiiuna regum, ut Philosophu» 
tradit in 8. ethic. Cura, inquit, coostitutus fuerit rex, non mul- 
tiplicabit sibi equos, nec reducet populum in Aegyptum, equi- 
tatus numero sublevatus, non habebit uxores plurimas, quae 
alliciant animara eius, ñeque argenti, aut auri immensa pon- 
dera: quod quidem qualiter babet intelligi, supra traditur in 
hoc lib. describetque sibi Deuteronomium legis huius, et ha- 
bebit secura; legetque illud ómnibus diebus vitae suae, ut dis- 
cat timere Dominura Deum suura, et custodire verba eius, et 
caeremonias, et ut videiicet possit populum dirigere secundum 
legera divinara, unde et rex Salomón in principio sui regiminis 
hanc sapientiara a Deo petivit, ad directionem sui regiminis pro 
utilitate subditorum sicut scribitur in 3 lib Regum. Subdit vero 
dictus Moyses in eodem lib. Nec elevetur cor eius in super- 
fluura super fratre.s suos, ñeque declinet in partera dexterara, 
yel sinistram, ut longo terapore regat ipse et filius eius super 
Israel Sed in primo Regum, traduntur leges regni, magis ad 
utilitatem Regis, ut supra patuit in lib. 2 huius operis, ubi pro- 
nuntur verba omnino pertinentia ad conditionera servilem, et 
tamen Samuel leges quas tradit cura sint penitus despoticae 
dicit esse regales. Philosophus autem in 8. ethic. raagis con- 
corda t cura primis legibus Tria enira ponit de rege in eo, 4,. 
videiicet. quod ille legitimus est rex qui principaliter bonum 
subditorum intendit. Itera, ille rex est. qui curara subditorum 
habet, ut bene operentur quemadmodum pastor oviura. Ex 
quibus ómnibus mánifestum est, quod iuxta istum, modum dis- 
poticum multum differat regali, ut idem Philosophus videtur 
dieere in I. politic. Itera, quod regnum non est profiter regem, 
red rex propter regnum, quia ad hoc Deus providit de eis, ut 
regnum regnnt et gubernent, et unumquemque in suo iure con- 
servent: et hic est finís regiminis, quod si ad aliud faciunt in 
seipsos commodum retorquendo, non sunt reges sed tyranm. 
Contra quos dicit Dominus in Ezech.: Vae pastoribus Israel, 
qui pascunt s«metipsos Nonre gieges pascuntur a pastoribusl 
Lac comedebatis, et lanis operiebamini; et quod crassum erat 
occidebatis: gregem antera raeura non pascebatis; quod infirmun» 
fuit, non consolidastis, et quod aegrotura non sanastis, quod con- 
fractum non alligastis, quod abiectura non reduxistis, et quod 
perierat non quaesistis; sed cura austeritate iraperabatis eis et 
cura potentia, In quibus verbis nobis sufficienter forma regimi- 
nis traditur redarguendo contrarium. Amplius autem regnum ex 
hominibus constituitur, sicut domus ex parietibus et corpus hu- 
manum ex membris, ut Philos dicit in 3. politic. Finis ergo re- 
gís est, ut régimen prosperetur, quod homínes conS''rventur per 
regem. Et hinc habet rommune bonum cuiuslibet principatus 
participationera divinae bonitatis: unde bonura comraune dicitur 
a Philosopho in I. ethic. esse quod orania appetunt, et esse bo- 



> 



— 197 — 

num divinum, ut sicut Deus qui est rex regum, et dominus do^ 
minantiuw, cuius vir tute principes imperant, ut probatum est 
supra, nos reyít et gubernat, non propter seipsum, sed prop' 
ter nostram salutem: ita et reges faciant et alii dominatores ín 
orbe. 

(2) Pág. 24. — He hablado en el texto de la opinión del ilus- 
tri'simo Sr D. Félix Amat, arzobispo de Palmira, con respecto á 
la obediencia debida a los gobiernos de hecho, observando que 
los principios de dicho autor, á más de ser falsos, son altamente 
contrarios á los derechos de los pueblos. Al parecer se hallaba 
el citado escritor en algunas dificultades para encontrar una má- 
xima, á la cual fuera dable atenerse en los casos que pudieran 
ocurrir, y que, en efecto, ocurren con demasiada frecuencia. 
Temía la obscuiidad y confusión de ideas que suelen introducirse 
cuando se trata de definir la legitimidad en un caso dado; y pio- 
curando remediar el mal, creo que lo agravó sobremanera. He 
ai^uí cómo explica su opinión en su obra titulada Diseño de la 
Iglesia mUit'mte, cap. 3, art. 2: «Cuando más discurro sobre 
las dudas indicadas, más claro veo que es imposible resolver aun 
las antiguas con alguna seguridad; y más imposible sacar de ellas 
luz para resolver las que ahora fomentan tanto el espíritu domi- 
nante de insubordinación al juicio y á la voluntad de quien man- 
da, como el conato de limitar más y más la libertad civil de 
quien obedece. Y guiado con los varios puntos y especies que 
acabo de proponer sobre la potestad suprema de toda sociedad 
verdaderamente civil, me parece que, en vez de gastar el tiempo 
en discusiones especulativas, podrá ser útil proponer una máxi- 
ma práctica, justa y oportuna para conservar la tranquilidad pú- 
blica, especialmente en los reinos ó repúblicas cristianas, y pro- 
porcionar algún medio para restablecerla ó asegurarla donde esté 
perdida ó agitada. 

DiMáxima. Es indudablemente legítima la obligación que tie- 
nen todos los socios de obedecer al gobierno, que se halla cier- 
tamente constituido de hecho en cualquiera sociedad civil. Se 
dice ciertamente constituido; porque no se habla de las entradas 
ú ocupaciones pasajeras en tiempo de guerra. De esta máxima 
se siguen dos consecuencias: 1.* Tomar parte en asonadas ó re- 
uniones de gentes dirigidas á las autoridades constituidas, para 
obligar á estas á que dispongan lo que no creen justo, es acción 
siempre contraria á la recta razón natural, y siempre ilegítima 
contra la ley natural y la del Evangelio. 2.' Reunirse y armarse 
pocos ó muchos socios particulares para juntar fuerzas físicas y 
pelear contra el gobierno constituido, es siempre una verdadera 
rebeldía, la más contraria al espíritu de nuestra divina reli- 
gión.» 

No repetiré aquí lo que llevo dicho ya sobre la falsedad, in- 
convenientes y peligros de semejante doctrina; sólo, sí, añadiré 
que, por lo mismo que se trata de un gobierno constituido de solo 



— 198 — 

hecho, es contradictorio el otorgarle el derecho de mandar y de 
hacerse obedecer. Si se dijese que un gobierno constituido de 
hecho está obligado, mientras lo es, á defender la justicia, á evi- 
tar los crímenes y á procurar que no se disuelva la sociedad, se 
establecerían verdades comunes que todos reconocen, y que na 
die niega; pero añadir que es lícito, que es contra nuestra divina 
religión el reunirse, el juntar fuerzas para pelear contra el go- 
bierno constituido de hecho, es una doctrina que jamás profesa- 
ron los teólogos católicos, que jamás admitió la verdadera filoso- 
fía, que jamás practicaron los pueblos. 

(3) Pág 38. — Pongo á continuación algunos pasajes notables 
de Santo Tomás, de Suárez, del cardenal Belarmino, donde ex- 
plican sus opiniones á que he aludido en el texto, tocante i las 
disidencias que pueden sobrevenir entre gobernantes y gober- 
nados. 

Recuerdo lo que llevo ya indicado en otro lugar. Aquí no se 
trata tanto de examinar hasta qué punto puedan ser verdade- 
ras estas ó aquellas doctrinas, como de saber cuáles eran en los 
tiempos á que nos referimos; y cuál fué la opinión de aventaja- 
dos doctores con respecto á las delicadas cuestiones de que se 
habla. 

D. Thomas 

1?. 2. Q. 42, art. 2.* ad tertium. Utrum seditio sit semper pec- 
catum mortale. 

3. Arg. Laudantur qui raultitudinem potestate tyrannica li- 
berant, sed hoc non de facili potest fieri sine aliqua dissensione 
multitudinis, dum una pars multitudinis nititur retiñere tyran- 
num, alia vero nititur eum abiicere: ergo seditio potest fieri sine 
peccato. 

Ad tertium dicendum: quod regimem tyrannicum non est ius- 
tum quia non ordinatur ad bonum commune, sed ad bonum pri- 
vatum regentis ut patet per Philosophum; et ideo perturbatio 
huius regiminis non habet rationem seditionis, nisi forte quando 
sic inordinate perturbatur tyranni régimen, quod multitudo sub- 
iecta maius detrimentum patitur ex perturbatione consequenti 
quam ex tyranni regimin»'; magis autem tyrannus seditiosus 
est, qui in populo sibi subiecto discordias et seditiones nutnt, 
ut tuiius dominari possit; hoc enim tyrannicum est, cum sit or- 
dinatum ad bonum proprium praesidentis cum multitudinis no- 
cumfuto. 

Cardinalis Caietanus in hunc textum: «Quis sit autem modus 
ordinatus perturbandi tyrannum et qualem tyrannum, puta se- 
cundum régimen tantum, vel secundum régimen et titulum, non 
est praesentis intentio»is: sat est nunc. quod utrumque tyiannum 
iicet ordinate perturbare absque seditione quandoque; ilium ut 
t)ouo reipublicae vacet, istum ut expellatur.» 



% 



_ lof» _ 

Lib. I 
De regimine principum. Cap. 10. 

Quod rex et princeps studere debet ad bonum régimen pro'¿, 
ter bonum sui ipsius, et utile quod inde sequilar, cuius contra- 
riura sequitur régimen tyrannicum. 

Tyrannorum vero dominium diuturnum esse non potest, cum 
sit multitudini odiosum. Non potest enim diu conservari, quod 
votis multorum repugnat. Vix enira a quoquam praesens vita 
transigitur quin aliquas adversitates patiatur. Adversitatis autem 
tempore occasio deesse non potest contra tyrannum insurgendi, 
8t ubi adsit occasio, non deerit ex multis vel unus qui occasione 
non utatur Insurgentem autem populus votive prosequitur: nec 
de facili carebit effectu, quod cum favore multitudinis attentatur. 
Vix ergo potest contingere, quod tyranni dominium protendatur 
in longum. Hoc etiam manifesté patet, si quis consideret unde 
tyranni dominium conservatur. Non. n. conservatur amere, cum 
parva, vel nuUa sit amicitia subieetae multitudinis ad tyrannum 
ut ex praehabitis patet: de subditorum autem fide tyrannis con- 
Sdendum non est. Non. n. invenitur tanta virtus in multis, ut 
Sdelitatis virtute reprimantur, ne indebitae servitutis iugum, si 
possint. excutiant. Fortassis autem nec íidelitate contrarium 
reputabitur secundum opinionem multorum, si tyrannicae nequi- 
tiae qualitercumque obvietur. Restat ergo ut solo timore tyranni 
legimen sustentetur; unde et timeri se a subditis tota intentione 
procurant. Timor autem est debile fundamentum, Nam qui 
timore subduntur, si occurrat occasio qaa possint impunitatem 
sperare, contra praesidentes insurgunt eo ardentius, quo raagis 
contra voluntatem ex solo timore cohibebantur. Sicut si aqua per 
violentiam includatur, cum aditum inveiierit, impetuosius fluit. 
Sed nec ipse timor caret periculo, cum ex nimio timore plerique 
in desperationem inciderint. Salutis autem desperatio audacter 
ad quaelibet attentanda praecipitat. Non potest igitur tyranni 
dominium esse diuturnum. Hoc etiam non minus exemplis, quam 
rationibus apparet. 

Liber I 

Caput VI 

Conclusio: quod régimen unius simpliciter sit optimum; os- 
tendit qualiter multitud© se debet habere circa ipsum, quia au- 
ferenda est ei occasio ne tyrannizet; et quod etiam in hoc est 
■tolerandus propter maius malum vitandum. 

T. IV 30 



— 200 

Qn!a ergo unius régimen praeelingenduro est, est quod est 
optimum, et contingit ipsura in tyrannidem converti, quod est 
pessimum, ut ex dictis patet, laborandura est diligenti studio, 
ut sic multitudini provideatur de rege, ut non incidat in tyran- 
num. Primum autem est necessarium, ut talis conditionis homo 
ab illis ad quos hoc spectat officium, promoveatur, in legem, 
quod non sit probabile in tyrannidem declinare. Unde Samuel 
Dei providentiam erga institutionem regís commendans, ait 1 
Regum, 13: Quaesivit sibi Dominus virum sccundum cor suum: 
deinde sic disponenda est regni gubernatio, ut regi iam instituto 
tyrannidis subtrahatur occasio. Simul etiam sic eius temperetur 
potestas, ut in tyrannidem de facile declinare non possit. Quae 
quídam ut fiant, in sequentibus considerandum erit. Demum vero 
corandum est, si rex in tyrannidem diverteret, qualiter posset 
occurri. Et quidem si non fuerit excessus tyrannidis. utilius est. 
remissam tyrannidem tolerare ad tempus, quam tirannum agen- 
do multis implicari periculis, quae sunt graviora ipsa tyrannide. 
Potest. n. contingere ut qui contra tyrannum, agunt, praevalere 
Hon possint, et sic provocatus tyrannus magis desaeviat. Quod 
si praevalere quis possit adversus tyrannum, ex hoc ipso prove- 
niunt multoties gravissimae dissensiones m populo, sive dum in 
tyrannum insurgitur, sive post deiectionem tyranni erga ordi- 
nationem regiminis multitudo separatur in partes. Contingit 
etiam ut interdum dum alicuius auxilio multitudo expellit ty- 
rannum, ille potestate accepta tyrannidem arripiat, et timens 
pati ab alio quod ipse in alium fecit, graviori servitute subditos 
opprimat. Sic enim in tyrannide solet contingere, ut posterior 
gravior fiat quam praecedens, dum praecedentia gravamina non 
deserit, et ipse ex sui cordis malitia nova excogitat: unde Sira- 
cusis quondam Dionisii mortem ómnibus desiderantibus, anu» 
quaedam ut incolumis et sibi superstes esset. continué orabat 
quod ut tyrannus cógnovit, cur hoc faceret interrogavit. Tum 
illa, puella, inquit. existens cura gravera tyrannum haberemus, 
mortem eius cupiebam, quo interfecto, aliquantulum durior suc- 
cesit; eius quoque dominationem finiri magnum existiroabam 
tertium te iraportuniorem habere coepimus rectorem; itaque si 
tu fueris absumptus, deterior in locura tuum succedet Et si sit 
intolerabilis excessus tyrannidis, quibusdam visum fuit, ut ad 
fortium virorum virtutem pertineat tyrannum interimere, seque 
pro liberatione multitudinis exponere periculis mortis: cuius rei 
cxemplum etiam in veteri testamento habetur. Nam Aioth qui- 
dann Eglon regera Moab, qui gravi servitute populum Dei pre- 
mebat, sica iufixa in eius femore interemit, et factus est populi 
iudex. Sed hoc Apostolicae doctrinae non congruit. Docet. n. nos 
Petrus, non bonis tantum et modestis, verum etiam discolis Do- 
minia reverenter subditos esse. 2. Petr. 2. Haec est enim gratia» 
si propter conscientiam Dei sustineat quis tristitias patiens in- 
inste: unde cura multi Roraani Imperatores fidem Christi perse- 



— 201 — 

querentUT tyrannice, magnaque multitudo tam nobilium, quant 
populi esset ad fidetn conveisa, non resistendo, sed movtem pa- 
tienter et avmati sustinentes pro Chiisto laudantur, ut in sacra 
Thebaeorum legione manifesté apparet; magisque Aioth indi- 
candus est hostem interemisse, quam populi rectorem, licet ty- 
rannum: unde et in veteri testamento leguntur occisi fuisse hi 
qui occiderunt loas regem luda, quaravis a cultu Dei receden- 
tem, eorumque filiis reservatis secundara legis praeceptum. Esset 
autem hoc multitudini periculosum et eius rectoribus, si privata 
piaesumptione aliqui attentarent praesidentium necem etiam ty- 
Tannorum Plerumque enim huiusmodi periculis magis exponunt 
se mali quam boui. Malis autem solet esse grave dominiura non 
minus regum quam tyrannorum, quin secundum sententiara Sa- 
lomonis: Dissípat impios rex sapiens. Magis igitur ex huius prae- 
sumptione iramineret periculum multitudini de amissione regis, 
quam remedium de substractione tyranni. Videtur autem magis 
contra tyrannorum saevitiam non privata praesumptione aliquo- 
Tum, sed auctoritate publica procedendum. Primo quidem. si ad 
ius raultitudinis alicuius pertineat sibi providere de rege, non 
iniuste ab eadem rex institutls potest destituí, vel refraenari eius 
potestas, si potestate regia tirannice abutatur. Neo putanda est 
talis multitudo infideliter agere tyrannum destituens, etiara si 
eidem, in perpetuo se ante subiecerat; qui a hoc ipse meruit in 
raultitudinis regiraine se non fideliter gerens, ut exigit regis offi- 
cium, quod ei pactum a subditis non reservetur. Sic Romani 
Tarquinium Superbum quera in regem susceperant, propter eius 
et filiorum tyrannidem a regno eiecerunt substituta minori, sci- 
licet consularia potestate. Sic etiam Domitianus, qui modestis- 
simis Imperatoribus Vespasiano patri, et Tito fratri eius succes- 
serat, dum tyrannidem exercet a Senatu Romano interemptus 
est. ómnibus quae perverse Romanis fecerat per Senatusconsul- 
tura iuste et salubriter in irritura revocatis, Quo factura est, ut 
Beatus loannes Evangelista dilectus Dei discipulus, qui per ip- 
Bura Domitianum in Pathraos insulam fuerat exilio relegatus, ad 
Ephesum per Senatusconsultum remitteretur. Si vero ad ius ali- 
cuius superioris pertineat multitudini providore de rege, spec- 
tandum est ab eo remedium contra tyranni nequitiam. Sic Ar- 
chelai, qui in lúdaea pro Herode patre suo regnare iam coeperat, 
paternam raalitiara imitantis, ludaeis contra «íura querimoniam 
ad Caesarem Augustum deferentibus, primo quidem potestas di- 
minuitur, ablato sibi regio nomine, et medietate regni sui inter 
dúos fratres suos divisa: deinde cum nec sic a tyrannide com- 
pesceretur a Tiberio Caesare relegatus est in exiliura apud Lug- 
dunum Galliae civitatem Quod si omnino contra tyrannum au- 
zilium humanum haberi non potest, recurrendum est ad regem 
omnium Deum, qui est adiutor in oportunitatibus et in tribula- 
tione. Eius enim potentiae subest, ut cor tyranni crudele con- 
vertat in mansuetudinem, secundum Salomonis sententiam, Pro* 
\ 



— 202 — 

verb., 12: Cor regis in manu Dei quocumque voluerit inclinavrit 
illud. Ipse enim regis Assueri crudelitatem , qui ludaeis mortem 
parabat , in mansuetudinem vertit. Ipse est qui ita Nabuchodo- 
nosor ciudelem regem convertit, quod factus est divinae potentiae 
praedicator. Nunc igitur, inquit , ego Nabuchodonosor laudo , et 
magnifico, et glorifico regem coeli , quia opera eius vera et viae 
eius iudicia, et gradientes in superbia potest humillare , Dan. 4. 
Tyrannos vero quos reputat conversione indignos, potest auferre 
de medio vel ad infimum statura reducere , secundum illud Sa- 
pientis Eccles., 10; Sedera ducum superborum destruxit Deus, et 
sedere fecit mites pro eis. Ipse enim qui videns afflictionem po- 
puli sui in Aegypto, et audiens eorum clamorem Fharaonem ty- 
rannum deiecit cum exercitu suo in mare; ipse est qui memora- 
tum Nabuchodonosor prius superbientem non solum eiectum de 
regni solio , sed etiam de horainum consortio , in similitudinem 
bestiae commutavit. Nec enim abbreviata manus eius est, utpo- 
pulum suum a tyiannis liberare non possit Promittit enim po- 
pulo suo per Isaiam, réquiem se daturum a labore et confusione, 
ac servitute dura, qua ante servierat, et per Ezech., 34, dicit: Li- 
berabo meum gregem de ore eorum pastorum. qui pascunt seip- 
sos. Sed ut hoc beneficium populus a Deo consequi mereatur, 
debet a peccatis cessare, quia in ultionem peccati divina permis- 
sione impii accipiunt principatum, dicente Domino per Osse., 13: 
Dabo tibi regem in furore meo, et in lob. 34, dicitur, quod reg- 
nare facit hominem hypocritam propter peccata populi. Tollenda 
€st igitur culpa, ut cesset a tyrannorum plaga. 



Suárez. 



Disp. 13. De bello. Sec. 8. Utrum seditio sit intríncese mala! 

Seditio dicitur bellum commune intra eamdem Rerapublicam, 
quod geri potest , vel ínter duas partes eius, vel inter Princi- 
pem et Rempublicam. Dico primo: Seditio ínter duas partes 
Reipublicae semper est mala ex parte agressoris: ex parte vero 
defendentis se iusta est. Hoc secundum per se est notum. Pri- 
mum ostenditur : quia nulla cernitur ibi legitima auctoritas ad 
indícendum bellum ; haec enim residet in supremo Principe , ut 
vidimus sect. 2. Dices, interdum poterit Princeps eam auctori- 
tatem concederé , si magna necessitas publica urgeat. At tune 
iam non censetur aggredi pars Reipublicae , sed Princeps ipse; 
sicque nulla erit seditio de qua loquimur. Sed , qui si illa Rei- 
publicae pars sit veré offensa ab alia , ñeque possit per Princi- 
pem ius suum obtinere? Respondeo, non posse plus efficere, 
quam possit persona privata , ut ex superíoríbus constare facile 
polest. 

Dico secundo : Bellum Reipublicae contra principera , etíamsí 



I 



— 203 — 

aggressivum, non est intrincese malura; habere taraen debetcon- 
ditiones iusti alias bellis, ut honestetur. Conclusio solum habet 
locura, quando Princeps est tyrannus; quod duobus modis con- 
tingit, ut Caiet. notat. 2. 2. q. 64, articulo primo ad tertium: pri- 
mo si tyrannus sit quoad domiiyum et potestatem: secundo solum 
quoad régimen. Quando priori modo accidit tyrannis, tota Respu- 
blica , et quodlibet eius memlirura ius habet contra illum ; unde 
quilibet potest se ac Rempublicam a tyrannide vindicare. Ratio 
est: quia tyrannus ille aggressor est, et inique bellum movet con- 
tra Rempublicam, et singula membra; unde ómnibus competit ius 
defensionis. Ita Caietanus eo loco, sumique potest ex D. Thom. 
in secundo, distinctione 44, quaestione secunda, articulo secundo. 
De posteriori tyranno itera docuit loann. Huss, imo de omni 
iniquo superiore; quod damnatum est in Concilio Constant , Ses- 
sione 8 et 15 , unde certa vevitais est, contra huiusmodi tyran- 
num nuUam privatam personara , aut potestatem imperfectam 
posse iuste moveré bellum aggressivum, atque illud esset proprie 
seditio. Piobatur , quoniam ille ut supponitur, verus est domi- 
nus; inferiores autem ius non habentindicendi bellum, sed defen- 
dendi se tantum; quod non habet locura in hoc tyranno: naraque 
ille non semper singulis facit iniuriam, atque, si invaderent, id 
solum possent efficere , quod ad suam defensionera sufliceret. At 
vero tota Respublica posset bello insurgere contra uiusraodi ty- 
rannum, ñeque tune excite. retur propria seditio ( hoc siquidem 
nomen in malam partera sumi consuevit) Ratio est, quia tune 
tota Respublica superior est Rege : nara , cura ipsa dederit illi 
potestatem , ea conditione dedisse censetur, ut politice , non ty- 
rannice, regeret, alias ab ipsa posset deponi. Est taraen obser- 
vandum, ut ille veré et manifesté tyrannice agat; concurrantque 
aliae conditiones ad honestatem belli positas. Lege Divum Tho- 
mam 1. De regimine principum, cap. 6. Dico tertio: Bellum Rei- 
publicae contra Regem neutro modo tyrannum , est propriissime 
seditio, et intrinsece malura Est certa, et inde constat: quia 
deest tune et causa iusta, et potestas. Ex quo etiam e contrario 
constat, bellum Principis contra Rerapublicara sibi subditam, ex 
parte potestatis posse esse iustum , si adsint aliae conditiones ; si 
vero desint, iniustum oranino esse. 



Bellarminus, de Romano Pont. Lib, V, cap. VII 
Tertia ratio. 



Non licet christianis tolerare Regem infidelem , aut haereti- 
curo, si ille conetur pertrahere subditos ad suam haeresim , vel 
infidelitatem; at, indicare, an Rex pertrahat ad haeresim, neene, 
pertinet ad Pontificera, cui est commissa cura religionis ; crgo 



— 204 — 

Pontificis est iudicare , Regem esse deponendum vel non depo- 
oendum. 

Probatur huius argumenti propositio ex ca pite 17Deuter., ubi 
prohibetur populus eligere Regem qui non sit de fratribus suis, 
id est, non ludaeum , ne videlicet pertrahat ludaeos ad idola- 
triam; ergo etiam Christiani prohibentur eligere Regem non 
Christianum Nam illud praeceptum morale est, et naturali aequi- 
tate nititur. Rursum eiusdem peiiculi et damni est eligere non 
Christianum , et non deponer e non Christianum, ut notum est; 
ergo tenentur Christiani non pati super se Regem non Christia- 
num, si ille conetur avertere populum a fide. Adde autem istam 
conditionalem, propter eos Principes infideles, qui habueruntdo- 
minium supra populum suum, antequam populus converteretur 
ad fidem. Si enim tales Principes non conentur fideles a fide 
avertere, non existimo posse eos privari suo dominio. Quamquara 
<;ontrarium sentit B. Thomas in 2. 2. quaest., 10, art. 10. At si 
iidem Principes conentur populum a fide avertere, omnium con- 
sensu possunt et debent privari suo dominio. 

Quod si Christiani olim non deposuerunt Neronem et Diocle- 
tianum. et lulianum Apostatara, et Valentem Arianum, et sími- 
les, id fuit quia deerant vires temporales Christianis. Nam quod 
alioqui iure potuissent id faceré, patet ex Apostólo, I. Corinth., 6, 
ubi iubet constituí novos iudices a Christianis temporalium cau- 
sarum , ne cogerentur Christiani causam dicere coram iudice 
Christi persecutore. Sicut enim novi iudices constituí potuerunt, 
ita et novi Principes et Reges propter eamdem causam, si vires 
adfuissent. 

Praeterea tolerare Regem haereticum, vel infidelem conantem 
pertrahere homines ad suam sectam, est exponere religionem 
€v!dentissimo periculo: Qualis enim est Rector civitatis, tales et 
habitantes in ea, Eccles. 10, unde est illud. Regis ad exemplum 
tutus componiíur orbis Et experientia item docet, nam quia 
Hieroboam rex idolatra fuit , máxima etiam regni pars continuo 
idola coleri coepit, 3 Regum, 12; et post Christi adventum, reg- 
rnnle Constantino, florebaifides christiana, regnante Constantio, 
florebat Arianismus, regnante luliano, iterum reflorujtEthnicis- 
raus , et in Anglia nostris temporibus regnante Henrico , et pos- 
tea Eduardo, totum regnum a fide quodammodo apostatavit, reg- 
nante ¡Waria, iterum totum regnum ad Ecclesiam rediit, regnante 
Elisabeth, iteium regnare coepit Calvinismus, et vera exulare 
religio. 

At non tenentur Christiani , imo nec debent cum evidenti 
periculo religionis tolerare Regem infidelem. Nam quando iug 
divinum et ius humanum pugnant, debet servari ius divinara 
omisso humano; de iure autem divino est servare veram fidem 
<:t religionem, quae una tantum est non multae, de iure autem 
humano est quod hunc aut illum habeamus Regem. 

Denique , cur non potest liberari populus fidelis a iugo Regis 



— 205 — 

nfidelis et pertrahentis ad infidelitatem, si coniux fidelis líber 
?st ab obligatione manendi cum cuniuge infideli, quando ille 
non vult manere cum coniuge christiana sine iniuria fideil ut 
aperte deduxit ex Paulo, I ad Corinth., 7, Innocentius III, cap, 
Gaudemus, extra de divortiis. Non enim minor est potestas con- 
lugis in coaiugem, quam Regis in subditos, sed aliquando etiam 
maior 

Véase cómo hablaba en España, en los tiempos apellidados del 
despotismo, el P. Márquez, en su obra titulada El Gobernador 
Cristiano, y bien sabido es que no fué éste un libro obscuro qae 
circulase á escondidas; antes al contrario, se hicieron de él repe- 
tidas ediciones, así en Espafía como en el extranjero. Pongo á 
continuación la portada, y al propio tiempo una reseña de las 
ediciones^ue se hicieron en distintas épocas, países y lenguas, 
tal como se halla en la de Madrid de 1773. 

El Gobernador Cristiano, deducido de la vida de Moysen prín- 
cipe del pueblo de Dios, por el R. P. M. J. R. Juan Márquez, 
de la Orden de San Agustin, predicador de S M, el Rey D. Fe- 
lipe III, Calificador del Santo Oficio, y Catedrático de vísperas 
de Teología, de la universidad de Salamanca. 

Nueva sexta impresión. Con licencia, Madrid 1773. 

El Gobernador Cristiano, compuesto á instancias y en obse- 
quio del Excelentísimo Señor Duque de Feria. Salió á luz la pri- 
mera vez en Salamanca el año 1612, La segunda en la misma 
ciudad el año 1619. La tercera en Alcalá el año 1634, y, final- 
mente, en Madrid, la cuarta, el año 1640. La quinta fuera de 
España, en Bruselas, el año 1664. Entre cuantos de los nues- 
tros han escrito en este género, es Obra Príncipe. 

Tradújola en italiano el P. Martín de San Bernardo, de la 
Orden del Cister, y la hizo imprimir en Ñapóles el año 1646, 
También fué vertida en la lengua francesa por el Señor de Vi- 
rión, consejero del-Duque de Lorena, y se dio á luz en Nancy 
el 1621. 



Libro I.' Cap. 8. 



Resta satisfacer á las objeciones contrarias, á las cuales de- 
cimos, que ni la ley divina ni natural han dado facultad á las 
Repúblicas para atajar la tiranía por medios tan agrios como de- 
rramar la sangre de los Príncipes que Dios hizo Vicarios suyos 
con autoridad de vida y muerte sobre los demás Y en cuanto á 
resistir á sus crueldades, no hay duda sino que se puede y debe 
hacer, no les obedeciendo en cosa contraria á la ley de Dios, har- 
tándoles el cuerpo, y reparándoles los golpes, como hizo Jonatás 
ron Saúl su padre, cuando le vio tomar la lanza contra sí, que se 
evantó de la mesa, y salió en busca de David, para avisarle que 



— 206 — 

se pusiese en salvo. Y oponiéndoseles á veces con armas ea 
mano para impedirles la ejecución de determinaciones notoria- 
mente temesarias y crueles; porque, como dice Santo Tomás, no 
es esto mover sedición, sino atajarla, y salir al remedio de ella; 
y Tertuliano afirma lo mismo: lilis, dice, nomen factionis ac^ 
commodandum est, qui in odium honorum et proborum conspí - 
rantf cum honi, cum pii congregantur, non est factto dicenda, 
sed curia. 

Por lo cual el bienaventurado San Hermenegildo, glorioso már- 
tir de España, se armó en campo contra el Rey Leovigildo Arria- 
no, para resistirle en la gran persecución que movía contra los 
Católicos, como afirman los historiadores de aquel tiempo. Ver- 
dad es que San Gregorio Turonense condena este hecho de nues- 
tro Rey mártir, aunque no por haberst opuesto á su Rey, sino 
porque era juntamente Rey y padre; y pretende que por más 
hereje que fuera, no le había el hijo de resistir. 

Pero esta réplica es sin fundamento, como nota della Baronio: 
y á la autoridad de un Gregorio se opone la de otro mayor, esto 
es, San Gregorio Magno en la Prefación al libro de sus Morales, 
donde aprueba la Legacía de San Leandro á quien envió San Her- 
menegildo á Constantinopla á pedir ayuda al emperador Tiberio 
contra su padre Leovigildo Y no hay duda de que por estrecha 
que es la obligación de la piedad con los padres, es mayor la de 
la Religión: y que por cumplir con ella se ha de aventurar todo, 
y que, para casos como éstos, está escrito lo que se dijo de la Tri- 
bu de Leví; Qui dixerunt patri suo, et matri suae, nescío vos, 
et fratrihus suis, ignoro vos, nescierunt filias suos. Y esto fué 
cuando al mandato de Moysen tomaron las armas contra su pa- 
rentela, en castigo del pecado de la idolatría. 

I Pues qué si el Príncipe llegare á hacer fuerza personal sobre 
la vida del vasallo, y adujese las cosas á estrecho que no se pu- 
diese éste defender de matarle como hacía Nerón, saliendo de 
noche por las calles de Roma, y acometiendo con gente armada 
á los que venían seguros y descuidados! Digo que le podría ma- 
tar en este caso, repeliendo la fuerza, conforme á parecer de 
muchos, porque lo que dijo Fray Domingo de Soto, que estando 
el vasallo en este aprieto se ha de dejar matar, y preferir la vida 
del Príncipe á la suya, sólo ha lugar cuando de su muerte se hu- 
biese de seguir grandes turbaciones, y guerras civiles en el rei- 
no; de otra manera sería grande inhumanidad obligar á los hom- 
bres á tanto; pero por defender la hacienda de sus manos no 
sería lícito ponerlas en él, porque en esto privilegiaron las leyes 
divinas y humanas á los Príncipes, que no se puede derramar su 
sangre con el achaque que bastara contra la de otros invasores, 
Y la razón es porque la vida de los Reyes es el alma y trabazón 
de las Repúblicas, y pesa más que los bienes de los particulares, 
y es menor daño tolerar una y otra injuria, que dejar el Estado 
sin cabeza. 



- 207 — 

(4) Pág. 50. — Para dar una idea de cómo se trataba aun en, 
aquellos tiempos de limitar el poder del monarca, formando aso- 
ciaciones entre los pueblos y aun entie éstos y los grandes y 
eJ clero, pongo á continuación la carta de la hermandad que hi- 
cieron los reinos de León y Galicia con el de Castilla, tal como 
se halla en la colección titulada Bullarium ordinis /üilitiae Sanc^ 
ti lacobi Gloriosíssimí Hispaniarum patroni, pág. 223, en la 
cual se echa de ver que ya en aquellos tiempos existía un vivo 
instinto de libertad, bien que limitadas las ideas á un orden muy 
secundario. 

1 En el nombre de Dios é de Santa María. Amen. Sepan 
quantos esta carta vieren como por muchos desafueros, é muchos 
daños^ é muchas forcias, é muertes, é prisiones, é despecha- 
mientos sin ser oidos, é deshonras, é otras muchas cosas sin gui- 
sa que eran contra Dios é contra justicia é contra fuero é gran 
daño de todos los Regnos que nos el Rey D. Alfonso facía, por 
ende Nos los Infantes é los Prellados é los ricos Omes é los 
Coiceios, é las Ordenes, é la Cavalleria del Regno de León, é 
de Galicia veyendo que eramos desaforados é malí trechos segu» 
sobredicho es, é que non lio podiemos sofrir, nuestro Señor el 
Infante D. Sancho tovo por bien é mandó que fuessemos todos 
de vna voluntad é de vn corazón el conusco, é nos cou ell para 
mantenernos en nuestros fueros é nuestros privilegios^ é nuestras 
cartas, é nuestros vsos, é nuestras costumbres, é nuestras liber- 
tades, é nuestras franquezas, que oviemos en tiempo del Rey don 
Alfonso so visavuelo que venció la Bataia de Merida. é en tiem- 
po del Rey D. Fernando so avuelo, é del Emperador é de los 
otros Reyes de España que fueron ante dellos é del Rey D. Al- 
fonso SI padre aquellos de que nos mays pagarnos , é fizones 
iurar é prometer segund dizen las cartas que son entre ell é Ñus. 
E veiendo que es a servicio de Dios é de Sancta Maria é de la 
Corte Cellesliall, é guarda é onrra de Sancta Iglesia , é del In- 
fante D Sancho é de los Reyes que serán después dell, é proe de 
toda la tierra, facemos Hermandat, é establecemos agora siem- 
pre jamás Nos todos los Regnos sobredichos con los Conceios del 
Regno de Castiella é con líos Infantes e con líos ricos Omes é 
con líos fijosdalgo é con líos Prellados é con Has Ordenes é coa 
líos Cavalleros, é con todos los otros que hy son, é quisieren ser 
en esta guisa. 

2 Que guardemos á nuestro Señor el Infante D Sancho é a 
todos los otros Reys que después dell vernan todos sus derechos, 
é todos sus Señoríos bien é cumplidamientre assí como gelos 
prometimos, é se contienen en ell Privileio que nos el dio en esta 
razón. E nombrada mientre la Justicia por razón del Señorío. E 
Martiniega do la solien dar de derecho al Rey D Alfonso que 
venció la Bataia de Merida. E Moneda acabo de siete años do la 
solien dar, é como la solien dar non mandando ellos labrar Mo- 
neda, lantar ali do la solien aver los Reys de fuero vna vez eo^ 



— 208 - 

-ell ano veniendo al Lugar assi como la daban al Rey D. Alfonso 
so visavuelo é al Rey D. Fernando so avuelo los sobredichos. 
:Fonsadera quando fuer en Hueste ali do la solien dar de fuero é 
de derecho en tiempo de los Reys sobredichos, guardando k cada 
vno sos privileios é sus cartas, é sus libertades é sus franquezas 
que tenemos. 

3 Otrosí que guardemos todos nuestros fueros é vsos, é cos- 
tumbres, é privileios, é cartas, é todas nuestras libertades é 
franquezas siempre en tal manera, que si el Rey ó el Infante 
D. Sancho ó ios Reys que vernan después dellos, ó otros qua- 
lesquier señores, 5 Alcaldes 5 Merinos, ó otros qualesquier 
Ornes nos quisieren pasar contra ello en todo ó en parte dello, 6 
en qualquier guisa, quier ó en qualquier tiempo, que seamos 
todos vnos á embiarlo á dezir al Rey ó a D. Sancho, ó a los Reys 
que vernan después dellos. assi como el privileio dize, aquello 
que fuer a nuestro agravamiento, é si ellos lo quisieren endere- 
zar é si non, que seamos todos vnos a defendernos é ampararnos 
assi como dize el privileio que nos dio muestro Señor el Infante 
D. Sancho. 

4 Otrosi que ningún Orne desta Hermandat non sea preyndado 
nin tomado ninguna cosa de lo suio contra fuero é contra vso del 
Lugar en estos Conceios de la Hermandat sobredicha, nin con 
sientan a ninguno quel preynden, mays quel demanden por so 
fuero ali do debiere. 

5 Ótrosi ponemos que si Alcalde ó Merino ó otro Orne qual- 
quier matare algún Orne de nuestra Hermandat por carta del 
Rey 6 del Infante D Sancho ó por so mandato ó de los otros 
Reys que serán después dellos sin seer oido é juzgado por fuero, 
que la Hermandat que lo matemos por ello, é si lo aver non po- 
diermos, que finque por enemigo de la Hermandat, é qualquier 
de la Hermandat, que lo encubriere, caya en la pena del peiuro 
é del omenaie é quel fagamos assi como aquel que va contra 
esta Hermandat. 

6 Otrosi ponemos que los diezmos de los Puertos que los non 
demos sinon aquelos derechos que solien dar en tiempo del Rey 
D. Alfonso ó del Rey D. Ferrand, é de los Conceios de la Her- 
mandat que non consientan á ninguno que los tomen. 

7 Otrosi que ningún Infant nin Ricome que no sea Merino nin 
Endelantrado en ell Regno de León nin de Galicia, nin Infanfon, 

.ain Cavallero que haya grand omegio sabudo con Cavalleros, é 
€on otros Ornes de la tierra é que non sea de fuera del Regno. E 
esto facemos porque fue vsado en tiempo del Rey D. Alfonso é 
del Rey D. Ferrand. 

8 Otrosi que todos aquellos que quisieren apellar del juizio del 
Rey, ó de D. Sancho, ó de los otros Reys que fueren después de- 
llos, que puedan apellar, é que hayan la Alzada para el Lfbro; 

^JvDGO en León, assi como lo solien aver en tiempo de los Reys 
/que fueron antes deste. E si dar non quisieren la pellacion k aquel 



- 209 - 

que apéllate, que nos que fagamos aquelo que manda el privileio 
que nos dio D. Sancho. 

9 E para guardar é cumplir todos los fechos de esta Herman- 
dat, fascemos vn Seello de dos tablas que son de tall siñal, enlla 
Vi-a tabla vna figura de León, é enlla otra vna figura de Santia- 
go en so Cavallo é con vna Espada enlla mano derecha é en la 
mano ezquierda vna Seña, é vna Cruz encima é por seríales Ve- 
neras, é ias letras dizen assi: Seyello de la Hermandat de los 
Regnos de Leov^ é de Galicia, parascellar las cartas que ovier- 
mos menster para fecho de esta Hermandat. 

10 E Nos toda la Hermandat de Castiella facemos Pleyto. é 
Omenaie á tota la Hermandat de los Regnos de León é de Gali- 
cia de nos ayudar bien é lealmientre a guardar é k mantener to- 
das estas cosas sobredichas é cada vna dellas. E si non lo ficie- 
remos, que seamos traidores por ello como quien mata Señor é 
traie Castiello, é nuncas ayamos manos, nin armas, nin lenguas 
con que nos podamos defender. 

HE porque esto non pueda venir en dubda é sea mas firme 
para siempre jamays, feciemos seellar esta carta con ambos los 
Scellos de la Hermandat de Castiella é de León, é de Galicia é 
diemosla al Maestre D. Pedro Nuñez é a la Orden de Cavalleria 
de Santiago que son con nosco en esta Hermandat Fecha esta 
carta en Valladolid ocho dias de Julio. Era de mil é trecientos é 
veinte años. 

Habían pasado largos siglos, no había dominado En España 
otra religión que la católica, y todavía se conservaba en su 
fueiza y viveza la idea de que el Rey debía ser el primero en la 
observancia de las leyes, y que no debía mandar á los pueblos 
por mero capricho, sino por principios de justicia y con miras de 
conveniencia pública, Saavedra en sus Empresas hablaba de la 
manera siguiente: 

1 Vanas serán las leyes, si el Príncipe que las promulga, no 
las confirmare, y defendiere con su ejemplo y vida. Suave le 
parece al pueblo la ley á quien obedece el mismo autor della. 

In commune iubes siquid, censesve tenendum, 
Prímus iussa subi, tune observantior aequi 
Fit populus, nec ferré vetat, cum viderit ipsum 
Auctorem par ere sibi. 

Las leyes que promulgó Servio Tulio no fueron solamente para 
«i pueblo, sino también para los reyes. Por ellas se han de juz- 
gar las causas entre el príncipe y los subditos, como de Tiberio 
lo refiere Tácito: Aunque estamos libres de las leyes (dijeron 
4os emperadores Severo y Antonino), vivamos con ellas No 
obliga al príncipe la fuerza de ser ley, sino la de la razón en 
^ue se funda, cuando es ésta natural y común á todos, y no 



— 210 - 

particular á los subditos para su buen gobierno, porque en tal 
caso á ellos solamente toca la observancia; aunque tambiei» 
debe el principe guardarlas, si lo permitiese el caso, para que á 
los demás sean suaves. En esto parece que consiste el misterio 
del mandato de Dios á Ezequiel, que se comiese el volumen, 
para que, viendo que había sido el primero en gustar las leyes, 
y que le habían parecido dulces, le imitasen todos. Tan sujetos 
están los reyes de España á las leyes que el Fisco en las cau- 
sas del Patrimonio Real corre la misma fortuna que cualquier 
vasallo, y en caso de duda es condenado: así lo mandó Felipe 
Segundo, y hallándose su nieto Felipe Cuarto, glorioso padre 
de V. A., presente al votar el Consejo Real un pleito impor- 
tante á la Cámara, ni en los jueces faltó entereza y constancia 
para condenarle, ni en Su Majestad rectitud para oírlos sin in- 
dignación. Feliz reinado, en quien la causa del príncipe es de 
peor condición. 

(5) Pág. 66— Tal vez no se ha estudiado con la debida aten- 
ción todo el mérito de la organización industrial que se intro- 
dujo en Europa desde muy antiguo, y que se anduvo generali- 
zando desde el siglo xii en adelante: hablo de los gremios y de- 
m s corporaciones que se habían formado bajo la influencia de 
la religión católica, que estaban comunmente bajo la protección 
de algún santo, que tenían fundaciones piadosas para celebrar , 
sus fiestas ó acudir á sus necesidades Nuestro insigne Capmany, 
en sus Memorias Históricas sobre la marina, comercio y artes 
de la antigua ciudad de Barcelona, ha publicado una colección 
de documentos preciosísimos para la historia de las clases indus • 
tríales y del desarrollo de su influencia en el orden político. No 
serán muchas las obras extranjeras publicadas en el último ter- 
cio del pasado siglo, ni aun en el presente, que encierren tanto 
mérito como la de nuestro Capmany, dada ya á luz desde 1779. 
Hállase en dicha obra un capítulo sumamente interesante sobre 
la institución de los gremios, que traslado á continuación para 
confundir á aquellos que se imaginan que hasta ahora nada se 
había pensado en Europa que pudiera ser útil á las clases indus- 
triales, que consideran neciamente como un medio de esclavitud 
y de exclusivismo lo que era en realidad de fomento y de auxi- 
lios mutuos. Paréceme, además que con las filosóficas reflexio- 
nes de Capmany no habrá quien no quede convencido de que 
desde los más remotos siglos se conocían en Europa los sistemas 
á propósito para alentar la industria, ponerla á cubierto de las 
turbaciones de la época, conciliar estimación á las artes mecáni- 
cas y desarrollar de una manera legítima y saludable el elemento 
popular. No será tampoco inútil ofrecer esta muestra á ciertos 
extranjeros que tanto se ocupan en economía social y política, y 
que, al hacer la historia de ella, se conoce que no ha llegado ¿ 
sa noticia una obra tan importante para todo lo relativo al roo- 
Himiento del mediodía de Europa desde el siglo xi hasta el xvM. 



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DK LA. INSTITUCIÓN DE LOS GREMIOS Y DEMÁS COERPOS DI 
ARTESANOS EN B